CAPITULO V
EL ARTE DE RAZONAR BIEN
1. Sentido común y experiencia de la vida
En la vida
corriente estamos acostumbrados a oír expresiones como: “es una persona con
mucho sentido común”, “esto es de sentido común”. O bien: “es una persona muy insensata”;
“seamos sensatos” y así sucesivamente. Son formas de destacar el grado de sensatez,
cordura y sentido realista de las personas. O bien la no necesidad de explicar
cosas que son obvias para la mayoría de la gente por lo que nos sentimos
excusados de perder el tiempo dando explicaciones innecesarias.
¿Qué significa
usar el sentido común relacionado con la experiencia de la vida? ¿Basta usar el
sentido común para resolver satisfactoriamente los problemas básicos de la vida
o es preciso reforzarlo con la aplicación rigurosa de la disciplina filosófica
denominada Lógica racional? Por otra parte, a veces se oye decir que tal o cual
persona es “lógica” o “incoherente” en
sus planteamientos y proposiciones. En realidad lo que se quiere decir con
estos calificativos es que somos o no somos razonables en lo que decimos y
hacemos. La Lógica evoca inmediatamente la idea de orden y forma razonable de
pensar y actuar en la vida. En contextos académicos y científicos la Lógica
está íntimamente relacionada con la metodología científica utilizada en los diversos
campos de investigación. Esta constatación empírica nos permite sospechar ya
que el asunto de la Lógica es importante.
En la doctrina
clásica se habla de sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) e
internos. Estos últimos son: sentido
común, imaginación, memoria y estimativa-cogitativa. Para enfatizar el
grado de concentración requerida para tratar con éxito un asunto importante que
traemos entre manos decimos que hay que “poner los cinco sentidos”, ya que
cualquier distracción podría echarlo todo a perder o tener consecuencias
gravísimas. Un fallo de atención, por ejemplo, del piloto de un avión con
centenares de pasajeros a bordo puede dar lugar a una catástrofe sobre la cual
mejor es no pensar. Por su parte, en los tratados clásicos de psicología
racional el sentido común es definido como aquella facultad interior en la cual
se reciben e imprimen todas las imágenes que llegan enviadas por los sentidos
externos.
La función clave
del sentido común, entendido como facultad interna, consiste en unificar y
regular la multiplicidad sensorial llegada del exterior sirviendo de enlace con
el resto de los sentidos internos. El
sentido común, así entendido, no ejerce función alguna reflexiva sino que
colabora en el procesamiento de nuestros conocimientos. No entiende las cosas,
las siente al acoger y unificar la diversidad de imágenes y sensaciones
transmitidas por los sentidos externos. Como funciones propias del sentido
común cabe destacar las siguientes. 1) Conocer las diferentes cualidades
captadas por los sentidos externos y compararlas. 2) Conocer los actos u operaciones
de los sentidos externos y 3) Distinguir los objetos reales de las imágenes
fraguadas en la fantasía.
Esta tercera
función es del máximo interés porque nos protege contra el riesgo de salirnos
de la realidad y perdernos en el mundo de los sentimientos, de la imaginación y
de la fantasía. Las personas con mucho sentido común son realistas y, como
suele decirse, “tienen los pies en la tierra”. El tener sentido común va
asociado así a tener una visión realista y objetiva de las cosas y es el
aspecto que nos interesa destacar aquí por su vinculación con la realidad y el
estudio de la Lógica racional. En
los diccionarios pueden encontrarse definiciones del sentido común con matices
que lo asocian a la sensatez y la cordura. Por ejemplo, cuando se lo define
como “capacidad de juzgar y obrar con acierto. La Real Academia lo define
como “modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las
personas”. En esta definición se asocia el sentido común a aquello que es
conforme al buen juicio natural de las gentes. Otras veces aparece contrapuesto
al conocimiento de los expertos evocando las habilidades mentales compartidas
también por mucha gente. O cuando se dice que es el conocimiento que se
adquiere por medio de la experiencia y a través de los sentidos. Lo cual
significa que se trata de un conocimiento espontáneo ya que se da sin haberlo
buscado, o bien es fruto de la necesidad de solucionar inmediatamente un
problema concreto que no admite dilación.
Cuando uno se
encuentra con un enfermo en la calle, por ejemplo, lo primero que se le ocurre
a cualquiera por sentido común, es buscar lo antes posible un médico o llevarlo
al centro de salud más próximo. Después se resolverán los problemas
burocráticos del paciente. En muchos casos las decisiones del sentido común
están relacionadas con lo que hace la mayoría de la gente de acuerdo con
costumbres y tradiciones culturales concretas. Por ejemplo, ante un problema
que afecta directamente a las mujeres, la mayoría de la gente no reacciona de
la misma manera en la cultura islámica y en la cultura de inspiración
cristiana. En cualquier caso el sentido común es asociado siempre a la toma de
decisiones que la mayoría de la gente considera sensatas y prudentes sin
necesidad de recurrir a estudios o razonamientos especiales.
Es famoso a este
respecto el irónico comentario de Descartes en su Discurso del método, cuando dice que el sentido común es el mejor
repartido, ya que nadie parece apetecer más del que tiene. El buen sentido es
lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que
posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a
cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es
verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la
facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo
que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres;
y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que
unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros
pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No
basta, en efecto, tener el ingenio bueno. Lo principal es aplicarlo bien. Las
almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores
virtudes. Y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van
siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.
Ironía a parte, Descartes reconocía la existencia del sentido
común del que cualquier persona normal está dotada para discernir entre lo
verdadero y lo falso, el bien y el mal. Otra cosa es el uso que luego hacemos
de esa facultad innata y previa al conocimiento científico. Nos encontramos
ante una capacidad natural de pensar y actuar, de
juzgar y obrar de forma acertada en los asuntos de la vida. Esto es obvio y
como tal se acepta en esta obra.
Otra cosa es la pretensión posmoderna de
querer excusarnos de usar la razón en nombre del sentido común, que, por mucha
importancia que tenga, en fin de cuentas no es más que un preludio natural del
uso de la razón. Los clásicos hablaban de conocimiento vulgar asociado a la
experiencia de la vida, por relación al conocimiento científico, que es el
resultado final de investigaciones y razonamientos posteriores. En esto hay
mucha tela que cortar ya que, al relacionar el sentido común con la experiencia
de la vida, muchos posmodernos quieren a toda costa que el uso de la razón sea
suplantado por experiencias emotivas previas o consiguientes a la aparición y
uso de la razón.
Hablando
de la experiencia de la vida como fuente de inspiración del sentido común, los posmodernos nos
remiten a las vivencias personales en el ámbito de las emociones, sensaciones y
disposiciones corporales. Experiencias inmediatas, dicen, que tienen lugar en
nosotros sin posibilidad de ser verificadas racionalmente sino sólo como
sentimientos y emociones. Sin emociones no puede haber racionalidad. El sistema
lógico conceptual o conocimiento explícito, es, ciertamente, la forma más
especializada en definir y conceptualizar, pero es parcial, por lo que necesita del constante apoyo dado por un
conocimiento más global e inmediato como es el del conocimiento tácito
proveniente de la experiencia inmediata a través de los sentimientos y las
emociones.
Esta teoría tiene
una parte de verdad y otra de engaño. Hemos hablado antes de la asincronía genética del uso de la razón
como el mayor obstáculo para el uso de la misma. En efecto, cuando el uso de la
razón emerge durante el desarrollo de la
personalidad, han pasado ya muchos años de experiencias inmediatas
exclusivamente emocionales, las cuales se han convertido en referentes eficaces
para fijar nuestra visión de la vida y de nuestros criterios de conducta. Con
la aparición del uso de la razón se produce un conflicto entre esas
experiencias o vivencias emocionales y los criterios racionales en los que esas
experiencias tienen que ser filtrados. ¿Quién pone orden en la casa de nuestra
personalidad?, ¿la loca de la imaginación y de los sentimientos o la razón
ordenada y serena?
Pero vengamos a
las vivencias inmediatas fundamentales. ¿Tienen estas la última palabra? Aquí
está la parte engañosa. Si el liderazgo de nuestra vida, una vez que aparece el
uso de la razón, lo han de seguir ejerciendo la imaginación y las
emociones, salimos del fuego para caer
en las brasas. En ese caso no habría desarrollo humano propiamente dicho, el
cual sólo tiene lugar bajo el liderazgo razonable de toda nuestra riqueza
emocional acumulada durante los años anteriores a la aparición del uso de la
razón y las que irán surgiendo a lo largo de la vida.
Desde el momento
preciso en que se instaura nuestro código genético empieza nuestra carrera en
la experiencia de la vida. Sin que nadie nos lo enseñe, asumimos como bueno lo
que es favorable para nuestra existencia feliz y como malo lo que es
desfavorable. Desde el seno materno empezamos a luchar por la vida. Primero de
forma instintiva e inconsciente y posteriormente de una manera consciente
aunque no siempre reflexiva. Con el paso del tiempo vamos acumulando así una
sabiduría denominada natural porque
es fruto del hecho mismo de vivir, anterior a cualquier aprendizaje escolar o
académico. Un bebé, por ejemplo, no necesita ir al colegio para saber quién es
su madre. Esto lo aprende de forma natural en sus relaciones y experiencias
amorosas con élla. Tampoco le ha enseñado nadie a comer y beber cuando tiene
hambre o sed. Si lo contrario ocurriera sería signo inequívoco de que el bebé
padece alguna anormalidad.
A lo largo de la
vida somos después testigos de acontecimientos felices y desgraciados sin fin.
Una larga vida es una fuente de experiencias múltiples y los que tienen sentido
común, aunque no sean cultos o intelectuales, aprenden la lección de esas
experiencias con relativa facilidad. De ahí el dicho popular de que “el diablo
sabe más por viejo que por diablo”. O este otro: “Sabe más por viejo que por
haber estudiado”. O aquel otro: “Lo que la naturaleza no da Salamanca no lo
presta”. La naturaleza es la primera maestra de la vida y para aprender de élla
no es necesario realizar grandes estudios. Basta ser personas normales. Esa
sabiduría acumulada a lo largo de la vida es la base del sentido común. O sea, de
ese olfato natural con el que todos nacemos para discernir lo verdadero de lo
falso, lo bueno y lo malo, antes y después de poner a pleno rendimiento el uso
de la razón.
El sentido común es la capacidad natural o
innata para aprender de la vida antes de la aparición del uso de la razón y
durante toda nuestra existencia terrenal. Por el hecho mismo de vivir vamos
acumulando experiencias seguras sobre lo que es favorable o desfavorable para
el logro de una existencia feliz dentro o fuera del tiempo y del espacio. Por
sentido común, o sea, sin necesidad de devanarnos los sesos con razonamientos
científicos, cualquier persona normal y sin prejuicios culturales acepta sin
dificultad que la razón tiene la misión primordial de poner orden en la
administración de nuestro mundo de los sentimientos y de las emociones. Por
experiencia sabemos que cuando esto no ocurre se produce el caos. El sentido
común se alimenta de la experiencia de la vida bajo el gobierno de la razón. El
sentido común es ese olfato de verdad coherente con la realidad, con el que
todos nacemos, y que nos lleva a buscar esa verdad de la vida de una forma
instintiva y natural antes incluso de la aparición del uso de la razón. No
obstante, se habla de actitudes y opciones que muchos quisieran dejar durante
toda la vida fuera de ese razonable y saludable control. Por ello me parece
oportuno añadir las siguientes consideraciones.
2. Utilidad de la Lógica racional
Después
de lo dicho sobre el sentido común y la experiencia de la vida, cabe
preguntarnos si, realmente, vale la pena embarcarse en el estudio de la Lógica
racional. La mayoría de los seres humanos, desde que el hombre existe sobre la
tierra, no ha realizado estudios de Lógica. La gente corriente vive del sentido
común y de la experiencia directa de la vida. Los más lúcidos añaden un poco de
reflexión elemental espontánea y poco más. Por otra parte, los grandes
pensadores que se han empleado a fondo en el estudio de la Lógica racional no
siempre han sido un modelo práctico de cordura y buenas razones. La Lógica
racional mal utilizada puede resultar peor incluso que su desconocimiento. Su
mala aplicación se presta a las mil maravillas al uso perverso de la razón. Ahí
está, como prueba de ello, la historia de los malos intelectuales que con sus especulaciones
nos alejan de la realidad.
No obstante, y a
pesar de todo, creo que el sentido común y la experiencia de la vida, si no
pasan de alguna manera por el filtro del uso correcto de la razón, nos llevan
igualmente por caminos con alto riesgo de errar en la vida. La historia de la
humanidad está tachonada de graves errores humanos debidos al protagonismo de
la imaginación y el sentimiento sin control de la razón. No en vano cuando se
trata de definir seriamente al ser humano tenemos que reconocer que su insignia
propia es la razón como facultad exclusiva de pensar y razonar. Pero no basta
razonar. Hay que aprender a razonar bien de acuerdo con las leyes del
pensamiento humano en armonía con la realidad. Por ello creo que el estudio de
la Lógica racional, por más que no sea absolutamente necesario para la vida,
resulta muy aconsejable, sobre todo en los centros educativos de las nuevas
generaciones. A simple vista,
teniendo en cuenta los rasgos esenciales de la Lógica racional clásica, cabe
destacar algunas utilidades de gran envergadura.
La Lógica, en
efecto, tiene como finalidad propia asegurar el acierto del conocimiento humano
en todos los ámbitos de la vida. Tomás de Aquino la definió como “el arte por
el que se dirigen los actos de la razón, para proceder en el conocimiento de la
verdad ordenadamente, con facilidad y sin error”. La Lógica es, en efecto, una
habilidad que se logra aplicando de forma rigurosa las reglas propias del
pensamiento humano. Su objeto propio son los actos del pensamiento aplicados al
conocimiento de la realidad de una forma ordenada y reflexiva. Ahora bien, el
pensamiento humano se articula en tres momentos u operaciones psicológicas
básicas denominadas por los expertos clásicos simple aprehensión, juicio
y raciocinio.
La simple aprehensión (simplex aprehentio)
consiste en la primera toma de conciencia de la realidad en la que estamos
inmersos. Es el primer chispazo de nuestra primera percepción de la realidad
universal y de las realidades particulares que nos rodean. Tomamos conciencia,
por ejemplo, de nuestra ubicación en el espacio y el tiempo. Nos hacemos
conscientes del lugar geográfico en el que nos encontramos y de la época
histórica que nos ha tocado vivir. No es lo mismo encontrarse uno viviendo en
un país africano que en Alaska; en un país desarrollado o en vías de
desarrollo; en el trópico o en la Patagonia; en un país tradicionalmente en
guerra con sus vecinos o en otro pacificado; en una zona rural tradicional o en
una gran urbe moderna. El entorno geopolítico condiciona profundamente nuestra
primera imagen de la realidad. Un niño, por ejemplo, que ha crecido en una
región montañosa con vegetación y agua abundante tiene una imagen inicial del
mundo muy distinta de otro que ha nacido y crecido en el desierto y la llanura.
Los jóvenes nacidos y crecidos en países en permanente conflicto bélico tienen
también otra percepción inicial de su mundo real. Otro momento decisivo frente
a la realidad se refiere a la toma de conciencia de nuestra realidad genética y
familiar. ¿Niño o niña? ¿Hombre o mujer? ¿Sexo masculino o femenino? ¿Homosexual/lesbiana
o heterosexual? ¿Solteros o casados? ¿Hijo/a de familia rica y poderosa o pobre
y desamparada? Son todas aquellas cuestiones relacionadas directamente con
nuestra identidad personal, con nuestro yo y nuestras circunstancias.
La simple aprehensión o primera toma de
conciencia de estas realidades que termino de enunciar y equivalentes, es
decisiva para el futuro desgraciado o feliz de las personas. Es el punto de
partida de la aventura del conocimiento y, por lo mismo, si emprendemos el
viaje con mal pié el resto del camino será un constante tropezar y caer. Una
percepción inicial equivocada, por ejemplo, de nuestra realidad genética y
familiar nos conducirá inexorablemente a formas equivocadas e infelices de ver
y entender después la vida.
Por la simple aprehensión tomamos conciencia
también de la realidad política, económica y educativa en que nos hemos de
realizar como personas. La dimensión social del hombre se explica adecuadamente
por el principio de necesidad. Todos, en efecto, nacemos débiles y necesitados
de la ayuda de los demás para llevar a cabo el proyecto de nuestra vida.
Cualquier animal al nacer tiene más capacidad de valerse pronto por sí mismo
que el hombre. Esa dependencia natural de los unos con los otros es lo que nos
obliga a ser sociables y agradecidos con los demás. Ahora bien, la ayuda
natural que todos necesitamos para subsistir, una vez arrojados a la
existencia, no se percibe de la misma forma bajo un régimen político
dictatorial, democrático, rico o pobre.
Al tomar conciencia de estas realidades las
reacciones pueden ser muy diversas en función de la primera imagen de la vida
que ha sido asimilada y los sistemas educativos en vigor. Después de la segunda
guerra mundial, por ejemplo, el mundo comunista y el denominado “mundo libre”
se disputaron y trataron de imponer dos formas radicales opuestas y en muchos
casos contradictorias de simple
aprehensión del mundo y de la vida. Yo tuve la oportunidad de constatar
sobre el terreno esta “duplex aprehentio”, materialista y libertaria, como
fuentes de inspiración científica, política y económica. El resultado inmediato
fue que la simple aprehensión de la
materia embruteció a los primeros y la simple
aprehensión de la libertad corrompió a todos. Últimamente cabe hablar también de lo que podíamos denominar simplex aprehentio islámica y de los
nacionalismos. Está por ver el final de esta nueva andadura si bien cabe
sospechar que no sea más feliz que el final de la simpleza perceptiva del
materialismo y de la libertad enfrentada a la vida. Ni el dogmatismo
materialista, ni el libertinaje democrático, ni el fanatismo religioso son una
percepción correcta de primera instancia de la realidad. Por el contrario, son
deformaciones de la realidad convertidas artificialmente y por la fuerza en
cosmogonía y falsa teología. Cualquier cosa menos lo que en Lógica se considera
una primera toma de conciencia de la realidad como primer momento psicológico
del proceso cognoscitivo humano.
La segunda
operación de la mente para conocer la realidad se denomina juicio. El juicio del que se habla en la Lógica nada tiene que ver
con los juicios o procesos judiciales que tienen lugar en los tribunales de
justicia. Otra cosa es cuando se dice de una persona que “ha perdido el
juicio”. Esta expresión puede referirse, efectivamente, a que la sentencia de
los tribunales le ha sido desfavorable. Pero también, según el contexto, a que
ha perdido la capacidad de razonar. Por el contrario, cuando esa capacidad no
admite dudas se dice que está “en pleno uso de sus facultades”. En realidad lo
que se quiere decir es que está capacitada para razonar y tomar decisiones
juiciosas como, por ejemplo, dictar su testamento. En la vida real tener uso de
razón equivale a estar psicológicamente en condiciones de emitir juicios de
valor sobre cosas, personas y formas de comportamiento. En este punto nos encontramos
en pleno campo de la Lógica.
Una vez que hemos
tomado conciencia de la realidad, corresponde ahora juzgarla y emitir juicios acertados
de valor sobre ella. ¿Cómo? Esto es justamente lo que se aprende también en la
Lógica. Pero antes digamos que la simple aprehensión de la realidad no es
suficiente para la vida. Por ello sentimos después la necesidad de valorar la
realidad aprehendida para establecer lo más acertadamente posible nuestra
escala de valores. Nos preguntamos, por ejemplo, qué es más importante, la
salud o el incremento del sueldo. Cualquier persona normal y sensata, que se
detiene unos momentos a pensar y sopesar el bien de la salud como alternativa a
una tentadora subida del sueldo, concluye sin dificultad que el sueldo debe
estar en función de la vida y no al revés. O bien que se trabaja para comer en
lugar de comer para trabajar. O sea, que la vida es lo primero y que todo lo
demás vale más o vale menos por relación a la vida. Esto es lo que expresamos
en el lenguaje ordinario cuando saludamos a un amigo y le preguntamos
afectuosamente: ¿cómo te va la vida?; ¿qué es de tu vida?”. O bien, “lo importante es que haya salud”, y así
sucesivamente.
En fin de
cuentas, la libertad, el amor, la verdad, la belleza, la amistad, el prestigio
social, el dinero o el poder, sin vida son como hojas otoñales que se lleva el
viento. Sin vida no hay felicidad y mientras hay vida hay esperanza. Pues bien,
esta escala de valores es el resultado de la activación del juicio como segunda operación de la mente
en el proceso de nuestro conocimiento de la realidad. Se comprende así que esta
operación haya sido analizada minuciosamente por los expertos de la Lógica
desde los tiempos de Aristóteles hasta nuestros días.
El otro capítulo
fundamental de la Lógica se refiere al raciocinio.
¡Razonar bien! ¡Saber razonar! ¡Ser razonables! ¿Una ilusión? No. La Lógica ha
descubierto las reglas del razonamiento correcto. Entonces, ¿por qué la gente
no es más razonable? ¿Por qué hay tanta gente que razona tan poco y tan mal? La
respuesta es relativamente fácil.
Nacemos con una
naturaleza racional, es decir, con capacidad para razonar. Pero a razonar bien
se aprende con el tiempo usando el sentido común, sacando lecciones prácticas
de la experiencia de la vida y con el estudio de la Lógica. Las dificultades
principales que han de ser superadas durante el aprendizaje han sido ya
señaladas pero vale la pena recordarlas sumariamente antes de seguir adelante.
Son las provenientes de la asincronía genética, del predominio de los
sentimientos y de los malos sistemas educativos. La aportación esencial del
raciocinio en el contexto de la Lógica consiste en aprender a deducir unas
verdades de otras previas mediante la reflexión, y ordenar nuestros conceptos e
ideas sin suprimir sus vínculos con la realidad. Por otra parte, una de las
funciones específicas de la inteligencia consiste en poner orden en nuestra
mente de acuerdo con el orden de la realidad. Ahora bien, la materialización de
esta función se lleva a cabo mediante la sistematización científica de nuestros
conocimientos. De ahí la importancia de la Lógica en todos los sectores de las
ciencias, lo mismo filosóficas que empíricas. Pero sigamos adelante matizando
algo más las reflexiones que hemos hecho sobre las utilidades del estudio de la
Lógica racional y científica.
Los estudios
históricos existentes sobre la Lógica clásica a partir de Aristóteles hasta
nuestros días, y de la Lógica simbólica o matemática desde mediados del siglo
XX constituyen un testimonio elocuente de la importancia de esta disciplina
para la educación de la inteligencia humana y organización científica de
nuestros conocimientos. La posmodernidad ha pasado por alto esta disciplina y
cada vez se siente más la necesidad de volver a ella. Eso sí, habrá que hacerlo
de una forma más realista y pedagógica que en tiempos pasados sin caer en la
trampa de la Lógica simbólica o matemática.
Así de claro. El estudio académico de la Lógica racional no es necesario
para la vida. La mayoría de los hombres y mujeres del pasado y del presente han
vivido y viven más o menos felices sin estudiar Lógica. La naturaleza nos ha
dotado a todos de sentido común, experiencia y capacidad reflexiva suficiente
para afrontar los problemas normales y menos complicados de la vida. Es lo que
se denomina Lógica natural. No obstante, las jóvenes generaciones estarían
mejor preparadas para afrontar los retos de la vida si se les facilitara en los
centros educativos la posibilidad de acceder a los estudios de la Lógica
racional, oportunamente actualizada y pedagógicamente bien impartida, como “Organon”
o introducción a todas las áreas del conocimiento. Aristóteles, del que podrán
decirse muchas cosas, pero no que fuera corto de inteligencia, así concibió y
parió la Lógica racional y pienso que si esta vieja criatura fuera rejuvenecida
y actualizada como merece, podría convertirse en un instrumento estupendo para
enseñar a las nuevas generaciones a usar correctamente la razón.
3. El problema de la intoxicación
lingüística y los géneros literarios
Hemos
hablado del uso de la razón como problema personal de primera categoría
destacando las principales dificultades connaturales y ambientales que han de
ser superadas para garantizar su
ejercicio de la forma más correcta posible. Tradicionalmente el arte de
aprender a razonar tuvo referentes diversos siendo altamente valorado el
descrito en la Lógica de Aristóteles,
la cual sigue siendo una joya pedagógica para aprender a razonar, pero
insuficiente. Sin olvidar que con frecuencia ha sido utilizada de forma
inadecuada propiciando incluso el abuso y uso despótico de la razón. De ahí
que, por más que siga siendo un referente fundamental a tener en cuenta para
garantizar el correcto uso de la razón, ello no dispensa de hacerlo con las
debidas cautelas. En todo caso la Lógica aristotélica constituye una
herramienta valiosísima para contrarrestar la intoxicación del lenguaje y el
conflicto permanente entre el manejo de las imágenes y la percepción de la
realidad.
En efecto, cuando
hablamos utilizamos las palabras y las frases con significados diversos
provocando fácilmente percepciones falsas de la realidad en nuestros
interlocutores. Otras veces hablamos con “segundas” y “terceras” intenciones. Incluso
hay personas que se comen el mundo hablando del cielo y de la tierra sin saber
realmente de lo que hablan. Esto ha dado lugar a la institucionalización de los
sofismas y del metalenguaje. En esta misma línea tropezamos con el problema de los
géneros literarios y las poderosas imágenes visuales modernas, que lo mismo
facilitan la percepción fácil y agradable de la realidad que la percepción
deformada o falseada de la misma. La Lógica aristotélica, bien entendida y
reforzada con los modernos avances en el campo de la psicología del
conocimiento, constituye una ayuda valiosísima para desenmascarar estos
factores que complican aún más las dificultades connaturales del uso de la
razón de las que hemos hablado antes.
Cuando hablo de
“intoxicación” del lenguaje me refiero a todas las formas manipuladoras del mismo
que tienen lugar en los medios de comunicación social, al uso de los sofismas y
del metalenguaje pero sin olvidar la instrumentalización política de los
idiomas. La intoxicación del lenguaje tiene lugar siempre que se manejan las
palabras y los discursos con significados falsos, distorsionados o deliberadamente
equívocos induciendo a la confusión. Sin olvidar tampoco el problema de los géneros
literarios y el manejo cada vez más frecuente del lenguaje subliminal. Es obvio
que para hablar de forma razonable e inteligible hay que tener en cuenta
también las intenciones de nuestros interlocutores y el género literario
utilizado. Para ello es necesario conocer bien el significado de las palabras,
que son como los ladrillos con los que se construye el edificio de nuestros
razonamientos. Procedamos de forma breve y por partes.
4. El problema de los sofismas y del metalenguaje
Llamamos sofisma
(del griego sophisma = artificio,
razonamiento capcioso) a un argumento
falaz con el que se pretende defender algo falso. Todo argumento falso con
apariencia de verdadero, y con el que se confunde al interlocutor mediante una argucia en la argumentación, es un
sofisma. La argucia puede consistir en partir de premisas falsas como si fueran
verdaderas, o bien en deducir de premisas verdaderas conclusiones que no se
siguen realmente de dichas premisas. Una
mujer, por ejemplo, está embarazada de un mes y quiere abortar. Va al centro de
planificación familiar y le dicen que no hay ninguna razón en contra porque
hasta los tres meses como mínimo el embrión no es humano y, además, la mujer es
dueña de su cuerpo. Después de escuchar estos argumentos de los funcionarios
del Centro a favor del aborto la mujer queda gratamente persuadida de que su
opción por abortar es la correcta y pide día, hora y precios por el servicio.
El engaño o sofisma ha consistido en dar por verdadero lo que realmente es
falso. A saber, que el feto que lleva una mujer en sus entrañas no es humano
antes de los tres meses y que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo. También
puede ocurrir lo siguiente. Se reconoce que el feto es humano antes de los tres
meses, pero la ley permite practicar el aborto durante ese tiempo. Esto es
lamentablemente verdad en la mayoría de las legislaciones en vigor. Pero de ahí
no se puede deducir en nombre del correcto uso de la razón que las prácticas
abortivas legalizadas no sean homicidas, o que sean humanamente buenas y
aconsejables. La razón nos dice que las leyes no convierten en buena una
conducta objetivamente mala como la provocación del aborto por el mero hecho de
realizarse con cobertura legal.
