CAPÍTULO IV
EL USO DE LA RAZÓN
EN LA HISTORIA DEL
PENSAMIENTO
1. El uso de la razón frente al dolor en las filosofías
orientales
Hemos hablado sobre
las dificultades congénitas a toda persona para ejercitarse correctamente en el
uso de la razón como facultad personal de pensamiento y reflexión frente a los
problemas fundamentales de la vida. Son dificultades inherentes al sujeto
pensante, que es el hombre. Hablemos ahora del uso de la razón como expresión
cultural en las culturas antiguas más conocidas hasta nuestros días. ¿Para qué
se usaba la razón y cuáles fueron sus resultados culturales? Me refiero al
significado de la razón filosófica en las llamadas civilizaciones orientales y
la Grecia pre-filosófica. Los historiadores de la filosofía se han ocupado
ampliamente del pensamiento oriental antiguo. Es otro mundo muy diferente del
occidental pero los grandes problemas de la vida eran los mismos por más que
sus formas de expresión cultural fueran diferentes. La experiencia del dolor,
por ejemplo, es universal y está en la base de todas las culturas y
civilizaciones antiguas. En siglo XXI las antiguas culturas han perdido mucho
vigor gracias al progreso científico y los medios de comunicación, pero la
experiencia del dolor y de la muerte sigue más viva que nunca en todas partes.
De ahí el interés que tiene conocer la forma de afrontar racionalmente esa
experiencia vital. No en vano muchos occidentales, aburridos de su propio
progreso, miran al antiguo Extremo Oriente con fascinación buscando recetas
fáciles para atenuar al menos la experiencia dolorosa de la vida.
Las cuatro verdades budistas sobre el
dolor humano
Cuando en el lenguaje corriente alguien nos anuncia que
nos va a decir cuatro verdades, este recurso literario es un eco de las cuatro
verdades o afirmaciones sapienciales en
las que Buda condensó lo más importante de su pensamiento. Algo así como
su “sermón de la montaña”. Helas aquí: La
razón describe la condición dolorosa de la existencia humana: “He aquí, oh
monjes, la verdad sagrada sobre el dolor: el nacimiento es dolor, la vejez es
dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con los que no se
quiere es dolor, es decir, el apego al cuerpo, a las sensaciones, a las
representaciones, a las formaciones y a la conciencia”.
La razón explica la
causa radical del dolor: “He aquí, oh monjes, la verdad sagrada sobre el
origen del dolor: es la sed (de existir) que conduce de renacimiento en
renacimiento, acompañado del placer y de la codicia, que encuentra aquí y allá
su placer; la sed de los placeres, la sed de existencia, la sed de la
impermanencia”.
La razón presenta
una hipótesis de solución al problema del dolor: “He aquí, oh monjes, la
verdad sagrada sobre la supresión del dolor: la extinción de esta sed por el
aniquilamiento completo del deseo, desterrando
sagrada sobre el camino que
conduce a la supresión del dolor: es el camino sagrado con ocho senderos que se
llaman fe pura, voluntad pura, lenguaje puro, medios de existencia puros el
deseo, renunciando a él, liberándose de él, no dejándole en su sitio”.
La razón propone el método práctico a seguir
para liberarnos del dolor: “He aquí, oh monjes, la verdad, aplicación pura,
memoria pura y meditación pura”.
Según este célebre texto sapiencial budista, cuanto
existe está sujeto al dolor debido a la mutabilidad y proceso de
envejecimiento. Nacimiento, senectud, enfermedad y muerte son los ingredientes
inseparables de toda existencia humana. Por una u otra causa el dolor penetra
toda nuestra vida ya que hay que contar siempre con la implacabilidad de la
muerte. La fuente del dolor es la sed de existencia ya que el deseo de vivir va
acompañado siempre de esperanza y temor al mismo tiempo. Así las cosas, el
único medio eficaz para alejar de nosotros el dolor es la supresión de todos
los deseos hasta alcanzar el estado de imperturbabilidad o nirvana. Y al nirvana
se llega purificando la inteligencia, la voluntad y los sentidos a lo cual hay
que añadir los preceptos de no matar ni siquiera a los animales, no robar, no
cometer adulterio, no mentir ni embriagarse. Según Kern, esta división de
verdades fundamentales en número de cuatro está inspirada en la medicina hindú
adoptada por el Sânkya y el Yoga.
Lo primero que sorprende cuando nos
acercamos a las antiguas civilizaciones orientales con mentalidad occidental es
la falta total de sentido científico en el trato de los problemas de la vida.
Los problemas vitales asociados a la vida, el dolor humano, la muerte y la
cultura no se resuelven usando la razón científica sino mediante el recuro a
los mitos o creando explicaciones semi-religiosas a partir de ciertas
experiencias elementales de la vida. Sobre todo relacionadas con el dolor, el
sentimiento de limitación y el deseo natural de felicidad. Nos hallamos ante un
humanismo en el cual el hombre se encuentra solo e indefenso frente al
sufrimiento y las fuerzas de la naturaleza con la que el hombre se siente
identificado al tiempo que trata por todos los medios a huir de ella para
paliar la experiencia del dolor.
A la pregunta sobre el uso de la razón en las viejas
culturas orientales cabe responder lo siguiente. La vida era muy dura y estaba
marcada por el dolor y la muerte prematura. Así las cosas, la razón fue
utilizada casi exclusivamente para encontrar una respuesta eficaz al deseo
humano de felicidad eliminando el dolor por todos los medios a su alcance, excluidos
los científicos que desconocieron por completo. Los hombres usaban la razón no
para buscar la verdad o promover el progreso científico sino para encontrar una
solución práctica para eliminar la experiencia dolorosa de la vida. De ahí el
rechazo de la lucha por la vida y del deseo de vivir con dolor y sin paz. La
razón percibe la existencia humana transida de dolor y busca en los mitos
semi-religiosos y en técnicas de anestesia psicológica al estilo del Yoga la
manera de encontrar la felicidad liberándose del dolor. El dolor es una
categoría existencial de primer orden en cuya eliminación la razón se emplea a
fondo de una manera muy primitiva mediante técnicas de control emocional y el
recurso a prácticas semi-religiosas sin llegar nunca a reconocer la existencia
de un Dios personal liberador capaz de dar sentido a la vida humana. La razón
tomó cuenta de la existencia dolorosa pero no fue utilizada de forma científica
o filosófica al estilo occidental ni como herramienta teológica al estilo de la
tradición cristiana. La razón estuvo siempre secuestrada por la experiencia
dolorosa de la vida.
2. El uso de la razón a la deriva y el Decreto
de Justiniano
Hasta los tiempos de Sócrates (470/469-399) los grandes
problemas de la vida en Grecia fueron abordados con el recurso a las
explicaciones mitológicas. Los pensadores presocráticos se fueron desmarcando
de los mitos para dar paso al uso de la razón filosófica, que llegó a su máximo
esplendor con la troika Sócrates, Platón y Aristóteles. Con la muerte de
Aristóteles el 322, y el declive político de Grecia ante la pujanza de Roma, dio
comienzo una era nueva para la filosofía griega con un final trágico. El uso de
la razón en Grecia no estuvo polarizado en la supresión del dolor, como en las
viejas filosofías orientales, sino en la búsqueda de la verdad de todas las
cosas, entre las cuales la verdad del sufrimiento humano. No es que la gente
dejara de pensar o usar la razón. Esto es imposible. Lo que ocurrió es que los
problemas cotidianos de la vida no encontraban soluciones puntuales y el poder
en auge de Roma exigía pragmatismo y eficacia. Los filósofos siguen manteniendo
su estatuto profesional pero limitándose a repetir y resumir ideas viejas.
Hasta el siglo I antes de Cristo los filósofos se limitaron a interpretar a
Platón y Aristóteles de una manera parcial centrando su atención en cuestiones
morales y degenerando en sofistería, panteísmo, materialismo y
escepticismo.
A este estado de decadencia de la filosofía griega, tras
su momento de esplendor con Sócrates, Platón y Aristóteles, contribuyeron
diversos factores entre los cuales cabe destacar la derrota de Queronea el 338
y la proliferación de las escuelas moralistas cuya preocupación principal no
era la búsqueda racional de la verdad sino la organización de la vida personal.
Sociológicamente hablando el ideal de la Ciudad-Estado fue desafiado por el
cosmopolitismo personal y la ausencia de convicciones. La desconfianza en la
razón y en la posibilidad de encontrar la verdad dio paso al escepticismo más
asombroso. La filosofía ética terminó convirtiéndose en una especie de
metafísica religiosa con tres caras diferentes pero convergentes: judaico-alejandrina,
platónico-pitagórica y neoplatónica. El
emperador romano Justiniano se encargará de decretar la “pena de muerte”
contra la filosofía profesional pagana el año 529 después de Cristo. Pero
veamos cómo se fue preparando el terreno hasta llegar a tan drástica decisión.
1) La razón estoica o
represión racional de los sentimientos
El fin del hombre, según los estoicos, es la felicidad,
la cual consiste en la virtud moral, que, a su vez, consiste en seguir el ritmo
de la naturaleza de acuerdo con los dictados de la razón. El hombre, en efecto,
es un resumen cósmico y siendo su alma un destello de la razón cósmica
universal, al vivir conforme a su propia razón se adapta a la razón que
gobierna el orden universal. La primera norma de buena conducta consiste en
dejarnos llevar por la corriente del orden universal. El premio natural de la
virtud es la felicidad como el dolor es la respuesta natural a los vicios. La
vida humana se caracteriza por la racionalidad y la libertad dentro del orden
universal. El llegar a ser felices, por tanto, es un verdadero arte. En este
ajustamiento a la naturaleza, de acuerdo con los dictados de la razón, lo
esencial es la decisión firme por la que imperturbablemente y con absoluto
desprecio de las pasiones nos embarcamos en el orden del universo. Esta
imperturbabilidad o “ataraxia” frente a los embates de las pasiones es
comparable al “nirvana” budista respeto de la experiencia existencial del
dolor. Así como Aristóteles basaba la moral subjetiva en la prudencia como
virtud destinada a establecer la proporción y el justo medio, los estoicos
hablaban de una moral objetiva fundada en la razón eterna rectora de la naturaleza
y del orden cósmico y la razón humana es recta cuando se ajusta a ese orden
universal.
Según los estoicos, las pasiones son movimientos
sensitivos contrarios a los imperativos de la razón. Son en sí mismos enfermedades
del alma, desórdenes que nacen de la ignorancia y dan lugar a percepciones
falsas de las cosas y juicios erróneos sobre las mismas. Esas pasiones que hay
que mantener a raya son fundamentalmente cuatro. La concupiscencia ciega o
deseo desordenado del bien futuro; el temor del mal futuro; el dolor que causa
el mal presente y el placer causado por el bien actual. Estas pasiones no sólo
han de ser controladas. Han de ser radicalmente extirpadas por lo que tienen de
desorden. Este es el denominado “ideal estoico” al que sólo llegan los sabios,
los cuales son impasibles ante cualquier forma de sufrimiento físico o moral.
El sabio estoico es como una roca contra la que se desmoronan todas las olas de
la adversidad. Quien sea capaz de llegar a tal grado de impasibilidad, dirá
Séneca, será tan feliz en la tierra como Zeus en el cielo.
2) Arrogancia y dignidad humana
Pero la historia sigue su curso. El imperio griego se va
desplomando y sobre sus escombros se edifica el romano en cuyas fronteras se va
a diseñar una nueva era de la historia de la humanidad con la irrupción en
escena del cristianismo. En tal contexto el estoicismo fue un testigo filosófico
de excepción ya en la órbita de Roma. El hombre que más y mejor supo estar a la
altura de las circunstancias en aquellos momentos de la filosofía fue Lucio
Anneo SÉNECA. Nos encontramos ya por los años 4-65 después de Cristo. Nacido en
Córdoba, España, fue llevado muy pronto a Roma donde escuchó al neo-pitagórico Soción de Alejandría y al estoico Atalo. Buen
orador, se ganó la antipatía de Calígula y fue desterrado por Claudio a
Córcega. Agripina, la esposa de Claudio, consiguió que se le levantara la condena
y le encomendó la educación nada más y nada menos que del que sería el
emperador Nerón. Como es sabido, Nerón, una vez llegado al poder, desencadenó
todos sus instintos bestiales contra su propia familia matando a su madre
Agripina, la cual, a su vez, había envenenado a su esposo Claudio. Víctimas de
la sangría neroniana fueron también su hermano Germánico y su propia esposa
Octavia.
Con el rumbo que habían tomado las cosas Séneca optó por
abandonar la corte marchándose a vivir fuera de Roma. Acusado de complicidad en
la conjura de Pisón, Nerón le propuso que eligiera el género de muerte que más
le gustase y optó por desangrarse en el baño junto a su esposa Pompeya Paulina.
Cuentan que la sangría no resultó eficaz y pidió la cicuta, la cual tampoco surtió
efecto, muriendo, por fin, en una cámara de vapor pronunciando estoicamente
bellas sentencias. ¿Leyenda, realidad o ambas cosas a la vez? Debió ser
bastante rico y Tertuliano no dudó en considerarle intelectualmente afín a los
cristianos (Séneca saepe noster) por la elevación de sus ideas. Carece de
fundamento histórico la hipótesis de que mantuviera correspondencia con S.
Pablo. Nos hallamos ante un filósofo de raza, estoico y ciudadano de Roma y en
circunstancias históricas totalmente nuevas con la aparición del cristianismo
en escena.
Séneca estaba convencido de que la razón filosófica debe
ser eminentemente práctica. Los filósofos han de aprender antes que nada a
vivir virtuosamente. Más que a saber, la filosofía, como expresión del uso de
la razón, se ordena a vivir razonablemente. El filósofo reconoce los defectos
de los demás pero busca remediarlos y disculparlos. Se conduele con su prójimo
y acude a la filosofía como fuente de consolación en las adversidades. El
auténtico filósofo es como un médico de las almas. El filósofo cordobés atenuó
el rigorismo racionalista estoico y ensalzó mucho la dignidad humana. Admitió
la existencia de Dios en sentido panteísta. De Dios habrían salido todas las
cosas y Dios está en todas ellas. Fue inclinado al teísmo y la admisión de la
providencia divina, pero en conflicto con la inexorabilidad del destino al cual
hasta los dioses están sometidos. Concebía intelectualmente a Dios como la
mente del universo y sostenía que los hombres sabios y virtuosos cumplen con la
voluntad divina dejándose llevar por la corriente de la vida. Los pusilánimes,
en cambio, quieren corregir el orden del universo. En cualquier caso, si no
queda otra alternativa, Séneca no hace ascos al suicidio como solución última a
cualquier problema personal. Para Séneca la parte más importante de la
filosofía es la moral y estaba convencido de que la virtud es suficiente para
hacer felices a los hombres. Los demás bienes y placeres poseen sólo un valor
relativo. El único mal real existente es el vicio y el pecado, y la comunión de
naturaleza es el fundamento de la fraternidad humana universal. En algún
momento recomienda el amor al prójimo, sin duda haciéndose ya eco de la
presencia social de los cristianos. La verdadera virtud sólo se da en los sabios,
los cuales saben ir al fondo de las cosas. Eso sí, sometiendo el dolor y las
pasiones de forma implacable a los dictámenes de la razón. Esta sería la vía
segura para llegar la serena imperturbabilidad, cosa nada fácil pero posible de
lograr si nos lo proponemos.
Otra convicción característica de Séneca fue que la vida
debe ser una meditación constante sobre la muerte, a la cual no hay por qué
temer dada su certeza y su presunto carácter liberador de las miserias de esta
vida. El verdadero sabio o filósofo aprende cómo marcharse tranquilamente de
esta vida. Séneca proclamó abiertamente la solidaridad y el cosmopolitismo.
Nuestra patria, decía, debe ser el mundo entero y los hombres somos todos
iguales por naturaleza. Sólo nos diferenciamos unos de otros por el ingenio y
el trabajo. Tuvo esclavos como era habitual en su época, pero reconoció
intelectualmente la dignidad humana de los mismos. En cualquier caso sostenía
que bajo ningún concepto los sentimientos de solidaridad universal deben ser
tales que perturben nuestra tranquilidad personal.
Séneca representa un uso de la razón algo más humano que
sus colegas. Se preocupa de Dios, del alma humana, de la naturaleza y del uso
de la razón como regla de vida. Sin duda apunta hacia una filosofía menos teórica
y más práctica cargando las tintas sobre la moral y la dignidad humana. Pero,
como buen estoico, es panteísta, racionalista, enemigo de los sentimientos y
fatalista. Resulta difícil compaginar su aspiración a dignificar la vida humana
con su desprecio racional de los sentimientos y las emociones hasta el punto de
proponer el suicidio como solución digna de última instancia en los momentos
críticos de la existencia. Se comprende que en nuestra cultura el calificativo “estoico” nos haga pensar en una persona arrogante e
insensible que desafía a las pasiones, a los sentimientos, las preocupaciones
de la vida, el dolor y la muerte con decisiones tomadas desde la fría y
engreída razón
A pesar de todo, dentro del propio movimiento estoico el
tema de la dignidad humana es cada vez más atractivo. Baste recordar a
Epicteto. Esclavo de nacimiento alcanzó la libertad de ciudadano normal y llegó
a ser el jefe de la guardia personal de Nerón. Pero los filósofos resultaban ya
molestos en Roma y por los años 92 ó 93 el emperador Domiciano decretó la
expulsión de todos ellos. Epicteto se refugió en Nicópolis de Epiro y fundó
allí una escuela.
Según Flavio Arriano, Epicteto consideraba la filosofía
como la ciencia práctica de la vida por excelencia y no dudó en sostener que la
dignidad del hombre radica en que Dios es el padre de todos los hombres y está
presente en el alma de todos ellos como un compañero. La vida humana es un don
de Dios y es necesario rendir obediencia al precepto divino bajo el lema:
“Somos porción de Dios”. O bien: “Cuando están cerradas las puertas y todo está
oscuro, no estás solo, Dios está en el interior”. La dignidad humana radica en
nuestro parentesco con Dios y los sentimientos de fraternidad deben ser
universales incluyendo a los esclavos. En algún momento llegó a decir cosas
como estas: “El hombre de bien somete su propia voluntad a la de aquél que
administra el universo, como los buenos ciudadanos someten su voluntad a la ley
de la Ciudad”. Y en otro lugar: “Recuerda que Dios te trata como el entrenador
a un joven robusto (...) para que venza en los juegos olímpicos. Pero esto no
puede hacerse sin sudar”. E insiste: “Sabe que si te adhieres a Dios,
atravesarás la vida con seguridad. Unirse a Dios es querer lo que él quiere y
no querer lo que él no quiere”.
Cuanto acontece en nuestro interior depende de la
voluntad. La muerte, en cambio, la vida, la salud y la enfermedad son algo
externo a nosotros. De ahí que el sabio se refugia en la interioridad de su
espíritu en cuyo ámbito el hombre obra libremente con indiferencia hacia todo
lo exterior que escapa al control de su voluntad. No debemos enfrentarnos a lo
que no podemos evitar sino a lo que está dentro de nuestras posibilidades como
son los juicios, los sentimientos y deseos irracionales. Epicteto es un testimonio
elocuente del influjo de ideas cristianas en el contexto romano. Pero como buen
estoico mantiene que el hombre sólo llega a la virtud y a la felicidad mediante
el ejercicio de la razón autónoma. De donde se infiere que la clave de la
felicidad humana, a la que se ordena la filosofía, está en el correcto e
implacable uso de la razón sin concesiones a ningún tipo de pasión o
sentimiento contrario. Como es obvio, la preocupación por la dignidad humana no
consigue poner en su lugar propio a la razón sin degenerar en el racionalismo
despótico y la arrogancia. En cualquier caso el estoicismo constituye un
testimonio histórico importante sobre la relación entre vida ética y dignidad
humana así como de la necesidad de admitir una moral objetiva liderada por el
uso correcto de la razón liberada del despotismo y la arrogancia estoica.
3) La razón placentera y desafío a la muerte
Contra el principio estoico de la imperturbabilidad de la
razón frente al dolor y las adversidades aparecieron los epicúreos enarbolando la bandera del placer contra los temores
básicos de la vida. Los estoicos se denominaron así porque enseñaban en la Stoa
o pórtico de Atenas. Pues bien, Epicuro y los suyos impartían sus enseñanzas en
uno de los jardines atenienses con el mismo objetivo que los estoicos:
encontrar la tranquilidad y serenidad de espíritu en las tribulaciones de la
vida sin la cual resulta imposible disfrutar de la felicidad en este mundo. Es
interesante destacar la participación femenina en las actividades académicas de
los epicúreos.
Se dice que Epicuro nació por los años 341-271 en Samos,
que no disfrutó de buena salud y que mereció la admiración y simpatía de mucha
gente por su forma serena y sencilla de afrontar los avatares de la vida. Aunque
alardeaba de autodidacta, lo cierto es que profesó un materialismo brutal
inspirado en Demócrito. Según él, todo es materia y sólo materia, dioses
incluidos y todo lo que no contribuye a hacer a los hombres más felices aquí y
ahora en este mundo en que vivimos ha de ser considerado inútil. No hay más
evidencias que las que aportan los sentidos y las sensaciones de placer y
dolor. El placer es el criterio del bien y el dolor del mal. La filosofía
epicúrea es una filosofía de la felicidad articulada sobre el principio del
placer como única y definitiva alternativa razonable en la vida. El hombre
existe para ser feliz evitando el dolor y disfrutando al máximo del placer como
único bien y norma de conducta virtuosa. El secreto está en cómo saber
disfrutar de la vida con prudencia y moderación para sacar el mayor rendimiento
placentero posible.
Hay que ser realistas aprendiendo a combatir el dolor pero
teniendo presente que los abusos del placer terminan generando el dolor que
tratamos de evitar. O sea, hay que evitar los efectos contraproducentes. La
cuestión del placer tiene un aspecto negativo y otro positivo. El primero
consiste en eliminar el dolor evitando todo aquello que pudiera turbar la paz
del alma. Por ejemplo, el cuidado de la familia, la administración de las
riquezas etc. El aspecto positivo del placer consistiría en regular las
actividades del cuerpo y del alma. En caso de que este equilibrio placentero
resultara imposible de alcanzar, los epicúreos, como los estoicos, no pararon
mientes en recurrir al suicidio antes que aceptar la humillación de la razón.
Los epicúreos pusieron particular interés en convencernos de que no hay razones
objetivas para vivir con la ansiedad, zozobra y temores que suelen amargar
nuestra existencia. Para ello alegaban tres potísimas razones contra los
temores básicos de la vida. Helas aquí en sus términos esenciales.
No hay que temer
al destino por la simple razón de que no existe ya que los cuerpos no
son gobernados por ninguna ley superior. Todo es mecanicidad sin orden ni
teleología. Así las cosas, lo único que existe es el azar al que hay que tratar
de burlar de la forma más eficaz posible. Tampoco hay que temer a la muerte. Ella es la liberación de
todos los males y como tal hemos de afrontarla. El hombre está compuesto de
cuerpo y alma, pero ésta se reduce a átomos, los cuales, por muy sutiles que
sean, siempre son materia y sólo materia. Por consiguiente, muere con el cuerpo
y asunto terminado. La muerte es una simple y elemental disgregación de la
materia atómica de la que estamos compuestos. Cuando el cuerpo y el alma se
separan sus átomos se integran en el torbellino del movimiento que agita en el
vacío a pesar de que el alma tiende a liberarse del destino ciego.
Textualmente, según testimonio de Diógenes Laercio: “La muerte, pues, el más
horrendo de los males, en nada nos atañe. Pues mientras nosotros vivimos no ha
venido ella y cuando ella llega ya no vivimos nosotros. Así, la muerte no es
contra los vivos ni contra los muertos, pues en aquellos todavía no está y en
éstos ya no está”.
Tampoco hay que
temer a los dioses. Compuestos
todos ellos de sutilísimos átomos como las almas, habitan en unos encantadores
vergeles entre los espacios vacíos que separan a unos mundos de otros. Son
felices y no se ocupan para nada de los hombres, a los que ni siquiera conocen.
¿Por qué tenerles miedo? La piedad y la religión significan únicamente la
actitud de reconocimiento y admiración hacia su naturaleza por el solo hecho de
ser más perfecta que la nuestra. La religión se reduce a un protocolo de
cortesía hacia esa superioridad de los dioses de suyo inofensiva para los
hombres.
Los epicúreos
desafiaron el despotismo racionalista estoico proclamando el imperio del goce y
el placer regulado por la razón. Materialistas en extremo como Demócrito,
negaron la inmortalidad del alma y cualquier tipo de vida en ultratumba
susceptible de premios o castigos. Lo cierto es que ni el racionalismo estoico
ni la aplicación práctica del principio del placer resultaron satisfactorios
para nadie y los estoicos abusaron de la razón como los epicúreos del disfrute
hedonista del placer. A todos ellos se les escapó la felicidad de las manos
quedando abandonados al escepticismo, la desilusión y el fracaso social más
sonado. No les quedó otra alternativa intelectual que la indiferencia frente a
la vida y el suicidio como solución de última instancia.
4) De mal en peor
El derrumbamiento del imperio político griego y la
desaparición de los grandes creadores del pensamiento filosófico griego provocaron
el escepticismo desesperanzado así como reacciones extravagantes y violentas.
Por una parte, los sofistas mantuvieron su influjo social sin desmayo como
movimiento paralelo al de los seguidores de Platón y Aristóteles. Por otra,
comenzaron a proliferar grupos y escuelas enfrentadas al dogmatismo
racionalista de los estoicos y hedonista de los epicúreos. La experiencia de la
vida no responde satisfactoriamente a esos dogmas sobre la felicidad. Por más
que los filósofos discuten sobre la felicidad humana las gentes tienen que
afrontar unas condiciones de vida durísimas sin esperanza de encontrar los
medios prácticos eficaces para superarlas. Por otra parte había que contar con
el hambre, las pestes y las guerras. Así las cosas, el terreno estaba abonado para
entregarse al más crudo escepticismo. Se ha perdido por completo la confianza
en la verdad y en la posibilidad misma de encontrarla. ¿Por qué no optar por la
indiferencia escéptica como alternativa neutra al despotismo racionalista y
hedonista de estoicos y epicúreos?
Desde esta nueva perspectiva ya Pirrón, del cual se dice
que vivió por los años 360-270, y que habría sido amigo y compañero de
Alejandro Magno, no dudó en sembrar algunas ideas demoledoras. Según él, sólo
conocemos las apariencias de las cosas y nunca lo que son en sí mismas. Lo cual
significa que las cosas son para nosotros como si no existieran y, por lo
tanto, hemos de abstenernos de emitir juicios valorativos sobre ellas. Lo mismo
en el orden físico que en el moral. Lo importante es alcanzar la tranquilidad
por los medios que sean. Fuera de la felicidad todo lo demás debe sernos
indiferente y lo mejor es evitar cualquier discusión perturbadora sobre qué sea
el bien o el mal.
Entre los años 315-241 A.C. el líder de la segunda Academia,
separándose de Aristóteles y atacando duramente a los estoicos, no tuvo reparo
en sostener que no existe criterio alguno de certeza hasta el extremo de que el
filósofo no ha de dar como cierta ni siquiera su propia ignorancia. Pero, ¿cómo
organizarnos en la vida real sin admitir ningún criterio de certeza sobre
nada?. Respondía que para la vida práctica basta guiarnos por el principio de
probabilidad. A la Academia segunda siguió la Academia nueva bajo el liderazgo
de Carnéades. Se apuntó al probabilismo de Arcesilao negando
rotundamente la presunta validez del conocimiento sensitivo y de la experiencia
sensible que sólo nos reporta, según él, apariencias falsas de las cosas. Y
como la razón depende de los sentidos y de la experiencia, de ahí que tampoco
los conocimientos racionales sirven para nada. Nuestros conocimientos no serían
más que probabilidades más o menos convincentes, pero nunca certezas,
basadas en la persuasión y la coherencia.
Al llegar a este momento de nuestro discurso hemos de
destacar que el trasvase de filosofía griega a Roma encontró dificultades
importantes. En Roma interesaban los hombres prácticos, expertos en estrategias
militares y leyes. Carnéades, por ejemplo, fue enviado a Roma hacia el año 155
en calidad de Embajador para obtener la dispensa de un tributo con motivo de la
ocupación militar de Oropos. Como buen orador que era, no se privó de hablar a
la juventud romana que quedó entusiasmada con sus discursos. Catón el Viejo no
dudó en pedir formalmente al Senado Romano que le expulsara de Roma junto con
sus colegas el estoico Diógenes y el aristotélico Critolao. A la vista del
éxito cosechado entre los jóvenes los “padres de la patria” romana debieron
pensar que los filósofos son gente peligrosa y perturbadora. Roma no estaba
preparada para las especulaciones filosóficas. Necesitaba militares y juristas.
La anécdota es referida por Plinio y es altamente significativa. Más tarde
Enesidemo de Creta irá más lejos rechazando la teoría del probabilismo
proclamando en su lugar la duda universal que condujo al puro
subjetivismo. Nada hay fijo y estable por lo que hemos de suspender todo juicio
de valor. Ya en la época de Cristo Agripa sostuvo firmemente las tesis del
escepticismo más radical y entrados en el siglo II después de Cristo el
médico Sexto Empírico propuso el método
experimental en el estudio etiológico de las enfermedades. Ochenta años antes
de Cristo Heráclites de Tarento había protestado ya contra el dogmatismo en
medicina lo cual es un dato positivo de gran relieve en la pendiente mortal por
la que fatalmente se deslizaba la razón filosófica.
Lo normal hubiera sido que Roma hubiese asumido la
cultura filosófica griega a medida que políticamente suplantaba a
Atenas. Pero no fue así. Y es que, además de los prejuicios contra la filosofía
griega, Roma tuvo que hacer frente al movimiento cristiano, cada vez más activo
e influyente. A pesar de todo, con Cornelio Escipión las escuelas filosóficas
encontraron un respiro creando una mentalidad sincretista de elementos estoicos,
epicúreos y pitagóricos. El hombre que se propuso el noble proyecto de
trasvasar al latín la filosofía griega fue Marco Tulio Cicerón. Nos encontramos
por los años 106-43 antes de Cristo. Recibió la formación filosófica adecuada y
se dice que leyó a Platón, Aristóteles y otros filósofos griegos. Incluso viajó
a Atenas donde tuvo contactos directos con los epicúreos. Como es sabido, se
comprometió a fondo con la política de su tiempo pasando a la posteridad como
el Demóstenes romano. Derrotado Pompeyo, al cual había prestado sus servicios,
fue indultado por César retirándose provisionalmente de la política para
escribir sus ensayos filosóficos.
Muerto César volvió a la política activa al lado de
Octavio. Sus famosas “filípicas” o discursos parlamentarios contra Antonio le
costaron la vida. Expuesta su cabeza en el foro, Fulvia, la mujer de Antonio,
atravesó sádicamente su lengua con un alfiler. En De officiis dejó
textualmente escrito: “Sería cosa grande y admirable que los latinos no
necesitáramos para nada de las filosofías de los griegos y lo conseguiremos,
ciertamente, si yo puedo desarrollar todos mis planes”. Esos planes tan
ambiciosos los diseñó en el Hotentius del que desgraciadamente apenas
quedó rastro. De todos modos hizo un esfuerzo notable por hacer suyo de una
manera ecléctica lo que le pareció más valioso de la filosofía griega. Por
ejemplo, en lógica adoptó la teoría del probabilismo.
En teología admitió la existencia de Dios basado en la
prueba del orden cósmico el cual postula una causa eficiente proporcionada.
Igualmente reconoció la prueba del consentimiento universal. Pensaba que si en
todas las partes del mundo la gente cree en Dios a su manera es razonable
concluir que Dios existe. La entera humanidad no puede equivocarse en un asunto
tan importante. En psicología aceptó sin más las enseñanzas platónicas sobre el
alma humana. Simple, incorruptible e inmortal, es más feliz separada del cuerpo
que unida a él. En ética admitió la posibilidad de lograr una felicidad
imperfecta en esta vida y otra perfecta después de la muerte. La norma suprema
objetiva y última de todo comportamiento humano debe ser la ley eterna y la
próxima y subjetiva la ley natural radicada en la esencia misma del hombre. Las
leyes sociales, por tanto, deben ser un reflejo racional de la ley natural.
Entre la ley eterna y la ley natural Cicerón situó lo que se conoce como derecho
de gentes pegado a la ley natural. Sobre las pasiones humanas hizo suyas
las tesis de los estoicos.
Cicerón, así apodado por su verruga en forma de garbanzo
(cicer = garbanzo), se llamaba Marco Tulio. A pesar de su orgullo romano hizo
un esfuerzo gigante por traspasar la cultura filosófica griega a Roma. En mi
opinión su gran error en la vida consistió en dedicar su genio literario y
capacidad intelectual a la política. Pero sigamos adelante. Cicerón murió
cuarenta o cincuenta años antes del nacimiento de Cristo. O sea, en las
vísperas del gran acontecimiento que iba a cambiar en muchos aspectos el curso
de la historia y del pensamiento. Antonio Marco Aurelio, en cambio, vivió ya
por los años 121-180 de la era cristiana. Este hombre se encontró entre dos
frentes contra los cuales Roma presentó batalla: los filósofos venidos de
Grecia y los cristianos llegados de Palestina. ¿Cómo afrontó esta situación el
emperador y filósofo Antonio Marco Aurelio?
De origen español como Séneca, se llamaba Cratilo Severo
y fue educado por su abuelo Aurelio Vero del que tomó después el nombre.
Estudió la filosofía estoica y a instancias del emperador Trajano, también de
origen español, fue adoptado por Antonio Pío al que sucedió en el poder
imperial el año 161 después de Cristo. Entre las muchas calamidades que tuvo
que afrontar durante su mandato imperial cabe recordar la peste y el hambre.
Murió en Viena en una campaña militar no sin antes haber decretado la cuarta
persecución contra la los cristianos, probablemente forzado por el fanatismo de
las autoridades locales más que por propia iniciativa como cabe deducir de sus
reflexiones filosóficas.
En sus Solioquios
o reflexiones filosóficas escribió: “La realidad es como un río que
incesantemente se desliza. Las fuerzas cambian, las causas se transforman
mutuamente y nada permanece inmóvil”. Con la muerte el alma se libera de la
tumba del cuerpo y ahí acaba todo. No se interesa para nada del futuro del alma
después de la muerte. A pesar de esta ruptura abrupta en un callejón sin salida
propugnó un verdadero optimismo ético. Los hombres, decía, somos parientes de
los dioses y existe una realidad divina
permanente e inmutable, causa del orden y armonía del universo. De ahí que los
sentimientos religiosos tengan justificación. Y lo que es más sorprendente: “Es
propio del hombre amar incluso a quien le hiere. Debes tener presente –insiste-
que todos los hombres son familiares tuyos, que pecan sólo por ignorancia e
involuntariamente, que la muerte nos amenaza a todos, y especialmente que nadie
te puede dañar, porque nadie puede atacar tu corazón”. Para entender el
verdadero significado de estas palabras de Marco Aurelio conviene no olvidar
que el movimiento cristiano llegado de Palestina estaba ya instalado como
novedad de la época en el corazón mismo de Roma. Una presencia que se fue
consolidando pero no sin reacciones de violencia intelectual y derramamiento de
sangre.
5) Prohibido razonar
El neoplatonismo se reactivó como alternativa a la
desaparición del uso profesional de la razón filosófica pero, en vista de su
incapacidad para responder a las demandas más profundas de la conciencia
religiosa, el Emperador Justiniano decidió el año 529 prohibir por decreto la
enseñanza de la filosofía. Esta fecha marca oficialmente el fin de la filosofía
griega como institución social oficialmente reconocida.
Como consecuencia del Decreto algunos de los filósofos
que ejercían en Atenas la profesión se dirigieron a Cósroas I de Pérsia con la
idea de continuar allí sus estudios. No tuvieron éxito y dos años más tarde
volvieron a Atenas enseñando en privado hasta que la lumbre que tan
flamantemente habían encendido los griegos más intrépidos terminó por apagarse.
Luciano de Samosata (125-200), decepcionado totalmente por la filosofía
neoplatónica y estoica, había llegado ya antes en Icaromenipo a la
siguiente conclusión: “La vida preferible es la del común de los hombres.
Abandona la locura de disertar sobre los cuerpos celestes y de buscar los
principios y los fines. Desdeña los famosos silogismos de los sabios.
Considéralo todo como pura tontería. Proponte como único fin atravesar lo mejor
posible la vida presente. Diviértete de todas las cosas y no te apasiones por
nada”.
Es claro que el
cierre oficial de los centros de filosofía por la presunta inutilidad de su
existencia no significó que se acabaran los filósofos. El pensamiento humano no
puede ser suprimido por ningún decreto-ley imperial. El pensamiento humano es
la expresión más propia y noble de la vida y mientras haya vida humana habrá filosofía. Es una llama que
mientras hay vida necesariamente arde. El neoplatonismo, como parte de la filosofía
griega, terminó como institución pública con el decreto imperial del 529, pero
la ideología neoplatónica sobrevivió tenazmente hasta la edad media
principalmente a través de algunos ilustres personajes como Cayo Mario
Victorino (300-363); Macrobio, el cual por el año 399 desempeñaba el cargo de
Prefecto en España y después el de Procónsul en África; el clérigo cristiano
Calcidio en pleno siglo IV; el retórico africano Marciano Capella por los años
410-470 y, más todavía Anicio Manlio Torquato Severino BOECIO (480-525). Y esto
sin tener en cuenta el impacto del neoplatonismo en S. Agustín que constituye
un capítulo aparte en la historia del uso de la razón para afrontar los grandes
problemas de la vida.
6) El decretazo imperial contra
la enseñanza de la filosofía
El emperador Justiniano (483-565) actuó como un verdadero
señor de cielos y tierra y en el famoso Código legislativo, que lleva su
nombre, tomó medidas severas contra la expansión de los focos paganos. Una de
ellas consistió en prohibir que los maestros y filósofos de ideología pagana
impartieran la enseñanza pública con posibilidad de que hicieran adeptos entre
los cristianos. Este fue el histórico texto prohibitivo del 529: “Y prohibimos
que se enseñe doctrina alguna por los que están dominados por el furor de los
impíos paganos, para que no aparenten de este modo instruir a los que por su
mísera suerte recurran a ellos, siendo así que en realidad corrompen el
espíritu de sus educandos, y que no perciban tampoco de los aprovisionamientos
públicos ningún socorro, no teniendo, por divinos rescriptos o pragmáticas
sanciones, facultad para reivindicar para sí semejante derecho…”(CJ.1.11.10.2).
Según muchos expertos este texto tiene relación directa
con el cierre definitivo de la escuela de filosofía de Atenas el año 529. Digo
cierre definitivo porque ya antes el emperador Decio (201-251) había dado la
orden de supresión. Otros historiadores opinan que este texto no contemplaba
directamente la supresión de la Academia de Atenas sino que, al prohibir las
actividades académicas a los profesores no bautizados, el cierre de la Academia
siguió como consecuencia lógica. Otros piensan que la Academia se cerró por su
propia inercia y la falta de recursos económicos para subsistir.
De todo modos Justiniano desplegó una represión muy severa
contra los focos de herejes y paganos capaces de influir en la educación de los
cristianos, sobre todo en Constantinopla, donde el influjo de la filosofía
pagana se dejaba sentir incluso en los círculos de la corte imperial. Cabe
pensar que Justiniano decidió salir al paso de esa influencia prohibiendo el
acceso a la docencia a los filósofos paganos con la clausura la Academia de
Atenas. Pero leyendo el texto en su contexto propio resulta muy forzado
relacionarlo directamente con el cierre de dicha institución. La mera
coincidencia de fecha de promulgación del Decreto con el cierre de la Academia
no autoriza a establecer una relación directa entre ambos acontecimientos.
En aquellos tiempos, además, no había medios de
comunicación que permitieran la rapidez necesaria para que, aún en el caso de
que el decreto contemplara el cierre de la Academia ateniense, éste pudiera
ejecutarse contemporáneamente. Como hemos visto, la marcha del quehacer
filosófico fue tal que su final natural era la desaparición de la célebre
institución. La cual probablemente se precipitó con la promulgación del decreto
de Justiniano retirando las ayudas económicas para todos los docentes de la
filosofía todavía adictos a la filosofía pagana tradicional. En cualquier caso,
es tan significativo el proceso degenerativo de la razón filosófica griega como
escandaloso el hecho de que la autoridad pública se arrogue el derecho de
prohibir por decreto la libertad de pensar y de expresar libre y responsablemente
las ideas.
7) ¿Valió la pena tanto esfuerzo mental?
Sin duda que sí. Es verdad que las
culturas orientales no acertaron a resolver el problema del dolor humano con
sus especulaciones y sus mitos. Obsesionados por la eliminación del dolor se
olvidaron con frecuencia de la vida. Pero nos enseñaron, entre otras cosas, que
la verdad sobre la existencia humana,
sumida en el dolor, y la paz personal como punto de partida necesario para
alcanzar la felicidad en este mundo son cuestiones sobre las cuales la
inteligencia humana no puede quedar indiferente.
Tampoco los filósofos griegos con sus especulaciones
sobre la naturaleza y su “nirvana” o ataraxia racionalista consiguieron
liberarse de los mitos y responder satisfactoriamente a los grandes
interrogantes de la vida. De ahí su cansancio y desilusión después de siglos de
ilusión y esperanza. La filosofía griega, como las filosofías orientales,
tampoco logró liberarse de los mitos y de las supersticiones en su intento de
explicar racionalmente los problemas de la naturaleza, de la vida y de la
muerte. En materia de ética, por ejemplo, se mantuvo siempre la estatolatría o
sumisión absoluta de la vida de las personas al poder del Estado como
encarnación de la Naturaleza presuntamente eterna y autosuficiente. De hecho,
tanto la ruina del imperio griego como del romano coincidieron históricamente
con los momentos más oscuros y decadentes de sus filósofos. Todos los
pensadores griegos estaban convencidos de la autosuficiencia de este mundo y de
la sumisión de Dios a las leyes autónomas de la naturaleza. Esta convicción
culturalmente congénita fue la causa de muchos de los fallos de la filosofía
griega y a los que el movimiento cristiano emergente trató de responder desde
la óptica de una teología nueva basada en la aceptación de Dios como un ser personal,
creador y providente. El dogma cristiano de la creación del mundo cambió por
completo el dogma filosófico griego de la autosuficiencia eterna de la
naturaleza. El encuentro de estos dos dogmas fue frontal y violento.
A pesar de todo, insisto, valió la pena. Los filósofos
griegos legaron a la civilización occidental muchos de los principios
fundamentales de la Lógica, de la Metafísica y de la Ética y pusieron las bases
para aprender a usar la razón en la búsqueda de la verdad. Ellos constituyen una
prueba convincente de que con la sola luz de la razón es posible llegar al
conocimiento de algunas verdades indispensables para llevar una vida digna.
Sólo por esto su contribución positiva a la causa de la humanidad me parece
digna del mayor respeto a pesar de sus deficiencias y fracasos. Las antiguas filosofías orientales
usaron la razón principalmente para acabar con el dolor humano. Los griegos,
para buscar la verdad última de todas las cosas y la Biblia para descubrir el
rostro de Dios, y a partir de Dios resolver todos los problemas de la vida y de
la muerte. Según S. Pablo, los judíos buscan milagros, los griegos sabiduría
intelectual y los cristianos predican a Cristo muerto y resucitado. El
conflicto Fe y Razón está servido en las tres grandes religiones monoteístas:
judíos, cristianos y musulmanes. Este conflicto nos llevará a posiciones
extremas que actualmente se han extremado aún más con el progreso de la razón
científica. Como resultado de esta confrontación se produce el endiosamiento de
la razón y el nuevo apagón del que todavía no nos hemos recuperado.
3. El uso de la razón frente a las creencias religiosas
judaicas, cristianas e islámicas
1) ¿La razón aristotélica o la Biblia?
A pesar de que los judíos de la “diáspora” procuraron vivir
aferrados a sus tradiciones leales a Moisés no pudieron impedir el poderoso
influjo cultural del helenismo. Entre los diversos centros de la dispersión
cabe destacar Antioquia, Atenas y Roma. Pero por lo que se refiere a su
encuentro con el uso de la razón filosófica merece particular interés
Alejandría. Se dice que después del año 320 antes de Cristo llegaron a
instalarse allí alrededor de un millón de judíos. Con la particularidad de que,
a pesar de sus esfuerzos para no contaminarse con otras doctrinas que no fueran
las suyas propias derivadas de la ley mosaica, terminaron olvidando el hebreo
hasta el extremo de no entender la Biblia en la lengua patria. ¿Solución? Un
grupo de rabinos decidió traducirla al griego en tiempo de Tolomeo Filadelfo.
Aquella traducción fue un acontecimiento histórico y el nuevo texto es conocido
desde entonces como la Versión de los Setenta. A pesar de todo la
influencia del helenismo fue inevitable. Los expertos hablan de la influencia
de las doctrinas pitagóricas y del orfismo en la secta de los esenios y
de los terapeutas. Por ejemplo, el dualismo entre alma y cuerpo, la
inmortalidad del alma y prácticas ascéticas severas. Por otra parte, los fariseos
eran abiertamente hostiles al helenismo mientras que los saduceos eran
simpatizantes. A pesar de todo, el contacto con la cultura griega provocó un
conflicto intelectual de primera magnitud. Los filósofos judíos hicieron todo
lo posible por quedarse con lo mejor de la filosofía griega pero sometiendo la
razón filosófica a los postulados de la revelación bíblica. La filosofía judía
se caracterizó por el propósito de demostrar la superioridad de la Biblia sobre
la filosofía. Recordemos sólo dos nombres emblemáticos al respecto.
De Aristóbulo, por ejemplo, se dice que vivió hacia el
año 150 antes de Cristo y que formuló la hipótesis del “robo de los filósofos”, según la cual, los
filósofos griegos conocieron la Biblia judía antes de las guerras médicas de
suerte que Platón y Aristóteles habrían tomado de ella lo mejor de su pensamiento
filosófico. De esta forma Aristóbulo trató de demostrar la superioridad de la
Biblia sobre la filosofía. Luego, para concordar las doctrinas bíblicas con las
filosóficas, interpretó las primeras alegóricamente y no hizo ascos en
falsificar los textos atribuidos a Orfeo, Homero y otros escritores griegos.
Incluso se inventó oráculos que ponía en boca de las sibilinas. Es un caso
típico de fanatismo religioso y deshonestidad intelectual.
No puede decirse lo mismo de Filón de Alejandría (20 AC
al 50 DC) el cual abordó el tema de las relaciones entre la Biblia judía y la
filosofía griega (fe/razón) con más seriedad y responsabilidad. Murió hacia el
año 50 ya después de Cristo y su pensamiento es un sincretismo de fondo judaico
con predominio de elementos platónicos por lo que S. Jerónimo le llamó el
“Platón hebreo”. Históricamente hablando, Filón de Alejandría es un personaje
muy interesante al menos por dos razones. Fue el primero que afrontó con
talante filosófico y realista el impacto de la filosofía griega sobre la
cultura bíblica tratando de conciliar el platonismo y el estoicismo con el
judaísmo. En su noble proyecto intelectual diseñó un nuevo esquema mental de la
concepción tradicional del universo. En el diseño de Filón de Alejandría Dios
es colocado fuera del mundo inteligible y coloca al mundo sensible en el lugar
que le corresponde sin perjuicio de su realismo. Quedó así superada la
inmanencia divina de los estoicos y la presunta superioridad de las ideas
platónicas. Estoicos y platónicos quedaron así conciliados con la fe judía
dando lugar al esquema ideológico sobre el cual cabalgarán después el
neoplatonismo, la filosofía árabe e incluso la escolástica cristiana. En
efecto, los neoplatónicos se esforzarán por compaginar la filosofía griega con
la mitología pagana clásica y los árabes con el islam. Entre los cristianos el
Pseudo-Dionisio y Máximo el Confesor trataron de sistematizar el pensamiento
cristiano sirviéndose generosamente de los esquemas filonianos y neoplatónicos.
Otro gran mérito de Filón consistió en plantear de una
manera abierta y explícita el problema de las relaciones entre la filosofía
racional (uso de la razón) y la verdad revelada en la Biblia judía. O como se
dice en nuestros días, el problema de la fe y la ciencia. Filón representa el
primer intento serio de solucionar este espinoso problema en relación con la fe
hebrea. ¿Aristóteles y Platón o la Biblia? Los cristianos se lo van a plantear
en relación con la Biblia cristiana y los árabes más tarde en relación con el
Corán. En la actualidad el problema de fondo está más vivo que nunca. Lo que
ocurre es que ya no se plantea en términos de filosofía griega, Biblia y Corán.
El problema se plantea en términos de fe religiosa y progreso científico. La
ciencia moderna avanzada ha suplantado casi por completo a lo que otrora se
denominaba filosofía como expresión por antonomasia del uso de la razón.
Después de Filón de Alejandría los judíos se dedicaron preferentemente
a la cábala y el talmudismo. Pero, a pesar de su tendencia al aislamiento, el
entorno helenístico y árabe terminó por suscitar en algunos de ellos el interés
por la filosofía con Platón y Aristóteles de fondo. Ante el dilema
filosofía/Biblia Anam Ben David, allá
por los tiempos de Almanzor (938-1002), sugirió nada más y nada menos que el
libre examen del texto sagrado. El egipcio Saadja, en cambio, (892-942) fue más
tajante: la razón debe estar al total servicio de la fe judaica. Su obra Amanat
o Libro de la fe y de la ciencia se convirtió en lugar obligado
de referencia para el estudio de la filosofía de acuerdo con la fe hebrea. En
este contexto es un placer recordar a Isaac Israeli que vivió entre los años
855-955. Se dice de él que fue médico de profesión y filósofo neoplatónico. Se
le atribuye la famosa definición de la verdad como adecuación del entendimiento
y la realidad. Ya en el siglo XII el malagueño Avicebrón no tuvo reparos en
dedicarse a la filosofía a pleno pulmón sin miedo a salirse de los cauces
bíblicos. Su obra Fuente vital fue cuando menos interesante y sugestiva
para aquellos tiempos. Interesante su visión del cuerpo humano como un
microcosmos y su defensa decidida del hilemorfismo universal aristotélico.
Por lo que se refiere al cordobés Simón Maimónides
(1135-1204) tampoco caben dudas sobre su vocación filosófica compatible con la
fe judaica. El objetivo principal de su obra Guía de los perplejos es
claro: conciliar a Aristóteles con el judaísmo. La Biblia es la expresión de la
verdad divina y la filosofía debe ser utilizada para descubrir el significado
de los textos bíblicos. Eso sí, para ello colocó como una de las piedras
angulares de su sistema la creación bíblica de la naturaleza y el tiempo
liquidando así el dogma griego de la presunta eternidad del mundo. El malagueño
y melancólico Ibn Gabirol (1020-1058) se movió con bastante independencia
respecto de la Biblia, pero su platonismo no se sale de los cauces bíblicos.
Los filósofos judíos medievales oscilaron entre la explicación literal de los
textos sagrados y la interpretación libre de los mismos desde la filosofía
platónica o aristotélica, pero siempre sobre la base de la superioridad
indiscutible de la Biblia sobre la filosofía. Por estas breves anotaciones
vemos hasta qué punto la filosofía griega fue recibida por la comunidad judía
con muchas reservas y cómo se llegó a una solución práctica sobre la convicción
de que la filosofía y el uso de la razón han de ponerse siempre al servicio de
la fe y de las tradiciones judaicas. Platón y Aristóteles sí, pero como
deudores o servidores de la Biblia.
2) Los primeros cristianos y el uso de la
razón filosófica
A Cristo ni le interesó personalmente la filosofía ni la
necesitó para nada. Tampoco a sus inmediatos colaboradores o equipo de los
doce, testigos oculares de sus hechos y dichos. El trabajo de éstos se centró
totalmente en informar a la humanidad sobre lo que habían visto y oído de
Cristo y en organizar las primeras comunidades cristianas en base a la nueva
forma de entender la vida motivada por el hecho hasta entonces inaudito de la
resurrección de Cristo de entre los muertos. Para lo cual no necesitaron para
nada de la filosofía al uso. Lo mismo ocurrió con los inmediatos colaboradores
de los apóstoles, conocidos históricamente bajo la denominación de padres
apostólicos. Estos se limitaron a exponer con sencillez el Evangelio, el cual
constituía para todos ellos la plenitud de la verdad sobre los problemas
fundamentales de la vida humana. Por otra parte, el episodio de San Pablo en el
Areópago de Atenas no pasó de ser un acontecimiento circunstancial. Durante
más de un siglo, el problema de las relaciones entre el cristianismo y la
filosofía no aparece ni siquiera mencionado por ningún escritor cristiano. Pero
las cosas comenzaron a cambiar dramáticamente a mediados del siglo II.
Las comunidades cristianas se habían fortalecido frente a
la oposición de los poderes civiles y rompieron el silencio iniciando una nueva
forma de defenderse respondiendo con el arma de la razón. Surgieron así los
primeros escritores cristianos llamados apologistas,
los cuales se vieron en la necesidad práctica de echar mano de los mismos
conceptos filosóficos utilizados por sus hostigadores. Al mismo tiempo
empezaron a aparecer desviaciones de las enseñanzas cristianas recibidas de
primera mano de los apóstoles en base a conceptos y nociones manejados desde la
trinchera intelectual de la filosofía, tales como los conceptos de esencia,
sustancia, persona, relaciones y tantos otros.
Otro factor importante a tener en cuenta es que la
penetración del cristianismo, a pesar de las persecuciones, empezó a sentirse
de forma cada vez más eficaz en los ámbitos cultos e intelectuales. Lo cual provocó una reacción intelectualmente
hostil por parte de los hombres de letras del paganismo, los cuales
comprendieron que a los cristianos no se los podría poner ya fuera de combate con
el simple desprecio. Los escritores paganos como Tácito, Juvenal, Suetonio y
Plinio, por ejemplo, habían dedicado poco interés a una doctrina que conocían de
manera superficial y desfigurada por calumnias populares. Por esta razón, o no
se ocupan del pensamiento cristiano o lo hacen de forma despreciativa. Plinio,
por ejemplo, se despachó a su gusto tratando a los cristianos como si se
tratara de una superstición detestable. En tiempo de Marco Aurelio la violenta
represión política de los cristianos fue acompañada y seguida de una campaña
intelectual en toda regla contra ellos por parte de algunos retóricos y
filósofos como Cornelio Frontón de Cirta, Crescente, Alejandro de Abonóticos,
Luciano de Samosata y Celso.
Pero los cristianos contaban ya con hombres capaces de
enfrentarse intelectualmente a los pensadores no cristianos. Por una parte esto
fue una suerte, pero, por otra, dio lugar a un enfrentamiento entre el
cristianismo puro y las especulaciones filosóficas dentro del propio campo cristiano.
En sus filas había cada vez más gente que antes de ser cristianos se habían
formado en la cultura y filosofía de la época. Se habían educado en las
escuelas filosóficas y literarias del paganismo y era inevitable que trataran
de hacer comparaciones entre la filosofía en la que se habían formado y las
novedades halladas en el cristianismo. ¿Eran cosas totalmente distintas o había
algo en común? Por otra parte es comprensible que al reflexionar sobre la fe
cristiana que habían abrazado siguieran usando los conceptos y categorías
culturales adquiridos en su antigua formación filosófica.
El problema no
era nuevo. Como hemos dicho más arriba, lo habían planteado ya algunos
filósofos judíos. Aristóbulo y Filón lo habían abordado en relación con la fe
judaica e inventaron la teoría del “robo de los filósofos” para explicar las
semejanzas y coincidencias parciales entre la Biblia y la filosofía, y a la vez
hacer resaltar la presunta superioridad de la primera sobre la segunda. Según
esta ingeniosa teoría, las coincidencias existentes se debían a que algunos
filósofos griegos como Platón y Pitágoras habían conocido en sus viajes los
libros de Moisés y los profetas y se habían apropiado de sus doctrinas. Filón
trató de situar la filosofía en un plano de inferioridad respecto de la Sagrada
Escritura, pero al mismo tiempo tratando de justificar su utilización en
beneficio de la ciencia sagrada. Caso típico es la interpretación del episodio
de las dos mujeres de Abrahán -Sara, la señora, y Agar, la sierva-, en las
cuales personifica las relaciones entre la Biblia y la filosofía hasta el punto
de convertir a la filosofía en una sierva de la teología. Con esa
interpretación, Filón, creyente sincero, pero al mismo tiempo admirador de la
filosofía, pensó que podía ya dormir tranquilo conservando su fe y utilizando
la filosofía, sin escrúpulo de conciencia, como ciencia subsidiaria para la
explicación de las Sagradas Escrituras.
3) Los resabios de S. Pablo contra la razón filosófica
El problema sobre el uso de la razón filosófica en
relación con la explicación y transmisión de la
fe cristiana encontró su primera manifestación en S. Pablo de
forma episódica y circunstancial. Nacido en Tarso y educado a los pies de Gamaliel
pudo crecer en la cultura helenística, de la que Tarso y su colonia Soles eran
centros florecientes. San Pablo se entrevistó en el ágora de Atenas con algunos
filósofos estoicos y epicúreos, los cuales, movidos por la curiosidad, le
condujeron al Areópago, pidiéndole que les explicara su «nueva doctrina”.
Textualmente según Hechos, 17: “Disputaba en la sinagoga con los judíos y los
prosélitos, y cada día en el ágora con los que le salían al paso. Ciertos
filósofos, tanto epicúreos como estoicos, conferenciaban con él, y unos decían:
¿Qué es lo que propala este charlatán? Otros contestaban: Parece ser predicador
de divinidades extranjeras; porque anunciaba a Jesús y la resurrección. Y
tomándole le llevaron al Areópago, diciendo: ¿Podemos saber qué nueva doctrina
es esta que enseñas? Pues eso es muy extraño a nuestros oídos; queremos saber
qué quieres decir con esas cosas. Todos los atenienses y los forasteros allí
domiciliados no se ocupan en otra cosa que en decir y oír la última novedad”.
Pablo aprovecho la ocasión para pronunciar un discurso sobre Dios como creador
de la naturaleza y providente y Jesucristo muerto y resucitado. “Cuando le
oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, otros
dijeron: Te oiremos sobre esto otra vez.”. Una forma educada de decirle que
sobre ese tema mejor era no hablar.
San Pablo fue el primero que definió claramente la
actitud de los cristianos de la primera hora
frente a la filosofía como expresión del discurso basado sólo en el
ejercicio de la razón. Así de claro en la 1Cor. 1,17-25: “Que no me envió
Cristo a bautizar, sino a evangelizar, y no con sabia dialéctica, para que no
se desvirtúe la cruz de Cristo; porque la doctrina de la cruz de Cristo es
necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan.
Según está escrito: “Perderé la sabiduría de los sabios y anularé la
inteligencia de los prudentes”. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde
el disputador de este mundo? No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Pues
por cuanto el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina
sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación.
Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que
nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura
para los gentiles (...) Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y
la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”.
San Pablo presentó la nueva fe tratando de afirmarse
entre el judaísmo y el helenismo. Los judíos, poseedores ciertamente de la
revelación divina, estaban aferrados a la literalidad de la ley escrita y
acostumbrados a imponer la fe al margen de argumentos racionales y sólo
invocando la autoridad de Dios corroborada por los milagros. Los griegos, por
su parte, eran maestros en el arte de la dialéctica, habituados a hacer pasar
por el tamiz de su crítica las doctrinas filosóficas más dispares. Entre unos y
otros San Pablo propone como alternativa su predicación. Los judíos exigen
milagros y los griegos, razones. San Pablo simplemente predica a unos y a otros
la salvación por medio de Cristo
crucificado. Lo cual es interpretado por los judíos como un escándalo
imperdonable y los griegos como una insensatez. Al escándalo de los judíos
responde presentando la humildad de Cristo crucificado y frente al racionalismo
de los griegos, la afirmación de la misión redentora de Cristo en el cual están
escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.
Obviamente, el Tarsense no predica una mueva filosofía
sino una doctrina de salvación por medio de Cristo muerto y resucitado,
considerando a su lado vanas y falaces las especulaciones filosóficas de su
tiempo. La única vez que aparece en el Nuevo Testamento la palabra filosofía
es empleada por San Pablo y en sentido desfavorable. Así de claro en la
carta a los colosenses 2,8: “Mirad que nadie os engañe con filosofías y vanas
falacias, fundadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo, y no en Cristo”. S. Pablo
pone al cristianismo y la filosofía en dos planos distintos, cuya diferencia
esencial estriba en que el primero es una religión, una doctrina de salvación
basada en la autoridad de Dios y aceptada por fe, y la filosofía un producto
de la razón con todas las limitaciones y deficiencias inherentes a la debilidad
de la naturaleza humana. Tomadas al pie de la letra, las expresiones de San
Pablo parecen una declaración de guerra de la fe cristiana a la filosofía
tradicional en vigor. Estas expresiones de S. Pablo, entendidas en sentido
excesivamente literal, están en la base de la actitud hostil a la filosofía
que adoptarán después algunos escritores cristianos.
Sin embargo, el mismo Pablo, en su discurso en el
Areópago, estuvo más conciliador aludiendo a la estatua dedicada al dios
desconocido para decir a sus oyentes: “porque al pasar y contemplar los objetos
de vuestro culto he hallado un altar en el cual está escrito: “al dios
desconocido”. Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio”. Después
de presentar una definición descriptiva de Dios como Creador añadió: “El fijó
las estaciones y los confines de las tierras (...) para que busquen a Dios y
siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque
en El vivimos, nos movemos y existimos, como algunos de vuestros poetas han
dicho: Porque somos linaje suyo”. En estas palabras iba implícito el
reconocimiento de la razón humana para descubrir al verdadero Dios. San Pablo,
se acomodó en esta ocasión a la mentalidad de su auditorio citando a
poetas no cristianos como Aratos,
Epiménides y Menandro.
En el capítulo primero de la carta a los Romanos reconoce
explícitamente la capacidad de la razón humana para llegar a conocer la
existencia y la providencia de Dios a través de la contemplación del
espectáculo de la creación. “En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto
entre ellos (...) porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su
eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras”. Ahora bien en
lugar de reconocer a Dios por sus obras, los filósofos “se entontecieron en sus
razonamientos, viniendo a obscurecerse su insensato corazón; y alardeando de
sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria de Dios incorruptible por la
semejanza de la imagen del hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y
reptiles”. Y en capítulo segundo afirma que los gentiles son responsables de
sus actos si no guardan la ley moral natural impresa por Dios en sus
corazones. Lo cual equivale a reconocer en parte la validez de las
especulaciones de los filósofos y la legitimidad de los procedimientos
puramente racionales por más que su valor sea muy pequeño en comparación con el
conocimiento suministrado por la fe cristiana. Teniendo en cuenta el contexto
paulino lo razonable es pensar que estaba convencido de que, absolutamente
hablando, los cristianos no necesitaban para nada de las especulaciones
filosóficas al uso en su tiempo, pero que sí son útiles cuando se usa
correctamente la razón, e incluso necesarias para los que carecen de la fe
cristiana. En el Nuevo testamento se decanta el problema del nosticismo como un
elemento perturbador del mensaje evangélico y se toman todas las cautelas.
4) La razón pagana contra la razón cristiana
A las persecuciones sangrientas contra los
primeros cristianos hay que añadir la guerra literaria por parte de los
intelectuales paganos que comenzó abiertamente en tiempo del emperador Marco
Aurelio (121-180). Entre los escritores anticristianos de esta época cabe
recordar al propio preceptor de Marco Aurelio, Frontón, que se distinguió por
su forma burlesca de argumentar. Según los fragmentos citados por Minucio
Félix, Frontón acusaba a los cristianos, por ejemplo, de asesinar niños para
beberse la sangre y otras presuntas barbaridades nunca probadas. Luciano de
Samosata en su opúsculo sobre “La muerte del peregrino” se burla del propio
Cristo en persona al que presenta como soñador y estafador.
Por una parte, el paganismo tenía su propia religión de
Estado que los cristianos se negaban a aceptar de forma impositiva, sobre todo
porque implicaba rendir culto de “divus” al emperador. Por otra, las nuevas
tendencias filosóficas de corte neo-pitagórico y neo-platónico temían por la
desaparición del helenismo del que la religión pagana era parte sustancial.
Estaba en juego el modelo tradicional pagano de cultura. De ahí que se tratara
de socavar las bases doctrinales de la nueva religión poniendo en cuestión sus
principios y enseñanzas. En este sentido resulta indispensable recordar a Celso
y al filósofo Porfirio.
Celso es sin duda el primero y más serio intelectual
anticristiano de aquel tiempo. Hacia el año 178 publicó su obra Alethés Logos (Palabra verdadera) de la
que sólo se conservan algunos fragmentos en la refutación que de ella hizo Orígenes,
a través de los cuales se aprecia su postura beligerante anticristiana. Celso
se muestra buen conocedor del Antiguo Testamento, de los Evangelios y de la
historia interna de las comunidades cristianas. Poco se sabe de su persona,
pero, a juzgar por sus razonamientos, no debió ser un cualquiera. Según él, la
doctrina cristiana es una mezcla de judaísmo, platonismo y creencias de los
cultos mistéricos egipcios y persas. Una mezcla que, matiza, ya la habían
llevado a cabo de forma más lograda los griegos sin altanería ni pretensión de
haber sido anunciadas por Dios o el Hijo de Dios en persona, como hacían los
cristianos. Celso se burla de judíos y cristianos y los acusa de pretender ser
el pueblo elegido. Según la visión judeocristiana de la vida, por encima de
todos está Dios y después ellos, creados a su imagen y semejanza. Todas las
demás realidades mundanas serían propiedad suya.
Celso responde comparando a la ralea de judíos y
cristianos con una bandada de murciélagos, un hormiguero, o una charca de ranas
que croan, o de lombrices, afirmando que el hombre se distingue muy poco del
animal siendo sólo un modesto fragmento del cosmos. Luego hace una serie de
preguntas destinadas a poner en ridículo la presunta venida de Dios al mundo
para salvar a los hombres. Sobre los contenidos de la fe cristiana viene a
decir que en nada sustancial se diferencia de lo que ya habían enseñados los
filósofos platónicos, incluido lo que se refiere al amor. Por otra parte, la
figura de Cristo no reviste excepcionalidad ninguna si lo comparamos con
Hércules, Esculapio, Dionisos y otros muchos que realizaron prodigios y
ayudaron a los demás. Antes que Jesús ya habría habido divinidades que murieron
y resucitaron. Como también hay testimonios de prodigios y milagros realizados
por ellos que no son otra cosa que obras de prestidigitadores. ¿Habremos de
considerarlos por ello como Hijos de Dios?. Según Celso, el cristianismo es
para ignorantes. Las personas cultas lo evitan y no se dejan embaucar.
Sin duda que Celso era tendencioso y como pagano estaba
más que excusado de entender a los cristianos. Como filósofo platónico y
ciudadano de una sociedad secularmente pagana se comprende que le resultara
fácil formular preguntas en tono sarcástico y escandaloso. Orígenes le llamó
estúpido. En cualquier caso este personaje formuló cuestiones interesantes a
cara descubierta sobre los fundamentos doctrinales del cristianismo y ello es
de agradecer porque la franqueza en la exposición de argumentos presuntamente
falsos ayuda a encontrar las respuestas adecuadas mejor que la hipocresía y el
fingimiento. La libertad de expresión favorece más la búsqueda de la verdad que
las censuras y los temores a las represalias por decir respetuosamente lo que
se piensa.
En la línea de Celso se encuentra el filósofo platónico
Porfirio nacido hacia el año 233 en Tiro de Fenicia. Se estableció en Roma y
allí se dio a conocer como gran discípulo de Plotino. Hizo concesiones a la
religiosidad popular y admitía la magia, la astrología y toda suerte de divinidades
paganas. Por el contrario, fue duro e intolerante con el cristianismo. Prueba
de ello fueron sus quince libros “Contra
los cristianos”, escritos durante su convalecencia en Sicilia y de los que
sólo se conservan algunos extractos y citas. Se dice que esta obra debió ser
víctima de alguna purga de libros ordenada por los emperadores Constantino, Teodosio II o Valentiniano III. Porfirio
niega abiertamente la divinidad de Cristo y llega a decir que aunque hubiese
entre los griegos alguno tan obtuso como para creer que los dioses residen realmente en las
imágenes que tienen de ellos, ninguno lo será tanto que llegue a admitir que la
divinidad pudo entrar en el vientre de María virgen, para convertirse en feto y
ser envuelta en pañales después del parto. Ataca duramente a S. Pedro y más aún
a S. Pablo al que califica de ordinario, oscurantista y demagogo. Le acusa de
codicia. Según Porfirio, interpretando palabras del propio Pablo a los
corintios, como era pobre, predicaba para sacar dinero a las damas ricas. Ese
habría sido el cometido verdadero de sus viajes apostólicos. Porfirio califica
todas las creencias cristianas de irracionales y es considerado como el pionero
de la crítica racionalista de la Biblia.
De Porfirio cabe
decir lo mismo que de Celso en cuanto a su sinceridad pagana. Incluso es más
civilizado, intelectual y sistemático. Todo un reto para el desarrollo de la
praxis cristiana sin fanatismos fideístas. Es lástima que esta guerra
intelectual contra el cristianismo no se haya mantenido siempre en este nivel
de discusión racional respetuosa en franca libertad de expresión por ambas
partes. Los paganos no respetaron la libertad religiosa de los cristianos y
estos no respetarán después la libertad de expresión teológica ni de paganos ni
de cristianos. A las persecuciones contra los cristianos sucederán por parte de
estos las persecuciones contra herejes y paganos a partir del siglo IV como más
tarde surgirán los fanatismos islámicos contra toda la humanidad hasta nuestros
días. Como es obvio, ya no se trata de revisar y perfeccionar las ideas
filosóficas recibidas de los maestros al estilo griego sino de utilizarlas como
armas mortales contra quienes no piensan igual. El uso de la razón empieza a
ser puesto en entredicho por tres libros esenciales de referencia: la Biblia,
en su tramo del Antiguo Testamento, por parte de los judíos; la Biblia en
general y el Nuevo Testamento en particular, por parte de los cristianos; y el
Corán más tarde por parte del mundo árabe. Es una guerra sin fronteras entre el
uso de la razón y las creencias de las tres grandes religiones monoteístas.
5) Remodelación cristiana del
pensamiento filosófico griego
Culturalmente
hablando el cristianismo terminó convirtiéndose en el crisol de la herencia
recibida de Grecia y Roma, de judíos y árabes. Fue un proceso difícil y a veces
violento pero eficaz, que culminó en la edad media. La filosofía, como
expresión por antonomasia del uso de la razón, y la fe religiosa de judíos
árabes y cristianos se encontraron frente a frente. Hemos recordado los
primeros enfrentamientos y las diversas reacciones de emergencia de los
diversos grupos. Con la implantación del cristianismo en Occidente las diversas
soluciones al conflicto son protagonizadas principalmente por filósofos y
teólogos de inspiración cristiana. Incluso en nuestros días cuando el
protagonismo de los científicos (no de los filósofos que se encuentran a la
deriva) se impone progresivamente al margen de consideraciones filosóficas o
teológicas.
En
el esquema mental greco-romano se presupone una concepción del cosmos como
eterno y autosuficiente. Todos los problemas se resuelven en base a la
convicción de que nada se crea ni se destruye sino que todo se transforma. El
mundo ni habría tenido origen ni tendrá fin. A los pensadores griegos les
bastaba admirar el orden y la belleza estructurales sin otro criterio histórico
que la ley del crecimiento y decadencia de las cosas. Todo se repite como la
salida y puesta del sol, o la sucesión de las estaciones. Para interpretar el mundo
y el acontecer histórico sobraba cualquier referencia a nada superior fuera del
mundo mismo en que vivimos. El presupuesto mental de la eternidad del mundo
supone la ausencia de un Dios personal y conduce a la negación racional de toda
providencia. Al no reconocer la existencia de un fin último como meta final no
puede hablarse propiamente de historia, la cual se reduce a un movimiento
absurdo sin punto de partida ni término de llegada. Eternidad y movimiento, en
efecto, son términos contradictorios.
El mundo es interpretado como fisis o natura
o lo que es igual, como principio de la unidad esencial en el seno de la
pluralidad concreta existencial. Es la síntesis de unidad y multiplicidad, de estaticidad
y movimiento, ciencia y opinión, esencia y existencia, fuera de cuyo ámbito no
existe nada y dentro del cual se encuentra la explicación última de todo,
incluidos los seres y valores presuntamente divinos. En la naturaleza se
encontraría toda la virtualidad de lo real. Conocer sus secretos equivale a descubrir
el substrato inmutable en la movilidad, la fuente del ser, el sentido de la
totalidad en la pluralidad, la ley universal del orden cósmico y el criterio
para establecer las lindes entre el conocimiento científico y la opinión así
como la regla suprema del comportamiento humano. La naturaleza es sacra porque
los mismos dioses son parte integral de ella. Por otra parte, la naturaleza es
inteligible en la medida en que puede explicarse a partir de la inmutabilidad
periódica según la cual los cambios son fenómenos regulares. Por lo mismo, no
queda margen para la significación universal de un único e incomparable evento
histórico. Al pensador griego no le interesaba propiamente hablando el sentido
de la historia ni el problema metafísico de Dios como presunto árbitro del
acontecer histórico. Lo que le interesaba más era la cuestión del logos cósmico. La única historia que le
interesaba era la política.
Los acontecimientos presentes y pasados no se interpretan
como verdadera proyección de futuro, dada su concepción cíclica del tiempo,
característica común a todas las civilizaciones orientales no cristianas. Los
acontecimientos son tratados como imitaciones o remedos del ritmo de las
estaciones del año natural, y los periodos históricos interpretados en términos
de florecimiento o barbarie, progreso y decadencia, amor y odio, como una rueda
en eterno movimiento. La serenidad y la alegría de vivir no consiguen
desvanecer su sentimiento pesimista de la vida a causa del sufrimiento
existencial. El recurso a la razón para resolver el problema terminó siempre en
fracaso. La concepción cíclica del tiempo es la muerte de la historia al no
dejar lugar para el progreso ni una auténtica proyección de futuro. Desde esa
perspectiva se tiene la impresión de que todo es repetición interminable de lo
mismo y retorno a nuevas desilusiones y desencantos. El único futuro sería la
predicción, los oráculos y toda suerte de prácticas adivinatorias impregnadas
de fatalismo, superstición y folklore.
La percepción de este mundo como cosmos favorecía
la racionalización del orden materializado en la legalidad de la convivencia
política en la Ciudad-Estado. El Estado se convirtió así en el dueño absoluto
de la vida y de la muerte de los individuos que lo integran, lo que condujo a
los griegos a la más despiadada estatolatría. Baste recordar el socialismo
espartano, el comunismo platónico o el socialismo mitigado aristotélico.
Mentalidad que en Roma derivó hacia el despotismo jurídico y pragmático. Así
estaban las cosas filosóficamente hablando cuando irrumpió el cristianismo en
la historia, lo que significó el comienzo de una nueva era de la historia
humana en la cual nos encontramos en los albores del siglo XXI.
Con la cosmovisión introducida por el pensamiento
cristiano la interpretación del mundo y del acontecer humano en términos
rotatorios quedó maltrecha. Según S. Agustín, tal modo de ver las cosas hace
imposible el logro de la felicidad ansiosamente buscada por el hombre como
saciedad entitativa y reposo en el bienestar subjetivo. Si después de sufrir en
esta vida la felicidad alcanzada no lo es de forma culminante y definitiva sino
sólo el punto de partida de un retorno sin fin al dolor y a la muerte, la
felicidad humana, liberación del hombre o como se lo quiera llamar, valdría tanto
como sus miserias y calamidades. “Si sufrimos aquí los males presentes y
tememos allí los futuros, decía el Hiponense, seremos siempre unos completos
desgraciados”. El miedo al futuro intoxica la felicidad del presente.
La concepción cristiana del tiempo es un fenómeno
historiable en sentido progresivo e irreversible. No es un círculo sino una
peregrinación hacia el fin por un camino seguro. El fin y el camino de esa
peregrinación convergen en la persona de
Cristo y no en los círculos vacíos y sin sentido de la mentalidad
grecorromana. Según el Génesis, “al principio creó Dios el cielo y la tierra”.
Esta afirmación significó una revolución metafísica tan profunda que puede ser
considerada como la subversión intelectual y cultural de todos los sistemas interpretativos
acuñados en la concepción cíclica del tiempo.
Aún admitiendo la posibilidad del origen eterno del
mundo, según la cosmovisión cristiana de la realidad ni el mundo ni el tiempo
son eternos. La naturaleza tiene un principio y existe un Señor del universo
que da sentido a la historia del hombre. A juicio del Hiponense, la concepción
cíclica del tiempo fue fruto de la ignorancia sobre el origen y fin último del
género humano. La concepción lineal cristiana presupone, entre otras cosas, que
el curso de la historia comienza realmente con la creación del mundo y se
consumará con la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Lo cual significa
que el pasado, propiamente hablando, no se repite como vulgarmente suele
decirse. Existe un presente fugaz y decisivo en el cual el hombre se lo juega
todo. Pero también un futuro, que es lo más importante. El tiempo se convierte
así en una tensión humana constante hacia el porvenir.
La gran novedad cristiana frente a la filosofía
tradicional de cuño grecorromano consistió en la implantación de un modo humano
de vivir inspirado en principios nuevos hasta entonces desconocidos por los
filósofos. Recordemos algunos de ellos. Con la irrupción directa de Cristo
sobre los asuntos humanos se aclaró de una vez por todas la concepción de Dios
como persona y distinto del mundo. Dios es presentado ahora como Creador y no
como fruto sublime de la naturaleza y sometido a ella. Como consecuencia de
esta novedad se vino abajo la estatolatría o concepción mítica del Estado como
intérprete y árbitro supremo de la vida, muerte y educación de los ciudadanos. Con
Cristo tanto la naturaleza como el Estado quedan subordinados al Creador como
ideal supremo de vida y juez de todo comportamiento humano público y privado.
La dignidad del hombre no se mide por su dependencia del Estado sino por ser
“imagen de Dios” y afín a Él por la capacidad de inteligir, razonar y amar.
Con el advenimiento del cristianismo se vino también
abajo la tesis helénica de la eternidad del mundo que derivaba en fatalidad.
Dios deja también de ser entendido como una entelequia mental y es considerado
como un padre y amigo entrañable del hombre. Se introdujo además el verdadero
concepto de historia. Desde la clásica concepción cíclica del tiempo resultaba
muy difícil la comprensión adecuada del progreso humano. Se suponía que el
hombre no cambia realmente nada las cosas siendo el hombre mismo poco más que
una pieza del engranaje cósmico. Todo acontece de forma inexorable y ninguna
intervención humana podría cambiar un ápice en la naturaleza. El sólo
intentarlo por parte del hombre resultaría poco menos que un riesgo suicida.
Rigurosamente hablando, con el cristianismo se perfiló el
verdadero concepto de filosofía de la historia al consolidarse el individuo
humano como el presupuesto básico referencial previo a lo social. El tiempo se
presenta como algo estructurado en base al presente, pasado y por venir a
partir del hecho de la creación del mundo y el proyecto de redención humana. Es
así como individual y socialmente el hombre aparece estrechamente relacionado
con su propia historia. Al contrario de lo que ocurría desde la concepción
rotativa del tiempo, el individuo humano no puede quedar indiferente ante la
historia ni el conocimiento del porvenir determina fatalmente las diversas
opciones de la libertad humana ni su repercusión en el feliz o desgraciado
desenlace final.
La cosmovisión cristiana sustituyó: El dogma helénico de
la eternidad del mundo por el de la creación; el cosmo-centrismo por el
Cristo-centrismo; la despiadada estatolatría por la democracia leal a la
voluntad de Dios; la concepción rotativa y fatalista del acontecer humano por
la horizontalidad histórica como preanuncio de la futura resurrección; la
omnipotencia de los dirigentes políticos por la omnipotencia de Dios como
persona y Señor de la vida y de la muerte; el socialismo totalitario por el
personalismo social en el que el amor compensa los defectos de la justicia; el
amor-sexo por el amor humano en el que la sexualidad es desmitificada y dignificada;
el desencanto y la desesperación frente al dolor humano por la esperanza en la
muerte y resurrección de Cristo; la valoración de la vida humana como propiedad
del Estado por su valoración como criatura e imagen de Dios y derecho humano
fundamental sin cuyo respeto en todas las etapas de su desarrollo resulta
absurdo hablar de derechos humanos.
El proceso de concienciación cultural todos estos
aspectos fue lento, progresivo y con frecuencia violento. Los cristianos de la
primera hora se preocuparon exclusivamente de hacer saber a sus contemporáneos
que Cristo había resucitado de entre los muertos sin el menor interés por las
especulaciones filosóficas. Su única filosofía consistió en conformar sus vidas
a los dichos y hechos de Cristo introduciendo en la conciencia de la humanidad
la esperanza en la futura resurrección. Pero pronto el movimiento cristiano se
vio acosado por el frente intelectual
neoplatónico y los cristianos se vieron obligados a empuñar las mismas armas
intelectuales de sus opositores con el fin de justificar su existencia en una
sociedad en principio hostil a los cánones cristianos de conducta práctica.
Con el paso del tiempo el asunto cristiano dejó de ser
una cuestión interna de las comunidades judías alcanzando proporciones
alarmantes para la intelectualidad clásica, herida ya de muerte. El
cristianismo terminó convirtiéndose en la gran novedad de los tiempos
fascinando a los espíritus más lúcidos. Desde el campo intelectual se intentó
sofocar el movimiento cristiano con la renovación del neoplatonismo adaptado a
los nuevos tiempos. Como respuesta política tuvieron lugar las famosas persecuciones.
Por último, los pensadores cristianos más importantes terminaron adoptando los
esquemas mentales de la filosofía clásica dotándoles de los contenidos nuevos
aportados por la cosmovisión cristiana. Fue una operación delicada y arriesgada
ya que se trataba de decir al mundo cosas distintas sirviéndose de los mismos
esquemas mentales ligeramente retocados. Se magnificó así el fascinante
problema de las relaciones entre la fe religiosa y el uso de la razón. Como
hemos visto, el problema había surgido ya por relación a la fe judaica. Pero
ahora se magnifica y se transmite de generación en generación hasta nuestros
días en el seno de la civilización cristiana asumiendo el mismo planteamiento
posterior en relación con el Islam. Del conflicto entre el uso de la razón
filosófica con las creencias religiosas de las tres grandes religiones
monoteístas surgió la necesidad de aprender también a hacer uso de la razón
teológica. El problema se agudizó con el tiempo hasta nuestros días en que,
siendo esencialmente el mismo, ha cambiado de rostro y se ha agravado con
nuevas dificultades derivadas del progreso de la razón científica.
6) Agustín de Hipona y el
uso selectivo de la razón filosófica
S.
Agustín (Aurelio Agustín) nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354 y
murió el 28 de agosto del 430. Tagaste se llama actualmente Souk-Ahras, en
Argelia, y por aquellas calendas pertenecía a la provincia romana llamada
Numidia Proconsular. S. Agustín ha sido siempre paño de lágrimas de espíritus
atormentados. Según él, el uso de la razón filosófica en la explicación de la
fe cristiana es necesario pero con criterio selectivo de los filósofos. De esta
operación racional agustiniana me he ocupado ampliamente en la obra Introducción a la Filosofía de S. Agustín
(Madrid 1984).
El Hiponense se apuntó al uso platónico de la razón pero
ni copia las ideas platónicas más
originales ni dea de poner crudamente de manifiesto sus defectos. El platonismo,
no obstante, le ofrece más posibilidades
de diálogo con la razón teológica cristiana que el resto de los filósofos. Eso
es todo. Por lo tanto, ni se puede exagerar su predilección platónica ni
subestimar su apertura a todas las corrientes de pensamiento que ofrezcan garantías
de diálogo. Por algún tiempo creyó que la elevación del pensamiento platónico
sobre Dios y el mundo del espíritu tendría una explicación en presuntos
contactos de Platón con la Biblia. Escribe textualmente: «Maravíllense algunos
que están en comunión con la gracia de Cristo con nosotros al oír o leer que
Platón sintió de Dios estas cosas que ven concuerdan en mucho con la verdad de
nuestra religión. Basados en esto, algunos han pensado que cuando viajó a
Egipto oyó al profeta Jeremías o que
leyó en sus viajes las Escrituras proféticas. A decir verdad, también yo
inserté esta opinión en alguna de mis obras. Pero, controlada con diligencia la
cronología, que se contiene en la Historia crónica, llegué a la
conclusión de que desde el tiempo en que profetizó Jeremías hasta el nacimiento
de Platón mediaron cerca de cien años. Este vivió ochenta y un años, y desde su
muerte hasta el tiempo en que Tolomeo, rey de Egipto, pidió a Judea las Escrituras
proféticas de los hebreos y por medio de setenta varones hebreos, versados
también en la lengua griega, cuidó de traducidas y tenerlas, pasaron casi otros
sesenta años. Por tanto, en aquel viaje Platón ni pudo ver a Jeremías, muerto
tanto tiempo antes, ni leer las escrituras, que aún no habían sido traducidas
al griego, lengua que él sabía».
Es obvio que a S. Agustín no le convencía personalmente
la teoría “del robo de los filósofos” aunque tampoco excluyese totalmente la
posibilidad de alguna influencia de la Biblia sobre Platón. La tesis del “robo
de los filósofos” fue una estrategia de Filón de Alejandría para decirles a los
filósofos griegos que los judíos no tenían nada que aprender de ellos. Actitud
imitada después por los primeros intelectuales cristianos. Aquí se ve hasta qué
punto la filosofía platónica es aceptada por S. Agustín como instrumento
extrínseco al servicio de la revelación cristiana sin que ello sea obstáculo
para dialogar con cualquiera otro sistema filosófico razonable. El mismo S.
Agustín contribuyó positivamente al desarrollo ulterior de la razón filosófica
occidental. De hecho, hasta la llegada de Tomás de Aquino en el siglo XIII, el
Hiponense fue el referente obligado de los teólogos cristianos occidentales en
el uso de la razón filosófica y teológica bajo el eslogan: “para entender primero hay que creer”.
7) ¿La razón filosófica o el Corán?
El Corán es el
Libro de los musulmanes como la Biblia lo es de los judíos. Literalmente
significa lectura o recitación y fue presentado por Mahoma como
palabra de Dios. Es un sincretismo de creencias religiosas judías y cristianas
hábilmente transformado en un instrumento de unificación política y religiosa
de las antiguas tribus árabes. Las creencias cristianas asumidas en el Corán corresponden
a tradiciones apócrifas y deformadas conocidas por Mahoma probablemente durante
sus viajes comerciales. El islam asumió aspectos adulterados del cristianismo y
recibió el impacto de la filosofía griega a través de las traducciones e
incluso del mazdeísmo y el maniqueísmo. S. Juan Damasceno consideró al Islam
como una herejía o desviación cristiana. Lo cual es comprensible si tenemos en
cuenta que hubo monjes y cristianos sirios que abrazaron la fe islámica y de
este maridaje religioso nació la teología de El Kalám. La polémica entre los
teólogos sobre la interpretación del Corán les llevó a todos a servirse de la
filosofía para defender sus respectivas posiciones. El Kalam se convirtió así
en un semillero de sectas y fanatismo religioso al tiempo que la filosofía
griega, sobre todo platónica y aristotélica, se revitalizó como instrumento
intelectual al servicio de la fe islámica. Hagamos un pequeño recordatorio de algunos
personajes significativos.
AL-KINDI (800-872). Ha sido considerado como la primera figura histórica
de la filosofía musulmana. Sus contemporáneos le llamaron “el filósofo de los
árabes” y se dice que el Califa Al-hamán le encargó la traducción de las obras
de Aristóteles y otros filósofos griegos. Su trabajo consistió en acomodar los
conceptos aristotélicos a la fe musulmana. Pensaba que Aristóteles coincidía en
muchas cosas con el Corán por lo que era muy útil para explicarlo e
interpretarlo. Enriqueció al Estagirita introduciendo los conceptos de creación
y de providencia divina desconocidos en la filosofía griega.
ALFARABI (870-950). Fue famoso como filósofo
peripatético, matemático y médico. Se relacionó mucho con los cristianos de su
tiempo y fue considerado por sus contemporáneos como el segundo maestro después
de Aristóteles. Se dice que fue muy religioso y adicto al sufismo. El sufismo
era una secta coránica filosóficamente neoplatónica y mística con influencias
budistas. Los sufistas, a imitación de los cristianos, crearon monasterios
islámicos y se consideraron llamados a islamizar toda África. La sumisión de la
filosofía como expresión genuina del uso de la razón le llevó a sostener cosas
tan pintorescas como la teoría del entendimiento agente separado
identificándolo con el Ángel Gabriel como presunto revelador a Mahoma del
Corán.
En esta línea se posicionó Avicena (980-1037). Cordobés
de nacimiento, sufrió persecución política, cárcel y destierro. Por fin
abandonó la política para dedicarse a la teología. Su posición frente a la
filosofía fue la de coordinar y compatibilizar el uso de la razón con la fe
islámica. La secta de los alfaquíes rechazaba de plano la filosofía para asumir
literalmente las enseñanzas del Corán. Otros, en cambio, sobreestimaban tanto
la filosofía y las ciencias humanas que terminaban menospreciando la fe. Frente
a los primeros Ibn Hazm (994-1063)
reconoció la utilidad de los conocimientos racionales y de la filosofía. Pero
siempre y cuando se reconozca la prioridad de la revelación coránica, la cual
pude salvar a los hombres sin necesidad de ser razonada.
IBN-AL-SID (1052-1127). Nacido en Badajoz y muerto en
Valencia, tampoco la vida le fue fácil. Según él, la fe en las verdades del
Corán y la razón filosófica son dos formas de conocimiento de suyo
complementarias. Por la filosofía conocemos la verdad de las cosas de forma
demostrativa y por la fe de forma persuasiva. Esta segunda forma de
conocimiento corresponde a la fantasía y es la revelación del Corán. Pero ambos
conocimientos tienen como objetivo común la verdad. De ahí, que el conflicto entre
el Corán y las tesis filosóficas sobre la existencia de Dios y otras cuestiones
sea, según él, más aparente que real ya que en el fondo la verdad es una.
ALGAZEL (1058-1111). Atravesó una crisis muy fuerte de
escepticismo llegando a dudar de la razón, de la revelación y hasta de las
cosas más obvias. Crisis que fue superada, según él, gracias a una revelación
divina por lo que se puso a estudiar a fondo la filosofía y las sectas
religiosas del Islam. Pero el estudio del aristotelismo y las especulaciones
teológicas de El Kalam produjeron en él un profundo desengaño. Como
consecuencia de ello abandonó la confianza en la razón y se refugió en la fe en
Dios y en los profetas por razones meramente sentimentales. La salvación,
pensaba, no viene de la razón sino de la fe y la contemplación de Dios mediante
las virtudes. Escribió dos obras contra la filosofía y los filósofos. Algazel
reventó el desarrollo de la filosofía en el Oriente musulmán oponiéndose a los
intentos de Alfarabí y Avicena de armonizar en un sistema orgánico la filosofía
con las enseñanzas del Corán. El fideísmo se impuso así de forma brutal al uso
de la razón. No es que anule el valor de la razón, pero quiere que se someta
servilmente a la fe poniendo la revelación coránica por encima de las
especulaciones de los filósofos.
AVERROES (1126-1198). Es otro cordobés ilustre por su
talento científico, teológico y filosófico en la línea de Aristóteles. Fueron
condenados él y su obra pero tuvo suerte llegando a los setenta y dos años de
edad, que para aquellos tiempos eran muchos años de vida. Murió desterrado en
Marruecos pero sus restos volvieron gloriosamente a Córdoba. Abenarabi, que
asistió al entierro, cuenta que el cadáver de Averroes iba colocado a un lado
de la mula y al otro colocaron sus libros haciendo contrapeso. Averroes fue un
aristotélico convencido frente a la posición irracional de Algazel contra la
filosofía por lo que se le ha acusado injustamente de ateísmo e impiedad.
Pensaba, contra Algazel, que la filosofía no tiene nada en contra del Corán.
Filosofía y religión islámica buscan la verdad por caminos distintos. La
filosofía estudia en la realidad de la existencia los indicios que conducen al
conocimiento de Dios como hacedor del mundo y la revelación del Corán enseña la
práctica de la verdad que consiste en la ejecución de los actos que conducen a
la felicidad y evitan la desgracia en la vida futura.
La filosofía no puede contradecir a la revelación divina
ya que la verdad no puede contradecir a la verdad. Pero a veces parece que hay
conflicto entre la filosofía y la religión. Cuando tal ocurre, opinaba
Averroes, se ha de pensar que la revelación no habla del asunto en conflicto o
bien que la revelación está allí contenida implícitamente. Es obvio que en el
primer caso el conflicto es sólo aparente. No existe contradicción entre la
revelación y la razón ya que la revelación está fuera de juego. En el segundo
caso habrá que examinar detenidamente el texto revelado. Si, no obstante,
persiste la contradicción, el texto revelado deberá ser interpretado
alegóricamente según los cánones o reglas de la lengua árabe. Lo que el
filósofo cordobés quiere dejar en claro es su convicción de que, de suyo, no
puede haber contradicción entre la verdad filosófica y la presuntamente
revelada en el Corán. Se trata simplemente de niveles diversos de intelección:
vulgar, fiel, teológico y filosófico. De donde se infiere que no es correcto
atribuir a Averroes la paternidad de la teoría de la doble verdad, como si una
afirmación pudiera ser totalmente verdadera desde el punto de vista de la razón
y al mismo tiempo y en el mismo sentido falsa desde el punto de vista de la
revelación. Y viceversa. Digamos para terminar que el impacto de la filosofía
fue imparable en el ámbito judío y árabe, pero siempre bajo el sometimiento del
uso de la razón a los sentimientos, creencias y tradiciones básicas de la
Biblia judía y del Corán. Dicho lo cual cabe añadir que el cristianismo terminó
convirtiéndose después en el crisol cultural de Occidente de la tradición griega,
judía y árabe en base al Nuevo Testamento y la denominada tradición patrística.
La operación fue larga, difícil y a veces dolorosa como consta por la
fascinante y desconcertante historia de la cultura occidental desde la irrupción
del cristianismo en la historia.
4. Alberto Magno y el uso de la razón científica
Alberto Magno (1206-1280) nació en Baviera y estudió desde muy pronto en París donde pidió ingresar
en la Orden dominicana de reciente fundación por Domingo de Guzmán. Inició su
carrera docente en Colonia. Después enseño en Hildessein, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y París donde encontró el
material cultural y al hombre, Tomás de Aquino, que construirá después el
edificio intelectual más bello de la cristiandad.
Por aquellas calendas del siglo XIII el estudio en las
recién creadas universidades estaba centrado en la Biblia y los Padres de la
Iglesia al estilo tradicional con Agustín de Hipona de fondo y las reservas
impuestas respecto de Aristóteles y las influencias árabes. Pero en 1259 tuvo
lugar el Capítulo dominicano de Valenciennes al cual asistieron Alberto Magno,
Tomás de Aquino y Pedro de Tarantasia (futuro Inocencio IV), los cuales sacaron
adelante la siguiente ordenación: “Quod ordinetur in provinciis, quae
indiguerint, aliquod studium artium, vel aliqua, ubi iuvenes instruantur”. Lo
sustancial de esta histórica ordenación es que se ordena la creación de centros
en los que los jóvenes aspirantes a la Orden dominicana se formen en el estudio
de las artes. O sea, de la filosofía y de todo lo que el estudio de la
filosofía lleva consigo. En consecuencia, en Alemania se crearon centros para
el estudio específico de las ciencias naturales y en este proyecto la
intervención de Alberto Magno fue decisiva hasta el extremo de presentar la
dimisión como Obispo de Ratisbona para dedicarse por completo a la vida
académica y la investigación.
Históricamente Alberto Magno representa uno de los
pilares del pensamiento occidental. Roger Bacon, a quien tanto molestaba que se
alabara a nadie, reconoció que jamás hombre alguno había gozado en vida de
tanta autoridad intelectual como Alberto Magno. De hecho, fue citado
explícitamente en vida por sus contemporáneos, cosa realmente insólita en
aquellos tiempos. Intelectualmente su propósito era claro. “Physica,
metaphysica et matemática, intentio nostra est omnes praedictas partes facere
latinis intelligibiles”. O sea, latinizar toda la cultura representada por la
física, la metafísica y las matemáticas. Con Alberto la física, las ciencias naturales y la razón
aristotélica entraron por la puerta grande de los programas de estudio
dominicanos de su tiempo. Y todo ello a pesar de las persistentes condenas del
pensamiento aristotélico que tuvieron lugar en París. La autoridad intelectual
de Alberto Magno era tal que esas condenas no iban con él. Tenía claro que en
la búsqueda de la verdad hay que dejar abiertas las puertas a los grandes
pensadores, ya sea Aristóteles, Platón o cualquiera otro con el que nos encontremos
durante esa búsqueda. Alberto defendió sin miedo la autonomía de la razón
filosófica y de todo el saber humano sin menoscabo de la autonomía de la razón
teológica. Para acertar en esta delicada cuestión hay que precisar el método,
el objeto propio y finalidad de los diversos ámbitos del saber humano.
Uno de los rasgos más genuinos de la personalidad
intelectual de Alberto Magno fue la promoción que hizo del estudio de las
ciencias naturales en la medida que lo permitían las circunstancias de su
tiempo. Erns Meyer ha llegado a decir que durante casi mil años Alberto el
Grande fue el único representante de la botánica auténticamente científica.
Igualmente Franz Strunck ha dicho que los conocimientos botánicos de Alberto
Magno rayan en lo prodigioso. No estudia la naturaleza, como era lo corriente,
para encontrar alegorías literarias y místicas, sino para hacer ciencia en el
sentido más riguroso de la palabra, proclamando a la experimentación como el
único método científicamente válido para el estudio de la botánica, de la
zoología y mineralogía. Quien en sus investigaciones sobre la naturaleza,
decía, se olvida del movimiento y de los datos sensibles, se expone a engañarse
a sí mismo y decepcionar a los demás. Toda conclusión que contradiga a los
sentidos en el estudio de las ciencias naturales corre el riesgo de ser
inadmisible.
Ahora bien, tanto la experimentación como la verificación
requieren mucho tiempo y paciencia. Es necesario repetir los experimentos
muchas veces y en diversas circunstancias para llegar a conclusiones
científicamente aceptables. Alberto Magno realizó cálculos sobre el diámetro de
la tierra y otras cuestiones interesantes. Sus logros en este campo no son
relevantes. Es todavía el siglo XIII. Se ha pensado también que su preocupación
por los asuntos de las ciencias físicas y naturales influyó en los
protagonistas del descubrimiento de América. H. J. Stadler, editor de sus
escritos sobre zoología, no dudó en escribir que “si hubiera continuado el desarrollo de las Ciencias de la Naturaleza
por el camino emprendido por san Alberto, se les hubiera ahorrado un rodeo de
tres siglos.” Alberto se propuso hacer
inteligibles a los latinos todas las partes de la filosofía aristotélica
así como la ciencia árabe y judía. A él le debemos, según Gilson, la distinción
definitiva entre la razón filosófica y la razón teológica como etapas de
plenitud del conocimiento humano y no como enemigos irreconciliables. Para ello
tuvo que luchar contra aquellos que querían negar todo espacio a la razón científica
y filosófica para quedarse exclusivamente con la razón bíblica. A ellos se
refiere Alberto cuando dice: “Hay
ignorantes que quieren combatir por todos los medios el empleo de la Filosofía,
y sobre todo entre los predicadores, donde nadie les resiste, bestias brutas
que blasfeman lo que ignoran.” Nos encontramos ante una vocación
científica de pura raza y la afirmación contundente de la autonomía y
complementariedad de la razón científica, filosófica y teológica al mismo
tiempo. Por este solo hecho se comprende que fuera respetado por sus contemporáneos,
citado en vida y acreedor del título de Alberto el Grande.
Con esta mentalidad realista se empeñó a fondo en la
tutoría y formación intelectual de su mejor alumno, Tomás de Aquino, al que confió como heredad todo su
saber enciclopédico. Primero le tuvo como alumno en París. Luego se lo llevó
consigo a Colonia teniéndole siempre a su lado en la composición de un plan de
estudios pionero para los frailes de su Orden. El joven Tomás de Aquino debutó
como profesor en el primer Estudio dominicano de Colonia. Ya anciano y
jubilado, Alberto estaba muy preocupado por la suerte de su alumno Tomás en
París. Cuando supo de que el obispo Tempier había puesto en entredicho algunas
enseñanzas de Tomás, Alberto, su maestro, se creyó en el deber de hacer un
viaje casi heroico a Paris para defender con su autoridad a su discípulo
predilecto.
Esta estampa de afecto fue descrita de forma
impactante por Hugo de Lucca. La impresión que causó la llegada a París de este
anciano maestro y obispo dimisionario para defender moralmente a Tomás de
Aquino fue grande. De vuelta en Colonia revisó por orden los escritos de Tomás
y como resultado de esta revisión celebró una reunión solemne con sus
compañeros dominicos para convencerlos de que en los escrito de Tomás no había
nada que condenar o poner bajo sospecha. Alberto murió poco después de haber
cumplido con esta misión histórica. Probablemente fue la factura que hubo de
pagar por aquel arriesgado viaje sin precedentes. No es exagerado decir que lo
mejor de la obra intelectual de Alberto el Grande consistió en crear conciencia
sobre la razón científica en el sentido moderno de la palabra y sobre la razón
filosófica y teológica como etapas complementarias de acceso racional a la
verdad universal fijando los objetos propios y los fines específicos del uso de
la razón. La realización más cumplida de este noble proyecto fue el propio
Tomás de Aquino con el que se produce un antes y un después histórico en el
arte de usar la razón en su plenitud. Con Alberto Magno se impone la conciencia
de la razón científica como elemento indispensable para el uso más cualificado
posible de la razón filosófica y teológica.
5. Tomás de Aquino y el uso de la razón en su plenitud
1) Rasgos de su personalidad intelectual
El impresionante currículo intelectual de Tomás de Aquino
(1225-1274) es universalmente conocido pero me interesa destacar aquí algunos
datos singulares relacionados con el tema que nos ocupa sobre el uso de la
razón teológica. Muchos intelectuales de París y autoridades locales se
propusieron cerrarle todas las puertas académicas hasta el punto de que sólo
por expresa intervención papal tuvo acceso a la cátedra. Y paradójicamente
saltándose los reglamentos académicos en vigor que regulaban la edad de acceso
a las cátedras. Durante las desgarradoras polémicas de su tiempo y frente a los
violentos ataques contra su persona jamás perdió su paz personal. Ni siquiera
cuando los salvajes estudiantes parisinos, instigados por el maligno bedel de
la Facultad, irrumpían en su aula sembrando el desorden y boicotear su
docencia. Detestaba los procedimientos demagógicos y no soportaba que los
problemas más delicados y oscuros fuesen discutidos irresponsablemente ante la
masa de los ignorantes con intenciones bastardas. A esos demagogos invitó más
de una vez a discutir personalmente con él en lugar de instrumentalizar la
inexperiencia juvenil. Tampoco comulgaba con la insolencia de algunos teólogos
que parecían arrogarse el monopolio de la verdad.
Cuando algunos protestantes lúcidos se cansaron de oír el
socarrón y burlesco capítulo “de doctoribus scholasticis”, dirigieron su
atención hacia Tomás de Aquino y el encuentro fue sorprendente. Leibniz, por
ejemplo, admiró sin reservas la solidez de su doctrina. Buddeo
destacó la grandeza de su genio. Wolf no vaciló en reconocer la penetración
de su talento. Brucker quedó pasmado ante el espíritu rigurosamente científico
del Aquinate, la justeza de sus juicios y hasta su erudición. S.
Alberto el Grande le había llamado con cariño de preceptor “la flor y honra del
mundo y el hombre más sabio que dieron a luz los tiempos”,
Ha sido un protestante, Neander, quien condecoró a Tomás
de Aquino con el birrete de doctor de los siglos mientras Leanderer
celebra la profundidad y precisión del pensamiento tomasiano así como su feliz
solución al delicado y viejo problema de las relaciones entre la fe divina y
la razón humana. Para Lecaultre el Aquinate es el teólogo por antonomasia del
catolicismo y el representante genuino de toda su ciencia. El mismo Harnak
queda asombrado ante la fuerza mental hercúlea desplegada en la obra
tomista, mientras C. R. S. Harris reconoce en Tomás de Aquino un poder de
síntesis sin par, un dominio prodigioso del detalle y una facultad para la
presentación lúcida de los problemas que ningún otro pensador medieval podía
igualar.
Por último permítaseme aún citar unas palabras textuales
de Rodolfo Ihering tomadas de la segunda edición de su ensayo Der Zweck im
Recht: “Yo me pregunto con asombro –dice- cómo es posible que tales ideas
una vez expresadas (por Tomás) hayan podido ser tan completamente olvidadas por
nuestra ciencia protestante. ¡Qué desviaciones no hubiera ésta evitado, si las
hubiese recordado!. Por mi parte yo nunca hubiera tal vez escrito mi libro, si
las hubiera conocido, ya que las ideas fundamentales que he tratado, se hallan
explicadas con perfecta claridad y en fórmulas extraordinariamente expresivas
en este poderoso pensador;”. Los comentarios elogiosos sobre Tomás de Aquino
equivalen a un canto al uso de la razón sin precedentes por encima de las
comprensibles limitaciones que eventualmente puedan hallarse en sus sistema de
pensamiento.
Tomás de Aquino no es un mero profesional de la teología
sino un profeso de la verdad. El uso
de la razón teológica en la investigación no consiste para él en una mera ocupación sino en una dedicación
de por vida a la búsqueda de la verdad. Dedicación intelectual que consiste en
conformar las facultades cognoscitivas a la realidad y ofrecer lo que así se
nos muestra a la consideración de los demás. El verdadero filósofo y teólogo se
dedica a hacer que la realidad configure nuestras mentes y esa adecuación
es lo que constituye la esencia de toda verdad. Ahora bien, vivir
intelectivamente, según esta configuración, es en lo que constituye la
profesión filosófica y teológica. El auténtico filósofo y teólogo al modo de
Tomás de Aquino es un profeso de la
verdad.
Y no es cuestión de ocuparse de la verdad como quien se
entretiene con ella. El buscar la verdad no es una forma de ocupar el tiempo. O
una mera ocupación laboral para conseguir un sueldo. Quienes así usan la razón no
son profesos de la verdad sino trabajadores que se ganan la vida transmitiendo
cultura en las aulas, o como escritores de oficio o traductores de libros.
Estos poseen verdades, ciertamente, pero a trozos y como poseedores de algo que
les es ajeno. Por el contrario, el que se dedica a la búsqueda de la verdad
conformando su mente y su vida a la realidad no posee verdades sino que está poseído
por ellas. En la investigación filosófica y teológica de la verdad vamos de la
mano de la realidad y nos sentimos arrastrados por ella de forma natural y sin
prejuicios. Tomás de Aquino no es un ideólogo que maneja y juega con las ideas
con fines ajenos a la verdad misma sino que, una vez hallada la verdad, se
entrega gozoso a ella. La búsqueda permanente de la verdad para entregarse a
ella con todas las consecuencias constituye unos de los rasgos esenciales de la
personalidad intelectual de Tomás de Aquino.
El intelectual tomista carga sobre sus espaldas con la
gravosa responsabilidad de enseñar a los incipientes, orientar a los sabios y
exponer siempre la verdad de acuerdo con el método propio de cada ciencia. En
la exposición va incluida la crítica del método y del contenido docente. Habrá
que eliminar aquellas cuestiones cuyo valor es sólo momentáneo y efímero, para
atenerse, no a los convencionalismos de disputas programadas para
entretenimiento de bohemios aburridos, al servicio de demagogos militantes o de
las circunstancias emocionales producidas por este o aquel libro publicitaria y
comercialmente importante, sino a los postulados naturales de la
inteligencia y de la esencia misma de las cosas sobre las que se investiga.
La investigación científica, dice textualmente Santo
Tomás, “no consiste en saber lo que los hombres opinan, sino en averiguar lo
que realmente son las cosas”, lo cual es tanto más admirable cuanto que la
consideración dialogada con el parecer de los demás es un aspecto esencial del
método tomista (De coelo et mundo, lect. 22; 11 Ethi., lect. 11).
Pero el fallo final de una auténtica investigación racional tomista no depende
del mayor o menor número de opiniones o pareceres estadísticamente
registrados, sino del peso de las razones halladas. La verdad no es
patrimonio de ninguna clase social, cultura o época histórica, sino de la razón.
La verdad a la que el hombre puede tener acceso no puede ser otra cosa que racional,
es decir, buscada y encontrada con la razón y traducida en razones intrínsecas
y sapienciales. Del rango y categoría de esas razones depende la valía de cada
ciencia particular. El método tomista, además, incorpora el diálogo
científico en el cual se investiga siempre teniendo en cuenta todas las
adquisiciones y puntos de vista posibles en torno al problema en cuestión, sin
menoscabo de la lealtad a la verdad objetiva en sí misma y a la
posibilidad radical de la inteligencia para alcanzarla. El resultado final es
el logro de visiones integrales y sapienciales de las cosas y de
la vida, de suerte que el espíritu, que al principio se afanaba
dialécticamente en la búsqueda, quede al fin plenamente saciado al tiempo que
surgen nuevos “campos científicos” intelectualmente roturables. El término de una
investigación es siempre el comienzo de
otra nueva.
Los hallazgos que se van obteniendo jamás turban el
espíritu. Al contrario, le alientan y estimulan, fortalecen y fecundan
capacitándole progresivamente para nuevos descubrimientos sin riesgo de
trastornar el orden natural de los valores. Una buena investigación tomista es
como una inseminación constante de la inteligencia. Para Tomás de Aquino la
razón tiene el noble quehacer de interpretar autónoma y libremente las
ciencias experimentales y racionales a un nivel de la conciencia humana en el
que hasta los postulados de la divina revelación devienen razonables y
humanamente necesarios. En el contexto de esta visión sapiencial todos los
órdenes del saber fraternizan admirablemente y son reducidos a la unidad. Nada
más anti-tomista que la anarquía en el reino del saber. Pero todo esto requiere
un adiestramiento peculiar de la inteligencia. Adiestramiento que, para el
Aquinate, implica de modo muy especial la capacidad psíquica de reflexionar
analogando. La capacidad de
abstraer primero, y de analogar después, es el presupuesto
indispensable para una sana reflexión filosófica y teológica. De hecho, cuando
un sujeto es incapaz de universalizar, lo más probable es que sus facultades
han tropezado con algún escollo neurológico o emotivo. Pero no basta
universalizar. Para Tomás de Aquino, de acuerdo con la más sana psicología
experimental, es preciso que la inteligencia prosiga en su evolución endógena
hasta ser capaz de ANALOGAR, pues no basta conocer la razón de ser de las cosas
en abstracto sino que es preciso captarla después existenciada, es decir, realizada en el tiempo, en el espacio
vital y en medidas ontológicamente proporcionales.
Otro rasgo característico de la educación tomista de la
inteligencia es el desinterés y audacia con que Tomás de Aquino
busca la verdad. A ese desinterés, como rasgo sublime del amor, hay que
añadir su confianza inquebrantable en los insospechados poderes de la
inteligencia humana y en Dios. El escepticismo o la indiferencia ante estas realidades,
en sano tomismo no es una postura intelectual prudente, como pudieran pensar
algunos, sino una señal inequívoca de subdesarrollo intelectual, si no de mala
voluntad. La verdad, sea ella cual fuere, jamás debe ser temida y se la ha de
buscar con amor aplicando las técnicas más adecuadas a la inteligencia y a la
naturaleza de las cosas en un “campo” objetivo liberado de las posibles
falsificaciones provenientes de los condicionamientos subjetivos de la persona
que investiga. De ahí que Tomás de Aquino continúe siendo, a despecho del tiempo,
el representante más genuino del rigor científico y del progreso en la esfera
de la reflexión humana. Ese rigor es patente en la arquitectura misma de todas
sus obras, pero de modo especial en el articulus de la Suma Teológica,
como modelo acabado de una auténtica investigación científica dialogada. Tomás
de Aquino fue además humilde y consciente de la revolución intelectual y
pedagógica que su obra habría de representar. Para comprender todo el alcance
de esta afirmación basta leer con
sentido crítico y contextualización histórica el breve y carismático prólogo a
la Suma Teológica.
2) El valor de la
materia y terapia intelectual contra el materialismo
La materia es el componente de los cuerpos físicos
visibles y palpables. Propiedades de la materia son la extensión, inercia y
gravitación. La materia se puede tocar, medir, pesar y cuantificar. Entre los
elementos constitutivos de la materia cabe destacar las partículas elementales
denominadas electrones, protones y neutrones. Materia es toda sustancia
corpórea opuesta al espíritu, que no es ni visible ni palpable. En la filosofía
aristotélica la materia es una de las cuatros causas o factores constitutivos
sustanciales e internos de una realidad completa. Se dice así que para conocer
plenamente una cosa es preciso descubrir sus cuatro causas: eficiente y final
(externas), material y formal (internas). En la antigüedad se llamaba materialistas a aquellos filósofos que
se ocuparon preferentemente del estudio de la materia al estilo de los
atomistas como Demócrito o los epicúreos pero sin negar necesariamente la
existencia de otros aspectos de la realidad. Su fallo consistió en
preocuparse de la materia como si sólo
interesara la dimensión física de las cosas.
El materialismo científico moderno tiene dos vertientes
muy destacables. Una, la que se deriva de la llamada “razón científica”, según
la cual en el conocimiento científico (matemático) de la materia estaría la
clave del progreso y del futuro de la humanidad. Los científicos que así
piensan están tan ocupados en desentrañar científicamente la materia que no
tienen tiempo para pensar en otra cosa. Trabajan y capitalizan sus éxitos al
margen de cualquier reflexión filosófica o teológica. Tal es el caso del
materialismo de muchos científicos actuales en el campo de la genética y de la
bioética. Otra, la de aquellos que presentan el materialismo como una filosofía
de la vida tratando de explicarlo todo, incluso los acontecimientos más
alejados de la materia como si todo fuera sustancialmente materia o reductible
a la materia bruta. El caso históricamente más escandaloso lo hemos tenido en
el materialismo dialéctico marxista. El materialismo tiene muchos rostros.
Cuando en el lenguaje coloquial se dice de alguien que es muy materialista lo
que se quiere destacar es que sólo piensa en el dinero y en disfrutar de los
bienes de este mundo sin ninguna preocupación de tipo trascendente. Cuando
hablamos de enquistamiento intelectual en la materia como efecto de la
mentalidad “operacionista” nos referimos tanto al materialismo científico como
filosófico. En el primer caso se prescinde de todo lo que no sea material. En
el segundo el materialismo es presentado como una explicación metafísica de la
realidad universal.
Las consecuencias del “operacionismo” generalizado tienen
particular vigencia en la convencionalmente llamada Ciencia Moderna referida
a la física matemática, a la mecánica cuántica, a las teorías relativistas, y,
sobre todo, a la revolución que se está llevando a cabo en el terreno silencioso
de la bioquímica y de la biogenética. Todas estas aproximaciones a la realidad
han dado lugar a la llamada nueva filosofía científica, o más exactamente, Filosofía
de la Ciencia. Desde una óptica tomista, los felices logros alcanzados por
estas ciencias particulares en el dominio reducido de la materia, no son sorprendentes,
ya que nadie como Tomás de Aquino fue tan temerariamente generoso en reconocer
a la inteligencia humana poderes tan fabulosos como los implicados en su teoría
sobre la virtualidad instrumental de las causas segundas. Pero se tiene la
impresión de que, a fuerza de bucear en la materia el hombre se cosifica y
abraza a la materia como a una madre tiranamente tierna, precipitando así el
naufragio de los valores más trascendentes y específicamente humanos.
Para
justificar esta postura esencialmente intra-cósmica y cerrada a una metafísica
en la que la vida humana encontrase su verdadero sentido, los científicos
desconectan metódicamente la inteligencia del ser universal para
ocuparse única y exclusivamente en el control y manipulación de los elementos
microfísicos susceptibles de cuantificación. Aquí justamente, en el nivel de la
constitución misma de la materia, es donde se fragua el embrutecimiento
espiritual de muchos científicos y de cuantos ingenuamente son hipnotizados por
sus promesas. En los slogans publicitarios etiquetados con el
refrendo de la ciencia no se advierte a los consumistas de ilusiones que las
partículas elementales a las que físicamente se puede llegar mediante una
rigurosa disección de la materia no son otra cosa que una aproximación a la
realidad, o si se quiere, una mera expresión feliz de la misma. Detrás de esas
partículas no subsiste más que un conjunto de propiedades estructurales representadas
por un sistema de ecuaciones diferenciales dotadas de movimiento y localizadas
en un espacio diminuto. En realidad, esas partículas o cuantos energéticos,
físicamente no son más que conceptos intelectuales de estructura matemática.
Ahora
bien, y aquí está el nudo gordiano de los físicos, ¿cómo concebir el paso de
ese conjunto conceptual de estructura matemática a las modalidades
localizables, mensurables y perceptibles que constituyen el mundo de lo real?
Es evidente que entre las ondas matemáticas que figuran al final del
análisis o primeros substratos cuánticos, a partir de los cuales van a
elaborarse los electrones, protones, átomos y moléculas, y nuestro
conocimiento de lo real, media un abismo insuperable desde el punto de
vista estrictamente físico. Lo único que la física puede y debe hacer es poner
a disposición del metafísico esos datos de conocimiento como materia de
reflexión. De no aceptar esa generosa donación intelectual, el físico se obcecará
y se estrellará intelectualmente contra la materia cuántica, encerrándose en un
callejón sin salida para desembocar en un burdo y grosero materialismo
utilitarista y funcional.
Tomás de Aquino soslaya ese peligro partiendo de un
concepto de materia más amplio, capaz de abarcar todos los dominios de lo real
confiado a la ciencia. La materia tomista es ante todo un substrato susceptible
a todo tipo de transformaciones, comprendiendo tanto la energía cuántica, en
la que se resuelve toda materia física, como su dimensión rigurosamente
corpuscular. Para Tomás de Aquino ambas dimensiones de la materia no son otra
cosa que estados actuales, es decir, “formas” adoptadas por la materia
entendida en un sentido mucho más profundo como subyacente o soporte de
ambos estados, capaz de conferir su posibilidad de ser a cualquier
elemento corporal en no importa qué estado de mensurabilidad original. De
donde resulta que esos substratos intelectuales básicos en los que se resuelven
los últimos análisis de la disección física de la materia no expresan más que
un aspecto parcial de la materia tomista perceptible y adecuadamente
comprensible en el orden inteligible y abierta a toda forma posible generadora
de lo real.
Largo sería evidenciar aquí con todo rigor la
inconsistencia científica del materialismo, que en nombre de la ciencia
embrutece las conciencias de nuestros congéneres. Pero creo obligado recordar
otro aspecto importante ligado a este tipo de materialismo barato. Me refiero
al hecho de que, por increíble que parezca, la cacareada evolución que a tantas
conciencias ha turbado poniéndolas en conflicto científico con el Creador,
sometida a un riguroso análisis tomista se reduce a una sencilla prueba
positiva de aquello justamente que algunos pretendían negar: la creación del
mundo por un Ser personal, dueño absoluto de la vida y de la muerte. La
materia, pues, desde cualquier punto de vista que se la mire, o es una mera
ficción mental, o se reduce a un aspecto particular de lo real forzosamente
abierto a la realidad universal sin reservas, restricciones ni prejuicios. De
donde se infiere que el materialismo dialéctico, cebado en la sola materia
bruta cuantificable e interpretada a base de categorías exclusivamente
historio-dialécticas, es tan falso y humanamente peligroso como falto de fundamento
científico en la realidad.
En Tomás de Aquino flota por doquier la verdadera
dimensión ontológica de la persona humana como fuente racional de su dignidad,
del valor real de las relaciones interpersonales, del orden social, de la
justicia más humana y objetiva, de la prudencia como principio dinámico y
reconstituyente de una buena salud moral así como el verdadero sentido de la
naturaleza social del hombre. El olvido, además, de las estructuras ontológicas
tomistas de la persona humana ha dado lugar a la deshumanización del lenguaje,
convertido en estructuras puramente formalistas caprichosamente reducidas a
fórmulas asépticas matemáticas, desarraigadas de la vida y de los sentimientos.
Una vez desconsiderada la estructura primaria del individuo humano y reducido
el lenguaje a hipotéticos conjuntos algebraicos, sociológicos y culturales, se
cierran las puertas a la comunicación humana del pensamiento como comunión
vital inter-subjetiva y se da paso a la lucha despiadada de las
macro-estructuras sociales y culturales en cuya refriega la persona humana y
la vida de los más inocentes son siempre el inmolado chivo expiatorio.
En Tomás de
Aquino esta encarnizada e inútil pelea está curada en su propia raíz, ya que el
lenguaje no es interpretado como causa del conocimiento y de la sociedad sino
como fruto precioso y sazonado del humano pensar, expresión sublime de la vida
y estímulo constante de acción. Para Sto. Tomás la materia física es sólo un
aspecto o parcela de la realidad universal cuyo conocimiento debe estar abierto
siempre a la reflexión trascendente y no limitado al círculo exclusivo de lo
material. Esto, que parece obvio al sentido común, tiene una relevancia
particular en el sistema tomista. El conocimiento humano no puede quedarse en la
fase meramente descriptiva de la materia sino que tiene que ceder el paso a la
reflexión propiamente dicha sobre la misma. No basta “desguazar”
científicamente la materia. Es preciso interpretarla lo cual nos lleva de la
mano a la reflexión.
3) La razón teológica como plenitud del uso
de la razón
En Tomás de Aquino resulta incomprensible el divorcio
entre el asentimiento firme y seguro a la Palabra de Dios o dato
revelado y la búsqueda racional, la tensión intelectual y hasta una
saludable insatisfacción, alimentada por la misma certeza previa de la
fe, a la vista de lo que falta por conocer desde la tribuna de lo conocido. La
cerrazón de la mente es una postura tan incoherente con la fe como la
precipitación en un fideísmo angelical descarnado, pues en buen tomismo y en la
realidad la interrelación cuerpo y alma es sustantiva en la persona
humana como sujeto creyente. Cuanto más firme es el asentimiento previo
al dato revelado, más imperiosamente surge en la inteligencia la quaestio en
términos dilemáticos y urgentes. La fe no es una tranca para la razón, es una
espuela. La razón humana bien educada no puede negar la fe o debilitar el
asentimiento previo al dato revelado, sino que la traduce en términos humanos,
es decir, razonables, pedagógicos, científicos y, por extensión, culturales.
Pero esta fecundidad sólo puede explicarse a partir de lo que frecuentemente en
la teología contemporánea falta, la aceptación previa del misterio en
una comunión menos cultural y más mística con el propio objeto de esta
ciencia, que por definición no puede ser otro que Dios a través de su Mediador
Jesucristo.
Desde el punto de vista de a reflexión teológica, para
Tomás de Aquino la vivencia de la fe es anterior a la racionalidad, y ésta, a
su vez, es la disposición o preámbulo indispensable para hacer del acto de fe
algo realmente humano y significativo para la vida del mundo. Por consiguiente,
una ciencia humana que entenebreciera la vida de fe sería por lo menos dudosa
como ciencia, y una fe que paralizara el desarrollo y progreso intelectual
sería falsa por definición. El pensamiento moderno, desde Descartes, es radicalmente
subjetivista y, por ende, escéptico ante el objeto; y en parte a la
concepción misma de la fe en el Protestantismo como “fiducia caeca” o fe
ciega. Sus exegetas y teólogos han influido y siguen influyendo notablemente en
bastantes escritores católicos de talla, siendo la fe para algunos de aquellos
más representativos, un salto dramático en el vacío. Situación que se ha
agravado con la explosión del pensamiento “débil” y la irrupción de la bioética
en la escena de las ciencias de la vida. Esa simbiosis necesaria del saber
unitario es precisamente el substrato latente en toda la obra tomista. La
síntesis en sus líneas maestras está hecha y los métodos propios de cada sector
del pensamiento señalizados. Para Tomás de Aquino la fe es ante todo consentimiento
pleno en la certeza que brota de la Palabra de Dios transformada en
vivencia personal. Dios ha hablado en la historia de nuestro espíritu, no
importa cómo, cuándo ni a través de qué medios o en qué circunstancias psicológicas.
Ahora bien, una vez que se asiente
generosamente al misterio, la inteligencia se pone automáticamente en marcha y
sería inhumano reprimir su doble proceso inquisitivo sobre el dato revelado.
El primer efecto de la firme aceptación graciosa del
misterio es un amor de corte esencialmente teologal, fecundante, inquieto y
felizmente insatisfecho, ya que se nutre de un bien poseído, inefable y cierto,
pero abierto al mismo tiempo a la consecución de metas e ideales imposibles de
satisfacer dentro de las limitadas fronteras del cosmos. Este amor teologal,
derivado de la fe en su primera fase de asentimiento, abarca
generosamente al mundo, pero no se identifica con él. El objeto primordialmente
seductor es Dios mismo con el cual el teólogo creyente firma un pacto de
compromiso grave de servicio a los hombres desde el cenit de su libertad como
hijo de Dios. Un científico que no aceptara en su vida esta intromisión del amor
arriesgaría la salud metafísica de su propia condición humana. O levanta un
altar a la tiranía de la razón, o se convierte en un objeto manipulable por los
tecnócratas del maquiavelismo social y de las ciencias experimentales. En
cualquiera de los casos habrá perdido la posibilidad de combatir su soledad
metafísica con el encuentro de un Dios real, que nada tiene que ver con los
dioses fantásticos prefabricados en los talleres históricos de la cultura.
Tomás de Aquino ha comprendido intelectualmente como
nadie el consolador y profundo significado de la tensión humana entre la oscuridad
y la luz, el saber y el creer, la ciencia y la fe, la razón y la revelación,
la tiranía del pragmatismo técnico y las aspiraciones más nobles del espíritu
humano. S. Pablo habla de la cautividad del espíritu, en el cual se encuentra
en este mundo como alienado y extranjero. Tomás de Aquino añade que de esa
patética situación existencial es precisamente de donde nace un constante,
fecundo y constructivo resurgimiento del espíritu. Más aún. Esa tensión vital
entre el ideal abrazado por el asentimiento de la fe y la angustia de la
razón ante la imposibilidad inmediata de palpar lo que conoce por ella, es para
Tomás de Aquino la mejor señal de salud teológica y fuente inagotable de
progreso en la medida en que el asentimiento previo, punto débil de la
teología contemporánea, es más sólido y estable.
En la exposición sumaria de las etapas del camino
histórico del encuentro entre fe y razón Juan Pablo II (Fides et ratio) destacó el puesto singular que corresponde a santo
Tomás. El Aquinate representa la culminación de la feliz armonía entre fe y
razón así como la afirmación decisiva de sus respectivas autonomías. En este
sentido, en el pensamiento tomasiano cabe resaltar también “la relación
dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo”.
Así de claro: “tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la
razón y la fe”. Esta obra intelectual de armonización de la fe y la razón, es
la razón principal por la que la Iglesia “ha propuesto siempre a santo Tomás
como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología”. El
Pontífice destaca después la gran intuición tomasiana referente al papel que el
Espíritu Santo realiza haciendo madurar en sabiduría la ciencia humana. Pero la
prioridad reconocida a esta sabiduría no hace olvidar al Aquinate “la presencia
de otras dos formas de sabiduría complementarias: la filosófica, basada en la capacidad del intelecto para indagar la
realidad dentro de sus límites connaturales, y la teológica, fundamentada en la Revelación y que examina los
contenidos de la fe”. Tomás de Aquino representa sin lugar a dudas en la
cultura occidental el momento culminante del equilibrio entre razón científica,
razón filosófica y razón teológica. O sea, la aplicación del uso de la razón
personal e institucional a la realidad universal evitando, como nunca antes
había ocurrido, el fideísmo irracional, la posibilidad del uso de la ciencia
contra la naturaleza humana y el racionalismo filosófico contra las emociones y
los sentimientos. Para ello consagró de forma sistemática el discurso analógico
y el diálogo científico.
Lo que ocurre es
que el uso de la razón se desarrolla acertada o equivocadamente sólo cuando vivimos,
y no hay razón ninguna para excluir por principio que personas que vivieron antes
que nosotros usaran la razón personal mejor para afrontar los problemas más
importantes de la vida. Es obvio que actualmente poseemos más cultura y
tecnología que en tiempos pasados. Pero no necesariamente más sabiduría, ni
está claro que estemos usando la razón con más acierto que algunos de nuestros
antepasados, como Tomás de Aquino. No se trata de saber más sobre todo sino de
saber más y mejor sobre el sentido último de la vida. Desde este punto de vista
tengo la impresión de que la forma como el Aquinate hizo uso de la razón sigue
siendo realmente ejemplar y actual. Más allá de las limitaciones naturales e
inevitables de su cuerpo doctrinal, la forma de usar la razón en este sistema
logra unos niveles de sensatez y equilibrio sapiencial frente a la realidad
universal que no he encontrado fuera del sistema tomasiano durante mi larga
andadura académica por las sendas de la historia del pensamiento occidental. El
Aquinate es un pedagogo colosal del buen uso la inteligencia humana. Se podrá
estar de acuerdo con él en algunos o muchos de sus planteamientos
intelectuales. Pero en todo caso su forma de razonar usando la inteligencia con
rigor, realismo y sensatez es realmente admirable y consoladora.
6. El precio de ser razonable
La Facultad de Artes de París se había consolidado con un
protagonismo que preocupó mucho a la Facultad de Teología donde la tradición
agustiniana se había erigido en estandarte a ultranza de la ortodoxia
teológica. Por otra parte el entusiasmo por la razón aristotélica tampoco
estaba libre de riesgos para la razón teológica. Alberto Magno y Tomás de
Aquino los conocían como nadie y los tenían bien controlados. No obstante, la
posición del Aquinate, como es sabido, fue furiosamente contestada y
perseguida. Hablando de riesgos cabe recordar la irrupción del denominado averroísmo latino en la Facultad de
Artes, cuyos catedráticos, fascinados por las novedades culturales de origen
griego transmitidas por los árabes, las aceptaban por esnobismo más que por
razones de peso. La razón filosófica se sentía crecida y emancipada de la razón
teológica entrando abiertamente en conflicto. Como si la teología apoyada en la
fe tuviera poco o nada que ver con la filosofía
representada por Aristóteles, y viceversa. Por si esto fuera poco, era obvio
también que el pensamiento de Aristóteles venía intoxicado por el averroísmo.
Los puntos conflictivos de mayor calado eran los siguientes.
En lógica el averroísmo derivaba hacia la teoría de la doble verdad. Según esta teoría la
autonomía de la razón filosófica sería tal que una afirmación podría ser
aceptada como verdadera en nombre de la razón y falsa en nombre de la fe
cristiana. Y viceversa. Igualmente se aceptaba con entusiasmo la eternidad de
la materia y del movimiento, o la presunta incorruptibilidad de los astros. Más
aún. En el terreno de la psicología y de la metafísica se puso de moda la
teoría del entendimiento único para todos al modo de una sustancia separada
accidentalmente unida al cuerpo. De acuerdo con estas teorías averroístas
resultaba muy difícil explicar el verdadero desarrollo de la personalidad y la
responsabilidad moral. Tomás de Aquino conocía bien estas y otras implicaciones
del averroísmo latino y se cuidó mucho de asumir lo más granado del pensamiento
de Aristóteles sin dejarse atrapar por las trampas del averroísmo. Como cabía
esperar, los fanáticos del aristotelismo de cuño averroísta no se lo
perdonaron. ¿Cómo podía aceptar Tomás de Aquino la teoría de la doble verdad,
por ejemplo, o de una facultad racional única para todos los hombres? Así las cosas, algunos intentaron hacerle un verdadero
ajuste de cuentas condenando públicamente una serie de proposiciones
entresacadas de sus escritos. Todavía en 1268 el Obispo Tempier censuró 20
proposiciones del Aquinate y en 1282 los franciscanos de Estrasburgo, reunidos
en Capítulo, prohibieron oficialmente leer a Tomás de Aquino sin tener en
cuenta las correcciones introducidas por Guillermo de la Mare. Todo inútil. Los
hombres más lúcidos de su época como S. Buenaventura no siguieron esas
recomendaciones.
Dentro de la Orden Dominicana los resabios contra el
Aquinate se desvanecieron antes gracias a la autoridad de Alberto Magno, el
cual preparó el terreno para que en el Capítulo General de 1278 sus enseñanzas
fueran oficialmente reconocidas. En 1286 otro Capítulo prohibió hablar contra
Tomás de Aquino hasta el punto de amenazar con la destitución de sus cargos a
quienes rechazaran su doctrina. Por si esto fuera poco, en el Capítulo de
Zaragoza de 1309 la doctrina del Aquinate fue impuesta. En 1323 Tomás fue
canonizado por el Papa Juan XXII y en 1325 el obispo parisino retiró la condena
del 1277. Como es obvio, ya desde antes de morir, surgió una corriente de
admiradores fanáticos de Tomás y de detractores hasta nuestros días. Nunca el
ser razonables evitando marcharse por los cerros de Úbeda fue bien visto por
todos y Tomás de Aquino no escapó a los brazos largos de los menos razonables.
El personaje intelectualmente más influyente que, bajo el pretexto de proteger
la razón teológica de la razón averroísta, impidió que la actitud razonable de
Tomás de Aquino prosperara fuera del círculo de los suyos, fue sin duda Juan
Duns Escoto, para el que Tomás significaba la racionalización de la sagrada
teología.
Escoto, en lugar de promocionar el uso correcto de la
razón, optó por el voluntarismo y la tozudez mental escudándose en la voluntad
de Dios. Según él, no existen leyes ni normas morales independientes de la
voluntad de Dios. En consecuencia, el bien y el mal dependen del capricho de la
voluntad divina. Las cosas son lo que son simplemente porque a Dios le viene en
gana que sean así, a excepción de los
dos primeros Mandamientos del Decálogo que se refieren a Dios mismo. Los
restantes son de por sí indiferentes. Si el matar o robar, por ejemplo, es malo
es porque a Dios se le ha antojado que lo sea. Por consiguiente, son
mandamientos dispensables. La naturaleza no confiere ningún derecho a los
individuos y lo que hemos recibido de la voluntad de Dios éste nos lo puede
quitar cuando quiera. Por otra parte, la voluntad es tan libre que puede
abstenerse de querer el Sumo Bien y optar por el mal en cuanto mal incluso en
la otra vida. Escoto induce a pensar que Dios actúa siempre
voluntariosamente “a lo loco” y no de
forma razonable. Y si es así, carece de sentido exigir a los hombres nos
comportemos razonablemente tratando de encontrar las razones internas de las
cosas. Escoto se fue por los cerros de Úbeda
refugiándose personalmente en la simplicidad de S. Francisco pero
jugando una mala partida al uso equilibrado de la razón.
Tampoco
contribuyeron a la promoción del uso equilibrado de la razón aquellos otros
que, como Roberto Grosseteste (1175-1254), Roger Bacon (110-1292) y Raimundo
Llull (1235-1310) tuvieron el acierto de simpatizar con los estudios sobre la
naturaleza con buena voluntad pero con falta de inteligencia. Hay que apreciar
su preocupación por las matemáticas pero los tres incurrieron en las sinrazones
del voluntarismo y la mistificación de las ciencias. De las ciencias saltan a
la mística sin pasar antes sus conocimientos por el filtro de la razón, con lo
cual salimos del fuego de la antigüedad para caer en las brasas de la
modernidad. Cualquier cosa menos usar bien la razón poniendo orden y concierto
en la búsqueda de la verdad. Estas actitudes contribuyeron eficazmente al
desprestigio del uso de la razón como profesión escolástica o universitaria.
7. Conjura del voluntarismo y la arbitrariedad contra el
uso de la razón.
La principal causa interna de la disolución progresiva
del equilibrio entre fe, razón y ciencia, alcanzado en el sistema de Alberto
Magno y Tomás de Aquino en el siglo XIII, fue la falta de hombres y mujeres
competentes para desarrollar en el ámbito universitario los principios
quiciales de la formulación tomista del problema a pesar del interés que la
Iglesia puso en ello desde el principio. Los profesores consumían sus energías
en sutilezas conceptuales y peleas dialécticas inútiles, interesadas y hasta de
mal gusto. Por otra parte estaba la triste situación interna de la Iglesia
creada por el Cisma de Occidente, la lucha política entre el Papado y el
Imperio y el bajo nivel cultural y moral del clero preocupado por la obtención
de canonjías y grados académicos. Las catedrales empezaron a ser regentadas por
personas incompetentes interesadas sólo por las novedades relativas a las
audacias y el desprestigio de las autoridades de turno. Se estaba incubando en
falso la reforma protestante. A todo esto hay que añadir la facilidad con que
las novedades comenzaron a ser divulgadas gracias al gran descubrimiento de la
imprenta.
Tengo la impresión de que Duns Escoto con sus sutilezas
dialécticas rompió la armonía entre fe y razón. Con él se impuso el carácter
taxativamente pragmático y arbitrario de las proposiciones dogmáticas. Mientras
los académicos perdían el tiempo en discusiones bizantinas y agudezas
dialécticas la tesis averroísta de la doble verdad hizo su agosto hasta
convertirse en el portaestandarte del escepticismo religioso y la desconfianza
progresiva en la razón. Eso sí, como no hay mal que por bien no venga, la
desconfianza en la razón filosófica y teológica favoreció a la razón científica
como perspectiva de progreso.
A la ruptura de la armonía fe y razón hay que añadir el
desmoronamiento del ideal de una cristiandad universal bajo la guía y buen
entendimiento entre la autoridad suprema de la Iglesia y del Imperio. Paralelamente a la diversidad
de escuelas filosóficas y teológicas en lucha permanente surgieron las
nacionalidades políticas con sus monarquías aisladas, absolutistas e
independientes en continuos conflictos bélicos entre sí y con el Papado.
Paradójicamente el régimen feudal fue cediendo competencias a las burguesías
ciudadanas, que se hicieron prácticamente dueñas del comercio y de las
riquezas. Junto a este fenómeno sociológico se aprecia una tendencia
democratizadora que enfrenta a los Parlamentos con los Monarcas y a los
Concilios con los Papas. El resultado final de este proceso fue la reforma
protestante en el siglo XVI. Este acontecimiento puede ser considerado como la
prueba histórica más elocuente del estado de postración de la razón en el seno
de la Iglesia.
El número de maestros y estudiantes crecía, con lo cual
la enseñanza comenzó a burocratizarse aceleradamente. La calidad de los
estudios disminuye y los grados académicos son comprados si llega el caso. Las
universidades se multiplican y los maestros se dispersan buscando mejores
condiciones de trabajo. En el siglo XII se habló de grandes maestros. Ahora se
habla de Escuelas. Cada Orden religiosa cierra filas en defensa de las
doctrinas de sus maestros con lo cual se mata la originalidad y se obstaculiza
el progreso armónico de la razón en su único y exclusivo afán de prevalecer
sobre otras escuelas. Así las cosas, apareció el fantasma del nominalismo, que no fue ni una escuela
ni un sistema de pensamiento, sino un sentimiento confuso que se presenta como
movimiento fascinante hacia el progreso y la modernidad. El nominalismo se
presentó en sociedad como la “vía nueva” contrapuesta y en conflicto con la
“vía antigua”, representada por la escolástica o academicismo universitario.
Por supuesto que el uso de la razón en las universidades del siglo XIV tenía
poco o nada de ejemplarizante y algo había que hacer para paliar la situación.
El fallo consistió en el seguimiento fanático de Tomás de Aquino por parte de
algunos de sus admiradores, y el desprecio irracional de otros como los
nominalistas.
Alberto el Grande y Tomás de Aquino realizaron un trabajo
realmente lúcido de armonización entre la razón filosófica, teológica y
científica con un objetivo común: la verdad en todos los ámbitos de la
realidad. Pero Duns Escoto puso toda la carne en el asador en desmarcar la
razón teológica de la razón filosófica con un enfoque totalmente voluntarista y
arbitrario de las fórmulas dogmáticas. Guillermo Ockham fue todavía más lejos
negando la posibilidad misma de reconciliación entre fe y razón. La investigación
filosófica debe guiarse únicamente por la experiencia de la realidad terrenal
en la que viven los hombres sin atender para nada a lo que conocemos por la
verdad revelada. Okham exaltó abiertamente esta dicotomía irracional en la
línea de inspiración inglesa de Grosseteste, Roger Bacon, Duns Escoto, Durando
de Saint Pourcain y Pedro Aureolo. Los cuales fueron los verdaderos
inspiradores de la filosofía moderna como alternativa a la filosofía
escolástica o académico-universitaria. Okham fue el precursor o viejo patrón de
Descartes, Hume, Locke, Leibniz y Kant. Por ello merece una mención especial.
Guillermo Ockham fue un personaje conflictivo en un
contexto social que le era favorable. Inglés de origen, ingresó en la Orden de
S. Francisco en 1280 y 10 años más tarde
fue ordenado sacerdote después de haber
estudiado en Cambridge, Oxford y París. En 1324 fue citado para comparecer en
Avignon por sostener tesis presuntamente sospechosas. Para comprender a esta
desconcertante figura es preciso tener
en cuenta el contexto social y eclesial de la época y, más en particular, la
crisis interna desatada en la Orden franciscana entre el bando de los
“espirituales” y de los “conventuales”. La verdad es que el bueno de S.
Francisco fundó un movimiento evangélico demasiado “a la buena de Dios”. Pero
en este mundo hay que contar con un mínimo de orden y organización. Los
denominados “espirituales” sostenían que la propiedad es contraria al
Evangelio. Según Pedro Olivi, ni Cristo ni los Apóstoles poseyeron nada en
propiedad. El verdadero franciscano, por tanto, no debía poseer ni siquiera las
cosas necesarias para salir al paso de las necesidades básicas. La Iglesia,
poseedora de bienes terrenales, era considerada como una segunda Babilonia y el
Papa como un anticristo. Al principio Ockham se mantuvo al margen de esta
polémica pero no tardó en ponerse del lado del General Miguel de Cesena
interviniendo en política contra el Papa.
Por aquella época las tensiones políticas entre el Papa
Juan XXII y el rey Luis de Baviera eran muy tensas. El rey fue excomulgado pero
era apoyado por un grupo de exaltados los cuales llegaron a declarar que el
Papa era un hereje en materia de pobreza evangélica. Le declararon depuesto y
apareció un documento firmado por Miguel de Cesena y algunos más entre los
cuales figuraba Guillermo Ockham. A raíz de este episodio Ockham se refugió en
Pisa al amparo del rey a quien, según las malas lenguas, dijo: “Emperador,
defiéndeme tú con la espada, que yo te defenderé a ti con la pluma”. Desde
ahora Ockham se dedicó en cuerpo y alma a la política y con otros compañeros marchó
a Munich al lado del rey Luis. No conocemos la fecha de su muerte como tampoco
si hizo algún gesto de reconciliación con la Iglesia. Sabemos, en cambio, que
fue nombrado Vicario General de su Orden por Miguel de Cesena y que, una vez
nombrado nuevo General, le hizo entrega del sello. Un gesto sin duda
significativo.
Guillermo Ockham reconocía la autoridad de la Sagrada
Escritura, de la Iglesia en general y de los doctores aprobados por ella. Sin
embargo causa a veces la impresión de que despreciaba a todos sus
contemporáneos que no pensaban como él. En su opinión, la separación entre la
razón filosófica y la teológica, fe y razón, debe ser completa. La ciencia,
decía, se basa en proposiciones universales y necesarias compuestas de
conceptos que hacen las veces de signos de las cosas. Ahora bien, matizaba, los conceptos
abstractos que nos formamos en la mente
no corresponden a nada en la realidad extra-mental. Los conceptos
universales son puros nombres sin contenido real propiamente dicho. Esta teoría
le condujo al escepticismo más pintoresco. Todo cuanto se demuestra con
argumentos que no sean manifestaciones inmediatas e intuitivas es falso o
incierto. En la base de todo estaría la voluntad de Dios el cual es tan
caprichoso y arbitrario que, si le place, puede incluso castigar a los
inocentes y premiar a los culpables. O sea que Dios mismo sería un ser
caprichoso e irresponsable.
No se puede negar a estos hombres del voluntarismo el
mérito de haber combatido por la libertad de la razón filosófica y la
importancia de la experimentación en las investigaciones científicas. Pero
fueron unos irresponsables redomados al echar por tierra el valor primordial
del uso de la razón rompiendo la armonía, autonomía y complementariedad de la
razón filosófica, teológica y científica a la que había llegado Tomás de
Aquino. No es exagerado decir que Ockham representa el momento más desgraciado
y mezquino del uso de la razón como profesión universitaria o escolástica de su
tiempo. No se puede negar que la actividad académica universitaria llegó a
convertirse en una cruel pelea de gallos contra el correcto uso de la razón
degenerando en retórica barata, palabrería y lucha por intereses ajenos a la
búsqueda y exposición racional de la verdad. Pero la posición voluntarista y
arbitraria de Duns Escoto y el desprecio occamista de la razón sólo
contribuyeron a hacer más profunda la tumba del uso correcto de la razón
tratando de enterrar en dicha tumba la cordura y el equilibrio racional
representados por Alberto Magno y Tomás de Aquino.
8. Modernismo, miserias humanas y misticismo como desafíos al
uso de la razón
¿Cómo explicar el éxito creciente del voluntarismo
nominalista y la decadencia alarmante del uso de la razón a partir del siglo
XIV? A pesar de las cautelas tomadas por
el Papa Clemente VI contra estas
“extrañas doctrinas sofísticas”, la denominada “vía moderna” se filtró por
todas las universidades europeas patrocinadas por las Facultades de Artes. Sólo
encontró alguna resistencia en las Órdenes religiosas intelectualmente mejor
preparadas que el clero secular. Cabe pensar que, dada la pobreza intelectual
de esta corriente de pensamiento y la miseria social de la época, su éxito fue
fruto de una fascinación por la novedad y la esperanza en un cambio hacia mejor
vida atribuyéndose injusta y abusivamente el espíritu del progreso y la
modernidad. Los autodenominados “modernos”, se dedicaron con ahínco a la
política activa y a la economía realizando campañas de mentalización sobre las
esperanzas en un futuro mejor. En esta dirección Juan Buridán, por ejemplo,
cultivó la física replanteando la teoría del ímpetu aplicada a la astronomía y la teoría heliocéntrica. Esto fue
algo así como el preludio de la mecánica moderna. El cardenal Pedro Ailly, por
su parte, defendió abiertamente la presunta supremacía del Concilio sobre el
Papa. Era una forma de introducir formas democráticas en la vida de la Iglesia
y, como consecuencia, en toda la sociedad. Con el progresismo de inspiración
nominalista se consumó el divorcio entre fe y razón con consecuencias negativas
en la vida privada de las personas y de las instituciones públicas. La
modernidad nominalista introdujo, junto a la visón geocéntrica, cristiana y
racional de la vida, otra forma de pensar y vivir cosmo-céntrica, laicista y
políticamente anticlerical.
El divorcio entre fe y razón proclamado por el
voluntarismo nominalista, las luchas entre las escuelas, la sombra de la
inminente ruina del ideal de unidad europea bajo la autoridad imperial y
pontificia, la corrupción de costumbres generalizada dentro de la Iglesia, las
pestes periódicas, la miseria económica y las guerras fueron factores
determinantes del estado de postración humana registrado durante el siglo XIV.
Comprensiblemente muchos buscaron refugio y consuelo en la mística como
mecanismo de autodefensa contra la mundanidad. Otros optaron por desmarcarse de
las escuelas de pensamiento en liza convirtiéndose en pensadores independientes
enfrentados a las escuelas. Vale la pena hacer un breve recordatorio del contexto
social y humano de la época.
El tono general de
la vida. Durante este periodo de la historia europea predominaban los
contrastes. Los grandes acontecimientos como el nacimiento, el matrimonio y la
muerte eran revestidos de sacralidad y misterio. Pero también los pequeños
acontecimientos iban acompañados de minuciosas formalidades. Los contrastes
eran más acusados aún entre la enfermedad y la salud, la miseria y la
felicidad, la opresión y el deseo de liberación. En casi todos los aspectos de
la vida había ostentación y crueldad pública. El mendigo, por ejemplo,
gimoteaba en la Iglesia al mismo tiempo que trataba de ocultar sus
deformidades. Todos a su modo trataban de hacer ostentación pública de sus
presuntas virtudes o de su condición social. Los acontecimientos eran
clamorosamente anunciados conservando el tono de espontaneidad alegre y
dolorosa al mismo tiempo, que nos hace pensar en la imagen psicológica de la
infancia.
Nostalgia, jerarquización
social e ideal caballeresco. En la vida centroeuropea de aquella época había mucha y amarga
melancolía. En la literatura franco-borgoñona del siglo XV, por ejemplo, pueden
encontrarse abundantes recuerdos de solemnes despedidas a la miseria moral. Hay
un deseo latente de loar a la vida y al mundo, pero se hace con el sentimiento
de que algo se está violando. Esa fascinación y nostalgia de auto-compensarse
gozando de la vida y de sus encantos está en el ambiente pero choca todavía con
el tono general de la vida en la edad media. En cualquier caso lo cierto es que
existía un sentimiento generalizado de infelicidad e injusticia que llevó a
muchos a refugiarse en la melancolía.
Por otra parte, el
ideal caballeresco feudal empezó a perder prestigio. Ahora predominan los
intereses mercantiles de la burguesía en función de la eficiencia económica
de los príncipes. La forma noble de vida
no ha desaparecido pero ha cambiado de signo dejando de ser una institución
social importante. La imagen del Estado evoca la idea de un orden establecido dentro del cual cada grupo tiene
razón de ser por sí mismo. Ahora bien, la corrupción humana generalizada no
permitía la realización concreta de tan bella imagen del Estado moderno. Ese
ideal permanece como promesa de futuro pero los pecados de los hombres se
convierten en el obstáculo principal para que ese proyecto ideal de Estado
pueda llevarse a cabo. El ideal caballeresco y la religiosidad impregnaron toda
la vida medieval. Pero con el tiempo se potenció la aspiración hacia la paz
universal, la concordia entre los reyes y el alejamiento del peligro turco de
Europa. Por otra parte, el sentimiento idílico de convertir a Jerusalén por la
fuerza en el corazón de la Cristiandad causó más males y tristezas que éxitos y
alegrías.
Heroísmo y
erotismo. El ideal caballeresco requería una ascesis pacífica y
desinteresada pero en la vida real había que contar con crueles decepciones.
Por ello los ideales heroicos fueron quedando relegados a la fantasía alimentada
por los estímulos femeninos, incluso en la realización de hazañas religiosas.
La heroicidad por una dama era como una compensación espiritual. La
caballerosidad y combatividad por la doncella llenaba psicológicamente un vacío
erótico. De hecho la vida cultural de aquella época es como un espejo de
galanteo erótico sublimado preñado de ironía. Los discursos sobre la felicidad,
el amor y los ideales nobles están salpicados siempre de carcajadas. La forma
ideal del amor erótico tomó varias tonalidades. Sobre todo se buscaba una en la
que fuese posible compaginar la moral más severa con la fruición natural de la
mujer. Nació así la forma de amor cortés que rinde culto incondicional a la
mujer en un contexto lírico y virtuoso. Es la denominada “vita nuova” respecto
del amor greco-romano clásico en el que la separación del objeto erótico impide
la fruición completan del mismo.
Con Petrarca y otros de su escuela el amor cortés seguía
la línea de la sensualidad natural al estilo clásico sin construcciones
artificiales. En otros contextos surgieron formas aristocráticas más refinadas
y complicadas de hacer el amor. El erotismo estilizado se va convirtiendo en
una ilusión y se buscan reglas que legitimen sus diversas formas de expresión.
Surgió así una forma culta y profana en la alta aristocracia centroeuropea en
la que el desenfreno sexual era regulado por normas convencionales. En el
pueblo llano las compensaciones sexuales encontraban especial justificación con
motivo de las bodas, cuyas celebraciones quedaron encuadradas en las lindes de
lo sacramental y de los festejos profanos llenos de simbolismos fálicos
precristianos. Las bromas de mal gusto sexual realizadas durante los festejos
nupciales eran la salsa picantísima de las conversaciones entre damas. Las
formas de trato amoroso constituían todo un código de conversación. Se hablaba
del amor en las comidas, fiestas y juegos de sociedad mediante infinidad de
narraciones y disputas sobre casuística. Igualmente mediante frases de
cumplido, el simbolismo de los colores de los atuendos de las damas, flores y
nombres enigmáticos. El amor se vivía intensamente en forma de juego encantador
y relajante de las fuertes tensiones de la vida. El torneo facilitaba el juego
del amor romántico en su versión heroica y la idea pastoril suministraba la
dimensión idílica. En los momentos fuertes de la vida el amor fue siempre y
sigue siendo el recurso relajante más socorrido. Esto es muy comprensible pero
queda el rabo por desollar desde el momento en que ese recurso al amor suele
hacerse siempre sin contar con la razón o haciendo uso equivocado de ella.
La imagen de la
muerte y la peste. El pensamiento de la muerte era inculcado con
insistencia. Dionisio el Cartujano (+ en 1471), en su Guía de la vida para uso de los nobles, escribió: “Cuando se eche
Ud. en la cama considere que muy pronto echarán otros su cuerpo en la tumba”.
Los predicadores en las iglesias destacaban con expresiones verbales y plásticas
crudamente realistas el aspecto caduco y efímero de la vida en este mundo con
todas sus glorias y pompas mundanas. Ya dijimos que los estoicos romanos no
dudaron en revalidar el pensamiento sobre la muerte como un criterio de
saneamiento de la razón. Pues bien, en la edad media el pensamiento y la idea
de la muerte se repite constantemente en la literatura y en la mística como un
estribillo. A la vida van unidos el dolor y los tormentos de todo tipo, lo cual
invita a fugarnos de la vida, como vimos hablando de las civilizaciones
hindúes. Los monjes medievales son pródigos en descripciones realistas de la
caducidad de la belleza corporal humana. El cuerpo es poco más que un odre de
putrefacción. Se agudizan dos posturas de signo extremista: la de quienes
siente un verdadero desprecio por este mundo y se refugian en la vida mística,
y la de aquellos que dan rienda suelta a sus fantasías buscando formas mágicas
y extravagantes de combatir la miseria humana, sobre todo el hambre y las
enfermedades. Como es obvio, en ambas posiciones se han desbordado los cauces
de la razón. Los primeros deseando salir de este mundo antes de tiempo, y los
segundos buscando la solución a sus desgracias humanas en el despliegue
irracional del principio del placer y de los legítimos deseos de felicidad.
La muerte negra.
Otro factor determinante a tener en cuenta durante esta época fue la peste de
1348, conocida como la muerte negra. Boccacio habla de las fiebres, erupciones
e inflamaciones repugnantes que consumían vorazmente las vidas indefensas.
Según algunos cálculos, la muerte negra se llevó por delante la cuarta parte de
la población europea. En el siglo XIV apareció el popularmente denominado
“Baile de S. Vito” o tarantismo. Según Zinsser, los afectados por la enfermedad
sufrían histerias colectivas por desesperación. En Nápoles el maléfico baile de
S. Vito era llamado “tarantella”. En 1374 la peste fue llamada “Baile de S.
Juan”. Dice Hecker en su libro sobre las epidemias de la edad media que las
gentes afectadas por la enfermedad formaban círculos cogiéndose por las manos y
daban vueltas bailando como locos hasta que caían al suelo extenuados. Este
baile de S. Vito o de S. Juan, en Italia se lo llamó tarantismo por considerar
que la enfermedad era causada por la picadura de la tarántula. Los testimonios
gráficos existentes sobre los contagiados por la peste son escalofriantes. Con
el paso del tiempo surgió la moda de los baños públicos. La falta de
condiciones higiénicas y sanitarias en estos lugares propició aún más el
contagio de enfermedades como la sífilis. Los testimonios gráficos sobre la
peste, los baños públicos, el erotismo y la sífilis son realmente
estremecedores. La liturgia de la Iglesia se hizo eco de estas calamidades en
la letanía de los santos pidiendo ayuda contra la peste, el hambre y la guerra.
Se comprende psicológicamente hablando que, ante la incapacidad de afrontar
eficazmente tantas calamidades mediante los razonamientos filosóficos, muchos
optaran por la evasión mística, el desprecio formal de la razón filosófica, el
pensamiento independiente y el cultivo de las matemáticas.
La postura de los místicos se caracterizó por su rechazo
frontal de la razón humana y la reflexión filosófica. Según los místicos de la
época, la filosofía sólo servía para oscurecer el espíritu y alejarnos de Dios.
El texto de Tomás de Kempis en su célebre Imitación
de Cristo, I,3 habla por sí solo: “Feliz aquel a quien la verdad enseña por
sí misma, no por imágenes y pasajeras palabras, sino tal como ella es. Nuestra
opinión y nuestros sentidos nos engañan muchas veces y ven poco. ¿De qué sirve
el demasiado cavilar sobre reconditeces y misterios, si el día del Juicio no se
nos reprenderá de nuestra ignorancia? Gran necedad por cierto es el escudriñar
dañosas curiosidades y abandonar lo útil y lo necesario. ¿Y por qué preocuparnos
de los géneros y especies? De muchas opiniones se ve libre aquel a quien habla
el Verbo eterno”. Este testimonio refleja claramente el estado de desilusión
por aquella época causada por las especulaciones filosóficas. Nadie puede negar
a los místicos cristianos del siglo XIV que los grandes problemas de la vida no
se solucionan a fuerza de calentarnos el cerebro con especulaciones filosóficas
bizantinas olvidándonos de la realidad cruda de la vida, de su brevedad y
condición dolorosa. Pero los místicos deberían ser más razonables y aceptar
también que la razón es la herramienta esencial con la que trabaja el ser
humano. El mal uso que se haga de ella no justificará nunca su rechazo. Al
contrario, será un argumento más para tratar de aprender a usarla bien. Si ya
es calamitoso el que haya personas que no usen la razón o la usen mal, ¿qué
ocurrirá si pasamos de ella y nos dejamos llevar por la corriente impetuosa del
voluntarismo ciego y de los sentimientos a la deriva? El mal uso de una
herramienta es problema de quien la maneja y no de la herramienta en sí misma.
Ahora bien, la inteligencia o razón es la herramienta propia de nuestra
condición humana. En el rechazo de la misma o en su uso inadecuado nos jugamos
a una sola carta la felicidad en este mundo dejando poco o ningún margen para
la esperanza. Esto lo enseña la experiencia más castiza y serena de la vida y,
por lo mismo, los místicos no están dispensados, como no lo está nadie, de
aprender a usar bien la razón en lugar de desprestigiarla.
9. Lo que la naturaleza no da Salamanca no presta
En algún momento París llegó a ser el punto de referencia
principal del uso de la razón escolástica o académica medieval en las áulas
universitarias. Pero en el siglo XVI la antorcha de la razón teológica y jurídica
pasó a Salamanca con una cautela importante. Si por naturaleza alguien no está
bien dotado para razonar, que no piense que en las áulas de Salamanca se va a
suplir esa deficiencia. A razonar bien se aprende. Pero hay que dar por
supuesto que somos gente normal dotada de unas capacidades mínimas para razonar
y perfeccionar el uso de nuestra inteligencia con la experiencia de la vida y
el aprendizaje académico. El famoso adagio latino: “quod natura non dat
Salmantica non praestat”, es una forma irónica de reconocer el prestigio de los
estudios realizados en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI y al mismo
tiempo expresa la necesidad de estar dotados de una inteligencia normal. Es
inútil tratar de enseñar a usar bien la razón a quienes no han nacido con una
dotación normal de inteligencia.
Adagios y dichos populares aparte, lo cierto es que
después del estado de postración de la razón, que termino de describir durante
el siglo XIV, vuelve a recuperar, aunque por breve tiempo, el prestigio perdido
durante el segundo renacimiento y sobre todo con la escuela de Salamanca. Me refiero
al denominado “siglo de oro español”. Muchas cosas importantes ocurrieron por
ese tiempo y otras más estaban por ocurrir. Dentro de la gran Europa cristiana
las cosas degeneraron tanto que el uso de la razón hizo aguas al desembocar en
la ruptura protestante. La razón no sólo no fue capaz de curar las heridas
producidas por las discusiones inútiles y el bajo nivel de vida moral al que se
había llegado sino que contribuyó a abrirlas aún más. Ni Lutero y sus seguidores
se comportaron como personas razonables ni la Iglesia actuó con la sabiduría
humana que cabía esperar de ella. La razón quedó relegada por ambas partes y se
impusieron los sentimientos religiosos fanatizados. A la falta de buen uso de
la razón se añadió la ausencia de la caridad, sin la cual cualquier opción
cristiana termina siendo estéril. Paradójicamente, la cultura y las ciencias
progresaron. Por la misma época se produjo el descubrimiento de América y con
el Concilio de Trento se potenciaron iniciativas fundacionales dentro de la
Iglesia católica de capital importancia histórica. Vale la pena recordar este
momento de esplendor del uso de la razón teológica y jurídica focalizado en la
escuela de Salamanca.
Entre los factores que contribuyeron a esta restauración
provisional, sobre todo teológica y jurídica en Salamanca, cabe destacar el
rechazo formal del nominalismo ocamista que asoló la Universidad de París. Con
ello quedó la puerta abierta en la ciudad del Tormes a lo que se la había
cerrado brutalmente en la ciudad del Sena: el genuino Aristóteles y la
orientación diseñada por Alberto Magno y Tomás de Aquino en el siglo XIII. En
el decreto de condena del nominalismo se pide expresamente que sean estudiados
a cambio todos los grandes maestros del siglo XIII. Esta condena significó una
invitación al uso de la razón y a comenzar con nuevos bríos el desarrollo
académico del mismo.
Otro factor estimulante fue la invención de la imprenta y
la reacción unitaria de las escuelas teológicas ante los retos del humanismo
del segundo renacimiento y la escisión protestante dentro de la cristiandad. El
concilio de Trento salió al paso de esos retos. ¿Con qué éxito? Ciertamente con
un éxito momentáneo pero las cosas siguieron su curso histórico hasta nuestros
días con más sombras que luces. El uso de la razón es una vivencia personal
intransferible. Cada cual tenemos que aprender a razonar individualmente y
cuando desaparecemos nadie puede heredar genéticamente esa vivencia. Lo mismo
ocurre con las generaciones. Las que llegaron a un cierto grado de madurez
desaparecen y las generaciones nuevas tienen que comenzar su andadura desde
cero. El pasado no se repite nunca si no es en el recuerdo y éste es tan
efímero y caduco como la memoria personal. De todos modos, en el siglo XVI hubo
gente que cultivó a fondo la razón teológica con bastante altura de miras y es
de justicia histórica reconocerlo y recordarlo.
Como rasgos notables de esta forma de razonar en las aulas
de Salamanca cabe destacar el hecho de que los teólogos salmantinos empezaron a
expresarse de una forma más culta y elegante que sus homólogos parisinos
decadentes. Y sobre todo con un espíritu crítico más equilibrado tratando de
volver a las fuentes más fiables del pensamiento occidental. En este sentido fue
muy significativa la implantación de la Suma
Teológica de Tomás de Aquino en las aulas abandonando definitivamente las Sentencias de Pedro Lombardo. Con la Suma de Tomás de Aquino se impuso el
orden y la sobriedad en las discusiones así como la precisión científica. Lo
cual significó la eliminación sistemática de cuestiones inútiles del pasado y
la apertura a las más actuales y urgentes.
Por supuesto que
la razón filosófica siguió sometida a la razón teológica. Los profesores de
Salamanca fueron antes que nada y por encima de todo teólogos poco o nada
proclives a la autonomía de la razón filosófica y la experimentación
científica. Ni faltó el grupo de retrógrados y tradicionalistas a ultranza
contra todo lo nuevo. No obstante, estos recalcitrantes de glorias pasadas no
pudieron impedir que al calor de la Universidad de Salamanca surgiera un equipo
de teólogos y juristas capaces de afrontar con la cabeza bien puesta los
problemas más importantes de su tiempo derivados de dos acontecimientos
históricos trascendentales: las escisión protestante y el descubrimiento de
América. El denominado “siglo de oro español” significó históricamente una
pequeña luz en el uso universitario de la razón en medio de la gran oscuridad
que empezaba a reinar en la Europa cristiana. Un hecho reconocido con realismo
y modestia dando a entender que por más que una institución promocione el uso
de la razón, si las personas no están suficientemente dotadas para ello, nadie
puede suplir satisfactoriamente ese defecto de naturaleza. De ahí el dicho de
que es inútil esperar de los estudios realizados en Salamanca lo que nos ha
sido negado por la naturaleza. Nadie ha sido concebido ni ha nacido razonando.
A usar la razón se aprende y hay mucha gente que no llega a razonar bien nunca
debido a la mala educación recibida. Pero tampoco podemos negar que también hay
personas que no han sido suficientemente dotadas por la naturaleza para
desarrollar el uso de la razón. Cuando esto ocurre hemos de asumirlo como parte
del principio de realidad y buscar sus causas naturales para paliarlo en la
medida en que ello sea posible sin forzar a la naturaleza.
10. Nueva agonía de la razón académica
Cabe decir en términos coloquiales que con la
desaparición de Francisco Suárez (1548-1617) el uso de la razón en las
instituciones universitarias europeas entró una vez más en un estado de coma
del que todavía no se ha recuperado satisfactoriamente. Como hemos visto, el
encuentro del pensamiento griego y romano con la fe religiosa judaica,
cristiana e islámica dio lugar de un modo natural al problema de las relaciones
entre la razón teológica y la razón filosófica. En el siglo XIV algunos
trataron de bloquear los logros alcanzados en este campo por Alberto Magno y
Tomás de Aquino en siglo XIII. Y como no hay mal que por bien no venga, las
fuerzas intelectuales se concentraron más en otros planteamientos y usos de la
razón que desembocaron en la nueva física
basada en la técnica y no en el razonamiento. El sistema cosmo-céntrico fue
desmentido por la teoría heliocéntrica sostenida por Copérnico. Luego vinieron
Galileo, Kepler y otros muchos como Newton, los cuales pusieron el geocentrismo
fuera de combate.
Por otra parte, el descubrimiento de Marte desmintió la
teoría de las esferas sólidas en las que se habría creído que giraban los
planetas. Pertrechado de su telescopio, Galileo descubrió las manchas solares,
con lo cual se desvaneció para siempre el mito griego de la incorruptibilidad
de los cuerpos celestes. Fueron igualmente desmentidas las teorías de la forma
esférica y de los movimientos circulares a raíz del descubrimiento de las
montañas lunares y el movimiento elíptico de los astros. Casi toda la física
aristotélica, basada en la experiencia vulgar, se fue al traste gracias a la
observación experimental basada en la tecnología. En poco tiempo causó un
efecto más estimulador el rudimentario telescopio de Galileo que el uso de la
razón a lo largo de los siglos. Alberto
Magno abrió la puerta del aristotelismo pero no podía imaginar que iba haber
después fanáticos de Aristóteles que lo iban a echar todo a perder.
¿Y qué ocurrió? Ocurrió lo de siempre: que no se usaba bien
la razón. Como decía Galileo, estos fanáticos aristotélicos “antes de introducir cualquier alteración en
el cielo de Aristóteles, prefieren negar tercamente lo que ven en la
naturaleza”. Pasaron los años y llegó la revolución francesa, y con ella el
Enciclopedismo y la Ilustración. En el seno de la Iglesia acaecieron cosas muy
tristes como la escisión protestante, el jansenismo y el galicanismo, con lo
cual se produjo un repliegue de la razón siempre a la defensiva y sin
creatividad. Las energías intelectuales se encontraron en estado de guerra
permanente con lo cual la fe cristiana se debilitaba mientras la razón crecía
hasta ser idolatrada para ser posteriormente humillada hasta el polvo.
En Austria se llegó a prohibir la enseñanza de la
filosofía académica durante la regencia de María Teresa (1760-1780), y José II
(1780-1790) ordenó el cierre de los conventos religiosos creando cuatro Seminarios
con prohibición de que se impartiera en ellos la enseñanza de la filosofía
escolástica. En España se produjo un fenómeno similar de desprecio a la razón
con Felipe V y los Borbones. Como reflejo de aquel estado calamitoso de cosas
el periódico de la Sociedad Filosófica de Barcelona publicó un epitafio
burlesco en latín, que traducido suena así: “Aquí yace la noble materia prima
dotada de cualidades sensibles e insensibles. Unos la pusieron en el cielo,
otros en la tierra y otros en el entendimiento. Los más prudentes la pusieron
en la letrina”. Pero veamos por partes cómo se llegó a estos extremos y en qué
situación nos encontramos en los comienzos del siglo XXI.
11. Hacia el endiosamiento de la razón
De
la razón académica cabe decir coloquialmente que tiene siete vidas como los
gatos. Unos la desprestigian y otros la ensalzan pero nunca muere. En el siglo
XIV europeo fue humillada hasta el polvo por el voluntarismo. En el siglo XVI
se recuperó obligada por la escisión protestante y el descubrimiento de
América. Pero con la llegada del segundo renacimiento el uso de la razón
académica se puso abiertamente al servicio del arte y del poder político. Los
protagonistas renacentistas fueron principalmente artistas, científicos
debutantes, políticos maquiavélicos e idealistas. En el orden filosófico se recuperó la
confianza en la razón mediante la vuelta apasionada a la cultura griega.
Marginada la visión antropológica teocéntrica medieval, los pensadores centraron
su atención en la naturaleza y en el hombre al que consideraron como la medida
de todas las cosas. Con la vuelta a la antigüedad se
recuperó la razón pero al servicio ahora de la imaginación artística y del
poder político sin excluir una dosis notable de perversión. Se institucionaliza
el maquiavelismo al mismo tiempo que el amor a la vida y a la belleza estética.
Es la fascinación más increíble por el arte y la ciencia sin perder todavía la
perspectiva cristiana, pero mucho menos comprometida que durante el
renacimiento carolingio. El primer renacimiento fue de inspiración totalmente
cristiana. El segundo mantiene esta fuente de inspiración pero fascinado por la
razón científica y el progreso moderno en perspectiva. El clásico conflicto
entre fe y razón filosófica comienza a perfilarse como conflicto entre fe y
razón científica. Al segundo renacimiento siguió el endiosamiento de la razón
absoluta con otro nuevo fracaso ante la razón científica emergente.
El uso de la razón filosófica renacentista, además, se
seculariza. Esto significa que trata de desentenderse de la razón teológica
tradicional optando por el empirismo y el estudio de las matemáticas aplicadas
al conocimiento de la naturaleza. Se empieza a hablar así de derechos
naturales, religión natural y moral natural. La religión natural se refería a
lo que el hombre siente de Dios prescindiendo de la revelación, los dogmas
religiosos y de las tradiciones. Y se hace hincapié en los derechos del hombre
por su sola condición de hombre sin contar con los elementos de carácter
sobrenatural clásicos impuestos por la razón teológica tradicional. Esta
esperanza puesta en la razón no carecía de fundamento. Por las calendas
renacentistas comenzaron a aparecer instrumentos de trabajo científico tales
como el microscopio y el telescopio. Con el descubrimiento de América, además,
se abrió un horizonte fascinante para toda clase de ciencias particulares
relacionadas con las matemáticas aplicadas. Por si esto fuera poco, los
acontecimientos empiezan a ser ampliamente divulgados gracias a la invención de
la imprenta.
Pero al mismo tiempo asistimos a una crisis profunda de
la razón teológica, la cual deriva hacia actitudes místicas en las que lo más
importante no es saber sino sentir y actuar. Con el resurgimiento vigoroso de
la cultura helénica, la naturaleza y el hombre al natural y el nuevo enfoque de
la razón acapararon todo el interés incubándose el moderno empirismo y el abuso
más descarado de la razón o racionalismo. Por otra parte, con el fenómeno
protestante el foso abierto entre la actividad científica y la vida cristiana
se hizo más profundo. Según Lutero, todo lo que sale del hombre está viciado.
La filosofía es una ambición de divinizarse y la razón algo sórdido, impío y
sacrílego. En este sentido la actitud filosófica renacentista y la forma luterana
coinciden sólo en lo negativo.
Los teólogos protestantes no conocieron la
complementariedad y armonía entre fe y razón descubierta por Alberto Magno y
Tomás de Aquino. Conocieron sólo lo más negativo de la teología del siglo XIV.
El protestantismo se quedó así en el texto bíblico caprichosamente entendido e
interpretado. Paradójicamente, el segundo renacimiento en general se quedó sólo
con la cultura griega y romana al margen de la Biblia sin llegar a la rebelión
religiosa. El renacimiento cultural glorificó a la razón humana y al hombre de
una forma unidimensional, intramundana y naturalista. El protestantismo, en
cambio, como movimiento espiritual reformista, despreció a la razón y con ella
a la reflexión filosófica destacando la presunta pecaminosidad constitutiva del
hombre. En el ámbito del poder civil empezaron a crecer los sentimientos
nacionalistas europeos con lo cual se potenciaron las posturas naturalistas y
secularizantes. Es la hora de los artistas, de los científicos debutantes y de
los políticos insaciables de poder. Si el uso de la razón sirve para algo es
para servir pragmáticament a esos ideales relegando a un segundo plano la
verdad como objeto propio e inmediato de la inteligencia.
Otro impedimento serio para el uso de la razón fue el
teosofísmo iluminista protestante equivalente a una exaltación religiosa
sentimental. Según el iluminismo protestante de aquel tiempo, a Dios se llega
únicamente por senderos extra-racionales. El hombre no debe esperar nada de la
razón o de la naturaleza sino del misterio y del milagro. Según Sebastián
Franck, la religión es algo infalible en la medida en que ni requiere una
profesión de fe, ni se apoya en instituciones históricas o sociales como la
Iglesia. Lo esencial es la conversión interior de la persona al margen del uso
de la razón y de las instituciones. Lo importante es vivir y sentir
convirtiéndose cada uno en sacerdote de sí mismo. Lutero fue acusado de
traicionar a la revolución protestante con la aceptación de los pastores
protestantes. Valentín Weigel insistía en que cada cual va a Dios por sí solo
sin ayuda de nada ni de nadie. Sólo dos cosas bastan: la salvación interna y el
rechazo del egoísmo.
Constatamos por una parte cómo los nuevos renacentistas
sintieron la necesidad de volver al uso de la razón rehabilitando a Platón y
Aristóteles. Pero una vez más se decantó su presunta inutilidad. La ruptura
protestante es una demostración más de lo poco y mal que se hizo uso de la
razón en aquellos tiempos fascinantes, turbulentos y apasionados. Todo parece
indicar que el mal uso que de ella hicieron unos y el rechazo visceral
profesado por otros contribuyó eficazmente a hacer imposible el logro de una
vida más humana y feliz. Se olvidaron tal vez de que el ser humano ni es sólo
razón ni sólo voluntad, sentimiento o pasión. Cuesta mucho aceptar que los
abusos de la razón legitimen los abusos de los sentimientos salvajes e
incivilizados aunque estos vengan envueltos en el papel de plata de la mística
y la religiosidad morbosa. Por otra parte, el uso de la razón en clave
reflexiva derivó hacia lo que hoy conocemos la razón científica lanzada por nuevos
derroteros. Uno de los hechos más importantes renacentistas fue el nacimiento
de un nuevo concepto de la ciencia a partir del uso del telescopio. Hasta
entonces casi toda la atención estuvo centrada en los aspectos cualitativos del
ser. A partir de ahora empieza a predominar entre los intelectuales la dimensión
cuantitativa y mecánica del hombre y del cosmos. Es el mundo de la denominada física moderna.
Otro matiz interesante del nuevo derrotero
del uso de la razón se refiere a los estudios destinados a la orientación
profesional y la especialización científica. Merece la pena recordar a este respecto el famoso título de
la obra de Juan Huarte (1529-1588), que reza así: “Examen de los ingenios para las ciencias. Donde se demuestra la
diferencia de habilidades que hay en los hombres y el género de letras que a
cada uno corresponde en particular”. Como el propio autor advierte en el
prólogo, su intención es “distinguir y conocer estas diferencias naturales del
ingenio humano y aplicar con arte a cada uno la ciencia en que más ha de
aprovechar… para la buena administración de la República y gloria de Dios”.
Reconoce la necesidad de la especialización profesional ya que las dotes
individuales son indiscutibles. De ahí que cada ciencia sólo pueda ser poseída
de forma satisfactoria y eminente por cierto tipo de ingenios. Este célebre
galeno, formado en Alcalá y que ejerció la profesión en Baeza, tenía muy claro
el aforismo popular salmantino de que hay dotaciones personales con las que
cada cual nacemos y es inútil perder el tiempo buscándolas en las aulas de
Salamanca.
Por lo demás, la observación y la experimentación son
absolutamente necesarias para el progreso de las ciencias físicas. “El filósofo
natural –decía- que piensa que una proposición es verdadera porque la dijo
Aristóteles, sin buscar otra razón, no tiene ingenio, porque la verdad no está
en la boca del que afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual está dando
voces y grita enseñando al hombre el ser que la naturaleza le dio y el fin para
el que fue ordenada”. La fuerza de la razón filosófica, pues, estriba en la
evidencia objetiva de la que se nutre la inteligencia y no en la autoridad personal
de nadie. Un hombre digno de memoria histórica fue Miguel Servet, víctima de la
irracionalidad religiosa de su época. Médico y teólogo, resulta difícil qué admirar más en su
vida, si la valentía místico-cristiana o la fabulosa erudición de un fugado del
manicomio. Calvino, su enemigo mortal, le condenó a morir en la hoguera con el
aplauso de sus secuaces protestantes. Melanchton no dudó en calificar este
crimen como un “piadoso y memorable ejemplo para la posteridad”. ¡Sin
comentarios!
Otro personaje renacentista, víctima de la
irracionalidad, fue Giordano Bruno, representante del panteísmo trágico.
“Cuando se ha abrochado mal el primer botón de una sotana ya no se puede
abrochar bien los demás”. La frase es del mismo Bruno y a partir de ella podría
explicarse de alguna manera el significado de este enigmático personaje. Es muy
posible que el ingreso a los 15 años en la Orden Dominicana fuera su primer
botón mal abrochado. Su forma de vivir en el convento fue siempre chocante y
conflictivo y es de suponer que algún plomo de la psique del joven Giordano se
había fundido para siempre. A pesar de todo fue ordenado sacerdote –otro botón
mal abrochado-, pero pronto abandonó la Orden dominicana iniciando una vida
errante entre éxitos clamorosos y persecuciones por parte de la Inquisición.
Cuando abandonó el célebre convento romano de la Minerva (prisión angosta y
negra del convento), tenía 28 años de edad. Por el norte de Italia se ganaba la
vida como profesor de gramática y cosmografía para adolescentes. Después de
viajar por Europa terminó en la cárcel de la Inquisición donde permaneció
durante siete años. De allí salió sólo para ser devorado por la llamas de la
Inquisición en el Campo de Fiori el 17 de febrero de 1600. Su muerte y la
brillantez apasionada de sus escritos le granjearon la fama. Eso sí, después de
muerto. Los librepensadores le erigieron una estatua en el lugar del suplicio
en 1889. En el discurso inaugural del monumento se le llamó libertador de las
cadenas medievales y fue considerado mártir de la nueva cuencia y religión en
la que ya no hay profetas sino filósofos. El 7 de enero de 1865 la “Italia
libre” le erigió otra estatua en Nápoles. Durante la ceremonia de inauguración
un grupo de estudiantes quemó la encíclica de Pío IX del 8 de diciembre de
1864.
No cabe duda de que Giordano fue un desequilibrado. En
todos los aspectos de su vida desconoció el sentido de la prudencia.
Ciertamente no fue un ejemplo en el correcto uso de la razón. Vistas las cosas
con fria objetividad, no es axagerado suponer que la mayoría de los botones de
su sotana estuvieron todos en algún momento mal abrochados. Por si esto era
poco, la muerte de este tipo de personas era aceptada por un sector abrumador
de la sociedad. La Inquisición católica ordenó quemar a Giordano Bruno y la
calvinista mandó a la hoguera a Miguel Servet. En ambos casos por fanatismo
religioso. Pero, no nos llamemos a engaño. Este tipo de criminalidad legalmente
instituida no ha cambiado sustancialmente nada en el siglo XXI. En aquella época
seguían condenando a muerte a los considerados herejes de acuerdo con las
diversas creencias religiosas (católicos, ortodoxos, protestantes, judíos,
islámicos etc.). Actualmente se condena a muerte a los disidentes políticos, a
los delincuentes comunes por motivos raciales, a los niños en el seno de sus
madres mediante las prácticas abotivas, a los ancianos y enfermos seleccionados
mediante la eutanasia. O mandando al crematorio, o a los centros de
investigación, embriones humanos obtenidos científicamente en el laboratorio
mediante técnicas avanzadas de reproducción artificial. Por las calendas
renacentistas se usaba mal la razón y ello dio lugar a las atrocidades humanas
referidas. Ahora no es que se use mal la razón. La razón es usada pero de
manera perversa.
Si en nombre de la razón se podía ejecutar a Miguel
Servet o a Giordano Bruno, actualmente habría que reservar muchas hectáres de
terreno sólo para sepultar a los nuevos profesionales de la muerte en nombre de
la justicia común, de los fanatismos políticos y religiosos y del progreso
científico. Bruno, como tantos otros, proclamó el amor al mundo y a sus
encantos. En esto tenía toda la razón. Pero no supo o no pudo llevar esta
postura hasta sus últimas consecuencias de una forma razonable y humana. Lo
cual no significa que sus enemigos y verdugos fueran más razonables y
civilizados. Al contrario, fueron más bestias e incivilizados. En fin de
cuentas, equivocado o no equivocado, Bruno declaró la batalla con la palabra y
razonamientos más o menos acertados o simplemente falsos. Pero no pidió la vida
de nadie. Sus enemigos, por el contrario, pidieron la sangre de Bruno para
saciar su sed absurda de justicia. Por ambas partes se prestó un mal servivio a
la razón pero, sin lugar a dudas, si hubiera que optar necesariamente por
Giordano o por sus pereguidores, las personas con sano juicio optarían por
Giordano. Ciertamente éste usó mal la razón, pero sus perseguidores fueron más
lejos pisoteando los sentimientos de humanidad y burlándose de la inteligencia.
El renacentismo dio rienda suelta a la imaginación y a la
irracionalidad pero no todo era magia, alquimia y astrología. La verdadera
física moderna debe mucho al legítimo entusiasmo y a las modestas aportaciones
de los personajes que quiero recordar a continuación. En contraste con las
sinrazones de hilozoistas, pampsiquistas, astrólogos y alquimistas Leonardo da
Vinci (1452-1519), por ejemplo, desmintió la magia y la alquimia y puso fuera
de combate la física escolástica practicando el método experimental, la
inducción y la deducción. La sabiduría y la verdad, decía, son fruto de la
experiencia y del tiempo. Tuvo el mérito de haber intuido importantes
descubrimientos como la circulación de la sangre y la teoría ondulatoria de la
luz. Y, por supuesto, planeó en su fantasía la aeronáutica y el submarino. Da
Vinci se imaginaba este mundo como una grán máquina viviente animada por un
principio misterioso y regulada por precisas leyes matemáticas. El uso de la
razón filosófica o teológica empieza a ser reemplazada de una forma exitosa e
irreversible por la razón científica. En la misma línea cabe recordar al
ilustre canónigo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543). En su célebre obra De revolutionibus orbium propuso nada
menos que la teoría heliocéntrica. Nadie en el pasado se había atrevido a decir
que la tierra no es plana o que el sol no gira en torno a la tierra. La llamada
“revolución copernicana” propuso exactamente lo contrario. A esta conclusión
llegó partiendo del principio de la sencillez y economía por el que, según él,
debe regirse la naturaleza. Para Copérnico el centro del universo es el sol y
no la tierra como falsamente se había creído siempre.
Al principio la revolucionaria teoría heliocéntrica no
tuvo mucho eco social debido principalmente a las luchas político-religiosas de
la época. Se encargaron de divulgarla Joaquín Rheticus y más aún Kepler, lo que
le granjeó muchas antipatías hasta el punto de tener que abandonar la
universidad de Tubinga. La teoría heliocéntrica fue despreciada por Lutero y Melanchton
y ridiculizada por Francisco Bacon. En Salamanca, por el contrario, se la dio a
conocer con toda normalidad. Esta teoría dio al traste con la concepción
greco-medieval del universo a base de esferas rotatorias concéntricas.
Psicológicamente el impacto fue mayor al tener que hacerse a la idea de que,
contra todas las apariencias, la tierra no es el centro privilegiado del cosmos
sino el sol. Era una invitación al realismo y la humildad al ceder al sol el
protagonismo que parecía exclusivo de la tierra.
Así como el nombre de Copérnico pasó a la historia
asociado a la teoría heliocéntrica el astrónomo Juan Kepler (1571-1630)
representa la reducción de dicha teoría a fórmulas matemáticas. Puso toda la
carne en el asador en dar expresión matemática a las ideas de Copérnico
inspirado en el principio: “donde hay materia hay geometría”. Así formuló las
famosas leyes que llevan su nombre: 1) El camino recorrido por un planeta no es
circular (como se venía creyendo por suponer que a este tipo de movimiento más
perfecto), sino elíptico, en uno de cuyos centros se encuentra el sol. 2) En el
movimiento alrrededor del sol el radio vector (barrido) de un planeta cubre en
tiempos iguales superficies iguales. 3) Los cuadrados de los tiempos de
traslación de los planetas se relacionan
entre sí como los cubos de sus distancias medias respecto del sol. Estas son la
famosas leyes de Kepler, según el cual, el hombre sólo puede conocer
satisfactoriamente magnitudes y a través de magnitudes. De ahí la necesidad del
recurso a las matemáticas. La razón científica gana terreno a pasos agigantados
dejando aparte a la razón filosófica y teológica. Pero esto no será de forma
pacífica. La verdadera física moderna tuvo un nacimiento tan turbulento como la
vida de Galileo Galilei (1564-1642). Pisano de nacimiento, educado en el
monasterio de Vallombrosa, estudiante de filosofía y medicina en Pisa y genio
matemático, puede ser considerado como el verdadero padre de la moderna física
mecánica. Su nombre en la historia va asociado a la demostración práctica y
definitiva del sistema cósmico copernicano. Eso sí, con mucho sufrimiento.
A él se debe el descubrimiento de la ley de la caída.
Significa que en la caída libre de los cuerpos el espacio recorrido crece con
el cuadrado del tiempo de caída. Pero Galileo se popularizó sobre todo por la
invención del telescopio y la balanza hidrostática. Galileo consagró
definitivamente el método inductivo abriendo nuevos horizontes a la razón
filosófica. Lo esencial del método inductivo de Galileo consistía en lo
siguiente: 1) Formulación de una hipótesis. 2) Comprobar y, si es posible,
experimentar las relaciones existentes entre la afirmación básica de la
hipótesis y las circunstancias complejas o términos que acompañan en la
hipótesis. 3) Formulación matemática de los resultados obtenidos. 4)
Formulación de la ley universal inducida de la comprobación de los casos
particulares. Galileo estaba convencido de que la naturaleza está escrita en
lenguaje matemático a base de triángulos, círculos y figuras geométricas. No
despreció el raciocinio pero lo relegó a un segundo plano. Con Galileo tomó
cuerpo la física moderna. En su línea de la razón científica su discípulo
Torricelli inventó el barómetro; Pedro Gassendi renovó el atomismo; Roberto Boyle
elevó la química al rango científico; Huyghens propuso la teoría ondulatoria de
la luz; Descartes puso en la picota la geometría analítica y Leibniz desarrolló
el cálculo infinitesimal. Por su parte, Isaac Newton (1643-1727)? representa el
coronamiento de la nueva perspectiva abierta por Galileo. Newton fue profesor
en Cambridge y en su obra maestra “Philosophia
naturales principia matemática” formuló la ley de la gravitación universal
inspirado en la ley de la caída de Galileo y su doctrina sobre las órbitas planetarias.
Interpretó así la totalidad de la mecánica en función de la atracción de masas.
Igual que Galileo, Newton trabajó mediante hipótesis sobre la dimensión
cuantitativa de la naturaleza. Vistas las cosas desde la perspectiva del tiempo
se comprende que el uso de la razón científica fuera adquiriendo un
protagonismo imparable hasta convertirse en el pedestal sobre el cual se iba a
colocar a la diosa razón sin más.
12. La razón al poder y su
perversión maquiavélica
Hemos visto cómo el uso de la razón deriva con paso
seguro hacia la razón científica en el sentido más moderno de la expresión.
Pero no podemos olvidar su otra vertiente hacia el poder. Para Francis Bacon
(1561-1626), por ejemplo, saber es poder. Inglés de origen y renacentista por
cultura, intentó construir un sistema orgánico de pensamiento llevando la
reflexión filosófica al campo del conocimiento basado principalmente en la
experiencia. Bacon es el filósofo por antonomasia del método empírico,
convencido de que, para bien o para mal, saber es poder y, por lo tanto,
nuestros conocimientos y saberes han de regirse por la utilidad de los mismos.
Saber es poder significaba para Bacon que, en adelante, el saber ya no está
marcado por la búsqueda de la verdad y la contemplación de los valores sino por
su utilidad técnica. Según él, este saber tecnológico debería ser la base de la
moderna civilización en la que las cuestiones metafísicas tradicionales
deberían ser condenadas al olvido. El saber pragmático significa que la razón
se usa para poder y no para buscar la verdad, hablar de ella o enseñarla a los
demás. Es la proclamación del pragmatismo puro y duro.
Con la aplicación del método inductivo-experimental
habría que hacer desaparecer los cuatro ídolos o prejuicios siguientes. 1) Las
ideas que retenemos en la memoria sólo por ser patrimonio escolar y se aceptan por
pura tradición sin tener para nada en cuenta los hechos. Son aquellas
enseñanzas que definen o distinguen a una escuela de otra. 2) El hombre,
además, es proclive a repetir las cosas que oye sin reflexionar sobre ellas ni
desentrañar personalmente su significado. 3) Existen también los ídolos o
prejuicios de la caverna. Son aquellas ideas propias y favoritas en las que nos
encerramos queriendo ver todas las cosas a través de ellas sin pensar antes si
son válidas o no. 4) Por fin, los ídolos de la tribu o prejuicios humanos
mediante los cuales subjetivizamos lo objetivo antropomorfeando las cosas. Aquí
se censura el culto a la autoridad de Aristóteles, al que Bacon consideró como
un déspota del pensamiento, y a la antigüedad clásica como la infancia de la
humanidad. Pero no basta soslayar esta idolatría de ideas preconcebidas y de
prejuicios. Para que la inducción sea veraz es preciso además que sea completa.
Sólo así es posible conocer la causa real de los fenómenos. Sin esta
experimentación básica los razonamientos filosóficos serían tan inútiles como
perjudiciales. Obviamente Bacon sacrificó el uso de la razón filosófica y
teológica al logro del poder sobre la naturaleza y el poder político en el
horizonte. Cualquier cosa menos usar la razón para buscar la verdad última de
las cosas y la sabiduría de la vida más allá de las contingencias de este
mundo.
El paso del saber cómo poder en general al uso de la
razón como instrumento al servicio del poder político lo dio Nicolás Maquiavelo
(1469-1527). Secretario de la segunda Cancillería florentina, nostálgico de la
antigua grandeza romana y consciente de la debilidad de las pequeñas repúblicas
italianas, se convirtió en un patriota fanático, oportunista y amoral. Su obra
emblemática es El Príncipe, que
dedicó a Lorenzo de Médicis, al cual exhorta a liberar a Italia del yugo
extranjero con vistas a crear un Estado nacional. El principio basilar del
pensamiento político de Maquiavelo es que en la acción política no hay que
tener en cuenta lo que las cosas deben ser sino la eficacia y efectividad para
conseguir y conservar el poder. Esto es lo que él llama realismo político o
ciencia política. Cualquier cosa menos las utopías platónicas o sentimentales.
“Me ha parecido conveniente -escribe- buscar la efectiva verdad de las cosas y
no la imaginación de las mismas. Muchos han imaginado principados o repúblicas
que no se han visto jamás ni se ha conocido ser verdaderas, porque hay tanta
distancia de cómo se vive a cómo se debiera vivir que aquel que deja lo que se
hace por lo que se debiera hacer, antes procura su ruina que su conservación.
El hombre que quiere hacer en todo profesión de bueno, ha de arruinarse entre
tantos que no lo son”. La vida humana y el acontecer histórico están
condicionados por la suerte y la fortuna personal. Por ello, el hombre de Estado tiene que aprender a manejar con
energía y sin escrúpulos la fuerza de los acontecimientos a favor del poder.
Los principios maquiavélicos de acción política pueden
reducirse a los siguientes. 1) El estadista debe partir del hecho de que los
hombres son malos. A esta triste conclusión debió llegar Maquiavelo después de
haber sido testigo de muchas injusticias e hipocresías en la Cancillería de
Florencia. 2) Para mantenerse en el poder hay que aprender el arte de no ser
bueno y aprovechar las oportunidades. 3) El estadista ha de ser más temido que
amado usando, si es preciso, de la crueldad. Y, si llega el caso, quebrantando
los tratados y convenios. 4) Pero debe también saber ser hipócrita aparentando
ser piadoso y sincero. Sin olvidar, claro está, que tanto la piedad como la
sinceridad pueden resultar perjudiciales. 5) Lo ideal sería que el hombre de
Estado tenga tantas caras como exijan
las circunstancias y ser malo, cruel o bestia cuantas veces lo considere
oportuno. El estadista debe ser marrullero como la zorra y sanguinario como el
león. 6) Jamás debe dar medias soluciones, vacilar entre el bien y el mal, el
derecho o la fuerza. Por lo mismo, el Catolicismo, que propugna la mansedumbre
y la humildad es para la política antipráctico e inútil. 7) Para subsistir
socialmente y vencer, a una fuerza dada hay que presentar otra igual o mayor.
En esto el maquiavelismo político es una aplicación práctica de la dimensión
cuantitativo-mecanicista de la nueva física renacentista en el ámbito de las
relaciones humanas. 8) El hombre y el Estado, según Maquiavelo, son un mero
mecanismo de fuerzas cuyos elementos en juego son las pasiones humanas. 9)
Maquiavelo es un mitólogo del Estado absolutista. Al Estado hay que supeditar
todos los valores, la familia, la religión y la moral. Maquiavelo puso las
bases de la escisión entre política y moral. Lo cual significa que al Estado y
al pueblo se los ha de tratar de modo distinto que a las personas en
particular.
Maquiavelo fue
sin duda un hombre amargado que puso al vivo la dialéctica de las pasiones
humanas en el mundo de la política. En la vida real las personas honradas o
débiles suelen ser maltratadas por los desaprensivos y moralmente degenerados.
Se tiene la impresión a veces de que medio mundo está para engañar al otro
medio. Como si la sociedad no fuera otra cosa que una horda de pillos y
granujas, con lo cual ha de contar el Príncipe para agarrar al toro por los
cuernos. El modo descarado y lapidario de hablar en El Príncipe suscitó reacciones de todo tipo, desde la admiración
hasta el desprecio más explícito. La verdad es que leyendo atentamente esta
obra podemos percatarnos cómo debían estar las cosas de la política en la
Italia de su tiempo. Cabe pensar que El
Príncipe es más que otra cosa un análisis descriptivo y confidencial de la
corrupción política reinante y que él conoció en directo desde dentro. Bodino no
dudó en tomar en serio el maquiavelismo llegando a decir que el poder estatal
debe ser supremo y absoluto y sólo responsable ante Dios y la Ley natural. En
este absolutismo temporal se han inspirado después todas las modernas
dictaduras. Y lo que es más admirable. Si analizamos la conducta de muchos
políticos modernos considerados como democráticos, resulta sorprendente el
maquiavelismo de fondo que inspira sus formas de comportamiento. Diríase que,
así como cuando los perros domésticos prueban sangre se vuelven violentos,
muchos políticos cuando prueban el poder se vuelven maquiavélicos. Se puede
decir sin exagerar que el maquiavelismo ha sido el catecismo universal de todos
los dictadores modernos y que, junto con el marxismo, constituye un ejemplo
emblemático del uso perverso de la razón.
13. El uso de la razón y las
utopías sociales
El maquiavelismo
no fue la única expresión de la razón política renacentista. Junto a la razón política maquiavélica surgió
también la razón política comunista. Tomás Moro (1480-1535), por ejemplo, fue
un ilustre Lord de la Cancillería británica y víctima, como es sabido, de la
brutalidad e irracionalidad de Enrique VIII. Su Utopía es una novela política en la que expone una nueva conciencia
comunista de inspiración platónica como alternativa a la sociedad inglesa de su
tiempo. En su forma de razonar condenó la acumulación de bienes en manos de una
minoría mientras otros se ven condenados a vivir en la indigencia abatidos por
el trabajo. Según él, los reyes europeos deberían distribuir más justamente las
riquezas en lugar de malgastarlas en guerras y conquistas. Sólo así se lograría
que la ciudadanía se encontrara satisfecha evitándose las guerras y cuanto de
brutal se sigue de ellas. A no ser que se trate de defender las propias
fronteras, las fronteras de los países amigos o de los pueblos sometidos a
regímenes tiránicos. Para evitar la codicia abogó por la supresión de la moneda
y el fomento de un comercio de intercambio. Para evitar la acumulación de
riquezas sugirió un horario de trabajo de seis horas diarias dedicando el resto
del tiempo disponible al cultivo del espíritu y de la ciencia. Los esclavos y
criminales realizarían los trabajos más duros y la pena de muerte debería ser
abolida.
En el régimen comunista propuesto por Tomás Moro los que
niegan la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la justicia en la otra
vida, deberían ser considerados como seres humanos de segunda clase.
Igualmente, los fanáticos religiosos deberían ser expatriados o reducidos a
esclavitud. Desde el punto de vista político exigió la libertad religiosa de
los no fanáticos. A nadie se puede impedir que en su interior piense lo que
quiera si bien sólo a los que hacen buen uso de la razón religiosa se les debe
permitir que ostenten cargos públicos. Los templos deberían se numerosos,
espaciosos, con poca luz y sin imágenes con el fin de facilitar el recogimiento
y la verdadera libertad de espíritu. La religión debe promocionarse por la
fuerza intrínseca de sí misma y nunca por la fuerza. Los intolerantes y
fanáticos religiosos han de ser tratados con severidad. A Tomás Moro le tocó
vivir uno de los momentos históricos más tristes de Inglaterra bajo la
irracionalidad y brutalidad de Enrique VIII. Maquiavelo describió y recomendó
el uso corrupto de la razón en materia política y no se jugó nada. Tomás Moro
fue más lejos mirando a lo que las cosas deberían ser y, como es sabido, se
jugó la vida. En ningún caso el uso de la razón sirvió prácticamente para nada.
En la misma línea de la razón utópica en el campo de la
política merece la pena recordar a Tomás Campanella (1568-1639). La corrupción
interna en el seno de la Iglesia, la influencia del luteranismo visceral, la
amenaza turca, lo que él llamaba sofística aristotélica, la hipocresía
maquiavélica y otros factores ambientales de su tiempo contribuyeron al
forjamiento del carácter conflictivo y de Tomás Campanella. Desde su ingreso en
la Orden Dominicana se destacó por su inteligencia poco común y su actitud
inconformista. La cárcel fue su morada casi habitual y la política su obsesión
dominante. Se consideró a sí mismo víctima y profeta. La política de Campanella
expuesta en La ciudad del sol es el
polo opuesto del individualismo astuto de Maquiavelo.
Es como un sueño comunista en el que propone un
socialismo agrario inspirado en el platonismo, el cristianismo primitivo y la
doctrina de Tomás Moro. En esta sociedad ideal todo debería estar regulado por
un orden único de principios garantizado por la autoridad suprema del Papa. Por
lo mismo, la religión y la fe deberían ser la piedra angular de la unidad y de
la autoridad. Según Campanella, la propiedad privada no tiene fundamento
ninguno natural. El ejercicio de la propiedad privada no sería otra cosa que
una concesión forzada por la iniquidad de los hombres. Tampoco debería haber
libertad de fe religiosa. Tomás Campanella pensaba que el rey francés debía
juzgar a todos los herejes europeos y el español al resto del mundo. Como buen
renacentista admitía una religión natural, otra consensuada por los
legisladores y, finalmente, la cristiana. Esta última debería ser reconocida
como la única verdadera y necesaria para no errar en esa materia. Se comprende
que la Academia de Moscú de la antigua Unión Soviética ordenara la traducción
al ruso de La ciudad del Sol. Pero
ello no deja de ser paradójico si tenemos en cuenta que la fuente de
inspiración de la razón comunista de Campanella nada tiene que ver con las
fuentes de inspiración de la razón comunista soviética. Lo que está claro es
que el uso de la razón va a bandazos del individualismo egoísta al colectivismo
social más absurdo. Unas veces se afirman los derechos de las partes
destruyendo los bienes más comunes a todos, y otras, se afirman los derechos
más comunes anulando a las personas. En este contexto dramático Hugo Grocio
(1583-1645) presentó como alternativa la llamada “razón de Estado”.
Grocio fue holandés de origen, educado en Francia y
condicionado mentalmente por las guerras crueles de su tiempo. Históricamente
representa un correctivo a las ideologías despóticas renacentistas, más
realista y razonable que Tomás Moro Y Campanella. En su célebre obra De iure ac pacis libri tres, in quibus ius
naturae et gentium, item iuris publici praecipue explicantur, sostiene que
el derecho natural se deriva de los principios intrínsecos de la naturaleza
humana, de tal suerte que, aún en la hipótesis absurda de que Dios no
existiera, dichos principios no perderían su validez sociológica. Esta
convicción revela el valor que Grocio reconoció al buen uso de la razón en los
asuntos políticos. Desde esta perspectiva trató de justificar el derecho a la
legítima defensa entre personas particulares pero dejando bien claro que, una
vez constituido el Estado, corresponde a éste y no a los particulares la puesta
en práctica de ese derecho. No admitía bajo ningún concepto que las personas
privadas por su cuenta y riesgo se rebelen contra el Estado. Una vez que el
pueblo ha transmitido la soberanía al Estado, pierde el derecho a rebelarse
incluso cuando dicta leyes injustas y ejerce la tiranía, salvo casos de
necesidad extrema. Lo contrario acarrearía en la práctica muchos problemas de
difícil solución. Por el contrario, el Estado puede actuar contra las personas
privadas según justicia en nombre del bien común. Según Grocio, la auténtica
guerra tiene lugar cuando se enfrentan dos Estados. Cuando esto ocurre, todo
está permitido si bien evitando violar los principios universales de humanidad.
En lo religioso, como buen renacentista, admite una religión natural que todo
el mundo debe respetar. Ello implica el reconocimiento de la existencia de Dios
creador y su naturaleza superior. A todo esto la revelación cristiana añade
otros valores religiosos que sólo con la ayuda divina pueden ser adoptados y
comprendidos. Por lo mismo, ni la religión natural ni la revelada pueden ser
impuestas a nadie por la fuerza y menos aún por la armas.
Además de la
razón de Estado está la razón o soberanía del Pueblo. Al igual que Roberto
Belarmino, Francisco Suárez y los escolásticos renacentistas, Grocio sostiene
que la potestad suprema del Estado reside en el Pueblo, el cual la ha recibido
de Dios. El Príncipe, pues, no recibe el poder directamente de Dios, como
propugnaba la teoría absolutista de Jacobo I de Inglaterra, sino por gracia del
Pueblo. Eso sí, una vez transmitido el poder al Estado, Grocio no era
partidario del derecho a la resistencia, ni por parte de las personas privadas
ni de los magistrados subalternos ya que lo contrario sería dejar todas las
puertas abiertas al desorden. Reconoce, no obstante, que el tirano pierde su
autoridad por el hecho mismo de ser
tirano, ya que la voluntad de dirigir es incompatible con la de destruir.
Algunos han considerado a Grocio como el fundador del derecho internacional
moderno. Parece más razonable pensar que esta nueva criatura nació en la
escuela de Salamanca con Francisco Vitoria y sus discípulos ilustres entre los
cuales se encuentra Grocio.
14. El uso de la razón entre
el desencanto y la esperanza
Los grandes representantes del segundo renacimiento
atizaron el fuego de grandeza y orgiástica expectación en un futuro más
venturoso para la razón que en tiempos pasados. Los guiños de una ciencia
incipiente deslumbraron a muchos. Pero la vida seguía siendo dura. El recurso a
Dios al estilo medieval para aliviar las penas de este mundo perdió interés y
el progreso de las ciencias modernas seguía siendo demasiado insuficiente para
encarar los problemas cotidianos de la vida y menos aún los de la muerte. Con
este telón de fondo se comprende mejor la mezcla de desilusión y esperanza en
el uso de la razón que ha prevalecido hasta nuestros días. Pero vayamos
despacio para verlo mejor.
Luis Vives y la
razón pedagógica. Este
ilustre humanista valenciano estudió primero en Valencia y después en París.
Luego enseñó en Lovaina y Oxford. Enrique VIII le nombró preceptor de la
princesa María y lector de la reina Catalina. A raíz de los escándalos del rey
marchó a Brujas donde murió el 6 de mayo de 1440 poco después de haber sido
visitado por Ignacio de Loyola. Luis Vives fue un hombre bueno comprometido con
la renovación de la ciencia aplicando una pedagogía nueva. Como buen humanista
criticó resueltamente a la razón escolástica de una manera global sin que él
aportara ideas con contenidos mejores. Les reprochaba, por ejemplo, el enseñar
las doctrinas antiguas sin el conocimiento adecuado de los respectivos idiomas
clásicos. Por lo mismo, se servían de códices inseguros y no de las fuentes.
Les reprochaba igualmente de buscar más el éxito personal que la verdad de
forma objetiva y desinteresada. Como buen renacentista tenía muy claro que al
interior del conocimiento de las cosas se llega entrando por la puerta de los
sentidos. Luis Vives puede ser considerado como el padre de la razón pedagógica
y psicológica moderna. En esta línea aporta muchas experiencias personales
interesantes. Su derivación en la pedagogía y la psicología se produce a partir
de dos preguntas sobre el alma humana: qué es y qué hace. A nadie se le oculta
la importancia que el pensamiento moderno ha dispensado a la psicología y la
pedagogía. Paradójicamente se tiene la impresión de que es más importante el
modo de enseñar que la calidad de lo que se enseña. Es el reemplazo de la
metafísica y de la teología por la psicología y la pedagogía.
Gómez Pereira y
las sensaciones animales.
¿Y qué pensar sobre la preocupación moderna por los animales? Hay muchas
personas que derivan hacia los animales toda la afectividad que razonablemente
deberían otorgar a las personas. Pero no parece que encuentren muchos apoyos
racionales en el ilustre médico y filósofo español Pereira (1500-1555). Nacido
en Medina del Campo, estudió en Salamanca y se hizo famoso con su obra Antoniana Margarita. La obra es una
amalgama de psicología y metafísica. Ya en su tiempo llamó mucho la atención su
tesis sobre el automatismo de los animales. Según él, los animales carecen de
sensación y sus movimientos se explican mediante factores mecánicos que
describe minuciosamente. Cabe imaginar que actualmente Gómez Pereira no sería
un buen amigo de la Sociedad Protectora de Animales.
Su pensamiento sobre los problemas humanos tiene un fondo
platónico, pero al mismo tiempo es un preludio del uso cartesiano de la razón.
Es interesante constatar las coincidencias de Descartes con Pereira. ¿Conoció
Descartes la Antoniana Margarita de
Pereira publicada en 1554? Cronológicamente no hay nada en contra toda vez que
el Discurso del Método de Descartes
vio la luz en 1637. Por otra parte, las coincidencias son muchas y casi literales.
Ambos, por ejemplo, parten de la sola razón como si las verdades religiosas no
existieran. Pero, sobre todo, el famoso “pienso, luego existo” (cogito, ergo
sum) cartesiano es la traducción abreviada de lo que dice Pereira: “Nosco me
aliquid noscere, et quidquid noscit est, ergo ego sum”. Conozco que sé algo, y
lo que conoce existe, luego yo existo”. ¿Qué diferencia hay entre decir
“pienso, luego existo” y “conozco, luego existo”?. Ambos coinciden igualmente
en considerar a los animales como simples autómatas, como máquinas especiales
que actúan mecánicamente impulsados por agentes externos.
¿Concordismo o
resignación intelectual?
Sebastián Fox Morcillo (1528-1559) fue sevillano de nacimiento y estudiante en
Lovaina. Lamentablemente murió muy joven en un naufragio cuando volvía a España
para ocuparse de la educación de Carlos I. Creo que, a pesar de sus
limitaciones, fue uno de los hombres razonables de su tiempo. Trató de
conciliar el pensamiento de Platón y Aristóteles con las verdades de la fe
cristiana lo cual, al margen de los escasos o nulos resultados obtenidos,
demuestra que era consciente de que el uso de la razón no puede sustraerse a la
reflexión sobre la trascendencia. Lo cual no le impidió iniciar el llamado
“método geométrico” mediante la aplicación de axiomas, definiciones e
hipótesis. Cuando estudia el problema de las relaciones cuerpo y alma se tiene
la impresión de que está ya dándole pistas a Descartes. Su afán de concordia
entre la razón platónica y aristotélica puede dar pie a pensar en la falta de
originalidad respecto del pasado. Pero en la época de Fox Morcillo cabe pensar
que fue una opción por la razonabilidad cuando el uso de la razón se encontraba
en franco desprestigio.
Francisco Valles
y la embriología humana (1524-1592).
Natural de Covarrubias (Burgos), ejerció la medicina en la cámara de Felipe II
con tal competencia que se ganó el calificativo de “divino” por parte del rey.
Fue un pensador independiente con chispazos de originalidad en el campo
teológico al estilo del viejo Pedro Abelardo. En su época era comúnmente admitido
que el embrión humano posee primero alma sensitiva y después alma humana
propiamente dicha. De acuerdo con esta mentalidad, Valles sostenía que el alma
no es acto del cuerpo en cuanto cuerpo sino en cuanto sentiente e inteligente.
Sólo cuando el cuerpo ha adquirido la adecuada disposición Dios infunde la
vida, que es al mismo tiempo sensitiva e intelectiva. Pero antes ha habido ya
otras formas inferiores. El alma como principio de la vida estaría asentada en
el cerebro. Por otra parte, según Valles, entre el animal y el hombre sólo
habría una diferencia gradual y no sustancial por cuanto que el hombre es capaz
de llegar a la sabiduría. Llama la atención el que esta forma de pensar sea
sostenida aún hoy día por muchos expertos en embriología moderna avanzada a
contrapelo de los datos científicos que obran en su contra. La teoría de la
animación retardada, en efecto, propia de épocas pasadas y superadas por los
conocimientos modernos más avanzados sobre el embrión humano, es utilizada
contra toda razón para legitimar la producción y uso destructivo de embriones
en el campo de la bioética y de las investigaciones biomédicas. Algo que, sin
duda no habría aceptado Valles de haber dispuesto de los avances científicos de
la moderna embriología.
Escepticismo y
resentimiento intelectual.
El escepticismo como indiferencia despreciativa del uso de la razón suele ser
el estado intelectual de transición propio de personas todavía sensatas
aturdidas por el desorden de las opiniones arbitrarias y los intereses mezquinos
de los sistemas escolares. El paso siguiente al escepticismo suele ser el
resentimiento intelectual frente a verdades fundamentales, o la credulidad
ridícula en cosas banales. Por otra parte, así como desde la cumbre de una
montaña se divisa la cúspide de otras, así también, desde la cumbre de la total
desconfianza en la razón se empieza a divisar la orgía racionalista (uso
abusivo de la razón) capitaneada por Renato Descartes. Pero hemos de descender
hasta el suelo antes de comenzar la escalada. Para hacernos una idea de este
fenómeno me parece oportuno recordar algunos nombres emblemáticos y sus
actitudes frente al uso de la razón.
La decepción de
Cornelio Agripa
(1486-1535). Cinco años antes de morir publicó su libro “De incertitudine et vanitate scientiarum atque artium”. Nada más y
nada menos que sobre la incertidumbre y vanidad de las ciencias y las artes.
Según Agripa, todas las ramas de las artes y de las ciencias profanas son un
conjunto de errores dañinos. Todos esos presuntos conocimientos no son más que
engaño e incertidumbre. Sí, la gramática, la retórica y la dialéctica son muy
útiles. Pero sólo para engañar más y mejor a los demás. La cabalística, las
ciencias adivinatorias y las matemáticas no van más allá de la superstición. La
alquimia es una impostura y la medicina no tiene más fundamento que las
trapacerías de los médicos y la credulidad de los pacientes, que buscan el
milagro de su curación aunque venga del diablo. La administración del derecho,
insistía, se ha convertido en una apología de la fuerza y la teología de La
Sorbona en sofística y logomaquia. Se revuelve también contra la vida clerical,
el culto, el lujo de los edificios y el celibato eclesiástico. No sé si se
cumplió la orden pero la Facultad de Teología de La Sorbona mandó quemar el
libro de Agripa. Es obvio que este hombre no supo usar bien la razón. Pero su
actitud personal es una prueba más de que tampoco sus opositores y líderes del
presunto progreso renacentista la usaron mejor.
Miguel Eyquem,
señor de Montaigne (1533-1592).
Aristócrata de cuna, de abolengo judío, alcalde de Burdeos y viajero
empedernido, Montaigne, más que un pensador o filósofo, fue un charlista que
mezcla agradablemente sus experiencias de viaje con una vasta y desordenada
cultura sin asimilar. En moral es un perfecto estoico y en religión un
conformista sin escrúpulos. La razón médica debe dejar que las enfermedades
sigan su curso por la simple razón de que las intervenciones médicas son
inútiles. Es una peste creer que es posible el verdadero conocimiento. Según él
no hay motivo ninguno sólido para creerlo y la experiencia demuestra que
incluso nuestros sentidos nos engañan. El mundo está dominado por fuerzas
ocultas que van de la vida a la muerte. Por ello, para aprender a vivir hay que
aprender a morir. El hombre es miserable pero orgulloso de sí mismo. Esta es su
enfermedad crónica.
Por más que nos hagamos ilusiones, nuestras diferencias
con los animales son mínimas. Lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en la
conciencia y tratar de alcanzar lo que nos salga al paso de una manera
desapasionada y estoica. Sólo así alcanzaremos un mínimo de independencia y
seguridad en la vida. Todo es relativo y ninguna ley existe para todos los
hombres. Todo depende del tiempo y los lugares. Una forma de conducta, por
ejemplo, que en un lugar es considerada criminal, en otros puede ser
considerada como virtud o heroísmo. El Sr. De Montaigne me causa la impresión
de un hombre desengañado de la vida y de las promesas fáciles de los pensadores
y científicos de su tiempo. Según él, en lugar de halagar a los demás con
falsas promesas de conocimiento y felicidad lo más correcto sería que cada uno
de nosotros nos preguntáramos: ¿qué sé yo? Y la respuesta más probable sería
que muy poco o casi nada de útil y provechoso para resolver los grandes
problemas de la vida. La actitud personal de este hombre superculto no es de
miedo a pensar, como en los tiempos actuales, sino de pérdida total de
confianza en el uso de la razón.
Pierre Charron,
el canónigo analfabeto
(1541-1603). Fue parisino de nacimiento, abogado, sacerdote, canónigo y
predicador de la reina Margarita. Fue amigo de Montaigne y más extremado aún en
su desconfianza en la razón humana. La verdad, decía, no es patrimonio del
espíritu humano ya que los errores tienen siempre las puertas abiertas. Oponía
el sentimiento moral al saber dogmático y, lo mismo que su amigo Montaigne,
pensaba que una misma forma de conducta puede ser virtuosa en un lugar y
viciosa en otro. Nuestro ilustre canónigo no sólo se preguntaba si había algo
sino que respondía categóricamente: yo no sé nada.
En la misma onda se encontraba Francisco La Mothe-Le-Vayer (1588-1672). Potegido de Richelieu y
Mazarino ahondó más aún la fosa del escepticismo y falta de confianza en la
razón. La verdad de las cosas, decía, nunca llega a nosotros. La historia, por
ejemplo, por lo general es pura fábula. Las buenas historias son como esos
medicamentos raros que antes de usarlos hay que esperar mucho tiempo hasta que
son adecuadamente preparados para su consumo. De las cosas más serias, decía,
la más segura es dudar. Sin embargo, a pesar de considerarse un cristiano
convencido, no dudó en dedicarse al libertinaje. Nada extraño cuando no se hace
uso correcto de la razón.
La crítica
despiadada de Francisco Sánchez (1550-1623). Nos encontramos con otro galeno español que a los 24
años de edad era ya doctor en medicina por la Universidad de Montpellier. En su
obra “Nada sabemos” (Quod nihil
scitur) hay mucho ímpetu juvenil, realismo y desilusión frente a las grandes
promesas renacentistas. Ya se conocían las obras antiguas y se había mejorado
las formas de expresión escolástica y literaria. Y ahora ¿qué?. Pues que la
vida continuaba implacable como antes. La gente seguía muriéndose y tan infeliz
como siempre. La física aristotélica era aún presentada en forma silogística
desvinculada de la experiencia y de las matemáticas. Lo mismo ocurría con las
imaginarias cosmovisiones inspiradas en el platonismo, en la cábala y el ocultismo. Hastiado y desilusionado, el
joven galeno Sánchez se ensañó cuanto pudo contra esas formas de usar la razón
optando por dudar de todo y no quiso construir una filosofía mejor a partir de la duda, como hará después
Descartes, ni fundamentar una certeza primordial. Lo único que pretendió fue
ridiculizar el estado lamentable de la ciencia de su tiempo.
En el prólogo de su obra no pudo ser más claro y
explícito: “Desde niño, era yo muy aficionado a la naturaleza y a darme cuenta
de las cosas de mi alrededor. Al principio contentábame con cualquier
explicación, hasta que me invadió el prurito criticista, y tanto, que, puesto a explicarlo todo, en
nada encontraba ya reposo. Cansado de consultar libros y de interrogar
maestros, encerréme en mí mismo, comencé a dudar de todo, como si todo se hallara
inédito, y díme a la inquisición de las cosas”. Como es obvio, esta es la
actitud normal de los adolescentes cuando, siguiendo el orden de la naturaleza,
empiezan a cuestionar todo lo que han aprendido hasta entonces de los adultos y
en los centros educativos. Conocemos los efectos nefastos que produce en ellos
el constatar que la enseñanza que han recibido no se corresponde con la
realidad de la vida sino que obedece sólo a tradiciones culturales que hay que
conservar, o que son impuestas por grupos dominantes por razones políticas o
culturales ajenas a la verdad de la vida. Este drama ha existido siempre y
existe hoy día. Francisco Sánchez lo vivió en su propia carne. Denunció con
pasión juvenil el hecho del mal uso que en su tiempo se hacía de la razón.
¡Lástima que se conformara con refugiarse en la duda, como medida de
prevención, en lugar hacer una demostración práctica sobre el uso correcto de
la misma!
Después de estos
testimonios descorazonadores cabría pensar que el uso de la razón había sido
sepultado por su presunta inutilidad para resolver los grandes problemas de la
vida. Paradójicamente no fue así. La razón se sintió muy herida pero reaccionó
rabiosamente levantándose con el santo y la limosna. El duelo entre el racionalismo
(abuso de la razón) y el sentimentalismo
(abuso de los sentimientos) va a cobrar una actualidad insospechada con el
correr del tiempo hasta nuestros días. Veámoslo aunque sólo sea de forma
breve y esquemática.
15.
El abuso ilustrado de la razón
La declaración de una guerra equivale
siempre a un fracaso de la razón. Mientras las partes en conflicto son capaces
de hablarse y de razonar las armas esperan. Cuando la razón deja de luchar con
el arma de la palabra razonable se ponen en acción los cañones y los misiles. Una vez declarada la guerra, ninguna de las
partes beligerantes tiene ya razón. Todos la han perdido o la usan
perversamente para destruir al presunto enemigo. Como es sabido, a lo largo de
los siglos XVI y XVII Europa fue asolada por las llamadas guerras de religión.
El hambre, la peste y las guerras fueron siempre una prueba de fuego para los cultivadores del uso
de la razón. Pero no menos los conflictos religiosos. La escisión protestante
entre los cristianos europeos significó otro fracaso más del uso de la razón
teológica y una de sus nefastas consecuencias fue la absurda guerra de familia
que duró 30 años. Y como la pérdida de la razón por mucho tiempo termina
resultando insoportable, llegó el tratado de Westfalia en el que pueden leerse
algunos párrafos que ponen de manifiesto los males que se derivan de la pérdida
de la razón en los asuntos públicos y los bienes que se derivan de las buenas
razones, aunque esta lección se aprenda demasiado tarde. Sólo cuando la razón
se impuso al odio y a las armas fue posible decir cosas como las que fueron
escritas en el histórico tratado de Westfalia del 24 de octubre de 1648. La
situación política en el continente europeo se estabilizó con dicho Tratado
pero el uso de la razón había quedado una vez más muy desprestigiado. En su
lugar surgió un ambiente de agitación que tendía a centrar las nociones de fe y
mística en las revelaciones individuales como la fuente principal de
conocimiento y sabiduría. La mística o el fideísmo suele ser siempre el refugio
de quienes han sido defraudados por el uso perverso de la razón, como suele
ocurrir después de las grandes contiendas. Baste recordar el renacimiento
espiritual en Europa surgido, aunque por poco tiempo, al término de las dos
guerras mundiales. Todo hay que decirlo, paralelamente han surgido también
movimientos humanamente degenerativos entre aquellos y aquellas que fueron
testigos o sufrieron las consecuencias sin haber podido olvidarlas o
sublimarlas.
La Ilustración, como es sabido, fue un movimiento cultural
originalmente europeo, peculiar del siglo XVIII, caracterizado por su afán de
iluminar todos los aspectos de la vida humana con la sola luz de la razón
desterrando todo tipo de superstición y tiranía. Se llegó a idolatrar la razón y la libertad individual
consideradas como los dos valores supremos de referencia. Los tiempos pasados
fueron considerados como la infancia de la razón humana que con la nueva
rehabilitación de la razón se trataba de superar para siempre. Este movimiento
abogaba por la razón como la forma de establecer un sistema
autoritario ético, estético y de conocimientos. Los líderes
intelectuales de este movimiento se consideraron a sí mismos como la élite de
la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al mundo hacia el progreso,
sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y
tiranía. Este movimiento creó el marco
intelectual de la revolución francesa y
americana así como del auge del capitalismo que, a su vez, propició el
nacimiento del socialismo que derivó después en el despotismo comunista. Es la denominada «Era de la Razón», en nombre de la cual se trató
de establecer una filosofía basada en axiomas o verdades evidentes sobre las
que descansa el resto del conocimiento o sobre la cual se construyen los demás
conocimientos, y en el absolutismo como garantías del conocimiento y de la
estabilidad social.
Racionalismo quiere
decir abuso de la razón. Lo cual es inevitable cuando se proclama el uso de la
razón a ultranza y por encima de todo. Todo se reduce a la razón y la
experiencia sensible. En consecuencia, nada que previamente no haya sido
sancionado por la razón debe ser creído. Hasta tal extremo que, como veremos
inmediatamente, durante la Revolución Francesa
se llegó a rendir culto a la «diosa Razón», que se asocia con la luz y
el progreso del espíritu humano. Desde el altar de la razón endiosada
algunos no dudaron en tratar las pasiones y los
sentimientos humanos como un mal en sí mismos. Aplicada esta mentalidad
al campo de la estética, sostenían que todo lo desprovisto de armonía, lo
desequilibrado, asimétrico y desproporcionado ha de ser considerado como
estéticamente monstruoso. En todos los modelos
racionalistas cabe destacar un
denominador común que consiste en la confianza que todos ellos ponen con
matices diversos en el presunto poder ilimitado de la razón humana. Igualmente,
todos adaptan el método lógico-matemático para explicar sus razonamientos, y el
empírico para confirmarlos cuando ello es posible. Paradójicamente se recuperan
doctrinas clásicas como el atomismo al modo Gassendi, el fatalismo al modo Spinoza o el platonismo gnoseológico al modo
leibniano. Los historiadores de la filosofía han informado minuciosamente sobre
el racionalismo moderno con Renato Descartes a la
cabeza. La universalización de la
duda metódica cartesiana condujo al racionalismo exagerado que culminó en el
endiosamiento de la razón. Su obsesión por las ideas claras y distintas le
llevó a confundir su talento matemático con la reflexión humana buscando
en todo evidencias matemáticas en nombre
de la razón.
Siempre me llamó la atención la derivación del
racionalismo cartesiano en el panteísmo
monístico de Baruc Spinoza (1632-1677). Nacido en Amsterdan de padres
sefarditas oriundos de España, fue educado por un rabino influenciado por
Maimónides y la cábala medieval. Quedó fascinado por el racionalismo cartesiano
subyacente en las ideas claras y distintas de Descartes y es considerado como
el teórico por antonomasia del panteísmo moderno. Spinoza padece el vicio de la
idea clara y distinta cartesiana que desarrolla hasta el extremo de confundir
la naturaleza de Dios (naturans) con la naturaleza mundana (natura naturata).
Lo cual equivale a un panteísmo determinístico en toda regla. Spinoza tenía una
fe en la razón casi religiosa llevando el racionalismo cartesiano hasta las
últimas consecuencias. Por ejemplo, propugnando el uso de la razón filosófica
contra la religión cristiana como única medida para llegar a la paz social y a la
práctica de una piedad verdadera. En nombre de la razón promovió la
independencia absoluta entre la razón filosófica y la teología así como del
Estado y la Iglesia abogando por una religión de la humanidad sin dogmas ni
culto. Es la diosa razón que hará suya
el positivismo, el racionalismo sectario y la masonería. Nos hallamos ante un
racionalista cartesiano en clave judía. El hecho de que abogue por estas
independencias y libertades es muy comprensible para cualquier observador
razonable que conozca el contexto histórico en que tiene lugar. Lo que llama la
atención es que tales propuestas se hagan como expresión del culto a la razón
humana por encima de la cual no se reconoce prácticamente ninguna instancia
superior.
No se trata de Atenea, la diosa griega de la razón y la
reflexión frente a los impulsos pasionales. Según la mitología surgió de la
cabeza de Zeus y en Roma tomó el nombre de Minerva. De acuerdo con la
mitología, fue hija indeseada de Zeus y Metis, y vino al mundo armada de lanza,
casco y égida con el objetivo de convertirse en la diosa protectora de la razón
y así presidir las artes, la literatura, la filosofía y toda actividad
inteligente que enalteciera al hombre mediante la sabiduría y las artes. Pero
no es a esta diosa de la mitología a la que ahora se ensalza por las nubes sino
a la inteligencia humana en sí
misma como única luz verdadera capaz de iluminar a las generaciones del
futuro en todos los avatares de la vida.
Los hombres y
mujeres de la Ilustración supervaloraron tanto a la razón humana que la
convirtieron en un talismán con el que creyeron poder llegar a desvelar todas
las incógnitas de la existencia. Fue una escena de locura muy significativa en
el contexto de la revolución francesa. Introdujeron en la Catedral de París,
sobre una gran bandeja, a una prostituta desnuda y coronada de flores, como
símbolo de entronización en su templo de la nueva diosa Razón. Se
institucionalizó así, sobre todo en Francia, un verdadero culto religioso a la
razón o intelecto humano. En tal sentido se introdujeron un conjunto de fiestas
cívico-religiosas que se celebraron durante la etapa jacobina (1793-1794).
Después siguió el sincretismo del siglo de las Luces,
de inspiración volteriana y rousoniana.
Esas celebraciones consistían en espectáculos
carnavalescos y ceremonias iconoclastas que culminaron en París en la fiesta de
la Libertad en la catedral de Notre Dame. En
1793,
bajo el culto a la razón, la catedral fue desvalijada con destrucción de muchos
objetos y robando otros de sus tesoros hasta quedar convertido el templo en un
almacén de alimentación. En 1871, durante el corto ascenso
de la Comuna de París,
la catedral fue convertida una vez más
en telón de fondo de las turbulencias sociales con riesgo incluso de ser
incendiada. La historia ha confirmado que el endiosamiento de la razón lleva derechamente a las utopías más absurdas
y a los totalitarismos más devastadores. Y es que, como decía Popper, enemigo
de utopías y totalitarismos, la diosa Razón tiene la cabeza en las nubes y los
pies bañados de sangre. Pero, como siempre ocurre, los extremos se provocan entre
sí y el endiosamiento de la razón provocó la reacción opuesta de los defensores
de la voluntad y de la libertad contra el despotismo racionalista. Surgieron
así los movimientos propensos al irracionalismo como rechazo de todo lo que
viene impuesto por la razón. A principios del siglo XXI podemos afirmar sin
temor a exagerar que el uso de la razón no ha vuelto a recuperarse salvo en una
honrosa minoría de pensadores condenados al ostracismo.
El término irracionalismo
puede aplicarse a toda forma de conducta que se produce al margen de los
dictados de la razón. Por ejemplo cuando actuamos exclusivamente bajo el
impulso químico de los instintos primarios de conservación y reproducción de
forma similar a como esto ocurre entre los animales. La vaca entra en celo,
busca al toro, se juntan y hacen lo que tienen que hacer impulsados por la
fuerza bruta del instinto, y asunto terminado. Pero tratándose de personas
humanas el instinto bruto de reproducción debe pasar por el filtro de la razón
antes de ponerlo en ejecución. Lo mismo cabe decir del comer y del beber en el
ámbito del instinto de conservación individual. Cuando la razón no interviene
previamente en estas situaciones vitales se dice coloquialmente con toda razón
que nos comportamos “como los animales”.
Pero el término irracionalismo se aplica también de una
manera global a todas las tendencias filosóficas que anteponen el ejercicio de
la voluntad personal y de los impulsos vitales al uso previo de la razón y de
la comprensión real y objetiva de las cosas. En el fondo de esta irracionalidad
filosófica se encuentra una afirmación contundente de la vida como valor
fundamental. De ahí que los historiadores hablen indistintamente de
irracionalismo y vitalismo. Recordemos sólo algunos de los botones de muestra
más celebrados de esta desconcertante y comprensible irracionalidad. Sólo dos
nombres emblemáticos de la irracionalidad como afirmación anárquica de la vida
contra el uso despótico de la razón.
El voluntarismo pesimista de Arturo Schopenhauer (1788-1860)
Contrapone el principio de la voluntad ciega e irracional
a los hechos objetivos, que, según él, no pueden modificar esta tendencia de
los seres humanos. Para comprender el voluntarismo pesimista de Schopenhauer es
preciso tener en cuenta su historia personal como hijo de padres ricos y un
contexto familiar de enfermos mentales. En 1804 murió su padre y se sospecha
que se suicidó. A partir de este momento las relaciones personales fueron muy
conflictivas, abandonó las actividades comerciales de su padre y se dedicó
apasionadamente al estudio de la filosofía y la vida frívola. Murió célibe y
obsesionado con la presunta conspiración de silencio que los profesores de
filosofía habían decretado contra él. Su encuentro con las filosofías
orientales contribuyó decisivamente a consolidar su visión pesimista de la
vida. El dolor lo penetra todo. Nuestra existencia está marcada fatalmente por
el dolor y no encuentra perspectiva ninguna de solución real. La esencia del
mundo, según él en su Filosofía de la
vida, es la voluntad y ésta se nos manifiesta como voluntad de vivir. Por
encima de todo deseamos y queremos vivir y la vida acompaña a la voluntad como
la sombra al cuerpo. Donde hay voluntad hay vida y, por lo mismo, a la voluntad
de vivir le está asegurada siempre la vida.
¿Y qué es la voluntad? La voluntad es un impulso
inconsciente, ciego e irresistible como se aprecia en la vida inorgánica y
vegetal. Pero tiende con gran fuerza hacia formas superiores de vida hasta que
adquiere en el hombre conciencia de su querer y de aquello que quiere. Por otra
parte, la vida no es más que la manifestación del mundo como representación de
la voluntad de vivir. La voluntad de vivir sería, según Schopenhauer, la única
expresión verdadera del ser último del mundo y que se manifiesta como un
impulso tumultuoso a la vida. Esta voluntad de vivir es eterna e inmortal. En
contraste con esta exaltación de la voluntad de vivir Schopenhauer reconoce que
la lucha voluntariosa por la vida es dolorosa. En esencia toda vida es dolor y
por ello, tanto por su origen como por su esencia, la voluntad está condenada
fatalmente al dolor. Es la misma mentalidad del budismo. En coherencia con la
exaltación de la voluntad de vivir piensa que el egoísmo es el apetito
fundamental de la voluntad de vivir. El egoísmo, el dolor y el placer alcanzan
su mayor grado de intensidad y conflictividad en los seres humanos cuando estos
buscan malvadamente el dolor y daño ajenos por puro placer y sin provecho alguno
personal.
¿Soluciones para
esta trágica situación de la vida con la voluntad atormentada? No acepta el
suicidio ya que el suicida lejos de negar la voluntad de vivir la afirma. El
suicida no quiere vivir de una determinada manera pero quiere vivir de otra
presuntamente mejor. La destrucción violenta de la vida no suprime la voluntad
de vivir. Tampoco acepta el recurso a las supersticiones religiosas. El hombre,
piensa él, se ha inventado sus dioses y demonios para resolver el problema pero
sin resultado alguno positivo. Nuestro filósofo se inclina favorablemente por
la imperturbabilidad estoica frente a la voluntad de vivir contrariada por el
dolor, para desembocar en el nirvana búdico. Así de claro: “No hay verdadera
salvación ni redención de la vida y del dolor sin una completa negación de la
voluntad”. Schopenhauer se declara ateo de solemnidad pero refleja la
influencia del pesimismo trágico de la teología luterana y acusa al
cristianismo de haber presentado al mundo como un valle de lágrimas. En resumidas
cuentas, se entrega al voluntarismo sin condiciones para decirnos después que
hay que destruir la voluntad misma de vivir, lo cual tampoco es posible.
Cualquier cosa menos hacer uso de la razón en la solución de los problemas. De
ahí su irracionalidad filosófica y su imagen triste y pesimista de la vida.
La voluntad de poder de
Federico Nietzsche (1844-1900)
Cree en la voluntad de poder y en la imposibilidad
del conocimiento ya que, según él, el mundo no tiene dirección objetiva. De la
lectura de su biografía cabe pensar que Nietzsche fue cualquier cosa menos un
hombre razonable y psicológicamente equilibrado. Huérfano de padre en la tierna
edad fue criado entre hermanas y tías con rigorismo luterano en casa y en el
liceo. En contrapartida se hizo acompañar después de gente frívola, fue un buen
bebedor y renegó de su ascendencia eclesiástica luterana. Es uno de los casos
más claros en los que su filosofía es un reflejo fiel de su vida interior
destrozada. Sus escritos tienen la fuerza y el atractivo de su desgarrada
sinceridad rayando a veces en la de un enajenado mental. La filosofía de
Nietzsche es la expresión de su personalidad y de su vida. Él mismo llegó a
decir que toda gran filosofía debe ser la confesión de su autor a modo de
memorias involuntarias. Hacer filosofía para él era manifestar el modo original
de pensar y de vivir. No en vano tiene escritos autobiográficos y en el resto
de sus obras su yo aparece por
doquier. Es más, hay personajes que son dobles de sí mismo. En medio de sus
devaneos de cabeza la idea flotante de todo su pensamiento es que hay que echar
por tierra todos los valores tradicionales, sobre todo de inspiración
cristiana, mediante la voluntad de poder con el único objetivo de producir lo
que él llama el “superhombre”. Todo lo que en la cultura occidental se
significa con los términos conocimiento, verdad, metafísica, moral, religión y
otros similares debe ser mandado a paseo para ser sustituido por la vida y los
valores en ella enraizados. A todos los valores hay que oponerse con la
voluntad de dominio, la fidelidad a la tierra, el arte y la inocencia del ser.
Lo cual sólo será posible mediante la muerte de Dios y la abolición de la moral
cristiana.
Matar a Dios significa desterrar su recuerdo de la
conciencia humana. Tal deicidio se justificaría porque la conciencia del hombre
no puede soportar a un Dios omnipresente y testigo de todo. Tampoco soporta el
hombre que haya un ser superior a él ya que esto le llevaría a perder la
confianza en sí mismo. Por lo tanto, el hombre debe matar a Dios condenándole
al olvido más absoluto con el fin de dejar bien claro que los valores, si los
hay, son creación del hombre y no de Dios.
La abolición de la moral cristiana sería otra condición
indispensable para que el hombre pueda triunfar en la vida. Según Nietzsche, la
moral cristiana es una moral de esclavos y resentidos. Su único y real
fundamento sería el resentimiento de los débiles, los cuales se imaginan que
triunfan en la vida refugiándose en el ascetismo, el desinterés, la caridad, la
humanidad y todas las virtudes predicadas por el cristianismo. La moral
cristiana es un atentado contra la vida y por ello a los moralistas habría que
colgarlos a todos. Más allá del bien y del mal está la vida. Por otra parte, si
no hay Dios ni otra vida después de esta terrenal, es obvio que no hay más
realidad que esta única vida terrenal. De ahí la necesidad de proclamar la
fidelidad a la tierra. La realidad del hombre se reduce a su cuerpo dominado
por el en sí mismo que le impone
placeres y deberes. Y cuando se siente ya incapaz de superar sus límites, se
precipita en la muerte.
Otra cuestión neurálgica en el pensamiento de Nietzsche
se refiere a la vida y la voluntad de dominio. La vida, según él, nada tiene
que ver con la felicidad ni con el amor al prójimo. La vida se reduce toda ella
a la voluntad de dominio o ansia de
poder. Por lo mismo, es bueno todo lo que significa sí a la vida y malo lo que significa no a la vida. Lo cual significa, según Nietzsche, que lo bueno no
es la paz sino la guerra, el poder y no la resignación, que haya poderosos y no
gente débil. La contrapartida a la moral es el arte. El arte es proclamado por
nuestro filósofo irracional como la expresión más alta del hombre en tanto que
afirma lo problemático y más terrible de la vida. El arte es una herramienta
estupenda para el ejercicio práctico de la voluntad de dominio. Por último, la
inocencia del ser. Llama así a lo que quedaría después de haber abolido todas
las categorías culturales de Occidente. A saber: todo lo estético sin valores
objetivos, sin racionalidad y sin finalidad ninguna por encima del orden moral,
del bien y del mal. Nos encontraríamos así ante la inocencia original de todas
las cosas. Ahora bien, a estos niveles sólo pueden llegar los señores y poderosos
con su voluntad de dominio. Los débiles no van a parte ninguna.
Como es sabido, para Nietzsche la ética de los señores es
la moral de los poderosos por su superioridad vital. Este tipo de ética se
caracteriza por la afirmación de los impulsos vitales. Según él, en todas las
razas fuertes existe la “bestia rubia” capaz de perpetrar alegremente toda
clase de crímenes. Siente pasión por los personajes poderosos de la historia
como César Borgia, Iván el Terrible o Maquiavelo. En Napoleón encontraba la síntesis
de lo inhumano y sobrehumano como símbolo de la voluntad de vivir, de poder y
de verdad. Por otra parte están, según él, los sacerdotes inventores del
espíritu que se encargan de movilizar a los débiles y desgraciados contra los
poderosos. El prototipo de pueblo sacerdotal y rencoroso sería el pueblo judío.
La Judea vencida y subyugada por Roma se levantó contra ésta invirtiendo los
valores del mundo antiguo al conquistar Roma a través del cristianismo. Luego
llegó la revolución francesa cuyos protagonistas habrían jugado una baza decisiva para la
moral de los esclavos al entregar el triunfo a los mediocres dando así lugar al
nacimiento de las democracias modernas dominadas por el igualitarismo y los
plebeyos.
Es interesante la simbología nietzschiana de Apolo y
Dionisios. Apolo es presentado como el símbolo de la Grecia clásica que
destacaba la serenidad, la claridad, la medida y la racionalidad. Dionisios, en
cambio, es presentado como el representante de lo impulsivo, excesivo y
desbordado, lo vital, erótico y falto de razón. Es la orgía del sí a la vida por encima de la razón y a
pesar del sufrimiento. Estos dos extremos se hallan en permanente hostilidad y
la filosofía no sería otra cosa que la sabiduría
trágica de esa lucha original apolo-dionisiaca tras la cual late el fondo
vital informe que lo engendra todo y todo lo destruye. La filosofía, según
Nietzsche, es la intuición de la eterna lucha entre al unidad y la
multiplicidad, entre la cosa en sí y los fenómenos, entre la embriaguez y el
sueño. La unidad es la vida y la multiplicidad son todas las cosas que tienen
lugar en torno a la vida. Dionisios es la vida misma inundada de placeres y
dolores, de protección y de intemperie. El Crucificado (Cristo), en cambio,
sería el símbolo del sufrimiento sin más, el cual renuncia a este mundo
terrenal optando por otro ultramundano.
Para Nietzsche Dios ha muerto y, por lo mismo, no tiene
sentido ninguno hablar ya de su posible existencia, del alma inmortal, de la
verdad o del bien. Y si Dios no existe, tampoco existen valores transcendentales.
Lo único que queda a la vista de todos es este mundo terrenal en el que vivimos
y la vida irracional que se desarrollan en círculos concéntricos. Es un caos de
fuerzas que se afirman a sí mismas repitiéndose circularmente en un ayer, hoy y
mañana. En este círculo fatal lo único sustantivo sería el yo quiero del hombre como señor y destino de sí mismo. Como es
obvio, dentro de ese juego circular impulsado por la voluntad de autoafirmación
no queda margen para el uso de la razón responsable ni para la libertad
personal.
La meta final del ciego y eterno retorno es el
“superhombre”, y el sentido final de la tierra la aceptación de la vida. El
hombre no es más que un puente sobre el abismo. Así las cosas, Nietzsche lo tenía
claro: tenemos que barrer a Dios de la memoria histórica así como todos los
valores heredados de la tradición cultural de Occidente, mediante la voluntad
de poder sin compasión con los débiles. La victoria final consistiría en
alcanzar esa etapa de “superman”, privilegio exclusivo de las razas nobles y de
la clase social de los señores, que crean ellos mismos los valores que
reconocen y adoptan. La grandeza de la humanidad, insistía Nietzsche, se mide
por el grado de apertura al mundo. De donde se infiere que tanto más se acerca
el hombre a la categoría suprema de “superhombre” cuanto más se adentra en este
mundo terrenal afirmando su voluntad de poder. Como, por otra parte, se da por
supuesto que Dios ya no existe, al alcanzar el hombre la categoría de “superhombre”
queda automáticamente instalado como dueño y señor de la tierra y de la vida.
El hombre realizado termina sentándose en el trono que la tradición cultural de
Occidente había asignado al mismísimo Dios.
Por lo que termino de decir ya se ve que este hombre
tenía poco o nada de razonable. Pero no me resisto a recordar que su
irracionalidad discursiva puede apreciarse también por el odio que sentía hacia
el cristianismo. Uno puede ser ateo, agnóstico o no cristiano y ser una persona
razonable. Nietzsche odiaba visceralmente al cristianismo. Según él, Cristo en
la cruz es una maldición contra la vida y una invitación a huir de ella.
Aborrece el denominado amor cristiano, la humildad, la abnegación y la
compasión. Sus expresiones son a veces brutales.
Para explicar la
irracionalidad de ese odio se han dado diversas explicaciones. Personalmente
pienso que su postura tan brutal tiene mucho que ver con la muerte prematura de
su padre y la educación recibida durante la infancia en el rigorismo luterano.
Pero no es mi propósito justificar aquí esta afirmación. Sólo me interesa
destacar el contraste entre el endiosamiento de la razón, por parte de unos, y
el desprecio visceral de la misma por parte de otros, entre los cuales
Nietzsche es un ejemplo proverbial. La voluntad de poder y su manía del
Superhombre son el reverso de sus complejos patológicos de inferioridad y
limitación humana no integrados en un concepto correcto de la realidad. De
todos modos, y a pesar de su voluntarismo irracional como actitud personal, su
afirmación de la vida como valor radical merece todos los respetos. ¡Lástima
que el rechazo previo del uso de la razón le impidiera deducir las
consecuencias lógicas y saludables que cabría esperar de una convicción tan
importante!
17. Nuevas formas
de irracionalidad
1) El uso light de la razón posmoderna
Hemos hablado de las dificultades personales congénitas y
concomitantes que dificultan el uso correcto de la razón, y que últimamente se han
incrementado y agravado. Por una parte, no se renuncia del todo a la razón
porque es psicológicamente imposible. Pero se hace uso de ella de una manera
desvirtuada de la eficacia que le corresponde. Tras el desencanto producido por
el racionalismo moderno se ha impuesto la mentalidad posmoderna en la que todos
los valores son relativizados e infravalorados. Por otra, se ha impuesto el
imperio de los medios de comunicación social en los cuales los valores transcendentales
a la luz de la razón son suplantados por el espectáculo comercial y el “lavado
cerebral” masivo. A la asincronía genética de la razón y las dificultades
congénitas personales se añaden ahora las dificultades culturales y ambientales
derivadas de la cultura posmoderna y mediática. El fenómeno posmoderno tiene como referente de fondo el modernismo como antesala europea de la
primera guerra mundial. Para nuestro propósito en relación con el uso de la
razón cabe destacar, entre otros, los aspectos siguientes.
Agnosticismo
kantiano de fondo. Como es sabido, Kant confinó
el conocimiento de la razón teórica al mundo de los fenómenos, o sea, de las
cosas que aparecen sin capacidad para franquear sus límites. En consecuencia,
rechazó el valor de la reflexión metafísica que nos lleva a plantear las
cuestiones relativas a las causas últimas del ser y de la vida. La reflexión
metafísica clásica es equiparada al intelectualismo ridículo e inútil. El
modernismo implica la negación de toda intervención de Dios en la historia de
la humanidad.
El principio de la
inmanencia vital. Cerrada la puerta a la filosofía racional propiamente
dicha, cobra vigor la dinámica de los sentimientos. Los sentimientos suplantan
a las razones. Dios, la fe cristiana y la religión en general son reducidos a
sentimientos diversos inmanentes que brotan de lo más oscuro de la conciencia.
Por esta vía se llega al fideísmo
religioso o religión fideísta del
sentimiento. Los sentimientos terminan suplantando a las razones en todos los
ámbitos de la vida de las personas. Tratándose de la Iglesia católica, los
modernistas la definieron como un producto de la conciencia colectiva vitalmente
dependiente de Cristo considerado como primer creyente de referencia. En
realidad el modernismo supuso un golpe mortal sobre todo para el uso de la
razón teológica a partir del agnosticismo kantiano. También contra la unidad y
coherencia del saber humano al proclamar la total separación e independencia
entre la fe religiosa y los conocimientos científicos. La modernidad denigró a
la razón teológica y dejó en mal lugar a la razón científica. La posmodernidad
ha pretendido suplir esos defectos pero hay dos guerras mundiales de por medio
con lo cual el uso de la razón se ha deteriorado aún más.
El término posmodernismo, como es sabido, se refiere a un amplio número de
movimientos artísticos, culturales y filosóficos del siglo XX, definidos por su oposición o
superación del modernismo que propugnaba
la ruptura total con la tradición intelectual cristiana de Occidente por
considerarla irreconciliable con el nuevo rumbo de la ciencia. Histórica,
ideológica y metodológicamente las diversas corrientes posmodernas comparten la
idea de que la renovación radical de las formas tradicionales en el arte, la cultura, el
pensamiento y la vida social, impulsada por el proyecto modernista, fracasó en
su intento de lograr la emancipación de la humanidad y de que un proyecto de
tal envergadura es prácticamente imposible de realizar. Los movimientos
posmodernos abandonan el compromiso riguroso con la innovación y el progreso,
al que consideran una forma refinada de teología autoritaria, y defienden la
hibridación, la cultura popular, la descentralización de la autoridad
intelectual y científica y la desconfianza ante los grandes discursos sobre el
mundo y la vida humana. Insisto,
hay de por medio dos guerras mundiales y cada guerra es un fracaso más de la
razón. O lo que es igual, la guerra es siempre un insulto a la dignidad de la
persona humana que el posmodernismo trataría de compensar en alguna medida. La posmodernidad se aprecia muy destacadamente en
el arte en general y en la filosofía. Como rasgos más destacables del arte
posmoderno cabe recordar la valoración de las formas industriales y populares,
el debilitamiento de las barreras entre géneros y el uso deliberado de la intertextualidad.
El cine, la televisión y la mayoría de los medios de comunicación son hoy día
el espejo donde las masas ven nítidamente reflejada la mentalidad posmoderna.
Por ejemplo, cuando la verdad es sustituida por el espectáculo, la realidad por
las apariencias, las certezas por las opiniones, el bien por el mal, lo bello
por lo grotesco y la razón por la sinrazón y los sentimientos.
Según Gianni Vattimo, en el pensamiento posmoderno lo
importante no son los hechos sino sus interpretaciones. Así como el tiempo
depende de la posición relativa del observador, la certeza de un hecho no es
más que una verdad relativamente interpretada y, por lo mismo, incierta. El
modelo determinista de la causalidad, de la verdad absoluta y de la teoría del
tiempo lineal o la vigencia de la geometría euclidiana, fueron hasta hace poco
tiempo paradigmas ahora superados por el conocimiento de un espacio de cuatro
dimensiones, en el cual la variable tiempo entonces no había sido tomada muy en
serio. La posmodernidad abarca a todos los sectores de la vida humana
contemporánea, pero en algunos campos su influencia es devastadora. Por
ejemplo, en la propuesta de una ética
carente de valores morales en la que se manifiesta un relativismo sin fronteras
y la creencia de que nada es totalmente malo ni absolutamente bueno. La moral
posmoderna es presentada como una moral crítica del cinismo religioso
predominante en la cultura occidental y hace énfasis en una ética basada en la
intencionalidad de los actos y la comprensión cultural de corte secular de los
mismos. La ética no es una cuestión de valores sino de intenciones e influjo
histórico de culturas. Las
consecuencias de esta forma de pensar son realmente importantes porque se tiene la impresión de
que el uso de la razón ha perdido su aura a favor de lo brumoso, esotérico,
mágico o de astrologías. La razón es suplida por los horóscopos, el mundo de
las sectas, los medios de comunicación menos fiables y el desmadre de la
sensibilidad. Cualquier cosa menos usar correctamente la razón. La razón es
como la cerveza: light, débil e ineficaz. Y cuando se usa es
de forma perversa al servicio del poder y de la violencia.
La Razón es grande pero muy limitada en sus
posibilidades. Y al comprobar que a pesar del desarrollo científico y
tecnológico que ha tenido lugar, los grandes problemas de la vida y de la
muerte siguen sin resolver, abdican de ella para botarla al pozo del olvido y
el ostracismo. Los racionalistas habían esperado, soberbiamente, demasiado de
ella. La endiosaron y se sintieron dioses con ella capaces de resolver de una
vez por todas todos los misterios de la naturaleza y del hombre. ¿Resultado de
este endiosamiento racionalista? Primero vino la etapa de la «sospecha» en
general y sobre la propia razón. Luego la crisis de las ideologías y, por
último, el «desencanto». Y aquí nos encontramos al principio del siglo XXI. La
modernidad racionalista nacida a finales del siglo XVIII ha cedido el paso al
la posmodernidad de la segunda mitad del siglo XX. Del uso abusivo de la razón
hemos pasado a su olvido o bien a su uso perverso. Por ello estamos
desorientados después de dos guerras mundiales e incluso asustados ante las
perspectivas de futuro si no nos volvemos más sensatos y razonables.
Hemos entrado en
un período de «posmodernidad», que no sabemos aún a dónde nos lleva ni por
dónde saldremos de él a menos que aprendamos a usar más y mejor la razón que
nuestros antepasados. Al desconfiar hoy día tanto de la razón, muchos caen en
las redes de lo ilógico o de la evasión sustituyendo el uso de la razón por la
droga, la obnubilación y los falsos paraísos. Con el uso light o posmoderno de la razón se ha perdido el respeto a la vida
humana, la esperanza de encontrar la verdad, la felicidad que reporta el bien y
la alegría del placer estético. No en vano están por los suelos valores como la
vida, la inteligencia discursiva, la libertad personal, la verdad, la belleza y
la paz. El racionalismo endiosó estos valores y el posmodernismo los ha
infravalorado hasta tal extremo que apenas merece la pena levantar una paja del
suelo para poseerlos. Así las cosas, cabe preguntarnos si no nos estamos
jugando a una sola carta nuestra felicidad y la de nuestros hijos. Con la razón
funcionando bajo mínimos no se va a parte ninguna como no sea al precipicio de
la sinrazón y de los sentimientos desmadrados.
2) El engaño marxista y los nuevos
filósofos
El uso de la razón marxista puede ser
considerado como un insulto superlativo a la inteligencia humana. La
inteligencia fue utilizada perversamente para borrar la verdad histórica no
favorable a los regímenes comunistas y atropellar impunemente la dignidad de la
persona humana sacrificada programáticamente al totalitarismo político más vergonzante
y humillante que haya existido. Paradójicamente, hasta la teología de la
redención fue interpretada por muchos en categorías de opresión y liberación
política en clave marxista. En el trasfondo de la corriente teológica,
conocida como “giro antropológico”, se encuentra el ateísmo de Feuerbach, de
todo lo cual algunos teólogos ni siquiera se dieron cuenta. Lo malo es que algunos
fueron plenamente conscientes de ello e hicieron el caldo gordo a los regímenes
marxistas de la segunda mitad del siglo XX.
Dentro de este contexto cultural y filosófico
desconcertante surgió el movimiento de los denominados “nuevos filósofos”. Se trata
en su mayor parte de líderes de la izquierda política más extremada, muchos de
los cuales participaron en los acontecimientos de París en mayo de 1968.
Algunos de ellos fueron los que después no se conformaron con interpretar a
Marx de una u otra forma, sino que rechazaron de plano a Marx y a la ideología
alemana que se remonta hasta Fichte pasando por Nietzsche, Freud y Hegel.
Rechazaron abiertamente la viabilidad de una alternativa socialista como solución
política válida y deseable para resolver los problemas sociales. Lo cual llevaría
consigola desgermanización de la filosofía occidental, de la que nos habrían
venido los mayores despotismos intelectuales y políticos de nuestro tiempo.
Sin los sistemas idealistas alemanes y sin Hitler, su ejecutivo más cumplido,
la situación actual del mundo sería muy distinta.
Los filósofos alemanes más influyentes han arruinado a la
filosofía y el nazismo hitleriano acabó entregando a los comunistas la
hegemonía despótica del mundo. Si no hubiera existido Hitler, Marx hubiera sido
ya olvidado y los problemas sociales y económicos hubieran seguido
probablemente por otros caminos de solución más humana que la que ofrecieron
los grandes colosos del período inmediato a la segunda guerra mundial. Esta
fue la conclusión implícita del análisis fundamental que se llevó a cabo en el
movimiento de los denominados “nuevos filósofos”. En consecuencia, se
propusieron recuperar la libertad perdida en las “ideologías” y en el sistema
marxista. Ni Marx es la
“verdad” ni el socialismo es el “paraíso”. Los “nuevos filósofos” reconocieron
que alguien les había abierto los ojos a estas realidades y estaban dispuestos
a actuar en consecuencia revisando incluso sus propias convicciones del
pasado próximo.
La libertad socialista exige poner la libertad personal
en poder del Estado, lo cual es inaceptable y frustrante. Quieren recuperar la
libertad intelectual primero, y la personal y social, después. Piensan que les
ha tocado a ellos la misión histórica de ponernos en alerta contra el sueño
dogmático en el que reposamos desde hace siglos, especialmente desde que
aparecieron los grandes idealismos alemanes y el marxismo. Ellos serían los discípulos
de Sócrates de nuestra época llamados a destruir los mitos filosóficos en boga
y dar paso a la renovación. Esta actitud de rechazo frontal del marxismo y de
la filosofía idealista alemana por parte de quienes fueron primero sus adictos
incondicionales tiene un valor histórico importante. Es el signo del
aburrimiento y del hastío desesperado que la filosofía alemana más influyente y
el marxismo causaron dentro de sus propias filas. Lo más triste fue que durante
algún tiempo, cuando los mismos marxistas empezaron a estar de vuelta del uso
marxista de la razón, otros empezaron a sentir fascinación por Marx. Cuando en
los países del telón de acero el ideal de los más sensatos consistía en
encontrar la libertad superando el despotismo marxista, en los países del Tercer
Mundo prendió como fuego en un matorral. Era el desequilibrio de las personas
y de las culturas, pero sobre todo de la deshonestidad de los que sólo buscaban
saciar el ansia de poder, para lo cual el sistema marxista les parecía el más
adecuado, especialmente cuando se contaba con la inexperiencia histórica de los
pueblos y el subdesarrollo cultural de las gentes. Afortunadamente, con la
caída del muro de Berlín en 1989 se vino abajo por sí sola la ideología
marxista de la que ningún intelectual inteligente quiere ya hacer memoria. Pero
ello no ha significado un avance para el pensamiento filosófico sino el
derrumbamiento también de cualquier forma de pensar en términos filosóficos
propiamente dichos.
Pienso que en el siglo XXI estamos en condiciones de
poder decir con conocimiento de causa que el sistema marxista de pensamiento ha
sido uno de los engaños más grandes de la historia de la humanidad. Pero al
menos la brutalidad con que fue impuesto sirvió de estímulo para el uso privado
de la inteligencia como refugio personal. Con la caída del marxismo nos hemos
quedado sin ideologías y sin ideas. Por una parte el pensamiento cristiano ha
quedado muy debilitado y, por otra, la gente sólo quiere vivir sin pensar. Este
es un fenómeno muy destacable de la llamada filosofía posmoderna.
3) De
la razón débil a la razón de los bajos
fondos
Como reacción de desencanto ha surgido la figura del
hombre y de la cultura “light”, es decir, cansada, floja, ligera, fragmentada y
desvahída. Así como el café hay que servirlo descafeinado y la cerveza sin
alcohol, las verdades deben ser servidas de forma fragmentada sin coherencia
racional y sin certezas. A la vida humana sólo se le reconoce un valor relativo
y utilitario. No se admiten verdades objetivas de valor universal como tampoco
realidades objetivas en el campo de la estética y de la ética. Para el hombre
“light” la verdad es sólo apariencia subjetiva, la belleza una cuestión de
gustos personales y la bondad humana un asunto de hábitos y costumbres
socialmente aceptados o rechazados por las mayorías democráticas al margen de
la razón. Se reconoce que se ha progresado algo. Los logros en el terreno de la
informática, de las comunicaciones, de la biotecnología, de las ciencias
exactas e incluso de las relaciones políticas tras la caída de la ideología
marxista son evidentes. Pero, al mismo tiempo, decepcionantes. ¿Qué hacer ante
esta situación? Cualquier cosa menos pensar más y mejor que nuestros
antepasados para salir del desencanto. Por el contrario, se ha adoptado una
postura emocional previa que luego se trata de justificar. Este hombre “light”
o flojo de convicciones y falto de ideales puede ser descrito en sus rasgos
psicológicos del modo siguiente. Es fruto del tiempo y su pensamiento es débil.
De hecho no tiene convicciones firmes de nada, es aséptico en sus compromisos e
indiferente a todo como no sea por mera curiosidad y entretenimiento. Su
ideología es el pragmatismo y la norma de conducta moral el éxito social y la
moda. En ética sustituye la conciencia moral por las estadísticas y rehúye
cualquier compromiso estable y responsable de por vida. No siente entusiasmo
desmedido por nada. Por el contrario, es frío, tiende a ponerlo todo en duda y
cambia alegremente de opinión de acuerdo con las circunstancias.
Pero, eso sí, es muy sensible al poder, a la fama y al
buen nivel de vida. Los medios de comunicación son su fuente de conocimiento y
la renuncia a la reflexión profunda la norma de su vida. En consecuencia, la
cultura “light” promovida por estos hombres y mujeres favorece: a) El materialismo
en el sentido de que el valor básico de referencia sea el dinero. b) El hedonismo. La falta de grandes ideales y
de sentido de la vida se suple con la búsqueda de sensaciones nuevas y
excitantes. c) Relativismo. Se
absolutiza el aspecto cambiante de las cosas pasando por alto lo que hay en
ellas de permanente y siempre válido. d) Consumismo
libertario. La posibilidad de acumular y consumir bienes materiales y de
trastocarlo todo sin orden ni concierto representa la fórmula posmoderna más
usual de la libertad. Para la filosofía, lo más negativo de la posmodernidad es
el rechazo sistemático de las certezas y el miedo a pensar entre las
generaciones más jóvenes. Todo lo demás viene por añadidura.
En el contexto de la razón “ligth” o posmoderna cabe
recordar también a las denominadas filosofías “underground” o de los bajos fondos.
Representaron una reacción sentimental programada contra el autoritarismo
mental racionalista y se destacaron por dos características peculiares: son
irracionales y no buscan la verdad de nada sino tener experiencias psicológicas
fuertes. En lugar de razonar buscan un estado de ánimo fusionando los conceptos
mentales con el estado físico del cuerpo que contribuya a tener una experiencia
psicosomática emocional nueva. Términos peculiares de su lenguaje son energía,
vitalidad, placer, gozo y serenidad. Nada se pretende demostrar con
razonamientos y argumentaciones intelectuales sino mediante vivencias
personales vinculadas con las tradiciones filosóficas no socráticas con el
objetivo de humanizar los excesos del uso de la razón y de la tecnología
moderna. Las filosofías “underground” son continuadoras de la tradición del
pensamiento heterodoxo transmitido de forma paralela y subterránea a lo largo
de la historia cultural de Occidente.
Se han detectado, entre otras, dos tendencias
fundamentales. Una de ellas se destaca por la solidaridad mundial, los recortes
del poder así como la distribución, producción e información de las
organizaciones autoritarias. Se favorecen las posturas de ayuda, el
asociacionismo voluntario, la descentralización del poder y el federalismo.
Intentan crear una mentalidad planetaria
tratando a todas las culturas y formas de vida por igual, adaptándolas a los
gustos de las personas y de los grupos. Nos hallamos ante un sincretismo
multicultural pragmático y acrítico. La otra tendencia básica insiste en
enfrentarse a las organizaciones sociales autoritarias ensayando las comunas
como medio de producción y las cooperativas como medio de distribución. Y todo
ello contando con la prensa y el arte como medios de información.
Por la década de los años 60 del siglo pasado, de esta
tradición universalista, libertaria y descentralizadora surgió la así
denominada “contracultura”, caracterizada por su implicación a fondo en la
música rok, el mundo de las drogas, las comunas y la fascinación por las
filosofías exotéricas y orientales. Las filosofías orientales han sido
utilizadas para compensar los dualismos, los individualismos, el activismo y el
presunto monopolio del racionalismo del pensamiento europeo. La filosofía y el
mundo de las drogas ha sido la respuesta de rechazo contra los dogmatismos del
positivismo científico.
Tres
parecen haber sido los afluentes de las filosofías “underground”. Por una parte
las filosofías individualistas, románticas, anarquistas y amorales. Por otra,
las filosofías orientales con una visión del mundo bastante distinta de la
occidental de cuño judeo-cristiano. Finalmente, las filosofías psicodélicas
nacidas de los experimentos realizados con sustancias capaces de inducir los
estados de la conciencia y a tener una
visión relativista de la realidad. Son filosofías irracionales en desafío
contra el monopolio del racionalismo despótico cuyo dominio se ejerce desde lo
más íntimo del cerebro humano. En este contexto cabe inscribir a los
movimientos ecologistas y sociedades protectoras de animales donde la
preocupación por el ecosistema o naturaleza cósmica ocupa el primer lugar
relegando a un segundo plano la preocupación por el hombre. Este tipo de razón
de los bajos fondos tiene una influencia social cada vez más operativa y eficaz
a través de personas con un coeficiente dudoso de identidad sexual y que ocupan
cargos públicos importantes. Los programas nocturnos de radio y televisión
están infectados por la razón de los bajos fondos con la apoyatura poderosa de
internet y el ascenso vertiginoso de este tipo de personas por la senda de las
instituciones públicas en las que se toman decisiones importantes para la vida
social. Así las cosas, el próximo y último capítulo está destinado a mentalizarnos
sobre la necesidad de reforzar la conciencia de responsabilidad aprendiendo a
usar más y mejor la herramienta de la inteligencia como piedra angular sobre la
que descansa cualquier proyecto de felicidad digno de nuestra condición humana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario