CAPÍTULO
II
EL
DRAMA DE LA RAZÓN PERSONAL
1. La razón perdida y hallada en don Quijote
El Quijote de D. Miguel de Cervantes Saavedra es una de las obras de
sabiduría popular en la que se plantea de forma explícita el drama de la
pérdida del uso de la razón personal, se denuncia una de las principales causas
culturales de esa pérdida al tiempo que se transmite un mensaje de esperanza.
Muchos locos sueltos
Según la sabiduría
popular hemos de procurar por todos los medios no perder la cabeza ante nada ni
ante nadie. La cabeza se refiere, obviamente, a la capacidad de razonar correctamente
ante las dificultades de la vida. Los que trabajan en clínicas de enfermos
mentales o en residencias de ancianos conocen por experiencia la dificultad de
tratar a los enfermos cuya capacidad de razonar está seriamente dañada y
construyen discursos en desacuerdo con la realidad desde la imaginación y la
fantasía. Hay muchas clases de insuficiencia intelectual pero todas ellas
tienen un denominador común: la pérdida más o menos acusada de la capacidad de
razonar de forma correcta. La literatura humorística ha descrito con agudeza,
ironía y comprensión esta triste realidad.
Dos locos paseaban
por el jardín del centro hospitalario discutiendo sobre la hora. Al no ponerse
de acuerdo sobre si eran las 12 del mediodía o de la medianoche decidieron ir
al despacho del Director del Centro a dirimir la cuestión. Los locos expusieron
el problema al Director, el cual, mirando espontáneamente al reloj, respondió
sorprendido: “siento mucho no poder resolver vuestro problema, tengo el reloj
parado”. Otra vez un loco trataba de convencer a sus compañeros de que él era
coronel del ejército. A lo cual replicó otro: “no le hagáis caso porque es un
presumido que tiene la manía de hacerse pasar por algún personaje importante”.
¿Y por qué dices eso? ¿Cómo lo sabes?, replicó uno de los presentes. Pues “porque
yo soy general y está a mis órdenes”. Otra vez llegó un paciente al psiquiatra
alegando que era un perro y que se llevaba muy mal con los vecinos. ¿Y cuánto
tiempo hace que tiene usted este problema con los vecinos?, inquirió el
psiquiatra. A lo que el paciente contestó sin vacilar: “desde que era cachorro
de tres meses y hacía mis necesidades en el portal”.
Humor aparte, la
locura es algo que termina contagiándose. A fuerza de tratar con locos corremos
el riesgo de terminar pensando como ellos. De hecho, los locos y los niños (por
defecto o por exceso de razón), por carencia o pérdida del sentido de la
prudencia, dicen a veces verdades que los cuerdos no se atreven a decir. Lo
cual nos deja estupefactos. Un loco total suscita la compasión y de entrada no
prestamos atención a lo que dice o hace. Un medio-loco, en cambio, puede llegar
a seducirnos con sus brillantes y desconcertantes razonamientos. Hay, sin duda,
“locos de atar”. Pero los más problemáticos son aquellos que tienen “algún
cable fundido” y funcionan como si la instalación de su psique fuera perfecta.
A veces llegan a ocupar puestos de responsabilidad social y deslumbran a la
gente que no convive con ellos o ellas habitualmente. Casos de estos pueden encontrarse
donde menos se piensa, sobre todo entre activistas políticos, líderes
religiosos fundamentalistas y artistas famosos. En tales casos lo más frecuente
es que no se use la razón en absoluto, o se la use perversamente. Los fanáticos
religiosos, por ejemplo, utilizan la fe ciega y los sentimientos irracionales.
Los fanáticos políticos, por su parte, manejan perversamente las ideologías y
el poder. En ambos casos se excluye o se pervierte el uso de la razón. Cuando
tal forma de proceder es habitual se corre también el riesgo de perder la
capacidad misma de razonar.
Otra circunstancia
que favorece el mal uso de la razón es, como veremos después más en detalle, es
el fenómeno del enamoramiento. El lenguaje popular describe lacónicamente estas
situaciones con expresiones como estas: “Ha perdido el coco”, o “está
chiflado/a por fulanito o menganita”. La pérdida del uso de razón es muy triste
porque desaparece aquello que nos distingue a los seres humanos de las plantas
y de los animales. Los centros de internamiento psiquiátrico son el laboratorio
donde se analizan los casos más graves de pérdida de la razón cuando las
personas que adolecen de esta incurable enfermedad no pueden llevar una vida
como personas normales que piensan, razonan y toman decisiones responsables frente
a los retos de la vida.
Pero como lo que nos hemos propuesto
en estas páginas no es escribir una historia de locos sino de cómo hemos de
concienciarnos de la importancia de conservar sana la razón y aprender a
razonar correctamente, me ha parecido oportuno traer a colación los capítulos
primero y último del Quijote,
donde don Miguel de Cervantes Saavedra
describió genialmente cómo un hombre puede perder la razón, las consecuencias
que de ello pueden derivarse para él y cuantos le rodean, así como el resultado
de haberla recuperado. La mayor parte de las locuras pueden encontrar
atenuantes pero no tienen curación completa. Cervantes, sin embargo, apostó por
la posibilidad de una recomposición de la mente cuando sus trastornos son
debidos a la mala educación recibida desde la imaginación y la fantasía
perdiendo el sentido de la realidad. He aquí textualmente sus geniales
palabras.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, no ha mucho tiempo que vivía
un hidalgo de los de lanza en astillero; adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor (…) Tenía en su casa un ama que pasaba los cuarenta, y una sobrina que
no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín
como tomaba la podadera. Frisaba la de nuestro hidalgo con los cincuenta años:
era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y
amigo de la caza (…). Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos
que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de
caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto la caza, y
aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino
en esto, que vendió muchas anegas de tierra de sembradura para comprar libros
de caballerías en qué leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de
ellos; y de todos, ningunos la parecían tan bien como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva, porque la claridad de aquellas intrincadas razones suyas le
parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de
desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que
a mi razón se hace, de tal manera mi
razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura”. Y también
cuando leía: “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las
estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la
vuestra grandeza».
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio y
desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni
las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello (…) En
resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los
días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó
el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de
todo aquello que leía en los libros así de encantamientos como de pendencias,
batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates
imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda
aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había
otra historia más cierta en el mundo (…). En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar
en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le
pareció convenible y necesario así para el aumento de su honra, como para el
servicio de su república hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo
con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello
que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
género de agravio, y poniéndose en
ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”.
Lo dicho por Cervantes sobre el riesgo de perder la razón
leyendo novelas de caballería es aplicable hoy día a quienes pierden lo mejor
de su vida viendo frivolidades en la televisión, en el cine y más aún
enganchados a internet. Si a este banquete de irrealidad y mundo ficción
añadimos el tabaquismo, el alcoholismo y la drogadicción, el riesgo de
trastornar el uso de la razón es aún mayor. Los que en otros tiempos perdían el
juicio leyendo novelas caballerescas actualmente enloquecen y pierden el
sentido de la realidad consumiendo imágenes tecnificadas al por mayor desde la
más tierna infancia aliñadas con violencia, sexo y dinero. Los estudios
estadísticos sobre los efectos negativos del consumo irracional de imágenes
falsas de la realidad son ciertamente preocupantes en la medida en que está en
juego el uso correcto de la razón, suplantada por la imaginación y la fantasía.
Hoy, como en los tiempos de Cervantes, la pérdida de la
razón tiene mala o nula solución. El que es “tonto”, reza un refrán, lo es de
por vida. Lo cual significa que hay condicionamientos genéticos que afectan
sustancialmente al desarrollo y buen uso de la razón. Desgraciadamente hay
“deficientes mentales” de nacimiento y nadie tiene la culpa de ello mientras no
se demuestre lo contrario. Pero, como decían los antiguos, lo que la naturaleza
no da tampoco se adquiere en Salamanca. O sea, que hay carencias de uso de
razón que no se pueden suplir satisfactoriamente con la cultura o el estudio.
De ahí aquello de “genio y figura hasta
la sepultura”. Por otra parte, la cultura mal entendida o/y peor enseñada
corrompe más a la razón que el analfabetismo. El analfabetismo no es
incompatible con el buen uso de la razón. La mala educación intelectual, en
cambio, sí lo es. De ahí que sea preferible hablar con un analfabeto cuerdo que
discutir con un loco culto.
Pero no perdamos la esperanza. Contra lo que
habitualmente ocurre, Cervantes termina su genial novela presentándonos a un D.
Quijote cuerdo y sensato dispuesto a darnos la mejor lección de su vida. A lo
largo y tendido de la gran novela describe las fascinantes locuras de un hombre
que a fuerza de consumir imágenes falsas de la realidad mediante la lectura de
novelas perdió el juicio. Ahora quiere dejar un mensaje abierto a la esperanza
describiendo el triunfo de la razón y de la cordura invitando al abandono del
despotismo de la imaginación y de la fantasía para que reine en nosotros la
serenidad de la razón al servicio del principio de realidad. Los beneficios de
este trueque vendrán por añadidura. El inteligente y sensato D. Miguel nos
cuenta con realismo y graciosa sencillez la gran noticia de cómo su
protagonista, D. Quijote, perdió el juicio a fuerza de leer libros fascinantes
de pura fantasía, pero al final, como un caso excepcional, recobró el uso de la
razón invitándonos a optar por el principio de realidad. La imaginación y la
fantasía están muy bien pero a condición de que sean gobernadas por la
razón.
Mejor tarde que nunca
Y concluye: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre
en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente
las vidas de los hombres, y como la de Don Quijote no tuviese privilegio del
cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él
menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse
vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, le arraigó una
calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas
veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la
cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Estos, creyendo que la pesadumbre de
verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de
Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban
alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase para comenzar su
pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una égloga, que mal año
para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio
dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino y el
otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por
esto dejaba Don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos al médico; tomóle el
pulso, y no le contentó mucho, y dijo que por sí o por no, atendiese a la salud
de su alma porque la del cuerpo corría peligro. Oyólo Don Quijote con ánimo
sosegado; pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales
comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el
parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó Don
Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así, y durmió de un
tirón, como dicen, más de seis horas; tanto que pensaron el ama y la sobrina
que se había de quedar en el sueño.
Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz,
dijo: -Bendito sea el Poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho. En fin, sus
misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los
hombres. Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más
concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella enfermedad, y
preguntóle:- ¿Qué es lo que vuesa merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo?
¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son éstas o qué pecados de los
hombres? - Las misericordias, respondió Don Quijote, sobrina, son las que en
este instante ha usado Dios conmigo, a quien como dije, no las impiden mis
pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro sin las sombras caliginosas de la
ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los
detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa
sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer
alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina,
a punto de muerte; querría hacerla de tal modo que diese a entender que no
había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he
sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mi
buenos amigos: al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el
barbero; que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se
excusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio Don Quijote,
cuando dijo: Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy Don Quijote de
la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de
Bueno. Yo soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su
linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante
caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas
leído; ya por misericordia de Dios, escarmentado en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado. Y
Sansón le dijo: ¿Ahora, señor Don Quijote, que tenemos nueva que está
desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora que estamos
tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida como unos príncipes,
quiere vuesa merced hacerse ermitaño?. Calle por su vida, vuelva en sí y déjese
de cuentos. - Los de hasta aquí,
replicó Don Quijote, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi
muerte con ayuda del cielo en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy
muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me
confiese y un escribano que haga mi testamento: que en tales trances como éste
no se ha de burlar el hombre con el alma; y así suplico que en tanto que el
señor cura me confiesa, vayan por el escribano. Miráronse unos a otros
admirados de las razones de Don Quijote, y aunque en duda, le quisieron creer:
y una de las señales por donde conjeturaron que se moría fue el haber vuelto con
tanta facilidad de loco a cuerdo; porque a las ya dichas razones añadió otras
muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto acierto, que del todo les
vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir a la gente el cura y quedóse solo con él y
confesóle. El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y
con Sancho Panza; el cual Sancho (que ya sabía por nuevas del bachiller en qué
estado estaba su señor) hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a
hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura,
diciendo: -Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano
el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron
un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su
buen escudero, de tal manera que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y
mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha
dicho, en tanto que Don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas y en tanto
que fue Don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de
agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de
todos cuantos le conocían. Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y
ordenado su alma Don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que
se requieren, llegando a las mandas, dijo: -«Item, es mi voluntad que de
ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene,
que porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero
que no se le haga cargo dellos, ni se le pida
cuenta alguna, sino que si
sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea
suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si como estando yo loco
fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora estando cuerdo
darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y
fidelidad de su trato lo merece.».
Y volviéndose a Sancho, le dijo: -Perdóname amigo, de la ocasión que te he dado de
parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que
hubo y hay caballeros andantes en el mundo. ¡Ay!, respondió Sancho llorando: no
se me muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años;
porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir
sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la
melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama y vámonos al campo
vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata
hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no hay más que ver. Si
es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que
por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron: cuánto más que vuesa
merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse
unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy será vencedor mañana. -Así es,
dijo Sansón, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.
Señores, dijo Don Quijote, vámonos poco a poco, pues ya
en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui
Don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.
Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la
estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. «Item
mando toda mi hacienda a puerta cerrada a Antonia Quijana, mi sobrina, que está
presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que fuere
menester para cumplir las mandas que dejo hechas: y la primera satisfacción que
se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha
servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor
cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes. Item es mi
voluntad que si Antonia Quijana, mi
sobrina, quiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho
información que no sabe qué cosas sean libros de caballerías; y en caso que se
averiguare que lo sabe, y con todo eso mi sobrina quisiere casarse con él y se
casare, pierde todo lo que le he mandado, lo cual pueden mis albaceas
distribuir en obras pías a su voluntad. “Item suplico a los dichos señores mis
albaceas, que si la buena suerte les trajere a conocer al autor que dicen que
compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las
hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan cuán
encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de
haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque
parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.».
Cerró con esto el
testamento, y tomándole un desmayo, se tendió de largo en la cama.
Alborotáronse todos, y acudieron a su
remedio; y en tres días que vivió después deste, donde hizo el testamento, se
desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la
sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar
algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje
el muerto. En fin, llegó el último de Don Quijote, después de recibidos todos
los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de
los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había
leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto
en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como Don Quijote; el cual, entre
compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero
decir que se murió”.
¡Si Cervantes levantara la
cabeza!
Si Cervantes viviera hoy podría actualizar el primer
capítulo del Quijote así: “Es de saber que este sobredicho hidalgo...se daba a ver
televisión e internet con tanta afición
y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la administración de su
hacienda; y llegó a tanto su desatino, que vendió muchas fanegas de tierra de
sembradura para comprar videos, D-Vdes y novelas, y así llevó a su casa todo cuanto pudo encontrar en el
mercado, y de todos ninguno le parecía tan bien como los del famoso Feliciano
de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas
le parecían perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de
desafíos donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón se hace, con tal manera mi razón enflaquece,
que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Y también cuando leía “…los
altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os
fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra
grandeza”.
Con estas razones perdía
el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y
desentrañarlas el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo
Aristóteles si resucitara sólo para ello. El sobredicho hidalgo se enfrascó
tanto en la televisión, los vídeos e internet que se le secó el cerebro,
de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello
que veía en la televisióny demás medios de comunicación, así de amores, tormentas y
disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era
verdad toda aquella máquina de soñadas invenciones que veía, que para él no
había otra historia más cierta en el
mundo. Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que
jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció obligado y necesario
ejercitarse en todo aquello que había visto en cine, radio, televisión e
internet». O sea, los medios modernos
de fascinación y entontecimiento con la misma gracia, ironía y realismo.
La lección práctica sobre el
uso de la razón
Miguel de Cervantes fue un hombre realista hasta el punto
de que su novela, lejos de alejarnos de la realidad, como ocurre en las malas
novelas, nos acerca más a ella. Por eso, a su protagonista, D. Quijote, tenía
que llegarle la hora de la verdad, como a todo hijo de vecino, que es el momento
de la muerte, frente a la cual es inútil
intentar marcharnos por los cerros de Úbeda. La originalidad de D. Quijote
consistió en aprovechar esta circunstancia ineludible como terapia optando por
volver al sano juicio. Primero pidió que le dejaran dormir y descansar. Fue el
primer signo de su vuelta a la razón. Los insensatos sacrifican el sueño por
motivos diversos olvidándose de que el bien dormir es la medicina natural más
saludable de la que no debemos privarnos bajo ningún pretexto. Después del
reconfortante descanso su primera reacción fue dar gracias al Creador por los
beneficios recibidos durante la vida y la comprensión de sus debilidades
humanas. Ahora bien, entre todos los beneficios recibidos reconoce que el mayor
de ellos era en aquel momento que había recobrado el sano juicio que había
perdido leyendo los novelescos y estúpidos libros de caballería. Y para que no
queden dudas, pide un confesor para ante él pedir perdón por sus sinrazones
y un notario para hacer testamento.
Ante tales buenas razones los que le habían tenido
siempre por loco prefieren ahora que siga en su locura, de la cual con el
tiempo habían terminado contagiándose. Pero ante la realidad de la muerte lo
mejor es agarrar al toro por los cuernos y no seguir engañándonos a nosotros
mismos. La imaginación y la fantasía pueden ser gratas y provisionales
compañeras para paliar los momentos duros de la vida. Pero nunca buenas
consejeras cuando se trata de hacer frente a la cruda realidad. El
reconocimiento de los propios defectos, el pedir disculpas por los daños
causados a los demás y el encomendarse a la bondad de Dios son gestos que sólo
pueden realizarse cuando la razón funciona a tope y correctamente frente a los
desafíos de la realidad de la vida y de la muerte.
Cervantes no consideró necesario describir la hipotética
confesión de D. Quijote y el cura se limitó prudentemente a declarar que se
trataba de un hombre en pleno dominio de sus facultades mentales por lo que el
notario debía escucharle con el debido respeto para redactar su última voluntad
o testamento. Como signos de su cordura y buenas razones baste destacar los siguientes
detalles testamentarios. Por ejemplo, que su sobrina se case con quien quiera. ¡No
faltaba más! Pero si se casare con un hombre enganchado a la lectura de libros
novelescos de caballería, quede desheredada. El significado profundo de esta
decisión testamentaria es claro. La razón humana y su uso adecuado para
afrontar la realidad de la vida es la piedra angular de la existencia. En el
buen uso de la razón nos jugamos a una sola carta nuestra condición humana y
nuestra dignidad. En consecuencia, hemos de evitar todo aquello que pueda
eclipsar el uso de la razón al precio incluso de un alto costo emocional. El
mensaje resulta aún más explícito cuando D. Quijote se refiere en su testamento
a Sancho Panza, el símbolo del realismo más primario, pero que terminó
contagiándose en parte del idealismo irracional quijotesco. No, Sancho, en los
nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Que a Sancho se le compense
generosamente y con creces los daños que hubiere recibido en su simplicidad.
Pero, sobre todo, D. Quijote le pide perdón por haberse servido de él para
alimentar y llevar a cabo sus proyectos locos contra toda razón.
Cervantes quiso que su protagonista cambiara de nombre
relacionando el buen uso de la razón recuperada con la bondad humana. La
recuperación del uso de la razón es un acontecimiento tan trascendental que ha
de celebrarse con un nuevo bautismo. Por eso el loco D. Quijote muere ahora
como un hombre cuerdo y sensato con el nombre de Alonso Quijano el Bueno. Mucha
gente se pregunta por qué hay personas e instituciones que viven de odiar y
matar a sus semejantes. La respuesta es compleja, pero podemos adelantar ya que
una de las causas principales es porque no se usa la razón (en su lugar se usan
sentimientos y pasiones) o se la usa mal o perversamente. Dos hombres se matan
por el amor de una mujer con la aquiescencia de ésta. Los terroristas matan a
sangre fría al que se les pone por delante. Los fundamentalistas religiosos
islámicos se prestan para perpetrar actos de terrorismo suicida y determinados
grupos políticos disfrutan como chanchos legalizando formas de conducta
degradantes de la dignidad humana. En todos estos casos hay un denominador
común: sentimentalismo, ignorancia y ambición de poder. O lo que es igual, uso
equivocado o perverso de la razón. La bondad humana de calidad pasa
necesariamente por el buen uso de la razón. Tan indeseables son los “buenos
tontos” como necesarios los “inteligentes buenos”.
2. Importancia del uso de la razón en la administración de la justicia
También la literatura humorística ha reflejado con ironía
la importancia del buen uso de la razón para la convivencia social. Cuenta el
satírico que dos locos salieron a pasear por la ciudad pero al poco tiempo
volvieron asustados a casa. Preocupado el funcionario del Centro que cuidaba de
ellos durante los recreos les preguntó por qué volvían tan pronto y si les
había ocurrido algún percance. A lo que ellos respondieron: “no nos ha ocurrido
nada pero temimos que nos ocurriera lo peor ya que hay mucho loco suelto por la
calle”. ¿Quiénes son los locos?
La pérdida generalizada del juicio o mal uso de la razón
nos puede llevar hasta el extremo de no saber ya dónde termina la cordura y
empieza la insensatez. Sin tal capacidad de discernimiento los criminales
pueden ser confundidos con los héroes y los personajes famosos de la historia
con los mayores delincuentes. Y esto no es novedad. Muchos de los personajes
más celebrados con monumentos públicos, nombres de calles y avenidas, actos
culturales y otras historias no pocas veces fueron matones de profesión o
personas con el uso de la razón bastante trastornado. La historia de la
filosofía, del arte y de la política está saturada de personajes famosos a los
que si algo importante les faltó fue el buen uso de la razón. A lo mejor fue
eso lo que los hizo famosos. De hecho, en las sociedades modernas avanzadas los
medios de comunicación han creado la cultura de lo “interesante” que las más de
las veces es fruto de la sinrazón o uso irresponsable de la misma. Las antiguas
novelas de caballería, enemigas de la razón, según Cervantes, son juegos de
niños al lado de los modernos programas mediáticos de todo tipo desde la
atalaya de la política, del espectáculo mediático y de las finanzas.
Lo peor de todo es que no se quiera reconocerlo, o se
pretenda por razones diversas convertirlos en referentes modélicos para las
futuras generaciones. Con esto estoy haciendo referencia a los modelos
educativos en los que se imparte cultura a granel, más o menos falsificada,
pero no se enseña a pensar y reflexionar con corrección sobre la información
recibida. Pero esta es otra historia en la que no me interesa entrar ahora. De
momento sólo quisiera enfatizar cómo la capacidad y uso correcto de la razón es
un elemento sustancial de las relaciones sociales y de la administración de la
justicia. Como botón de muestra me parece oportuno recordar la importancia que
en el Derecho Canónico tiene el uso de
la razón para evaluar las responsabilidades legales.
Se dice, por ejemplo (c.11), que las leyes emanadas de la
autoridad eclesiástica no obligan nunca a los que carecen de uso de razón
suficiente o no han cumplido los 7 años de edad. En esta determinación canónica
subyace una antropología de fondo según la cual el ser racionales no implica
necesariamente el uso o ejercicio efectivo de la razón de forma automática. Se
sabía por la experiencia de la vida, y cada vez lo sabemos mejor por la
psicología evolutiva, que el uso efectivo de la razón comienza a ejercerse
después de mucho tiempo de rodaje en la existencia. La edad de 7 años es sólo
un marco referencial de este fenómeno que tiene variantes de acuerdo con la
evolución personal de cada uno de nosotros. Pero el marco genérico es bastante
orientador.
Según el Codex
(c.97), las personas son consideradas mayores de edad a los 18 años y menores
desde los 7 a los 18. El menor antes de los 7 años es considerado “sin uso de
razón” y una vez cumplidos los 7 “se
presume que tiene uso de razón”. En consecuencia, se presume también como regla
general que puede ser tratado como sujeto responsable de sus actos en
proporción con la edad. Por otra parte están los que carecen habitualmente de
uso de razón. Estos (c.99) son considerados por la ley como personas infantiles,
o sea, no susceptibles de responsabilidad legal por sus actos. El c. 1322
aclara que se consideran incapaces de cometer un delito quienes carecen
habitualmente de uso de razón, aunque hayan infringido una ley o precepto
cuando parecían estar sanos. Un ejemplo práctico. Los adolescentes que
protagonizan actos callejeros vandálicos se comportan como para-terroristas inocentes.
¿Qué hacer con ellos? Si por razón de la edad o el estado de exaltación no
pueden ser considerados subjetivamente como delincuentes que han de responder
por sus actos ante la justicia, deberán responder por ellos sus padres, tutores
o educadores. En la legislación canónica hay una referencia constante al uso de
razón como condición indispensable para el ejercicio de los derechos y obligaciones
dentro de la Iglesia. Todos los actos sociales de naturaleza sacramental, por
ejemplo, son considerados nulos para efectos canónicos sin el uso de la razón.
Quienes por razón de la edad o estado de salud no pueden ejercer por sí mismos
el uso de la razón han de ser suplidos por personas capaces de hacerlo
responsablemente por ellos.
De hecho, el gran reto de todos los tribunales de
justicia, eclesiásticos o civiles, consiste en determinar primero la capacidad
de uso de razón de los inculpados para fijar después la pena prevista por la
ley contra el delito perpetrado. La lucidez mental, el conocimiento de causa de
los actos realizados y el estado de libertad aumentan la responsabilidad del
inculpado. Por el contrario, la falta de uso de razón, el desconocimiento y la
falta de libertad personal atenúan o anulan la responsabilidad del mismo. Esto,
que en teoría resulta tan fácil de decir, en la práctica no es siempre fácil de
determinar. El grado de lucidez mental de una persona no es un asunto que pueda
clarificarse con precisión matemática. Cuando, por otra parte, los tribunales
de justicia son corruptos o incompetentes (cosa nada sorprendente) el asunto se
complica aún más. Sin olvidar los casos en los que el miedo lleva a los jueces
a dictar sentencias a favor de los delincuentes alegando razones absurdas que
indignan al público y hacen pensar lo peor sobre la competencia y catadura
moral de esos jueces.
Pero la dificultad de fijar la capacidad de uso de razón
y responsabilidad subjetiva de los malhechores, así como la eventual corrupción
de los tribunales de justicia, confirma la importancia del uso de razón, lo
mismo para tratar a nuestros semejantes como para denunciar la mala
administración de la justicia. Con personas e instituciones que no usan la
razón, o que la usan perversamente, la convivencia humana resulta prácticamente
imposible. Una vez que se prescinde del uso correcto de la razón se
desencadenan las guerras y toda suerte de conductas absurdas e inhumanas
alimentadas por ideologías y creencias fanáticas. Destronada la razón se
instaura el imperio de la incomprensión y del odio. Buena prueba de ello son
los modernos fanatismos políticos y religiosos vigentes o los atávicos
sentimientos nacionalistas.
En todas estas formas de conducta hay un denominador
común, cual es la pérdida o uso perverso
de la razón. El asunto es tan grave que los locos propiamente dichos, como D.
Quijote y todos los que son tratados en los centros psiquiátricos, son
prácticamente inofensivos. Los de temer son los que en lugar de aspirar a
recobrar el sano juicio, como D. Quijote antes de morir, luchan para que todos
nos contagiemos de sus locuras poniendo patas arriba el principio de realidad
del que se alimenta la razón. Para ello recurren a la astucia y la violencia.
Cualquier cosa menos hacer uso correcto de la razón, que es lo que nos hace
humanos en un mundo genérico de animales. Cierto que esto es más fácil
constatarlo y describirlo que conocer sus causas y tratar de corregirlo. Para
ayudar a comprender el problema y afrontarlo con éxito relativo hay que ser
realistas y tener en cuenta las situaciones límite en que nos pone la vida, y
el hecho de que el despertar y maduración del uso de la razón no va a la par
con nuestro desarrollo biológico. Esta asincronía evolutiva de nuestra
personalidad está en la base de todo el problema. Vayamos por partes.
3. La pérdida de la razón en los momentos
críticos de la vida
Dice un refrán que tanto matan las alegrías
como las penas. Con lo cual se quiere decir que el mucho dolor acumulado y la
mucha alegría momentánea nos hacen perder el control de nosotros mismos
llevándonos a decir y hacer cosas que en estado emocional normal bajo el
control de la razón no tendrían lugar. Tratándose de la niñez, infancia y adolescencia
más que de perder la razón habría que hablar de desarrollo insuficiente de la
misma. Cuando un niño, por ejemplo, llora desconsolado porque sus padres le
niegan un capricho absurdo o imposible de satisfacer asistimos a un espectáculo
desagradable porque el niño no entiende las razones de sus padres. En unos
casos estos responden con admirable paciencia y comprensión hasta que el niño
se serena y se olvida de todo. Otras veces los padres pierden la paciencia y se
desahogan con gestos violentos que después tratan de compensar para
tranquilizar su conciencia. En estos casos los niños no usan la razón porque
todavía no están capacitados para ello. Los padres, en cambio, pierden el
control de sí mismos y los castigan con dureza incluso desmedida por lo que, cuando
se serenan, sienten la necesidad de compensar su falta de control racional.
Estos conflictos entre padres e hijos suelen agravarse
durante la adolescencia y primera juventud. A veces la situación es tan tensa
que se rompen incluso los vínculos afectivos familiares más elementales. ¿Qué
ocurre? Los unos no usan la razón porque no la tienen suficientemente
desarrollada y ejercitada, y los otros porque, a pesar de estar capacitados
para entender y comprender las razones de las cosas, la perturbación emocional les
impide actuar con la serenidad y comprensión que sólo son posibles usando la
razón con prudencia y sentido de responsabilidad. Cuando estos conflictos entre
padres e hijos tienen lugar lo primero y más urgente es conseguir que las
buenas razones pongan en su sitio a los sentimientos desbordados. Algo, que
resulta muy difícil lograr en la práctica. Pero esto no es lo peor. Lo peor
ocurre cuando el descontrol de los sentimientos y emociones se produce entre
parejas. A lo largo de mi experiencia profesional pocas veces he asistido a la
recuperación del uso correcto de la razón para rehacer una vida afectivamente
fracasada entre personas casadas. Cuando un hombre y una mujer se explotan
mutuamente de forma egoísta e irracional resulta muy difícil, si no imposible, hacerlos
volver al terreno de las buenas razones. La razón se utiliza en estos casos,
pero más para fortalecer los instintos de venganza que para volver al buen
camino trazado por la razón.
Pero volvamos a los estados emocionales por exceso de
alegría o de dolor. Algunos ejemplos prácticos tomados de la vida diaria pueden
ilustrar el problema que tenemos planteado. Estamos en un hospital visitando a
un enfermo en estado muy grave. Hay personas que están allí para ayudar al
enfermo y a sus familiares a afrontar con dignidad la prueba de la enfermedad.
Cuando los servicios informativos comunican buenas noticias se alegran y cuando
las noticias no son buenas se entristecen. Nadie que sea normal y razonable
permanece insensible como un bloque de cemento armado ante las buenas o malas
noticias sobre el estado de salud de un enfermo, o sobre cualquiera otro asunto
importante de la vida. Lo contrario sería sintomático y muy de temer. Cualquier
persona normal siente y padece las alegrías y las penas de forma razonable sin
huir de la realidad. Pero esto no siempre ocurre así. Hay quienes al recibir la
buena noticia de la evolución favorable del enfermo saltan como corderos en la
pradera cantando una victoria todavía incierta y siempre limitada. La mucha
alegría les lleva a hacer apasionados y triunfalistas comentarios espontáneos en
los que incluyen al propio Dios en persona. Por el contrario, cuando las
noticias sobre el enfermo no son favorables, automáticamente se desmayan,
fuman, beben y piensan que Dios es el culpable de todo, por lo que nada hay que
agradecerle. En ambos casos la alegría y la tristeza se han apoderado del uso
de la razón.
Paseamos por la ciudad y en el cruce de dos calles se
produce un incidente de tráfico. No ha ocurrido nada importante. Simplemente
que alguien ha realizado una maniobra incorrecta sin más consecuencias
desagradables que el susto. No obstante, desde las ventanillas de los dos
vehículos implicados se produce un intercambio de insultos. Estos van en
aumento con el estímulo de alguno de los restantes viajeros. En un momento dado
salen los conductores de sus respectivos coches y se oye la voz de una mujer, que
desde dentro de uno de los coches exclama: “mátalo”. Gracias a la rápida
intervención de la gente los enfurecidos conductores, dispuestos a agredirse
hasta el extremo, son interceptados y se impide la agresión. Es obvio que en
este caso tanto la mujer instigadora como los conductores perdieron el control
emocional de sí mismos activándose en ellos el instinto de venganza. O lo que
es igual, todos ellos perdieron en un momento dado el uso de la razón y como
consecuencia de lo cual pudo producirse un derramamiento de sangre humana.
Cuando en estos casos se apela a la serenidad para poder hablar y entendernos
sin hacernos daño, en realidad lo que estamos haciendo es crear las condiciones
indispensables para recuperar el uso de la razón.
Hablando de momentos críticos de la vida en los que se
trastorna el uso correcto de la razón no podemos olvidar aquellos en los que
los conflictos interpersonales o la opresión social inducen a ciertas personas
a quitarse la vida. Durante el despótico dominio comunista en el Este de Europa,
por ejemplo, muchas personas llegaron a considerar razonable la posibilidad de
suicidarse como única salida a las situaciones de acoso y terror creadas por
las autoridades públicas. Una de estas personas acosadas y aterrorizadas,
después de contarme las absurdas y ridículas acusaciones de que había sido
objeto y los sufrimientos morales a los que había sido sometida, me llevó de
paseo a un precioso bosque para mostrarme el lugar discreto donde, de no haber
cambiado la situación política, habría dejado su vida antes de que se la
quitara nadie. Los sufrimientos físicos y morales intensos y persistentes
turban de tal manera nuestra razón que pueden llevarnos al uso de la misma
contra nosotros mismos y de forma perversa contra los demás. Otra circunstancia
dramática que puede hacernos perder el uso correcto de la razón es la
enfermedad no asumida o la muerte cercana e inevitable. La práctica de la
eutanasia activa es una de las pruebas más evidentes de la pérdida del uso
correcto de la razón por parte de quienes la solicitan, y más aún
por parte de quienes la apoyan y ejecutan.
Escuchamos los servicios informativos en los que se nos
habla de un acto terrorista en el que han muerto varias personas, niños
incluidos. Los autores del inhumano acto celebran el acontecimiento como un
éxito más a favor de su causa al tiempo que las víctimas del terror sufren las
terribles consecuencias del cobarde acto criminal. La gente de bien se pregunta
cómo es posible que unas personas cifren su felicidad en matar a otras
incluidas las más inocentes. Ante estas reacciones cabe hacer algunas
observaciones. Los terroristas son educados para ese menester pervirtiendo el
uso de la razón de sus militantes. Es un proceso educativo intenso y
sistemático durante el cual se produce una inversión de la escala de valores
humanos. Los terroristas que matan a sus semejantes por motivos exclusivamente
políticos o financieros establecen una escala de valores en función de esos
intereses al margen de la razón y educan a sus militantes en función de los
mismos. Todo lo que no sea compatible con esos objetivos a alcanzar es
presentado a sus seguidores como malo y digno de ser aborrecido hasta la
muerte. La misma vida debe ser sacrificada, si ello fuere menester, al logro eficaz
de los objetivos políticos, sentimentales, religiosos o económicos programados.
Los sentimientos nacionalistas fueron a lo largo de la
historia y siguen siendo el caldo de cultivo más favorable para la educación
terrorista por motivos políticos. En cualquier caso, lo que interesa destacar
aquí es el hecho de que la razón es utilizada, pero de forma pervertida. Razonar
con un terrorista profesional sobre cualquier asunto que no sea favorable a su
causa política es tiempo perdido, a no ser que se haya desmarcado del grupo y
no corra el riesgo de ser vengado. El lavado cerebral al que un terrorista ha
sido sometido es demasiado importante como para pensar que puede liberarse
fácilmente del mismo. Por otra parte, si analizamos las expresiones más
corrientes de condena de esta forma de conducta, todas ellas apuntan a su
inhumanidad por el uso pervertido que hacen de la razón. Cuando ya no sabemos
qué calificativo aplicar a esos actos la única expresión que nos queda
disponible es que sus protagonistas están locos. Es una forma desesperada de
reconocer que no sólo han perdido los sentimientos más elementales de humanidad
sino que han perdido o pervertido aquello mismo que nos hace esencialmente
humanos: el uso correcto de la razón.
Tratándose del terrorismo de inspiración religiosa al
estilo islámico, por ejemplo, el proceso educativo de la mente para hacer
imposible el uso de la razón es muy similar. Se invoca a presuntos premios
divinos en la otra vida para quienes tengan el valor de quitársela en este
mundo a quienes no secunden sus creencias. En el fondo se trata de una
deformación de las auténticas creencias religiosas, como en el terrorismo
político se deforman los auténticos sentimientos de patria o nación. En ambos
casos se erige un altar de expiación cruenta donde se inmolan las vidas de los
presuntos extraviados que no se convierten a la sinrazón de sus creencias presuntamente
religiosas. Lo cual resulta psicológicamente posible porque ya desde la tierna
infancia se va destruyendo la posibilidad misma del uso correcto de la razón.
Por una parte se excitan los sentimientos políticos o
religiosos (o ambos a la vez) de las personas para que se desarrollen al margen
de la razón. Por otra, los educadores utilizan su propia razón de forma
perversa invirtiendo la escala natural de los valores. Para lograr sus
objetivos aplican la coacción y la violencia generando un estado de sumisión y
miedo en caso de que se produzca la más mínima reacción defensiva. Al usar unos
la razón perversamente y otros verse forzados a renunciar al uso correcto de la
misma bajo el influjo de la ignorancia y la coacción, se produce el triste
fenómeno de la conducta terrorista. ¡Están todos locos! Es la respuesta
emocional de quienes tratan desesperadamente de comprender lo que ocurre usando
el sentido común y la recta razón. Perder la cabeza y volvernos locos es el
extremo más indeseable al que podemos llegar los seres humanos en este mundo
por las consecuencias nefastas que fatalmente han de seguirse. De ahí la
necesidad de volver al buen camino de la razón para curarnos en salud a tiempo
contra los fanatismos políticos y religiosos que azotan a la humanidad.
Otra constatación importante a tener en cuenta es la
siguiente. El siglo XX fue un siglo de grandes progresos y calamidades.
Progresos en el orden material y calamidades en el orden intelectual y moral.
Como referentes de estas dos polarizaciones baste recordar por un momento las
dos guerras mundiales que tuvieron lugar. Ambas se produjeron porque los
primeros responsables de la vida pública de las naciones no supieron usar bien
o a tiempo la razón. La declaración de toda guerra, mundial o local, es el acto
por el cual las partes en conflicto deciden renunciar al uso de la razón para
dar paso al uso de la fuerza hasta la muerte. Una vez declarado el estado de
guerra obviamente nadie se siente obligado a usar la razón, si no es para
destruir al enemigo. Esta es la triste realidad. Terminadas las guerras, los
presuntos ganadores escriben después la historia de acuerdo con sus intereses
despreciando sin llega el caso los intereses legítimos de los perdedores. Así
ha sido durante toda la historia de la humanidad y cabe pensar que no será de
otra manera en el futuro. Pero lo que me interesa al hacer esta constatación es
que la mejora de esta situación sólo será posible en la medida en que las
generaciones futuras estén concienciadas de que tienen que recuperar la razón
perdida y vilipendiada por las generaciones del pasado.
En tal sentido la recuperación del uso correcto de la
razón pasa por hacer una criba rigurosa de la denominada “memoria histórica”. A
medida que pasa el tiempo me convenzo más de que un porcentaje muy elevado de
la memoria histórica lo único que merece es el olvido más absoluto. Me parece
bien que los historiadores profesionales constaten por escrito y archiven todo
lo que ocurrió en el pasado. Lo que no me parece bien es que los políticos y
educadores sociales obliguen a las generaciones actuales a conocer y transmitir
a sus descendientes las sinrazones y calamidades heredadas de sus antepasados. Liberados
de sentimentalismos, de tradicionalismos absurdos y con la cabeza bien puesta en
su sitio, cabe pensar que lo más prudente es activar los recuerdos felices del
pasado y arrojar al vertedero del olvido todas esas historias que se
desarrollaron en el caldo de cultivo de la ignorancia y el odio entre las
personas y los pueblos. A nadie se le puede prohibir que las escriba o las
conozca. Pero hacer de la “memoria histórica” sin discriminación un lugar común
para todos desde las instancias políticas y educativas me parece una forma de
seguir alargando la cadena de sinrazones y odios que asolaron la vida de
nuestros antepasados. Si muchos de ellos se odiaron y se maltrataron entre sí
es injusto que se nos obligue a sus descendientes a heredar sus odios y
sinrazones. Lo justo y razonable es que heredemos los buenos ejemplos de
nuestros mayores y los transmitamos a la posteridad. Lo injusto e irracional es
que tengamos que heredar sus malos ejemplos para perpetuarlos en el futuro. Ni
ellos tenían derecho a imponernos este deber ni nuestros gobernantes y
educadores actuales lo tienen para obligarnos a recordarlos y activarlos sin
otro motivo que la satisfacción de sus intereses políticos o sentimentales en
clave de venganza. A parte de que los políticos fanáticos falsean a su antojo a
favor propio la realidad histórica, por la experiencia más castiza de la vida
sabemos que un brillante futuro se basa siempre en un pasado olvidado. Es
prácticamente imposible mirar al futuro con ilusión sin dejar atrás mediante el
sabio mecanismo del olvido de experiencias negativas, fracasos y sufrimientos
activando por encima de todo la memoria de las experiencias y de los recuerdos
felices.
Mencioné antes las dos guerras mundiales del siglo XX
como momentos culminantes de la pérdida del buen uso de la razón por parte de
los líderes políticos, sociales y militares. Pero a este respecto hay algo muy
importante que me parece oportuno destacar. Entre los supervivientes a estas
dos tragedias humanas mundiales hubo quienes reaccionaron después de forma
desesperada entregándose a actividades delictivas o formas de conducta
personalmente corruptas. La experiencia fue tan desastrosa que su razón no pudo
asimilar los efectos negativos de aquellos recuerdos teñidos con tanta sangre
humana derramada. Por el contrario, otros reaccionaron entregándose a las
causas más nobles de humanidad y buena voluntad. Gracias a estos hombres y
mujeres, que no perdieron la razón a pesar de tanta muerte y dolor tras ambas
contiendas, fue posible un progreso humano material jamás soñado en el pasado y
la creación de instituciones humanitarias con una eficiencia sorprendente por
relación a tiempos pasados. De las cenizas de las dos guerras surgieron
intelectuales y humanistas estupendos. Pero también hombres y mujeres
entregados a la mala vida. En el fondo de todos ellos latía la vivencia del horror
de la guerra. Pero mientras los primeros optaron por usar la razón para
contrarrestar las consecuencias nefastas de la pérdida de la misma, los
segundos tiraron la toalla y prefirieron buscar compensaciones en el desprecio
práctico de los valores humanos más elementales y en las revueltas políticas.
Entre los intelectuales se puso de moda el marxismo en lucha encarnizada contra
el capitalismo salvaje con un trasfondo común cual era la concepción brutalmente
materialista de la vida.
Con el
desprestigio del marxismo esta situación no ha mejorado sino que se ha agravado
con los avances de las nuevas tecnologías, sobre todo en el campo de la
bioética. Así las cosas, está claro en el comienzo del siglo XXI que el uso de
la razón pasa por una profunda crisis tanto a nivel personal como social. Las
instituciones públicas utilizan la razón para instalarse y mantenerse en el
poder aunque sea a costa de la vida de los demás, aunque sean indefensos e
inocentes mientras las personas privadas se dejan arrastrar por las emociones y
los sentimientos al margen de la razón aunque sea a costa de su felicidad. Esta
es la tónica general en las sociedades occidentales avanzadas y las personas
que tratan de no caer en el abismo de la sinrazón y del fracaso humano tienen
que soportar toda suerte de incomprensiones y hasta persecuciones. Pero esta
situación no sólo es debida al ambiente social. Hay factores más profundos que
conviene recordar.
4. Asincronía genética y ocaso natural del
uso de la razón
Seamos realistas. Nadie hasta ahora, que
sepamos, ha nacido haciendo uso de la razón. Hay niños y niñas prodigio que
razonan precozmente, pero aún en estos casos existe una lejanía muy clara entre
su desarrollo biológico y el psicológico en cuyo ámbito emerge y se activa el
uso de la razón como actividad específica de los seres humanos. Desde el
momento matemático en que la cabeza de un espermatozoide incide en el núcleo de
un óvulo y se configura el código genético, el nuevo individuo emergente
despliega un proceso vital de desarrollo biológico acelerado sin intervención del
uso de la razón. Esa capacidad está ya prevista en el código genético pero su
ejercicio efectivo no tendrá lugar hasta pasados algunos años. Desgraciadamente
en muchas personas esa capacidad de razonar no llega a desarrollarse nunca de
forma satisfactoria, ni siquiera creciendo en un ambiente favorable. En
lenguaje coloquial se habla de “tontos de nacimiento”, y tal expresión,
correctamente utilizada, es una confirmación del hecho objetivo y verificable
de que el uso de la razón no es contemporáneo de nuestro desarrollo biológico.
Hay, de hecho, “niños grandes” y “adultos infantiles”. O sea, niños y
adolescentes con un desarrollo intelectual superior al normal de su edad, y
personas en edad biológicamente avanzada que usan la razón como si fueran
biológicamente niños. Se habla así de niños precoces y de adultos muy
infantiles. En sentido ofensivo existe la expresión según la cual “el que es
tonto lo es de por vida”. Pero tal sentido ofensivo no tendría lugar si el uso
de la razón surgiera y se desarrollara a la par con nuestro desarrollo
biológico.
Tradicionalmente se aceptó que una persona normal empieza
a razonar hacia los siete años de edad. En algunos la aparición del uso de la
razón tiene lugar de forma brusca y desagradable a raíz de acontecimientos
desventurados. Un niño, por ejemplo, que nace con alguna discapacidad física, o
es testigo habitual de injusticias o violencias familiares o sociales, es más
propenso a la precocidad racional que otro que nace y crece sano en un ambiente
de normalidad. Lo cual no significa que una infancia infeliz favorezca de suyo
el buen uso de la razón. De hecho hay personas que a raíz de esas experiencias
traumáticas de infancia y adolescencia quedan psicológicamente incapacitadas para
razonar con solidez y acierto para el resto de sus vidas. Pero esto no es todo.
Más allá de la eventual discapacitación de origen y el contexto cultural hay
que tener en cuenta el hecho genético al que se ha prestado hasta ahora poca o
nula atención. Me refiero a la asincronía
existente entre el desarrollo químicamente biológico del embrión humano y la
aparición del uso de la razón.
En efecto, aún en un contexto de normalidad, el uso de la
razón emerge con bastantes años de retraso respecto de la maduración biológica.
Tenemos así el caso de personas biológicamente muy desarrolladas y
psicológicamente muy inmaduras. Otras, en cambio, presentan un fenotipo
corporal deficiente y una capacidad de razonamiento sorprendente. En el
lenguaje popular hablamos de “niños grandes”. Son aquellos en los que se
aprecia un desarrollo biológico desproporcionadamente superior al psicológico.
Parecen hombres o mujeres pero razonan y
se comportan como si fueran niños o adolescentes. Otras veces, insisto, nos quedamos
asombrados ante la discapacidad o subdesarrollo biológico de ciertas personas y
su admirable capacidad intelectual.
Lo normal es que la aparición del uso de la razón tenga
lugar de forma lenta y progresiva, como
la aurora boreal, dependiendo mucho del contexto familiar y educativo en el que
crecemos. Lo cual supone que durante bastantes años, a partir del momento de la
fecundación, nos comportamos en base a emociones y sentimientos primarios
motivados por el instinto ciego de conservación sin utilizar la capacidad de
razonar. De hecho, una de las funciones esenciales de los adultos y educadores
consiste en “suplir” esa carencia de razón suficiente de los niños y
adolescentes. ¿Para qué sirven los procesos educativos si no es para suplir
hasta donde sea necesario ese vacío de uso de la razón durante la niñez,
adolescencia y juventud? Una suplencia, en efecto, que debe dejar de ejercerse
en la medida y proporción en que el educando va desarrollando su propia
facultad de razonar y es capaz de encontrar por sí mismo el sentido de su vida.
Desde la constitución del código genético, dentro o fuera
del seno materno, hasta los siete años aproximadamente, nuestro comportamiento
ha sido biológicamente instintivo y emocional. Lo que cuenta no es la razón sino
el instinto de conservación así como las emociones y sentimientos que del mismo
se derivan. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia personal a
partir del momento matemático en que se constituyó nuestro código genético, y a
poco que nos esforcemos podemos saber desde cuándo y en qué circunstancias
empezamos a hacer uso de la razón. Mucha gente ha experimentado su despertar al
uso de la razón en edad avanzada. Por ejemplo, con motivo de un accidente de
tráfico en el que estuvieron a punto de perder la vida. O la aparición de una
enfermedad. Hay cosas que sólo valoramos en su justa medida cuando somos
desposeídos de ellas. A ese despertar repentino o graduado del uso de la razón
es a lo que yo llamo pérdida de la inocencia.
Al instinto de conservación del individuo se suma más
tarde el instinto de conservación de la especie. Con lo cual la situación se
agrava ya que los impulsos emocionales derivados del instinto de supervivencia
individual se suman ahora los impulsos biológicos y emocionales propios del
despertar glorioso del instinto de reproducción o conservación de la especie.
La capacidad sexual irrumpe con una fuerza arrolladora cuando todavía el uso de
la razón no ha hecho más que estrenarse, lo cual constituye un factor
perturbador muy importante durante la adolescencia. Si el contexto familiar y
educativo no es favorable, el conflicto puede agravarse hasta extremos
alarmantes. La fuerza arrolladora del instinto sexual es tal que la razón,
todavía inexperta, empieza a titubear y a poner en tela de juicio todo lo que
ha visto y aprendido. La fuerza de estos instintos biológicos es tan fuerte
durante la adolescencia y la juventud que la capacidad de razonar tropieza con
grandes dificultades para afirmarse poniendo orden en los sentimientos y las
emociones. De hecho va siempre detrás hasta que, pasados los años de plenitud
biológica, la razón empieza a sentirse más fuerte y consolidada.
La asincronía del desarrollo de la razón respecto del
desarrollo biológico no desaparece nunca. Por orden de naturaleza primero
aparecen y se consolidan los instintos biológicos con sus emociones
correspondientes. Luego aparece y se consolida el uso de la razón. Y a la
inversa. Cuando la plenitud biológica empieza a debilitarse es justamente cuando
la plenitud racional alcanza su clímax. Lo cual tiene la ventaja de que la
naturaleza deja la posibilidad siempre abierta para que, al llegar a la madurez
racional, podamos corregir los errores cometidos durante la etapa previa de maduración
biológica.
Lo malo es que muchas personas no llegan a tiempo porque
a veces la capacidad de razonar se pierde antes de lo previsto y los errores
cometidos durante la etapa de plenitud biológica son de tal envergadura que no
tienen prácticamente solución. De ahí la necesidad de tomar en serio estas
eventualidades para entrenar lo antes posible a los jóvenes en el uso de la
razón antes de que sea tarde. Para ello es necesario enseñar a usar bien la
razón cuanto antes a las nuevas generaciones evitando que hereden los errores
de nuestros antepasados en la forma de afrontar con éxito los grandes problemas
de la vida. Con el paso del tiempo y el desgaste vital se van debilitando
nuestras facultades y fuerzas físicas y nos hacemos viejos sin pedirlo ni
quererlo. Pero igualmente ocurre con las capacidades mentales. La vida no
engaña a nadie. Vamos perdiendo la memoria, la vista, el oído y así
sucesivamente, incluida la capacidad de pensar y razonar. Pero, según el
humorista, lo último que perdemos son los malos hábitos y costumbres. Humor aparte,
la realidad se impone y no hay tiempo que perder en el aprendizaje y uso
acertado de la razón. De ahí que en cualquier proyecto pedagógico del uso de la
razón habrá que tener en cuenta esta asincronía genética de la que hemos
hablado asumiendo al mismo tiempo el deterioro natural de la inteligencia con
el paso del tiempo.
Esto significa que la educación de la inteligencia ha de
realizarse de forma progresiva y lo más individualizada posible de acuerdo con
el ritmo evolutivo de las personas sin olvidar que, antes o después, la
capacidad de razonar empezará a resentirse hasta apagarse definitivamente. Es
duro aceptar esta realidad pero es mejor afrontarla y asumirla que tratar de
pasar de ella como si no existiera. Si el uso de la razón pudiéramos ejercerlo
en sincronía perfecta con la aparición de los instintos de conservación y de
reproducción nos ahorraríamos la mayor parte de los grandes problemas
educativos que surgen durante la infancia y la adolescencia. Pero es inútil
buscar los tres pies al gato. Durante la adolescencia y la primera juventud, la
plenitud biológica se impone al uso de la razón mediante los sentimientos y las
emociones, y cualquier intento de poner orden en ellos con la aplicación del
uso de la razón encuentra siempre una resistencia espontánea. Si, debido al
contexto cultural o a la aplicación de una mala pedagogía, los sentimientos y
las emociones ahogan a la razón, o, por el contrario, la razón se impone con
mano dura reprimiendo los sentimientos, el drama está servido. ¿Cómo evitar que
este drama no degenere más tarde en tragedia? ¿Cómo educarnos durante la
infancia y la juventud para aprender a razonar sin reprimir los sentimientos, y
vivir sanamente las emociones pasándolas por el filtro saludable y humanizador
de la razón? ¿Cómo evitar que haya personas tan sentimentales e inmaduras que
viven como si no tuvieran uso de razón, o tan racionales que carecen de los más
elementales sentimientos de humanidad?
5. Uso de la razón o el
precio de la inocencia perdida
En el lenguaje ordinario la expresión “pérdida de la
inocencia” está directamente relacionada con la primera experiencia sexual
durante la adolescencia y la juventud. Por lo mismo, cuando una persona crece
en edad y no se percata de las implicaciones anejas a la vida sexual se dice
que “es todavía muy inocente” o inmadura. La pérdida de la inocencia, según la
estimación popular, se refiere a ese momento en el que un hombre o una mujer se
sienten sexualmente atraídos y proceden a realizar su primera experiencia tras
la cual empiezan a verse y tratarse de una forma completamente distinta. La
experiencia pudo resultar feliz o desgraciada pero, en cualquiera de los casos,
desapareció para siempre una forma de verse y tratarse de forma libre y
emocionalmente desinteresada. A partir de ese momento ya no hay lugar para las
ilusiones y el romanticismo irresponsable. Lo mismo puede surgir un gran amor
que un rechazo mutuo. La toma de conciencia de esta realidad equivale a perder
la inocencia. En sentido menos popular y más técnico la pérdida de la inocencia
puede referirse a la culpabilidad moral que se nos imputa por nuestra conducta
en cualquier orden de la vida aunque no tenga nada que ver con la vida afectiva
o sexual. Así, los jueces declaran a unos culpables y a otros inocentes de
acuerdo con lo establecido en las leyes.
Cuando yo hablo aquí de pérdida de la inocencia por
relación al uso de la razón voy más lejos. Me refiero a ese momento culminante en
el que una persona tiene conciencia por primera vez de la existencia del mal en
este mundo y empieza a plantearse cuestiones sobre el origen, naturaleza y causa
de su existencia. Como en el caso de la primera experiencia sexual, la primera
toma de conciencia de la existencia del mal deja una huella profunda en el
desarrollo de la personalidad que permite hablar de un antes y un después
feliz, menos feliz o desgraciado. No todos despertamos de la inocencia a la
conciencia del bien y del mal de la misma manera. Cada cual tenemos nuestra
propia historia personal en cuyo contexto podemos identificar con un mínimo de
esfuerzo el momento preciso en que la luz de la razón empezó a alumbrar el
camino de nuestra existencia. Basta echar mano de cualquier biografía de
personas ilustres para darnos cuenta de ello. Lo
deseable es que ese despertar se produzca suave y dulcemente como una bella
salida del sol, y que su sueño definitivo ocurra como un bello y esperanzado
atardecer de la vida. De hecho, sin embargo, las cosas no suelen ocurrir así.
Mucha gente sólo despierta a la luz de la razón mediante experiencias bruscas y
dolorosas al filo del miedo, la enfermedad y la muerte. Vivían
irresponsablemente como si aquí no pasara nada, haciendo de su capa un sayo, y,
de pronto, llegan el accidente de tráfico, el amago de infarto, el desamor de una
persona o cualquiera otra calamidad imprevista, y todo el gozo en un pozo. Sin
olvidar las guerras, las catástrofes naturales, las injusticias sociales o la
necesidad de tener que convivir con gente con la cabeza perdida o el corazón
envenenado.
Ante estas situaciones límite hay personas que reaccionan
positivamente y la historia está plagada de biografías ejemplares en este
sentido. Pero no hay que hacerse ilusiones. No he conocido a nadie, vivo o
muerto, que recomiende las experiencias negativas como criterio pedagógico para
aprender a usar la razón. Aquello de que “no hay mal que por bien no venga”
tiene otra lectura. De la experiencia del mal se puede aprender mucho, pero
sólo cuando la razón encuentra apoyaturas suficientes y proporcionadas en alguna
experiencia del bien. Un niño o adolescente, por ejemplo, que crece en un
ambiente familiar y social malsano lo más probable es que, en lugar de aprender
de las dificultades de la vida, sucumba fácilmente a ellas. Las experiencias
negativas de por sí son un obstáculo para el uso correcto de la razón. De
momento sólo quiero desvelar cómo en mi caso el despertar de la razón tuvo
lugar de una manera brusca a partir de una experiencia negativa felizmente
superada.
Uno de mis entretenimientos gozosos de infancia consistía
en visitar una hermosa finca de pastos que mi padre poseía en el lugar
denominado “La chorrera” a menos de un kilómetro de Hoyocasero en la provincia
de Ávila, España. La finca está ubicada en la parte baja de una ladera frondosa
vertebrada horizontalmente por la carretera y verticalmente por una hermosa
“chorrera” o cascada de agua. Este hermoso lugar ha sido remodelado para
ampliar la carretera con lo cual se ha perdido parte de su orografía secular. Cuando
llegaba la primavera yo visitaba con harta frecuencia aquel paradisíaco
entorno. Me introducía en el bosque, observaba el curso del agua de la cascada
y, sobre todo, observaba atentamente cómo eran los árboles y las plantas con la
ilusión añadida de descubrir los nidos de los pajarillos y otras aves de mayor
envergadura. Y todo con mucha cautela para no ser sorprendido por algún
desagradable o mortífero reptil como las culebras y las víboras.
Un día, durante mi recorrido solitario por la parte más
profunda del bosquecillo admirando la vegetación, descubrí un retoño de
arbolito que me llamó particularmente la atención. Se trataba de un chopo
pequeñito que había brotado al lado de otro inmenso. Tenía aproximadamente la
misma estatura que yo, era todavía muy delgado y tierno y comenzaban a brotar
sus enanas y delicadas hojas. Quedé realmente fascinado ante su hermosura. Si
mal no recuerdo, me atreví a tocarlo suavemente como quien desea acariciar el
rostro de una niña de pecho cuidando mucho de no causarle algún daño. Y como a
su lado se encontraba un chopo inmenso, yo miraba a los dos y pensaba con
ilusión que algún día el chopito pequeño llegaría también a ser grande y
majestuoso. A partir de aquel hermoso día siempre que volvía a la “chorrera” lo
primero que hacía era visitar el chopito
para seguir de cerca su crecimiento.
Pero todo mi gozo en un pozo. Un buen día fui como de
costumbre a visitarlo y no podía creer lo que estaba viendo. El inocente y
amoroso arbolito había sido cercenado. No había duda. Mi impresión fue que lo
habían cortado por la mitad de su cuerpo con una navaja. Imaginemos un niñito
de tres meses asesinado en su propia cuna. Cerré espontáneamente los ojos y me
hice dos preguntas: ¿Quién ha sido? ¿Por qué? No entendía que aquella criatura
pudiera haber hecho algún mal que mereciera tamaño castigo. Entonces, ¿por qué?
¿Por envidia de que el arbolito se encontraba en la propiedad de mi padre?
¿Cosas de niño o algo más?
En aquel momento mi capacidad de razonamiento se disparó
y abandoné el lugar con el corazón roto. Por primera vez pensé que puede haber
gente mala, que el mal existe y que en adelante debía conocer las cosas como
son sin fiarme de las apariencias. En aquel
histórico momento de mi vida perdí la inocencia y se activó en mí el uso
de la razón. O lo que es igual, dejé de ser psicológicamente un niño y comencé
a tomar conciencia del bien y del mal, de lo verdadero y lo falso, de lo bello
y lo monstruoso, de la vida y de la muerte. En aquel preciso momento comenzó mi
carrera filosófica como ejercicio constante del uso de la razón frente a las
situaciones de la vida. Pero como no hay mal que por bien no venga, he de
confesar también que en el atardecer de mi vida me siento muy feliz de haber
aprendido la lección positiva de aquella prematura y terrible experiencia. Como
he dicho antes, la historia está plagada de biografías en las que la pérdida de
la inocencia tuvo lugar con ocasión de alguna experiencia negativa. Tal fue mi
caso con la suerte de poder decir que en lugar de fundirse dentro de mí la
lámpara de la razón se encendió felizmente para alumbrarme durante el resto de
mi vida. Pero sigamos adelante.
Cuando se dice que el ser humano es naturalmente filósofo
no queremos decir que nacemos razonando. Queremos decir que estamos llamados
por naturaleza a usar la razón en la medida en que se va desvelando en
nosotros. El problema está en cómo seguir el proceso de su desarrollo y
aprender a manejarla. En cualquier caso, del uso correcto o incorrecto de la
razón depende buena parte de nuestra felicidad en este mundo caduco y la
calidad humana de la cultura. Sin razonar bien no puede haber vida personal de
calidad ni convivencia social feliz. La infelicidad humana es parte de la
factura que nos pasa la naturaleza por el mal uso que sistemáticamente, de
forma inocente o culpable, se hace de la razón.
Hemos dicho que el uso de la razón en los casos normales
empieza a ser efectivo después de bastantes años de rodaje biológico. Lo cual
es causa permanente de problemas ya que durante ese largo periodo de tiempo se
han fortalecido muchos hábitos emocionales que se resisten después a ser
gobernados por la razón. El conflicto sentimiento/razón se produce antes o
después y el desenlace puede ser acertado o desgraciado. Es desgraciado siempre
que los sentimientos se imponen a la razón o la razón reprime los sentimientos
en vez de educarlos. Este conflicto se agudiza sobre todo en la adolescencia
cuando la plenitud biológica camina triunfante hacia su plenitud mientras la
plenitud psicológica va a la zaga. Sabemos que desde el momento de la
fecundación hasta la edad aproximada de los 25 años, más o menos, de acuerdo
con nuestra estructura genética y el contexto ambiental en que crecemos,
biológicamente nos estamos haciendo y madurando. Lo que viene después es una
estabilización más o menos prolongada, y el comienzo de nuestro declive
biológico irreversible.
En tiempos pasados este declive biológico era mucho más
acelerado y la gente moría muy pronto. La edad de 50 años era considerada en
las antiguas civilizaciones como la edad de la plenitud y la experiencia de la
vida. Eran los presbíteros o ancianos a los que los jóvenes debían escuchar,
respetar e imitar por su presunta sabiduría acumulada de la vida. En nuestros
días esta situación ha cambiado notablemente gracias al desarrollo de los
antibióticos y de la tecnología biomédica. Se especula incluso con la
posibilidad de combatir el envejecimiento biológico mediante el control y
terapia génica de los telómeros y su
entorno en el contexto de la bioética. Pero aún así nuestro soporte biológico
encarnado en el cuerpo humano está llamado a fenecer de forma progresiva y
sostenida por más que nosotros consigamos científicamente desacelerar el
proceso senil. La inmortalidad biológica propiamente dicha tiene pocos visos de
realidad ni a corto ni a largo plazo.
¿Y qué ocurre con el nacimiento, crecimiento y declive
del uso de razón? La respuesta inspirada en la experiencia es sencilla: no
nacemos razonando. A razonar se aprende con el tiempo, la buena educación y la
experiencia de la vida. El uso de la razón es asincrónico, o sea, que no va a
la par con el desarrollo biológico o celular y este es un dato fundamental para
entender nuestra condición humana y afrontar con acierto sus problemas. Cuando
comenzamos a usar la razón llevamos ya muchos años de vida profundamente
condicionados por los deseos y los sentimientos asociados a los instintos
brutos de conservación y reproducción. Esta asincronía evolutiva está en la
base de muchas de nuestras desgracias y errores cometidos durante el resto de la vida.
De ahí que quienes no han aprendido ya desde la
adolescencia a usar la razón están condenados a cometer muchos errores de los
cuales la razón les pedirá cuentas después. El arte de saber pasar los deseos,
los sentimientos y las emociones por el filtro de la razón, antes de
expresarlos o exteriorizarlos, es indispensable para llevar una vida
psicológicamente sana y feliz sin tener que estar constantemente rectificando
con la cabeza las equivocaciones que antes hemos cometido con el corazón. De ahí
también que el primer cometido de la filosofía debiera ser el de enseñar a
pensar y reflexionar correctamente sobre los grandes problemas de la vida. La
transmisión de los conocimientos filosóficos debería ocupar un lugar
subsidiario y no primordial y único como ocurre en los centros docentes en los
que todavía se imparte la enseñanza de la filosofía.
He dicho que el uso de la razón emerge después de varios
años de vida exclusivamente instintiva y emocional. Pero cada persona tiene su
propia historia. Lo normal es que la luz de la razón vaya apareciendo
lentamente como el clarear del nuevo día y se vaya extinguiendo con el desgaste
o cansancio vital. Hay niños precoces cuyo desarrollo intelectual va por
delante de su desarrollo biológico. Este hecho crea muchos problemas
pedagógicos y los niños en cuestión sufren mucho ya que con una edad biológica
muy tierna se plantean problemas de fondo propios de personas psicológicamente
adultas. Otros, por el contrario, crecen biológicamente a ritmo acelerado e intelectualmente
retardado. Son los popularmente llamados “niños grandes”. Físicamente se los
considera adultos siendo psicológicamente niños. También crean problemas
educacionales importantes y ellos mismos sufren bastante con estos desajustes.
Por otra parte, hay personas que gozan de una constitución somática admirable y
carecen de escasa capacidad de razonamiento sólido. Otras, por el contrario,
somáticamente son un desastre e intelectualmente verdaderos prodigios.
Por otra parte es verdad que el coeficiente intelectual
depende mucho de la educación recibida. Pero esto no hace desaparecer el
problema de base que consiste en la asincronía
evolutiva del genoma humano de
cada uno de nosotros y el amanecer y maduración del uso de la razón. Desde el
momento matemático en que fuimos genéticamente encendidos a la vida hasta aquel
otro en el que empezamos a usar la razón hay un periodo de tiempo bastante
largo durante el cual hemos vivido exclusivamente de sentimientos y emociones
derivados de los instintos de conservación y reproducción. Acostumbrados a esos
sentimientos y emociones así como a la imitación de los modelos de conducta que
nos ha ofrecido el contexto familiar y social correspondiente, la irrupción
posterior del uso de la razón constituye un acontecimiento frecuentemente
perturbador. Surgen así los grandes problemas de la adolescencia y juventud derivados
del conflicto entre una vida sentimental intensa y el cuestionamiento de esos
sentimientos y emociones por parte de la razón. Si los sentimientos se imponen
sistemáticamente a la razón incurrimos en la tiranía del sentimentalismo. Si la
razón sofoca a los sentimientos, incurrimos en la tiranía del racionalismo.
Los sistemas
educativos, insisto, deberían tener en cuenta estos riesgos educando a la gente para comportarse en la vida como
personas razonables. O lo que es
igual, enseñando a usar correctamente la razón. Con un mínimo de experiencia de
la vida y de reflexión serena pronto nos damos cuenta de que tenemos que
equilibrar mediante la educación esa asincronía original entre el comienzo
genético de nuestra existencia y el desarrollo posterior del uso de la razón.
De lo contrario estaremos poniendo siempre el carro delante de los bueyes. O
sea, tomando decisiones en la vida, fatalmente equivocadas, por no pasar los
sentimientos y los deseos por el filtro de la razón. Hay personas que pasan la segunda parte de sus vidas tratando
de corregir con la razón o la cabeza los errores previamente cometidos con los
sentimientos y el corazón. Algunos llegan a tiempo. Otros, una mayoría
alarmante, demasiado tarde. Hay errores en la vida cuya factura hay que pagar
sin rebajas ni descuentos. El mayor de esos errores consiste en haber renegado
deliberadamente de aquello que nos define como seres humanos: el uso de la
razón. Cuando las personas se maltratan a sí mismas y maltratan a los demás es
en buena parte porque han perdido el uso de la razón, no saben razonar de forma
correcta o la usan perversamente.
Hemos aludido al hecho de cómo llegamos a tener uso de razón
y lo perdemos. Lo que suele denominarse “coeficiente intelectual” se refiere a la
potencia o capacidad para utilizar bien esa hermosa herramienta que es la
inteligencia. No todos tenemos el mismo coeficiente intelectual. Hay personas
muy cortas de inteligencia y otras que se pasan. Ambos extremos son
indeseables. Lo normal es que nuestro coeficiente intelectual medio entre esos
extremos se potencie progresivamente mediante una buena educación durante la
adolescencia y juventud con el soporte de la experiencia. Pero hay otro aspecto
del problema que no podemos olvidar.
A partir de una determinada edad, lo mismo que ocurre con
nuestro cuerpo y la salud física, la capacidad intelectual comienza a
debilitarse hasta su ocaso definitivo. Los ojos, los oídos y el resto de los
sentidos empiezan a perder su capacidad perceptiva normal y ello repercute
fatalmente en la inteligencia y la convivencia. Cada uno de nosotros tenemos
nuestra propia historia personal y experimentamos este orto y ocaso progresivo
de nuestra vida sensitiva e intelectual. Es muy triste ver a una persona con
sus cualidades físicas disminuidas y en proceso irreversible de desaparición.
Pero es más triste todavía ver cómo hay personas que pierden el uso de la razón
a causa de sus emociones vehementes o enfermedades específicas que constituyen
el objeto de estudio propio de la psiquiatría. Así es nuestra vida personal. De
la capacidad para razonar y del buen uso de la razón depende buena parte de
nuestra felicidad. Por lo mismo, del buen uso de la razón depende igualmente la
calidad de nuestra convivencia social, desde cuya perspectiva cabe decir
también que hemos empezado la singladura del siglo XXI con la razón fracasada y
humillada.
En el plano individual no resulta difícil hacer ver a las
personas que muchos de sus errores en la vida son debidos al uso de los
sentimientos en lugar de la razón. No me refiero al uso de los sentimientos sin
los cuales la vida humana se degrada, sino al uso de los mismos sin pasarlos
previamente por el filtro de la razón. Por ejemplo, cuando hablamos
mecánicamente sin ponderar antes lo que decimos, o actuamos bajo el impulso de
las emociones sin atenernos a razones. Hay personas que actúan así
multiplicando sus errores y lamentando las consecuencias de los mismos. Pero
cuando hacen una consulta tratando de resolver sus problemas y se les informa
sobre su normatividad emocional al margen de la razón como la causa principal,
o una de las causas principales de sus problemas, reaccionan con alegría y
voluntad de rectificar. A veces la rectificación no resulta fácil a corto plazo
por el hábito adquirido de actuar de forma equivocada. Pero el sólo hecho de
descubrir el fallo constituye un paso decisivo para llegar a una solución
satisfactoria de los problemas.
Ahora bien, no basta estar convencidos de que hemos de
pasar nuestros sentimientos y emociones por el filtro de la razón. El
conocimiento del bien no es suficiente para hacerlo. Es un hecho de experiencia
común que desautoriza a la famosa
“paradoja socrática”. El mero hecho de conocer el bien no arrastra
necesariamente a practicarlo. Está por medio el misterio de nuestra libertad, a
menos que esta esté seriamente condicionada. Pero es una condición previa
indispensable para no perder el tiempo en el empeño. Digo esto porque podemos
encontrarnos con personas totalmente convencidas de ello pero que no están
dispuestas a rectificar aunque parezca lo contrario. Igualmente hay quienes se
encuentran a gusto con sus enfermedades para llamar la atención de los demás y
tener a todos pendientes de ellas.
Por último, hay otras que expresan abiertamente su
voluntad de seguir comportándose en la vida al ritmo de sus sentimientos y
emociones al margen de la razón. Es obvio que, cuando esto ocurre, cualquier
intento de ayudarlas a usar la razón para filtrar en ella los sentimientos está
llamado al fracaso. Al menos a corto y medio plazo. A la dificultad original de
la asincronía entre el desarrollo biológico y el psicológico-racional se suma
ahora la falta de voluntad para tratar de resolver este grave problema
funcional, incluso cuando ha sido identificada la causa. Pero la cosa no queda
tampoco en la actitud personal.
Últimamente hay que tener en cuenta también la nueva
mentalidad social cristalizada en tópicos comunes lacerantes que aconsejan la
inhibición pública del uso de la razón. En el fondo se trata de infundir miedo
a decir la verdad y a ser coherentes con ella en la vida pública. Para lograr
este objetivo los sectores sociales de presión utilizan la estrategia de lo “políticamente
incorrecto”, del silenciamiento, de la rebaja del perfil de personalidad así
como palabras y gestos de indignación ante formas correctas de pensar y de
obrar en la solución de los problemas. El asunto es grave y merece atención. Decir
de una persona que lo que ha dicho o hecho es
“políticamente incorrecto” equivale a una censura velada de gran
eficacia. Es una forma de avisar de que lo que ha dicho deberá callarlo en el
futuro aunque sea la verdad. Y no se trata de una apelación comprensible a la
prudencia antes de hablar sino de una amenaza implícita. Lo tipificado como
“políticamente incorrecto” debe permanecer en el ámbito de la privacidad y
cualquier manifestación pública de ello, será objeto de reproche y
descalificación. Quienes no respetan esta consigna lo más probable es que se
les aplique la estrategia del silenciamiento. Por ejemplo, un escritor publica
un libro que es clasificado como “políticamente incorrecto”. En tiempos pasados
podía dar lugar a una polémica furibunda entre defensores y detractores.
Actualmente pueden suceder varias cosas. Por ejemplo, que no se hable de él
para nada en los medios de comunicación o que, dados los temas que trata, se lo
presente como noticia fugaz con un breve comentario desaconsejando su lectura
sin entrar en ningún tipo de polémica. Pero a estas nuevas formas de censura se
añade actualmente otra cosa peor.
Me refiero a la estrategia utilizada por algunos grupos
de políticos e ideólogos que consiste en tachar de deshonestidad personal la
descalificación moral de ciertas formas inhumanas de conducta. Si a la luz del
sentido común, de la experiencia de la vida y del sano juicio de la razón se
opina que tal o cual forma de conducta no es humanamente aceptable, estos grupos se ponen de acuerdo para crear
un estado de opinión que acepte tales formas de conducta como las mejores y más
recomendables. La historia reciente de la legalización del aborto, de la
eutanasia y de otras tropelías en el ámbito de la bioética ofrece ejemplos
escalofriantes sobre la actualidad de estas estrategias. En el ámbito de la
militancia política un modelo referencial interesante lo tenemos en la polémica
desatada sobre los movimientos y sentimientos nacionalistas. La bioética, los
nacionalismos y el fanatismo religioso islámico constituyen los foros
actualmente más notables en los que el correcto uso de la razón tiene por el
momento la batalla perdida. Los analistas del fenómeno hablan del fracaso de la
razón a todos los niveles.
En el ámbito de la vida privada de las personas quienes
más conocen este fracaso son los psiquiatras, los confesores y directores
espirituales. Hay personas cuya infelicidad está estrechamente relacionada con
una vida moral fuera de toda razón. Otras veces la felicidad no funciona porque
hay trastornos psicológicos de difícil arreglo. Lo cierto es que, sea que la
etiología de la infelicidad sea atribuible a una mala conducta ética, sea que
la mala conducta ética sea consecuencia de trastornos psicológicos de la
personalidad, en todos los casos asistimos a un fracaso práctico del uso de la
razón. Obviamente, este fracaso se refleja después en la vida social con
comportamientos antisociales imprevisibles preñados de frustración y violencia.
Cuando los analistas de este fenómeno moderno hablan de la inteligencia
fracasada se refieren a todas las facetas de la vida humana. El fracaso se
manifiesta de forma alarmante en el ámbito del conocimiento, de los
sentimientos y de las relaciones humanas.
Pero seamos realistas y no perdamos la esperanza. Nacemos
totalmente desentrenados en el uso de la razón y hemos de vivir hasta la
adolescencia casi por completo a merced de emociones y sentimientos. Un hecho que ni ha sido
destacado por los analistas del desarrollo de la personalidad ni tenido en
cuenta para nada por los educadores. Cuando en el ejercicio de mi profesión
explico a mis oyentes estas cuestiones para ayudarles a superar sus problemas
emocionales mediante el uso correcto de la razón, muchos quedan sorprendidos
porque nadie antes les había hecho tomar conciencia de esta realidad. Llegados
a la edad madura, cualquier persona normal de buena voluntad es consciente de
que tiene que educar sus instintos naturales y emociones filtrándolos en la
razón. La cuestión es cómo llevar a cabo tan noble empresa cuando durante
muchos años se ha potenciado el hábito contrario, a saber: el de tratar de
conseguir con la voluntad todo lo que espontáneamente sugieren los sentimientos
sin consultar previamente a la razón. Se pasan así la segunda mitad de sus
vidas tratando de corregir sin éxito con la razón los errores que cometieron
durante la primera con la voluntad. Por algo alguien dijo en la antigüedad que
los cortos de inteligencia rectifican siempre sus errores cometiendo algún
error nuevo. No puede ser de otra manera mientras no se compense con el
ejercicio de la razón esa asincronía genética entre la nuestra vida emocional y
racional.
Por otra parte,
el contexto cultural y social en el que nos movemos hoy día favorece poco o
nada el entrenamiento y aprendizaje del uso correcto de la razón. De lo cual se
siguen consecuencias lamentables para la vida personal y la convivencia social.
Las razones son suplantadas por los sentimientos, las emociones y el poder. Ni
las personas que así viven son felices ni los pueblos disfrutan de paz y libertad. Hay muchos que se sienten
bien así y parecen dispuestos a no cambiar. Así las cosas, apelar a la razón es
una forma desesperante de perder el tiempo como llamar a un teléfono móvil que está
siempre apagado o fuera de cobertura. A pesar de todo, otros estamos
convencidos de que la vuelta a la razón y a la cordura es una condición previa
indispensable para la promoción de un mundo mejor y más feliz que el actual.
Con el uso de la razón se pierde la inocencia ante la existencia del mal, pero
al mismo tiempo se aprende a caminar con
seguridad por la sendas de la vida buscando la verdad y la felicidad.
6. La razón operacionista
En el siglo XX se habló mucho del miedo a la libertad. En
los comienzos del siglo XXI se habla del miedo a pensar, que es lo mismo que el
miedo a usar la razón. Es famoso a este respecto el párrafo de Bertrand Russell
escrito en 1916 en sus Principles of
Social reconstruction: “Los hombres temen al pensamiento más de lo que
temen a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la
muerte. El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible.
El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones
establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de
la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos
cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre,
miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de
que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de
que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían
supuesto. ¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces,
¿qué será de nosotros, los ricos? ¿Van a
pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo?
Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados
sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar? ¡Fuera el
pensamiento! ¡Volvamos a los fantasmas
del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus
pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres,
seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda
costa. Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades
inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y
universidades.”
Russell hablaba del miedo a pensar contra la forma de
actuar de las instituciones públicas. Actualmente el miedo a pensar usando la
razón tiene otro matiz. Se trata de un miedo anejo al desarrollo personal
inducido principalmente por la educación recibida y el contexto social adverso
al pensamiento profundo sobre el ser y la vida. El fortalecimiento de los
hábitos adquiridos durante la niñez y la adolescencia bajo el impulso dominante
de los instintos biológicos de conservación y de reproducción, con el agravante
de un contexto social hostil al ejercicio de la razón, termina generando una
segunda naturaleza funcionalmente “irracional”. De ahí que cuando se interpone
después el uso de la razón tenemos miedo a retractar o dar nueva orientación a
nuestra vida, y tenemos la impresión de que todos nuestros esquemas anteriores
se vienen abajo. Así las cosas, resulta más cómodo delegar la función de pensar
en otras personas convirtiéndolas en los
“directores espirituales” de nuestra razón. Hay personas que dan la impresión
de vivir felices asumiendo ciegamente el pensamiento de otros renunciando al
suyo propio.
En consecuencia, se someten sin dificultad a las
decisiones de otros renunciando a asumir la responsabilidad de sus propias
decisiones. Y como la vida golpea a todos, aún así prefieren meter la cabeza
debajo del ala antes que afrontar libre y responsablemente los problemas de la
vida y la muerte. El miedo a la vida lleva consigo el miedo a la razón, y, al
no razonar, la aventura de vivir resulta cada vez más arriesgada y peligrosa.
Se genera así un círculo psicológico infernal que da lugar a esta situación de
espantada y de no querer saber nada con el uso de la razón para resolver los
problemas de la vida. A falta de razones se multiplican y refuerzan más las
pasiones, es decir, la fuerza de los instintos primarios de conservación,
reproducción y poder. A medida que crecemos en edad echamos más de menos el uso
de la razón pero los instintos pre-racionales son tan fuertes que, en el mejor
de los casos, nos resignamos a aceptar nuestra condición de seres nacidos para
el sufrimiento y la muerte. ¡Quien no se consuela es porque no quiere! Pero así
no se resuelve el problema del uso de la razón como expresión propia y
exclusiva de la condición humana. Esta actitud frente a la razón ha generado
una forma de pensar no reflexiva sino descriptiva que se denomina
“operacionista”.
Estos son sus rasgos más característicos. El
“operacionismo” intelectual se alimenta con la tecnología y da lugar a una ciencia
funcional y de consumo.
Es un modo de pensar que acrecienta la erudición histórica y la acumulación de
números estadísticos empobreciendo la sabiduría. El “operacionismo” identifica
el significado de los conceptos con el conjunto de operaciones que le
determinan. El concepto es sinónimo del correspondiente conjunto operacional.
Primero se aplicó a la física y después a las operaciones mentales,
preferentemente matemáticas, que sería su campo propio. Más tarde su aplicación
fue extendiéndose a todo tipo de operaciones mentales y de modo particular a las psíquicas. Como era de
esperar, el abuso del “operacionismo” generalizado comenzó a suscitar recelos y actualmente hay ya
fundamento sobrado para dudar que tales criterios de pensamiento puedan ser válidos
para todas las ciencias, sobre todo para las más específicas del espíritu con
predominio de la reflexión. El “operacionismo” tiene amplia vigencia en la
psicología con la pretensión de obviar los inconvenientes prácticos que surgen
de la comunicación entre los distintos grupos psicoterapéuticos. Si se admite
la existencia real de diversos niveles de motivación en el comportamiento, la
psicoterapia debería explorar esos niveles sin prejuicios, tratando de llegar a
todos ellos. Pero si únicamente se admite la existencia real de motivaciones inmediatas,
esos niveles serían sólo mitos y
habría que negar teóricamente la posibilidad misma de la psicología
profunda, así como la de todos los métodos que la presuponen. Ante esta dificultad,
al menos teórica, se recurre en la práctica al “operacionismo” como parte del
método experimental.
En el “operacionismo” no se intenta conocer la esencia
de las cosas, sino la descripción de fenómenos en función de unos
factores siempre variables. Tampoco se buscan relaciones causales, es
decir, entitativas y metafísicas,
capaces de producir una sabiduría de las cosas. Se trata de relaciones
meramente funcionales en razón de una utilidad inmediata, cuantificable y estadística en un contexto
espacio-temporal frecuentemente saturado de emotividad. Se renuncia por
principio a la búsqueda de causas últimas y absolutas de las cosas y, consiguientemente, a la verdad como valor
normativo por contraste con el error interpretado cual fracaso. La definición
operacionista no tiene más valor que el atribuido por el autor que la utiliza
como método o hipótesis de trabajo. Por eso, podrá decirse de ella que se
ajusta mejor o peor al lenguaje normalmente utilizado, pero nunca que es verdadera
o falsa, ya que estas apreciaciones axiológicas suponen la dimensión
esencial de las cosas, aspecto expresamente desconsiderado y descartado
cuando la mente trabaja operacionisticamente. Lo importante no es definir la
realidad en términos absolutos de verdad o falsedad, sino el recuento exacto
del mayor número posible de factores relativos y cambiantes.
La educación “operacionista” de la mente aplicada a todos
los grados del saber sin discriminación, intelectualmente produce efectos
alarmantes. A este respecto merece destacar la inflación historicista y el
deficitario coeficiente de metafísica que caracteriza al pensamiento
contemporáneo. El “operacionismo” de la sociedad tecnificada frustra con
frecuencia en la inteligencia la posibilidad psíquica de la actividad analogativa,
lo que conduce derechamente al unidimensionalismo o concepción unívoca
de la pluralidad. Así las cosas, los criterios estadísticos suplantan a las
razones intrínsecas de las cosas, quedando las puertas abiertas de par
en par al relativismo más caprichoso, a la equivocidad, al confusionismo y a
la desconfianza de la verdad. Desde otro punto de vista más individual se
observa que la persona operacionísticamente mentalizada siente una especie de
angustia biológica por conocerlo todo, pero apenas sabe nada. Renuncia
sistemáticamente a investigar el por qué y para qué últimos de
las cosas sin trascender más allá del umbral “estético”, es decir, de las
emociones sensibles. La posibilidad de adquirir hábitos sapienciales queda así
lastimosamente frustrada. Lo importante entonces es “actuar”, no importa cómo
ni en nombre de qué. El deficitario coeficiente de personalidad a nivel
individual queda compensado por la acción del “grupo”, al tiempo que, mediante
un pintoresco proceso de la psique se va acumulando comunitariamente un
peligroso potencial de agresividad. Este tipo de pedagogía mental produce en
las personas una especie de dicotomía maniquea con sensaciones casi orgiásticas
de libertad. Al individuo se le presenta todo problematizado y en
categorías estadísticas, sociológicas e históricas, o lo que es igual, caducas
y efímeras.
En esta atmósfera psico-afectiva se produce en los
individuos un miedo casi patológico a la verdad como valor normativo, sobre
todo en los altos niveles de la reflexión. Convencerse reflexivamente de algo
para llevarlo hasta sus últimas consecuencias prácticas, tanto en la vida
privada como en la convivencia social, significaría enredarse en alguna
estructura fija arriesgando el precioso don de la libertad. El sujeto queda así
incapacitado psíquicamente para abstraer, universalizar, analogar y
adquirir hábitos sapienciales intelectivos. La personalidad queda bloqueada y
fijada en un estado de perpetua inmadurez mental y que, por analogía con lo que
ocurre en el terreno afectivo, podríamos considerar como un estado de
pubertad intelectual.
La mentalidad operacionista favorece el eclecticismo
(adopción de ideas de diversas filosofías sin coherencia lógica ni
contextualización histórica), el historicismo (establecimiento de la verdad
filosófica sólo por su adecuación a un momento histórico determinado), el mito
de la ciencia ( reconocimiento exclusivo de las verdades físicamente
experimentales al margen de la reflexión) y el pragmatismo en forma de
actitudes y opciones basadas sólo en la eficacia al margen de consideraciones
racionales o éticas propiamente dichas. Nuestros conocimientos se han
enriquecido en el terreno de la lógica, de la filosofía del lenguaje, de la
epistemología, la antropología, la filosofía de la naturaleza y de las vías
afectivas del conocimiento. Pero, paradójicamente, no se ha producido el
progreso paralelo que cabía esperar de esos conocimientos. Las cosas y los
acontecimientos son descritos como jamás se había hecho hasta ahora pero se ha
perdido en buena parte la dimensión reflexiva sobre la realidad.
7. El uso de la razón como antídoto de la soledad
Según datos técnicos de la prestigiosa
institución “Teléfono de la esperanza” la mayor parte de los centenares de
miles de llamadas que recibe anualmente están relacionadas con el sufrimiento
de las personas a causa de la soledad. La soledad ha sido definida como “la
peste del siglo XX”. Traigo el tema a colación para destacar que son muy pocos
los que padecen la peste de la soledad y tratan de buscar la solución mediante
el recurso al uso de la razón. Muchos de los solitarios desconocen que en la
soledad física y el silencio es donde mejor se aprecian las ventajas del
pensamiento. A través del pensamiento podemos sentirnos tan dentro de la
realidad de las cosas que todas ellas terminan convirtiéndose en nuestros
mejores acompañantes.
Cuando un filósofo o un teólogo se embarca seriamente en una
investigación racional a fondo sobre cualquier problema importante de la vida,
lo más probable es que se olvide de todas las penas menores ante el gozo de
acercarse más a la verdad que persigue. Los hombres que usan bien la razón
nunca se sienten solos sino acompañados interiormente por las esquirlas de
verdad que van descubriendo cada día. Son algo así como los pescadores
pacientes que al atrapar una hermosa pieza con el anzuelo se olvidan del tiempo
pasado esperando y de la inclemencia del tiempo.
Por supuesto que el mejor antídoto contra la soledad es la comunicación y la capacidad de
relación. Para salir del aislamiento es necesario establecer contacto,
primero con nosotros mismos y después con los demás: familia, amigos, entorno
laboral e incluso personas con las que sólo cruzamos cuatro palabras para
comprar el pan. Por mucho que las cifras conviertan la soledad en un fenómeno
social no deja de ser un problema íntimo y personal para el que no caben
soluciones globales. Tal vez haya que aceptar que la soledad no va a
abandonarnos nunca del todo, pero es bueno saber que podemos paliarla y aprender
a convivir con ella. Por ejemplo, dedicando más tiempo al quehacer de pensar y
reflexionar sobre los grandes problemas de la vida en lugar de esconder la
cabeza debajo del ala quedándonos ahí lamentando nuestra triste situación.
Los expertos en el fenómeno de la soledad humana hablan,
por ejemplo, del “síndrome del nido vacío” en la edad madura. Tal ocurre cuando los hijos ya se han ido de
casa y la pareja descubre que ya no tiene de qué hablar. La menopausia trae una
pérdida de autoestima en la mujer, pero a la vez causa un renacimiento de su
deseo sexual, que no suele estar acompañado por el hombre. Éste, por su parte,
ve disminuir su potencia sexual y su valoración social. La mujer normalmente
tiene un círculo de amigas, pero el hombre no ha sabido construirse algo
similar y se siente más solo. Con la vejez aumenta la inseguridad personal, la depresión,
la angustia y llega, por fin, el
momento de la gran soledad.
Ya no hay proyección futura posible y muchos ancianos se
sienten aislados en un entorno que no comprenden bien y que les ignora. Los
amigos, además, ya han comenzado a morir. Si tienen que vivir en casa de sus
hijos, hay una pérdida de arraigo con el barrio o las amistades anteriores. Por
otra parte, la disminución irreversible de
facultades físicas hace que los ancianos sean más dependientes, con el
agravante de que, si les falla la familia, nadie les presta la atención que
necesitan. Su forma de reclamar cuidados es ponerse enfermos o volverse muy
egoístas ante el temor de acabar abandonados en un asilo o residencia para
mayores. Por otra parte la soledad física suele ir acompañada de soledad
interior. Hay personas físicamente acompañadas e interiormente solitarias en
extremo. Son aquellas que durante la plenitud de la vida pasaron el tiempo
entretenidas con su trabajo o sus proyectos políticos, científicos o
simplemente laborales, pero no dedicaron tiempo a reflexionar sobre los grandes
problemas del ser y de la vida ejercitando el uso de la razón. Al acercarse a
los momentos críticos de la ancianidad, de la enfermedad y la muerte, se
encuentran interiormente desarmados si no desesperados. Se encuentran
solos ante el peligro sin la compañía de
la verdad y la paga del amor, que son los dos grandes valores humanos connaturales
al buen uso de la razón al final de la vida. Por razones de estricta justicia
natural lo lógico es que no sea la sensación de felicidad sino de infelicidad y
fracaso la que se adueñe de su espíritu en el momento culminante de tener que
despedirse de esta vida sin esperanza en ninguna otra.
No nos llamemos a engaño. Si durante lo mejor de nuestra
vida no usamos bien la razón, corremos el riesgo de no sentirnos acompañados
interiormente por la posesión de la verdad, por limitada que ella sea, y, en
consecuencia, de perder la senda de la felicidad. En los casos extremos hay personas
que no dudan en recurrir a la razón una vez más para echarlo todo a perder
entrando en la pendiente resbaladiza de la desesperación, la voluntad de
suicidio o la eutanasia. El no uso a tiempo de la razón, o el mal uso de la
misma cuando es ya demasiado tarde, nos lleva primero a la soledad que causa el
vacío de verdad, y a la infelicidad que
causa el haber perdido al final de la vida toda perspectiva de futuro más allá
de la muerte. Nunca estamos solos mientras la razón y la verdad nos acompañan. El
refugio en el pensamiento ha sido y sigue siendo una opción dignísima ante la
incomprensión y la injusticia. En este sentido Boecio (484-524) escribió en la
cárcel su célebre tratado de reflexión Acerca
de la consolación de la filosofía.
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