El sofisma es prácticamente lo mismo que la falacia
lógica. Falaz viene de falso y por ello falacia es toda proposición afirmativa
presentada como verdadera pero que solo lo es aparentemente. Las falacias
lógicas son utilizadas para justificar argumentos o posturas que no son
justificables utilizando correctamente la razón. En los argumentos falaces hay
siempre enmascarados engaños, falsedades y estafas. Por ello el saber reconocer
las falacias lógicas es de gran ayuda para no ser engañados. Las falacias
tienen muchos rostros. Por ejemplo, cuando se trata de distraer al interlocutor
de la verdadera realidad de un asunto. En el caso anterior del aborto esa
distracción tiene lugar cuando a la mujer que pide abortar se le informa hasta
la saciedad de los aspectos legales y administrativos favorables a las
prácticas abortivas sin decir a la paciente cómo y de qué manera se destruye la
vida de un ser inocente en el seno de su madre, y se lo bota después a la
basura o se lo destina a fines inconfesables.
Lo mismo suele ocurrir cuando se informa a las
potenciales candidatas a la fecundación in
vitro y prácticas concomitantes. Se las ilusiona con la posibilidad de
satisfacer su deseo intenso de maternidad pasando por alto, o tratando con
mucha cautela, aquellos aspectos más vidriosos que con la cabeza serena y
puesta en su sitio resultarían inaceptables. Lo mismo cabe decir de las
informaciones masivas de la prensa, radio, televisión e internet. Como regla
general se insiste en presentar las novedades científicas en función del
presunto progreso científico que ellas representan, prestando escasa o nula
atención a sus aspectos negativos en nombre de la razón. A menos que lo
contrario resulte económicamente más rentable. La falacia o engaño en todo esto
consiste en distraer la atención de nuestros interlocutores con descripciones,
discursos y razonamientos falsos, en parte o en su totalidad. Estas falacias se
caracterizan por el uso ilegitimo del operador lógico con el fin de distraer al
lector de la aparente falsedad de tal o cual proposición.
Otras veces la falacia o engaño se lleva a cabo cambiando
de tema para discutir sobre la persona que emite el argumento más que sobre las
razones para creer o no en la conclusión. A falta de razones objetivas para
sostener un argumento se apela a la presunta autoridad de determinadas
personas. Es la falacia del “currículo”. Las personas simples y bien
intencionadas son fácilmente sugestionadas por los títulos académicos y los
cargos administrativos. El engaño está en relacionar deliberadamente el valor
de un razonamiento con la posición social o los títulos académicos. Pero, de
hecho, ni los títulos académicos ni la posición social de una persona son en sí
mismos una garantía absoluta de buenas razones. Incluso cabe pensar que en
ocasiones son un impedimento. El decir la verdad sobre algo o sobre alguien depende
de poseerla y de quererla decir y no de los títulos académicos o de posiciones
sociales privilegiadas.
Pero tal vez lo más bochornoso es cuando se engaña a la
gente utilizando argumentos sentimentales mediante la explotación de sus
estados emocionales psicológicamente débiles. A un enfermo de cáncer, por
ejemplo, resulta fácil convencerle para que compre medicamentos de dudosa
eficacia a precios desorbitados. El enfermo ante el médico busca salud y se
pone emocionalmente en sus manos aunque le cueste un riñón. Igualmente, la
mujer que está obsesionada por tener un hijo se somete a un programa de
reproducción de laboratorio aunque ello lleve consigo someterse a prácticas
biomédicas razonablemente impresentables, si no objetivamente criminales a la
luz de la razón. La falacia o engaño por explotación de los sentimientos es
cada vez más frecuente. Largo sería describir las falacias y embustes de las
que somos víctimas constantemente por parte de las personas privadas, y más aún
de las instituciones públicas, sobre todo políticas y legislativas. Por
ejemplo, a través de las interpretaciones de las estadísticas y las estrategias
para conseguir votos favorables en las elecciones, o para la aprobación de
leyes objetivamente irracionales e inhumanas en los foros legislativos de las
naciones.
Está de fondo el problema de las apariencias y la
realidad. En cualquier orden de cosas podemos encontrarnos con apariencias de
verdad que ocultan una falsedad. La sabiduría popular lo tiene claro: “las
apariencias engañan”. O aquello de meterle a uno “gato por liebre”. En todo
género de cosas se puede presentar el fenómeno de algo que parece ser lo que realmente no es. Las manzanas en el
escaparate ofrecen a veces un aspecto exterior divino pero con gusano dentro.
Una persona puede parecernos agradable y educada y ser realmente mala como un
pecado. Los que tienen fama de chistosos y muy alegres muchas veces son gente triste por más que nos diviertan y
nos hagan pasar ratos agradables con sus gracias e ingeniosidades. La sabiduría
popular ha sancionado también esta realidad: “Dime de qué presumes y te diré de
qué careces”. El rico al que le van bien los negocios se queja de que le van
medianamente. Y el rico al que le van realmente mal presume de hacer gastos
desorbitados y de comerse el mundo. Una vez más la sabiduría popular: “Medio
mundo está para engañar al otro medio”. Otros van más lejos: “Esta vida es un
engaño”. Se equivocan, claro está, porque no se han percatado de que la vida es
justamente lo único que no engaña. Nos engañamos a nosotros mismos cuando no
aceptamos sus leyes o incluso la maltratamos.
Pues bien, algo
semejante ocurre con el conocimiento. Junto a la alternativa de la verdad y el
error manifiesto, existe también una apariencia de verdad en las expresiones y
en el pensamiento humano tras de la cual con frecuencia se oculta un error o
una falsedad. Ahí está el sofisma como el gusano dentro de la lustrosa manzana
en la vitrina del mercado. Por ejemplo: “Hay que respetar las opiniones de
todos”. En esta afirmación solemne hay un sofisma o falsedad ya que las
opiniones, por definición, no pueden ser realmente sujeto de derechos. El
verdadero sujeto de derechos es la persona que opina y no sus opiniones, las
cuales pueden resultar tan estúpidas que sólo merezcan rechazo y
desconsideración. Aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito pero hay
gustos que merecen palos” es perfectamente aplicable a las opiniones. Las hay
que no merecen el menor respeto. De hecho, cuando alguien toma la palabra en
una discusión y comienza diciendo que respeta la opinión de su interlocutor, en
realidad es una forma de advertir que no la respeta en absoluto. Otro ejemplo.
“Hay que respetar la libertad de todos”. Ahora bien, la policía detiene a un
terrorista y lo entregan a los tribunales, que le privan de su libertad
enviándole a la cárcel. Conclusión: las leyes que permiten esos arrestos son
injustas. El error se oculta bajo una forma de razonamiento en apariencia
coherente manejando un concepto falso de libertad. El sofisma,
paralogismo, o falacia es siempre un argumento que siendo erróneo parece
concluir la verdad. Por eso en cualquier sofisma concurren dos elementos esenciales: una
verdad aparente que sirve de trampa a los incautos; y un error oculto que nos lleva a deducir una conclusión
falsa a partir de algo verdadero.
5. Actitudes que favorecen el recurso a los
sofismas
Los argumentos
sirven para corroborar la verdad de una conclusión a la que eventualmente hemos
llegado por diversos caminos. Pero con frecuencia no alcanzamos nuestro
objetivo de forma satisfactoria porque los argumentos están mal construidos.
Si, por ejemplo, uno se empeña en convencer a otro para que vote a un
determinado partido político argumentando que sólo esta agrupación gobernará de
forma justa y honrada cuando llegue al poder, lo más probable es que esté
perdiendo el tiempo. La base de la argumentación es emocional y no racional. La
desilusión está servida ya que en política la opción óptima no existe, sólo
existe lo menos malo frente a lo peor. Pero otras veces, y esto es lo que me
interesa destacar aquí en función de los sofismas, hay gente que emplea
argumentos aparentemente deslumbrantes con el fin de engañar, distraer o
acallar al adversario. Es entonces cuando hablamos propiamente de sofismas o
falacias.
Falacia es la
traducción castellana del latín fallatia,
que significa engaño y es, a su vez, la traducción latina del término griego sofisma. Los sofismas o falacias son
razonamientos incorrectos pero psicológicamente persuasivos. O sea, formas de
razonar que parecen correctas pero que, cuando las analizamos nos percatamos de
que son falsas. Nuestro lenguaje común está infectado de este tipo de
razonamientos falsos a pesar de su apariencia atractiva. De ahí la conveniencia
de tenerlos en cuenta para prevenirnos contra la desilusión y el engaño. Dicho
esto, me parece importante destacar el hecho de que el recurso a los sofismas
no ocurre por casualidad. Muchas veces son la consecuencia lógica de actitudes
personales que conviene tener en cuenta como son las tres siguientes
La actitud hostil frente a la racionalidad
Tal ocurre cuando
nos negamos de antemano a escuchar aquellos argumentos o razones que pudieran
llevarnos a modificar nuestras propias opiniones o puntos de vista personales,
a los que estamos aferrados y que por nada del mundo estamos dispuestos a
renunciar. Las razones (más bien sinrazones) pueden ser de orden exclusivamente
emocional, por bajo índice de inteligencia o por intereses ajenos a la
razonabilidad. Esto lleva derechamente a disfrazar la realidad con argucias,
ambigüedades y preguntas impertinentes. O lo que es peor. Hay quienes el
desacuerdo con sus opiniones o puntos de vista lo interpretan como un ataque o
descalificación de sus personas dando lugar a valoraciones y comentarios fuera
de razón. De no optar por callar, la discusión puede envenenar las relaciones
personales y degenerar en afirmaciones y reflexiones sofísticas falaces antes
de dar el brazo a torcer. Hay gente que trata de afirmar su personalidad
llevando siempre la contraria a todo el mundo, aunque sea haciendo
razonamientos falsos y absurdos. Son esos de los que coloquialmente se dice que
nunca están dispuestos a dar su brazo a torcer. Desde esa actitud no paran
mientes en usar toda suerte de argucias dialécticas para mantenerse en sus
trece.
Eludir el problema en lugar de abordarlo
Este fenómeno es
muy frecuente. En lugar de ir “directamente al grano” se hacen rodeos
introduciendo otras cuestiones para distraer la atención, o simplemente para
esquivar el bulto de la responsabilidad. La joven embarazada llegó con su
pareja para tomar consejo y asumir sus responsabilidades de cara a su futuro y
el de su hijo. Pero el padre de la criatura consiguió bloquear el tema de sus
responsabilidades con un arsenal de cuestiones en extremo pintorescas y ajenas
por completo al motivo que nos había convocado. Mi experiencia profesional es
una cantera de casos en los que se esquiva la realidad marchándose por los
cerros de Úbeda. Es una actitud nefasta en la vida corriente que sólo da lugar
a discursos y sinrazones que al final se pagan caros. Con la realidad no se juega.
Los problemas deben ser afrontándolos con todo su realismo sin eludirlos, si
realmente queremos encontrar para ellos una solución. Hay gente muy experta en
echar balones fuera con argumentaciones falsas pero deslumbrantes cuando algo
no les interesa.
Los olvidos y las confusiones
Nuestra memoria
sensitiva es muy frágil y limitada. También nuestra memoria intelectual. A
parte de que la dotación natural de cada uno de nosotros varía mucho, con el
curso del tiempo la memoria se va debilitando alarmantemente. Con la edad vamos
perdiendo la capacidad de ver, oír y recordar. Cuando utilizamos tópicos como
“si mal no recuerdo”, “creo recordar”, “si la memoria no me falla”, estamos
reconociendo prácticamente que existe una pérdida natural de la memoria, tanto sensitiva
como intelectiva. El olvido total de unas cosas y el recuerdo parcial de otras
da lugar a juicios y valoraciones deficientes y engañosas como cuando hacemos generalizaciones
indebidas. Sobre todo confundiendo lo accidental o secundario con lo importante
o esencial de las cosas y de los acontecimientos. Los olvidos nos llevan a la
confusión de lo esencial con lo accidental, de la regla general con las
excepciones, del todo con la parte o viceversa, lo absoluto y lo relativo de
las cosas. Los olvidos pueden producirse por el deterioro natural de nuestras
facultades, pero también como recurso manipulador deliberado como cuando se
aplica la técnica del silenciamiento. Pero vengamos ya más en concreto al
recuento de algunos de los sofismas o falacias en los que la gente incurre con
más frecuencia.
6. Sofismas o falacias más frecuentes
Juicios y valoraciones basados sólo en las
apariencias
La esencia de las cosas es lo que ellas
son en sí mismas, y los accidentes aquello que las particulariza con aspectos
sobreañadidos o sobrevenidos. Por ejemplo, el color de un automóvil, la
estatura de una persona, la belleza física de una mujer y todo lo que es
susceptible de ser adjetivable. Pero, como reza el refrán: “aunque el mono se
vista de seda mono se queda”. Nuestra percepción superficial de las cosas no
cambia su ser. En la cultura contemporánea denominada “cultura de la imagen”
bajo el influjo de medios de comunicación masiva como la televisión, el cine e
internet, el riesgo de juzgar las cosas y a las personas por su apariencia
externa, y no por lo que realmente son, es constante, prepotente y alarmante, y
nos lleva derechamente a hacer valoraciones precipitadas basadas en aspectos
pintorescos o contingentes. Cuando se
dice, por ejemplo, que los vascos son violentos, los gallegos desconfiados, los
catalanes peseteros y egoístas o los andaluces mentirosos, etc., en realidad se
está definiendo a todos ellos por rasgos accidentales, que pueden ser reales en
determinadas personas, pero nunca esenciales a éstas ni atribuibles a todas.
Qué duda cabe, es
otro ejemplo, de que hay muchos políticos corruptos, tribunales de justicia
injustos y médicos que privan de la vida a ciertos pacientes. Pero de esta
triste realidad no puede concluirse que todos los políticos son necesariamente
unos golfos, que todos los jueces sean corruptos y los médicos asesinos. Unas
veces las apariencias son buenas y la realidad mala. Otras, en cambio, las
apariencias son malas y la realidad buena. De ahí la conveniencia de razonar
las cosas antes de juzgarlas convencidos de que las apariencias engañan. Usando
bien la razón evitaremos engañarnos a nosotros mismos y a los demás confundiendo
lo accidental con lo esencial y lo que es importante con lo transitorio,
accidental y efímero. En los ejemplos anteriores, además de ser víctimas de las
apariencias, se aprecia inmediatamente una generalización absolutamente
inadmisible de lo particular a lo universal, que no tiene cabida en un discurso
racional bien hecho de acuerdo con las leyes más elementales de la Lógica.
Las afirmaciones gratuitas
Me refiero a esas afirmaciones gloriosas que a veces se
hacen sin fundamentarlas en razones objetivas. Son muy propensas a esta forma
de hablar las personas autoritarias y aquellas otras que, a falta de razones,
presionan con los sentimientos. “Lo dijo Blas, punto redondo”. Quien dice Blas
dice “el jefe” o simplemente: “lo digo yo y basta”. Hay muchas personas
constituidas en autoridad que consideran normal sentirse excusadas de razonar
sus decisiones. Incluso llegan más lejos creyendo que la autoridad no debe
pedir disculpas de sus errores. Cuando alguien les pide explicaciones de algo
presuntamente mal hecho son capaces de mentir descaradamente como bellacos
antes que razonar sus decisiones o puntos de vista, sobre todo cuando temen
tener que dar explicaciones por sus eventuales errores cometidos.
Las afirmaciones gratuitas son frecuentes también entre
personas de dotación intelectual baja, que tratan de suplir con la voluntad lo
que les falta de inteligencia. Suelen ser personas “tercas” y peligrosamente
voluntariosas, las cuales anteponen la voluntad y los sentimientos al uso de la
razón. Las afirmaciones gratuitas o faltas de fundamento racional son el pan
nuestro de cada día en el prensa, en los editoriales y columnas de opinión así
como en los debates y tertulias mediáticos en los que el objetivo principal es
la propaganda, la publicidad y el espectáculo, prevaleciendo los criterios
comerciales y políticos sobre la razón y la verdad. El hacer afirmaciones sin
aportar razones conduce a la imposición de puntos de vista carentes de
fundamento racional y es la antesala del abuso de la buena fe de nuestros
interlocutores. Lo razonable es que cuando afirmamos seriamente una cosa lo
hagamos apoyando nuestras afirmaciones en razones o motivos suficientes. Por lo
mismo, cuando no estamos seguros de la solvencia de nuestros argumentos, lo
razonable y honesto es callar en lugar
de engañar al prójimo con nuestras apreciaciones subjetivas o intereses
personales.
Deducción
de conclusiones impertinentes
Tal falacia tiene lugar cuando un razonamiento, que se
supone dirigido a establecer una conclusión determinada sobre un aspecto
concreto, es usado para probar una conclusión diferente. Un ejemplo. Se discute
en el Parlamento la aprobación de una ley concreta sobre la clonación de
embriones humanos como material básico de células madre con fines terapéuticos.
Un orador pide la palabra y hace un discurso patético sobre el progreso de las
ciencias biomédicas y sus potenciales beneficios para la humanidad, concluyendo
que tal ley debe ser aprobada. Este discurso resulta impertinente, o
lógicamente inatingente, porque de lo que se trata no es de aprobar una ley
sobre la importancia del progreso científico sino de una ley concreta con unas
características determinadas. Ni su desaprobación pone en duda la importancia
del progreso científico ni su aprobación puede depender del mismo sino de las
razones particulares que haya para aprobarla.
Pero el orador logra así despertar una actitud de
simpatía afectiva hacia su persona y su propuesta. Una vez logrado este apoyo
afectivo, hace una transferencia de su actitud a la conclusión final. Pero tal
conclusión no puede ser considerada como razonable y lógicamente pertinente. De
la importancia del progreso científico no puede deducirse en nombre del uso correcto
de la razón que la clonación de seres humanos, para ser destruidos después con
fines de investigación o terapéuticos, deba ser aprobada. Otro ejemplo. Durante
el proceso de un juicio el fiscal trata de probar que el acusado es culpable de
asesinato. Para ello trata de demostrar que el asesinato es un delito horrible.
Si de estas apreciaciones acerca de lo horrible del asesinato pretendiera
inferir o deducir que el acusado es realmente culpable de tal delito, y el juez
sentenciara impresionado por esos argumentos, tendría lugar la falacia de
conclusión impertinente. Y es que, por muy horroroso que sea el crimen de
homicidio, de ahí no se puede deducir que tal o cual persona sea un homicida.
En el fondo de estas falacias legislativas y jurídicas está el fenómeno de las presiones sobre legisladores y jueces,
sobre todo políticas y financieras. Pocas cosas hay que trastornen tanto el uso
de la razón en la vida ordinaria como el poder, el dinero y las pasiones
humanas.
El recurso a la fuerza y apelación al miedo
Consiste en apelar a la fuerza, en lugar de dar razones,
para establecer una verdad o inducir una determinada forma de conducta. Es un
recurso frecuente de las personas e instituciones que carecen de argumentos
razonables y poseen alguna autoridad. Las amenazas pueden ser explícitas o
veladas. Por ejemplo, la amenaza pública de aplicar sanciones económicas a un
país o la declaración de guerra. Otras veces se hacen insinuaciones veladas. La
vida política es la fuente más escandalosa de estas formas de argumentar
mediante el recurso a la fuerza. De hecho, la declaración de guerra es el paso
inmediato a la pérdida del uso de la razón. En las negociaciones con
delincuentes y terroristas éstos argumentan siempre con amenazas verbales
veladas y la pistola sobre la mesa. Los partidos políticos tratan de persuadir
a sus militantes para que respeten la disciplina del partido y voten a favor de
sus programas de acción bajo la amenaza de ser expulsados, aunque esto suponga
votar en contra de su conciencia. Es obvio que en estos casos el factor
decisivo de sus decisiones no es la fuerza de la razón sino la fuerza bruta.
Durante las campañas electorales el recurso al miedo para ganar votos suele ser
muy efectivo. ¡O nosotros o la calamidad y el desastre! ¡O nosotros o el
demonio de nuestros opositores! ¡O nosotros o la vuelta a las dictaduras del
pasado! Desde esta actitud se arman los argumentos persuasivos de forma que
psicológicamente el votante se vea en la obligación moral de votar a favor del
mejor manipulador de masas y el menos recomendable en nombre de la razón.
El caso más extremo e irracional de recurso a la fuerza
lo tenemos en los grupos terroristas cuyos razonamientos apenas se distinguen
de los anuncios de extorsión, las amenazas de muerte y los disparos en la nuca
de quien no se somete a sus sinrazones. En la vida privada las formas de
presionar a otras personas mediante el recurso a las amenazas veladas, que
afectan directamente a la sensibilidad condicionando el uso de la razón, son
innumerables y pocas personas podrán decir que están libres de éllas. Aquello
de que “quien bien te quiere te hará llorar” responde a la pretensión de
quienes tratan de justificar sus formas habitualmente poco razonables de tratar
a los demás ejerciendo la nefasta pedagogía del miedo, que nada tiene que ver
con la conveniencia de ser razonablemente ordenados y disciplinados en la vida.
El argumento “ad hominem” ofensivo y
circunstancial
Me refiero a aquellos argumentos que van dirigidos contra
las personas más que contra sus opiniones. Esta forma de argumentar resulta
ofensiva porque en lugar de tratar de cuestionar la verdad de lo que se afirma,
por considerar que las razones en las que está apoyada no son razonablemente
válidas, se ataca directamente a la persona que hace la afirmación. En
filosofía, por ejemplo, hay sistemas filosóficos falsos por falta de
cimentación suficiente en la realidad, lo
cual no obsta para que podamos encontrar en ellos verdades de apuño. El
que un edificio (en este caso un sistema filosófico) esté mal construido y
resulte inhabitable no obsta para que dentro de él haya muebles (verdades) de
gran valor. No se puede negar el valor de estos muebles porque el edificio en
su conjunto esté mal construido y amenace hundirse. De modo análogo no es
razonable ni justo rechazar la verdad de una afirmación porque salga de boca de
una persona poco o nada honrada. Una prostituta, por ejemplo, puede decir cosas
estupendas sobre el amor como un médico puede ser un desastre como persona y al
mismo tiempo un profesional más responsable que otros que gozan de buena
reputación personal. Otra cosa es que “dime con quien andas y te diré quién
eres”. Si una persona lleva una vida poco honrada, en principio es menos de
fiar que otra que lo es en igualdad de circunstancias. Pero de ahí no se sigue
que el rechazo eventual de un argumento haya de hacerse prescindiendo de la
objetividad de las razones aducidas atacando al autor para ponerlo fuera de
combate. Francis Bacon, por ejemplo, fue depuesto de su cargo de canciller por
deshonestidad. Pero sería absurdo y falaz deducir por esto que su filosofía
debe ser proscrita. Los regímenes comunistas han sido probablemente los más
crueles y falsos de la historia. Sin embargo ello no significa que entre los
marxistas no haya habido gente que ha dicho y hecho cosas estupendas. Los
cristianos han sido criticados y hasta perseguidos desde sus orígenes hasta
nuestros días. Igualmente los judíos y musulmanes. Pues bien, sería ridículo
pensar que de estas denominaciones religiosas no puede salir nada bueno.
Los prejuicios contra las personas y las instituciones
nos llevan fácilmente a rechazar verdades comunes a todos que brotan del uso
corecto de la razón. No. El recurso al ataque personal para descalificar una
opinión dejando al lado las razones en que se apoya es una actitud irracional,
cobarde y casi siempre ofensiva. No vale eso de desviar la atención del asunto
que se discute hacia la persona del adversario o sus circunstancias personales
desventajosas. Los políticos suelen ser maestros en el arte de la descalificación
personal en los Parlamentos y durante las campañas electorales. Las campañas de
desprestigio del adversario forman parte de su praxis habitual. Otras veces el
argumento “ad hominem” o de ataque a la persona se utiliza aprovechando una
circunstancia particular. Ocurre, por ejemplo, cuando en un debate público se
reprocha al contrincante de no respetar los principios de su partido político o
de su condición profesional. Así, un comunista, en vez de responder a las
razones de su interlocutor cristiano, acusa a éste de no tener en cuenta la
doctrina social de la Iglesia y le da consejos para que sea coherente con los
principios del cristianismo. O a la inversa, un democristiano reprocha al
comunista de no ser coherente con los principios del marxismo. Se producen así
discursos ridículos con los que se trata de descalificar moralmente al
adversario sin entrar en la discusión auténtica de las razones objetivas en las
que deberían centrar su atención. Este tipo de argumentos de descalificación
moral del adversario no ofrece fundamento racional para la verdad de sus
conclusiones ya que están dirigidos solamente a conquistar el asentimiento de
algún oponente a causa de especiales circunstancias vinculadas con él. Esta
forma de argumentación ad hominem es
lo mismo que acusar de incurrir en una contradicción al adversario entre sus
creencias o convicciones y su vida práctica. En todo caso, ni de la ofensa
personal directa a nuestro interlocutor ni de la presunta incoherencia de sus
convicciones o creencias podemos deducir la presunta falsedad de sus razones.
Lo contrario da lugar a la falacia o engaño respecto de los argumentos de este
jaez.
A veces oímos
decir: “Es un sinvergüenza y como tal no puede tener una opinión fiable”. O “es
un exagerado”, “se pone muy nervioso”, “es muy conservador o izquierdista”. O es afín a tal o cual grupo político o religioso.
En todos estos casos la estrategia consiste en descalificar de entrada al
contrincante como persona para excusar sus razones antes incluso de hablar. Qué
duda cabe de que muchas veces nuestros interlocutores no son como personas todo
lo honrados y emocionalmente equilibrados que fuera deseable. Pero dentro de
ciertos límites esas mismas personas pueden tener momentos de lucidez y ser
capaces de hacer juicios más certeros y razonables que otras personas más
honradas, pero más torpes de inteligencia. La descalificación personal nunca
puede ser considerada como una fuente de verdad. Pensar lo contrario puede
llevarnos a situaciones de irracionalidad inconfesables. De ahí la necesidad de
aprender el arte de criticar las opiniones ajenas respetando siempre a las
personas que opinan, incluso cuando sus opiniones sean equivocadas y razonablemente inaceptables.
En relación con el engaño de la argumentación “ad
hominem”, o del ataque personal, se encuentra el recurso dialéctico: “Y tú también”. Este sofisma consiste en
rechazar un razonamiento reprochando al
contrincante de hacer o defender lo mismo que condena. O bien de no practicar
lo que aconseja hacer a otros. Es la filosofía dialéctica del “médico, cúrate a
ti mismo”. Porque, ¿cómo voy a seguir las recomendaciones del médico para dejar
de fumar cuando él mismo fuma como un carretero? “Es más fácil predicar que dar
trigo”. O “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; “ven la
paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio”. Expresiones como estas
tienen un uso legítimo y otro engañoso. Todo es cuestión de saberlas manejar
correctamente. Es correcto el uso del “tú también” cuando se utiliza claramente
con el fin de rechazar la autoridad moral de una persona que pretende
indebidamente influir sobre nosotros. La autoridad moral consiste en ser
consecuentes con lo que aconsejamos a los demás predicando con el ejemplo lo
que decimos con las palabras. En el fondo, de lo que se trata es de condenar la
hipocresía de quienes no practican las virtudes que exigen a los demás. Es, por
tanto, un mecanismo de defensa personal.
En las situaciones dudosas, porque no hay razones
convincentes o argumentos sólidos, recurrimos a los consejos de personas
fiables por su coherencia y honestidad moral, la cual es incompatible con la
hipocresía de quienes nos acusan de los defectos que ellos mismos comparten. No
hay nada más intolerable, decía Cicerón, que alguien, que es incapaz de rendir
cuentas de su vida, exija cuenta de sus vidas a los demás. El rechazo de la
autoridad moral de una persona es legítimo y muchas veces necesario. La única
condición es que se rechace su autoridad moral y no a su persona. Pero pongamos
las cosas en su sitio y reconozcamos que el rechazo de la autoridad moral de
una persona, tal como queda descrita, no justifica el rechazo sin más de sus
razonamientos sin conocerlos y analizarlos. Otras veces el “tú también” se
utiliza, no para descalificar la autoridad moral de las personas o de las
instituciones, sino para excusar una determinada conducta. Tal sería el caso,
por ejemplo, del que no deja de fumar simplemente porque el médico tampoco deja
de fumar. Cuando el médico aconseja profesionalmente a un paciente no fumar no
lo hace para respaldar su autoridad moral sino por razones médicas objetivas.
Cuando tal sucede, el eludir los consejos del facultativo porque éste es
incoherente en las cosas de su vida particular, es un sofisma. Igualmente es un
autoengaño reducir la cantidad de sal en las comidas cuando el médico aconseja
eliminarla por completo. El ataque personal a las personas y el “tapar la boca”
dialécticamente a nuestros interlocutores nunca es fuente de verdad y siempre
causa de disgustos y engaños.
Argumento por la ignorancia
Se comete esta
falacia cuando se pretende sostener que una proposición es verdadera
simplemente porque todavía no se ha demostrado su falsedad. O que es falsa
porque no se ha demostrado su verdad. Esta falacia se comete muy frecuentemente
tratándose de asuntos o fenómenos en los que no hay pruebas claras y
definitivas en pro ni en contra. Hay muchas personas que están convencidas de
verdades profundas de las que no renunciarían por nada del mundo y, sin
embargo, carecen de capacidad expresiva suficiente para hacerlas valer con
razones y argumentos lógicamente convincentes. Sería una simpleza, por ejemplo,
pensar que, porque un niño sea incapaz de demostrar jurídicamente que tal mujer
es su madre, el niño es huérfano de madre. Lo más escandaloso en este sentido
tiene lugar en el campo jurídico. Si el nacimiento de un niño no está
oficialmente registrado, para efectos legales es considerado como si no
existiera. O bien este otro caso de la denominada “presunción de inocencia”.
Puede ocurrir que la defensa del acusado haga ver al juez que su protegido es
inocente siendo realmente culpable. Cuando esto ocurre es obvio que el juez ha
sido engañado y ha sentenciado basado en la ignorancia. El hecho mismo de que
después se demuestre la falsedad de la argumentación que dio lugar a la
sentencia demuestra que el juez fue víctima del argumento por ignorancia. Los
procesos judiciales son una mina de falacias y contra-falacias que pocos se
atreven a denunciar. ¿Por qué será?
Los argumentos piadosos
El argumento “ad misericordiam” tiene lugar cuando se apela a la piedad para
conseguir que se acepte una determinada conclusión. Por ejemplo, cuando el
abogado defensor en el tribunal de justicia deja a un lado los hechos que
atañen al caso para obtener la absolución de su cliente, despertando
sentimientos de compasión en el juez y los miembros del jurado. Un ejemplo
históricamente célebre a este respecto se encuentra descrito en la Apología de
Platón. El relato pretende ser una apología de la defensa que Sócrates hizo de
sí mismo ante los jueces que le condenaron a muerte. Es una pieza maestra del
género que no me resisto a reproducir. “Quizá haya alguno entre vosotros que
pueda experimentar resentimiento hacia mi al recordar que él mismo, en una
ocasión similar y hasta, quizás menos grave, rogó y suplicó a los jueces con
muchas lágrimas y llevó ante el tribunal a sus hijos, para mover a compasión,
junto con toda una hueste de sus parientes y amigos. Yo, en cambio, aunque
corra peligro mi vida, no haré nada de esto. El contraste puede aparecer en su
mente, predisponiéndolo en contra de mí e instarlo a depositar su voto con ira,
debido a su disgusto conmigo por esta causa. Si hay alguna persona así entre
vosotros –observad que no afirmo que la haya, pero si la hay- podría
responderle razonablemente de esta manera: Querido amigo, yo soy un hombre y,
como los otros hombres, una criatura de carne y sangre, y no de madera o piedra
como dice Homero. Y tengo también familia. Sí, y tres hijos. ¡Oh atenienses!,
tres en número, uno casi un hombre y dos aún pequeños. Sin embargo, no traeré a
ninguno de ellos ante vosotros para que os pidan mi absolución”.
La argumentación de este discurso de autodefensa apelando
a la misericordia es realmente de antología. Lo que ocurre es que la
objetividad o falsedad del crimen de imputación no es deducible de las razones
humanitarias alegadas, tanto a favor como en contra del acusado. De ahí el
engaño a que pueden inducir estas formas de argumentar. Sin ir tan lejos, otro
ejemplo patético de esta naturaleza fue el discurso de despedida y autodefensa
del Presidente Nixon cuando hacía memoria de su padre tras el escándalo de
Watergate que le obligó a dimitir como Presidente de los Estados Unidos. Los
argumentos de llamado a la piedad pueden tener sentido humanitario cuando se
trata de poner freno a los potenciales abusos de la justicia. Pero resultan
ridículos y falsarios cuando se utilizan para conseguir objetivos injustos o
inhumanos. Por ejemplo, cuando el abogado defensor del joven que ha asesinado a
sus padres pide que su protegido sea absuelto alegando que se ha quedado
huérfano. O cuando se pide que los terroristas sean encarcelados en lugares
donde puedan recibir visitas más fácilmente y ser atendidos por sus familiares.
O simplemente se pide su absolución para evitar sufrimiento a sus padres. El
argumento sentimental es un arma de doble filo que lo mismo conduce al ridículo
que a la sinrazón. Por la vía sentimental se consigue eficazmente persuadir
pero no convencer ya que en el fondo hay siempre un engaño disfrazado de
humanidad.
El sofisma populista
Es otra falacia o
engaño que consiste en hacer un llamado
emocional “al pueblo” o público
en general con el fin de conseguir su respaldo a favor de conclusiones no
asentadas en razonamientos objetivos válidos. Se basa en la supuesta autoridad
del pueblo, de una mayoría social o simplemente del auditorio que tenemos
delante en una sala de conferencias. Se apela a esa supuesta autoridad como si
la verdad de un argumento dependiera del número de personas que la apoyan. Es
aquello de: “no es posible que tantos se equivoquen o no tengan razón”. El
pueblo tiene razón aunque no la tenga. Se conoce también como la falacia del
carro de la banda, por alusión al carro de los músicos en los festejos
electorales al que se encaraman los entusiastas del ganador. Es lo mismo que
“subirse al carro del vencedor”. En esta cuestión se supone arbitrariamente que
una afirmación o proposición es aceptada como cierta por el mero hecho de ser
aceptada por muchos o todos.
Es obvio que, tratándose de meras opiniones o gustos, el
argumento de la mayoría puede ser aceptable, aunque no necesariamente
verdadero. La trampa está en deducir que algo es verdad, no en función de las
razones aducidas sino del número estadístico de personas que opinan. El asunto
es grave cuando se intenta probar mediante el peso de la opinión mayoritaria cosas
que por su naturaleza no son opinables. Por ejemplo, matar a un ser inocente en
el seno de su madre, mediante prácticas abortivas legalmente protegidas, no es
una conducta cuya aceptación haya de depender de una opinión pública
mayoritaria a su favor o en contra. La vida humana inocente no es un valor
negociable. La opinión pública como tal no es fuente de verdad sino expresión
de opiniones, voluntades y sentimientos. Pero no necesariamente de razones.
Basta hacer un estudio psicológico serio sobre cualquier mitin político o
campaña de propaganda o publicidad. Las estadísticas, por tanto, incluso las
mejor hechas y objetivas, sólo sirven como orientación para conocer lo que un
determinado número de personas siente y opina, pero no pueden ser consideradas
como fuente de verdad en sentido propio. Más bien son fuentes de engaño.
Y lo mismo puede decirse del recurso terco a la tradición y a la práctica común. “Siempre se ha hecho así” o “todo el mundo hace lo
mismo”, luego tiene que ser verdadero o bueno. Esta forma de pensar y de
argumentar conduce con frecuencia al simplismo y al ridículo. Muchas veces
ocurre que, precisamente porque algo siempre se hizo así o porque todo el mundo
hace lo mismo, la razón deduce que estamos equivocados y que hay que cambiar de
tercio para no seguir en el error. Hay muchas tradiciones y costumbres que,
analizadas con objetividad, no son más que malas costumbres que, al no haber
sido corregidas a tiempo, terminaron convirtiéndose en venerables tradiciones.
El recurso discursivo a ellas es una fuente constante de sofísticos y falsos
argumentos. Con frecuencia la falacia populista consiste en el intento de ganar
el asentimiento popular para una conclusión despertando las pasiones y el
entusiasmo de la multitud. Es el argumento específico utilizado en las campañas
de publicidad comercial y propaganda política.
El argumento “ad verecundiam” o de apelación
a la autoridad
Consiste en la
evocación de respeto que siente la gente hacia las personas famosas para
conseguir la aprobación de una propuesta o conclusión. Es obvio que en casos
dudosos o de poca claridad es razonable invocar la autoridad de personas
competentes en la materia. Pero lo que no es admisible es confundir los hechos
objetivos y las razones con el prestigio de las personas. Por ejemplo, es una
falacia o engaño concluir que una conclusión filosófica es verdadera porque
está avalada por Aristóteles. La autoridad de Aristóteles en filosofía es
debida al valor objetivo de sus conclusiones y no al revés. Por tanto, lo que
hay que buscar y criticar son esas razones sin tratar de imponerlas a los demás
apelando a la autoridad del Estagirita. Si la conclusión es verdadera lo será
por las razones en que está sostenida y no porque lo diga Aristóteles o
cualquiera otro personaje célebre en el campo de la filosofía. Este tipo de
falacia la encontramos indefectiblemente entre las técnicas de publicidad y
propaganda. Hay una campaña electoral, por ejemplo, y para conseguir votos a
favor de una determinada opción política, se reclutan celebridades conocidas
por las masas a través de los medios de comunicación para entrevistarlas sobre
el cielo y la tierra. Es obvio que el éxito de una bella y popular bailarina,
por ejemplo, o de un deportista en el éxtasis del éxito no es un título que
garantice mucha competencia para hablar de temas importantes ajenos a su
profesión. Sin embargo, el impacto emocional de estos y otros personajes
populares en las masas es tal que son escuchados aunque sean mudos. Pero es un
engaño utilizar a estas personas como reclamo sentimental de apoyo o rechazo de
conclusiones o proyectos desprovistos de razones objetivas válidas en nombre de
la razón.
La falsa causa y la confusión causal
A veces se toma
como causa de un efecto algo que no es su causa real. Aparece un incendio en el
monte y nos preguntamos por la causa del mismo. ¿Intencionado o fortuito? ¿Lo
prendieron pirómanos profesionales, turistas, ganaderos o alguno de los
bomberos? Mientras se averigua la verdadera causa del incendio cabe atribuirlo
a causas o personas que realmente no lo
causaron. Pero puede ocurrir, y a veces sucede, que conociendo la causa del incendio
o de un acto criminal cualquiera, se atribuya falsamente la responsabilidad del
mismo a personas inocentes o a causas falsas. De esto saben mucho los jueces y
expertos en criminología. Es todo un arte descifrar las falacias de testigos
falsos y declaraciones de delincuentes destinadas a atribuir a otros la
causalidad de sus crímenes.
La falacia de confusión causal tiene lugar siempre que
pedimos a una causa que produzca consecuencias o efectos que no le corresponden.
Por ejemplo, no puede atribuirse a la religión el progreso o retroceso de las
matemáticas por la simple razón de que no es esa su misión o razón de ser. Como
la metafísica no tiene por objeto propio enseñar matemáticas o música. Uno
puede ser un gran metafísico y no saber tocar el piano o pintar un cuadro.
Igualmente se puede ser un gran matemático e ignorante en cuestiones
metafísicas. Menos aún corresponde a la religión el progreso de las ciencias.
La metafísica y la religión tienen unos objetivos y las ciencias otros. Si en
algún caso cupiera establecer alguna relación causal entre el progreso o
retraso de las ciencias y la religión o la metafísica, la responsabilidad sería
de las personas y no de la religión como tal o de la reflexión metafísica. Este
tipo de confusión causal y, por tanto de discursos falaces y engañosos, son el
pan nuestro de cada día entre gente culta e intelectual. Otras veces se
confunde la mera sucesión temporal con un vínculo causal. Es un problema de
lógica inductiva. Si alguien dijera, por ejemplo, que después de la dictadura
comunista en Rusia vino la democracia, y que por ello la democracia fue la
causa de la caída del comunismo ruso, estaría incurriendo en la falacia de la
confusión causal. Mil personas pueden desfilar una detrás de otra sin que
exista entre ellas ninguna relación de padres a hijos. La sucesión en el
tiempo, en efecto, no significa necesariamente relación de causalidad real.
Las preguntas complejas
Se comete la falacia de la pregunta compleja cuando, no percibiéndose la pluralidad de
preguntas, se exige una respuesta única a la pregunta compleja como si fuera
simple. Si uno pregunta a otro si ha acabado ya con sus malos hábitos o de
pegar a su mujer, estas preguntas suponen que se ha dado ya respuesta a una
pregunta anterior, que ni siquiera ha sido formulada. La primera, en efecto,
supone que se ha respondido afirmativamente a la pregunta no formulada: ¿Tenía
Ud. anteriormente malos hábitos? La segunda supone haber respondido también
afirmativamente a la pregunta no formulada: ¿Ha pegado Ud. alguna vez a su
mujer? En ambos casos, si se contesta
con un simple sí o no, ello tiene el efecto de ratificar o
confirmar la respuesta implícita a la pregunta no formulada. Ahí está la
trampa.
Las preguntas de este tipo no admiten un simple sí o no
como respuesta válida ya que son preguntas complejas en las que, de hecho, hay
varias preguntas entrelazadas que han de ser respondidas por separado. Este
tipo de falacia es muy frecuente en los tribunales de justicia. Por ejemplo,
cuando los abogados plantean preguntas complejas a los testigos para
confundirlos o incluso acusarlos. ¿Dónde ocultó Ud. las pruebas? Esta pregunta
supone otra no formulada: ¿Ocultó Ud. las pruebas? ¿Qué hizo con el dinero
robado? Esta pregunta supone esta otra no formulada: “¿Robó Ud. el dinero? Responder
sí o no sin más a la pregunta compleja, y no a cada pregunta por separado,
equivale a caer directamente en la trampa del interlocutor. Lo mismo ocurre en
los Parlamentos cuando se entrecruzan las preguntas entre el Gobierno y los
Parlamentarios, o de los Parlamentarios entre sí. El sofisma y la falacia de
las preguntas complejas es parte del arte oratorio parlamentario. Los más
diestros, además de responder con rapidez e ingeniosidad a los argumentos
sofísticos del adversario, saben dividir hábilmente las preguntas complejas
para responder a cada una de ellas por separado evitando el sí o no global.
Pero la trampa de estas preguntas se encuentra como el
gusano en el interior de la manzana en las preguntas que a veces son sometidas
a votación general o referéndum. ¿Está Ud. por el socialismo y el progreso?, sí
o no. En realidad son dos preguntas que requieren respuesta por separado para
no caer en la trampa. Asociar el progreso humano al socialismo es una simpleza
demagójica imperdonable ya que se puede estar a favor del progreso sin militar
en el socialismo. Y uno puede votar a favor del socialismo y ser un retrógrado
solemne en asuntos fundamentales de la vida. Cuando se propuso a votación el
primer proyecto de Constitución europea en el 2004 se hizo en clave de pregunta
completa sin tener en cuenta que uno podía estar de acuerdo con unos aspectos y
en total desacuerdo con otros fundamentales. Por ejemplo, el voto global
favorable equivalía a aceptar la fundamentación del texto en una concepción de
los derechos humanos realmente deprimente. Paradójicamente, ni los que votaron
a favor ni los que votaron en contra lo hicieron pensando en la parte
consagrada a los derechos humanos. Lo cual pone de manifiesto hasta qué punto
los motivos políticos suplantaron al uso de la razón de los votantes. Siempre
que se propone a votación una conclusión o propuesta en forma de pregunta compleja, tal como queda
descrita, hay una trampa o falacia política que es preciso denunciar a tiempo
antes de comprometer nuestro voto.
Todas estas falacias de atingencia o engaños solapados en
la formulación de argumentos, conclusiones o propuestas científicas,
comerciales, políticas o religiosas están denunciadas en el dicho popular:
“Esto no viene a cuento”. La mayor parte de la gente desconoce por completo la
existencia de los estudios realizados sobre estas formas de engaño, pero, por
sentido común y experiencia de la vida, la gente los “huele” y reacciona
defensivamente con expresiones inequívocas como: “No sabría decir por qué, pero
esto no me convence”. “No lo veo claro”. “Ya me lo pensaré”. “Fíate de nadie”.
“Demasiado bello para ser verdadero”. Como te descuides “te meten gato por
liebre”. O simplemente, ¡Ojo!, que “estos lo mismo planchan un huevo que fríen
una corbata”. Se intuye que las razones aducidas son falsas o “no vienen a cuento”. Pero hay también otro tipo de falacias y engaños basados
en la ambigüedad del lenguaje y falta de claridad. En los razonamientos y
discursos se utilizan palabras o frases cuyos significados oscilan y cambian
sutilmente en el curso del razonamiento falseándolo. Recordemos algunos más
llamativos.
El
uso de términos equívocos
Ejemplo clásico de razonamiento equívoco: “El fin de una
cosa es su perfección. La muerte es el fin de la vida. Luego la muerte es la
perfección de la vida”. ¿Por qué este razonamiento es falaz o engañoso? Porque
se confunden dos sentidos diferentes de la palabra fin. Me explico. Muchas de
las palabras que usamos, por no decir la mayoría, tienen más de un significado
literal. Por ejemplo, la palabra “vino” lo mismo puede significar el fruto de
la uva que la acción de llegada en el pasado. El término “pico” lo mismo
podemos usarlo para designar la herramienta que lleva ese nombre que la boca de
un ave. Así pues, si, en lugar de distinguir y precisar claramente el
significado en que usamos las palabras, las usamos mezclando sus diferentes significados,
el equívoco y desconcierto resulta inevitable. Por supuesto que ambos
significados del término fin son
legítimos. Pero hay que utilizarlos sin confundirlos como en el ejemplo
anterior. Por supuesto que el objetivo de una cosa es su perfección y que la
muerte es el último acontecimiento de la vida. Pero la conclusión de que la
muerte es la perfección de la vida no se deduce de estas premisas. Por lo tanto
la conclusión del razonamiento es falsa.
Otro tipo de equívoco muy frecuente está relacionado con
el uso de términos relativos que
tienen significados diferentes en contextos también diferentes. Así, por
ejemplo, cuando hablamos de un hombre
alto y de un edificio alto
estamos hablando de la altura en dos contextos de realidad distintos. Un hombre
se dice alto por relación a otros hombres y un edificio es alto por relación a
otros edificios. Los argumentos en los que no se manejan correctamente los
términos relativos suelen resultar pueriles y ridículos si se los toma en
serio. Otra cosa es cuando se trata de
construir razonamientos en clave de humor y entretenimiento. Sería pueril y
ridículo tomar en serio los razonamientos de Jaimito en los que el juego con
los términos equívocos es el secreto de la hilaridad. En razonamientos a lo
“Jaimito” cabría razonar así: “Un elefante es un animal; por lo tanto, un
elefante pequeño es un animal pequeño”. El argumento es ridículo porque el
término “pequeño” es relativo y un elefante, por pequeño que sea, es grande por
relación a otros animales.
Cuenta el humorista que fue un baturro a Sevilla a
visitar a un amigo. Llegado a casa el amigo le recibió con gran alegría e
inmediatamente ordenó a la señora del servicio: “Elenita, sirva Ud. al señor un
“pocito” de chocolate”. El baturro, al oir “un pocito de chocolate”, pensando
que un pocito, por chico que sea, siempre será grande, replicó sin vacilar:
“Oiga, por favor, tal vez un “pocito” sea demasiado. Yo con un cubo tengo
bastante”. El uso del término relativo “pocito” produjo el equívoco dando lugar
a la conclusión en clave de humor que pretendía ofrecernos el humorista. El uso
de los equívocos es indispensable para el género humorístico. Pero hay que
saber cuando hablamos en clave de humor o queremos realmente decir verdades en
serio. Si decimos, por ejemplo, que los sexos no son iguales y que, por tanto,
los derechos no pueden ser iguales, estamos confundiendo la igualdad biológica
con la jurídica. En realidad, del hecho de que biológicamente los sexos no sean
iguales no puede deducirse que ante la ley no lo sean. Otro razonamiento falso
por el uso de términos equívocos podía ser este: “Quien ocasiona una herida
grave a otra persona es un delincuente. Es así que los cirujanos del corazón
ocasionan heridas graves a sus pacientes. Luego los cirujanos de corazón
deberían ir todos a la cárcel por delincuentes”. A nadie con dos dedos de
frente se le oculta que en este razonamiento se confunde la acción de matar o
hacer daño a otro con la intervención quirúrgica realizada con el único y
verdadero propósito de lograr la curación de los enfermos y salvarles la vida.
La misma falacia o engaño tiene lugar cuando se confunde la responsabilidad
jurídica, en la que se presupone la inocencia del acusado hasta que se
demuestre lo contrario en los tribunales de justicia, con la responsabilidad
política, que se basa exclusivamente en la confianza de los ciudadanos
expresada mediante los votos. El perder la confianza de los votantes no
significa necesariamente haber incurrido en la delincuencia aunque no se
excluya. Si ésta existe o se sospecha, tendrá que ser demostrada.
Otras veces la falacia o engaño de los argumentos estriba
en el uso torpe y descuidado de las palabras. Es lo que se denomina ambigüedad
por anfibología. Por ejemplo: “Pedro dijo a su hijo que tenía mal aspecto”.
Esta afirmación es ambigua o anfibológica porque no queda claro si el que tiene
mal aspecto es el padre o el hijo. Para aclararlo no queda otro remedio que
tener en cuenta el contexto. Pero a veces esta ambigüedad es deliberada. Tal
ocurre habitualmente en los titulares de la prensa. Hay periodistas que no
reparan en caer en el ridículo con tal de ofrecer un título sensacional y
atractivo. Por ejemplo: “Un granjero se saltó la tapa de los sesos con una
pistola después de haberse despedido afectuosamente de su familia”. O este
otro: “Una prostituta acusó a su cliente de violarla”. No, por favor. El
despedirse uno afectuosamente de su familia o el violar a una prostituta son
expresiones que no se pueden utilizar razonablemente sin matizar el uso
polisémico de las mismas. Que un “cliente” sea acusado de violar a una
prostituta puede valer como chiste. Igualmente habrá que saber distinguir entre
la ternura o afecto de un matón y de una persona normal. Es muy importante en
la vida tener sentido del humor manejando los diversos significados de las
palabras, pero de tal forma que nuestros interlocutores puedan saber en cada
caso si estamos hablando en broma o en serio.
Uso enfático de las palabras
Cuando hablamos
es normal que recalquemos palabras y expresiones cambiando el tono de voz,
retardando la pronunciación o acompañando las palabras con gestos corporales.
Hay gente que habla siendo muy parca en gestos. Otras, en cambio, dicen más con
los gestos corporales que con las palabras. ¡Gesticulan mucho¡ Cuando escribimos,
el énfasis solemos hacerlo mediante el subrayado, las letras cursivas o el uso
de mayúsculas o negrillas. El problema de fondo consiste en que, al enfatizar
una palabra o una frase, podemos cambiar el significado de las mismas generando
ambigüedad, falacias y engaños. Si yo digo, por ejemplo, que “no debemos hablar mal de nuestros amigos”, cualquiera entiende lo que quiero decir
si lee la frase sin enfatizar ninguna de las palabras. Pero si se hace la
lectura poniendo el acento en las palabras destacadas con negrillas, alguien
podría sacar la conclusión de que somos libres para hablar mal de cualquiera
otra persona que no sea nuestro amigo. O bien que no hemos de hacer mal a
nuestros amigos pero sí, si llega el caso, a los que no lo son. Lo cual es una
barbaridad. El énfasis en la palabras y en las frases cambia el significado de
las mismas y en la medida en que esto ocurre hay que tener mucho cuidado para
no enfatizar indebidamente confundiendo a nuestros interlocutores, que podrían
deducir conclusiones falsas. El manejo del énfasis en nuestros discursos orales o escritos es un arte que hay que
aprender para evitar las falacias y los engaños. El recurso excesivo al énfasis
puede resultar hasta molesto. En el mejor de los casos nos arriesgamos a que
nos tilden de exagerados, si no obsesivos e impositivos, en la manifestación de
nuestros puntos de vista. El recurso al énfasis sobra cuando ofrecemos razones
sólidas en apoyo de nuestras convicciones.
Los
reduccionismos simplistas
El reduccionismo científico equivale a simplificar los
problemas, descomponiéndolos en sus partes más simples mediante la eliminación
de lo accesorio, con el fin de entender más pronto y mejor la esencia de las
cosas y de los acontecimientos. Pero, hablando de falacias y sofismas, el
reduccionismo tiene un significado peyorativo equivalente a simplismo. Cuando decimos que un
argumento es simplista lo estamos
tildando de ingenuo porque tenemos la impresión de que, por el afán de
convencernos de algo, se pone el énfasis en algún aspecto muy concreto que no
refleja realmente la esencia del problema. Los historiadores marxistas, por
ejemplo, tenían el gravísimo defecto de explicar la historia de la humanidad
desde el punto de vista exclusivamente materialista, lo que les llevaba a
falsear la historia silenciando deliberadamente épocas históricas importantes,
o reduciendo su importancia a cero para poner en la picota la ideología marxista.
Desde Heráclito hasta Hegel construían un puente que les permitía simplificar
la historia del pensamiento olvidando o menospreciando de un golpe un montón de
siglos para llegar antes al marxismo como epicentro de la historia. Fue un
reduccionismo realmente falsificador de la verdad histórica y un insulto a la
inteligencia.
La mejor respuesta a los diversos tipos de reduccionismo
en clave simplista es la realidad del pluralismo social y cultural existentes.
Somos reduccionistas o simplistas siempre que hacemos afirmaciones ingenuas o
pueriles simplificando excesivamente lo que es complejo para llevar a los demás
a nuestro campo. Decir, por ejemplo, que las dictaduras son la causa de todos
los males sociales y que la democracia es la única solución de todos ellos es
un reduccionismo o simpleza, que conduce indefectiblemente a la desilusión y el
engaño. La realidad es que, en todos los sectores de la vida, ni las cosas son
tan complicadas como les parecen a unos ni tan simples o sencillas como pueden
parecerles a otros. Hay gente que disfruta convirtiendo los problemas fáciles
en difíciles y los difíciles en imposibles de resolver. Son esas personas que
denominamos coloquialmente “complicadas”. Otras, por el contrario, tienen la
solución de todo en la punta de la lengua aplicando la regla del menor esfuerzo
y pasando por alto aspectos importantes del problema. Son esas otras que
confidencialmente tildamos de “simplistas”. Como Jaimito, siempre tienen una
respuesta simple y convincente para todo. En efecto, en la solución de los
problemas hay que aprender a reducir distancias para llegar lo antes posible a
la esencia de los mismos y de sus soluciones. Este es el reduccionismo
científico. Pero sin caer en el reduccionismo simplista ni la omisión
insultante de datos y hechos.
Falacias de falso dilema
Tienen lugar siempre que empleamos
términos en disyuntiva que no son ciertos, exhaustivos o excluyentes. Las
disyuntivas incompletas incurren en el error del olvido de otras alternativas.
Dos ejemplos clásicos famosos de dilema falso porque los términos del dilema no
son exhaustivos. “El que se casa lo hace con mujer guapa o fea. Si es guapa es
causa de celos. Y si es fea causa desagrado. Luego, para evitar estos inconvenientes,
mejor es no casarse”. Es obvio que son muchas las mujeres que caben entre estos
dos extremos. Pero es igualmente obvio que no son todas. Mujeres hay bellísimas
que nada tienen que ver con los celos, y feas que son la felicidad de quien se
casa con ellas. La enumeración, pues, resulta incompleta y ahí está la trampa.
Otro ejemplo. Según una leyenda, el obispo de Alejandría pidió permiso para
utilizar los libros de la célebre biblioteca, que habían sido incautados desde
la invasión musulmana, y el califa Omar respondió: “Si los libros están de
acuerdo con la doctrina del Corán, son inútiles. Y si tienen algo en contra,
deben ser destruidos”. La trampa de esta respuesta tan ingeniosa está en que se
omite otra alternativa o término medio entre los extremos del dilema. Los
libros no decían lo mismo que el Corán, pero tampoco hablaban en contra. Con lo
cual el argumento dilemático se convierte automáticamente en un dilema falso.
Otras veces ocurre que los términos del dilema no son
incompatibles. Por ejemplo. Un jefe de Gobierno empieza a tener dificultades
para seguir gobernando y pide el voto de confianza a los parlamentarios en
estos términos: “O el Parlamento ratifica su confianza en mi gestión para
seguir progresando, o presento la dimisión con todas las consecuencias
negativas para la nación”. Obviamente estamos ante un falso dilema ya que los
términos del mismo no son incompatibles. El Parlamento puede negarle su
confianza para gobernar y seguir progresando con otro jefe del Ejecutivo con
resultados más positivos para la nación. Por eso, en cualquier actividad social
y en circunstancias normales, cuando un jefe se considera indispensable y
amenaza con dimitir, lo mejor que puede hacerse es tomarle por la palabra y
preparar su relevo. Los cementerios están llenos de hombres y mujeres que se
consideraron indispensables.
Falacia de la composición y división
La primera
consiste en atribuir a un conjunto cosas o propiedades que solamente son
ciertas en las partes. Como si dijéramos: “Todos los componentes son buenos o
malos, luego el conjunto ha de ser bueno o malo”. Todos los miembros de la
orquesta son excelentes, luego el concierto será excelente. La deducción es
completamente falaz y engañosa ya que el éxito del concierto depende de muchos
factores independientes de la profesionalidad de los músicos en particular. Lo
que se predica de las partes no siempre puede predicarse del todo. Una
antología de frases no hace un buen libro. El cloro y el sodio, componentes de
la sal, por separado son tóxicos. Y, sin embargo, la sal como tal es necesaria
para la vida. Otro ejemplo: “La Iglesia es la Iglesia de los pobres, luego la
Iglesia es o tiene que ser pobre”. Esta afirmación, tomada literalmente como
suena, es una falacia. Del hecho de que los miembros de la Iglesia por separado
y en igualdad de circunstancias deban ayudar preferentemente a las personas que
más lo necesitan no significa que la Iglesia como institución sea ni deba ser
pobre. Es una conclusión improcedente porque se aplica al todo lo que es
exclusivo de las partes y, además, porque es imposible ayudar a los pobres con
la pobreza. Nadie puede dar lo que no tiene. Pero puede darse también el caso
opuesto. A veces atribuimos a las partes propiedades que corresponden al todo.
Por ejemplo, no es correcto deducir que una mujer tiene unos ojos preciosos
porque como persona es un encanto. Ni del hecho de tener los ojos bellos se
puede deducir que es una mujer encantadora (falacia de composición), ni por el
hecho de ser una mujer adorable se puede deducir que sus ojos sean bellos.
Habrá que ver lo uno y lo otro por separado.
La falacia del dominó o pendiente
resbaladiza
Consiste en dar
por fundadas consecuencias que no son seguras o incluso improbables. Ejemplo:
“Hay que despenalizar las leyes represivas del aborto porque, de lo contrario,
las mujeres que deseen abortar se verán obligadas a hacerlo en el extranjero,
con lo cual nuestro país será tildado de antiprogresista al tiempo que
estaríamos propiciando los abortos ilegales y clandestinos con todos los
riesgos que ello representa para la salud de las mujeres y su repercusión
indirecta en la economía nacional”. En esta argumentación nos encontramos ante
una cadena de inferencias (A causa B, B causa C, etc), que culminan en un final
casi tenebroso. Primero se da por supuesto lo que hay que probar, a saber, que
la provocación legal del aborto es una opción humana más aceptable que su represión
legal. Y sobre esta base falsa se establece después una concatenación causal
sin más fundamento que el miedo infundado, con el fin de conseguir la
aprobación de la propuesta legal. En las campañas electorales somos
aleccionados generosamente por los líderes políticos sobre las terroríficas
consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este
sofisma suele ir asociado a los argumentos “ad hominem” o ataques personales.
Al final de sus enfervorizados discursos y larga falacia de la pendiente
resbaladiza, terminan pidiendo el voto favorable de forma anticipadamente
victoriosa o patética, según los casos. Unas veces concluyen afirmando que van
a ganar las elecciones y otras advirtiendo de las terribles e inexorables
consecuencias que se seguirían si llegara al poder el adversario. Para la
fabricación de estas falacias los líderes políticos cuentan con la
profesionalidad de sus asesores de imagen y expertos en demagogia. Todos los
argumentos “tremendistas” conducen al engaño de la falacia de la pendiente
resbaladiza.
La falacia de “los balones fuera”.
Consiste esencialmente en eludir el asunto
ignorándolo. Ocurre cuando alguien saca la discusión de su terreno o se empeña
en probar lo que nadie discute. Un caso pintoresco es el del estudiante que le
toca por sorteo hablar en el examen de la lección 5 y habla de la 2 que ha
estudiado mejor. Yo, personalmente, cuando algunas personas me interpelan con
preguntas impertinentes suelo recurrir al chiste oportuno para distraer su
atención y derivar hacia otra cuestión. Otras veces no nos interesa entrar en
un debate sobre la licitud de un determinado proyecto que está sobre la mesa.
Para ello desviamos la atención hacia la utilidad del mismo y que nadie
discute. En un Congreso de Bioética un equipo de expertos expuso con toda
precisión y detalles las técnicas de reproducción humana de laboratorio que
ellos estaban utilizando. Quedé impresionado de la habilidad dialéctica con la
que “tiraban balones fuera” obviando las preguntas comprometedoras que
recibieron acerca de la legitimidad ética de las diversas tecnologías que
estaban aplicando. Hay gente realmente habilísima en el arte de desviar las
cuestiones hacia lo inofensivo, o que no interesa, para soslayar el trato
directo y responsable de los problemas reales de la vida.
La ley del embudo o del caso especial
Esta falacia
consiste en rechazar la aplicación de una regla apelando a excepciones
infundadas. Es la popularmente denominada “ley del embudo” (para mí lo ancho y
para ti lo estrecho) para justificar excepciones o alegar privilegios
injustificados. La falacia o engaño consiste en reclamar una excepción no
justificada de la regla. Es un recurso muy frecuente entre los políticos. La
ley es la ley para todos con excepciones por todos reconocidas. Pero siempre
hay alguien que se considera excepcional para exigir más excepciones y
privilegios. Un caso escandaloso lo tenemos con los nacionalismos violentos,
insaciables en sus exigencias y reclamo de presuntos derechos históricos
desprovistos de fundamento racional. Terminada la Segunda Guerra Mundial había
un pacto entre las potencias vencedoras de favorecer la libertad de expresión
pública siempre y cuando no se hicieran críticas negativas relevantes contra la
Unión Soviética. Durante mucho tiempo la ONU y la CE vienen reconociendo a los
árabes el ejercicio de todas las libertades sin obligación de reciprocidad en
sus respectivos países. El asunto de la libertad religiosa y del trato a las
mujeres es realmente escandaloso. El reclamo de excepciones a la ley como
derecho al privilegio es una trampa basada en razones falsas o insuficientes.
El sofisma patético
Me refiero a
todos los medios de persuasión mediante los cuales se pretende sostener un
punto de vista provocando y manipulando las emociones de las personas. En lugar
de convencer con razones se provocan los sentimientos con argumentos
emocionales. ¡Si tu padre levantara la cabeza! ¡Termino de salir de la cárcel y
mi madre está llorando! Un drogata pedía ayuda: “No hay alguien que tenga
corazón? “Lo siento, replicó uno, yo soy cardíaco”. Pero los timos de la
estampita y los alegatos sentimentales de los delincuentes no son especialmente
preocupantes. Con una vez que hayamos caído en la trampa aprendemos. Más
preocupantes son los patéticos discursos de los demagogos políticos durante las
campañas electorales. No es que sea malo apelar a los sentimientos. Pero cuando
esto se hace suplantando a las razones es malísimo. No es ilícito exhortar y
tratar de persuadir. En ocasiones es un deber. Lo inaceptable y falaz es exhortar
y persuadir para inducir a acciones o formas de conducta contrarias a la razón.
Los grandes tiranos fueron siempre maestros en el arte de persuadir mediante el
recurso al miedo, a la lealtad y a las pistas falsas. El sofisma patético
reviste un peligro particular cuando se disfraza de piedad humana o religiosa.
¡Ay, si te viera tu madre! ¡No hagas eso que es pecado! Toda nuestra vida está
impregnada de patetismo y tremendismo con perjuicio del uso sereno de la razón.
La falacia del silencio
Consiste en
considerar que algo no es cierto porque no existen datos suficientes para
sostenerlo. Datos que podemos buscar y que los hemos buscado sin éxito. Por
ejemplo: “Si El Cojo X fuera terrorista figuraría en los archivos de la
policía. Es así que no figura en los archivos de la policía. Luego, no es
terrorista. La falacia o engaño de esta argumentación salta a la vista. Es
falso que un terrorista, por el mero hecho de serlo, se inscriba
automáticamente en el registro policial. Desgraciadamente hay muchos
terroristas sueltos. Unos que lo son pero todavía no han sido acusados, y otros
que lo son y han sido liberados de la prisión. Del mero desconocimiento de las
cosas o de las personas no podemos deducir que tales no existen. Hay un nivel
de la realidad que no depende para nada de nuestro conocimiento. Tal sería el
caso de la existencia de terroristas que todavía no han sido identificados. Es
más, no podrían ser identificados si previamente no existieran. Suele decirse
que “aquello de lo que no se habla es como si no existiera”. Es un engaño. La
mayor parte de la humanidad a lo largo de la historia se ha muerto de una
enfermedad por ellos y por sus médicos desconocida. Si uno tiene cáncer, el
cáncer es una realidad por más que lo desconozca o se haga a la idea de que no
lo tiene. La realidad no puede ser acallada con nuestro silencio cognitivo. Lo
contrario es un engaño. Es la falacia del silencio. ¿Ojos que no ven, corazón
que no siente? Mentira. Una cosa es que sea conveniente mirar para otra parte
para no ver cosas que no merecen ser vistas, y otra cosa muy distinta es creer
que porque las silenciemos no existen o dejan de existir.
La falacia genética
Consiste en
valorar las cosas en la actualidad teniendo sólo en cuenta el origen o su
desarrollo. ¿Cómo es posible que tal o cual médico goce de tanto éxito con sus
pacientes cuando le hemos conocido de estudiante con dificultades para sacar
adelante la carrera? ¿Qué importancia puede tener el pensamiento filosófico de
Francisco Suárez cuando sabemos que no superó satisfactoriamente la prueba de
inteligencia para ingresar en la Compañía de Jesús? ¿Qué valor filosófico
pueden tener los libros de Xavier Zuburi cuando ya el ginecólogo que asistió a
su madre durante el parto pronosticó que, si sobrevivía, el recién nacido iba
para tonto? O “de padres gatos, hijos
michos”. Dos señoras que esperaban a sus respectivos hijos a la puerta del
colegio cambiaban impresiones sobre el progreso de sus niños en los estudios.
¿Qué tal lleva su hijo los estudios? A lo que la interpelada respondió: “mi
hijo no es muy inteligente, pero, como eso se hereda del padre “. Humor aparte,
la realidad es esta: “Genio y figura hasta la sepultura”. Lo cual quiere decir
que lo normal es que cuando algo o alguien tienen precedentes negativos, estos
suelen consolidarse con el tiempo. Hay insuficiencias genéticas, intelectuales,
culturales y emocionales que desgraciadamente nos acompañan hasta la sepultura.
Pero es igualmente cierto que el tiempo es una medicina estupenda que cura
muchos males. Los niños crecen y se hacen adultos, y con el esfuerzo y la
experiencia pueden llegar a superar a sus maestros. La vida nos curte a todos
de tal manera que la personalidad se va desarrollando y perfeccionando. Y si no
surgen circunstancias adversas importantes, una persona de origen pobre o débil
puede alcanzar con el tiempo cuotas de inteligencia y competencia impensables.
Es verdad que hay ricos que lo son porque han robado mucho. Pero los hay
también que siendo muy pobres han llegado a la riqueza a fuerza de honradez e
inteligencia. Es verdad que hay políticos que sin saber hacer la o con un canuto alcanzan las cumbres del
poder, y así nos va después. Es bien sabido que el ascenso a los cargos
políticos tiene lugar más por la confianza que por la inteligencia. Pero es
igualmente cierto que hay políticos que llegan al poder desde la mediocridad y
terminan haciéndolo mejor que otros que llegaron desde la competencia. La
falacia o engaño consiste en dudar en el presente de la competencia de las
personas teniendo sólo en consideración su origen y su pasado. Hay personas que
no evolucionan nunca enquistándose en su pasado pobre o desventurado. Otras
evolucionan a peor. Pero las hay que evolucionan espectacularmente a mejor.
Esta es la realidad de la vida que es falseada cuando juzgamos de forma
implacable en el presente a las personas teniendo sólo en cuenta sus orígenes y
errores del pasado olvidando la terapia del tiempo.
La falacia por el recurso a la ignorancia
Es el argumento
que se apoya en la incapacidad de responder a una demanda por parte del
interlocutor. Por ejemplo, cuando alguien es acusado falsamente ante los
tribunales de justicia de haber cometido un crimen y el abogado defensor es
incapaz de convencer al juez de que la acusación es falsa. A veces hay certeza
moral del crimen y legalmente no se puede demostrar. Otras veces no existe
crimen desde el punto de vista legal pero sí lo hay desde el punto de vista
moral. La sabiduría popular lo tiene claro: “El que hace la ley hace la
trampa”. Hay leyes que se crean en base a trucos lingüísticos y ambigüedades
para que todo sea posible, incluso el que el justo sea condenado y absuelto el
culpable. En los debates parlamentarios y en los medios de comunicación la
falacia o engaño por el recurso a la ignorancia es tan habitual que la gente lo
tiene asumido como cosa normal y legítima. Los espectadores esperan con
ansiedad la respuesta rápida a las acusaciones pero y la dificultad en ofrecer
una respuesta satisfactoria rápida y brillante es interpretada casi siempre
como falta de razón. Contra este engaño conviene recordar que la verdad de una
proposición o de un argumento no depende de la capacidad dialéctica del
interlocutor para responder sino de su conformidad con la realidad. No en vano
las verdades más importantes sobre la vida y los primeros principios del
conocimiento son indemostrables. Su verdad o conformidad con la realidad no
depende de nuestra capacidad perceptiva o demostrativa de los mismos. El no
poder o no saber responder con palabras apropiadas a un argumento falso no
convierte a éste en verdadero, lo blanco en negro o lo negro en blanco.
La falacia del montón
Es famoso el
ejemplo atribuido por Diógenes Laercio a Eubulides de Mileto. “Dos granos de
trigo son montón de trigo?: No. ¿Y añadiendo otro grano?: Tampoco. ¿Y añadiendo
otro?: Tampoco. Luego, mientras se añada uno a uno, nunca habrá montón”. O bien: “Si a quien no
es calvo se le arranca un pelo, no queda calvo; si se le quita otro, tampoco; y
así, pelo a pelo, nunca será calvo”. La falacia o sofisma está en asumir que
pequeñas diferencias en una serie continua de sucesos son irrelevantes. O bien
que posiciones extremas, conectadas por pequeñas diferencias intermedias, son
la misma cosa porque no podemos establecer un límite objetivo para el cambio.
La falacia o engaño consiste en afirmar que no existen diferencias entre los
extremos. O que, si existen, cualquier límite que pretendamos establecer será
arbitrario. Ahora bien, por más que en
ocasiones resulte difícil establecer esas diferencias o establecer límites
dentro de un proceso evolutivo, existen diferencias relevantes y es posible
establecer límites entre las diversas etapas de dicho proceso. Sería ridículo
decir que no hay viejos, ricos, pobres, vida, muerte, adolescencia o juventud, etc. etc. porque no podamos
establecer unos límites matemáticos entre esos extremos. No siempre sabemos con
exactitud en qué punto o momento se producen las diferencias, dónde se
encuentra el umbral de la nueva cualidad, pero sí podemos apreciar que es una
cualidad nueva y que algo ha cambiado. Existen umbrales mínimos que permiten
regular nuestras conductas en base a esos cambios reales. ¿Dónde está el umbral
de riqueza y de la pobreza, de la persona madura y anciana, de la adolescencia
y de la juventud, de los tontos y los listos, de los buenos y los mejores,
malos y peores, entre la vida y la muerte? No siempre es fácil determinarlo con
exactitud. Pero sería cuando menos sospechoso no saber distinguir un grano de
trigo de un montón de trigo chico, mediano o grande. O a un calvo del que tiene
una gran melena, a un tonto de un inteligente, o a un vivo de un muerto.
Existen diferencias grandes y pequeñas entre los extremos así como momentos
iniciales y culminantes en cualquier proceso de continuidad. El no ver o negar
esta realidad conduce derechamente a la formulación de argumentos falaces y
pueriles.
La falacia del muñeco de paja
En la falacia del
“muñeco de paja” o del espantapájaros se ataca la tesis o propuesta del
interlocutor deformándola previamente con el fin de debilitar su posición y
poder atacarla después con ventaja. Los políticos son maestros en el arte de
deformar los argumentos del adversario político y de la estrategia del
desgaste. “Su Gobierno envió tropas a Irak en misión de guerra. Mi Gobierno las
envía a Afganistán en misión de paz”. “Nosotros queremos construir un puente
hacia el futuro y Uds. hacia el pasado”. “Su partido no cree en la democracia
ni en el progreso”. Los principios en los que se inspira la acción política de
los contrincantes son desprestigiados para después poner fuera de juego
electoralmente a sus representantes. En los argumentos personales o “ad
hominem” se va directamente a por la cabeza del líder. En los argumentos del
“muñeco de paja”, en cambio, se atribuyen al adversario todas las sinrazones y
desastres que llevarían a la ruina al país deformando sus razonamientos
dándoles la vuelta en su contra. En el fondo se está criticando una realidad
compleja como si fuera simple, o manifiestamente falsa o inexistente.
El procedimiento
suele ser mediante el recurso a la exageración para deformar los argumentos
contrarios. Por ejemplo, lo que uno
afirma como probable o verosímil, el adversario lo entiende como seguro o
indudable. Otras veces se recurre a las generalizaciones injustificadas. Donde
se dice algunos se traduce todos. Y donde se dice algunas veces se interpreta como si se
hubiera dicho siempre. Así de
sencillo. Para arruinar la posición del adversario político nada más eficaz que
citar frases fuera de contexto, descubrir intenciones ocultas donde no existen
y exagerar las cosas relativas al adversario de forma que no se parezcan en
nada a la realidad. Ante maestros en el arte del desprestigio moral del
adversario político los electores tienen pocas defensas y a los más sensatos y
avisados sólo les queda como opción ejercer el derecho al “pataleo” y a la
expresión pública de su indignación.
No se sigue
Hay veces que los
razonamientos son tan tontos que no se sabe qué admirar más, si la ingenuidad y
falta de reflexión de quienes los formulan o la ingeniosidad chistosa, si es
que no queremos ponernos a llorar. El médico pide una radiografía pulmonar a un
paciente fumador y, a la vista de la misma, le aconseja que deje de fumar
urgentemente si no quiere dejar su domicilio para ser instalado rápidamente en
el cementerio. A lo que el paciente responde: “Bueno, de algo hay que morir”.
Obviamente esta conclusión no se deduce de las premisas. Está claro que de algo
tenemos que morir. Pero de ahí no se sigue que tenga que ser en un plazo breve
de tiempo por no dejar de fumar. En este caso, como en infinidad de otros, el
argumento sentimental, motivado por la dificultad o imposibilidad de abandonar
los malos hábitos adquiridos, suplanta al uso de la razón convirtiéndose en una
fuente inagotable de razonamientos absurdos y de infelicidad. Es inútil y
peligroso empeñarnos en dar coces contra el aguijón buscando en la vida “los
tres pies al gato”. Los gatos normales tienen cuatro patas. Igualmente hemos de
evitar deducir conclusiones de premisas en las que no están incluidas. No
busquemos agua en fuentes secas.
Petición de principio
Consiste en
argumentar suponiendo como verdadero aquello que se debe demostrar. Con lo cual
se expresa la idea de que la garantía de una demostración no puede apoyarse en
la conclusión. Las cosas no se prueban por sí mismas y por ello necesitamos
hacer razonamientos en los cuales lo que sirve de fundamento debe ser más claro
y conocido que lo que se quiere probar. La falacia o engaño surge siempre que
damos como cierto y seguro aquello mismo que justamente es preciso demostrar.
La policía comunista, por ejemplo, arrestaba a un ciudadano por un “quítame de
ahí esas pajas” y automáticamente era condenado como “enemigo del pueblo”. Para
los tribunales de justicia comunistas (por llamarlos de alguna manera) ser
arrestados por la policía y ser “enemigos del pueblo” era prácticamente lo
mismo expresado con palabras diferentes. Con lo cual nunca se sabía si el
acusado era o no un delincuente que debiera rendir cuentas ante la justicia. Se
daba por supuesto que por el hecho mismo de ser arrestado por la policía era un
malhechor y los jueces procedían en consecuencia mediante un proceso en el cual
lo único que hacían era exigir que el detenido confesara que realmente era un
malhechor.
Si decimos que el
opio produce sueño porque es soporífico y que es soporífico porque induce al
sueño, estamos diciendo lo mismo con palabras distintas quedándonos sin saber
realmente por qué el opio es soporífero o induce al sueño. Incurrimos, demás,
en lo que se denomina “círculo vicioso”. En la petición de principio se da por
supuesto que el interlocutor aceptará como evidente una proposición no
demostrada. Esto ocurre con frecuencia en los discursos religiosos y políticos.
Por ejemplo, cuando un cristiano habla de la divinidad de Cristo a un auditorio
que ni siquiera cree en Dios. Los oyentes quedarían estupefactos porque, para
ellos, no tiene sentido hablar de la divinidad de nadie sin saber antes si Dios
existe. Otro ejemplo. Si un científico dice: “Dios no existe, porque el
universo no tiene causa”, el razonamiento resulta falso ya que da por supuesto
lo que hay que probar, a saber, que el universo no ha sido causado. Igualmente,
si un filósofo plantea el problema de la existencia de Dios y concluye: “Dios
existe, porque es un ser perfecto en sí mismo”, incurre en la misma falacia o
engaño ya que no tiene sentido lógico afirmar algo de Dios sin saber antes si
existe. Una vez más se da por sabido con otras palabras aquello que hay que
demostrar. La publicidad comercial y la propaganda política son un campo minado
de sofismas afines a la petición de principio. Se nos venden como buenos
productos propuestas o ideas cuya calidad sólo conocemos demasiado tarde después
de haberlos pagado o votado.
La pista falsa
Consiste en
despistar o distraer la atención del oponente o del auditorio de forma que éste
centre su atención en algún asunto colateral y así hacer pasar desapercibida la
debilidad o falta de fundamento de la propia proposición. La pista falsa no es
lo mismo que “cambiar de tercio” pasando a discutir de otra cosa. El público se
daría pronto cuenta de la “huída” y no se produciría el engaño. La pista falsa
decimos que ha de ser colateral porque ha de estar de alguna manera relacionada
con el problema que está sobre la mesa. Durante un debate televisivo, por
ejemplo, yo tenía a mi lado a la pareja que recababa el apoyo público para
realizar una maniobra de biotecnología reproductiva a todas luces inmoral. Yo
expuse mis razones en contra pero eran sistemáticamente ninguneadas tratando de
distraerme con preguntas y comentarios afines a la cuestión con el fin de que
el público se olvidara de las verdaderas razones de mi oposición. Obviamente,
el objetivo de disimular la debilidad de nuestros argumentos, distrayendo o
despistando al interlocutor o a la audiencia, se consigue con gran eficacia por
la vía sentimental. El público no suele implicarse en las verdaderas razones de
los debates, pero pone toda la carne en el asador cuando se toca el palillo de
sus sentimientos y emociones. Si, por ejemplo, de lo que se trata es de
producir, natural o artificialmente, un embrión humano para usarlo con fines “terapéuticos”,
los promotores de estas prácticas lograrán más fácilmente su objetivo
despistando a sus opositores con incisos sentimentales que aduciendo razones
realmente válidas. De esta forma los tramposos simulan estar al lado de lo
grande y bueno y los incautos son tildados de insensibles al dolor ajeno. ¿Es
que a Ud. no le importa el progreso científico o la salud de los demás? Ante
estos ataques al sentimiento no es de extrañar que hasta el amor propio y las
lágrimas terminen suplantando a las razones. Con lo cual el engaño resulta aún
más humillante.
Confusión de los deseos vehementes con la
realidad
Tiene dos modalidades interesantes. La primera consiste
en el engaño al que suele conducir el considerar sólo y exclusivamente las
posibilidades favorables de una alternativa despreciando otras posibles. La
falacia se produce al pensar que, por el mero hecho de que las cosas pueden
salir bien, saldrán bien con toda seguridad. Es la falacia del cuento de La
lechera. Construimos argumentos basados en una serie de relaciones causa-efecto
para concluir en un final feliz. Pero mientras vamos absortos en nuestra
ensoñación tropezamos, caemos y se quiebra el cántaro desparramándose la leche
por el suelo. Y así, todo nuestro gozo en un pozo. En las campañas políticas tienen lugar casi siempre los dos
extremos de la misma falacia. El primero equivale al sofisma de la corriente
resbaladiza. Ya desde el primer momento del discurso se enfatizan tanto las presuntas
consecuencias catastrofistas, que inevitablemente se seguirán de votar al
opositor, que sería una temeridad imperdonable votar a su favor. El segundo extremo
consiste en mostrar un resultado final altamente positivo pero incierto. De lo
que se trata ahora es de ofrecer un panorama atractivo que distraiga de la
falta de razones realmente objetivas y poderosas para reclamar el voto
favorable. Pero esto mismo puede hacerse en clave de pendiente resbaladiza o
del cuento de La lechera. A un
candidato político, por ejemplo, se le puede promocionar enumerando las
presuntas consecuencias negativas que se seguirían para la ciudad o el Estado
de no ser elegido. O bien ensalzando las maravillas que con toda seguridad se
producirán en beneficio de todos en caso de serle otorgado el voto de confianza
para gobernar. En esto los asesores de imagen y directores de las campañas
tienen la última palabra sobre qué alternativa puede resultar más eficaz en
cada caso. El sofisma o engaño está en dar por seguro sólo lo bueno que
deseamos o lo malo que no queremos. Lo que ocurre es que en la vida real las
cosas funcionan de otra forma menos simplista. La mera posibilidad de que una
cosa salga bien no excluye la posibilidad de que salga mal, y viceversa.
Igualmente, el mero hecho de desear algo intensamente no significa que lo
deseado sea una realidad. Cuando confundimos nuestros deseos con la realidad
deseada es porque o no usamos bien la razón, o la tenemos peligrosamente
perturbada.
De lo dicho a lo largo de este capítulo se deduce hasta
qué punto los sofismas o falacias son razonamientos tramposos que es preciso
detectar y evitar. Nos siguen por todas partes como los “virus” en los
quirófanos. Hay que conocerlos y aprender a inmunizarnos contra ellos. Unas
veces basta un poco de sentido común y de observación para descubrir y dar
muerte al “bicho”. Pero otras veces es muy difícil y requiere mucho
adiestramiento ya que hay argumentos falsos muy brillantes que pueden
deslumbrarnos. De ahí la conveniencia de conocerlos bien y aprender a manejar
el lenguaje. En este sentido resulta de todo punto indispensable el
conocimiento y manejo de los géneros literarios utilizados en los diversos
campos de las ciencias del arte, de la cultura en general y del lenguaje
coloquial ordinario.
7. El metalenguaje
Los sofismas son
como zarzas en el camino que nos acompañan a todas partes con el peligro de
llegar a nuestro destino, si no malheridos, ciertamente cosidos de rasguños y
desfigurados. En este contexto me parece muy oportuno dedicar unas palabras al metalenguaje para aprender a manejar el lenguaje de forma
que sirva para mejorar nuestras relaciones coloquiales. Se trata de un lenguaje
que codifica las ideas de forma distinta que el lenguaje natural y científico.
De hecho, es un lenguaje escondido o latente en el lenguaje natural. Un ejemplo
de la vida real. El viajero llega con su coche a una gasolinera. El
funcionario, que se encuentra leyendo tranquilamente el periódico, le vio llegar
pero siguió su lectura exasperando al viajero, que viajaba con prisa. Cuando el
empleado terminó de leer la prensa dobló el periódico y le preguntó: ¿Qué
desea, señor? Y el viajero, malhumorado, le contestó irónicamente: ¡gasolina!
En realidad, el verdadero significado de la pregunta del empleado de la
gasolinera es un reproche que hace a su cliente por haber llegado en el momento
justo en que le obligaba a interrumpir su lectura de la prensa. El metalenguaje
está relacionado con los sofismas y el uso de segundas intenciones tanto en el
lenguaje coloquial como de la publicidad. Tomemos como ejemplo algunos de los reclamos
de venta de pisos, formulados por Allan Paese/Garner.
“Comprar ya. Ocasión única” = Tenemos problemas para
vender. “Interesante”= Feo. “Espacio bien aprovechado”= Muy pequeño. “Estilo
rural”= Frío y desangelado. “Con muchas posibilidades de desarrollo”= Zona
subdesarrollada. “Bien situado”= Ubicación en un lugar cualquiera. “En zona
buena y tranquila”= Lejos de comercios y escuelas. “Fachada soleada”= Orientada hacia poniente. “Transporte a la
puerta”= Parada de autobuses a dos
metros de la entrada. “Muchos rasgos originales”= Servicios higiénicos en el
corral. “Ideal para hacer reformas con mucha imaginación”= Puesta al día
costosísima.
Es obvio que si alguien desea comprar un piso y no
traduce correctamente el significado de estos anuncios o de otros similares, lo
más probable es que termine desilusionado con la sensación de haber sido
engañado. Cuando se dice: “Esto hay que leerlo entre líneas” estamos
reconociendo que no sólo hay que tener en cuenta lo que dice materialmente un
texto sino también, y a veces sobre todo, lo que el autor del mismo ha querido
sugerirnos. Lo mismo ocurre en la conversación oral. ¡Cuántas veces formulamos
y recibimos preguntas de sondeo! En las consultas profesionales, en las que
está en juego la intimidad de las personas, con frecuencia el éxito de nuestra
respuesta está en “adivinar” lo que realmente quieren decir nuestros clientes
mediante gestos y preguntas de sondeo. El error está servido cuando respondemos
al significado literal de las preguntas y no a lo que realmente nos están
preguntando.
¿Por qué el
metalenguaje hablado y cómo aprender a manejarlo con éxito? Muchas veces la
mala convivencia de las personas y la falta de amigos tienen su origen a un
defecto de comunicación verbal por no saber manejar el metalenguaje. Tomemos
como punto de partida de este discurso el diálogo entre dos desconocidos. Lo
normal es comenzar con un aséptico “¿cómo está Ud”?, que suscita
automáticamente un “bien ¿y Ud.?”. O simplemente: “Encantado de conocerle”.
Estas y otras expresiones análogas forman parte de un ritual de cortesía que
ponemos automáticamente en marcha. Al final del encuentro podemos concluir con
un “encantado de haberle conocido”, que lo mismo puede ser una confesión
sincera que el deseo elegante de perderlo de vista. El metalenguaje lo
utilizamos constantemente sin darnos cuenta y juega un papel decisivo en el
éxito o fracaso de nuestras relaciones personales y sociales. De ahí la
conveniencia de aprender a detectarlo y descodificarlo con acierto para evitar
malos entendidos, discusiones violentas, rechazos y sufrimiento moral. Veamos
algunos ejemplos prácticos que corroboran esta afirmación.
Las
preguntas irritantes
Hay personas cuya
conversación resulta cuando menos desagradable por el uso constante de palabras
y expresiones insidiosas. Por ejemplo, “como Ud. sabe mejor que yo”; “Ud. que
es una persona inteligente”; “Cómo diría yo, una especie de… bueno, Ud. me
comprende”. ¿“Sabe Ud.”? Para pedir algo dan vueltas y rodeos hasta que nos
obligan a gritar: “Por favor, aclárese de una vez y dígame qué ha ocurrido o
qué quiere de mí”. A veces se trata de personas buenísimas pero insoportables.
Otras veces son personas manifiestamente insidiosas y ladinas. Lo peor es
cuando, tanto unas como otras, toman la ofensiva de la conversación haciéndonos
una cascada de preguntas impertinentes de carácter personal. Por ejemplo: “De
dónde vienes y a dónde vas”. Si les informamos de que un amigo común se
encuentra gravemente enfermo de cáncer, se apresurarán a preguntar “dónde tiene
el cáncer”. Si decimos que hemos estado recientemente de viaje en el extranjero
nos preguntarán si conocemos tal o cual país o cuántos idiomas hablamos. Y no
digamos que estamos jubilados porque la pregunta inevitable la tienen en la
punta de la lengua: ¿“Y qué haces ahora”?
Estas y tantas otras preguntas parecidas, que
se usan en la vida diaria de forma rutinaria, tienen una respuesta común “ad
hominem” tan sencilla y fácil de formular como esta: ¡“Y a ti o a Ud. qué le
importa”!. ¡Métase en sus asuntos! Son preguntas irritantes debidas, en el
mejor de los casos, a la ingenuidad, la incultura y siempre a la falta de
reflexión. Pero muchas veces son preguntas deliberadamente insidiosas y
emocionalmente desestabilizadoras. Este tipo de preguntas es muy corriente en
lo debates políticos y en las entrevistas periodísticas sensacionalistas. No
favorecen la buena convivencia ni el progreso en la verdad. De ahí la
conveniencia de poner la razón por delante para no caer en la trampa de las
insidias o de las impertinencias. Las insidias encuentran el terreno abonado en
las frases y expresiones adulatorias. La adulación es un tipo de metalenguaje muy peligroso.
Palabras con carga emocional
Toda palabra
pronunciada tiene alguna carga emocional. Nadie, por ejemplo, dice padre,
madre, hijo, calma o tranquilidad sin poner en juego alguna dosis de emoción de
buena o mala calidad. Pero cuando, hablando del metalenguaje, nos referimos a
la carga emocional de las palabras nos estamos refiriendo a la intensidad afectiva
que ponemos en unas por relación a otras. Por ejemplo, el término mujer sin más es un sonido desprovisto
en sí mismo de emoción. Esa palabra suelta lo mismo la puede articular un loro
que reproducir una cinta grabada sin carga emocional ninguna. Pero si un
caballero se presenta en sociedad y dice: “esta es mi mujer o mi esposa”, es
obvio que se ha producido una carga emocional. No es lo mismo decir “el jefe”
que “mi jefe”. El jefe puede significar un cualquiera ante el cual no
manifestamos ni simpatía ni antipatía. Cuando termina su mandato se elije a
otro y asunto terminado. Pero “mi jefe” lleva carga emocional explícita,
favorable o desfavorable. No sería insólito oír decir algo como esto: “Mi Jefe,
que es una gran persona, o un impresentable…” En cualquier caso se destaca la
carga de emotividad inherente. No es lo mismo decir “mi país pasa por un mal
momento” que “mi patria está en grave peligro”. En el primer caso no hay una
implicación afectiva propiamente dicha. En el fondo lo que se quiere decir es
que, si el País va mal, no es por culpa nuestra sino de los gobernantes. En el
segundo caso se deja entrever que tenemos el deber de implicarnos poniendo todo
lo que esté de nuestra parte para obviar el peligro. La patria es el lugar
concreto donde hemos nacido y se ha fraguado lo mejor de nuestra personalidad.
De ahí la relación afectiva hacia ese lugar geográfico y nuestro interés por
que las cosas funcionen bien. Y si un trabajador abandona una empresa para
cambiarse a otra es obvio que esa decisión no tiene la misma carga emotiva que
si abandona a su esposa y sus hijos para irse con otra mujer.
El énfasis de las palabras
Las frases
cambian de sentido según que se enfatice una palabra u otra. Por ejemplo: “Yo tengo que aceptar este puesto
de trabajo que se me ofrece”. Traducción: Es necesario que yo antes que nadie
otro lo acepte“. Es necesario
que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: No me queda otra
alternativa. “Es necesario que yo acepte
este puesto de trabajo”. Traducción: Debo aceptarlo sin hacer críticas ni
rechazarlo. “Es necesario que yo acepte este
puesto de trabajo”. Traducción: Este puesto de trabajo y no otro. “Es
necesario que yo acepte este puesto de
trabajo”. Traducción: No me gusta. Lo desprecio. Un ejemplo clásico de
metalenguaje por acentuación es el siguiente. ¿Cuántos animales de cada especie introdujo Moisés en
el Arca? Lo más probable es que mucha gente, después de breve reflexión,
responda que dos, cuando la respuesta correcta es: ninguno. El acento ha
producido un despiste importante olvidando que hay una falsedad. En efecto, el
protagonista del relato bíblico en cuestión no es Moisés sino Noé. El acento en
una determinada palabra o expresión puede llevarnos a una respuesta falsa. Esta
técnica falaz del énfasis o acento de palabras o expresiones se utiliza habitualmente
en las entrevistas periodísticas cuando el entrevistador trata de llevar el
agua a su molino y formula las preguntas al entrevistado forzándole a contestar
en un sentido u otro. Los sofismas son expresiones del metalenguaje que se
pueden manejar insidiosamente o sin malicia manipulando a nuestros
interlocutores. Hay personas que, en su afán de ser corteses y respetuosas,
hacen preguntas o formulan proposiciones que en el fondo son formas
inconscientes de manipulación.
Uso de clichés o expresiones manidas
Son palabras o expresiones prefabricadas que se utilizan
por falta de imaginación, pereza mental o mala costumbre. Unas veces sirven para
justificar afirmaciones irrelevantes o carentes de interés. Expresiones como:
“si no recuerdo mal”; “antes de que se me olvide”; “a propósito de lo que
acabas de decir”; “bueno, en cierto modo…”; “hasta cierto punto, claro está”;
“siempre mejorando lo presente”; “no será para tanto”; “nosotros los de a pié”;
“hay un vacío legal de poder” son una forma manifiesta de restar interés por lo
que dicen los demás. Se comprende que las personas de baja cultura o “cursis”
se vean obligadas al uso de frases de repertorio.
Pero hay otras que tienen la mala costumbre de ningunear
lo que dicen los demás interrumpiendo constantemente su discurso con observaciones
críticas, preguntas impertinentes o inesperadas. O dando consejos que nadie les
ha pedido como si estuvieran obligados a ello. Los periodistas suelen ser
maestros en el uso de frases hechas y tópicos comunes como los militares y
eclesiásticos en el acoso al interlocutor con aclaraciones críticas y consejos
moralizantes inoportunos. Pero no siempre el uso de estas expresiones tienen
como objeto restar importancia a lo que dicen los demás. A veces esas meta-expresiones
son utilizadas para destacar la importancia de lo que con ellas se quiere
decir. Verdaderamente, dice el padre al hijo, has obtenido unas calificaciones
óptimas y tendremos que celebrarlo. Pero, ya que hablabas ayer de vacaciones,
conviene que sepas que este año no iremos a la playa. Obviamente, “ya que
hablabas de vacaciones” en este caso no es para restar importancia al tema sino
todo lo contrario. La conversación con personas que hablan un lenguaje de
repertorio suele resultar pobre y hasta desagradable. Para que una conversación
o intercambio de comunicación con otras personas resulte amena e interesante
hay que tener imaginación para evitar los tópicos comunes hablando con
personalidad propia y no desestimar sistemáticamente lo que dicen los demás, aunque
ello no sea de nuestro interés o agrado. Es mejor hablar claro y con respeto a
las personas que jugar al gato y el ratón a ver si adivinamos lo que nos
estamos diciendo. No es un arte fácil pero vale la pena aprender a
manejarlo.
Las metapalabras
No son frases o expresiones sino palabras sueltas con las
que se trata de velar la verdad o de inducirnos a error. Por ejemplo, cuando
alguien comienza su discurso con palabras como estas: “Sinceramente”, “por mi
honor”, es obvio que durante el discurso va a ser menos sincero y honesto de lo
que promete. La audiencia lo “huele” sin devanarse demasiado los sesos. Y no
olvidemos a los que tratan de reforzar sus puntos de vista mediante el recurso
al juramento. “Te lo juro por mi madre”, o “te doy mi palabra de honor”. Quienes
así se expresan nos inducen a pensar con fundamento que mienten. Otras veces el
orador empieza su discurso prometiendo que será “breve”. Lo más frecuente es
que, salvo honrosas excepciones, el discurso será largo y aburrido. En
ocasiones las metapalabras son un arma eficaz para forzar a nuestro
interlocutor a que esté de acuerdo con nosotros haciendo suyos nuestros puntos
de vista. “Los políticos son todos unos mentirosos, ¿no es así?”. Hay personas
que sistemáticamente tienen la costumbre de terminar su discurso interpelando
al interlocutor con expresiones como estas: ¿“Verdad que sí?”; “supongo que
estará Ud. de acuerdo conmigo”; “¿ha visto Ud. tal cosa u oído lo que ha dicho
fulano o menganita? Pues ¡ya me dirá usted”! Son formas de forzar al
interlocutor a pronunciarse a favor de un determinado punto de vista con un
simple sí o no. Nos encontramos ante el
sofisma de la falsa disyuntiva.
Estamos en el despacho y entra un agente comercial. Buenos
días, ¿es Ud. el prof. Koch? Sí, en qué puedo ayudarle. ¿Puedo robarle sólo dos minutos de su tiempo? El
prof. Koch se percata de que el visitante es un agente de negocios que se
dispone a sacar de la cartera un fardo de información comercial sobre un
determinado producto. Al cabo de un cuarto de hora el prof. Koch se disculpa
diciendo que los alumnos le están esperando en el aula. Sólo dos minutos, tal como se ponían las cosas, podían haberse
convertido en una hora si el prof. Koch no corta por lo sano. El adverbio solamente puede utilizarse con otros
significados meta-lingüísticos. Por ejemplo, para atenuar la potencial
culpabilidad de la que uno puede ser acusado ante los tribunales. El acusado es
inculpado por el fiscal de robar en una granja. A lo que el acusado responde: “solamente he robado una gallina en caso
de extrema necesidad”. Robar en una granja puede significar haber cometido
muchos y graves crímenes mientras que robar solamente
una gallina por extrema necesidad cambia por completo el estado de la cuestión.
Otras veces el solamente encubre un
engaño u otra significación. En tiempo de las rebajas comerciales podemos encontrar u oír anuncios como este: “Sólo por 29,99 euros”. Es una forma de
sugerir a los clientes que el producto es muy barato para que nos decidamos a comprarlo. Sería largo el análisis
de las metapalabras de un idioma.
Expresiones manipuladoras y egolátricas
El metalenguaje manipulador consiste en llevar al
interlocutor a nuestro terreno para allí imponerle nuestros propios puntos de
vista. He tratado este tema ampliamente en diversas ocasiones y las
consideraciones siguientes sirven de complemento a lo dicho más arriba sobre la
manipulación en los medios de comunicación social como impedimento para el
correcto uso de la razón. Expresiones como “no cree Ud”; “no le parece que”;
“acaso no es verdad que” son formas de forzar al interlocutor a dar una
respuesta afirmativa incondicional. Y más aún cuando se toca la vena
sentimental o sentimientos de piedad. Los protagonistas de campañas públicas a favor de los pobres y necesitados
de todo tipo corren siempre el riesgo de utilizar argumentos manipulatorios
para persuadir a la gente a que sea generosa. Esto ocurre cuando los líderes de
las campañas se embarcan en sus discursos en la vía sentimental en lugar de
razonar con argumentos objetivamente fiables sus peticiones de ayuda. De ahí
que puedan darse timos y engaños escandalosos. Lo mismo que en el “timo de la
estampita”, el engaño en las campañas públicas de beneficencia radica en la
manipulación de los sentimientos de las personas con frases emotivas e imágenes
sensacionalistas y hasta falsas. Sin llegar a estos extremos, hay expresiones
manipuladoras que se aceptan normalmente en la conversación ordinaria. Por
ejemplo. “Como Ud, sabe mejor que yo”; “sin ningún lugar a duda”; “Ud. que es una persona
inteligente”, y tantas otras, con frecuencia no son más que formas de manipular
al interlocutor forzándole a aceptar puntos de vista con los que en el fondo no
se está de acuerdo. Siempre que tratamos de convencer a otros de algo por la
fuerza de la persuasión y de los sentimientos, y no de forma libre y respetuosa
mediante razones objetivas y desinteresadas, estamos incurriendo en alguna
forma de manipulación metalingüística. El metalenguaje se presta, además, a las
mil maravillas para la diseminación de rumores y noticias falsas.
Hay también expresiones metalingüísticas egolátricas.
“Según mi humilde parecer”. “Un servidor piensa que”. Esta forma de expresarse
en público puede obedecer a una formación religiosa apocada y timorata poco o
nada recomendable. En efecto, hay personas que se expresan de esta forma
obedeciendo a consignas pedagógicas piadosas inofensivas. Pero no siempre es
así. Bajo la capa de humildad se oculta con frecuencia un culto al yo y una autosuficiencia
detestable. Se cumple aquello de “dime de qué presumes y te diré de qué
careces”. Detrás de las apariencias externas de falsa humildad y de los
amaneramientos sociales se ocultan muchas veces el orgullo y la autosuficiencia
más repelentes. Cuando a un potentado económico, por ejemplo, se le pide ayuda
para resolver un problema puntual de miseria humana y responde: “He hecho ya
todo lo que estaba de mi parte para resolver este problema”, a lo mejor es
verdad. Pero cabe también que todo lo que hizo se redujera a dar una orden a
otra persona para que resolviera el problema mientras él hacía un viaje de
placer. En tal caso el significado metalingüístico de su respuesta podía ser
este: soy rico, los pobres dependen de mí y mis subordinados cumplen órdenes por la cuenta que les tiene.
Metalenguaje popular
Me refiero a las
frases de ritual más frecuentes en los actos de sociedad como pueden ser,
bodas, funerales, conferencias etc. “No me he pasado hablando, verdad? El
significado real podía ser este: sé que he hablado demasiado, pero Ud. diga que
no, que he estado a la altura de las circunstancias. O esta otra: ¿“He dicho
algo inconveniente o que debiera haber callado?”. El que hace esta pregunta
está convencido de que ha dicho algo que no debía pero pide al interlocutor una
respuesta negativa. Hay personas que en los pésames por los difuntos prometen la luna a los
familiares en caso de que tuvieran necesidad de ella. Sería una ingenuidad
tomar esas promesas en serio. Expresiones como “era muy joven todavía”, en realidad
es una forma de confesar que nos sentimos aludidos. La muerte de este “joven”
de setenta años representa un aviso para
los que ya han cumplido los sesenta y nueve. En la tienda el dueño me hablaba
de su próxima jubilación como de algo absolutamente indeseable con frases y
gestos muy explícitos. Al final entendí que me estaba hablando del miedo que
tenía a morirse pensando en su hermano que había fallecido poco después de la
jubilación. Cuando hablamos de “los mayores” o de “la tercera edad”, en realidad
estamos burlando la realidad de nuestra propia vejez. “Ud. es mayor, no viejo”.
Cuando un interlocutor nos habla así es porque no quiere reconocer su propia
edad ya alejada de la juventud. Al final de las conferencias es frecuente oír
comentarios de este jaez sobre el conferenciante: “Se ve que está bien
informado”; “Tiene mucha facilidad de palabra”; “es una persona muy dinámica”;
“tiene mucha capacidad de síntesis”; “Estuvo interesante”; “se ve que es una
persona dialogante”. Y, como estas, otras muchas expresiones cuyo significado
real es que el conferenciante no ha dicho nada realmente importante, o que ha
perdido su tiempo hablando a un público que no ha entendido el contenido de la
conferencia. Es lo mismo que cuando nos dicen: “Ud. ya sabe que mi casa es suya
y que está siempre invitado a comer”. Es una forma de decirnos que, sin previa
invitación, nuestra visita será siempre inoportuna y molesta.
Metalenguaje político y de los negocios
La política es siempre un campo abonado para el metalenguaje.
El uso del metalenguaje en política consiste en construir un muro impenetrable
de palabras difíciles de entender causando la impresión de que el político es
una persona hábil e inteligente. Las entrevistas mediáticas a los políticos son
un laboratorio impresionante de metalenguaje. En los regímenes autoritarios y
dictatoriales los políticos suelen responder a las preguntas de los
informadores con desprecio total hacia los profesionales de la información, sin
excluir las amenazas implícitas cuando les hacen preguntas comprometedoras. En
los regímenes democráticos, en cambio, lo más frecuente en el lenguaje político
consiste en echar hábilmente balones fuera y mentir por las estrellas, si ello
fuere menester. Hasta el extremo de que a veces se tiene la impresión de que, a
fuerza de mentir, terminan creyéndose ellos mismos sus propias mentiras. El
humorista se pregunta: ¿“Qué diferencia hay entre un diplomático y un
político”?. Respuesta: “El diplomático dice lo que no piensa y el político no
piensa lo que dice”. En efecto, los discursos y escritos políticos son como
campos minados de sofismas y trucos metalingüísticos y hay que leerlos entre
líneas para que no exploten en nuestras manos.
Lo mismo cabe decir tratándose de negocios. A nivel
personal los líderes comerciales suelen incurrir en autosuficiencia y
egolatría. Cuando hablan los ricos la razón calla. “Los negocios son los
negocios” significa que en nombre de la rentabilidad económica los agentes de
la productividad pueden permitirse el lujo de hacer y pensar lo que quieran.
Las personas y los capitales son o no son productivos. El que produce y paga,
manda. Los demás son considerados como seres inútiles, parásitos o indeseables.
Cuenta el humorista que un investigador famoso, pero que era tartamudo, comenzó
su conferencia ante el gran público con estas palabras: “Señoras y señores. No
tengan Uds. en cuenta lo que quiero decir sino lo que digo, porque mese empalabran los trabucos”. Con el metalenguaje ocurre lo contrario. Hay que poner
más atención a lo que nos quieren decir los que lo usan que a lo que dicen.
Nuestros interlocutores en este caso no son tartamudos sino gente que articula
muy bien sus insidias y engaños sofísticos. Para que esto quede más claro vale
la pena terminar este asunto del metalenguaje con unos ejemplos más tomados de
la vida ordinaria.
Pregunta: ¿Qué opina Ud. de las últimas elecciones?
Metarespuestas: “Hemos obtenido mejor resultado que en las elecciones
precedentes”; “Hemos conseguido un avance notable con el voto femenino”; “Hemos
actuado con mayor corrección democrática que ninguno otro partido”. “Haremos
una oposición constructiva”. Traducción: Hemos
perdido las elecciones Pregunta: “Qué te parece mi nuevo apartamento?
Metarespuestas: “Se nota que está habitado”; “Te sientes como en casa”; “¡Qué
colores más interesantes!”; “Me encanta porque no soporto el orden exagerado”;
“Te vienen ganas de descalzarte, ponerte cómodo y descansar”. Traducción: Es un cochitril, una pocilga. Pregunta:
“Como Presidente del Gobierno de la Nación, qué medidas va Ud. a tomar respecto
a los problemas que le han sido presentados? Metarespuesta: “He seguido con
mucho interés las sugerencias que me han presentado Uds. y las he anotado
minuciosamente”; “En la primera ocasión que se presente presentaré todos estos
problemas al Consejo de Ministros”; “Le aseguro que, a partir de este momento,
estos problemas tendrán prioridad”. “Me ocuparé de ellos lo más pronto
posible”. Traducción: No voy a tomar
ninguna medida. Pregunta: ¿“Qué impresión te causó el novio de mi hija”:
Metarespuestas: “Sinceramente bien”; “Parece trabajador”; “Parece un hombre
bien intencionado”; “Va vestido a la última moda”; “Es la primera vez que le
veo y no tengo nada en contra de él”; “Dicen que vuelve locas a las mujeres”.
Traducción: Es un impresentable. Pregunta:
¿“Le molesta a Ud. que fume”?.Traducción: Ya
sé que le molesta, pero me da igual. Me apetece y voy a fumarme un cigarrillo. Metaproposición:
“Sinceramente la encuetro a Ud. más delgada que la última vez que nos vimos”.
Traducción: Está Ud. muy gruesa.
Metaproposición: “La conferencia se desarrolló con normalidad, se trataron
asuntos interesantes y terminó con un diálogo franco”. Traducción: Fue una pérdida de tiempo. No te perdiste
nada con tu ausencia.
Pero no sólo hay metarespuestas a preguntas normales.
También hay metarespuestas a metaproposiciones. Por ejemplo: Metaproposiciones:
“Siento que tal vez he dicho algo inoportuno. No sabía que el Sr. Ramírez es
vecino de Ud”. Metarespuestas: “Todo está en regla. No hablemos más de este
asunto”. “No tenía Ud. por qué saberlo”. “No se sienta Ud. mal por esta causa”.
“Estoy seguro de que el Sr. Ramírez no se ha dado cuenta”. Traducción: Es Ud. un imprudente sin tacto ni modales adecuados. Metaproposición:
“En nombre de los Sindicatos dispensen las molestias que pueda causar nuestra
huelga”. “Tráfico cortado por obras. Perdonen las molestias”. Traducción: Nos da igual que la huelga cause molestias
al público si nosotros conseguimos nuestros objetivos. Es igual que haya o no
problemas de tráfico. Lo importante es que nuestros proyectos urbanísticos
estén acabados para las próximas elecciones.
Metaproposición:
“Un día tiene que venir Ud. a cenar en mi casa”. Traducción: Venga a mi casa sólo y cuando sea invitado.
No venga a mi casa sin previa invitación. Metaproposición: “Iremos a cenar
en un restaurante japonés. Espero que le guste la comida japonesa”. Traducción:
Le será servido un menú japonés
indiferentemente de que le guste o no. Metaproposición: “Por favor, no se
preocupe por mi”. Traducción: No se
moleste, estoy acostumbrado a que me traten como a un “Don nadie”.
Metaproposición: “Todos estamos implicados en este asunto”. Traducción: Si fracasamos repartiremos las responsabilidades.
Pero si triunfamos, el mérito y los honores serán míos. Metapregunta:
¿“Tuviste muchos problemas para aparcar el coche?”.Traducción: “¿Por qué llegas tan tarde a casa? Metaproposición:
“La calidad de los servicios de este hotel
son tan buenos como hace quice años”. Traducción: La calidad de los servicios de este hotel no ha mejorado nada durante
los últimos quince años.
8. Géneros literarios y falsificación de la
realidad
Terminamos de
hablar de los sofismas y del metalenguaje para tomar conciencia de las trampas
y engaños en que podemos caer cuando hablamos con o/a los demás. Son trucos que
impiden entendernos correctamente mediante el lenguaje hablado. Ahora vamos a
recordar brevemente los géneros literarios escritos. Me refiero a las múltiples
formas de escribir en las que está en juego nuestro compromiso con la realidad
y la verdad sobre lo que escribimos. No es lo mismo, por ejemplo, describir una
rosa con lenguaje poético en un soneto que mediante el lenguaje científico de
laboratorio. El género literario es una forma de escribir con características
propias, que el escritor utiliza con alguna intención personal o por alguna
causa concreta. El autor del libro bíblico conocido como El Apocalipsis, por ejemplo, tuvo sus buenas razones para
escribirlo en clave apocalíptica forzado por la falta de libertad de expresión
y el estado de represión política de los destinatarios del libro cuando éste
fue escrito. Los géneros literarios han sido estudiados exhaustivamente por los
literatos así como por los expertos en estudios bíblicos y los resultados de esos
estudios están al alcance de cualquiera que tenga un mínimo interés por
conocerlos. Para nuestro propósito baste recordar algunos datos informativos
para fijar la atención en su necesidad sin olvidar el riesgo de falsear la
realidad cuando no se los utiliza con maestría.
Por lo general, los expertos de la retórica clásica
clasificaban los géneros literarios (no científicos o históricos) atendiendo a
su contenido, en tres grupos importantes, a saber: lírico, épico y dramático. El primero, para expresar sentimientos y
pensamientos con predominio de la subjetividad del escritor. Su forma literaria
específica de expresión es el verso y la prosa poética. El segundo relata
sucesos reales o imaginarios que le han ocurrido al poeta o a otra persona. El
relato épico pretende ser objetivo por más que su forma de expresión fuera
siempre el verso. El género dramático es el tipo de género que se usa en el
teatro. Por medio del dialogo entre los actores el autor plantea conflictos
diversos. Puede estar escrito en verso o en prosa pero su finalidad específica
es la representación ante el público. Los expertos presentan análisis
minuciosos de estos géneros literarios acompañados de infinidad de subgéneros
pero sin perder de vista las notas esenciales a todos ellos y que termino de
recordar.
La Biblia es un referente antológico de géneros
literarios que muchas veces resultan
desconcertantes. En lugar de ayudar a entender lo que se nos quiere decir con
ellos se tiene la impresión de que nos lo quieren ocultar. La lectura del Apocalipsis, por ejemplo, puede pasar
por momentos de absoluta decepción. Hay momentos en los que un no experto
pudiera estar tentado a pensar que no se trata de un libro serio sino de una
falta de respeto al lector que busca verdad y claridad. Sin embargo, tras el
estudio en profundidad del libro, no es difícil percatarnos de que esa forma de
escribir fue una opción realista y sabia por parte del autor del libro para
hacer llegar con garantías su mensaje a los destinatarios. Pero para llegar a
esta conclusión hay que emplearse a fondo con la cabeza dejando a un lado el
impacto de las primeras impresiones nacidas de la emotividad. Lo dicho de los
géneros literarios bíblicos es válido, salvadas las diferencias, para cualquier
otro género literario extra-bíblico.
Actualmente resulta difícil hablar de géneros literarios
en el contexto de la mentalidad modernista y posmoderna, debido a que no
existen características formales reconocidas como en el pasado para determinar
qué obras pertenecen a un determinado género. La novela, por ejemplo, admite
muchos discursos en su concepto sin que se exija unidad o coherencia en la
acción de acuerdo con los cánones clásicos. El concepto de novela, piensan
algunos, es muy amplio y ambiguo, por lo que no existe un elemento formal común
que permita decir esto es novela y lo otro no. No obstante, veremos que también
esta convicción es más un sofisma que una realidad.
Por lo que se refiere al género narrativo cabe hablar de
una narrativa de la modernidad y otra de la posmodernidad. La primera tiene muchos tonos y significados. Como dicen los
expertos, es polifónica y multi-semántica. Y, sobre todo, rompe con el
tratamiento cronológico de hechos concatenados. Además, tiene una estructura
fragmentaria ya que cada frase o cada fragmento puede ser autónomo. En las
narraciones puede o no haber momentos culminantes en absoluto. Es una narrativa
anárquica con relación a la narrativa clásica reglamentada. La narrativa posmoderna juega con técnicas
narrativas diversas y es intertextual en el sentido de que una sola narración
abarca varios discursos. Por otra parte es fluctuante ya que varía entre la
parodia, el juego de espejos y lo canónico o normativo.
Antes se seguir
adelante me parece interesante recordar lo siguiente. La novela, cuyo
reconocimiento epistemológico y social es impresionante, no gozó de estatuto
propio como tal género hasta mediados del siglo XX. Más exactamente hasta
después 1934 cuando M. Mijailovish
diferenció la novela de la prosa novelesca y de la poesía lírica. Hasta
entonces los críticos consideraron que la novela carecía del estilo poético y
por ello se le había negado cualquier significación artística para sólo
tratarla como un documento. Actualmente
nadie pone en cuestión que el género novela constituye un arte. Pero, sobre
todo, a nadie se le oculta el poder de fascinación que ejercen las novelas y la
repercusión que ello tiene en la economía de mercado. Basta entrar en cualquier
librería importante para darnos cuenta del volumen de producción novelesca
existente. Sobre todo cuando las novelas son convertidas en imágenes visuales a
través del cine y la televisión. El éxito de las telenovelas es una prueba evidente del grado de fascinación que
ejerce este género literario en las masas con los riesgos que esto lleva
consigo para el uso de la razón. Está en juego el falseamiento de la realidad y
la correcta percepción racional de la misma. Pero vayamos por partes porque el
asunto es grave.
9. Necesidad de las imágenes y conflicto con la realidad
La naturaleza humana está configurada de tal forma que
las imágenes son imprescindibles para conocer la realidad y comunicarla a
nuestros semejantes. Necesitamos elaborar imágenes para conocer la realidad,
para formar nuestros juicios de valor y para transmitir nuestros pensamientos,
sentimientos y deseos a los demás. Siempre que nos referimos a símbolos,
signos, semejanzas, analogías, simulacros, arte, fotografía, conceptos, ideas,
opiniones, pareceres, lenguaje y comunicación humana, estamos elaborando o tratando
de comunicar algún tipo de imagen. Dada nuestra condición humana, el acceso
cognoscitivo a la realidad y el ejercicio de la comunicación interpersonal y
social resultan prácticamente imposibles sin la mediación de algún tipo de
imagen.
El conflicto realidad-ficción en el plano objetivo, y
verdad-engaño en el cognoscitivo, resulta inevitable ya que está en juego
nuestra actitud frente al principio de realidad, lo que lleva consigo un
problema fundamental que podíamos formular así: ¿Hasta qué punto es razonable y
lícito embarcarnos en el mundo de las imágenes alejándonos de la realidad? Por
su propia naturaleza, las imágenes son representación figurativa y no
reproducción o espejo objetivo de la realidad. Insisto, necesitamos de ellas
para expresarnos como del aire para respirar. Pero al mismo tiempo nos alejan
de la realidad. Toda imagen es una representación figurada pero no la realidad.
Una fotografía, por ejemplo, es una representación figurada pero no la realidad
objetiva de la persona o cosa fotografiada.
El mundo de las
imágenes es un lenguaje con muchas ventajas sobre el lenguaje oral, pero sólo a
condición de que su elaboración en el ámbito de la imaginación, de la fantasía
y de los sentimientos pase rigurosamente por el filtro de la razón. Para cruzar
el Atlántico lo mejor es lanzamos al espacio en una magnífica aeronave. Pero sería una temeridad
pretender permanecer en el aire desconectados de los controladores aéreos, que
se encuentran en tierra, o pretender fugamos alegremente de la tierra para
vivir en otro planeta por nuestra propia cuenta y riesgo en las actuales
circunstancias. ¿Hasta dónde es razonable desconectar la imaginación, la
fantasía y los sentimientos de los rigurosos controles terrenos de la razón,
para lanzamos a un mundo de vivencias exclusivamente imaginarias, fantásticas
y emocionales? ¿Acaso la historia personal de muchos artistas y profesionales
fanáticos de la imagen no es suficientemente elocuente? Todas las locuras
humanas están relacionadas con el abuso de la razón o la falta del uso adecuado
de la misma.
10. Novela pura, novela histórica e
historia novelada
Si preguntamos a un niño de tres años qué
es un cuento lo más probable es que no sepa responder. Pero si le contamos uno
interesante, casi con toda seguridad nos va a pedir que le contemos otro. Sabe
perfectamente lo que es un cuento, aunque no sepa definirlo, y lo distingue al
instante de cualquiera otro relato. Pues bien, una novela es cualquier
narración en prosa más extensa que un cuento, con una trama más o menos
complicada en la que intervienen personajes y ambientes bien definidos con lo
que se crea un mundo autónomo e imaginario. El término novela procede del italiano novella, y éste del latín nova, que significa literalmente noticia. Una novela, pues, es algo
novedoso susceptible de ser noticia. Los expertos dicen que el término novella
en italiano comenzó a utilizarse después para nombrar los relatos de ficción
con una extensión entre el cuento y el romance. Se han estudiado hasta
la hartura todas las características de la novela como género literario, pero a
nosotros sólo interesa destacar lo que es esencial y común a cualquier tipo de
novela, desde las antiguas novelas de caballería, descalificadas por Cervantes
en El Quijote, hasta la moderna novela
policíaca o de ciencia ficción, pasando por la novela “progre”, posmoderna y
violenta.
La razón de hablar aquí con preferencia de la novela es
porque se trata de un género literario en auge, el cual se presta más que otros
para introducirnos en el mundo de la imaginación y de la fantasía alejándonos
del principio de realidad. La novela es un género literario maravilloso pero
sólo útil y aconsejable para la vida si se lo maneja con maestría. La razón en
que apoyo esta afirmación es obvia. La novela pura, o pura novela, si es que
ésta es posible, se realiza en el terreno de la pura ficción. Es fruto de la
fantasía sin fundamento sólido en la realidad extra-imaginaria. Otras veces la
novela pretende ser histórica. En cuyo caso el novelista trata de explicar o
criticar hechos reales que han acontecido en una trama novelesca. Y está la
historia novelada en la que el escritor quiere contarnos la historia de forma
imaginaria lo que le obliga a falsear la realidad de la misma. Para destacar la importancia de la novela como género
literario y la necesidad de estar vigilantes para no engañarnos alejándonos
peligrosamente de la realidad en aras de la imaginación y la fantasía, me
parece útil recordar algunos títulos de obras maestras en su género. Unas breves
reflexiones sobre su naturaleza, intencionalidad y contenido objetivo pueden
ser suficientes para darnos cuenta de la
necesidad de no claudicar del uso de la razón ante el imperio de la imaginación
y del mundo ficción.
Hablando de los
géneros literarios es obligado tener en cuenta el género apocalíptico.
Aparentemente, resulta difícil imaginar un libro más alejado de la realidad y
comprometido con la imaginación y la fantasía que El Apocalipsis. Su lectura puede resultar a muchos desesperante.
Parece como si el autor tuviera particular interés en oscurecer lo que es claro
y ennegrecer lo que es oscuro con tal de que el lector no entienda en absoluto
lo que está leyendo. Es como si estuviéramos leyendo un sueño absurdo que
produce pesadillas. Es un escrito tachonado de símbolos que ni los expertos han
logrado todavía descifrar satisfactoriamente. Por supuesto que los estudiosos
del lenguaje han encontrado siempre en este libro una mina de sugerencias y
trucos literarios. A pesar de todo, y esto es lo importante, este libro, contra
todas las apariencias, es un libro realista que no se pierde en la imaginación.
Esta afirmación puede resultar chocante pero no así si se tienen en cuenta las
reflexiones que hacemos a continuación.
A nadie se le oculta que la novela, la poesía y el teatro
(incluso la música) han sido con frecuencia una trinchera ideal para burlar
abiertamente la falta de libertad de expresión pública. Todos los movimientos
revolucionarios, indeseables unos y ejemplares otros, contaron con poetas y
artistas que mediante el recurso a las imágenes literarias fueron socavando las
resistencias de muchos tiranos. Pues bien, para descifrar el objetivo realista
del autor del libro bíblico del Apocalipsis,
basta tener en cuenta el contexto políticamente represivo en que se encontraban
sus destinatarios así como la urdimbre de su mensaje por relación al Antiguo
Testamento. Los expertos no han llegado a desvelar todo el entramado
histórico-literario del texto en cuestión pero sí disponemos de datos
suficientes para sostener la tesis de su realismo. Históricamente se sabe que
el Apocalipsis fue escrito cuando las persecuciones romanas contra los
cristianos se hicieron más cruentas, sobre todo en tiempos de Domiciano. Este,
como algunos otros emperadores, exigió que sus estatuas fueran adoradas en todo
el territorio imperial., cosa que los cristianos se negaron a hacer por motivos
religiosos. Los Césares se autoproclamaban ‘Señor de Señores’, además de ‘hijos
de Dios’, títulos que los cristianos reservaban exclusivamente para Jesucristo.
Pues bien, el Apocalipsis fue escrito en ese contexto histórico por lo
que abundan en él referencias múltiples a estas persecuciones y a los consejos
que el autor daba a sus lectores cristianos para que se mantuvieran firmes en
la fe y soportaran las calamidades de la persecución poniendo la esperanza
final de la nueva Jerusalén.
La clave histórica para descubrir el contenido realista
del libro del Apocalipsis, según
Prévost; podía ser esta: Persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón,
destrucción del templo de Jerusalén por los romanos y expulsión de los judíos
del territorio de Palestina ((70-73). A partir del año 73 se incrementaron los
conflictos entre judíos y cristianos y hacia el año 90 fue escrito el Apocalipsis siendo Domiciano emperador
de Roma. Domiciano impuso por la fuerza a los cristianos el culto al emperador,
los cuales, como no podía ser de otra manera, se negaron a ello provocando así el recrudecimiento de las medidas
imperiales contra ellos.
Con estos datos
ya tenemos una de las claves para descifrar el carácter realista del texto en
cuestión. El género literario apocalíptico de este libro no se justifica por el
deseo de escapar de la realidad hacia el terreno incontrolado de la imaginación
sino todo lo contrario. La represión política y falta de libertad de expresión
obligó al autor a expresarse así convencido de que sus destinatarios sabrían
aplicar las imágenes correctamente a la vida real. No se trata, pues, de un libro fantasioso y fuera de la
realidad sino de un libro realista en el que el autor elige el género literario
que le permite comunicar unas creencias y convicciones a sus destinatarios
sometidos a persecución y desposeídos del derecho a la libertad de expresión. Por
otra parte, los expertos han logrado ya descifrar el significado real de
algunas de las imágenes utilizadas, con lo cual se confirma el realismo del
género apocalíptico utilizado por el autor del Apocalipsis. Babilonia, por ejemplo, significa Roma con todo su
poder político. La primera fiera es el imperio romano y la segunda, el culto al
emperador. El caballo blanco significa al
Cristo verdadero que murió por nosotros en la Cruz y con el que
pretenden identificarse los falsos predicadores confundiendo y engañando a la
gente. El caballo rojo, que aparece matando hombres y llevándose la paz de la
tierra, simboliza la guerra. El caballo negro simboliza la hambruna. El pálido,
la peste y así sucesivamente.
Los analistas del
lenguaje utilizado en la redacción del Apocalipsis
encuentran muchas dificultades para hallar la clave simbólica de cada imagen
pero todos están de acuerdo en el realismo de su mensaje. Después de un corto
período de expansión, siempre difícil pero estimulante, los cristianos entraron
en conflicto directo con Roma. El año 64 Nerón desencadenó la primera
persecución contra ellos en la que fueron asesinados los dos líderes más
importantes, Pedro y Pablo. Domiciano (81-96) fue un verdadero tirano con la
pretensión de hacerse tratar como dios hasta reclamar culto público. Muchos de
los cristianos que se rebelaron contra tanta estupidez fueron dados en pasto a las fieras. En tal
situación interviene el autor del Apocalipsis
para denunciar la represión tiránica y levantar el ánimo de los cristianos.
Pero la falta de libertad de expresión le obligó a lanzar su mensaje de esperanza
haciendo uso, como ya se había hecho en circunstancias análogas en el Antiguo
Testamento, del lenguaje y estilo apocalíptico. Un lenguaje para nosotros
desconcertante pero que en aquel momento histórico a nadie le pillaba de
sorpresa por ser un lenguaje conocido. La realidad era que los cristianos
estaban políticamente condenados a desaparecer frente a lo cual había que
buscar la manera de hablar de Cristo y de su Iglesia burlando el status de represión decretado contra
ella. Y esa fórmula práctica se encontró en el lenguaje apocalíptico. He hecho
estas consideraciones para reivindicar el realismo del Apocalipsis a pesar de que su estilo pudiera dar a entender que se
trata de una huida de la realidad. Lo cual no significa que me agrade este
género literario. En efecto, no seré yo quien lo utilice, a menos que me vea en
la desgracia de tener que hablar bajo el yugo de la tiranía o de la falta de
libertad para usar la razón.
2) Realismo quijotesco.
D. Miguel de Cervantes Saavedra
(1547-1616) escribió una de las novelas más bellas de la historia universal: Don Quijote de la Mancha. Como novela
cabe pensar que se trata de un libro ficción y lo es. Pero me llamó siempre la atención
el realismo de su mensaje central. La primera lectura de esta obra magistral
suele causar en los lectores poco avisados la sensación de que que se trata de
un libro ingenioso para divertimiento y recreación de la imaginación. Tanto
Sancho como D. Quijote hacen reir con sus extravagancias y donaires. La segunda
lectura suscita la reflexión y durante la tercera el lector descubre la
seriedad y realismo del autor. D. Quijote se arruina económicamente y pierde la
cabeza comprando y leyendo novelas de caballería. La razón de la sin razón, es
decir, la imaginación, se convierte en el motor de su vida tratando de
reproducir fielmente las escenas más irracionales y descabelladas descritas en
aquellos libros salidos de la “loca de la casa” que es la imaginación activada
sin el debido control de la razón. La vida de D. Quijote y de Sancho Panza es
presentada con humor y dramatismo. Pero hay un momento de la trama en el que el
lector ya no sabe si Sancho, símbolo de la realidad, ha perdido el norte y se
ha marchado psicológicamente por los cerros de Úbeda de la imaginación alocada
de D. Quijote. Más aún, cuando D. Quijote vuelve a la cordura y al mundo de lo
real, se tiene la impresión de que los de su entorno quedan sorprendidos
después de haberse acostumbrado a sus locuras y sinrazones. Y es que también a
ser locos nos acostumbramos y la cordura termina resultando sospechosa.
Cuenta el fabulista que, como consecuencia de un
naufragio, unos tripulantes hicieron tierra en una isla donde todos sus
habitantes eran jorobados. Al percatarse los nativos de la isla de que los
náufragos no eran chepudos, se mofaron de ellos como si fueran seres anormales.
La locura también es contagiosa y corremos el riesgo de que, a fuerza de vivir
con locos y dar rienda suelta a nuestra imaginación, la locura termine
pareciéndonos lo normal y el uso de la razón y la cordura algo extraño y
divertido e incluso motivo de marginación social. En este sentido llama la
atención hasta qué extremo el autor de esta gran novela no pierde en ningún
momento de su relato el sentido de la realidad. Cuando una persona o un
proyecto cualquiera nos parecen exagerados o demasiado fantasiosos, los
calificamos de “quijotescos”, es decir, irreales. Sin embargo, El Quijote es una novela maestra de
realismo vital. Sólo es cuestión de saber descifrarlo. D. Miguel de Cervantes
no se hizo ilusiones. La lectura indiscriminada de novelas caballerescas puede
poner en peligro el uso de la razón sacándonos del mundo de la realidad para
sumergirnos en el mundo de la imaginación y de la fantasía. Por otra parte,
sabemos por experiencia que la pérdida del uso de la razón es la
enfermedad más temible, entre otras
cosas, porque tiene difícil si no imposible curación satisfactoria.
D. Quijote, por
el contrario, es presentado en la novela como un caso ejemplar y consolador.
Pierde la razón hasta extremos altamente preocupantes, pero, al final la
recupera reintegrándose al mundo de la realidad. Miguel de Cervantes ofrece
aquí una lección magistral de realismo y optimismo. Ante todo, “no perder nunca
los estribos”, “la cabeza”, que es lo mismo que decir “no perder el uso de la razón” consumiendo
ansiosamente paja literaria acarreada en los campos de la imaginación y de la
fantasía. Pero mientras hay vida hay esperanza. El optimismo cervantismo es tal
que, aún en los casos más extremos, como el de D. Quijote, nos invita a pensar
que nunca es tarde para recuperar la cordura y volver al redil
de la realidad y uso de la razón. Cabe preguntarnos si D. Miguel sería hoy día
tan optimista como en su tiempo, cuando los libros extravagantes de caballería
se llaman televisión, cine o Internet.
3) Realismo camiliano.
El siglo XX pasó a la historia como el siglo de las dos
guerras mundiales más horribles de todos los tiempos y, al mismo tiempo, de los
avances científicos más prometedores. Las dos guerras fueron el resultado del
uso más perverso de la razón que pudiera imaginarse encarnado en las ideologías
nazi y marxista. Entre ambos extremos hubo y sigue habiendo uso perverso de la
razón en los fundamentalismos religiosos y el nuevo capitalismo democrático.
Pero no es mi propósito demostrar la objetividad y alcance de estas
afirmaciones sino situar en el tiempo un género de novela crítica que, lejos de
llevarnos fuera de la realidad, describe con humor, respeto y gusto estético
una situación grotesca creada en Italia y otros países al final de la segunda
guerra mundial. La desgracia consistió en que la derrota militar del nazismo se
llevó a cabo con la colaboración de los regímenes comunistas, que también
habían sido amenazados por los nazis. Los comunistas aprovecharon esta
circunstancia de covencedores para imponer a lo bestia su propia tiranía en los
países en los que conservaron la hegemonía y, en la medida de lo posible,
también donde ellos no gobernaban. Así las cosas, uno de los países donde los
covencedores comunistas estuvieron a punto de hacerse totalmente con el poder
tuvo lugar en Italia.
En ese contexto surgieron situaciones muy peculiares,
sobre todo en localidades pequeñas, donde todo el mundo se conocía,
relacionadas con la convivencia ciudadana entre personas que habían combatido
en bandos opuestos, y que ahora estaban condenadas a convivir como buenos
ciudadanos en tiempo de paz. El periodista y novelista Giovanni Guareschi
(1908-1968) aprovechó esta circunstancia para escribir los relatos de su famoso
D. Camilo, una novela crítica,
divertida, imaginativa y magistral por su manera de usar la imaginación sin
perder el sentido de la realidad. Los dos personajes centrales, Pepone, el alcalde
comunista, y D. Camilo, el cura párroco del pueblo, son presentados cómo los
personajes centrales. Peppone representa toda la irracionalidad y brutalidad
del comunismo y sus detestables proyectos. D. Camilo es presentado como el cura
castizo, voluntarioso e insensato, pero de buen fondo. En realidad, lo mismo
Pepone que D. Camilo son presentados como hombres de buenas intenciones. De
ahí, que, después, y a pesar de sus brutales discusiones y peleas, ese fondo
bueno aparece siempre. Lo único que les falataba a los dos era el uso de la
razón. D. Camilo y Pepone discuten, se
insultan y hasta se dan de puñetazos. Hacían cualquier cosa menos razonar. En
la mayoría de los casos conflictivos presentados en estos relatos novelescos
ninguno de los dos tiene razón. El único que razona es Guareschi, que expresa
sus propios puntos de vista mediante la voz del Cristo del Altar Mayor.
D. Camilo es una novela deliciosa en la que la imaginación vuela como un
lindo pajarillo de un árbol a otro sin perder de vista la tierra que pisa y la
realidad de las personas con las que trata. Es una obra maestra del humorismo y
de la sátira más acertada de la absurda
y ridícula confrontación entre marxistas y cristianos al término de la
segunda guerra mundial. En la novela hay mucha imaginación y humor. Pero el
autor ha introducido deliberadamente la voz de la razón en las intervenciones
de Cristo, que son de hecho, las razones críticas de Guareschi frente a las sinrazones
y brutalidades de Pepone y D. Camilo y sus secuaces. Nos encontramos ante un caso de novela
crítica de una situación histórica en la que se describe una realidad de forma
novelada bajo el control de la razón. De ahí que su lectura pueda resultar
amena y al mismo tiempo útil.
4) Realismo orweliano
En la línea de la novela crítica de D. Camilo me parece interesante recordar La rebelión en la granja” de George Orwell. (1903-1950). Pensada en
1937, fue terminada en 1943 y en 1944 fue rechazada por cuatro editores. ¿Por
qué? Recordemos primero el entramado de la pequeña novela y después
comprenderemos mejor el por qué de ese rechazo. Los animales de la granja del
Sr. Jones, después de oír el discurso nocturno subversivo de un venerable
cerdo, se sublevaron contra sus dueños humanos y los expulsaron de la granja.
Al principio de la nueva situación todo parecía “coser y cantar” a las órdenes
de dos cerdos excepcionales (Snowball y Napoleón), los cuales, a su vez, no
estaban nunca de acuerdo en nada de lo que se hacía y se discutía. Si el uno
decía blanco el otro decía negro. Si Snowball creía que había que sembrar
cebada, Napoleón opinaba que había que sembrar nabos. Y así en todo. La
rivalidad entre estos dos líderes cerdos terminó con la satanización del uno
por el otro el cual se hizo con el poder y no dudó en degollar a los animales
de la granja que osaron presentar la más mínima oposición a sus órdenes. A
causa de estas rivalidades internas y de los contactos inevitables con sus
enemigos los hombres, la revolución de los animales de la granja fracasó.
Algunos se aliaron con los amos de las granjas humanas vecinas y así quedó
traicionada la identidad de la “granja animal” y su ideal de derrocamiento de
sus enemigos los hombres.
La razón por la que se impuso la censura contra esta
obra, según el testimonio de un alto funcionario del Ministerio de información
británico, fue la siguiente. “Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser
publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos
los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría
mal vista. Pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de
los Soviets y de sus dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con
exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa. Sería menos
ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los
cerdos. Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo
especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos”.
Así de claro. Al
terminar la segunda guerra mundial incluso en Gran Bretaña se impuso la censura
contra cualquier opinión que pudiera disgustar a los comunistas, y Orwell se
refugió en la fábula para escribir una crítica pura y dura contra el comunismo
estalinista vigente en la antigua Unión Soviética. ¿Novela? Sí. Pero para
describir en clave de fábula la terrible realidad histórica que fue el régimen
comunista a las órdenes de un tirano como Estalin. Por extensión, la novela es
aplicable a todos los sistemas políticos despóticos e irracionales
contemporáneos. Cualquiera que haya conocido de cerca la realidad de la antigua
Unión Soviética y de sus satélites identificará fácilmente en esta novela a sus
líderes más importantes y formas irracionales de gobernar encarnados en los
cerdos, perros y demás animales de la granja. Igualmente se describen las
famosas “purgas” estalinistas y las corrupciones vergonzantes del sistema. Nos
encontramos ante una novela por la forma de hablar y el uso de las imágenes
literarias. Pero, de hecho, describe una realidad histórica que no podía ser
denunciada de otra forma sin incurrir en sanciones severas. De ahí su realismo travestido de imaginación.
5) Falsificación novelada de la realidad histórica
Con el paso del tiempo estas novelas realistas
corren el riesgo de no ser comprendidas por los lectores que no conocieron
aquellas situaciones descritas en el pasado, con lo cual pierden su interés
como relatos realistas. Últimamente se han puesto de moda otros géneros
literarios en los que se trata de contar la historia falseándola
deliberadamente mediante el recurso a la novela. Un caso digno de mención, por
la repercusión mundial que ha tenido, es la obra de Dan Brown “El Código da Vinci”. Tan pronto tuve la
obra en mis manos me sorprendieron inmediatamente varias cosas. Primera, la
falta de índice. Segunda, la aparición de signos masónicos y apelación a
presuntos secretos y documentos ocultos sólo conocidos por el autor de la
novela. La falta de índice de materias en un libro, aunque se trate de una
novela, puede interpretarse como falta de ideas claras por parte del autor.
Pero también como una falta de respeto hacia los lectores. Por otra parte, la
aparición de signos masónicos y la explotación del “secretismo” es una
invitación a la sospecha más que a la confianza. Una reacción inmediata
comprensible podría ser la de no perder tiempo ni dinero con la adquisición y
lectura de la obra. El autor de la novela asegura que la teoría y las
afirmaciones formales que aparecen en su libro están basadas en estudios
históricos competentes. Con lo cual quiere hacer pasar su novela como un
documento histórico y no como un texto de ciencia ficción. Sin embargo, no
existe ningún historiador serio conocido que avale con sus investigaciones esta
pretensión de Dan Brown. Björn Are
Davidsen/Öivind Benestard (Da Vinci Decoded)
son contundentes en la desautorización de esta novela como presunto documento a
favor de la verdad histórica. No me resisto a recordar las líneas vertebrales
de su crítica.
Sobre el Priorato de Sión. La novela está
montada en torno a la organización secreta denominada “Priorato de Sión” y los
documentos que supuestamente esconde esta organización. Pues bien, la
afirmación formal de que esta sociedad secreta es real y que fue fundada en 1099
es absolutamente falsa. El Priorato, en efecto, no existió hasta que Pierre Plantard lo estableció como organización
en 1956, y en 1960 creó un mito sobre sí mismo en calidad de Gran Maestre de
dicho Priorato. Luego elaboró una serie de documentos falsos sobre “El santo
Grial”, que Dan Brown utiliza. El fraude de esta falsificación de documentos
salió a la luz en 1980 cuando Placard confesó el engaño ante la policía. Vale
la pena recordar su crítica.
Documentos secretos. En El Código da Vinci puede leerse que “en
1975 y en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos
conocidos como Les Dossiers Secrets,
en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los
que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelle, Victor Hugo y Leonardo da
Vinci.”. Efectivamente, Plantard y sus amigos elaboraron esos documentos
falsos, los depositaron en los archivos de la Biblioteca Nacional y
reconocieron el engaño y el fraude. Lo del Priorato de Sión es fruto de la
imaginación de Plantard y lo mismo el contenido de esos documentos secretos.
Por lo tanto, ni existió tal institución, fuera de la imaginación de Plantard,
ni existieron históricamente esos documentos tan presuntamente protegidos en
los que se dicen cosas que nada tienen que ver con la realidad histórica en
relación con el Santo Grial, o las relaciones entre Jesús y María Magdalena.
Estas presuntas historias son producto exclusivo de la imaginación de Plantard
y los suyos con fines poco honestos.
¿Que la divinidad
de Cristo es un asunto dilucidado por votación en el concilio de Nicea? La realidad histórica es que Jesús fue
tratado como Hijo de Dios desde el principio de la historia de la Iglesia y el
concilio de Nicea (325) simplemente ratificó lo que era un hecho histórico
consumado. Discutir este hecho equivale a una pérdida de tiempo inútil. Por lo
demás es absolutamente falso y fruto de la imaginación de Dan Brown que el
emperador Constantino financiara la redacción de una nueva Biblia para
manipular su contenido. Jamás se le ocurrió a ningún experto en la materia
sostener tal afirmación, ni siquiera como hipótesis de trabajo. Resulta
igualmente sospecha la afirmación de que los evangelios agnósticos sean más fiables que los cuatro canónicos de
la Biblia, los cuales fueron escritos cuando aún vivía gente de la generación
de Jesús. Por otra parte, la lectura que Brown hace en su novela de estos
documentos falsea abierta y descaradamente su contenido.
Sobre
María Magdalena. Los personajes principales de El Código Da Vinci afirman
que el plan de Jesús era casarse con María Magdalena y tener hijos con ella;
que Jesús nombró a María Magdalena como la líder de la Iglesia y como una
diosa; que ella sería el icono de la
“divinidad femenina” en la adoración y la teología cristiana y que el acto
sexual es un elemento central de la enseñanza de Jesús. La unión física con la
mujer sería, según Él, el único medio a través del cual el varón puede llegar a
la plenitud espiritual y alcanzar el conocimiento de lo divino. Y lo que es más.
Según El Código Da Vinci, Jesús no fue capaz de organizar su secta
basada en el sexo antes de que lo crucificaran; María Magdalena estaba embarazada
de Jesús y tuvo que emigrar a Francia, donde nació la niña Sara, cuyos
descendientes se casaron después con la familia real francesa y que el Priorato
de Sión es el guardián de miles de documentos secretos. Esos documentos
prueban los verdaderos planes de Jesús y el rol de María Magdalena como líder
de la Iglesia y como diosa. La Iglesia habría escondido todos estos secretos
sobre María Magdalena durante 2000 años. Si Dan Brown dejara claro que todas
estas afirmaciones solemnes son fruto de la fantasía para escribir su
novela/ficción, nadie podría reprocharle el derecho a hacerlo. Lo grave es que
se tiene la impresión de que su novela es una excusa para hacer tales
afirmaciones como si se tratase de verdades históricas que se han ocultado a lo
largo de la historia. Pero la realidad es que no hay evidencias históricas ni
ninguna fuente que respalde la información que aparece en esta novela, que es
pura especulación y producto de la imaginación calenturienta del novelista.
Tanto más cuanto que, como queda dicho, ni siquiera existe ese Priorato de Sión
que se supone que debía ser el guardián de esos secretos.
Sobre Leonardo Da
Vinci. El artista habría aceptado cientos de lucrativos encargos del
Vaticano al tiempo que incorporaba símbolos ocultos en sus pinturas que no
tenían nada que ver con el cristianismo. Una vez más se produce el engaño por
falta de base histórica. Según Davidsen/Benestad, es históricamente falso que
Da Vinci recibiera tantos encargos del Vaticano y que fuera un rebelde contra
la Iglesia. Como es falso que puso el nombre a la Mona Lisa basándose en los
nombres de dos dioses egipcios cuando la realidad es que tal nombre le fue
impuesto 31 años después de la muerte del pintor. Por otra parte, el Priorato
de Sión no existía, con lo cual mal podía conocer Leonardo da Vinci los
secretos custodiados por el Priorato y de los que habla Brown. Por lo mismo,
los códigos y símbolos que Dan Brown descubre en el arte de Da Vinci son puro
fruto de su imaginación. Oskar Skarsaune, historiador de la Iglesia y experto
en las teorías latentes en la novela de Brown, interrogado por un periodista,
respondió sin vacilar: “Ninguna de las afirmaciones que Dan Brown hace en
relación con la Historia de los inicios de la Iglesia y con su Historia
Medieval es cierta. Ninguna”.
11. El manejo
racional del lenguaje novelado
Insisto una vez más en que no es posible la percepción de
la realidad y la comunicación humana sin la ayuda de imágenes o
representaciones figuradas de la misma. Pero precisamente por ello tenemos que
cuidar de que ellas, las imágenes, sean elaboradas y utilizadas de tal forma
que no nos saquen de la realidad para sumergirnos en un mundo imaginario y
engañoso. La novela, por su propia naturaleza, es ficción y como tal, un
mecanismo evasivo de la realidad. Por lo tanto, en el caso de que utilicemos
ese género literario, por sentido común y en nombre de la razón, cabe hacer las
siguientes observaciones relacionadas con los modelos a los que termino de
hacer referencia.
Como principio
general, pienso que cuando se escribe cualquier tipo de novela se debe hacer de
tal forma que en ningún momento el lector confunda el mundo real con el mundo
ficción. Los buenos y buenas novelistas se distinguen de los malos, entre otras
cosas, porque nunca pervierten el orden de la realidad, de tal forma que los
lectores se sienten gratificados con la lectura de sus novelas pero nunca
confundidos o engañados. El lector de una buena novela sabe en todo momento en
qué punto de la realidad o del mundo ficción se encuentra. Es posible que
durante la lectura puedan surgir dudas, pero al final de la misma todas las
dudas al respecto quedan aclaradas. El lector cierra la novela y vuelve al
mundo de la realidad con la misma naturalidad y gozo que después de haber
jugado una partida de ajedrez se recogen las fichas y asunto terminado. O
terminamos de ver una buena película y salimos satisfechos de la sala de cine a
la realidad de la calle. Las buenas novelas devuelven al lector a la realidad
en lugar de dejar su imaginación convertida en un nido de pájaros locos. Si,
además, el recurso al género novelesco ha sido forzado por situaciones
puntuales de falta de libertad de expresión para denunciar injusticias o
defender derechos, por mucho que la novela nos parezca irreal y fruto de la
fantasía, al final nos devuelve a la realidad cruda de la vida. En este sentido
los casos arriba mencionados son realmente ejemplares.
El autor del Apocalipsis,
por ejemplo, por más que su lenguaje nos pueda parecer a nosotros ininteligible
y desconcertante por la artillería imaginaria utilizada, contiene una tesis
sobre Cristo y la Iglesia que no podía explicar con lenguaje corriente a sus
destinatarios por la falta de libertad de expresión vigente bajo un régimen
político represivo. Sus destinatarios no fueron engañados sino informados de la
única manera que era posible en aquellas circunstancias lamentables. En
cualquier caso, lo ideal es que nunca sea necesario tener que recurrir al
género apocalíptico. No es un género literario que favorezca al uso de la razón
y la comprensión deseable entre personas y en situaciones normales.
Tratándose de novelas históricas, los buenos autores
delimitan con maestría lo que se ha de tomar como históricamente verdadero y lo
que es fruto de su imaginación creativa. De todos modos el riesgo de que el
lector se pierda y no sepa dónde termina lo real de su relato y empieza lo ficticio o fruto de su imaginación es
constante. Hay autores que son incapaces de escribir un relato histórico sin
inventar situaciones o acontecimientos que nunca tuvieron lugar. Cuando se les
pregunta por tal o cual personaje en acción responden con una sonrisa o
simplemente confiesan que les pareció oportuno introducirlos por razones
literarias. Yo tuve un profesor que tenía este “vicio” de novelar la realidad.
Le encargaron que escribiera una biografía y la escribió literariamente tan
bien que los lectores la tomaron en gran parte por novela. Luego publicó un
libro histórico, como testigo de excepción de la segunda guerra mundial con el
mismo estilo novelado. Este género literario no ayuda a clarificar las cosas y,
por lo mismo, nos aleja de la realidad. Por lo mismo, huelga decir que en
nombre del uso de la razón no es un género aconsejable en la medida en que no
se facilita al lector la posibilidad de discernir entre lo que se relata como
realidad y como ficción.
Este defecto, en cambio, no tiene lugar en El Quijote. La primera impresión de esta
obra genial puede ser de humor. Hay quienes la leen como divertimiento. ¡Y vive
Dios que hay en ella relatos divertidos! Pero a medida que se entra en materia
con su lectura pronto nos damos cuenta de que se trata de una obra llena de
sabiduría de la vida real expresada con imaginación y buen gusto estético. Y
todo ello para persuadirnos a no perder el uso de la razón leyendo libros que
nos alejan de la realidad. D. Miguel de Cervantes escribió su gran novela para
decirnos que no huyamos de la realidad. Y lo que es más admirable. Si hemos
tenido la desgracia de contaminar nuestra mente con imágenes falsas de la
realidad, cabe siempre pensar que, mientras hay vida hay esperanza. D. Quijote,
el personaje central de la gran novela, perdió el uso de la razón pero al final
de su vida volvió a la razón y la cordura. Un mensaje consolador transmitido en
una novela realmente “ejemplar”, porque no sólo no nos aleja de la realidad
sino que nos acerca más a ella de una manera grata y divertida. Lo mismo cabe
decir de Giovanni Guareschi y George Orwell. Cualquiera que haya conocido la
situación de la “Europa libre” al final de la segunda guerra mundial leerá Don Camilo con verdadera fruición sin
engañarse en ningún momento. El alcalde Peppone y el cura párroco D. Camilo son
presentados de forma exagerada y hasta ridícula en muchos casos, pero nunca de
forma que el lector pierda el sentido de la estúpida realidad social y política
de fondo que motivó la novela. El lector pronto se da cuenta de que la voz
imaginaria de Cristo desde el crucifijo de la iglesia parroquial es la voz de
la razón del propio Guareschi. Nos encontramos ante una novela crítica de signo
político en un contexto de libertad de expresión. No hay en ella confusión
entre lo real e imaginario y, por lo mismo, puede ser considerada como una obra
maestra en su género.
El contexto real e histórico de “La rebelión en la
granja” de Orwell fue distinto. Ahora nos encontramos ante una completa fábula en la que el autor se refugia
para denunciar el despotismo del comunismo estalinista en un momento en el que
tal denuncia podía dar lugar a una represión imprevisible. Tiene el gran mérito
de describir en clave de novela una realidad política y social de forma breve y
realista. Cualquiera que haya conocido la estructura y los métodos del régimen
comunista soviético verá reflejada en la novela aquella triste realidad. En “La
rebelión en la granja” no hay lugar para el divertimiento o la hilaridad. La
realidad que de forma fabulada se describe es tan cruda que no deja lugar ni al
humor ni al divertimiento. Es una realidad triste. El inconveniente de este
tipo de novelas no es que nos alejen de la realidad sino que, con el paso del
tiempo, las personas que no conocieron aquellas situaciones o contextos
políticos y sociales encuentran dificultad para entender su verdadero
significado. Los lectores necesitan tener una preparación histórica específica.
Nos pasa como con el estilo apocalíptico. Los destinatarios inmediatos de estos
libros los entendieron sin dificultad mientras que las generaciones posteriores
necesitan estudiarlos para descifrar su contenido realista. Por lo que se
refiere al “Código da Vinci” de Dan Brown el juicio en nombre de la razón ha de
ser totalmente negativo. En este caso el autor se ha servido del género
novelesco para falsear deliberadamente la realidad histórica. No sólo esta
novela aleja al lector de la realidad sino que el autor pretende con ella
presentar como realidad histórica lo que sólo es fruto de su imaginación. Ahora
bien, el falseamiento deliberado de la realidad histórica constituye una
deshonestidad intelectual y uso perverso de la razón. De ahí que la lectura de
este tipo de novelas sea siempre desaconsejable.
12. El uso de la razón en Aristóteles y Tomás de Aquino
Hablando de la
Lógica y del uso de la razón resulta obligado hacer algunas aclaraciones sobre la aportación
de Aristóteles de Estagira (384-322) y Tomás de Aquino (12251274). Aristóteles
fue un filósofo de pies a cabeza que usó la inteligencia convencido de que del
buen uso que hagamos de ella depende nuestra felicidad personal y social. En
una de sus obras dejó escrito que la ansiada y escasa felicidad que es posible
alcanzar en este mundo pasa por el uso acertado de la inteligencia como
facultad esencialmente constitutiva de la naturaleza humana. Con esta
convicción no dudó en definir al hombre como ser racional y nos legó los
primeros escritos serios de la historia sobre las cuestiones fundamentales que
se estudian en la disciplina filosófica conocida como la Lógica. La sola mención de este término nos hace pensar
inmediatamente en los escritos de Aristóteles como piedra angular de todos los
tratados de Lógica racional producidos hasta nuestros días.
Los dos grandes
logros aristotélicos en esta materia son la afirmación del uso correcto de la
razón como condición indispensable para encontrar la verdad última de todas las
cosas, y su vinculación con la realidad evitando el conceptualismo vacío y el
uso de la inteligencia como puro medio de entretenimiento haciendo malabarismos
conceptuales. La Lógica moderna conocida bajo la denominación de “Lógica
simbólica o matemática”, en sus aspectos positivos no es más que el desarrollo
coherente de la Lógica aristotélica. Y en sus aspectos negativos, una
interpretación desafortunada de la misma, como veremos a continuación. Como
consecuencia del enfoque realista aristotélico, el uso de la razón bien
entendido nos abre las puertas para acercarnos lo más posible a todos los
ámbitos de la realidad, incluidas las realidades transcendentales. En cualquier
caso Aristóteles es un filósofo puro que se alumbra en la vida con la sola
linterna de la razón alimentada con el combustible de la experiencia vital y el
sentido común. Esta es, creo yo, la gran aportación del Estagirita como
referente universal del uso de la razón.
Por lo que se
refiere a Tomás de Aquino me parece oportuno destacar lo siguiente. Primero, no
es un filósofo, como Aristóteles, sino un teólogo que usa la razón para ordenar
y explicar intelectualmente las realidades contenidas y transmitidas en los
misterios del cristianismo. Para ello se sirvió magistralmente de la
inteligencia construyendo un sistema de pensamiento en el que son tenidos en
cuenta todos los órdenes de la realidad. Por otra parte, tanto en Aristóteles
como en Tomás de Aquino la clave metodológica de su forma de razonar sobre los
diversos órdenes de la realidad es la analogía.
El proyecto
técnico más cumplido de establecer un orden jerárquico racional de las
realidades o niveles del ser universal en la antigüedad es debido a
Aristóteles. Me refiero a los famosos predicamentos.
Sistematización que resultaría ininteligible y arbitraria de no ser vista a
través del prisma de la analogía. Lo que es un todo respecto de sí mismo es
parte respecto de los demás. Lo que en un determinado nivel es genérico a otro
nivel es específico, y así sucesivamente se van describiendo los diversos
niveles de la realidad teniendo en cuenta lo que es múltiple, lo común y lo
diverso, lo que une y lo que separa, lo que permanece y lo que cambia. O sea,
la unidad y la pluralidad.
El acto por
antonomasia de la razón humana consiste en la operación intelectual mediante la
cual el intelecto es capaz de conocer las relaciones de unas cosas con otras,
sea de las partes respecto del todo, sea respecto de sus fines respectivos. A
esta operación la llama Tomás de Aquino ordenar,
que no es otra cosa que poner científicamente cada cosa en su sitio para
después poderlas analizar y conocer como realmente son. Las cosas, como las
personas, cuando están fuera de lugar, además de estorbar, están expuestas a
ser pasadas por alto cuando no atropelladas. Para evitar esa tragedia
intelectual, Tomás de Aquino ordena la realidad universal distinguiendo metodológicamente
varios niveles u órdenes presididos por la realidad ontológica del ser
analógicamente entendido.
Así, dice él,
existe un ordo o nivel de realidades
que no es creación o producto de la razón humana sino que la razón se lo
encuentra ya hecho. Es algo que la inteligencia considera, estudia, conoce y
eventualmente transforma, pero que no crea o produce. Todos los nacidos, por
ejemplo, nos hemos encontrado con un mundo de cosas que ya estaban ahí, y de
las cuales muchas seguirán estando después de habernos muerto. Muchos muertos,
si levantaran la cabeza, quedarían sorprendidos ante las novedades que han
tenido lugar durante los últimos cien años.
Pero igualmente constatarían que hay cosas que siguen siendo las
mismas sin cambios notables más allá del desgaste normal de la existencia. Son
todas esas realidades que hemos descubierto durante la vida y de las que
después tuvimos que despedirnos dejándolas dónde estaban y como estaban. Ahí
están, por ejemplo, las grandes cordilleras o los monumentos históricos
seculares que contemplan impasibles nuestra movediza existencia humana. Ahí
estaban cuando nacimos y ahí se quedan cuando morimos como mudos observadores
del acaecer humano.
Hay realidades
que han precedido a nuestra existencia humana de tal forma que nosotros no
tuvimos arte ni parte en su origen. Es el orden de las realidades objetivas
cuya producción no puede ser ontológicamente atribuida a la razón humana de
nadie. Para bien o para mal están ahí y no nos queda otra alternativa racional
que tenerlas en cuenta para conocerlas y saber cómo hemos de comportarnos
frente a ellas. En este nivel existencial la realidad es la medida de la
inteligencia, la cual trata de conformarse a ella dando lugar al concepto de
verdad en su sentido más radical y universal.
Existe también
otro nivel de realidades, que, por el contrario, es producto exclusivo de la
razón humana en el ejercicio de sus actos específicos y propios. La razón, por
ejemplo, crea el mundo del lenguaje y de las leyes más aptas para expresar y comunicar
los sentimientos y las ideas. Son las realidades producidas por la razón en el
ejercicio de sus funciones. En el caso presente ocurre lo contrario. La
inteligencia es la medida de las cosas. La muerte, por ejemplo, es una realidad
natural que está ahí condicionando toda nuestra vida, pero nosotros podemos
modificar el sentido y significación de las palabras y de nuestros medios de
expresión. Podemos eliminar un idioma y crear otro. Es el mundo del lenguaje,
de la conceptualización y de la comunicación humana, de la creatividad
científica y de las diversas técnicas de comunicación desde el lenguaje natural
hasta las modernas técnicas de comunicación social. La bioética, por ejemplo,
es una ciencia joven creada por el hombre como lo son la televisión o internet
en el orden de las comunicaciones sociales.
El tercer nivel
de realidades señalado por Tomás de Aquino se refiere al de las realidades
éticas, es decir, al de las acciones propiamente humanas, las cuales son tales
sólo cuando el hombre obra con libertad suficiente de acuerdo con la naturaleza
racional y las perspectivas de su
destino final. Cuando en las acciones de la voluntad falta orden entre ellas,
es decir, razonabilidad suficiente desviándose de su propio fin, tales acciones
pierden automáticamente la categoría de humanas. Cuando esto no ocurre el nivel
de las realidades éticas queda reducido al de las vegetativas o brutales. En el
orden de las realidades éticas la iniciativa procede de la voluntad en armonía
con el fin último estimulador de toda acción humana. La categoría humana de
estas acciones tiene lugar en el acuerdo o convergencia de la voluntad y el fin
último de toda acción realmente humana. Es el conocido orden ético, moral y
jurídico.
Tomás de Aquino
habla también de un cuarto nivel de realidades, que en parte son creación de la
razón. Es el mundo del arte y de la tecnología. Digo en parte, porque la razón
trabaja desde dentro, pero con materiales dados sobre los que interviene
transformándolos en realidades nuevas. El arquitecto, por ejemplo, trabaja en
su mente con materiales dados con los que crea otra realidad, la cual, al ser
materializada en un edificio habitable se convierte en una realidad dada para
los futuros inquilinos. De acuerdo con estos hechos de tan sencilla comprensión,
Tomás de Aquino diseña después una planificación de las ciencias indicando sus
pistas y sus objetos. Pero todo ello ha de ser visto a través del prisma de la
analogía. Ello nos permite saber exactamente en qué nivel de realidades nos
encontramos para no confundir unos niveles con otros con la correspondiente
confusión que se produciría en nuestros juicios de valor.
Lo que es verdad en
física pura puede ser una falsedad a nivel metafísico. La teoría atómica, por
ejemplo, en física es correcta y falsa en metafísica. Una acción estéticamente
bella puede ser detestable en el orden ético y viceversa. Mucha de la
incomprensión existente entre los diversos grupos humanos actuales es debida no
tanto al lenguaje en sí mismo, como algunos piensan, cuanto al indebido uso
unívoco o equívoco que de él se hace y de los conceptos más fundamentales. Al
faltar el sentido de la analogía podemos estar diciendo y deseando todos lo
mismo sin llegar jamás a entendemos.
Esta admirable
perspectiva metodológica de la analogía la encontramos ya en el comienzo del
comentario de Tomás de Aquino a la Ética
a Nicómaco, y la Suma Teológica
toda ella es un ejemplo práctico del uso de la analogía como metodología
teológica. Allí se presupone un quinto orden de realidades, cual es el
clásicamente conocido por “ordo supranaturalis”, cuyo estudio no corresponde a
la filosofía, sino a la ciencia teológica, en la que el correcto uso de la
analogía es más necesario si cabe que en
filosofía. Tanto el modelo racional aristotélico en el campo de la reflexión
filosófica como el tomasiano en el de la reflexión teológica han sido
utilizados por muchos desafortunadamente como aval de los diversos
racionalismos o abusos de la razón. En relación con el modelo racional
tomasiano cabe hacer las siguientes consideraciones.
13.
Modos equivocados de leer e interpretar a
Tomás de Aquino
Con frecuencia
los peores enemigos de un gran maestro son sus discípulos más incondicionales.
Los errores de interpretación de Tomás de Aquino por parte de sus más fieles
seguidores pueden reducirse a las siguientes formas de leer e interpretar sus
escritos.
Como una segunda Biblia.
Tratándose de la
Biblia suponemos que en cualquiera de sus textos auténticos hay algún mensaje
relacionado con la revelación divina. Con frecuencia tal mensaje no es claro y
hay que hacer exégesis de los mismos hasta conseguir nuestro objetivo, muchas
veces inalcanzable o sólo modestamente logrado. De lo que no se duda es que el
mensaje está allí aunque expresado de forma ininteligible para nosotros.
Muchos, apoyados
en las recomendaciones del Magisterio de la Iglesia para que se estudie y siga
a Sto.Tomás en las cuestiones más polémicas, han leído la Suma Teológica como
una segunda Biblia tratando de descubrir y explicar el pensamiento del Aquinate
como si se tratara de una revelación divina frente a la cual sólo cabe la
sumisión religiosa de la mente y del sentimiento. El razonamiento implícito y
operativo podía formularse así: El pensamiento de Sto. Tomás, como el de la
Biblia, debe ser conocido, religiosamente asumido, propagado con entusiasmo y
defendido contra sus adversarios. Ni más ni menos que lo que hay que hacer con
el Evangelio. Por consiguiente, en los casos difíciles o dudosos habrá que
buscar explicaciones para justificar la postura del Aquinate convencidos de que
él siempre tiene razón.
Durante muchos
años, sobre todo desde la restauración del tomismo por León XIII, la Suma
Teológica fue el manual básico de los estudiantes de teología en la mayoría de
las Universidades y Facultades de teología de la Iglesia, y muchos de los
profesores hacían sus exposiciones académicas siguiendo materialmente el texto
de la Suma con el criterio antes descrito. De hecho, las obras de muchos
teólogos tomistas clásicos no son otra cosa que comentarios más o menos
literales o libres a la Suma cuando impartían sus clases.
En casos extremos
la lectura del texto de la Suma Teológica llegó a suplantar prácticamente la
lectura directa de los textos bíblicos en las aulas de teología. Lo que dio
lugar a la aparición de un cuerpo de teología racional paralelo a otro de
teología bíblica. Con lo cual, y por increíble que parezca, la obra de Sto.
Tomás terminó siendo considerada por muchos académicos como una fuente de
teología del mismo rango que la Biblia.
Como un catecismo
Había profesores que
daban por supuesto que todo lo que dice Sto. Tomás es verdad aunque no se
entienda. Al menos esta era la impresión que causaban. Así pues, el estudiante
debía leer y memorizar fielmente lo que dice Tomás de Aquino sin exigir
explicaciones o comentarios críticos. Su pensamiento sería para aprenderlo y no
para discutirlo. Es una lectura obediente y acrítica. En caso de duda, la
respuesta era como al niño que pedía explicaciones sobre las verdades del catecismo:
maestros tiene la Iglesia que lo sabrán explicar. O cuando seas mayor lo
entenderás. Desde esta actitud no cabía otra alternativa que la de decir amén a
todo lo que diga el maestro o Doctor común de la Iglesia.
Así las cosas,
los profesores de teología mejor considerados eran aquellos que memorizaban y
repetían con fidelidad material el texto de Sto. Tomás. Por lo general los
profesores no corregían a Sto.Tomás sino que trataban de exponer e interpretar
fielmente sus enseñanzas y defenderlas frente a quienes osaran ponerlas en duda
o negarlas. De ahí que las clases de teología degeneraran muchas veces en
luchas dialécticas de escuelas en lugar de progresar en la presentación
razonada y actualizada del mensaje cristiano de salvación, que es lo que Sto.
Tomás trató de hacer en su tiempo. Paradójicamente, en muchas aulas de teología
el estudio y la defensa del pensamiento de Sto.Tomás cobraron un protagonismo más
relevante que el conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura.
Algo incomprensible
si tenemos en cuenta que la reflexión teológica que lleva a cabo con mayor o
menor acierto el Aquinate supone ya que el profesor y el alumno conocen de
antemano a fondo la Sagrada Escritura. De hecho, él escribió la Suma para ser
estudiada después de dos años previos monográficos de estudios directos sobre
el texto de la Biblia. En su brevísimo prólogo a la Suma Teológica confiesa que
lo único que pretendió fue escribir un modesto manual académico de teología
bien estructurado para que sus alumnos no perdieran el tiempo en las aulas con
disquisiciones tediosas e inútiles. Cualquier cosa menos escribir un catecismo
para ser aprendido de memoria de generación en generación como algunos
insensatamente han pretendido. Una cosa es que Tomás de Aquino sea un pensador
y un teólogo excepcional, que merece ser conocido antes que muchos otros, y
otra cosa es que su pensamiento haya de servir para todo y para todos.
En clave piadosa
Tomás de Aquino
no sólo es divus Thomas, o el
Angélico. Es, por encima de todo, “El Santo”. “Como muy bien dice el santo”... Todas
estas expresiones reflejan la actitud de quienes consideran que lo que dice
Sto. Tomás ha de ser aceptado de forma cultual. Se da culto al pensamiento del
Santo. Por lo mismo hay que estudiarlo con devoción y defenderlo con ardor
contra sus “adversarios”.
Quienes
cometieron este error olvidaron que la santidad puede darse en una persona sin
autoridad científica ninguna. Igualmente, un pensador puede alcanzar gran
autoridad científica y llevar una vida ética desastrosa. Ni la santidad es de
por sí una garantía de ciencia ni la ciencia lo es de la santidad. Una persona
puede ser santa y analfabeta, científicamente una eminencia y en su conducta
personal un desastre. La santidad no es un aval de todo lo que uno dice ni la
ciencia de lo que debemos ser. Sto. Tomás es un caso antológico de armonía de
estos extremos pero ello no autoriza a exagerar ninguno de ellos. Si alguien
quiere admirar la santidad del Aquinate está en su derecho de hacerlo. Pero tal
derecho no autoriza a deducir automáticamente su autoridad intelectual de su
santidad. Tampoco su santidad de su autoridad intelectual.
El respeto y
veneración del discípulo hacia su maestro es comparable al de un buen hijo con
sus buenos padres. Tal veneración no implica la aprobación de sus defectos y
eventuales equivocaciones. Lo mismo cabe decir de los buenos discípulos de Sto.
Tomás. El pensamiento de Tomás de Aquino pierde todo su valor desde el momento
en que se lo convierte en un fetiche religioso al que hay que tributar culto o
veneración. Él mismo protestaría contra esta forma de tratar sus magistrales
enseñanzas.
Como algo impuesto y no como algo sabiamente recomendado.
La obra de Sto.
Tomás en su conjunto es una joya de la inteligencia humana y como tal ha de ser
considerada. En el esfuerzo por conocerlo nunca se pierde el tiempo. Pero, como
todas las cosas buenas, cuando son impuestas, también el estudio de Sto.Tomás
puede ser objeto de rechazo por la simple razón psicológica de ser impuesto de forma
autoritaria en lugar de recomendarlo por su valor objetivo.
Históricamente se
han cometido errores en este punto pero ello no debería ser motivo para
dejarnos llevar por el sentimiento perdiendo la oportunidad de conocer una de
las formas más sanas y fecundas de pensar sobre los asuntos más trascendentales
de la existencia humana. Es muy conveniente estudiar a Sto. Tomás, sobre todo en los centros
teológicos, pero no en clave autoritaria, o piadosa, sino como maestro de la
inteligencia humana y con sentido crítico. Ni como una segunda Biblia, ni como
un catecismo sino como una de las obras más lúcidas de la inteligencia humana
aplicada a todos los problemas trascendentales de la existencia en torno a
Dios, la vida, el hombre y el mundo. De lo contrario se corre el riesgo de
desfigurar su pensamiento y de provocar una reacción de rechazo.
Desde el período
de restauración del pensamiento tomista por parte de León XIII hasta el
concilio Vaticano II la balanza se inclinó en muchos casos hacía la imposición
autoritaria. Con Pablo VI y Juan Pablo II se puso de nuevo de relieve la
conveniencia de la educación tomista de la inteligencia, pero como una
recomendación sincera y honesta, basada en razones objetivas, y nunca más como
una imposición autoritaria. En fin de cuentas, ni siquiera la Biblia fue
necesaria aunque sí muy conveniente. De hecho Cristo no escribió ningún libro
de teología. De modo análogo cabe decir que se puede ser un gran pensador y un
cristiano ejemplar sin conocer para nada los escritos de Sto.Tomás. Pero esto
no invalida la encarecida recomendación de sus escritos principales como obra
de una de las cabezas intelectuales mejor armadas de Occidente. Esta es la cuestión. No se trata
de seguir estudiando a Tomás de Aquino por razones nostálgicas o sentimentales.
Se trata de aprender de Tomás de Aquino el arte de usar correctamente la razón
en lo cual nos jugamos el sentido de la vida y nuestra felicidad.
14. Aclaraciones sobre la Lógica matemática
Llegados
a este momento de nuestro discurso es obligado hacer una mención y valoración
crítica de la denominada “Lógica matemática o simbólica”. Los razonamientos
formulados en cualquier idioma con frecuencia son difíciles de evaluar ya que
el lenguaje natural está intoxicado de sofismas, ambigüedades, diversidad de
intenciones, metáforas, imágenes y toda suerte de manipulaciones. Aún cuando
conocemos los mecanismos para detectar estas intoxicaciones subsiste siempre el
problema de determinar la validez o invalidez de nuestros razonamientos. Para obviar
este escollo surgió el lenguaje simbólico artificial al cual puedan traducirse
los enunciados y los razonamientos del lenguaje natural. El propio Aristóteles
utilizó ya abreviaturas para facilitar esta labor y en los tratados de Lógica
clásica se consolidó un sistema simbólico de letras aplicado a los enunciados,
razonamientos simples y complejos.
En
principio cabía pensar que de esta forma se podrían obviar los inconvenientes
de la imprecisión y acortar el proceso de los razonamientos. Tan sencillo como
reducir proposiciones y razonamientos a simples letras del alfabeto para jugar
después con ellas de una manera precisa, lógica y coherente. Fue algo parecido
a la sustitución de los números romanos (I, II, XXIII…) por los arábigos (1, 2,
2 3…). Es obvio que en la realización de cálculos resulta más fácil trabajar
con la numeración arábiga que con la romana. Pues bien, la Lógica matemática o
simbólica, se tomó tan en serio la sustitución de las proposiciones y de los
razonamientos naturales por palabras y símbolos que olvidó casi por completo la
referencia a la realidad. Para comprender el alcance de esta afirmación basta
recordar algunos datos de su breve pero intensa historia reciente.
El
uso de los símbolos al estilo aristotélico fue imitado por los estoicos y los
escolásticos medievales. Pero, según los historiadores, el primer proyecto de
cálculo lógico de esta naturaleza es atribuido a Raimundo LLull (1235-1315) en
su célebre Ars magna, donde se
propuso crear simbólicamente mediante letras, círculos, triángulos y otras
figuras un instrumento capaz de encontrar todas las conclusiones posibles de
premisas dadas de una manera prácticamente mecánica. Sin embargo, se piensa que
el verdadero promotor de este proyecto con la perspectiva actual es debido a
Wilhelm Leibniz (1646-1716). Leibniz constató cómo los matemáticos resolvían
los problemas de los cálculos matemáticos sin discusiones mientras que los
filósofos se encontraban enfrentados siempre con eternas polémicas. Así las
cosas, lanzó la idea de transformar los razonamientos lógicos en un “cálculo
raciocinador” en el cual a cada idea debía corresponder un signo
representativo, de tal forma que combinando estos signos resultara una especie
de idioma universal en el cual fuera posible expresar todos los conceptos
complejos con sus conclusiones correspondientes. De esta forma, opinaba
Leibniz, se evitarían las ambigüedades del lenguaje común y del discurso
filosófico al tiempo que se eliminarían los errores de todos los razonamientos
como simples errores de cálculo matemático. Como puede apreciarse, en esta
sugerencia está ya prevista la reducción del discurso filosófico a fórmulas
matemáticas.
Pero
la construcción efectiva de una Lógica matemática o simbólica tuvo lugar en el
siglo XIX con George Boole (1815-1864), Augusto Morgan (1806-1871), Gottlob
Frege (1848-1924) y José Peano (1858-1932). Con la particularidad de que estos
expertos no pretendieron, como Leibniz, crear un instrumento para el lenguaje
común o filosófico, sino en concreto para las matemáticas. La lógica simbólica,
por tanto, era concebida por estos autores como una construcción rigurosamente
lógica de las matemáticas. De ahí que terminara hablándose de lógica matemática
en lugar de lógica simbólica. Entre 1910 y 1913 aparecieron los tres volúmenes
de Bertrand Russell (1872-1970) y Alfred North Whitehead (1861-1947): Principia matemática, que se convirtió
en una de las obras del género más importantes hasta nuestros días. Su
desarrollo prodigioso se ha llevado a efecto en el ámbito de la lógica de las
proposiciones, de los predicados y de la lógica de clases. Destacando que fue
esta, la lógica de clases, la que primero y más se desarrolló.
En
efecto, una vez decididos a traducir la Lógica a fórmulas matemáticas, lo
primero que hicieron fue considerar los términos universales como clases,
grupos o conjunto de objetos de acuerdo con una definición o regla de formación
como, por ejemplo, los números naturales, primos o cuadrados. Todo ello con
vistas a sustituir la Lógica aristotélica de los términos, que considera
principalmente la comprensión de éstos, por una Lógica de clases en la cual
centrar la atención en la extensión de los términos dando lugar a una especie
de álgebra abstracta. Algo así como la teoría de los conjuntos matemáticos o el
álgebra de las matrices. En consecuencia, se definieron los primeros conceptos
lógico-matemáticos. Luego siguió la enunciación de las leyes lógicas que deben
regular las relaciones entre los elementos y las clases mediante operaciones
que no siempre equivalen a las de las operaciones numéricas. En el álgebra de
los números, por ejemplo, un producto es nulo si uno de los factores es nulo.
En el álgebra de las clases, en cambio, el producto puede ser nulo incluso
cuando ninguna de las clases es nula. Basta que ninguna clase tenga elementos
comunes con otras clases. Total que se terminaron implantando las ecuaciones
lógicas. Luego se desarrollaron ampliamente la lógica de las proposiciones, de
los predicados y de los axiomas.
Como
era de esperar, la lucha entre la Lógica clásica y la Lógica matemática o
simbólica no tardó en desatarse. Quienes dispongan de tiempo y humor pueden entretenerse leyendo los
impresionantes tratados de lógica matemática tachonados de letras y símbolos
convencionales con sus fórmulas, que hacen pensar en una sopa de letras y
palabras. Mi opinión sobre este asunto es la siguiente. Es obvio, como hemos observado más arriba, que
el lenguaje común, y más el lenguaje filosófico y científico, está intoxicado
de sofismas, géneros literarios, imágenes y toda clase de ambigüedades que
impiden la precisión y exactitud de nuestros discursos, y es comprensible que
se busquen soluciones para resolver este problema. Pero la pretensión de
reducir el lenguaje humano a fórmulas matemáticas, además de imposible, puede
resultar no menos ridículo que la pretensión de reducir los idiomas a poesía.
Dada la grandeza de nuestra condición humana y la riqueza de lo real, el
lenguaje humano es incapaz de expresar en su totalidad y de forma perfecta toda
esa riqueza de contenidos. Por lo mismo, pretender hacerlo con precisión
matemática equivale a empobrecer nuestra percepción y expresión humana de la
realidad. La lógica matemática o simbólica ha contribuido mucho al desprestigio
actual de la razón filosófica. No menos que los conceptualistas y nominalistas
de todos los tiempos, y la razón es fácil de comprender.
La
Lógica simbólica, en efecto, se dedica a hacer malabarismos con los signos
abstrayendo por completo de la realidad o contenido objetivo de los conceptos,
de las proposiciones y de las conclusiones. Es la Lógica formal clásica sin
referencia a la realidad, reducida a fórmulas matemáticas cuya entidad no va
más allá de los puros entes de razón sin consistencia en la vida real. En
Lógica clásica se estudia esta dimensión subjetiva de los conceptos y de su
organización racional. Pero cuando se la aplica al discurso normal y a la
reflexión filosófica o científica, jamás se prescinde de su referencia a la
realidad. Cuando tal referencia o conformación con la realidad no existe, los
conceptos, las proposiciones y los razonamientos resultan automáticamente
falsos y carentes de interés cuando no dañinos. La Lógica simbólica o
matemática de la que hemos hablado, por relación a la Lógica clásica de cuño
aristotélico, puede ser comparada en su conjunto a un estupendo libro moderno
de contabilidad. Me explico.
Mientras que en
la Lógica clásica no tiene sentido perder el tiempo redactando un informe
económico sin capital contable y efectivo, lo propio de la Lógica matemática es
enseñarnos a redactar ese informe abstrayendo de si hay o no capital básico o
dinero en efectivo. Basta quererlo hacer y disponer de tiempo e imaginación.
Uno se imagina que tiene un patrimonio X, unos ingresos anuales A y gastos B, y
redacta el libro en todos los pormenores imaginables con un saldo anual C. Según la Lógica clásica, en cambio, un informe
económico no tiene sentido ninguno si lo que se dice en él no se corresponde
con la existencia real del patrimonio y la contabilidad bancaria. Siguiendo la
comparación, cabe añadir que, por su propia naturaleza, la Lógica
matemática aplicada al lenguaje
ordinario o al filosófico, no cotiza en la bolsa de la realidad. Sus libros de
cuentas son imaginarios y sólo autorizan a poseer y firmar cheques en blanco.
Una vez más el uso de la razón es defraudado en su compromiso natural con la
realidad.
La experiencia de
la vida nos enseña, antes de ser filósofos, teólogos o científicos de
profesión, que no basta ser lógicos y coherentes con nosotros mismos y con
nuestras ideas. Hay que ser también objetivos y verídicos. No basta la
coherencia lógica y formalista. Hay que ser realistas y de ahí la utilidad del
estudio de la Lógica clásica actualizada con preferencia a la Lógica matemática
o simbólica. Dicho lo cual, y habida cuenta de las dificultades connaturales ya
mencionas que hay que afrontar, cabe recordar los consejos prácticos
siguientes.
15. Consejos prácticos para razonar bien
Razonar
bien es una habilidad que se aprende con la experiencia de la vida, el estudio
de la Lógica y la puesta en práctica de algunas normas elementales al alcance
de todos. Razonar bien no es cosa fácil pero los consejos que siguen pueden
ayudar mucho a superar las dificultades congénitas y culturales existentes.
1)
EVITAR LA PRECIPITACIÓN PENSANDO ANTES DE HABLAR LO QUE SE VA A DECIR
Hay personas que hablan precipitadamente sin pensar bien
antes lo que dicen. Como consecuencia de esto se encuentran luego en la
necesidad de hacer rectificaciones y de pedir disculpas por lo que han dicho o
han dejado de decir. La precipitación es mala consejera. Tan mala como la
inhibición y el miedo a hablar. Lo sabio y prudente consiste en hablar con
conocimiento de causa en el momento oportuno y con las menos palabras posibles.
El mucho hablar no favorece la corrección de nuestros discursos si estos no van
precedidos de información sólida y reflexión. La experiencia de la vida enseña
que la falta de reflexión previa antes de hablar suele ser causa de muchos
disgustos y equivocaciones que podían haberse evitado. La sabiduría popular a
este respecto es elocuente. Quien dice lo que no debe (por precipitación o falta de reflexión) oye lo que no quiere.
2) NO EMOCIONARSE DEMASIADO
Tanto matan las alegrías como las penas. Esto significa que
las emociones fuertes nos privan de la serenidad necesaria para afrontar los
problemas de la vida. De ahí que los sentimientos suelen ser malos consejeros.
No en vano se dice que del corazón salen los problemas y de la cabeza las
soluciones. Para afrontar las situaciones fuertes de la vida con acierto hay
que acostumbrarse a enfriar las emociones y poner a pleno rendimiento la razón.
Una persona enamorada, por ejemplo, u ofendida, no se encuentra en condiciones
emocionales adecuadas para tomar ciertas decisiones que afectan directamente a
esos sentimientos. Cuando estamos eufóricos vemos las mismas cosas de forma
diferente que cuando estamos deprimidos. Los psicólogos se las ven y se las
desean para equilibrar estos extremos en sus pacientes. Los grandes problemas
de la vida se resuelven mejor con un poco de sangre fría que con mucho calor
emocional. Se dirá que es difícil mantener esa sangre fría en los momentos más
calientes de la vida. Es difícil, ciertamente, pero por eso mismo hay que concienciarse
de ello y ejercitarse en filtrar los sentimientos en la razón antes de que sea
demasiado tarde.
3) NO
OBSESIONARSE POR ENCONTRAR INMEDIATAMENTE LA SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS
Por
supuesto que hay problemas que requieren solución urgente. El piloto aéreo que
se encuentra en vuelo con un problema técnico imprevisto tiene que actuar con
la mayor rapidez posible para evitar el desastre. La víctima de un bestial
atentado terrorista no puede esperar mucho tiempo para ser socorrida. Nuestra
vida es muchas veces un rosario de urgencias. Pero estas decisiones rápidas,
para que sean tomadas con acierto, suponen mucho tiempo de preparación y
entrenamiento previo para actuar oportuna y correctamente en las situaciones de
emergencia. Ahora bien, hay gente acelerada que ante los problemas que surgen
sin urgencias tienden a precipitarse tomando decisiones que luego han de
retractar. Por ejemplo, casarse o no casarse, casarse sin otro motivo que el
estar enamorados de una u otra persona, optar por una u otra profesión, tener
un hijo, cambiar de trabajo. Son decisiones importantes que requieren un tiempo
prudencial para no ser tomadas a la ligera y cometer errores sin marcha atrás.
Los sentimientos suelen ser malos consejeros, pero cuando se convierten en
obsesión son altamente peligrosos porque nos hacen perder la necesaria libertad
para actuar con serenidad y corrección.
4)
PROCEDER DE LO CONOCIDO A LO DESCONOCIDO Y DE LO
FÁCIL A LO DIFÍCIL
Aunque
este principio parece obvio, en la vida práctica se tiene muy poco en cuenta.
Ocurre un accidente mortal de tráfico y muere un joven conductor. Pues bien, en
lugar de empezar investigando la causa inmediata del accidente, la madre de la
joven víctima lanza un grito de protesta al cielo preguntando a Dios por qué ha
permitido la muerte de su hijo. Ya antes de conocer la causa del accidente
imputa emocionalmente a Dios la responsabilidad del mismo. Obviamente, y con
toda razón, esa pregunta no tiene respuesta. En vez de empezar formulando
preguntas que no tienen respuesta, lo razonable en este caso es que la madre
exprese amorosamente su dolor materno por el hijo fallecido y espere los
resultados finales de la investigación en curso sobre la causa inmediata del
accidente. Imaginemos que el resultado de la investigación es que el joven
había salido de una fiesta a las cuatro de la mañana con una considerable dosis
de alcohol en el cuerpo conduciendo su coche a 130 kilómetros por hora. Si
estos datos son objetivos, ya tenemos el punto de partida que facilitará el
conocimiento de otras circunstancias concomitantes del accidente antes de
atribuir responsabilices a nadie, y menos a Dios. Por ejemplo, que el coche
había pasado una revisión técnica y no habían advertido fallos importantes en
el motor. O que se cruzó un borracho y el joven conductor hizo una maniobra de
emergencia para evitar embestirlo y, como con secuencia, se salió de la
calzada. Y así sucesivamente, de lo inmediato y más fácil se van descubriendo
las causas y concausas del accidente hasta poder formular un juicio certero y
justo sobre las responsabilidades del mismo. Una vez que todo esto ha quedado
claro, tiene pleno sentido reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la
responsabilidad de conducir un vehículo a las cuatro de la mañana después de
una animada fiesta nocturna y tantas cosas más. En este contexto se comprende
que la madre se dirija a Dios, pero no para culparle del accidente, sino para
presentarle su dolor y suplicar la fuerza moral necesaria para afrontar con
dignidad la muerte de su hijo. Es sólo un ejemplo para ilustrar la
razonabilidad de proceder con éxito de lo más fácil y conocido a lo más difícil
y desconocido.
Por otra
parte, hay personas que parecen disfrutar creando problemas donde no los hay
haciendo que las cosas fáciles resulten difíciles y la difíciles, imposibles.
En el lenguaje común se dice que son personas “enrevesadas”. Son los
conferenciantes, profesores y escritores los cuales piensan que, si hablan con
claridad, sus oyentes los van tomar por superficiales o poco profundos. Por el
contrario, si hablan utilizando cultismos, circunloquios y términos exóticos
para oscurecer sus discursos, estos serán calificados de profundos. Estas
personas confunden el uso de la razón con la pedantería. Pero aún fuera del
contexto académico hay personas tan “enrevesadas” que resulta muy difícil
mantener con ellas una conversación fluida y razonable. Todo lo ven dudoso,
complicado y prácticamente sin solución. Basta que encendamos la pequeña
linterna de la razón para aportar un poco de luz para que algunos se apresuren a
apagarla con sutílísimos argumentos. Estas personas causan la impresión de que
las razones, la claridad y las cosas fáciles les molestan y se apresuran a
complicarlo todo. Ese afán de complicar las cosas en lugar de aclararlas es
justamente el proceso opuesto al buen uso de la razón, que nos protege tanto
contra las ilusiones como del pesimismo poniéndonos en el lugar que nos
corresponde en el mundo de lo real.
5)
APRENDER A ANALOGAR Y USAR LOS GÉNEROS LITERARIOS
Hay
que aprender a situar primero las partes en el todo, tratando de lograr una
visión global, para después afirmar los intereses del todo sin negar los
intereses de las partes y viceversa. El resultado final será un razonamiento
integral en el que ambas dimensiones son tenidas en cuenta. Así pues, las
exigencias del bien común no pueden imponerse suprimiendo los derechos
inalienables de las personas. Pero tampoco es razonable afirmar los derechos
inalienables de las personas particulares a costa de los bienes que son comunes
a todos. Por ejemplo, el poder pasear libremente por la calle y hablar con
quien nos plazca es un bien común que ha de ser respetado y protegido por las
autoridades públicas. Pero cualquier persona normal y con uso de razón
comprende que si cada uno va por la vía pública “como si la calle fuera suya”,
atropellando al que se le pone por delante o insultando, la libertad de estas
personas debe ser reducida a sus justos límites. En el lenguaje corriente se
dice que la libertad de cada uno termina allí donde empieza la libertad de los
demás.
El
asunto de la analogía para el correcto uso de la razón es muy serio y lo he
tratado con detención en diversas ocasiones. De todos modos, recordemos ya que
expresiones como: “O yo o nadie”, “o todos o ninguno” etc. se oyen con
frecuencia en la vida ordinaria y son temerosas porque con ellas se está
sugiriendo la imposición absolutista del todo contra las partes, o de las
partes contra el todo. Lo cual suele traducirse en política como represión de
las libertades personales o desorden y anarquismo social. Cualquier cosa menos
optar por lo justo y razonable entre esos extremos indeseables. De ahí la
posibilidad de evitar estos extremos sin necesidad de ser expertos conociendo,
si es posible, y manejando la Lógica racional. Pero no es necesario llegar a
tanto. Basta dejarnos llevar por el sentido común aprendiendo a utilizar
correctamente las comparaciones, los ejemplos ilustrativos, las exageraciones e
hipérboles, las generalizaciones y los matices cuando hablamos. Si oímos decir,
por ejemplo, que “todos los políticos son iguales”, a saber, sedientos de
poder, mentirosos, ladrones o sinvergüenzas, la réplica del sentido común no se
hace esperar. Pronto algún interlocutor matizará: “hombre, también hay
políticos buenos”; “no hay que exagerar” y así sucesivamente. Por el contrario,
si alguien se entusiasma cantando las glorias de tal o cual candidato político,
o despellejando a su contrincante, también la voz del sentido común nos sale al
encuentro para que no nos hagamos ilusiones ni seamos pesimistas. El sentido
común y la experiencia de la vida nos ponen en la realidad, según la cual,
cualquier candidato político puede resultar tan malo y mejor que su predecesor.
Nadie es tan malo como piensan sus enemigos ni tan bueno como piensan sus
amigos. Razonar analogando significa poner cada cosa en su sitio en todos los
órdenes de la vida sin destruir ninguna.
6) NO CONFUNDIR
LA VERDAD OBJETIVA CON LA MERA CORRECCIÓN LÓGICA
DEL DISCURSO
La
coherencia entre lo que uno piensa o siente y su forma de comportarse en la
vida es uno de los factores psicológicos que más influyen en el éxito de los
charlatanes, de los tiranos y de toda suerte de demagogos. Todos, por lo
general, sentimos alguna admiración hacia aquellos que tratan de llevar a la
práctica de forma rigurosa y sistemática lo que piensan, aunque nos parezca que
están equivocados. Por el contrario, sentimos indignación y rechazo
incontenible hacia los hipócritas, aunque tengan razón, precisamente porque
hacen gala de la verdad que proclaman con las palabras pero que niegan al mismo
tiempo con sus hechos. De ahí la facilidad con la cual los tiranos y demagogos
embaucan momentáneamente a la gente pero son aborrecidos tan pronto se descubre
que no son coherentes sino hipócritas y falsos.
Los discursos de estos personajes
son a veces piezas maestras desde el punto de vista gramatical y literario. No
en vano suelen disponer de buenos expertos en la materia. En efecto, un
argumento puede ser formulado con perfecta corrección gramatical y de acuerdo
con las normas más rigurosas de la Lógica racional y ser falso por su
contenido. La coherencia lógica no garantiza la verdad de lo que decimos. En el
lenguaje común se expresa esto mismo con frases como estas: “habla muy bien
pero no dice nada”; “habla muy bien pero no me convence”; “sí, está muy bien lo
que Ud. dice pero no me interesa su propuesta”. Otras veces se dice que fulano
o mengano habla o escribe muy bien y a continuación se añade un silencio
descalificador. Es una forma elegante de decir que eso tan bien dicho o escrito
no es verdad por más que lo parezca. No basta hablar o escribir bien. Hay que
decir algo verdadero, o por lo menos no engañar, para no traicionar al uso de
la razón y ponernos fuera de la realidad.
Los
razonamientos gramatical y lógicamente correctos con contenido falso son como
los fascinantes billetes falsos de 500 euros en el mercado. Hay que aprender a
detectarlos para ponerlos fuera de circulación. Para terminar este rosario de
consejos prácticos para usar bien la razón cabe añadir que cualquier
razonamiento que esté fundamentado en la falta de respeto a la vida humana o
con el cual se pretenda justificar su eventual destrucción, nos pone
automáticamente fuera del uso correcto de la razón y, por lo mismo, debe ser
revisado y rectificado. Cualquier razonamiento contrario a la vida humana es
por su propia naturaleza falso, aunque esté lógica y gramaticalmente bien
formulado. La coherencia lógica por sí misma no es garantía de pensamiento
razonable y verdadero. Ahora bien, entre estos criterios prácticos para acertar
en el uso de la razón hay que destacar la analogía como método propio y
específico de la inteligencia humana.
CONCLUSIÓN
De lo dicho hasta aquí cabe concluir que, de acuerdo con
los postulados del buen uso de la razón, los científicos deben estar abiertos a
la reflexión filosófica sin limitarse a descuartizar y analizar la materia; los
filósofos deben estar abiertos a la transcendencia sin perderse en
disquisiciones teóricas meramente conceptuales e ideologías, y los teólogos
deben aprender a reflexionar correctamente sobre los datos de la fe desde la razón
filosófica y científica. Todos tenemos necesidad de aprender a razonar correctamente
para encontrar el sentido a la existencia humana. Contra los abusos de la
ciencia, de la razón y de la fe (cienticismo, racionalismo, fideísmo) cabe
siempre la alternativa de la razonabilidad
en nuestras formas de sentir, creer, pensar, y comportarnos como seres libres y
responsables ante la vida. Y, por supuesto, sin perder nunca el sentido común
entendido como olfato natural para discernir entre lo verdadero y lo falso, lo
bueno y lo malo sin dejarnos engañar por falsos razonamientos intoxicados por
los virus contaminantes del lenguaje y de las pasiones humanas.
De acuerdo con la experiencia más castiza de la vida, para
llevar una vida feliz no basta sentir sino que
hay que rumiar los sentimientos y las emociones con el pensamiento.
Tampoco basta pensar sino que hay que digerir lo pensado razonando. Pero tampoco
basta razonar. Hay que digerir los pensamientos razonando correctamente. Por
último, no basta razonar bien. A las buenas razones hay que añadir la salsa del
amor. Es cierto que se puede vivir
en este mundo sin usar la razón, usándola incorrectamente y hasta de forma
perversa. Igualmente se puede vivir sin amar maltratando y hasta odiando a
nuestros semejantes. Por desgracia mucha gente ha vivido y vive así. Pero es
prácticamente imposible ser felices y vivir esperanzados al margen del buen uso
de la razón y del amor. Los buenos razonamientos son
indispensables pero no suficientes para hacer felices a las personas. Sin la
salsa del amor: la inteligencia nos hace perversos y la justicia implacables;
la riqueza nos hace avaros y la pobreza orgullosos y vengativos; la diplomacia
nos hace hipócritas y la política drogatas del poder y egoístas; el éxito nos
hace arrogantes y estúpidos y la belleza ridículos; la autoridad nos hace
tiranos y las leyes y el trabajo esclavos; la oración nos hace introvertidos,
la religión nos hace fanáticos y el sufrimiento, aunque sea pequeño, se
convierte en tortura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario