CAPÍTULO
III
OBSTÁCULOS
CONTRA EL USO DE LA RAZÓN
Hemos
hablado en el capítulo anterior de lo que he denominado “asincronía genética”
como dificultad constitutiva que dificulta el aprendizaje y uso correcto de la
razón. En el presente capítulo hablaremos de otros obstáculos importantes. Me
refiero a los denominados “enemigos connaturales” o internos de la
razón y a las presiones externas ejercidas por los medios de comunicación
social. Nacemos con obstáculos emocionales que, para bien o para mal, nos
acompañan durante toda la vida. Algunos de ellos nacen y se crían dentro de
nosotros. Otros nos son inoculados de tal forma que terminamos
interiorizándolos y sintiéndolos como nuestros. Las creencias religiosas y las
convicciones políticas son un buen ejemplo de ellos. Nacemos sin creencias ni
convicciones, pero nuestros educadores y el ambiente cultural en el que
crecemos siembran en nosotros las suyas propias. Con el tiempo, si no hemos
reaccionado oportunamente, convertimos esas creencias y convicciones en
vivencias personales. En efecto, una vez que nos han sido inoculadas, podemos
llegar a sentirlas como elementos consustanciales de nuestra persona. Lo que en
su origen nos llegó de afuera, como una simple información o transmisión de
ideas, al final se convirtió en una vivencia íntima personal intransferible.
Son como los alimentos que, una vez asimilados, se convierten en algo sustancial
de nuestro soporte biológico. De modo análogo, las convicciones y las ideas que
nos llegan del exterior mediante la educación, la información propagandística y publicitaria terminan
convirtiéndose en algo propio. Ahora bien, esos factores esencialmente
emocionales pueden distorsionar por completo el uso correcto de la razón. A continuación
hacemos un recorrido por algunos de ellos más relevantes y fácilmente
identificables. Después haremos lo mismo con los influjos externos procedentes
de los medios de comunicación social.
1. El dolor y las alegrías
Según el dicho
popular “tanto matan las alegrías como las penas”. Lo cual nos recuerda el
hecho de que, como sabemos por experiencia, unas veces lloramos porque sufrimos
mucho y estamos tristes, y otras porque nos sentimos muy felices y contentos.
En ambos casos se tiene la impresión de que nuestro dolor o nuestra felicidad
se han salido de los cauces normales que marcan la razón y el sentido común. De
ahí el refrán de coartada: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. En
efecto, hay quienes exageran sus desdichas y sus alegrías para ocultar la
verdadera realidad de sus estados de ánimo. Ni es verdad que los negocios les
van tan mal como los pintan ni son tan felices como aparentan.
Lo cierto es que un
dolor, físico o moral, intenso y persistente termina poniendo a prueba a
cualquier inteligencia induciéndola a formar juicios y razonamientos
desafortunados. Las filosofías orientales antiguas, como veremos después,
estuvieron marcadas por la búsqueda desesperada de una solución práctica al
dolor humano llegando en algunos casos a la conclusión de que el deseo de vivir
es el principio de todos nuestros males ya que la vida está impregnada de
dolor. Es muy difícil hacer razonamientos serenos y acertados cuando estamos
sometidos a un dolor físico agudo y constante, o a una desazón psicológica y
moral insoportable. En el primer caso terminamos gritando desesperadamente o
lanzando al aire un “por qué”; o “qué he hecho yo para que esto me suceda”.
Cuando a esa exigencia de explicación no hay pronta respuesta y el dolor no
remite, se pierde el gusto por todo y hasta las ganas de vivir. Los
suicidas lo tienen claro. Para vivir así
más valía no haber nacido. En consecuencia, optan por quitarse la vida,
convencidos de que esta opción es mejor que la de seguir viviendo.
Es un hecho de experiencia
universal que un dolor físico intenso y persistente es capaz de turbar y
trastornar por completo el uso de la razón hasta hacernos ver las cosas
totalmente al revés e induciéndonos a tomar decisiones extremas, equivocadas o
absurdas. En contrapartida, sin embargo, el dolor de baja intensidad es un
indicativo de que hay vida en nosotros. Los que ya ni sienten ni padecen en
absoluto son los cadáveres. El dolor es connatural a la vida y en ocasiones su
protector. Es cierto que el exceso de dolor turba y desequilibra el uso de la
razón. Pero es igualmente cierto que su presencia en dosis proporcionadas
constituye un protector natural de la vida. El miedo al dolor nos previene de
forma espontánea contra los peligros que acechan contra ella. Tan pronto
aparece el fantasma del dolor damos marcha atrás y evitamos perder la vida
desistiendo de acciones que podrían ser fatalmente mortales. Paradójicamente, aquello de que “el miedo guarda la viña” es
una forma de decir que el dolor y miedo a perder la vida es un guardián de la
misma. El dolor humano de baja intensidad es también “maestro de la vida” y
fuente inagotable de experiencia sapiencial en la medida en que es asumido por
la razón. La experiencia del dolor nos enseña a ser realistas y a no caer en el
vacío de la imaginación y de la fantasía. Nos ayuda a educarnos teniendo como
punto de referencia seguro el principio de realidad. Sin una experiencia mínima
del dolor no sabríamos tampoco en qué consiste nuestra felicidad y cómo
disfrutarla. No hay que darlo vueltas, tan indeseable es el dolor intenso y
persistente como necesario el dolor que puede ser asumido con relativa
facilidad.
El problema, creo yo,
no se plantea en términos de “dolor sí o dolor no” sino de máximos y mínimos,
dado que la ausencia total de dolor nos pone fuera del principio de realidad y
de la vida misma. La cuestión es cómo dosificar los sentimientos de dolor de
suerte que la razón no sea perturbada e inducida a funcionar en contra de su
propia naturaleza poniéndonos fuera del principio de realidad. El dolor
insoportable fuerza a usar la razón a favor del suicidio, pero asumido como
placer conduce al sadismo o al masoquismo. O sea, a situaciones patológicas en
las que la razón es utilizada de forma perversa. El dolor físico genera sentimientos
profundos de tristeza por la presencia y operatividad actual del mal sobre
nuestro cuerpo perturbando y obnubilando nuestra mente. Pero también las orgías
de felicidad impiden el correcto uso de la razón.
De modo análogo a lo
que ocurre con el dolor, cabe decir que sin el disfrute de un mínimo de placer
y felicidad la vida humana no tiene sentido. La propia naturaleza está dotada
de unas gratificaciones connaturales que nos ayudan a vivir y sin las cuales la
vida humana se habría extinguido hace mucho tiempo. Si la vida no es maltratada
o falsamente interpretada, tanto los actos procreativos como los que tienen que
ver con la subsistencia están incentivados por una dosis de placer y felicidad
indispensable. Es como la compensación de la propia naturaleza para ayudar a
que la vida continúe y se perpetúe. De hecho, cuando las actividades
procreativas y nutritivas se realizan sin ninguna satisfacción física o
psicológica la razón empieza turbarse y la vida humana corre peligro. Es obvio
que un mínimo de felicidad y de alegría es indispensable para vivir y razonar
correctamente.
Pero, eso sí, sin
olvidar el reverso de la medalla. Al igual que el exceso de dolor, también el
exceso de felicidad y alegría puede convertirse en un impedimento psicológico
del buen uso de la razón. Se cumple implacablemente el dicho popular de que las
alegrías también matan. Las orgías de felicidad son siempre sospechosas y
tienen más visos de falsedad que de verdad. Termina un partido de fútbol entre
dos equipos importantes y resulta fácil comprobar el estado de tristeza de los
perdedores, de alegría de los ganadores así como las sinrazones e insensateces
que los partidarios de ambos dicen bajo el impacto emocional de la derrota y
del triunfo. La pérdida del uso de la razón es tal que con frecuencia
perdedores y ganadores terminan protagonizando actos de violencia.
Otro ejemplo
socialmente relevante lo tenemos en la vida política. Los que están es el poder
durante mucho tiempo pervierten la razón usándola para seguir en el poder,
aunque sea recurriendo a medios ilícitos o inmorales como la mentira, la
astucia y la fuerza militar. Los que
están en la oposición, a su vez, utilizan la razón para escalar el poder aunque
sea por el tejado. La alegría de los primeros y la tristeza de los segundos los
induce a usar la razón en función de sus intereses de poder y no de la verdad o
del bien común. Durante las campañas políticas electorales (donde hay lugar a
ellas ya que en muchos países del mundo ni siquiera existen), es un espectáculo
bochornoso escuchar a los demagogos pronunciando discursos estratégicamente
planificados para conseguir el voto de los electores. Es un espectáculo en el
que se juega con los sentimientos de éstos al margen de la cordura y del uso de
la razón. La “erótica del poder”, o sea, el placer de mandar y dominar a los
demás, constituye un obstáculo psicológico de primer orden para aprender a
razonar correctamente. Y cuando hablo de poder me refiero por igual al poder
político, financiero y religioso salvando los matices propios de cada una de
estas instituciones públicas.
Tanto las grandes
penas como las grandes alegrías, vengan de donde vengan, constituyen un
obstáculo muy importante para el ejercicio de la razón. Lo que termino de
decir, preferentemente del dolor físico o corporal, es aplicable al dolor
moral. Me refiero a esas situaciones sentimentales derivadas del desamor y de
las contrariedades de la vida que impiden la satisfacción de nuestros deseos
más apasionados. Las personas con carencias profundas de amor tropiezan con
serias dificultades para hacer discursos razonables, lo mismo que las personas
que son constantemente rechazadas en sus personas y en sus opiniones. Las
personas maltratadas en el contexto del amor son un ejemplo proverbial para
entender lo difícil que resulta poner a punto el uso de la razón cuando las
imágenes del desprecio y el desamor son el manantial del que procede el
sufrimiento. Lo cual se comprenderá mejor si tenemos en cuenta las reflexiones
siguientes.
2. El enamoramiento y el resentimiento
Entre las situaciones
emocionales psicológicamente adversas al sano ejercicio y uso de la razón cabe
destacar aquellas directamente relacionadas con el amor y el odio entre las
personas. El amor humano implica aprecio personal con transferencia afectiva.
Cuando ese aprecio y transferencia son recíprocos se produce una situación de
bienestar y felicidad inefable. Ahora bien, hay personas que saben apreciar a
los demás conceptualmente con la cabeza fría, pero no transmiten afecto. Por el
contrario, hay otras que sólo transmiten afecto y esperan afecto en la misma
proporción pero son incapaces de valorar con la cabeza la dignidad de los
demás. Este desajuste entre el aprecio racional de las personas y la
transmisión de afectos nos lleva derechamente a hablar del enamoramiento y del
resentimiento como enemigos irreconciliables internos del buen uso de la razón.
Observemos lo que
ocurre con el fenómeno del enamoramiento en los casos más simples y normales en
los que tiene lugar entre dos personas de sexo opuesto. Unas veces está
enamorado el hombre pero no la mujer. Otras veces está enamorada la mujer pero
no el hombre. En el caso primero el hombre se “obsesiona” con la imagen de una
mujer concentrando toda su capacidad sentimental sobre la misma con exclusión
absoluta de todas las demás. Supongamos que sus amigos o familiares tratan de
convencerle de que su “elección” no ha sido acertada aduciendo, no intereses
egoístas familiares, grupales, económicos o prejuicios racistas o humanamente discriminatorios
- como a veces ocurre-, sino razones objetivas y obvias que hacen presagiar
razonablemente el fracaso de esa relación sentimental. Salvo en casos muy raros,
estadísticamente despreciables, cualquier razonamiento desfavorable a esta
relación sentimental resultará inútil. Es como pretender razonar con un
borracho. Lo más que se puede conseguir es su antipatía o rechazo frontal
alegando que se está produciendo una injerencia intolerable en sus asuntos
personales. Esto, dicho de un hombre respecto de una mujer es igualmente válido
a la inversa, cuando es la mujer la que se enamora de un hombre.
Imaginemos ahora que un
hombre es rechazado por una mujer por el hecho de que ella está enamorada de
otro hombre. O porque otro hombre distinto está enamorado de ella. Si cada uno de
ellos se deja llevar por su estado emocional de enamoramiento bruto, lo más
probable es que se produzca un final trágico. El denominador común de la
literatura trágica consiste en escenificar artísticamente un fenómeno tan corriente
y vulgar como el crimen pasional o la delincuencia de “género”. En el origen
hay siempre un factor emocional relacionado con el enamoramiento de alguna de
las partes implicadas o algún tipo de traición sentimental. El final trágico se
produce cuando el uso de la razón ha sido totalmente bloqueado por los estados
emocionales derivados del “enamoramiento” o del apasionamiento excesivo de
alguna de las partes. Ocurre como en el desencadenamiento de las guerras. Estas
se producen inexorablemente cuando una de las partes en litigio abandona la
razón y prefiere ir directamente a las armas. Con la particularidad de que, una
vez declarada la guerra, todas las
partes en litigio pierden la razón poniendo todos los medios necesarios para
destruir al presunto enemigo.
Hay muchas personas
convencidas de que sus proyectos amorosos tienen que empezar siempre por un
enamoramiento embriagador. Para ello multiplican sus relaciones íntimas con
personas diversas hasta “enganchar” apasionadamente a alguna. Al potenciar el
apasionamiento pierden la capacidad psicológica para evaluar correctamente su
situación emocional y el resultado final suele ser una triste cadena de
ilusiones y desengaños que terminan arruinando su personalidad. La expresión en
inglés “fall in love,” es muy elocuente porque asocia el estado de
enamoramiento a un tipo de enfermedad psicológica. De hecho, el enamoramiento
es una pasión obsesiva vinculada directamente a la fantasía y la idealización
de una determinada persona. No a lo que la persona realmente es, lo cual se
percibe mediante el uso de la razón. El amor, por el contrario, está
relacionado directamente con la realidad de la vida, la edad y las circunstancias
personales en cambio permanente. El enamoramiento nos ata tiránicamente a la
idea obsesiva de una determinada persona con exclusión automática de todas las
demás en el ámbito de la fantasía. El amor, por el contrario, es un proceso
dinámico que crece y madura con la vida compartiendo libre y felizmente emociones
y felicidad con los demás.
Los analistas más objetivos
del fenómeno del enamoramiento suelen estar de acuerdo en los siguientes
puntos. En primer lugar, caben pocas dudas sobre el hecho de asociarlo a un
estado pasional obsesivo que nos hace percibir casi exclusivamente los aspectos
positivos de la persona amada. Cualidades que muchas veces existen más en la
fantasía que en la realidad. En consecuencia, cuanto más apasionado es el
enamoramiento más desengaño y sufrimiento acarrea cuando la realidad termina
imponiéndose a la fantasía.
Otra característica
del estado pasional de enamoramiento consiste en que al idealizar a una
determinada persona todas las demás son comparadas y tratadas afectivamente
como inferiores. Por otra parte, se cumple aquello que la sabiduría popular ha
sancionado con la expresión “el amor es ciego”. Esto significa que la razón no
funciona y, por tanto, la persona enamorada no percibe de forma objetiva los
defectos reales de la persona deseada ni las consecuencias negativas que de tales
defectos pudieran derivarse. Por el contrario, las personas enamoradas están
convencidas de que son protagonistas de una auténtica historia de amor y que
tienen ya al alcance de sus manos la solución definitiva para sus fracasos
anteriores con otras personas.
Por otra parte, las
personas muy enamoradas caen fácilmente en la trampa del “complejo del
redención”. Cuando alguien les advierte de la personalidad conflictiva de la
persona a la que aman, y lo difícil que resultará con ella la convivencia del
día a día, la respuesta no se hace esperar. La persona enamorada está
plenamente convencida de que conoce y comprende mejor que nadie a la persona
que ama y que con su ayuda va a cambiar a mejor su situación. O lo que es
igual, se siente en el deber de
conciencia de casarse lo antes posible con la persona de la cual está
enamorado o enamorada, con la ilusión ciega de que todas las dificultades que surjan
en la convivencia serán felizmente superadas. La experiencia demuestra que sólo
en casos muy honrosos y excepcionales el complejo de redención de los
enamorados no termina como el rosario de la aurora en una profunda decepción. Como
suele decirse coloquialmente con gran sentido realista, “el noviazgo no tiene
nada que ver con la convivencia”. O sea, que el enamoramiento no es garantía
segura de amor y felicidad como vulgarmente se piensa. Las mujeres que se
sienten amorosamente frustradas con sus maridos y caen en la trampa de enamorarse
de otro hombre pierden fácilmente el sentido de la realidad. Con frecuencia
ocurre que este nuevo hombre tiene más defectos y problemas que el anterior.
Pero, una vez enamoradas, la razón deja de funcionar satisfactoriamente y salen
del fuego para caer en las brasas. Lo mismo ocurre con los hombres que “caen en
el amor” de una nueva mujer. Es como caer en una enfermedad cuyos síntomas más
alarmantes son la dificultad para usar bien la razón en la toma de decisiones
importantes para la vida.
El enamoramiento, no
lo demos vueltas, en su estado químicamente puro, tiene características
obsesivas y adictivas y se desvanece tan pronto las fantasías amorosas son
contrastadas con la realidad pura y dura de lo que es la persona apasionadamente
deseada. Es un error grave muy difundido confundir el amor humano con el
enamoramiento. Como he dichos antes, en toda forma de amor humano tiene que
haber aprecio personal y transferencia afectiva. Lo cual significa que el
enamoramiento como estado emocional tiene que pasar por el filtro de la razón, madurar
y desaparecer. En caso contrario el enamoramiento constituye uno de los
obstáculos connaturales más importantes contra el aprendizaje y uso correcto de
la razón.
De hecho, con las
personas unilateralmente enamoradas es muy difícil razonar. Su obsesión
sentimental por una determinada persona, con exclusión de todas las demás,
obnubila su visión objetiva de la realidad y de las personas de suerte que
todos sus razonamientos, en el mejor de los casos, resultan distorsionados,
incomprensibles si no absurdos. Por supuesto que lo dicho sobre el
enamoramiento como obstáculo para aprender a razonar y hacer uso correcto de la
razón por parte de los hombres es igualmente válido para las mujeres. Largo
sería hablar sobre este asunto. Para nuestro propósito baste recordar que el
enamoramiento es un estado sentimental que tiene que madurar hasta su
desaparición bajo el gobierno de la razón. De lo contrario, es como el agua
torrencial que no es adecuadamente canalizado para amansarlo y poderlo utilizar
en la irrigación de los campos. En lugar de darles vida los inunda produciendo
destrucción y muerte por doquier. De modo análogo, el enamoramiento en bruto en
lugar de saciar nuestra necesidad humana de amor nos despoja del uso de la
razón y terminamos ahogados en el torrente incontrolado de sentimientos y emociones
a la deriva.
Resumiendo. El
enamoramiento es una emoción fuerte de tal manera que la persona enamorada
tiene tal fijación por la persona amada que se obsesiona con ella y con todo lo
que se relaciona con ella como con los lugares que frecuenta, su sonrisa, su
mirada y su presunta perfección. La persona enamorada vive una fantasía y un
sueño del que antes o después, más bien pronto, tendrá que despertar para
afrontar la cruda realidad de la persona amada. Es entonces cuando ese sueño se
va convirtiendo en realidad al encontrarse a cara descubierta con las
cualidades y los defectos que antes no se veían, no se querían ver o simplemente
se idealizaban. Suele ocurrir que cuando las personas están enamoradas, sólo
ven lo que quieren e idealizan a la persona amada. Y cuando ese hechizo se va
deshaciendo se van dando cuenta de que esa persona que habían idealizado se
parece muy poco o nada a la que realmente es.
Cuando la persona
enamorada es correspondida la fusión de sentimientos que los dos miembros
sienten se acerca al éxtasis total, concentrándose ciegamente en ellos mismos, en
sus sentimientos y en sus relaciones íntimas. Por el contrario, Cuando el
enamoramiento no es correspondido, la persona que tiene estos sentimientos, se siente
frustrada, pierde las ganas de hacer cosas e incluso el deseo de vivir. En
casos extremos no se descarta el suicidio. De ahí que el estado de
enamoramiento pueda ser comparado a una fiebre agradable que, si no desaparece,
puede terminar con la vida del paciente. Lo ideal es que ese estado emocional madure
pasando por el filtro de la razón, de lo contrario la razón de los enamorados
quedará anegada en las borrascosas aguas de sus sentimientos. Lo cual puede
conducirlos a los extremos del odio y del resentimiento. La historia de la
literatura trágica es una demostración patente y dolorosa de esta realidad
perturbadora del buen uso de la razón a causa del estado de enamoramiento.
El resentimiento en su grado máximo se
transforma en odio, y provoca un
desorden del sistema evocativo que nos hace capaces de extraer de la memoria
sucesos de todo tipo. En nuestro caso, sucesos de mala calidad como daños
recibidos de otras personas o grupos sociales. De hecho, el término
resentimiento se utiliza siempre en el sentido peyorativo de “resentir” o
recordar constantemente el mal que nos ha hecho alguien. En el fondo se trata
de un sentimiento solapado de venganza. Las emociones se turban y desordenan
haciendo que la persona rencorosa o resentida sienta y “resienta”
constantemente las ofensas recibidas, sean estas verdaderas o imaginarias.
Eso que suele denominarse “memoria histórica” con
frecuencia se refiere a hechos del pasado que se recuerdan constantemente para
mantener vivos y transmitir a las generaciones futuras los sentimientos de odio
que tuvieron lugar entre nuestros antepasados. Hechos lamentables, pero cuyos
protagonistas ya no existen. Pero son evocados constantemente como si alguien
en el presente fuera el responsable de los mismos. Esta forma de entender la
“memoria histórica” es muy frecuente entre los políticos, sobre todo de pueblos
o grupos sociales injustamente tratados en el pasado, o que en el presente
alimentan ambiciones políticas de dudosa legitimidad. El rencor y el
resentimiento es un signo de identidad de todas los grupos mafiosos entre los
cuales el “ajuste de cuentas” forma parte de su idiosincrasia cultural.
Las personas resentidas no dispuestas a olvidar
magnifican los defectos de los demás y no reconocen sus virtudes. El rencoroso,
por ejemplo, si es hombre y tiene malos recuerdos obsesivos de su madre,
probablemente se forma una opinión rencorosa de todas las mujeres. Lo mismo
puede ocurrir a la inversa cuando se trata de mujeres rencorosas. Al rencoroso
le cuesta mucho confiar en los demás por miedo a ser lastimado y tiende a aislarse
socialmente, siendo incapaz de comprender a los demás o perdonar. Sus juicios
suelen ser implacables. Los resentidos son propensos al orgullo, al revanchismo
y, muy susceptibles, están siempre como a la defensiva. Se sienten ofendidos con
facilidad y les gusta jactarse en público de su dureza de carácter. En caso de
perdonar, cosa poco probable, procuran dejar muy claro que perdonan pero no
olvidan.
Cuando el resentimiento degenera en sentimientos de
venganza el estado emocional de los rencorosos se turba de tal manera que
resulta indispensable serenarse para poder siquiera iniciar un intento de
discurso razonable con ellos. El sentimiento de venganza se desencadena casi
siempre al margen completo de la razón. “El que la hace la paga”. “Dejadme, que
lo mato”. “Me lo vas a pagar”. “A la vuelta de la esquina te espero”. “Esto
tiene un precio”. Y muchas otras expresiones en las que los sentimientos de
venganza están servidos. Otras veces la venganza se camufla de justicia social.
Por ejemplo, cuando los cuerpos legislativos establecen la pena de muerte como
castigo. Bajo el pretexto de hacer justicia se camufla y sublima el instinto de
venganza en lugar de aplicar coherentemente el principio de la razón a los
delincuentes en nombre de la vida. Los partidarios de la pena de muerte afinan
sus argumentos hasta extremos increíbles bajo el paraguas de la justicia. No se
dan cuenta de que utilizan la razón como herramienta legal contra la vida. Es
muy difícil establecer un discurso sereno y razonable con quienes militan a
favor de la pena de muerte. Entre otras razones porque en un momento dado la
razón es silenciada para dar paso al instinto de venganza sutilmente sublimado
mediante la invocación de la justicia, a la cual la razón no puede traicionar. En
estos casos la razón queda psicológicamente en suspenso mientras se ejecuta la
sentencia y posteriormente se reactiva para legitimar los hechos ya consumados.
El resentimiento y la venganza impiden siempre que la
razón ponga orden y paz en la vida social. En nuestro tiempo cabe destacar dos
casos emblemáticos sociales en los cuales la razón ha sido y es
sistemáticamente humillada por el uso perverso que de ella se hace. Por
ejemplo, el problema político crónico de Oriente Medio entre judíos y árabes.
Ambas partes en general, con pocas y honrosas excepciones, cultivan el resentimiento en grado extremo como un
deber moral. Su concepto de “memoria histórica” está directamente vinculado al
sentimiento de venganza y en estas condiciones cualquier proyecto de paz entre
ellos inspirado en el olvido de los malos recuerdos y el discurso razonable está
siempre llamado a fracasar. Cada acontecimiento histórico del pasado es
recordado e interpretado en clave pasional rencorosa con el fin de legitimar el
“ajuste de cuentas” y eventualmente la sumisión o desaparición total de la otra
parte del conflicto. Todo lo cual resulta particularmente aterrador cuando la
falta de razón se suple con el refuerzo de motivos religiosos en bruto. No hay
margen para la razón objetiva y serena ya que
cuando se usa la razón es de forma perversa para legitimar formas de
conducta inspiradas en el odio y el rencor. Se comprende que por este camino la
paz en estos territorios sea humanamente imposible, una vez que los
sentimientos de odio y rencor desplazan sistemáticamente a los principios y
criterios inspirados en el buen uso de la razón.
Otro ejemplo emblemático vergonzoso ha sido la ideología
marxista aplicada a la política. La teoría y práctica de la llamada “lucha de
clases” no fue otra que la de llevar hasta extremos inimaginables el odio
utilizando la razón para legitimar desde todos los ámbitos de la vida el
sometimiento humillante de los contrarios y su eventual eliminación. Donde no existía un enemigo a cara descubierta
contra el cual luchar, lo inventaban. En ningún sistema de pensamiento del
pasado se había pervertido el uso de la razón con tanto descaro desviando
brutalmente a la inteligencia de su instinto natural hacia la verdad para
ponerla al servicio del poder más despótico e inhumano que jamás haya existido.
El fenómeno del denominado “escolasticismo soviético”, del que me he ocupado en
alguna ocasión, basta para hacernos una idea de esta chocante perversión de la
inteligencia humana. Durante el período de apogeo del pensamiento marxista era
prácticamente imposible llevar a cabo un diálogo razonable con las personas
contagiadas por esa ideología. Con la circunstancia agravante de que quienes
vivimos esta triste experiencia llegamos a tener la impresión de que habrían de
pasar muchos años y generaciones antes de que aquella peste contra la razón
fuera erradicada. Afortunadamente no fue así, lo cual no significa que el
panorama haya mejorado excesivamente ya que las pestes se suceden unas a otras
con nuevos síntomas y consecuencias adversas para el buen uso de la razón.
3.
Fideísmo religioso y racionalismo científico
Con la caída del
materialismo marxista en Europa cabía pensar que la razón volvería a encontrar
su verdadero cauce natural en el ámbito de la ciencia y la verdad, pero no ha
sido así. Por el contrario, han reaparecido los fundamentalismos religiosos más
temibles. Ahora no es cuestión del fideísmo filosófico tradicional, que
proclamaba la supremacía exclusiva de la fe religiosa en el conocimiento de
verdades fundamentales sobre Dios, la vida y cuestiones anejas. El fideísmo fue definido por los ideólogos
soviéticos como aquella doctrina que suplanta el saber por la fe o
que, en general, asigna cierto valor a la fe. En mayor o menor grado el
fideísmo es propio de las teorías idealistas y propugna que la ciencia debe
subordinarse a la religión.
Yo defino el fideísmo como el abuso de la fe en todos los ámbitos de la vida suplantando al
sentido común y a la razón, tanto filosófica como científica. En la vida, en
efecto, no se puede vivir sin un mínimo de fe o confianza de los unos en los
otros. Cuando un viajero sube al autobús y toma asiento tranquilamente ha hecho
un acto de fe más o menos explícito en la empresa de transportes y en el
conductor del vehículo. El viajero da por supuesto que ni la empresa ni el
conductor tienen interés en malograr el viaje o provocar un accidente. Cuando
tratamos a un hombre como padre y a una mujer como madre es porque creemos que
realmente lo son, mientras no se demuestre lo contrario. Y para creer que lo
son no necesitamos pruebas científicas sino morales. Nos basta la autoridad
moral derivada de su comportamiento habitual con nosotros y de nuestros
familiares. El fideísmo es
ocasionalmente usado para expresar la creencia de que los cristianos son
salvados exclusivamente por fe religiosa. La doctrina de la sola fe es una
nota relevante del pensamiento teológico protestante. En sentido más amplio el
fideísmo es una teoría según la cual el razonamiento o uso de la razón es
irrelevante frente a las creencias religiosas. Tratándose de la existencia de
Dios, por ejemplo, el fideísmo enseña que los argumentos racionales son falaces
y prácticamente inútiles.
Pero no es mi propósito hablar aquí del fideísmo como
ingenuidad o abuso de esta confianza indispensable para la convivencia humana
del día a día. Tampoco del fideísmo filosófico como supeditación incondicional
de la razón a la fe religiosa en determinados campos del conocimiento humano.
Sólo me interesa destacar aquí el fideísmo como abuso de la fe religiosa. El fideísmo que actualmente resulta más
temeroso es el islámico por su fanatismo. Este abuso de la fe religiosa es
profesado de forma despótica y tirana por los grupos comúnmente denominados
“fundamentalistas”. Frente a sus ciegas creencias religiosas no caben razones. Quienes en nombre del
sentido común o de las buenas razones de humanidad no aceptan sus cánones con
frecuencia se juegan la vida. La fe del fideísmo religioso es ciega y más
cercana a la superstición que al saber. En este sentido el fideísmo filosófico
intentó conciliar la fe y el saber colocando la fe en primer lugar y a la razón
en segundo plano. Esta fe filosófica equivale a la seguridad que se tiene en
las conclusiones científicas e hipótesis de trabajo que todavía no han sido
experimentalmente verificadas. Este tipo de fideísmo filosófico se refiere a la
confianza que nos inspira el saber ya logrado y contrastado por la experiencia.
En tal sentido se dice, por ejemplo, que creemos en un determinado médico más
que en otro, o en una medicina por su eficacia contra una determinada
enfermedad. Creemos en todo aquello que nos ofrece seguridad y confianza. La fe
es connatural a la vida.
Hasta las verdades científicas más contrastadas por los
científicos son aceptadas por el público en general por la presunta autoridad
de quienes las difunden. Por ejemplo, un científico surcoreano dijo a finales
del 2005 haber obtenido unos resultados espectaculares en el ámbito de la
clonación de células madre. La noticia fue divulgada por una revista científica
de prestigio y los medios de comunicación la dieron a conocer al mundo entero.
Cuando el científico en cuestión había sido ya considerado por muchos como un
héroe de la ciencia más avanzada se
descubrió que el mundo había sido víctima de un fraude. Los presuntos logros,
se dijo después, eran falsos. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién dice la verdad y
quién miente? En última instancia se tiene la impresión de que también las
verdades de la ciencia las aceptamos muchas veces llevados por la fe ciega en
la presunta autoridad moral de los científicos y de los medios de comunicación.
Pero, insisto, no es este el fideísmo religioso y fanático que desprecia a la
inteligencia e impide que esta se desarrolle felizmente con la educación y la
experiencia de la vida.
El fideísmo contemporáneo que a mí me preocupa ahora se
refiere al abuso y perversión de la fe religiosa que impide aprender a pensar y
reflexionar correctamente. Por ello es un enemigo declarado del uso de la
razón. El problema es tan viejo como la humanidad pero en la actualidad reviste
unas características nuevas muy preocupantes por la obstinación de sus líderes
y la disposición de medios morales y técnicos de coacción más sofisticados y
contundentes que en el pasado. El fideísmo islámico fundamentalista, por
ejemplo, cuenta con recursos materiales y armas destructivas impensables en el
pasado para llevar a cabo sus objetivos irracionales con relativa facilidad. Las
minorías intelectuales islámicas más razonables están luchando noblemente para
salir de esta situación, pero no poseen todavía el grado de libertad suficiente
para expresarse dentro del mundo islámico. Y ello a costa de jugarse la vida.
Esos hombres y esas mujeres merecen todo nuestro apoyo y admiración.
4. Las ideologías políticas y los sentimientos nacionalistas
Los politólogos y sociólogos discuten sobre el concepto
de ideología política. Yo no voy a entrar en esas discusiones teóricas, sólo
útiles para la cultura en las aulas. Ideología en esta obra significa abuso de las ideas. Por ejemplo,
falseándolas o aplicándolas de forma indebida o incluso perversa, como hacen
muchas veces los líderes políticos aconsejados por sus asesores con vistas a
ganar las elecciones. Al hablar de ideologías políticas me estoy refiriendo al
trabajo de los “ideólogos” que dirigen y controlan los discursos de los
políticos de un determinado partido. Los “ideólogos” de los partidos políticos
manejan las ideas y eventual falsificación de las mismas con vistas a
mantenerse en el poder o a escalarlo. El ideólogo puro no es un buscador de
verdad sino de poder. Este hecho ayuda a comprender por qué las personas más
cualificadas para gobernar con verdadero sentido de justicia y humanidad pocas
veces tienen éxito en la vida política, en la que con excesiva frecuencia sólo triunfan
las mediocridades morales y las personas racionalmente menos cualificadas.
La ideología en el sentido moderno de la palabra se
refiere casi siempre a un conjunto de ideas y valores concernientes al orden
político cuya función es guiar los comportamientos políticos colectivos. En el
contexto marxista la ideología remite a la falsa conciencia determinada por las
relaciones de dominación existentes entre las clases sociales. El término
ideología ha sido utilizado también como un tipo específico de creencias, como
una creencia falsa o distorsionada, y también
como un conjunto de creencias que abarcan el conocimiento científico, la
religión y las creencias cotidianas sobre las conductas sin importar si son
verdaderas o falsas. Más en concreto cabe hacer las precisiones
siguientes.
En el primer sentido las ideologías son equivalentes
prácticamente a lo que en la posmodernidad
se denomina pensamiento débil y
remite a un conjunto de ideas y valores relativos al orden político. O bien a
un sistema de creencias organizadas en base a unos pocos valores centrales.
Este ha sido el sentido más aceptado por la ciencia política y la sociología
occidentales contemporáneas en el estudio de las determinantes o constantes de
las principales corrientes ideológicas de turno. Desde esta forma de entender
las ideologías se ha teorizado y analizado la naturaleza, fuerza y vigencia de
sistemas ideológicos tales como el comunismo, el fascismo y los nacionalismos.
Innecesario recordar que las ideologías así entendidas estuvieron siempre
asociadas al dogmatismo, el pensamiento único y el adoctrinamiento. De ahí su comprensible
desprestigio. Cuando se habla, por ejemplo, de “la caída de las ideologías” nos
estamos refiriendo principalmente a las ideas o doctrinas con las que se trató
de legitimar los regímenes comunistas y nazis más salvajes. En sentido más
amplio significa la falta de convicciones profundas sobre el sentido de la vida
humana bajo el influjo de la tecnología. La falta de ideas bien asentadas sobre
la razón es suplida por los fideísmos religiosos más radicales e inhumanos y
los fanatismos políticos cuya expresión más acabada son los actuales
nacionalismos.
Pero el concepto de ideología realmente preocupante se
fraguó en el marxismo. Según el marxismo puro y duro, las ideas y las teorías,
socialmente determinadas por las relaciones de dominación entre las clases
sociales, generan la existencia de una falsa conciencia que lleva a visiones erróneas
sobre el modo de la producción capitalista. La ideología es tildada de producto
capitalista despreciable en función de los intereses de los capitalistas como
presuntos culpables de las situaciones de injusticias social. En este sentido
la religión, los valores, las ideas, las doctrinas así como la pertenencia a
una clase social, serían los principales factores determinantes de la falsa
conciencia. La ideología marxista fue presentada como el único y verdadero
sistema de ideas y valores capaz de destruir para siempre la versión
capitalista de la realidad. La ideología resulta así un concepto peyorativo
cuando se refiere a las convicciones y sistemas de valores de inspiración
capitalista, cuya alternativa sería la visión materialista de la vida y los sistemas
de valores propugnados por los ideólogos del materialismo marxista.
Los ideólogos
marxistas eran los teóricos del Partido. Como los ideólogos de los partidos
políticos no marxistas lo son de sus respectivos militantes. Estos no son profesionales
de la verdad sino administradores de ideas en función de la permanencia en el
poder o de las estrategias para alcanzarlo. De ahí que cuando un intelectual
genuino y socialmente reconocido como tal se presta como ideólogo de un partido
político, pierde automáticamente su prestigio como intelectual ante la
comunidad científica y la entera sociedad. Otra cosa es que los intelectuales
natos no deban intervenir en política en situaciones puntuales desde la
libertad de pensamiento y la independencia profesional. Lo que no se acepta es
que se vendan al servicio del poder renunciando a la búsqueda libre e
independiente de la verdad.
Otra forma actual de entender la ideología consiste en utilizar este concepto para designar de una
manera global al conjunto de conocimiento científico, religión, creencias
cotidianas, etc. sin tener para nada en cuenta si esas convicciones y creencias
son verdaderas o falsas. Su base determinante está en la sociología del
conocimiento enfatizando el determinismo social de todas ellas sin priorizar lo
económico, lo político o lo verdadero. Una ideología en este sentido equivale a
una mera descripción sociológica de estos fenómenos. Tal forma de entender las
ideologías se ha visto reforzada con el advenimiento e imposición de la globalización con la expansión de la
economía de mercado y el imperio de los medios de comunicación más avanzados. Así las cosas, todo hace presentir que las
ideologías, tal como han sido descritas, no sólo no desaparecerán como
categoría de pensamiento en las ciencias sociales, sino que seguirán desafiando
a la capacidad reflexiva y científica de las generaciones futuras haciendo un
uso muy peculiar de la razón, más al sevivio del poder político y económico que
de la verdad. Las ideologías implican todas ellas abuso de las ideas y, por lo
mismo, constituyen un impedimento serio para aprender a usar por cuenta propia
la razón. Esta es nuestra preocupación.
Pero hablando de los abusos de la fe religiosa y de las
ideas resulta lógico y necesario hablar de los sentimientos nacionalistas
contemporáneos en los que el resentimiento desemboca con relativa facilidad en
violencia extrema y terror. Ahora bien, con miedo y terror en el cuerpo resulta
prácticamente imposible razonar. La “terrocracia” o gobierno del terror es incompatible
con el buen uso de la razón. Los
sentimientos nacionalistas han sido asociados a los estados de enfermedad.
A Albert Einstein se le atribuye la
frase: “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la
humanidad”. Con las siguientes
consideraciones sólo pretendo destacar el componente emocional de los
nacionalismos y su peligrosidad para el ejercicio correcto de la razón. En
primer lugar, hemos de resaltar su componente
emocional. Luego haremos algunas
analogías con otros sentimientos con el fin de denunciar su peligrosidad y
necesidad de superarlo. Psicológicamente hablando, el nacionalismo puede ser
descrito como un sentimiento obsesivo
de raza, etnia, idioma, configuración geográfica, cultura y religión. Me
explico.
Toda persona nace en un lugar determinado de la tierra y,
si no conoce otro habitat distinto,
se va adaptando emocionalmente a ese lugar hasta el punto de convertirlo en el
referente único y exclusivo de su existencia. Si, por ejemplo, crece en un
lugar montañoso y aislado, rico en agua y verdor, cuando vea por primera vez
una llanura inmensa sin agua, sin rocas, arroyos y verdor, su mente sufrirá una
convulsión fascinante al constatar que hay otros mundos que provocan su deseo
de descubrir y conocer. Por el contrario, si el niño crece en ese ambiente
cerrado e incomunicado, termina “enamorándose” del lugar apegándose al
“terruño” aunque le cueste la vida. Se genera un sentimiento de dependencia
total a la tierra que le vio nacer y a sus tradiciones hasta el extremo de
morir por ella, si fuere necesario.
Esta dependencia emocional tiránica de “la tierra de sus
padres” era comprensible en tiempos
pasados cuando los medios de comunicación no podían traspasar las fronteras
geográficas. Actualmente resulta cada vez más incomprensible, sobre todo en los
países desarrollados de Europa y América. Con los modernos medios de
comunicación las fronteras geográficas tienden a desaparecer y el aferramiento
afectivo a un lugar geográfico determinado resulta un sinsentido. Ahí está el
fenómeno emigratorio moderno que supone el abandono, al menos provisional, de
la tierra natal por imperativos existenciales de la propia vida.
La incomunicación geográfica de otros tiempos favorecía a
su vez la endogamia lingüística, religiosa, cultural y política. O sea, los
ingredientes fundamentales de todos los nacionalismos, incluidos los
actualmente llamados democráticos. Estos sentimientos de dependencia emocional
y endogamia lingüística, religiosa y cultural son después explotados por los líderes
políticos como recurso estratégico para mantenerse en el poder donde ya lo
ostentan, o para escalarlo donde aspiran a ello. Es entonces cuando lo que
originalmente surgió como un sentimiento natural y comprensible de
afecto al lugar de nacimiento termina convirtiéndose en una actitud peligrosa y
hasta violenta al idealizar irracionalmente esos sentimientos en lugar de
educar a la gente para que se vaya liberando de ellos en aras de la
comunicación y convivencia universal. Esos sentimientos de pueblo, raza, nación
y religión se radicalizan a veces hasta extremos inimaginables de arrogancia,
intolerancia tozuda y violencia sádica contra quienes no comparten sus raquíticos
sentimientos nacionalistas.
Las consecuencias psicológicas para las personas amordazadas
por tales sentimientos son siempre desastrosas, incluso tratándose del llamado
nacionalismo democrático. Pero veámoslo más en concreto sirviéndonos del
recurso literario de las parábolas. Tomo aquí la parábola como narración
comparativa o analógica basada en la
realidad para deducir una lección moral de valor objetivo. En tal sentido el
sentimiento nacionalista puede ser comparado a determinados tipos de conducta
socialmente aceptados pero que de por sí conducen casi siempre a males
indeseables, entre los cuales la perversión del uso de la razón. Por razones
obvias, no vale la pena insistir en la incompatibilidad del uso correcto de la
razón y los sentimientos nacionalistas extremos que practican la violencia y el
terror para lograr sus objetivos políticos. Las siguientes reflexiones, por
tanto, conciernen a los sentimientos de los denominados nacionalismos
democráticos.
El sentimiento nacionalista, a simple vista inofensivo o
democrático, puede ser comparado a un cáncer benigno bajo control.
Afortunadamente cada vez hay más gente que vive con su cáncer declarado en
alguna parte del cuerpo. Gracias a los adelantos quirúrgicos y a la
quimioterapia se consigue mantenerlo inactivado por algún tiempo más o menos
prolongado. Pero el enemigo está en casa y el gato en la despensa. Al menor
descuido el enemigo lo asalta y el gato se come las tajadas. La amenaza de
metástasis está siempre ahí como una espada de Damocles sobre la cabeza. Pues
bien, del mismo modo que sería absurdo y un contrasentido querer vivir en esa
situación de constante sobresalto con un cáncer benigno en el cuerpo, en lugar
de desear que ni siquiera exista, así también resulta psicológicamente un
contrasentido desear vivir a expensas de sentimientos nacionalistas, aunque
estos sean democráticos y estén bajo control. La triste experiencia demuestra
que cualquier circunstancia social adversa puede provocar una metástasis
política mortal. De ahí que lo recomendable y deseable sea la superación total
de esos sentimientos, como si de la extirpación de un cáncer benigno se
tratara, en lugar de fomentarlos educativamente como si de suyo fueran
inofensivos. Actualmente no conozco ningún tipo de nacionalismo inofensivo por
naturaleza, como tampoco ningún tipo de cáncer benigno bajo control que no sea inquietante,
mortalmente amenazador y digno de ser extirpado de raíz. Con los que están ya
invadidos por el “cáncer” nacionalista es prácticamente imposible razonar por
mucho tiempo. Sus sentimientos no se lo permiten a ellos mismos. Tienen la
razón secuestrada por esos sentimientos con lo cual, mientras tales
sentimientos subsistan, queda psicológicamente cerrada la posibilidad de
establecer con ellos un discurso correctamente razonable en términos de
justicia y equidad. A los argumentos que no les son favorables responden directamente
con amenazas e indirectamente con las armas. Los sentimientos nacionalistas,
aunque se los denomine “democráticos”, son siempre un obstáculo para el
correcto ejercicio del uso de la razón. Todos los sentimientos son un obstáculo
a superar y los sentimientos nacionalistas, incluso los aparentemente
inofensivos, también lo son aunque estén bajo control.
El nacionalismo “democrático” puede ser comparado también
con el virus informático. Cualquiera que tenga un mínimo de experiencia en el
manejo de esta tecnología comprenderá inmediatamente lo que voy a decir a
continuación. Cuando alguien consigue introducir un virus en nuestra
computadora los archivos existentes en el disco duro se distorsionan de suerte
que el discurso escrito termina siendo ilegible o irreconocible. Todo el orden
lógico queda distorsionado. De modo análogo, cuando el “chip” del sentimiento
nacionalista se instala en el disco duro de los sentimientos, ya sea bajo el
influjo del miedo o de la educación pacífica impartida en escuelas, centros de
adoctrinamiento, medios de comunicación o catequesis parroquial, condiciona
negativamente cualquier intento de discurso racional correcto. Todo se ve
unilateralmente desde la óptica del “chip” nacionalista, y es inútil tratar de
razonar sobre nada que no contemple los intereses unilaterales del
nacionalismo. El que no opina de la misma forma es considerado como enemigo,
explotador o extranjero indeseable. En los casos extremos surge el llamado
“síndrome de Estocolmo”. El no nacionalista termina auto-culpabilizándose de
las calamidades que padece por no secundar la causa nacionalista. En
consecuencia, si no se marcha voluntariamente del territorio “sagrado” se juega
la vida y en el mejor de los casos, si no se autoexilia, se ve obligado a renunciar a sus libertades.
Hecha esta constatación cabe decir lo siguiente. Así como
no es razonable sostener la presunta inocuidad de un virus informático en la
computadora, o la de un virus o una
bacteria en los riñones bajo control médico, tampoco lo es el conformarse con
paliar socialmente los sentimientos nacionalistas, donde existan, sino que
habría que prevenir a las futuras generaciones contra ellos. El nacionalismo
democrático es psicológicamente tan poco recomendable como un virus en la
computadora o una bacteria en los riñones por más que la tecnología y la
medicina avancen espectacularmente. La mejor medicina contra una enfermedad es
poner los medios preventivos para no padecerla y tenerla que curar. Pienso que
cuando los analistas asocian el nacionalismo exagerado a una especie de
enfermedad psicológica no andan descarriados. Ahora bien, tratándose de
enfermedades, mejor es no contraerlas que tenerlas que padecer y soportar
aunque no sean gravemente mortales. Los sentimientos nacionalistas extremos
anulan el uso de la razón o la pervierten. Y los llamados “democráticos”
constituyen, en el mejor de los casos, una dificultad seria y un peligro
constante para aprender a razonar con corrección.
Los sentimientos nacionalistas pueden ser comparados
también a los estados de dependencia adictiva que generan la
nicotina, el alcohol y las modernas drogas alucinógenas procesadas. Los que
están tocados por el sentimiento nacionalista se sienten fatalmente enganchados
a su patria chica y a sus costumbres tradicionales, como el fumador crónico al
tabaco, los grandes bebedores al alcohol y los drogadictos a la droga. De modo
análogo, ponen todo su empeño en catequizar a los demás para la causa
nacionalista como los grandes consumidores de alcohol tratan de persuadirnos
para que seamos igual que ellos bebiendo, los fumadores nos invitan y presionan
para que fumemos y los drogadictos nos colocan la droga inadvertidamente en las
entrañas del cuerpo. Lo más triste es que carecen de libertad psicológica para
ser de otra manera. Si es necesario, dan la vida, se asocian con el diablo y se
enemistan con el mundo entero a cambio de hacer valer sus sentimientos. Hacen cualquier
cosa menos sacrificar una tilde de los mismos en aras de la universalidad. Se trata
de una verdadera adicción afectiva y una dependencia sentimentalmente tiránica
de la tierruca o patria chica. Lo
cual sólo sirve para empobrecer el espíritu y dificultar la convivencia social.
Los sentimientos nacionalistas terminan prevaleciendo sobre cualquier
razonamiento sereno y objetivo que no les sea favorable.
Por último, cabe comparar el sentimiento nacionalista con
la obsesión sexual o “erótica nacionalista”. El obseso sexual tiende
patológicamente a ver e
interpretarlo todo a través del prisma
erótico. De modo análogo, los nacionalistas sienten con mayor o menor
intensidad la obsesión por una determinada configuración geográfica, costumbres
ancestrales, lengua, etnia y religión. De ahí el riesgo permanente de incurrir
en regionalismo provinciano, tradicionalismo anacrónico, racismo y fanatismo
religioso. Se sienten molestos, por ejemplo, si no se habla su idioma aunque
este no sea el más adecuado para entender y comprender a los demás. Si llega el
caso, lo usan deliberadamente para que los demás no les entiendan a ellos como
gesto de autoafirmación étnica. Un ciudadano belga nacionalista entrado en años
me llegó a manifestar su indignación y sentimiento de frustración por el hecho
de que, siendo flamenco, le habían obligado de niño a aprender francés. Por
supuesto que me explicaba a mí esta presunta injusticia que habían cometido con
él en un delicioso francés que hubiera deseado hablar cualquier persona razonable y civilizada. Para él, sin embargo,
el haberle dado la oportunidad de hablar francés con tanta perfección desde la
infancia lo consideraba como un atropello de sus obsesiones nacionalistas. Con
la circunstancia agravante de que este hombre era un hombre de Iglesia del que
razonablemente cabría pensar que se había educado en la universalidad que es
consustancial a la condición humana y al modelo de humanidad cristiano. Es sólo
un ejemplo.
A la altura de nuestro tiempo los nacionalismos favorecen
la corrupción del verdadero amor a la patria, a la que convierten en un fetiche
idolátrico y caprichoso. Los sentimientos nacionalistas degeneran fácilmente en
idolatría y perversión del genuino patriotismo convirtiéndolo en lo que
despectivamente se conoce como patrioterismo y chauvinismo. Nada tan razonable
y humano como los sentimientos de afecto hacia la tierra donde nacimos y en la
que crecimos. Quienes reniegan, se avergüenzan o denigran
sus orígenes terrenales y culturales son tildados por la tradición popular
de hijos mal nacidos y desagradecidos.
Por el contrario, quienes aman a sus padres y se sienten orgullosos de la
tierra que los vio nacer son considerados por todo el mundo como hijos bien
nacidos y agradecidos. Estos sentimientos de afecto a la “patria chica”, como
si de los propios padres de carne y sangre se tratara, son los que legitiman el
verdadero patriotismo y amor a la patria. Pues bien, tan razonables y justos
son estos sentimientos patrios como irracionales e injustos los sentimientos
nacionalistas que convierten a la patria en un ídolo al cual se da culto
mediante la violencia y la criminalidad. Lo cual resulta más obvio si tenemos
en cuenta el desarrollo moderno de las comunicaciones que permiten echar por
tierra las fronteras tradicionales nacidas del subdesarrollo y la
incomunicación humana. El propio concepto de patria se ha relativizado dentro
de un mundo cada vez más global interactivo y mejor comunicado. Por lo mismo,
los sentimientos nacionalistas, que constriñen la mente a rechazar los
sentimientos universales suplantándolos por otros particulares y efímeros,
constituyen un obstáculo muy serio para el aprendizaje y uso correcto de la
razón.
De acuerdo con la experiencia histórica cabe afirmar que
los sentimientos nacionalistas, por más que en determinadas y raras
circunstancias en algún tiempo o lugar pudieran merecer un respeto cauteloso y
coyuntural como mal menor, son siempre indeseables. No menos que los
sentimientos imperialistas o políticamente expansionistas. Otra cosa es que se
discuta en los Parlamentos legítimamente constituidos de forma libre y
civilizada sobre la mejor forma de gobernar un ESTADO socialmente complejo y
reconocido ya en el concierto mundial de las naciones. Pero este no es el caso
en los sentimientos nacionalistas que conducen antes o después a la
confrontación y la violencia física de forma abierta o subrepticia mediante la
coacción educativa. Creo sinceramente que incluso el nacionalismo democrático,
tal como lo conocemos en Europa, no contribuye para nada al desarrollo armónico
y equilibrado de las personas, del progreso y de la calidad humana de la
convivencia social. La educación inspirada en los sentimientos nacionalistas
arruga la inteligencia e impide su adecuado desarrollo natural en la búsqueda
de la verdad universal sin fijaciones obsesivas en aspectos unilaterales de la
realidad. Así como los sentimientos imperialistas impiden ver la realidad de
las partes que constituyen el todo social, así los sentimientos nacionalistas
impiden la visión de los bienes comunes por su visión idolátrica y egoísta de
lo particular. No hay manera de encajarlos en la razón filosófica y menos aún
en la razón teológica.
En efecto, tal como esos sentimientos se traducen en la
acción política actual, son
incompatibles con la conducta política de Cristo frente al nacionalismo
judío de su tiempo y el imperialismo romano. Cristo se comportó como un
patriota judío irreprochable hasta el punto de someterse a normas y leyes que
El mismo estaba llamado a perfeccionar y eventualmente eliminar reemplazando la
normativa obsoleta del Antiguo Testamento por la Ley Nueva. Pero nunca entró al
trapo de la política por más que se encontró en situaciones dilemáticas y
provocadoras en extremo. Ni judíos ni romanos pudieron acusarle, como no fuera
en falso, de tomar partido por alguna opción política. Tampoco pudo ser tildado
de antipatriota o ingrato con la tierra que le vio nacer y sus costumbres. Ni los
romanos pudieron acusarle como presunto elemento peligroso para el Imperio
Romano ni los judíos de antipatriota. Y, sin embargo, ni estuvo de acuerdo con
el imperialismo romano dominante en Palestina ni con el nacionalismo hebreo en
ninguna de sus modalidades, incluida la no violenta.
Sobre el caso
concreto de S. Pablo cabe hacer las siguientes precisiones. Antes de ser
cristiano fue un nacionalista judío exagerado rayando en el fanatismo. Una vez
que conoció a Cristo, reconoció sin reservas los verdaderos motivos por los que
su pueblo, el judío, podía sentirse orgulloso en el concierto de las naciones.
Pero igualmente abandonó sus sentimientos nacionalistas por razones teológicas
tomadas de la historia de la salvación. Su conversión supuso para él despojarse
de los sentimientos nacionalistas hebreos tradicionales para revestirse de la
fe en Cristo muerto y resucitado en beneficio de la entera humanidad, y no sólo
de su pueblo, el hebreo. Lo cual no le impidió sentirse orgulloso de su pueblo,
de su tierra y de sus costumbres. Primero fue nacionalista fanático y después
antinacionalista civilizado. O lo que es igual, primero se dejó arrastrar por
el sentimentalismo político-religioso hebreo y después se convirtió a la razón
y al verdadero universalismo mesiánico. Como Cristo, en esta forma de pensar y
de obrar se jugó su vida pero no perdió la razón.
5.
Las pasiones humanas y el sentimentalismo romántico
En el lenguaje coloquial decimos que hay personas
apasionadas por la política, el deporte, los toros, la música, la lectura y así
sucesivamente. En principio una persona apasionada debería ser aquella que hace
las cosas con entusiasmo. En tal sentido se dice que hay que poner pasión en lo
que hacemos para que resulte atractivo e interesante. Una persona que “ni
siente ni padece” termina resultando anodina y aburrida. Pero cuando decimos
que una persona es muy apasionada es una manera de expresar nuestra preocupación
en la medida en que su apasionamiento impide razonar con ella para llegar a
conclusiones o toma de decisiones justas y razonables. De ahí que el término pasión haya tenido y siga teniendo un
sentido altamente peyorativo.
La pasión es un movimiento fuerte y desenfrenado de la
afectividad sensitiva. El afecto significa la atracción psíquica hacia personas
o cosas. Cuando esa atracción no filtra en la razón mantiene su carácter
originalmente pasional o peyorativo. En la psicología moderna se prefiere hablar
de emociones en lugar de pasiones al
estilo clásico. En estrecha relación con las emociones se hallan los sentimientos. Estos son estados afectivos
duraderos de moderada intensidad. Por ejemplo, la simpatía, la amistad, el decaimiento
de ánimo transitorio o tener la moral baja por algún acontecimiento triste. Hay
personas, por ejemplo, que tras la muerte de un familiar o de un amigo se
sienten durante algún tiempo más afectadas que otras.
Los tres vocablos estrechamente relacionados son pasión (padecer o recibir), emoción (remover o apartar del estado
anterior) y sentimiento, que viene de
sentir o percibir. Mientras no conste lo contrario usaremos los términos pasión
y emoción como movimientos de la afectividad sensible. Así, cuando los
partidarios de un equipo deportivo se exaltan, gritan, saltan de alegría o
maldicen su suerte porque su equipo preferido ha ganado o perdido en la
competición, decimos que están apasionados o muy emocionados. ¿Qué significa
esto? Significa que hemos de esperar a que se serenen para poder hablar
razonablemente con ellos sobre cualquier asunto por encontrarse turbada su
razón. En la antigüedad los estoicos opinaron que las pasiones o emociones
turban la serenidad de la razón por lo que han de ser consideradas como auténticas enfermedades del alma y, como
tales, malas en sí mismas. Según los estoicos, el hombre sabio o perfecto debe
vivir en un estado de total indiferencia frente a las pasiones. La razón no
debe jamás claudicar ante los embates pasionales o emocionales. Antes de sufrir
esa humillación el hombre cabal debe aplicar tajantemente los criterios de la
razón hasta el extremo de optar por el suicidio antes que sucumbir a las
presiones emocionales.
Como enseña la experiencia, la vida sin satisfacciones
sensibles funciona mal. La propia naturaleza provee de las satisfacciones
indispensables para afrontar los retos de la vida y de la muerte. Pero es
igualmente cierto que las pasiones o emociones sensibles a lo bruto y fuera de
control impiden la visión real de las cosas e inducen a tomar decisiones
equivocadas. La mucha alegría, el enamoramiento fuera de control y el odio, la
tristeza desmesurada, la drogadicción, la dependencia del alcohol, del tabaco o
de cualquier estimulante emocional oscurecen la luz de la razón y debilitan
hasta extremos alarmantes las decisiones de la voluntad. Lo mismo cabe decir de
los fanatismo políticos, deportivos, científicos, religiosos o de lo que sea.
Las grandes emociones son tan indeseables para la buena marcha de la vida como
la carencia de ellas.
Por otra parte, nuestro dominio de las emociones es
indirecto y limitado. Las emociones hay que vivirlas de forma muy diplomática e
inteligente mediante la educación. La cuestión está en cómo aprender a
disfrutar de las emociones sin dejarnos arrastrar por ellas. Hay que aprender durante
toda la vida a nadar en ellas sin ahogarnos zarandeados por su fascinante
oleaje. Hemos de aprender a vivir con nuestras pasiones o emociones como los
marineros a navegar en alta mar. Eso sí, o usamos la inteligencia o vamos al
fondo de nuestro océano pasional. El mundo pasional o emocional es connatural a
nuestra naturaleza humana y por ello se han ocupado de ellas los pensadores más
importantes de nuestra historia. En la actualidad son objeto preferencial de
estudio por parte de los psicólogos. El conocimiento de la dinámica de
nuestras pasiones o emociones es
realmente fascinante. Un ser humano sin emociones es lo más parecido a un
muerto o a un tirano. Pero inundado de emociones al margen de la razón es como
paja que lleva el viento o, paradójicamente, como un animal marino ahogado en
el agua.
Llamo sentimentalismo al abuso de los propios
sentimientos. Durante la niñez y adolescencia todos hemos sido sentimentales.
Quiero decir, hemos vivido impulsados por nuestros sentimientos de amor y
egoísmo. Es el pago de la asincronía entre
nuestro desarrollo biológico y la aparición y maduración del uso de la razón.
Los niños encarnan la ternura. Pero también el egoísmo inocente. Durante la
adolescencia la fuerza de los sentimientos se robustece y surgen los primeros
conflictos serios frente a la realidad de la vida. El sentimentalismo se dice
romántico cuando los sentimientos son deliberadamente enaltecidos desafiando a
la razón. No es una mera cuestión de sentimientos infantiles o adolescentes. El
romanticismo es una filosofía de la vida que abarca a todos los segmentos de la
realidad en competencia con la razón.
Desde el siglo XIX en adelante el romanticismo puede ser
considerado como una verdadera revolución en la escala de los valores primando
los sentimientos y la subjetividad sobre la razón. El romanticismo fue filosóficamente una reacción
frente al racionalismo moderno iniciado por Descartes. Con la Ilustración
francesa se rehabilitaron la sensibilidad, la pasión y el amor por la naturaleza, y los románticos
fueron más lejos divinizando el amor por la naturaleza consumiéndose en sus emociones, en sus dolores buscándose a sí mismos
en todo lo que hacen y dicen. El romanticismo significa la exaltación de la
libertad individual, de los sentimientos democráticos y nacionalistas. De
hecho, los filósofos románticos del siglo XIX surgieron como rechazo del
racionalismo clásico. El desarrollo de la industria sirvió para poner las bases
del liberalismo. La revolución francesa fue una reacción sentimentalmente
brutal contra el despotismo social clásico poniendo a la libertad, la igualdad
ciudadana y los sentimientos de fraternidad civil por encima de la razón.
Por su parte, la revolución americana puso en la picota
de una manera sentimental los derechos del hombre, la libertad y el poder
democrático por encima de la razón y de la vida. En el orden estético el
romanticismo apostó por la exaltación de los sentimientos y las emociones
personales relegando a un segundo lugar la consideración de la belleza objetiva
de los artistas clásicos. Los clásicos pensaban que la belleza depende de la
unidad variedad, regularidad, orden y proporción de los objetos. Los
románticos, en cambio, ponen el acento en las sensaciones que esos objetos
producen en los sujetos que los contemplan. Los románticos más que
protagonistas de lo bello son creadores de situaciones sublimes y emociones
fuertes. Un artista rigurosamente romántico no excluye de sus creaciones
artísticas las emociones específicas de lo irracional y eventualmente suicida.
En el arte romántico priman las emociones fuertes ante la
sublimidad de la naturaleza, los motivos fúnebres, macabros y contrarios a la
razón serena. El romántico se complace, por ejemplo, en la descripción de una
tormenta infernal que causa terror. O en la descripción de un paisaje florido y
surcado por aguas cristalinas donde pacen los rebaños. O bien en la descripción
sentimental de la oscuridad de la noche, de la luz y de la amistad. Al
romántico le emociona lo sublime, lo bello es su dios y los acontecimientos que
desbordan los cauces de la naturaleza le fascinan. El romántico se disuelve en
el amor sensual sublimado hasta el extremo de suicidarse si fuere necesario. Hará
cualquier cosa menos afrontar las situaciones sentimentales conflictivas
introduciendo una dosis mínima de razonabilidad. La diosa razón es suplantada
por el dios sentimiento y la belleza emocionante. El romanticismo es una forma
de interpretar la vida desde los deseos y los sentimientos personales y no de
la razón objetiva. El romántico entiende que la esencia de lo humano rebasa la
esfera de lo inconsciente y de lo racional. En su rebeldía emocional contra el
orden del mundo establecido y la cruda realidad, se opone a la separación entre
razón y sentimiento, entre lo real y lo irreal.
El yo romántico rechaza formar parte de la naturaleza como una pieza más
de su engranaje. Por el contrario, afirma su individualidad, su capacidad
creadora y transformadora que extrae de su interior y plantea una relación con
la naturaleza al modo de una comunicación sentimental del Uno al Todo
desencadenándose un deseo apasionado de infinitud.
El romántico, se ha dicho, transforma el instinto en arte
y el inconsciente en saber, y su drama consiste en desear apasionadamente
confundirse con el infinito. Aspira sentimentalmente a lo razonablemente
imposible de alcanzar. Este dato nos ayuda a comprender la coherencia de
algunos románticos que no excluyeron el suicidio como opción final. El
romántico profundo se siente irremediablemente caduco y finito y desea a
cualquier precio unirse y transformarse en infinito. Así las cosas, y
rechazando brutalmente el principio de realidad, se comprende que el romántico
profundo esté condenado a ser un personaje triste y eternamente desilusionado
como quien espera obsesionado una relación de amor imposible. El romántico cabal
es psicológicamente egocéntrico. Su alma es su mayor enemigo interior por
cuanto está obsesionado fatalmente por lo imposible y por ello se priva de la
felicidad normal con la que está dotada la naturaleza humana. Está convencido además
de que su alma no le ha sido asignada desde fuera sino que la crea él mismo
cuando tiene conciencia de sus sentimientos tratándose a sí
mismo como imagen del mundo. El poeta romántico se considera a sí mismo alma y universo al
mismo tiempo. El ideal supremo del romántico es la libertad absoluta y el
principio fundamental de la ética la libertad formal en el ámbito de la
creación artística como forma de comunicación del individuo con el infinito. El
romántico se concibe a sí mismo como un ser libre que se manifiesta como un
deseo patético de ser y encontrar la verdad fuera de los cauces normales de la
razón. Por ello se resiste a aceptar leyes o normas emanadas de la autoridad en
nombre de la razón o de dogmas religiosos.
El romántico asocia amor y muerte y el amor le atrae como vía de conocimiento,
como sentimiento puro, fe en la vida y cima del arte y la belleza. Al mismo
tiempo el amor acrecienta su sed de infinito. El romántico recalcitrante ama el
amor por el amor mismo que termina precipitándole en la muerte, en la que, paradójicamente, descubre
un principio de vida, y hasta la posibilidad de convertir la muerte en vida. La muerte de amor, para el
romántico, es vida, y la vida sin
amor es muerte. El amor romántico es fuente de rebeldía universal en cuyo
despliegue las pasiones terminan en tragedia, lo que es limitado termina
muriendo y la poesía contiene siempre
algún elemento trágico. En el ámbito de los sentimientos religiosos cabe decir
que los románticos puros no fundan sus creencias en alguna norma establecida o
moral instituida sino en un sentimiento interior y en una intuición esencial de
lo divino que conduce a una unión mística con Dios. Pero, atención. Para todos
los románticos no existe Dios como ser personal distinto del mundo y del
hombre. Por lo mismo, en el orden moral debemos actuar sólo movidos por el
entusiasmo y el amor sintiéndonos llenos de Dios, el cual se confunde con el
cosmos así como el amor es confundido con nuestras relaciones sentimentales y
con la belleza estética.
Los nacionalismos
actuales son también movimientos sentimentales de inspiración romántica. La
reivindicación del espíritu nacional y su reflejo en las creaciones populares y
poéticas así como la oposición al clasicismo, favoreció el cultivo de la literatura
y la música nacionalistas. Con el romanticismo del siglo XIX se fortaleció el desarrollo del denominado “espíritu nacional” o
nacionalista que propugna la necesidad de suprimir la influencia presuntamente
extranjera y de crear una literatura local y nacional. De ahí el énfasis en los
temas históricos y nacionales que adquieren un papel de suma importancia como
método político-cultural en la medida
que se reivindica la propia identidad. Tras la caída de los regímenes
comunistas en Europa los sentimientos románticos nacionalistas reverdecieron
con una virulencia irracional sin precedentes en algunas partes de Europa.
Estos rebrotes anacrónicos por su incompatibilidad con el curso universalista
de la historia cuentan con la fuerza de la tecnología moderna más avanzada para
llevar a cabo sus objetivos, y son comparables a los movimientos violentos
islamistas inspirados en el fanatismo religioso. De ahí que unos y otros puedan
ser considerados en los comienzos del siglo XXI como una amenaza constante
contra la paz y la convivencia humana. Una de sus características emblemáticas,
como ocurrió con los regímenes comunistas, es la persecución sistemática de cualquier expresión política, religiosa o
cultural que no esté motivada por los sentimientos nacionalistas tal como han
sido descritos más arriba.
El precio del
sentimentalismo romántico suele ser un hondo sentimiento de soledad y vacío.
Romper con un orden, con la seguridad necesaria para subsistir, con el
acatamiento de unas normas de convivencia social basadas en la razón y no sólo
en los deseos brutos, lleva consigo ese doloroso desgarramiento del individuo
frente al principio de realidad. De ahí que el sentimentalismo romántico sea un obstáculo interno de primer orden para
el desarrollo normal y uso de la razón al quedar ésta sometida a la dinámica de
las emociones a la deriva y de los
deseos brutos tan imposibles como absurdos. El romanticismo sentimental, nos
lleva al extremo opuesto del buen uso de la razón que pone orden, paz, progreso
y serenidad en la vida. El racionalismo o abuso de la razón mata los
sentimientos y el sentimentalismo romántico o abuso de los sentimientos mata a
la razón. Si no coordinamos mediante la educación estos dos extremos estamos
condenados a un fracaso vital irreparable. Ahora bien, todo parece indicar que
el orden deseado ha de partir de la razón y no de los sentimientos. Esta
opción, recomendada por la experiencia de la vida, se denomina razonabilidad. El principio de
razonabilidad exige la filtración de los sentimientos en la razón y no la
represión de los mismos. Exige que la razón reconozca su deuda con los sentidos
y sea solidaria con ellos, pero también que los sentidos acepten el liderazgo
de la razón. El egocentrismo romántico nos saca fuera del principio de realidad
y nos deja tirados por la vida sin más compañía que la de nuestras ansiedades,
angustias personales y desesperaciones. El correcto uso de la razón, en cambio,
nos acerca a la realidad convirtiéndonos en personas razonables, sensatas y
realistas frente a la vida. De ahí la necesidad de aprender a usar bien la
razón. En ello nos jugamos nuestra felicidad aquí en la tierra y ponemos en
grave riesgo nuestro destino final.
6. Autoritarismo, dogmatismo y fanatismo
Llamo autoritarismo al abuso de la autoridad cuando ésta es ejercida de forma irracional y
despótica. Como rasgos psicológicos de la
personalidad autoritaria, que dificultan el uso correcto de la razón, cabe
destacar, entre otros, los siguientes.
Adhesión
irracional y acrítica a valores convencionales de una determinada clase social. Por ejemplo, a los ideales aristocráticos,
proletarios o de un grupo profesional. Cada grupo o clase social como los
militares, los médicos, los comerciantes y todas las corporaciones sociales
tienen sus propios ritos y costumbres que la persona autoritaria entiende se
han de cumplir a raja tabla sin miramientos ni concesiones. En todos los grupos
y gremios sociales hay normas y costumbres que la autoridad trata de hacer que
se cumplan sin compasión.
Sumisión
incondicional a las autoridades del propio grupo social al que pertenecen, idealizando fácilmente
su poder de decisión. Cabe destacar aquí la obediencia militar o el seguimiento
fanático a los líderes políticos o religiosos. El jefe o superior se convierte
en un fetiche que ha de ser obedecido ciegamente sin pedir jamás explicaciones
de nada. En caso de duda ante la orden del jefe, primero hay que obedecer. El
culto a la personalidad del jefe suele generar aborrecimiento hacia el mismo y
con frecuencia su destitución se lleva a cabo por la violencia. La historia de
los dictadores políticos es elocuente a este respecto.
Tendencia a
atacar, incluso violentamente, a quienes menosprecian los valores del grupo. Dos ejemplos patéticos son el de los
grupos políticamente extremistas y de los religiosos fanáticos. La autoridad
tiene siempre la primera y la última palabra acerca de todo y quienes no
aceptan ciegamente sus consignas son considerados fácilmente como enemigos o
simplemente como extraños al grupo.
No reconocimiento
de errores cometidos en el ejercicio de la autoridad. Se presupone que la autoridad tiene
siempre razón, aunque se equivoque. Estas personas tienden a buscar razones
para que la autoridad no tenga que retractarse nunca de sus equivocaciones
cometidas durante el ejercicio de la autoridad. Una razón muy pintoresca esgrimida
en estos sectores autoritarios es que el superior no debe quedar nunca en mal
lugar. Se reconoce que el superior o el jefe puedan cometer errores pero se
exige igualmente que no pida perdón por ellos a nadie. Y menos aún a sus
subordinados.
Creencia en la
fatalidad de los hechos consumados. Sucedió lo que tenía que suceder. De ahí la rigidez mental.
Cualquier explicación de los hechos está orientada a justificarlos. Ante la
evidencia de hechos razonablemente inadmisibles
la persona autoritaria tiende a pensar que ha sucedido lo que tenía que suceder
y no hay más que discutir. Cualquier cosa menos admitir la más mínima
responsabilidad por su parte.
Poco o nulo
interés por los más débiles y mucha preocupación por los problemas y las
instancias del poder.
Tendencia a mantener las instituciones a costa de victimar a las personas que
las sostienen. Entienden que las personas están al servicio de las
instituciones y no las instituciones al servicio de las personas. Las personas
autoritarias especulan con sus súbditos como si fueran fichas de ajedrez. Cada
una de ellas es valorada en la medida en que resulta útil para la subsistencia
de las instituciones encomendadas a su gobierno.
Propensión a
atribuir a los demás la responsabilidad
de los propios defectos o fracasos. En los éxitos, el mérito es de ellos, los jefes. En los fracasos,
la culpa es de todos. Cuando por su culpa las cosas van mal piden como
pordioseros el esfuerzo de todos sin el cual el fracaso es seguro. Cuando con
el sacrificio de todos se logran éxitos dan por supuesto que estos son debidos
a su buena gestión y reclaman su reconocimiento público. El autoritarismo suele
ser un camuflaje psicológico de debilidad. En las personas autoritarias se
cumple con frecuencia el dicho popular “dime de qué presumes y te diré de qué
careces”. La consecuencia inmediata de esta descripción del autoritarismo es
que con las personas autoritarias es muy difícil razonar correctamente. En
muchos casos es prácticamente imposible. Estas personas usan la razón, en
efecto, pero de una manera perversa en función de sus intereses despóticamente
fijados. O nuestros razonamientos coinciden totalmente con los suyos o no hay
más que discutir.
Una forma muy sutil de ejercer el autoritarismo es
mediante el recurso a los buenos consejos. Hay personas que son incapaces de
mantener una conversación normal sin dar consejos o mandar algo a su
interlocutor. En la misma línea autoritaria cabe catalogar a quienes tienen la
mala costumbre de hacer un comentario crítico a cada frase o palabra que
pronunciamos. El abuso de la autoridad mediante el dictamen de órdenes y
consejos fuera de tiempo y lugar es muy característico, y hasta cierto punto
comprensible, de la clase militar y de los eclesiásticos. Pero donde resulta
temeroso e insoportable es entre los grupos terroristas. En estos ambientes,
políticos o religiosos, el uso de la razón frente a la autoridad se paga
frecuentemente con la muerte.
Una modalidad importante de la personalidad autoritaria
es el dogmatismo. Dogmatismo significa abuso
de los dogmas o certezas absolutas. En sentido subjetivo se refiere a la
actitud de aquellas personas que se consideran en la posesión de certezas
absolutas de todo lo que tratan. En sentido objetivo, dogma significa el
contenido de esas convicciones o creencias absolutas. Hemos dicho que el
autoritarismo se refiere principalmente al abuso de la autoridad. Sin negar el
valor racional y práctico del principio de autoridad, la personalidad dogmática
o dogmatismo subjetivo se refiere directamente al grado de certeza con que algunas personas expresan sus ideas o
convicciones. De acuerdo con algunos estudios significativos en el campo de la
psicología moderna, cabe destacar, como rasgos de la personalidad dogmática o
del dogmatismo subjetivo, los siguientes.
Juzgar a los
demás tomando como marco referencial las propias convicciones o creencias. Las convicciones o creencias de los
demás son aceptadas sólo en la medida en que se acercan o identifican con las
propias. Si se intenta, por ejemplo, iniciar un diálogo con personas con
personalidad dogmática, el diálogo termina tan pronto como sus propuestas no
son íntegramente aceptadas. Cuando se negocia algo con estas personas pronto
nos damos cuenta de que su actitud es la de no hacer la más mínima concesión de
su parte. O nos sometemos a sus propuestas o se cierran las negociaciones por
tiempo indefinido. Ellos dan por supuesto que tienen siempre la razón y que los
demás estamos equivocados.
Las personas
dogmáticas fácilmente ven y enjuician a los demás desde puntos de vista
parciales. En los
encuentros ecuménicos, por ejemplo, un ortodoxo con personalidad dogmática
juzgará a un católico como hereje y viceversa en razón de acontecimientos
históricos desgraciados de los que ambas partes se acusan de forma rutinaria
por tradición oral. De ahí su propensión a no admitir términos medios. O
católico o ortodoxo. Todo o nada. Todo es blanco o negro, totalmente aceptable
o rechazable. Totalmente verdadero o totalmente falso. O yo o nadie. Tratándose
de un dogmático marxista juzgará todo y a todos desde el prisma materialista y,
a partir de ahí, deducirá conclusiones políticas y sociales totalitarias sin
opción a otras alternativas posibles más justas y humanas. Obviamente, los
dogmáticos son intolerantes con las posturas ambiguas. No soportan las medias
tintas. De ahí su tendencia a clasificar todo en categorías claras y distintas
pasando por alto los matices. El dogmático propende a sesgar la selección de
datos de la realidad para recordar y enfatizar sólo los datos que se avienen
mejor con sus creencias y convicciones.
Encuentra grandes
dificultades para negociar acuerdos y compromisos. No asume riesgos ni acepta cambios.
Cualquier cambio los desestabiliza y los induce a sentirse inseguros y
amenazados. Los dogmáticos tienen gran dificultad para las relaciones
interpersonales. Desconfían mucho de los demás y hablan en abstracto para
evitar que entren en juego los sentimientos concretos y las vivencias. Se
preocupan mucho de que exista un moderador de confianza que “dirija” con mano
firme los encuentros interpersonales y los coloquios.
Los dogmáticos
suelen tener una experiencia personal del tiempo incorrecta, condicionada por
la urgencia. Al no
admitir la ambigüedad ni los detalles, sienten la necesidad de ir directamente
al asunto de que se trate para aceptarlo o rechazarlo lo antes posible. El
dogmático tiende a reducirlo todo inmediatamente a la disyuntiva blanco o negro
y decidir expeditivamente en función de sus convicciones o creencias.
El dogmático tiende
a idealizar la autoridad y
a confiar excesivamente en las personas que ejercen el poder por el mero hecho
de ejercer la autoridad en la que deposita toda la confianza. Como
consecuencia, en la personalidad dogmática aparecen los indicadores del
autoritarismo y la intolerancia con una propensión muy marcada hacia el
partidismo y la estrechez de miras. Nada más difícil que tratar de establecer
un diálogo con las personas que absolutizan indebidamente el principio de
autoridad o la presunta ortodoxia de sus creencias y convicciones ya que ellos
se sienten con el derecho exclusivo a hablar para que los demás escuchen
asintiendo sin replicar. En la práctica, el autoritarismo (abuso
de la autoridad) y el dogmatismo (abuso de las certezas) suelen ir juntos y constituyen
un obstáculo inmenso para el uso correcto de la razón. De hecho, en los casos
más extremos ni siquiera es posible razonar con las personas o grupos
autoritarios y dogmáticos.
El autoritarismo y el dogmatismo
conducen al fanatismo. O sea, a la defensa de la verdad
absoluta mediante la acción. Por una parte nadie puede discutir que la verdad
debe tener estatuto propio frente a las falsedades y medias verdades. Pero al
tratar de imponer este principio sin razonarlo se pone en marcha un dinamismo
tiránico por entender que ésta ha de imponerse y practicarse de una manera
absoluta e inexorable. En el caso del fanatismo religioso se afirma
arbitrariamente de una determinada doctrina que está revelada y después se
obliga a creer que está revelada. En los casos de fanatismo político se afirma,
por ejemplo, que tal grupo político es un enemigo del pueblo y a continuación
se impone a todos la lucha a muerte contra el mismo. Se trata siempre de un
círculo vicioso entre lo que se afirma irracionalmente y lo que se trata de
conseguir mediante la coacción y la violencia.
El fanatismo es la
superstición u obsesión por alguna creencia o convicción política, religiosa o ideológica razonablemente inaceptable. Al no
poder triunfar por la fuerza de la razón se la impone por coacción moral y la fuerza
física si es necesario. Esas convicciones quedan blindadas contra cualquier
razonamiento desfavorable. El fanatismo impide aprender de las razones y de la
experiencia. La voluntad y la fantasía suplantan por completo a la razón
alejándola cada vez más del principio de realidad. Sobre este tema es muy
interesante estudiar cómo muchos líderes políticos, una vez alcanzado el poder,
se convierten en dictadores. Tampoco los grandes líderes religiosos están
exentos de este peligro. En la actualidad son particularmente peligrosos los
grupos radicales islámicos en los que el fanatismo político y el religioso se
confunden. El autoritarismo, el dogmatismo y el fanatismo derivan fácilmente en
el uso perverso de la razón.
7. La razón humana frente al sufrimiento y la muerte
Desde que el mundo existe los seres humanos se han preguntado por
qué existe el dolor y la muerte y quién es el responsable o los responsables de
tamaña calamidad. Históricamente cabe destacar las siguientes actitudes más relevantes. La respuesta estoica, que se caracterizó por
el desprecio arrogante del dolor. En consecuencia, los pensadores estoicos
apadrinaron el suicidio como presunta solución honorable ante la imposibilidad
de vencer el dolor mediante el desprecio racional. La solución estoica refleja
obviamente una actitud cobarde frente a la vida. Ni la arrogancia ni el
desprecio es solución sino una claudicación frente a la existencia dolorosa.
En las filosofías orientales asiáticas el comportamiento
frente al dolor humano se caracterizó por lo que podríamos llamar anestesia
existencial. El dolor nos sitúa en un callejón sin salida y se pretende
salir del paso amortiguando hasta las últimas consecuencias el deseo mismo de
vivir. Pero todo hace pensar que en buena parte el dolor es la salsa de la
vida, por más que en muchos casos resulte demasiado amarga. Matar la fuente
primera del dolor equivale a matar la vida misma y así el problema queda sin
resolver.
Otra actitud frecuente ante el dolor es la desesperación.
Pero la experiencia demuestra que rabiando
contra el dolor y maldiciendo a la vida, no se resuelve el problema, sino que
se sufre más y se hace sufrir injustamente a los que nos rodean. Otro extremo
inaceptable es la resignación fatalista que degenera fácilmente en masoquismo. A nadie se le oculta que el
regodeo en el propio dolor es síntoma inequívoco de una enfermedad psíquica
bien conocida. Otros, paradójicamente, tratan de sacar placer del dolor
degenerando en sadismo. Hay gente que disfruta sufriendo y haciendo
sufrir a los demás. Obviamente estamos ya en el terreno de las patologías como
refugio psicológico ante el dolor. Cualquiera de estas actitudes frente al
dolor y la muerte puede ser caldo de cultivo para la eutanasia.
Desde una postura inspirada en el uso correcto de la
razón cabe hacer las matizaciones siguientes. La razón humana por sí sola es
incapaz de asumir el dolor profundo y la
muerte como algo compatible con el deseo natural de felicidad de todo
ser humano que se desarrolla de forma normal sin desviaciones culturales o
patologías personales. Ni el pensamiento filosófico ni la ciencia médica han
resuelto jamás este problema en el pasado ni cabe pensar que lo vayan a
resolver en el futuro de forma satisfactoria. Pero la razón humana bien educada
puede explicar las razones inmediatas del dolor y la muerte. Hay formas de
sufrir y morir que nosotros mismos, sin quererlo o queriéndolo, las provocamos
y después buscamos un chivo expiatorio para eludir responsabilidades. No
obstante, el interrogante sobre la razón última que legitime el hecho del dolor y la muerte sigue abierto. Los
creyentes siguen pidiendo a Dios explicaciones y los no creyentes siguen
adoptando alguna de las actitudes antes señaladas. En el mejor de los casos
intentan olvidar sus penas disfrutando lo más intensamente posible de los
bienes a su alcance. Pero, insisto, el problema sigue ahí sin solución.
Lo más razonable podría ser aceptar que el dolor y la
muerte tienen algún sentido que desborda la capacidad comprensiva de la
inteligencia pero cuyas repercusiones negativas para el disfrute legítimo de la
felicidad en este mundo pueden y deben ser mitigadas mediante el desarrollo de
la ciencia médica y el intercambio creciente de bondad humana en nuestras
relaciones personales y sociales. La razón humana no encuentra dificultad en
entender, por ejemplo, que el amor de buena ley es un reconstituyente de
incalculable eficacia frente al dolor y la muerte. Razonando correctamente se
comprende también que si no existiera el dolor en absoluto quedaríamos
desprotegidos frente a los riesgos de perder la vida. Aquello de que “el miedo
guarda la viña” podía aplicarse a nuestro caso diciendo que “el miedo guarda la
vida”. Llamamos digno de la persona
humana a todo aquello que le es debido por razón de su excelencia. Ahora bien,
la excelencia se mide por el hecho de que la persona humana es el ser más
valioso del mundo conocido por ser lo más parecido a Dios. Según la
antropología cristiana el hombre se define como imagen de Dios (imago
Dei) y lo primero que le es debido de manera absoluta es la vida. Luego, como,
consecuencia de la vida y expresión de la misma, le es debido la libertad y la
felicidad con todas sus implicaciones prácticas.
A la luz de la frágil linterna de la razón
humana bien utilizada y teniendo en cuenta los medios de los que actualmente
dispone la medicina, la muerte digna de una persona exige, por ejemplo, la
aplicación de los llamados “cuidados paliativos”, y que en la práctica
hospitalaria pueden describirse así: 1) Control del dolor físico de forma
graduada de suerte que la persistencia e intensidad del mismo no perturbe la
mente del enfermo, facilitando así el grado de lucidez mental necesario para
que el paciente pueda asumir responsablemente el hecho de la muerte y tomar sus
últimas decisiones con conocimiento de causa y libertad ante Dios y ante los
hombres. Existen ya tratamientos paliativos del dolor físico que no implican
pérdida total de la conciencia. La cuestión está en cómo aplicarlos oportuna y
gradualmente por parte del personal sanitario. 2) Alimentación naso-gástrica
mientras el organismo la acepte sin violentar la naturaleza añadiendo molestias
inútiles al paciente. Esta forma de alimentación, en otros tiempos impensable,
en la actualidad constituye una forma relativamente fácil de aplicar a
determinados enfermos que de otra forma morirían. No puede haber excusas para
denegar este tratamiento. La retirada del mismo mientras el organismo lo acepta
es una forma de eutanasia mediante la denegación al enfermo del alimento
necesario. 3) Oxigenación artificial e hidratación por goteo hasta el último momento.
Esta técnica de uso corriente en los hospitales constituye una ayuda enorme
para los enfermos en el trance de la muerte y se debe aplicar siempre como
medida clínica normal. 4) Compañía cariñosa creando un ambiente de paz y
tranquilidad en torno al enfermo. De esta forma se alivia especialmente el
dolor psicológico del moribundo. 5) Evitar las visitas curiosas así como las
prolongadas o perturbadoras del ambiente por sus gestos o
conversaciones en la habitación del enfermo.6) Facilitar al enfermo el acceso
a los auxilios espirituales de forma natural mientras es dueño y
señor de sus facultades mentales como un servicio normal más en cualquier
situación de riesgo para la vida.
Pero, ¿y si un paciente solicita la muerte?
Si aún cuando estamos sanos pedimos cosas poco razonables,
se comprende que cuando estamos enfermos pidamos cosas aún menos razonables y
hasta contradictorias. El dolor y los sentimientos son siempre malos consejeros
en la medida en que impiden hacer uso correcto de la razón. No es raro
encontrar pacientes que, abrumados por el dolor o la incapacidad para valerse
por sí mismos, solicitan la muerte. Ante esta demanda, algunos profesionales de
la medicina y familiares se sienten como obligados a satisfacer dicha demanda y
no dudan en acudir a la eutanasia. Ante los enfermos que imploran que se acabe
con su vida cabe reaccionar de dos maneras. Una, atendiendo sin más su
solicitud como si se tratara de satisfacer la presunta legitimidad del paciente
para decidir sobre su propia vida implicando a los demás en su decisión. Ésta
sería una actitud a todas luces simplista e irresponsable. Y dos, pasando esa
súplica por el filtro de la razón serena tratando de averiguar cuáles son los
verdaderos motivos que llevan al enfermo a formular ese deseo desconcertante.
La experiencia clínica y asistencial más castiza enseña
que sólo la segunda actitud es la ética y humanamente correcta y que nos obliga
a tomar las siguientes medidas : 1) Averiguar el verdadero significado de esa
petición. Con frecuencia no es más que una forma patética y hasta cierto punto
comprensible de llamar la atención para que se alivie su dolor o se ponga
remedio a un insomnio devastador que no permite el más mínimo descanso natural
para poder seguir afrontando con serenidad el desafío de la vida. 2) Tratar al
enfermo de una forma más humana acompañándole más, evitando su sensación de
soledad y abandono. 3) Explicarle al enfermo lo que ocurre con la prudencia que
requiera cada caso, sin engañarle ni crear en él falsas ilusiones.
En cualquier caso, está claro que esas personas no desean
la muerte en sí misma sino que buscan salir de una situación que les resulta
insoportable. De hecho, cuando un enfermo, abrumado por el dolor, dice no
quiero vivir más, en realidad lo que quiere decir es no quiero vivir así.
O, lo que es igual, quiere vivir, pero sin esos dolores atroces o esa situación
de incapacidad que no le permiten ser dueño de sí mismo. Por consiguiente, la
verdadera respuesta racional y humana a esa demanda de eutanasia por parte de
algunos enfermos consiste en asumir la evolución natural de la enfermedad hacia
la muerte concentrando toda la atención médica y asistencial en la aplicación
razonable y proporcionada de los cuidados paliativos disponibles. Por lo mismo,
no parece razonable ni humano en esos casos extremos ensañarse con la aplicación
de técnicas que sólo contribuyen a aumentar el sufrimiento del enfermo. Pero
tampoco podemos dispensarnos de ofrecerle todos los recursos disponibles para
aliviar su dolor y afirmar su dignidad humana en esos momentos en los que
pudiera parecernos que la ha perdido. Con el cariño y las atenciones al enfermo
afirmamos su dignidad, que le corresponde por sí mismo como persona humana
independientemente del deterioro de su salud. Como es obvio, a esta conclusión
sólo es posible llegar haciendo uso de la razón serena sin dejarnos inundar por el torrente de las
emociones y los sentimientos.
De lo dicho se infieren tres conclusiones importantes que
quedan formuladas así. El grado de desarrollo humano de una sociedad se mide
sobre todo por el modo de tratar a sus miembros más débiles y necesitados como
son los ancianos y enfermos más graves. La verdadera medicina busca con ahínco
fórmulas eficaces para combatir el sufrimiento y así ayudar a afrontar con dignidad
la hora de la muerte. Y, por último, la legalización de la eutanasia, como
solución rápida y barata, es el indicador de una sociedad perversa que resuelve
el problema del dolor matando al paciente en lugar de ayudarle a vivir
dignamente cuando más lo necesita. La medicina, por el contrario, tiene que ser
un servicio a la vida desafiando a la eutanasia que es siempre una obra de
muerte. La razón humana, insisto, por sí sola no alcanza a comprender el
sentido del dolor y la muerte. Pero sí puede entender, cuando se la usa
correctamente, que algún sentido tienen por lo que, como medida de prudencia,
lo menos que podemos hacer es no poner por nuestra cuenta y riesgo puertas al
campo de la vida como si ésta fuera objeto exclusivo de nuestra propiedad.
De acuerdo con la teología cristiana, el dolor, cuya
culminación es la muerte, tiene sentido sólo desde una antropología inspirada
en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Por lo mismo, la vida es un don
de Dios y la muerte una realidad ineludible para la cual hay que prepararse sin
hacernos los encontradizos con ella. Por lo mismo, la eutanasia es un homicidio
jamás justificable. Por otra parte, tampoco es cuestión de desenchufar los
aparatos y dejar al enfermo abandonado a su suerte. Hay que acompañarle en ese
trance supremo ofreciéndole todo lo que moral y materialmente esté a nuestro
alcance, de suerte que pueda decirse que se murió él cuando le llegó su hora
ante la imposibilidad total por nuestra parte de retrasarla. Siempre que se
practica la eutanasia activa, el muerto ha sido deliberadamente matado
precipitando el proceso normal de la naturaleza.
La única actitud razonable es la siguiente. En los casos normales hay que
ayudar a la naturaleza hasta donde ella lo permita. La eutanasia negativa,
entendida como privación deliberada al enfermo de los remedios normales a
nuestro alcance para dejarle morir, equivale prácticamente a la eutanasia
activa. Cambia el modo de propinar la muerte al paciente, pero no cambian ni la
intención zanática ni el efecto real de la muerte. En los casos de
incertidumbre se ha de respetar tanto el derecho al heroísmo del paciente y de
sus allegados como el de morir resignadamente aceptando con respeto las leyes
de la naturaleza. En este contexto cabe hablar de eutanasia lenitiva. En
efecto, el dejar al paciente morir en paz no significa que se le niegue la
posibilidad de ser aliviado con fármacos lenitivos renunciando al llamado encarnizamiento
terapéutico, que sólo sirve para ensañarse en el enfermo intensificando los
trabajos de su agonía. A la luz de la sana razón se impone el amor a la vida
como criterio práctico. Cuanto está a favor de élla es bueno. Cuanto hacemos en
contra de ella es malo. Es igualmente razonable tomar la muerte y resurrección
de Cristo como referente para entender que la vida y la muerte del hombre deben
tener algún sentido aunque resulte difícil comprenderlo. En cualquier caso, sin
la aplicación correcta del uso de la razón resulta prácticamente imposible
estar seguros de que nuestra actitud ante el dolor y la muerte es la correcta y
mejor para nosotros.
8. La puntilla mediática al uso de la razón
Hemos hablado de factores congénitos,
educativos y culturales que dificultan el uso correcto de la razón. Ahora bien,
en los últimos tiempos ha surgido una
dificultad singular debida al impacto de los modernos medios de comunicación.
Existe una teoría según la cual la gente de nuestro tiempo piensa y se comporta
en la vida de acuerdo con los modelos de pensamiento y de conducta impuestos
por los medios de comunicación social. Sin necesidad de realizar estudios
científicos sobre el tema, es obvio que estos medios fijan los temas de
discusión y el modo de tratarlos a través de los servicios informativos, de
publicidad y propaganda, y la gente que no está prevenida termina hablando e
interesándose casi exclusivamente por los asuntos que pasan por los medios de
comunicación asumiendo al mismo tiempo su modo de enfocarlos a costa del uso
personal de la razón. Me parece oportuno recordar sumariamente algunas de las
formas más notables de dificultar la forma correcta de pensar bajo el influjo
de los medios de comunicación social.
El fantasma de la manipulación informativa.
Los
códigos deontológicos del periodismo no utilizan la palabra manipulación. En su
lugar aparecen constantemente los términos deformación y distorsión. Deformar o
distorsionar deliberadamente la información, para negar maliciosamente la
verdad o con fines deshonestos o injustos, equivale a manipular dicha
información. En el lenguaje actual corriente la palabra manipulación lleva
consigo una carga ética negativa. El término español manipulación proviene de los vocablos latinos manipulus, manipulare, manipulatio y manipulator. Es un compuesto
de de manus (mano) y pleo (llenar). Su significado original
está relacionado con la idea de lo qu se lleva en la mano o se contiene en ella.
En el latín decadente, la idea del manipulus
estaba relacionada con la alquimia, y de
ahí que manipular algo se refiriese a la
acción y al arte de cambiar o manejar hierbas, plantas, sustancias químicas y
metales para obtener un resultado especial, distinto del que podría esperarse
de ellos abandonados a sí mismos. Toda manipulación implica manejo y
transformación de lo que se maneja o trata con las manos. Manipular es tratar
de manejar las cosas o las personas para obtener un resultado concreto
alterando la naturaleza de las mismas.
El manipulador, según la etimología, es un experto o adiestrado en trucos y
secretismos que le reportan prestigio y beneficios lucrativos. En el peor de
los casos es un embustero, que trafica superficialmente sin llegar a intervenir
en la raíz misma de las cosas y de las personas. La inocencia etimológica de la
manipulación se pierde por completo en la práctica. El hecho de manipular algo
evoca espontáneamente una descalificación moral. La manipulación moderna
implica manejar las cosas o los negocios en dirección contraria a lo que
postula la condición humana, libre y responsable, de los individuos. Nos
hallamos ante una violencia enmascarada con apariencia de respeto a la verdad y
la libertad, pero de tal forma que las personas que han sido manipuladas tienen
la falsa creencia de que sus decisiones son racionales y enteramente libres.
Toda manipulación humana implica la ausencia y supresión
de capacidad crítica por parte del manipulado. Las personas se dicen
manipuladas en tanto que son manejadas por otros, interviniendo selectivamente
en los procesos de la naturaleza o del pensamiento humano, destruyendo la
capacidad de reacción crítica defensiva frente al manipulador. Se produce un
vacío previo de la conciencia personal, de la libertad y hasta de la esencia
misma de los objetos manipulados. En todo tipo de manipulación se produce
alguna distorsión del orden natural, de las decisiones libres o de los procesos
generadores de la personalidad física, psíquica o espiritual. Los expertos
hablan de manipulación del individuo por parte de la sociedad, de los diversos
regímenes políticos y de las organizaciones industriales, de la violencia y el
terrorismo ideológico, de la manipulación científica, del sentido de la
historia y de los procesos mentales. A nosotros nos interesa destacar aquí de
modo particular la manipulación de los modernos medios de comunicación social,
sobre todo con fines presuntamente informativos. Existen análisis minuciosos de
los diversos mecanismos de manipulación con particular incidencia en la
dinámica del uso de la razón. Vale la pena recordar algunas de las técnicas de
manipulación más conocidas en el campo de la comunicación social que ponen de
manifiesto, por una parte, la perversión de quienes deliberada y torticeramente
las crean y manejan, y, por otra, la perturbación que causan en la dinámica
natural del uso de la razón.
Opiniones prefabricadas, prejuicios y
supersticiones sobre personas y
acontecimientos
Prejuzgar consiste en formarnos una opinión negativa que
emitimos precipitadamente sin dar lugar a la verificación de los datos.
Juzgamos anticipadamente los hechos antes de conocer su naturaleza, o se
reafirma con seguridad algo que realmente se desconoce. Los prejuicios o
juicios prematuros son omnipresentes. Bajo el influjo de los medios de comunicación
opinamos muchas veces sobre el cielo y
la tierra sólo en base a las opiniones que se vierten en ellos por diversos
motivos e intenciones. Es la opinión pública construida por los propios medios
informativos erigida en opinión universal. La opinión prefabricada puede
afectar a muchas realidades como un país entero, un régimen determinado, una
ideología, un escritor, artista, deportista o una posición ante una cuestión
controvertida. Se empieza a hablar de
una de estas cuestiones y al cabo de poco tiempo recae sobre ella una
sentencia, aprobatoria o condenatoria, que desde este momento tiene valor de
ley. Tan pronto como surge algo que tenga que ver con la realidad
correspondiente, entre ella y el observador se interpone esa sentencia, casi
siempre negativa, que muy pronto adquiere vigencia automática. Luego vienen los
elogios o denuestos. Tan pronto oímos el nombre de ese país, asunto o persona,
se interpone esa opinión previa prefabricada y la proyectamos, para bien o para
mal, en forma de juicio condenatorio o laudatorio al margen de la realidad
objetiva. El primer efecto de esa actitud es cuantitativo en el sentido de que
o hablamos prejuzgando irresponsablemente con la opinión prefabricada o nos
callamos. El silencio programado suele ser una forma de manipulación
eficacísima de la información. Es la llamada manipulación mediante la desinformación,
que consiste en informar mucho pero deliberadamente mal.
Lo más grave de las opiniones prefabricadas es la
inhibición que produce en la facultad de opinar de la gente. Una vez que ha
recaído sentencia sobre un asunto, la cuestión está fallada y casi nadie se
atreve a opinar por su cuenta, a discrepar, a atender a otros factores o seguir
el desarrollo lógico y normal del asunto con sus correspondientes variantes si
las hubiere. Ni siquiera es frecuente que el individuo se adhiera a la opinión
prefabricada o disienta de ella por parecerle justa en virtud de un
razonamiento personal propio. El manipulado acepta la opinión prefabricada de
forma pasiva y sumisa, sin otra razón que la de estar ya sentenciada por el
manipulador. La capacidad de reacción crítica ha quedado completamente anulada
en el público. Lo cual contribuye de forma eficaz y práctica a la disminución
de la libertad personal en el enjuiciamiento de hechos, personas e
instituciones. Es muy poco probable que nadie se atreva a examinar y poner a
prueba las opiniones prefabricadas. El no aceptarlas parecería desacato. Como
resultado final de la opinión prefabricada tiene lugar una falsificación generalizada
de la convivencia. Se aplaude con frecuencia lo que no se estima. Se vota lo
que no se desea. Se condena implacablemente lo que no parece tan mal. Si un
intelectual, por ejemplo, es tratado bien en la prensa, bastará oír su nombre
para que su libro sea comprado y sus opiniones respetadas aunque sean
razonablemente inaceptables. Por el contrario, si una persona es difamada por
los medios de comunicación, aunque la justicia restablezca su buen nombre,
resulta muy difícil que el sólo oírle no genere sospechas. El aforismo de que
“miente que algo queda” funciona.
Los expertos hablan de muchas clases de prejuicios y
opiniones prefabricadas. Entre ellos cabe destacar los raciales y culturales.
El prejuicio racial consiste en creer rotundamente que hay razas humanas
superiores a otras por naturaleza. Así, por ejemplo, los nazis estaban
convencidos de que la raza aria era genéticamente superior a todas las demás.
Como consecuencia de ello, decretaron el exterminio de cualquiera otra que
pudiera hacerles competencia, como los judíos, o fuera considerada notablemente
inferior como los gitanos y los física o mentalmente disminuidos. Este
prejuicio nazi es ampliamente compartido hoy día, a su modo, en el campo de la
bioética por expertos que propician diversas formas de biotanasia, tales como el aborto, la destrucción de embriones
humanos, la eutanasia o la selección de embriones. La genética ha demostrado ya
de forma contundente mediante investigaciones sobre el genoma humano que el
racismo genético no tiene fundamento ninguno científico. A pesar de lo cual
este tipo de prejuicio racista se
mantiene con una virulencia rayando en el fanatismo. Desde el momento en que la
inteligencia no tiene acceso directo al problema para estudiarlo adecuadamente
antes de tomar decisiones los sentimientos se disparan y se toman decisiones
salomónicas basadas en una seguridad absolutamente falsa. La convicción previa,
por ejemplo, de que la raza negra es inferior a la raza blanca, o viceversa,
termina viciando todas las relaciones humanas entre ambas.
Los prejuicios culturales se refieren a ideas
preconcebidas sobre personas y grupos sociales. Tal ocurre, por ejemplo, cuando
oímos decir que los “gallegos son desconfiados”, los catalanes son
peseteros”, “los vascos son violentos” o
los “andaluces mentirosos”. Cuando los ánimos se excitan se llega incluso a
pronunciar frases descalificadoras que de ordinario no se dicen pero se
piensan. Cuando oímos hablar de “los
hijos de la Gran Bretaña”, o “el hijo de la Gran Francia”, por ejemplo, lo que
se está evocando es la idea de fondo o el prejuicio subyacente fraguado en una
larga experiencia histórica de relaciones políticas desafortunadas. Muchos de
los aforismos populares, si no se toman con cautela, son puros prejuicios o
ideas preconcebidas basadas en generalizaciones injustas. Según los prejuicios
“machistas”, por ejemplo, las mujeres son un peligro y no hay que fiarse mucho
de ellas. Hay quienes dicen que a las mujeres hay que tratarlas con frialdad y
a distancia. Según los prejuicios “feministas”, a su vez, todos los hombres son
desgraciadamente iguales. Otras veces se afirma que una determinada cultura es
superior o inferior a otra. Tal se dice, por ejemplo, de la cultura
grecorromana y judeo-cristiana por relación a otras menos evolucionadas en
algunos países y continentes.
El estudio psicológico de los prejuicios es muy
interesante pero para nuestro propósito quisiera destacar un par de aspectos.
En primer lugar, hay prejuicios que son absolutamente falsos o incluso
perversos y ofensivos. Un caso clamoroso lo tenemos en los prejuicios racistas.
Lo característico del prejuicio es la falta de conocimiento en nuestras
valoraciones con la actitud añadida de negarnos a revisar nuestros juicios a la
luz de la razón. Los prejuicios se alimentan de la ignorancia y de la terquedad
al mismo tiempo. O lo que es igual, del desconocimiento adecuado de lo que se
juzga y de la mala voluntad que se niega por principio a rectificar y aceptar
la verdad objetiva de las cosas. Pero
tampoco podemos negar que a veces los prejuicios tienen algún fundamento en la
realidad. Por ejemplo, es científica y éticamente intolerable decir que la raza
gitana es inferior a los demás seres humanos. Pero ello no significa que
ciertas formas de conducta social gitana no aconsejen prevención y cautela
cuando se trata de asuntos relacionados con este colectivo humano. Lo mismo
cabe decir de los blancos por relación a los negros, de los negros por relación
a los blancos y así sucesivamente de todos los colectivos sociales.
La igualdad genética de las personas no significa que los
diversos colectivos sociales se encuentren automáticamente en el mismo nivel
intelectual, cultural y moral. No hay que confundir los prejuicios con la
constatación objetiva de hechos evidentes para el que tenga ojos para ver y
quiera verlos. Es un hecho históricamente verificable que, en términos globales,
hay culturas y civilizaciones superiores a otras. Pero ello no significa que en
aspectos particulares una cultura globalmente inferior no pueda tener valores
superiores a otra globalmente superior. Esta afirmación no es un prejuicio sino
un hecho histórica y científicamente verificable. Para entender el alcance de
estas afirmaciones remito al lector a la historia comparada de las civilizaciones
y a la filosofía de la historia. Prejuicios, no. Pero ingenuidad mental y
simplismo, tampoco. En ambos casos se presta un flaco servicio al uso de la
razón. Hay que acabar con los prejuicios, tópicos comunes e ideas prefabricadas
sin negar la realidad de los hechos y
las evidencias.
En estrecha relación con los prejuicios se encuentran las
supersticiones o fascinación por lo falso. La superstición en sentido propio se
refiere al culto a un dios o dioses que no existen. Es un sucedáneo de la falta
de fe en un Dios verdadero. Los que no creen en el Dios verdadero se inventan
uno falso al que adorar. Ese dios puede ser desde el dinero a cualquier objeto
particular y extraño degenerando en lo que se conoce como fetichismo. No suele
tener el carácter discriminatorio y selectivo del prejuicio pero ambos
coinciden en sustentarse en alguna certeza falsa llevada en algunos casos
hasta extremos obsesivos. La
superstición se alimenta con la ignorancia y la credulidad. El recurso, por
ejemplo, a los horóscopos es una forma socialmente aceptada de superstición
cuyos oráculos supremos son los astrólogos. Lo más letal de las supersticiones
para el uso de la razón consiste en que su punto de apoyo psicológico es
siempre la falsedad. O sea, lo contrario del fundamento de la razón que es la
verdad. Sería largo hablar de las supersticiones religiosas, de los adivinos,
de los horóscopos y de las creencias populares absurdas más comunes. Pero no me
resisto a pasar por alto un ejemplo muy actual e ilustrativo de lo que puede ser
la superstición como fascinación por lo falso y sus nefastas consecuencias para
el buen uso de la razón.
Tradicionalmente en Europa cada país operaba
comercialmente con su propia moneda. De hecho, el tener moneda propia se
consideró siempre como uno de los signos más representativos de la
independencia de una nación. Incluso más que el uso del idioma aunque los
nacionalismos menos civilizados traten de politizarlo. Con la llegada del año
2000, eso que tiempos atrás hubiera parecido una utopía terminó siendo una
feliz realidad. Los países miembros de la Comunidad Europea (CE), a excepción
de sólo uno, adoptaron el EURO como moneda común haciendo desaparecer de la
circulación sus monedas tradicionales. Sin embargo, todavía hay gente que sigue
pensando en pesetas, francos, liras etc. Para hacer el cálculo de sus gastos o
inversiones traducen mentalmente la cantidad de euros en pesetas según el
baremo que quedó establecido para reemplazarlas en el año 2000. Esta operación fue necesaria durante
el corto período de tiempo fijado para que ambas monedas circularan en el
mercado hasta completar el paso definitivo al euro. De lo que se trataba era de
ir convirtiendo progresivamente las pesetas al euro de acuerdo con el valor de
cambio establecido. Terminado ese período de tiempo el valor de la antigua
moneda quedó suprimido y se impuso el euro como la única moneda válida en el
mercado para todos los Estados miembros de la Unión. A partir de ese momento la
peseta, por ejemplo, se convirtió en un muerto del que no quedó ni el cadáver.
De hecho, para que nadie cayera en la tentación de operar ilegalmente con la
peseta en el mercado, el Banco de España ordenó su destrucción física. La
peseta se convirtió así en un puro ente de razón sin existencia alguna fuera
del recuerdo y de la fantasía. En consecuencia, cuando una persona hace
actualmente cálculos comerciales tomando la peseta como moneda de cambio en el
mercado se está engañando a sí misma porque tal moneda comercialmente no existe
en absoluto en ningún mercado. Nadie pide pesetas ni nadie puede ofrecerlas. No
existen ni siquiera físicamente. Han sido destruidas tanto física como
mentalmente. Usarlas es imposible y pensar en ellas es comercialmente una
falsedad y un engaño.
Este hecho
popular nos lleva a hacer la siguiente reflexión. Si nos acostumbramos a tomar
como referentes de nuestra vida realidades inexistentes o falsas, como la
peseta, el franco o la lira, estamos condenados a vivir engañándonos a nosotros
mismos como lo estarían quienes pretendieran comerciar con esas monedas de
cambio inexistentes. Nuestra propensión a vivir de ilusiones al margen de la
realidad es impresionante, como también lo es la necesidad psicológica de
compensar la dureza de la vida refugiándonos en la imaginación y la fantasía.
Pero las cosas son como son y no hay más cera que la que arde. La evasión de la
realidad refugiándonos en recuerdos de un pasado irrepetible, en el ensueño
imaginativo a fondo perdido, en la creatividad artística como una vida paralela
a la vida real, o simplemente para pasar cómodamente el tiempo perdidos en la
fantasía, puede conducirnos a un encontronazo brutal con la realidad. Para
evitarlo, mejor pronto que tarde o nunca, no hay otra alternativa que pasar esa
actividad por el filtro de la razón con el fin de no perder el sentido de la
realidad. La razón nos enseña a afrontar la cruda realidad y a manejar la
imaginación y la fantasía de forma adecuada para jamás perdernos en lo irreal.
Hay quienes dicen que “esta vida es un engaño”. Yo pienso que la vida es lo
único que no engaña. Somos nosotros quienes nos engañamos al establecer como
moneda de cambio o puntos de referencia de nuestra existencia valores que, como
la peseta, sólo existen como falsedad en la imaginación y la fantasía. Este
hechizo o fascinación por lo inexistente termina convirtiéndose en una
verdadera superstición o culto a la falsedad, y, por ende, en un obstáculo de
primera categoría para el uso correcto de la razón.
Manipulación del lenguaje
Otro de los enemigos más temibles de la razón es la
manipulación del lenguaje. El manipulador lingüístico usa palabras,
expresiones y esquemas mentales que gozan ya de un gran prestigio
sugestionador entre el público. Son términos estratégicos a modo de talismanes.
Recordemos algunos de ellos como democracia, libertad, derechos humanos,
votación democrática, alternativa política, situación coyuntural, crisis
económica o de gobierno. Estas y otras expresiones análogas se
repiten de forma insistente en los medios de comunicación, sin que se explique
lo que realmente significan en la mente de quienes las pronuncian o escriben.
En las campañas electorales, por ejemplo, líderes políticos de tendencias
opuestas usan casi el mismo lenguaje. Los verdaderos demagogos saben decir lo
que su público desea oír, ocultando hábilmente lo que realmente están diciendo.
Los oyentes o lectores no conocen nunca el significado real de los eslóganes
electorales, cuyo objetivo inmediato es mover a la gente para que preste su
voto.
Algo análogo ocurre con el lenguaje publicitario en el
campo de las finanzas, si bien en este caso el público sabe de antemano que el
lenguaje publicitario es un género literario especial que no debe interpretarse
literalmente como suena. Aun en el caso más grave de la publicidad de tono
excluyente, se da por sabido que lo que se dice no tiene por qué ser
necesariamente verdad. Ni el anunciante lo pretende ni el comprador se
considera engañado. Al primero lo que realmente le interesa es vender su
producto y al segundo comprar lo que realmente necesita. Pero esta preparación
para pasar por alto las formas de la propaganda política sólo la tiene una
elite y no la gran masa del público que vota. No existe una deontología del
discurso político o de las campañas electorales, como existe la deontología publicitaria,
donde se indiquen las pautas éticas para no incurrir en el uso manipulador del
lenguaje, cuyo resultado final es el engaño del público, que vota ilusionado a
un grupo político que casi con toda seguridad le va a decepcionar.
Toda época histórica crea su lenguaje estratégico como un
sugestivo talismán, lo mismo en el ámbito de la propaganda ideológica que en el
de la publicidad comercial. La Ilustración, por ejemplo, nos hace pensar
inmediatamente en la diosa razón. La Revolución francesa mitificó los
conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. La edad moderna
nos tiene acostumbrados a oír hasta el aburrimiento palabras como ciencia,
progreso, derechos humanos, dictadura, democracia, comunista, revolucionario,
contrarrevolucionario, cambio, progresista, facha, machista, feminista y
sabe Dios cuántas más. Últimamente se han impuesto algunos términos en punta de
lanza, como ecologista, posmoderno y agnóstico. Dejemos a un lado
el uso inconfesable de términos tan delicados como Gobierno o Iglesia y de todo
lo relativo a estas instituciones básicas, sin olvidar la familia y todo
el lenguaje referido a ella y a las diversas formas de reproducción humana. Un
estudio científico sobre el uso falsificado del lenguaje de los media
está por hacer de una forma global. Sobre algunos casos concretos ya están
apareciendo estudios serios.
Recordemos algunas formas de manipulación informativa por
el procedimiento de los planteamientos estratégicos del lenguaje como las encuestas,
la reducción de los contrastes a dilemas, el empobrecimiento del hombre para
dominarlo, la explotación de la emotividad y el fraude de las preguntas
mal planteadas. Las encuestas, en efecto, suelen realizarse de tal manera,
que en la pregunta va prefijada la respuesta sin que los interlocutores lo
adviertan. Este ocultamiento resulta factible debido al desequilibrio que
existe entre la posición del encuestador y la del encuestado. A éste se le
conmina a responder inmediatamente, sin tomarse tiempo para reflexionar. El
encuestador, en cambio, tuvo a su disposición toda clase de facilidades para
planear su estrategia y disponer sus medios tácticos. Hay encuestas que se
preparan debidamente, de suerte que el encuestado puede contestar sin
improvisar. Me refiero a las encuestas improvisadas, que son las que más se
prestan a la manipulación. Los encuestados o bien son abordados a salto de
mata, en número insuficiente y preparación dudosa, o son previamente
seleccionados de suerte que las opiniones vertidas apoyen la idea previa o el
prejuicio del encuestador. A este tipo de entrevistas manipuladoras estamos
cansados de asistir en los media. Las técnicas de manipulación tienen el
terreno particularmente abonado entre los bastidores de la televisión, donde se
pueden producir efectos de imagen que le pasan totalmente desapercibidos al telespectador.
El reducir el planteamiento de los problemas a dilemas
equivale a colocarnos en un callejón con una sola salida, cuando en realidad
hay otras muchas probablemente más airosas y razonables. Es como encallejonar
al toro sin otra alternativa posible que la de terminar en la plaza donde
encontrará la muerte segura. La técnica del dilema como método simplificador de
los diversos planteamientos posibles de un problema, o como método pedagógico
para ir a lo esencial de las cosas, evitando divagaciones inútiles, tiene
aspectos muy positivos.
La manipulación informativa tiene lugar cuando se
absolutiza el método de tal manera que el lector, oyente o telespectador queda
cegado de modo que desemboca necesariamente en el objetivo que se ha propuesto
el informador. Por ejemplo, o pena de muerte o libertad para el delincuente. O
aborto para el hijo o vida desgraciada para la madre. O progresista o atávico.
O nuevo o viejo, blanco o negro. El manipulador maneja sagazmente la estrategia
del dilema para hacer desaparecer de nuestra perspectiva la riqueza de los
contrastes y la variedad de opciones. Para ello presenta el dilema de forma que
el término opuesto al punto de vista que pretende inculcarnos aparezca
implícitamente desprestigiado. Si nos informan de que en el mercado no puede
encontrarse más fruta que plátanos y melones y estos últimos están demasiado
verdes o demasiado maduros, aunque la información sea falsa, todos los que
buscan fruta terminan comprando plátanos.
Llama mucho la atención la forma ladina y provocativa con
que algunos encuestadores y entrevistadores formulan sus preguntas. A una
pregunta mal hecha es imposible contestar bien. La pregunta bien hecha lleva
consigo la mitad de la respuesta. Hacer preguntas bien es propio de personas
inteligentes. Lo que ocurre es que, cuando se trata de manipular, lo que menos
interesa es la verdad objetiva, sino los intereses subjetivos del
entrevistador. ¿Se considera usted progresista o contrarrevolucionario? ¿Es rentable
casarse? ¿Es usted feliz? A veces, en un período de tiempo justo para respirar
se pide a una persona que opine o se pronuncie sobre cuestiones complejísimas y
delicadas.
Entre las muchas formas de manipulación informativa cabe
destacar el intrusismo profesional como procedimiento estratégico, o búsqueda
planificada de la opinión de los incompetentes; el abuso de la libertad de
expresión, como si ésta no tuviera nada que ver con el uso correcto de la
libertad; la sustitución del debate por el monólogo triunfalista o entrevista
sumisa; el boicot informativo o ausencia arbitraria de información necesaria;
el recurso a las insinuaciones ambiguas y turbias; el ataque precipitado e
infundado; la estrategia de la intimidación o la explotación del miedo; el rumor,
forma de ataque anónimo y difuso; la valoración por yuxtaposición arbitraria de
aspectos secundarios para desacreditar los más importantes y esenciales como
segando la hierba bajo los pies; la valoración por vía de oposición o rebote;
el recurso al desvío de la atención; la insistencia machacona como táctica de
persuasión; la intimidación mediante el uso repetido de un vocablo prestigioso
como apertura, fanatismo, fundamentalismo, cambio, progresismo; fomento del
diálogo como pretexto para provocar el relativismo y el indiferentismo; el
recurso a la mofa, burla o escarnio; la alteración sinuosa del sentido de
términos y locuciones; alterar mediante el uso de etiquetas estratégicas el
sentido de ciertas realidades; mentir abiertamente y sin medida; la utilización
del lenguaje emotivo de la canción; el recurso a dividir para dominar; la
táctica de borrar la memoria del pasado; interpretación fatalista del cambio.
A todo esto hay
que añadir una observación importante. Tradicionalmente se aceptaban los diccionarios
de la lengua para dirimir cuestiones sobre el significado de las palabras. En
ellos cada palabra tiene asignado un significado que todo el mundo aceptaba
como referente semántico común. Para estar seguros de que se hablaba sabiendo
lo que se decía se consultaba el diccionario en los casos de duda. Últimamente
los políticos y los medios de comunicación cambian el significado de las
palabras en función de sus intereses pasando por alto el paradigma clásico del
diccionario. En los discursos parlamentarios y en sus réplicas las mismas
palabras pueden significar cosas completamente opuestas según que sean
pronunciadas por unas personas o por otras. Es obvio que cuando esto ocurre el
uso de la razón está demás. Los deseos vehementes, los sentimientos y las
sinrazones terminan imponiéndose mediante el recurso al voto mayoritario. Al
final prevalece la fuerza bruta de las mayorías que puede o no coincidir con la
fuerza de las buenas razones. Lo grave es que aún cuando coincide no suele ser
en base al uso de la razón sino de la estrategia del poder.
El
sensacionalismo informativo y la mentira como norma
El sensacionalismo informativo consiste en la exageración
intencionada del contenido de las noticias, aunque de fondo haya verdad. La exageración
se dirige otras veces a exaltar irracionalmente sensaciones preseleccionadas,
llamando la atención mediante efectos técnicos sobre algún aspecto determinado,
pero sin ocultar otro. Con la exageración informativa se pretende despertar en
el lector o espectador sentimientos infra-culturales e infra-morales
adulterando la verdad objetiva de las cosas y de los acontecimientos. Tal
ocurre cuando se provoca la curiosidad morbosa en los lectores mediante
descripciones truculentas o imágenes conmovedoras. La mentira tiene el campo
siempre abonado en los medios de comunicación.
“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo
actual, ha dicho explosivamente Francois Revel, es la mentira, y los medios de
comunicación sirven para divulgar todo, incluidas las más sofisticadas formas
de opresión mental. Censura, hipocresía y mentira son el caldo de cultivo de la
información en los países libres, hasta el punto de que el público tiende a
considerar la mala fe como una segunda naturaleza en la mayoría de los
individuos cuya misión es informar, dirigir, pensar, hablar. Revel va aún más
lejos. ¿Cómo explicar la escasez de información objetiva en las sociedades
libres que disponen de más medios para alcanzarla? La verdad el valor humano
fundamental que legitima el derecho a informar y a ser informados. Sin embargo,
los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante el
falsificarla, y los que la reciben, la de eludirla. Se apela constantemente al
deber de informar y al derecho a ser objetivamente informados. Pero los
profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus
clientes desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los
interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen
respetarse, cuando no hacen más que temerse despreciándose”.
Esta denuncia puede parecer exagerada. Pero en toda
exageración hay algo o mucho de verdad. De hecho, son muchas las voces entre
los mismos profesionales de los medios de comunicación y sus analistas que
tienen la impresión reveliana de que son numerosos los profesionales de la
comunicación social que se encuentran muy a gusto rindiendo pleitesía a la
mentira. El tema es objeto de estudio por parte de los analistas principalmente
en relación con la propaganda política y la publicidad comercial. Algunos han
estudiado la mentira como denominador común de la propaganda política y
publicitaria. La manipulación mediante el recurso sistemático a la mentira se
lleva a cabo mintiendo con las palabras, con las imágenes, con falsos
personajes, falsos objetos, falsas acciones y documentos falsificados.
Las operaciones de la mentira pueden reducirse a tres
tipos más significativos. Al primero pertenecen las supresiones, que
tienen por objeto hacer creer al público que una cosa que existe no existe.
Tanto en la propaganda como en la publicidad, el mentir suprimiendo consiste en
la omisión, la negación y las supresiones materiales,
ocultando objetos, destruyendo huellas y documentos. La omisión es la forma más
fácil de mentir porque al no hablar de una cosa se evita cualquier tipo de
réplica, lo cual no sucede cuando uno se arriesga a hacer afirmaciones falsas.
La omisión resulta especialmente cómoda cuando se pretende ocultar intenciones,
ya que éstas son más difíciles de detectar que los hechos. La omisión de hechos
conocidos provoca la sorpresa y mueve a exigir las razones de la omisión. La
ocultación de intenciones da lugar a hipótesis sin mayor riesgo de ser cogidos
en contradicción. Las afirmaciones negativas hacen que el lector se ponga en
guardia. La negación se refiere a las mentiras verbales. La supresión de
materiales se refiere a la ocultación de objetos y a la destrucción de
documentos. Al segundo tipo de mentiras corresponden las adiciones, cuyo
objetivo es hacer creer al público en la existencia de cosas que no existen.
Dicho objetivo se consigue disimulando planes, idealizando al amigo y
desprestigiando al enemigo, hablando de cosas, propiedades, peligros y
testimonios realmente inexistentes y explotando la publicidad de
acontecimientos fingidos.
Corresponden al tercer grupo las deformaciones, es
decir, los mecanismos que tienden a ofrecer al público una imagen deformada o
distorsionada de la realidad. Mediante las deformaciones cuantitativas se
exagera o se minimiza. Las cualitativas son aquellas en las que se recurre a
las calificaciones falsas. Hay mentiras sobre la identidad del mensaje
(propaganda negra), de los hombres y de los objetos. En el ámbito de la
publicidad cabe hablar de las mentiras
sobre las fuentes (publicidad clandestina), los anunciantes, las marcas de
fábrica y los productos. Se miente en relación con las características de los
objetos, los motivos de acción y la denominación por lo contrario, donde la
cuantidad transforma a la cualidad. Y se miente también desviando la atención
del público, pretendiendo que tal o cual cuestión es mal conocida, aludiendo a
hechos presuntos y lanzando noticias contradictorias para desorientar. Otras
veces se explotan las dificultades del conocimiento, los sentimientos y nuestro
mundo del inconsciente.
Por estas breves
anotaciones vemos ya hasta qué punto la verdad es desplazada como valor
fundamental de referencia en las comunicaciones públicas institucionalizadas
siendo suplantada por la mentira y la falsedad como criterio de conducta. Lo
cual equivale a prescindir metódicamente del uso de la razón cuyo objeto propio
y específico es la verdad. O lo que es igual, la realidad en cuanto conocida de
forma inteligente y responsable. En el fondo de esta actitud metodológica late
un desprecio institucionalizado de la razón con lo cual se ahonda más el abismo
de nuestras desgracias humanas. Como factor agravante de esta actitud cabe
hacer las siguientes observaciones sobre la manipulación fotográfica de la
información. Siempre ha existido la tentación de manipular las fotografías que
se publican en los medios de comunicación. La novedad actual consiste en que el
aumento de las posibilidades de hacerlo usando las nuevas y avanzadas
tecnologías hace plantearnos con mayor dramatismo la cuestión ética de la credibilidad
de la información gráfica. Y es que ya no es sólo cuestión de conseguir con
mayor rapidez más calidad en la fotografía tradicional. Con las nuevas
tecnologías se podrá sintetizar y producir nuevas imágenes con la computadora y
a nuestro gusto, de forma que resulte muy difícil detectar su falsificación por
su parecido con la realidad.
9. El
fenómeno de la «desinformación»
mediática
La ocultación deliberada y las campañas de silencio forman
parte de una técnica más general llamada desinformación. La información
se ordena de suyo a la verdad, y la “desinformación” a la gran verdad de la mentira. La
desinformación manipuladora consiste en proporcionar a terceros informaciones
generales erróneas, llevándoles a cometer actos colectivos o a difundir
opiniones que correspondan a las intenciones del desinformador. Según los expertos, es una técnica en la que
se aplican con fines manipuladores la mentira y la omisión, la analogía y la
metáfora para marginar las certezas con las probabilidades; el tono dramático y
persuasivo para intoxicar emocionalmente al receptor; el rumor referido a
informes falsos o inventados difundidos maliciosamente sin confirmación. Al
rumor se sale al paso con otro rumor todavía más difícil de deshacer. Juega un
papel importante el recurso a los reduccionismos como: amor-sexo;
dictadura-democracia; libertad-pena de muerte; vida o muerte. O bien el uso de tópicos comunes como: democracia,
cambio, progreso, ciencia. Otras veces se recurre a los binomios antitéticos
como: izquierda y derecha; progresista y conservador; revolucionario y
contrarrevolucionario; comunismo y capitalismo. Sin olvidar el recurso a los
eufemismos lingüísticos o expresiones biensonantes como, por ejemplo:
interrupción del embarazo, técnicas de reproducción asistida, restablecimiento
del orden y otras análogas.
En toda técnica desinformativa hay coacción o persuasión,
silenciamiento deliberado, censura brutal y deformación ideológica de la
realidad. Se trata de una manipulación
total desde un montaje ideológico reforzado por los medios de comunicación. El desinformador actúa conscientemente
con la intención de provocar unas reacciones determinadas en el receptor; se sirve de unos mecanismos reconocibles y el
mensaje desinformativo puede tener como destinatario lo mismo a grupos
reducidos como a la entera comunidad. Para ello se sirve de todas las figuras
posibles, desde la mentira hasta la inducción analógica. Por ello cabe definir
la desinformación como la acción del
emisor que procede al ensamblaje de los signos con la intención de disminuir,
suprimir o imposibilitar la correlación entre la representación del receptor y
la realidad del original.
En la edición de 1952 de la Enciclopedia Soviética
puede leerse esta definición descriptiva: «La desinformación es la propagación
de informaciones falsas con el fin de crear confusión en la opinión pública. La
prensa y la radio capitalistas la utilizan ampliamente. La desinformación tiene
como objetivo engañar a los pueblos, cercarlos con la mentira, a fin de que
imaginen una nueva guerra preparada por el bloque imperialista contra la
política pacifista de la URSS, de los países con democracias populares y de
otros países pacíficos, presentada como agresiva. Un papel especial en la
propagación de tales informaciones provocadoras y falsificadas corresponde a la
prensa, la radio y otros órganos de información del capital americano, que
suministran informaciones engañosas a la prensa y a los órganos de propaganda.
Los medios gubernamentales de los Estados Unidos, Francia y otros países
imperialistas utilizan frecuentemente la desinformación en el ámbito de las
relaciones internacionales; numerosos ejemplos de esta clase de desinformación
están presentes en el documento del SOVINFOR Falsificaciones de la historia;
realidades históricas (1948). Los imperialistas angloamericanos utilizaron la
desinformación para disimular el carácter de bandidaje de la guerra organizada
por ellos en Corea en junio de 1950». Y en la edición de 1972: «La
desinformación es la difusión, en los países burgueses, de noticias engañosas o
deformadas, utilizadas profusamente como medio de propaganda política a fin de
crear la confusión en la opinión pública, en particular en los casos en que se
trate de relaciones entre gobiernos capitalistas y socialistas, del progreso
del socialismo, de los movimientos nacionalistas de liberación, etc. En el
ámbito militar, la desinformación tiene por objeto la difusión de informaciones
engañosas en lo que concierne a sus propias fuerzas armadas y planes de acción
militares, con el fin de confundir el discernimiento del adversario. La
desinformación militar se produce por informaciones engañosas acerca de los
movimientos de tropas, la instalación de aeródromos, etc.».
Según estas definiciones, la desinformación es mucho más
que no informar, como pudiera pensarse a simple vista, fijándonos sólo
en la etimología. Desinformar lleva consigo la idea de destruir algo opuesto.
Cuando Robespierre hablaba de descristianizadores, lo hacía pensando en
la manera de hacer desaparecer de una vez para siempre a los cristianos de
Francia. Análogamente, lo que el desinformador busca es aniquilar a su presunto
adversario propagando informaciones falsas con el fin de confundir al público
con el engaño. No es cuestión de simplemente no decir verdades, o de callarse,
sino de difundir falsedades de una forma activa y agresiva. Y todo ello
aprovechando la capacidad técnica de los medios de comunicación al alcance.
Este uso de los media aparece más explícito en la definición del Petit
Larousse cuando describe la desinformación como «acción de suprimir la
información, de minimizar su importancia o modificar el sentido». A lo cual
cabe añadir otro matiz importante, cual es el que la información falseada
presente alguna verosimilitud de verdad con el fin de que produzca más
fácilmente su efecto engañoso.
Por otra parte, se tiene la impresión de que la
desinformación, tal como queda descrita, ha campeado sobre todo en el ámbito
político y militar. Lamentablemente, hoy día no puede decirse que su campo sea
tan restringido. Según los analistas, estas técnicas han sido utilizadas por
los jefes de los ejércitos para neutralizar la voluntad del adversario, por los
responsables gubernamentales para su política exterior, por los dictadores para
aniquilar la oposición interna, por los doctrinarios políticos y religiosos
para conseguir prosélitos, por los industriales y comerciantes para aumentar
sus beneficios y por los médicos para tranquilizar a sus pacientes.
Por otra parte, sería una simpleza pensar que la
desinformación la practican sólo organismos y personas fuera de la profesión
informativa propiamente dicha. También los organismos informativos tienen su
propia censura y apelan constantemente al secreto profesional. La censura
interna y el secreto se prestan a las mil maravillas para practicar un tipo de
desinformación que puede pasar por completo inadvertida a los destinatarios de
la información. Cuando el sujeto desinformador es alguna instancia suprema de
poder lo más corriente es que aleguen excusas por razones de seguridad. Los
agentes de estos servicios utilizan el camuflaje o falseamiento de la
personalidad y la censura como prohibición taxativa de publicar algo de
forma escrita, hablada, visual o artística.
Otras veces los procedimientos son represivos y
ofensivos. La represión puede llevarse a cabo mediante el recurso
intimidatorio a la justicia penal o de forma más diplomática, pero agresiva.
Entre los procedimientos ofensivos cabe mencionar: la maniobra de los tránsfugas
y la llamada intoxicación. En el primer caso se trata de captar un
responsable de los servicios adversos induciéndole a desertar de su
organización o ideología. Son las informaciones que circulan entre los llamados
servicios de contraespionaje. Lo ideal sería conseguir que el adversario
deserte de su forma de obrar o de pensar. La intoxicación se refiere a la
actividad del agente doble. Estos individuos se prestan al doble juego,
generalmente movidos por la codicia. Su doble juego contribuye a conseguir el
efecto distorsionador de la realidad mediante sus informaciones falsas.
Entre los procedimientos más abiertamente agresivos
de la desinformación merece especial mención la propaganda. Este
término, usado por la Iglesia católica inocentemente para referirse a la propagación
de la fe cristiana respetando la libertad de sus destinatarios y confiando
sólo en la fuerza persuasiva de su propio mensaje, ha pasado a tener un
significado negativo al implicar tendenciosidad y un modo de imponer a los
demás los propios intereses mediante el uso de técnicas psicológicas
incompatibles con el respeto a la libertad ajena. Se recurre además a la provocación
como incitación a cometer errores o infracciones legales. O las revelaciones.
Cuando la revelación consiste en divulgar caprichosamente o por intereses
creados documentos o informaciones exactas se llama filtración. Otras
veces se induce a determinadas personas o a determinados servicios a
suministrar informes subjetivos a destinatarios particulares. Tiene lugar así
la delación o denuncia de presuntos criminales. El delatar a un delincuente
anónimo es una forma de amenaza característica de los que practican la
desinformación. Bajo esa amenaza, cualquiera es capaz de hacer y de decir lo
que le manden. La falsificación de documentos es otro recurso fantástico
de los desinformadores profesionales. Las pruebas de acreditación son siempre
inventadas. En este sentido se habla hoy día del agente de influencia,
cuya función consiste en influir poderosa y deshonestamente en los medios
informativos y gubernamentales.
Recordemos, por último, la guerra psicológica, el
recurso a la psiquiatría y a la parapsicología. Se somete a los
individuos a una auténtica tortura intelectual o mental. Son las terribles
técnicas del «lavado de cerebro», que originalmente se llevaban a cabo mediante
el «adoctrinamiento» y actualmente no se repara ya en la aplicación de técnicas
físicas con el fin de cambiar la mente y el comportamiento de las personas. Quienes
no aceptan los puntos de vista de los manipuladores ideológicos o políticos son
declarados anormales e internados en instituciones psiquiátricas. Sin olvidar
las farsas parapsicológicas, el recurso al llamado «suero de la verdad», a los
«detectores de mentiras» y, por supuesto, al desolador influjo de las drogas.
El desinformador no es un pasivo silenciador de verdades, sino un peligroso
activista de maldades.
Las dos superpotencias del siglo XX, los Estados Unidos y
la antigua Unión Soviética, practicaron abiertamente la desinformación a escala
mundial de una manera brutal. Los organismos centrales fueron la CIA y el KGB
respectivamente. La mecánica de los servicios de desinformación consistía en
falsificar recortes de prensa o redactar cartas apócrifas para ser introducidas
discretamente en los medios de
comunicación. Tan pronto esos falsos documentos eran publicados, los
medios internacionales de comunicación los hacían suyos y los divulgaban como
si fueran auténticos. Se creó así un clima de confusión, intriga y engaño de
una forma aparentemente inocente. Esos documentos, que se decía proceden «de
fuentes bien informadas», en realidad eran todos falsos y daban lugar a una
serie de calumnias en cadena. El KGB fue un gigante de la desinformación que logró
filtrar sus datos falsificados en todos los sectores de la comunidad
internacional.
Todos los regímenes políticos practican de algún modo la
desinformación en función del poder que ostentan, incluso en las democracias
más fervorosas. La libertad de expresión facilita también la libertad de
manipulación. No obstante, los mecanismos desinformativos tienen el campo más
abonado en los regímenes autoritarios y nacionalistas mediante la censura
previa, las intimidaciones o acoso a los medios de comunicación independientes
y críticos, así como las consignas. Cabría esperar que esta situación mejorara
con la entrada del siglo XXI pero es así. Actualmente muchos medios de
comunicación son acusados de haberse convertido en un poder social avasallador.
Las agencias de noticias son consideradas por los analistas como emporios de
dinero que mueven el mundo y describen abiertamente las formas de contaminación
informativa, las llamadas «frivolidades periodísticas» y «patologías» de la
información. A veces se usan calificativos con una gran carga de agresividad e
indignación contra ciertos informadores y órganos de difusión informativa.
Con frecuencia los mismos colegas de profesión se
descalifican mutuamente. Se habla de saturación de mensajes y acoso de los estímulos
audiovisuales bloqueadores del ejercicio de la reflexión serena. La
desinformación o diseminación de información falsa y deliberadamente
provocativa está a la orden del día, sin que se aprecien reacciones
significativas y eficaces por parte del gran público. El fenómeno es de tal
importancia que los psicólogos empiezan a interesarse por el estudio de la
mentira como categoría estructural psíquica de la juventud contemporánea,
amaestrada por los políticos y los medios de comunicación, sobre todo
audiovisuales. Se tiende a hacer desaparecer la distinción clásica entre las
opiniones personales y las informaciones propiamente dichas. La información
resulta más que nada un producto de laboratorio o de gabinete. Algunos no dudan
en afirmar abiertamente que la realidad informativa es la que crea el propio
informador al margen de cualquiera otra realidad dada. Los sondeos de opinión
resultan cada vez más arbitrarios porque suelen realizarse de tal forma que el
individuo termina olvidando sus propias convicciones para sumarse sumisamente a
las del grupo de presión, que organiza los sondeos en beneficio propio. Este
igualamiento de opiniones y pareceres se aprecia de modo particular bajo la
influencia de la televisión. Los analistas más fríos llegan a la conclusión de
que la información, tanto proveniente de los medios de comunicación oficiales
como del llamado sector privado, está toda ella en buena medida contaminada.
Las televisiones privadas no resuelven los problemas de las televisiones
sometidas al monopolio estatal.
La competencia económica y el proselitismo de audiencia
los lleva a una competitividad desleal, no desde la búsqueda de programas de
calidad, sino todo lo contrario. Las excepciones son insignificantes al lado de
la regla general. El ejercicio de la libertad de expresión tiene, entre otros
objetivos, la noble misión de dar a conocer al público y denunciar los abusos e
injusticias sociales. Pero hay una opinión bastante generalizada entre los
expertos según la cual cada vez estamos más cerca del envilecimiento. Se
explota sistemáticamente la violencia, el dinero y el sexo con la salsa del
escándalo, el sensacionalismo, el amarillismo y la intromisión en la vida de
los demás. Los principios éticos se respetan sólo cuando su cumplimiento
resulta rentable para engordar el becerro de oro con una buena imagen pública.
La mentalidad posmoderna se ha enseñoreado de los medios
de comunicación y ello explica en parte su progresiva frivolización. La falta
de ideales nobles, como la búsqueda y transparencia de la verdad, la belleza
artística y la bondad humana, contribuye a que el imperio de los sentidos y de
la iconización haya destronado al uso equilibrador y humano de la razón. La
información se ofrece como ideología y mercancía al mismo tiempo. La prensa mal
llamada «del corazón», por ejemplo, o los «culebrones» de todo tipo, satisfacen
los apetitos y emociones de grandes audiencias presentando a seres humanos
sujetos a grandes pasiones idealizadas. Los chismes, los rumores provocativos,
el morbo sexual y el tráfico de divisas por «exclusivas» suelen ser los
ingredientes y el caldo de cultivo sucio de esos populares artículos
periodísticos y programas audio-visualizados. Los mismos y las mismas que se
lamentan como vírgenes violadas de que no se ha respetado su intimidad y vida
privada son quienes hipócritamente se venden al mejor postor y después reclaman
cantidades astronómicas de dinero ante los tribunales de justicia. La noticia
sigue siendo la materia prima de la información, pero a condición de que la
morbosidad, el escándalo y la rentabilidad económica prevalezcan sobre los
legítimos intereses del público a conocer aquellas verdades y aquellos
acontecimientos indispensables para vivir comunitariamente como personas
civilizadas, libres y responsables. La desinformación tal como queda descrita
significa un golpe mortal contra el uso de la razón, la cual es utilizada de
forma deliberada y perversa para suplantar la verdad por la mentira. La
eficacia de esta maniobra se explica en parte por el fenómeno de la seducción
mediática.
10. La “cátedra” del televisor y el “imperio” de Internet
Según los catastrofistas, la televisión ha sido y sigue
siendo el demonio meridiano de nuestro tiempo y causante de todos los males por
su influjo todopoderoso en la vida de la gente. De hecho, todas las instancias
de poder se la disputan para ejercer su dominio sobre los demás. Los
publicistas y propagandistas se disputan los segundos como fieras para lanzar
sus mensajes inadvertidos y llevarnos seductivamente al huerto de sus
intereses. Según otros, la “caja tonta” sería lo mejor después del pan porque
democratiza y socializa la cultura como no lo había conseguido ninguna
institución política o educativa en el pasado. En cualquier caso, nadie pone en
duda que los telespectadores complacientes y críticamente menos precavidos son
profundamente influenciados por este endiablado ingenio. Si Cervantes levantara
la cabeza, podría denunciar el influjo benéfico o pernicioso de la televisión
casi con las mismas palabras que denunció la pérdida del sano juicio de D.
Quijote incendiando su fantasía leyendo novelas sin tino y al por mayor.
Desde una postura realista, lo más razonable es aceptar
el hecho de que el influjo de la televisión en los telespectadores ingenuos o
masificados tiene poco que ver con el uso de la razón y mucho con su incidencia
sobre la emotividad. Lo suyo no es razonar sino persuadir y seducir poniendo
fuera de juego la libertad del telespectador mediante las comunicaciones
inadvertidas. En el campo específico publicitario y propagandístico, mensajes
inadvertidos en sentido estricto son aquellos que, por estar por debajo o por
encima del umbral sensorial correspondiente, no son percibidos de manera
consciente. Los mensajes subliminales se dicen así por relación a los umbrales
sensoriales. En televisión el influjo subliminal se refiere a cualquier
estímulo o mensaje no percibido de forma consciente. Lo mismo da que haya sido
camuflado por el emisor o que sea percibido en razón de estados emotivos
concretos por parte del receptor. Porque se ha producido la saturación
informativa o bien porque las comunicaciones son indirectas y, lógicamente, se
captan de forma inadvertida. Uno de los influjos subliminales de la televisión
consiste en que las personas adictas a la pequeña pantalla terminan
acostumbrándose a vivir felices en el engaño en lugar de aplicar el cuento a la
cruda y objetiva realidad de la vida.
Al margen de teorías e interpretaciones más o menos
interesadas sobre el influjo persuasivo y subliminal de la televisión, cabe
afirmar en nombre del sentido común que la televisión influye poderosamente en
la formación de ideas ilusorias sobre nuestra condición de seres libres,
racionales, conscientes y objetivos en la percepción de la realidad. Después de
un bombardeo publicitario o propagandístico televisado, por ejemplo, a los
adictos de la pequeña pantalla les queda escaso margen para tomar decisiones
realmente libres sobre los productos o las ideas que persuasiva y
subliminalmente les han sido inculcadas. La televisión favorece más la
espontaneidad que el ponderado y racional libre albedrío.
Por otra parte, la incidencia directa de los mensajes
televisados sobre la sensibilidad y emociones del telespectador condiciona
profundamente el correcto uso de la razón. Con frecuencia, las emociones en
televisión constituyen una verdadera conspiración contra la razón. Es más, una
vez que la emoción se impone, la razón termina siendo instrumentalizada como
mecanismo defensivo de las emociones.
Con lo cual termina imponiéndose la razón de la sinrazón. Los telespectadores
fanáticos, además, viven en la ingenua convicción de que controlan
conscientemente sus decisiones y creencias independientemente de lo que ven y
oyen con pasión en la televisión. Pero la realidad es otra. Sobre todo cuando
se trata de personas de corta edad las cuales conocen la realidad a través de
imágenes antes que en el contacto directo y la experiencia de la vida.
La televisión es un factor socializante de eficacia
colosal en los países materialmente más desarrollados. Es, sin duda, una
maravilla del ingenio humano. Pero al
mismo tiempo, constituye un desafío para el ejercicio del libre albedrío, la
conciencia y la racionalidad. Es el imperio de la imagen física y auditiva en
comandita. Lo visible con los ojos de la cara tiende a suplantar a lo
inteligible con el uso correcto y libre de la razón cambiando por completo la
visión de la vida. Desde el momento en que una persona se convierte en
“tele-dependiente”, quedan en entredicho su libertad personal, su
conciencia y uso correcto de la razón en
la percepción de la realidad. Este es el hecho psicológico, que implica un
problema ético fundamental preocupante sobre el uso y abuso de los mensajes
persuasivos, subliminales y sugestivos en televisión. Están en juego nuestra
capacidad de razonar correctamente y el ejercicio de nuestra libertad
personal.
La Internet con todo su abanico de servicios es otra
maravilla del ingenio humano tanto por su tecnología como por su capacidad para
convertir al mundo en un lugar común derribando pacíficamente barreras
geográficas, raciales, políticas, religiosas y culturales. Esta herramienta,
bien utilizada con sentido de responsabilidad, es un instrumento admirable
comunicación universal. Y por lo mismo, un apoyo eficacísimo al conocimiento y
transmisión de la verdad. Pero en la misma proporción, como es lógico, es una
herramienta de aislamiento e inhumanidad. De hecho, no hay crimen o forma de
conducta humana perversa que no tenga cabida en la Red. Igualmente existe una
preocupación creciente por los efectos nefastos que el “enganche” a la Red
puede causar en quienes la convierten en una especie de “mamadera” universal.
Está en juego, como en la televisión, el uso correcto de la razón y el
ejercicio de la libertad personal. De ahí la necesidad de educar a las nuevas
generaciones desde los grande principios de la ética aplicada a la
comunicación. Los analistas más serios y objetivos de los efectos mediáticos
están de acuerdo en que el “enganche” o dependencia de los programas
televisados y de Internet son muy desfavorables para el desarrollo normal de la
inteligencia personal o uso de la razón. Incluso tratándose de personas
provectas y con experiencia de la vida. El problema se plantea de forma
alarmante, como es obvio, tratándose de niños y adolescentes. Prueba de ello
son la proliferación de normas legales para regular el uso de Internet y
eventualmente salir al paso de las conductas indeseables que se producen en el
ámbito ciberespacial, así como la bibliografía ya disponible para el estudio de
los problemas éticos emergentes. La cuestión ahora está en la antropología de
fondo en que se inspiran las normas legales y las recomendaciones
deontológicas.
Pero hemos de reconocer que, salvo honrosas excepciones,
la antropología en que está inspirada la mayor parte de la bibliografía
existente al respecto es de dudosa solidez racional. En la mayoría de los casos
se trata de una ética de corte posmoderno en la que la libertad de expresión y
el utilitarismo más egoísta priman sobre el uso de la razón y de la libertad
responsable. Nos hallamos ante una ética legalista en la que el principio del
bien y del mal no es un referente básico percibido a través de la razón sino el
resultado de consensos voluntariosos al margen de lo objetivamente bueno y
razonable. Existe una comprensible preocupación ética por los problemas éticos
en el uso de Internet pero constatamos un fallo importante en la fundamentación
antropológica de los principios ético-deontológicos actualmente operativos. En
cualquier caso, una cosa es clara y es que, con el impacto mediático masivo de
los fabulosos medios de comunicación social presididos por la televisión e
internet y todo su entorno tecnológico y humano el imperativo psicológico del
uso de la razón resulta más deseable que nunca.
Hemos hablado de la personalidad autoritaria y dogmática.
Cuando esos extremos de personalidad por parte del emisor son muy acentuados el
receptor se previene con relativa facilidad. Cualquier exceso, en uno u otro
sentido, pronto termina haciéndose patente y nos ponemos en guardia. Pero si
también el receptor está marcado por alguno de los rasgos de personalidad
descritos, la respuesta será igualmente desequilibrada. La información se
recibe ajustándose a la forma o tipo de personalidad del receptor. ¿Dónde está
el equilibrio? Creemos que la solución personal a estos extremos está en el correcto uso de la razón, que, por lo
general, suele estar mal educada o invadida por la imaginación, los
sentimientos y las emociones. El equilibrio, insisto, sólo puede
venir del uso correcto de la razón,
que es la facultad específica del ser humano. Dicho equilibrio significa dar a
la razón lo que es de la razón y al sentimiento y a las emociones lo que es del
sentimiento y de las emociones. La eterna confrontación SENTIMIENTO/RAZÓN sólo
puede ser resuelta, en la práctica, reconociendo por igual el papel fundamental
de los sentimientos en el despliegue de la vida humana así como la función
orientadora y purificadora de la razón. Los sentimientos y las emociones han de
pasar por el FILTRO DE LA RAZÓN y no a la inversa como suele ocurrir.
El aprender a
realizar este filtro a lo largo de la vida constituye el objetivo prioritario
de la educación humana. Tenemos que aprender a ser razonables y no racionalistas;
sensibles y no sentimentales. Para ello hemos de vigilarnos constantemente para
no caer en la tentación fácil de poner el carro delante de los bueyes. Lo cual
significa que hemos de ejercitarnos en gobernar nuestros sentimientos con la
razón y no permitir la invasión de la razón por el torrente de los
sentimientos. Hemos de tener pasiones. Pero si estas no están gobernadas y
dirigidas por la razón, terminamos ahogados en ellas. Las pasiones y los
sentimientos son como el agua. Necesitamos de ellas para vivir. Pero si no las
canalizamos y conducimos con la razón, corremos el riesgo de ser inundados y
ahogados en su cieno. Ni la afirmación de la prioridad de la razón significa
represión de los sentimientos, ni la afirmación de los fueros sentimentales ha
de significar desacato a la razón. Insisto. Hemos de ser razonables y sensibles
pero no racionalistas o sensistas. Aquí
está, desde el punto de vista psicológico, el mayor desafío de la educación
humana.
Por lo que se refiere
al terreno de la información en concreto, es obvio que los rasgos descritos de
la personalidad autoritaria y dogmática, que suelen ir juntos, favorecen muy
poco o nada el servicio de una información mínimamente objetiva y veraz por
parte del emisor. Como tampoco la percepción correcta por parte del receptor.
Lo mismo cabe decir de la mentalidad relativista e igualadora sistemática de
los valores. Pienso que la única alternativa válida a estos extremos es la razonabilidad de los mensajes
informativos y de la actitud receptiva de sus destinatarios. El bombardeo
propagandístico y publicitario va dirigido casi siempre y antes que nada a los
sentimientos y a la voluntad y no a la razón. Por ello son un impedimento
psicológico muy importante para el ejercicio correcto de la inteligencia personal.
A la dificultad natural de razonar bien se añade el acoso mediático que impide
la correcta educación progresiva de la inteligencia como piloto de mando de
nuestra existencia terrenal en calidad de
seres humanos y no como simples animalitos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario