miércoles, 6 de agosto de 2014

CAPÍTULO V

CAPITULO V

EL ARTE DE RAZONAR BIEN

            1. Sentido común y experiencia de la vida

            En la vida corriente estamos acostumbrados a oír expresiones como: “es una persona con mucho sentido común”, “esto es de sentido común”. O bien: “es una persona muy insensata”; “seamos sensatos” y así sucesivamente. Son formas de destacar el grado de sensatez, cordura y sentido realista de las personas. O bien la no necesidad de explicar cosas que son obvias para la mayoría de la gente por lo que nos sentimos excusados de perder el tiempo dando explicaciones innecesarias.
            ¿Qué significa usar el sentido común relacionado con la experiencia de la vida? ¿Basta usar el sentido común para resolver satisfactoriamente los problemas básicos de la vida o es preciso reforzarlo con la aplicación rigurosa de la disciplina filosófica denominada Lógica racional? Por otra parte, a veces se oye decir que tal o cual persona es “lógica” o “incoherente”  en sus planteamientos y proposiciones. En realidad lo que se quiere decir con estos calificativos es que somos o no somos razonables en lo que decimos y hacemos. La Lógica evoca inmediatamente la idea de orden y forma razonable de pensar y actuar en la vida. En contextos académicos y científicos la Lógica está íntimamente relacionada con la metodología científica utilizada en los diversos campos de investigación. Esta constatación empírica nos permite sospechar ya que el asunto de la Lógica es importante.
            En la doctrina clásica se habla de sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) e internos. Estos últimos son: sentido común, imaginación, memoria  y  estimativa-cogitativa. Para enfatizar el grado de concentración requerida para tratar con éxito un asunto importante que traemos entre manos decimos que hay que “poner los cinco sentidos”, ya que cualquier distracción podría echarlo todo a perder o tener consecuencias gravísimas. Un fallo de atención, por ejemplo, del piloto de un avión con centenares de pasajeros a bordo puede dar lugar a una catástrofe sobre la cual mejor es no pensar. Por su parte, en los tratados clásicos de psicología racional el sentido común es definido como aquella facultad interior en la cual se reciben e imprimen todas las imágenes que llegan enviadas por los sentidos externos.
            La función clave del sentido común, entendido como facultad interna, consiste en unificar y regular la multiplicidad sensorial llegada del exterior sirviendo de enlace con el resto de los sentidos internos.  El sentido común, así entendido, no ejerce función alguna reflexiva sino que colabora en el procesamiento de nuestros conocimientos. No entiende las cosas, las siente al acoger y unificar la diversidad de imágenes y sensaciones transmitidas por los sentidos externos. Como funciones propias del sentido común cabe destacar las siguientes. 1) Conocer las diferentes cualidades captadas por los sentidos externos y compararlas. 2) Conocer los actos u operaciones de los sentidos externos y 3) Distinguir los objetos reales de las imágenes fraguadas en la fantasía.
            Esta tercera función es del máximo interés porque nos protege contra el riesgo de salirnos de la realidad y perdernos en el mundo de los sentimientos, de la imaginación y de la fantasía. Las personas con mucho sentido común son realistas y, como suele decirse, “tienen los pies en la tierra”. El tener sentido común va asociado así a tener una visión realista y objetiva de las cosas y es el aspecto que nos interesa destacar aquí por su vinculación con la realidad y el estudio de la Lógica racional. En los diccionarios pueden encontrarse definiciones del sentido común con matices que lo asocian a la sensatez y la cordura. Por ejemplo, cuando se lo define como “capacidad de juzgar y obrar con acierto. La Real Academia lo define como “modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”. En esta definición se asocia el sentido común a aquello que es conforme al buen juicio natural de las gentes. Otras veces aparece contrapuesto al conocimiento de los expertos evocando las habilidades mentales compartidas también por mucha gente. O cuando se dice que es el conocimiento que se adquiere por medio de la experiencia y a través de los sentidos. Lo cual significa que se trata de un conocimiento espontáneo ya que se da sin haberlo buscado, o bien es fruto de la necesidad de solucionar inmediatamente un problema concreto que no admite dilación.
            Cuando uno se encuentra con un enfermo en la calle, por ejemplo, lo primero que se le ocurre a cualquiera por sentido común, es buscar lo antes posible un médico o llevarlo al centro de salud más próximo. Después se resolverán los problemas burocráticos del paciente. En muchos casos las decisiones del sentido común están relacionadas con lo que hace la mayoría de la gente de acuerdo con costumbres y tradiciones culturales concretas. Por ejemplo, ante un problema que afecta directamente a las mujeres, la mayoría de la gente no reacciona de la misma manera en la cultura islámica y en la cultura de inspiración cristiana. En cualquier caso el sentido común es asociado siempre a la toma de decisiones que la mayoría de la gente considera sensatas y prudentes sin necesidad de recurrir a estudios o razonamientos especiales.
            Es famoso a este respecto el irónico comentario de Descartes en su Discurso del método, cuando dice que el sentido común es el mejor repartido, ya que nadie parece apetecer más del que tiene. El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno. Lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes. Y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.
            Ironía a parte, Descartes reconocía la existencia del sentido común del que cualquier persona normal está dotada para discernir entre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Otra cosa es el uso que luego hacemos de esa facultad innata y previa al conocimiento científico. Nos encontramos ante una capacidad natural de pensar y actuar, de juzgar y obrar de forma acertada en los asuntos de la vida. Esto es obvio y como tal se acepta en esta obra.
             Otra cosa es la pretensión posmoderna de querer excusarnos de usar la razón en nombre del sentido común, que, por mucha importancia que tenga, en fin de cuentas no es más que un preludio natural del uso de la razón. Los clásicos hablaban de conocimiento vulgar asociado a la experiencia de la vida, por relación al conocimiento científico, que es el resultado final de investigaciones y razonamientos posteriores. En esto hay mucha tela que cortar ya que, al relacionar el sentido común con la experiencia de la vida, muchos posmodernos quieren a toda costa que el uso de la razón sea suplantado por experiencias emotivas previas o consiguientes a la aparición y uso de la razón.
            Hablando de la experiencia de la vida como fuente de inspiración del sentido común, los posmodernos nos remiten a las vivencias personales en el ámbito de las emociones, sensaciones y disposiciones corporales. Experiencias inmediatas, dicen, que tienen lugar en nosotros sin posibilidad de ser verificadas racionalmente sino sólo como sentimientos y emociones. Sin emociones no puede haber racionalidad. El sistema lógico conceptual o conocimiento explícito, es, ciertamente, la forma más especializada en definir y conceptualizar, pero es parcial, por lo que  necesita del constante apoyo dado por un conocimiento más global e inmediato como es el del conocimiento tácito proveniente de la experiencia inmediata a través de los sentimientos y las emociones.
            Esta teoría tiene una parte de verdad y otra de engaño. Hemos hablado antes de la asincronía genética del uso de la razón como el mayor obstáculo para el uso de la misma. En efecto, cuando el uso de la razón  emerge durante el desarrollo de la personalidad, han pasado ya muchos años de experiencias inmediatas exclusivamente emocionales, las cuales se han convertido en referentes eficaces para fijar nuestra visión de la vida y de nuestros criterios de conducta. Con la aparición del uso de la razón se produce un conflicto entre esas experiencias o vivencias emocionales y los criterios racionales en los que esas experiencias tienen que ser filtrados. ¿Quién pone orden en la casa de nuestra personalidad?, ¿la loca de la imaginación y de los sentimientos o la razón ordenada y serena?
            Pero vengamos a las vivencias inmediatas fundamentales. ¿Tienen estas la última palabra? Aquí está la parte engañosa. Si el liderazgo de nuestra vida, una vez que aparece el uso de la razón, lo han de seguir ejerciendo la imaginación y las emociones,  salimos del fuego para caer en las brasas. En ese caso no habría desarrollo humano propiamente dicho, el cual sólo tiene lugar bajo el liderazgo razonable de toda nuestra riqueza emocional acumulada durante los años anteriores a la aparición del uso de la razón y las que irán surgiendo a lo largo de la vida.
            Desde el momento preciso en que se instaura nuestro código genético empieza nuestra carrera en la experiencia de la vida. Sin que nadie nos lo enseñe, asumimos como bueno lo que es favorable para nuestra existencia feliz y como malo lo que es desfavorable. Desde el seno materno empezamos a luchar por la vida. Primero de forma instintiva e inconsciente y posteriormente de una manera consciente aunque no siempre reflexiva. Con el paso del tiempo vamos acumulando así una sabiduría denominada natural porque es fruto del hecho mismo de vivir, anterior a cualquier aprendizaje escolar o académico. Un bebé, por ejemplo, no necesita ir al colegio para saber quién es su madre. Esto lo aprende de forma natural en sus relaciones y experiencias amorosas con élla. Tampoco le ha enseñado nadie a comer y beber cuando tiene hambre o sed. Si lo contrario ocurriera sería signo inequívoco de que el bebé padece alguna anormalidad.
            A lo largo de la vida somos después testigos de acontecimientos felices y desgraciados sin fin. Una larga vida es una fuente de experiencias múltiples y los que tienen sentido común, aunque no sean cultos o intelectuales, aprenden la lección de esas experiencias con relativa facilidad. De ahí el dicho popular de que “el diablo sabe más por viejo que por diablo”. O este otro: “Sabe más por viejo que por haber estudiado”. O aquel otro: “Lo que la naturaleza no da Salamanca no lo presta”. La naturaleza es la primera maestra de la vida y para aprender de élla no es necesario realizar grandes estudios. Basta ser personas normales. Esa sabiduría acumulada a lo largo de la vida es la base del sentido común. O sea, de ese olfato natural con el que todos nacemos para discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno y lo malo, antes y después de poner a pleno rendimiento el uso de la razón.
             El sentido común es la capacidad natural o innata para aprender de la vida antes de la aparición del uso de la razón y durante toda nuestra existencia terrenal. Por el hecho mismo de vivir vamos acumulando experiencias seguras sobre lo que es favorable o desfavorable para el logro de una existencia feliz dentro o fuera del tiempo y del espacio. Por sentido común, o sea, sin necesidad de devanarnos los sesos con razonamientos científicos, cualquier persona normal y sin prejuicios culturales acepta sin dificultad que la razón tiene la misión primordial de poner orden en la administración de nuestro mundo de los sentimientos y de las emociones. Por experiencia sabemos que cuando esto no ocurre se produce el caos. El sentido común se alimenta de la experiencia de la vida bajo el gobierno de la razón. El sentido común es ese olfato de verdad coherente con la realidad, con el que todos nacemos, y que nos lleva a buscar esa verdad de la vida de una forma instintiva y natural antes incluso de la aparición del uso de la razón. No obstante, se habla de actitudes y opciones que muchos quisieran dejar durante toda la vida fuera de ese razonable y saludable control. Por ello me parece oportuno añadir las siguientes consideraciones.

            2. Utilidad de la Lógica racional
           
            Después de lo dicho sobre el sentido común y la experiencia de la vida, cabe preguntarnos si, realmente, vale la pena embarcarse en el estudio de la Lógica racional. La mayoría de los seres humanos, desde que el hombre existe sobre la tierra, no ha realizado estudios de Lógica. La gente corriente vive del sentido común y de la experiencia directa de la vida. Los más lúcidos añaden un poco de reflexión elemental espontánea y poco más. Por otra parte, los grandes pensadores que se han empleado a fondo en el estudio de la Lógica racional no siempre han sido un modelo práctico de cordura y buenas razones. La Lógica racional mal utilizada puede resultar peor incluso que su desconocimiento. Su mala aplicación se presta a las mil maravillas al uso perverso de la razón. Ahí está, como prueba de ello, la historia de los  malos intelectuales que con sus especulaciones nos alejan de la realidad.
            No obstante, y a pesar de todo, creo que el sentido común y la experiencia de la vida, si no pasan de alguna manera por el filtro del uso correcto de la razón, nos llevan igualmente por caminos con alto riesgo de errar en la vida. La historia de la humanidad está tachonada de graves errores humanos debidos al protagonismo de la imaginación y el sentimiento sin control de la razón. No en vano cuando se trata de definir seriamente al ser humano tenemos que reconocer que su insignia propia es la razón como facultad exclusiva de pensar y razonar. Pero no basta razonar. Hay que aprender a razonar bien de acuerdo con las leyes del pensamiento humano en armonía con la realidad. Por ello creo que el estudio de la Lógica racional, por más que no sea absolutamente necesario para la vida, resulta muy aconsejable, sobre todo en los centros educativos de las nuevas generaciones. A simple vista, teniendo en cuenta los rasgos esenciales de la Lógica racional clásica, cabe destacar algunas utilidades de gran envergadura.
            La Lógica, en efecto, tiene como finalidad propia asegurar el acierto del conocimiento humano en todos los ámbitos de la vida. Tomás de Aquino la definió como “el arte por el que se dirigen los actos de la razón, para proceder en el conocimiento de la verdad ordenadamente, con facilidad y sin error”. La Lógica es, en efecto, una habilidad que se logra aplicando de forma rigurosa las reglas propias del pensamiento humano. Su objeto propio son los actos del pensamiento aplicados al conocimiento de la realidad de una forma ordenada y reflexiva. Ahora bien, el pensamiento humano se articula en tres momentos u operaciones psicológicas básicas denominadas por los expertos clásicos simple aprehensión, juicio y raciocinio.
            La simple aprehensión (simplex aprehentio) consiste en la primera toma de conciencia de la realidad en la que estamos inmersos. Es el primer chispazo de nuestra primera percepción de la realidad universal y de las realidades particulares que nos rodean. Tomamos conciencia, por ejemplo, de nuestra ubicación en el espacio y el tiempo. Nos hacemos conscientes del lugar geográfico en el que nos encontramos y de la época histórica que nos ha tocado vivir. No es lo mismo encontrarse uno viviendo en un país africano que en Alaska; en un país desarrollado o en vías de desarrollo; en el trópico o en la Patagonia; en un país tradicionalmente en guerra con sus vecinos o en otro pacificado; en una zona rural tradicional o en una gran urbe moderna. El entorno geopolítico condiciona profundamente nuestra primera imagen de la realidad. Un niño, por ejemplo, que ha crecido en una región montañosa con vegetación y agua abundante tiene una imagen inicial del mundo muy distinta de otro que ha nacido y crecido en el desierto y la llanura. Los jóvenes nacidos y crecidos en países en permanente conflicto bélico tienen también otra percepción inicial de su mundo real. Otro momento decisivo frente a la realidad se refiere a la toma de conciencia de nuestra realidad genética y familiar. ¿Niño o niña? ¿Hombre o mujer? ¿Sexo masculino o femenino? ¿Homosexual/lesbiana o heterosexual? ¿Solteros o casados? ¿Hijo/a de familia rica y poderosa o pobre y desamparada? Son todas aquellas cuestiones relacionadas directamente con nuestra identidad personal, con nuestro yo y nuestras circunstancias.
            La simple aprehensión o primera toma de conciencia de estas realidades que termino de enunciar y equivalentes, es decisiva para el futuro desgraciado o feliz de las personas. Es el punto de partida de la aventura del conocimiento y, por lo mismo, si emprendemos el viaje con mal pié el resto del camino será un constante tropezar y caer. Una percepción inicial equivocada, por ejemplo, de nuestra realidad genética y familiar nos conducirá inexorablemente a formas equivocadas e infelices de ver y entender después la vida.
            Por la simple aprehensión tomamos conciencia también de la realidad política, económica y educativa en que nos hemos de realizar como personas. La dimensión social del hombre se explica adecuadamente por el principio de necesidad. Todos, en efecto, nacemos débiles y necesitados de la ayuda de los demás para llevar a cabo el proyecto de nuestra vida. Cualquier animal al nacer tiene más capacidad de valerse pronto por sí mismo que el hombre. Esa dependencia natural de los unos con los otros es lo que nos obliga a ser sociables y agradecidos con los demás. Ahora bien, la ayuda natural que todos necesitamos para subsistir, una vez arrojados a la existencia, no se percibe de la misma forma bajo un régimen político dictatorial, democrático, rico o pobre.
             Al tomar conciencia de estas realidades las reacciones pueden ser muy diversas en función de la primera imagen de la vida que ha sido asimilada y los sistemas educativos en vigor. Después de la segunda guerra mundial, por ejemplo, el mundo comunista y el denominado “mundo libre” se disputaron y trataron de imponer dos formas radicales opuestas y en muchos casos contradictorias de simple aprehensión del mundo y de la vida. Yo tuve la oportunidad de constatar sobre el terreno esta “duplex aprehentio”, materialista y libertaria, como fuentes de inspiración científica, política y económica. El resultado inmediato fue que la simple aprehensión de la materia embruteció a los primeros y la simple aprehensión de la libertad corrompió a todos. Últimamente cabe hablar también  de lo que podíamos denominar simplex aprehentio islámica y de los nacionalismos. Está por ver el final de esta nueva andadura si bien cabe sospechar que no sea más feliz que el final de la simpleza perceptiva del materialismo y de la libertad enfrentada a la vida. Ni el dogmatismo materialista, ni el libertinaje democrático, ni el fanatismo religioso son una percepción correcta de primera instancia de la realidad. Por el contrario, son deformaciones de la realidad convertidas artificialmente y por la fuerza en cosmogonía y falsa teología. Cualquier cosa menos lo que en Lógica se considera una primera toma de conciencia de la realidad como primer momento psicológico del proceso cognoscitivo humano.
            La segunda operación de la mente para conocer la realidad se denomina juicio. El juicio del que se habla en la Lógica nada tiene que ver con los juicios o procesos judiciales que tienen lugar en los tribunales de justicia. Otra cosa es cuando se dice de una persona que “ha perdido el juicio”. Esta expresión puede referirse, efectivamente, a que la sentencia de los tribunales le ha sido desfavorable. Pero también, según el contexto, a que ha perdido la capacidad de razonar. Por el contrario, cuando esa capacidad no admite dudas se dice que está “en pleno uso de sus facultades”. En realidad lo que se quiere decir es que está capacitada para razonar y tomar decisiones juiciosas como, por ejemplo, dictar su testamento. En la vida real tener uso de razón equivale a estar psicológicamente en condiciones de emitir juicios de valor sobre cosas, personas y formas de comportamiento. En este punto nos encontramos en pleno campo de la Lógica.
            Una vez que hemos tomado conciencia de la realidad, corresponde ahora juzgarla y emitir juicios acertados de valor sobre ella. ¿Cómo? Esto es justamente lo que se aprende también en la Lógica. Pero antes digamos que la simple aprehensión de la realidad no es suficiente para la vida. Por ello sentimos después la necesidad de valorar la realidad aprehendida para establecer lo más acertadamente posible nuestra escala de valores. Nos preguntamos, por ejemplo, qué es más importante, la salud o el incremento del sueldo. Cualquier persona normal y sensata, que se detiene unos momentos a pensar y sopesar el bien de la salud como alternativa a una tentadora subida del sueldo, concluye sin dificultad que el sueldo debe estar en función de la vida y no al revés. O bien que se trabaja para comer en lugar de comer para trabajar. O sea, que la vida es lo primero y que todo lo demás vale más o vale menos por relación a la vida. Esto es lo que expresamos en el lenguaje ordinario cuando saludamos a un amigo y le preguntamos afectuosamente: ¿cómo te va la vida?; ¿qué es de tu vida?”. O bien,  “lo importante es que haya salud”, y así sucesivamente.
            En fin de cuentas, la libertad, el amor, la verdad, la belleza, la amistad, el prestigio social, el dinero o el poder, sin vida son como hojas otoñales que se lleva el viento. Sin vida no hay felicidad y mientras hay vida hay esperanza. Pues bien, esta escala de valores es el resultado de la activación del juicio como segunda operación de la mente en el proceso de nuestro conocimiento de la realidad. Se comprende así que esta operación haya sido analizada minuciosamente por los expertos de la Lógica desde los tiempos de Aristóteles hasta nuestros días.
            El otro capítulo fundamental de la Lógica se refiere al raciocinio. ¡Razonar bien! ¡Saber razonar! ¡Ser razonables! ¿Una ilusión? No. La Lógica ha descubierto las reglas del razonamiento correcto. Entonces, ¿por qué la gente no es más razonable? ¿Por qué hay tanta gente que razona tan poco y tan mal? La respuesta es relativamente fácil.
            Nacemos con una naturaleza racional, es decir, con capacidad para razonar. Pero a razonar bien se aprende con el tiempo usando el sentido común, sacando lecciones prácticas de la experiencia de la vida y con el estudio de la Lógica. Las dificultades principales que han de ser superadas durante el aprendizaje han sido ya señaladas pero vale la pena recordarlas sumariamente antes de seguir adelante. Son las provenientes de la asincronía genética, del predominio de los sentimientos y de los malos sistemas educativos. La aportación esencial del raciocinio en el contexto de la Lógica consiste en aprender a deducir unas verdades de otras previas mediante la reflexión, y ordenar nuestros conceptos e ideas sin suprimir sus vínculos con la realidad. Por otra parte, una de las funciones específicas de la inteligencia consiste en poner orden en nuestra mente de acuerdo con el orden de la realidad. Ahora bien, la materialización de esta función se lleva a cabo mediante la sistematización científica de nuestros conocimientos. De ahí la importancia de la Lógica en todos los sectores de las ciencias, lo mismo filosóficas que empíricas. Pero sigamos adelante matizando algo más las reflexiones que hemos hecho sobre las utilidades del estudio de la Lógica racional y científica.
            Los estudios históricos existentes sobre la Lógica clásica a partir de Aristóteles hasta nuestros días, y de la Lógica simbólica o matemática desde mediados del siglo XX constituyen un testimonio elocuente de la importancia de esta disciplina para la educación de la inteligencia humana y organización científica de nuestros conocimientos. La posmodernidad ha pasado por alto esta disciplina y cada vez se siente más la necesidad de volver a ella. Eso sí, habrá que hacerlo de una forma más realista y pedagógica que en tiempos pasados sin caer en la trampa de la Lógica simbólica o matemática. Así de claro. El estudio académico de la Lógica racional no es necesario para la vida. La mayoría de los hombres y mujeres del pasado y del presente han vivido y viven más o menos felices sin estudiar Lógica. La naturaleza nos ha dotado a todos de sentido común, experiencia y capacidad reflexiva suficiente para afrontar los problemas normales y menos complicados de la vida. Es lo que se denomina Lógica natural. No obstante, las jóvenes generaciones estarían mejor preparadas para afrontar los retos de la vida si se les facilitara en los centros educativos la posibilidad de acceder a los estudios de la Lógica racional, oportunamente actualizada y pedagógicamente bien impartida, como “Organon” o introducción a todas las áreas del conocimiento. Aristóteles, del que podrán decirse muchas cosas, pero no que fuera corto de inteligencia, así concibió y parió la Lógica racional y pienso que si esta vieja criatura fuera rejuvenecida y actualizada como merece, podría convertirse en un instrumento estupendo para enseñar a las nuevas generaciones a usar correctamente la razón.
           
            3. El problema de la intoxicación lingüística y los géneros literarios

            Hemos hablado del uso de la razón como problema personal de primera categoría destacando las principales dificultades connaturales y ambientales que han de ser superadas  para garantizar su ejercicio de la forma más correcta posible. Tradicionalmente el arte de aprender a razonar tuvo referentes diversos siendo altamente valorado el descrito en la Lógica de Aristóteles, la cual sigue siendo una joya pedagógica para aprender a razonar, pero insuficiente. Sin olvidar que con frecuencia ha sido utilizada de forma inadecuada propiciando incluso el abuso y uso despótico de la razón. De ahí que, por más que siga siendo un referente fundamental a tener en cuenta para garantizar el correcto uso de la razón, ello no dispensa de hacerlo con las debidas cautelas. En todo caso la Lógica aristotélica constituye una herramienta valiosísima para contrarrestar la intoxicación del lenguaje y el conflicto permanente entre el manejo de las imágenes y la percepción de la realidad.
            En efecto, cuando hablamos utilizamos las palabras y las frases con significados diversos provocando fácilmente percepciones falsas de la realidad en nuestros interlocutores. Otras veces hablamos con “segundas” y “terceras” intenciones. Incluso hay personas que se comen el mundo hablando del cielo y de la tierra sin saber realmente de lo que hablan. Esto ha dado lugar a la institucionalización de los sofismas y del metalenguaje. En esta misma línea tropezamos con el problema de los géneros literarios y las poderosas imágenes visuales modernas, que lo mismo facilitan la percepción fácil y agradable de la realidad que la percepción deformada o falseada de la misma. La Lógica aristotélica, bien entendida y reforzada con los modernos avances en el campo de la psicología del conocimiento, constituye una ayuda valiosísima para desenmascarar estos factores que complican aún más las dificultades connaturales del uso de la razón de las que hemos hablado antes.
            Cuando hablo de “intoxicación” del lenguaje me refiero a todas las formas manipuladoras del mismo que tienen lugar en los medios de comunicación social, al uso de los sofismas y del metalenguaje pero sin olvidar la instrumentalización política de los idiomas. La intoxicación del lenguaje tiene lugar siempre que se manejan las palabras y los discursos con significados falsos, distorsionados o deliberadamente equívocos induciendo a la confusión. Sin olvidar tampoco el problema de los géneros literarios y el manejo cada vez más frecuente del lenguaje subliminal. Es obvio que para hablar de forma razonable e inteligible hay que tener en cuenta también las intenciones de nuestros interlocutores y el género literario utilizado. Para ello es necesario conocer bien el significado de las palabras, que son como los ladrillos con los que se construye el edificio de nuestros razonamientos. Procedamos de forma breve y por partes.
                       
            4. El problema de los sofismas y del metalenguaje

            Llamamos sofisma (del griego sophisma = artificio, razonamiento capcioso) a un argumento falaz con el que se pretende defender algo falso. Todo argumento falso con apariencia de verdadero, y con el que se confunde al interlocutor mediante una argucia en la argumentación, es un sofisma. La argucia puede consistir en partir de premisas falsas como si fueran verdaderas, o bien en deducir de premisas verdaderas conclusiones que no se siguen realmente de dichas premisas. Una mujer, por ejemplo, está embarazada de un mes y quiere abortar. Va al centro de planificación familiar y le dicen que no hay ninguna razón en contra porque hasta los tres meses como mínimo el embrión no es humano y, además, la mujer es dueña de su cuerpo. Después de escuchar estos argumentos de los funcionarios del Centro a favor del aborto la mujer queda gratamente persuadida de que su opción por abortar es la correcta y pide día, hora y precios por el servicio. El engaño o sofisma ha consistido en dar por verdadero lo que realmente es falso. A saber, que el feto que lleva una mujer en sus entrañas no es humano antes de los tres meses y que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo. También puede ocurrir lo siguiente. Se reconoce que el feto es humano antes de los tres meses, pero la ley permite practicar el aborto durante ese tiempo. Esto es lamentablemente verdad en la mayoría de las legislaciones en vigor. Pero de ahí no se puede deducir en nombre del correcto uso de la razón que las prácticas abortivas legalizadas no sean homicidas, o que sean humanamente buenas y aconsejables. La razón nos dice que las leyes no convierten en buena una conducta objetivamente mala como la provocación del aborto por el mero hecho de realizarse con cobertura legal.
            El sofisma es prácticamente lo mismo que la falacia lógica. Falaz viene de falso y por ello falacia es toda proposición afirmativa presentada como verdadera pero que solo lo es aparentemente. Las falacias lógicas son utilizadas para justificar argumentos o posturas que no son justificables utilizando correctamente la razón. En los argumentos falaces hay siempre enmascarados engaños, falsedades y estafas. Por ello el saber reconocer las falacias lógicas es de gran ayuda para no ser engañados. Las falacias tienen muchos rostros. Por ejemplo, cuando se trata de distraer al interlocutor de la verdadera realidad de un asunto. En el caso anterior del aborto esa distracción tiene lugar cuando a la mujer que pide abortar se le informa hasta la saciedad de los aspectos legales y administrativos favorables a las prácticas abortivas sin decir a la paciente cómo y de qué manera se destruye la vida de un ser inocente en el seno de su madre, y se lo bota después a la basura o se lo destina a fines inconfesables.
            Lo mismo suele ocurrir cuando se informa a las potenciales candidatas a la fecundación in vitro y prácticas concomitantes. Se las ilusiona con la posibilidad de satisfacer su deseo intenso de maternidad pasando por alto, o tratando con mucha cautela, aquellos aspectos más vidriosos que con la cabeza serena y puesta en su sitio resultarían inaceptables. Lo mismo cabe decir de las informaciones masivas de la prensa, radio, televisión e internet. Como regla general se insiste en presentar las novedades científicas en función del presunto progreso científico que ellas representan, prestando escasa o nula atención a sus aspectos negativos en nombre de la razón. A menos que lo contrario resulte económicamente más rentable. La falacia o engaño en todo esto consiste en distraer la atención de nuestros interlocutores con descripciones, discursos y razonamientos falsos, en parte o en su totalidad. Estas falacias se caracterizan por el uso ilegitimo del operador lógico con el fin de distraer al lector de la aparente falsedad de tal o cual proposición. 
            Otras veces la falacia o engaño se lleva a cabo cambiando de tema para discutir sobre la persona que emite el argumento más que sobre las razones para creer o no en la conclusión. A falta de razones objetivas para sostener un argumento se apela a la presunta autoridad de determinadas personas. Es la falacia del “currículo”. Las personas simples y bien intencionadas son fácilmente sugestionadas por los títulos académicos y los cargos administrativos. El engaño está en relacionar deliberadamente el valor de un razonamiento con la posición social o los títulos académicos. Pero, de hecho, ni los títulos académicos ni la posición social de una persona son en sí mismos una garantía absoluta de buenas razones. Incluso cabe pensar que en ocasiones son un impedimento. El decir la verdad sobre algo o sobre alguien depende de poseerla y de quererla decir y no de los títulos académicos o de posiciones sociales privilegiadas.
            Pero tal vez lo más bochornoso es cuando se engaña a la gente utilizando argumentos sentimentales mediante la explotación de sus estados emocionales psicológicamente débiles. A un enfermo de cáncer, por ejemplo, resulta fácil convencerle para que compre medicamentos de dudosa eficacia a precios desorbitados. El enfermo ante el médico busca salud y se pone emocionalmente en sus manos aunque le cueste un riñón. Igualmente, la mujer que está obsesionada por tener un hijo se somete a un programa de reproducción de laboratorio aunque ello lleve consigo someterse a prácticas biomédicas razonablemente impresentables, si no objetivamente criminales a la luz de la razón. La falacia o engaño por explotación de los sentimientos es cada vez más frecuente. Largo sería describir las falacias y embustes de las que somos víctimas constantemente por parte de las personas privadas, y más aún de las instituciones públicas, sobre todo políticas y legislativas. Por ejemplo, a través de las interpretaciones de las estadísticas y las estrategias para conseguir votos favorables en las elecciones, o para la aprobación de leyes objetivamente irracionales e inhumanas en los foros legislativos de las naciones.
            Está de fondo el problema de las apariencias y la realidad. En cualquier orden de cosas podemos encontrarnos con apariencias de verdad que ocultan una falsedad. La sabiduría popular lo tiene claro: “las apariencias engañan”. O aquello de meterle a uno “gato por liebre”. En todo género de cosas se puede presentar el fenómeno de algo que parece ser lo que realmente no es. Las manzanas en el escaparate ofrecen a veces un aspecto exterior divino pero con gusano dentro. Una persona puede parecernos agradable y educada y ser realmente mala como un pecado. Los que tienen fama de chistosos y muy alegres muchas veces  son gente triste por más que nos diviertan y nos hagan pasar ratos agradables con sus gracias e ingeniosidades. La sabiduría popular ha sancionado también esta realidad: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. El rico al que le van bien los negocios se queja de que le van medianamente. Y el rico al que le van realmente mal presume de hacer gastos desorbitados y de comerse el mundo. Una vez más la sabiduría popular: “Medio mundo está para engañar al otro medio”. Otros van más lejos: “Esta vida es un engaño”. Se equivocan, claro está, porque no se han percatado de que la vida es justamente lo único que no engaña. Nos engañamos a nosotros mismos cuando no aceptamos sus leyes o incluso la maltratamos.
            Pues bien, algo semejante ocurre con el conocimiento. Junto a la alternativa de la verdad y el error manifiesto, existe también una apariencia de verdad en las expresiones y en el pensamiento humano tras de la cual con frecuencia se oculta un error o una falsedad. Ahí está el sofisma como el gusano dentro de la lustrosa manzana en la vitrina del mercado. Por ejemplo: “Hay que respetar las opiniones de todos”. En esta afirmación solemne hay un sofisma o falsedad ya que las opiniones, por definición, no pueden ser realmente sujeto de derechos. El verdadero sujeto de derechos es la persona que opina y no sus opiniones, las cuales pueden resultar tan estúpidas que sólo merezcan rechazo y desconsideración. Aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito pero hay gustos que merecen palos” es perfectamente aplicable a las opiniones. Las hay que no merecen el menor respeto. De hecho, cuando alguien toma la palabra en una discusión y comienza diciendo que respeta la opinión de su interlocutor, en realidad es una forma de advertir que no la respeta en absoluto. Otro ejemplo. “Hay que respetar la libertad de todos”. Ahora bien, la policía detiene a un terrorista y lo entregan a los tribunales, que le privan de su libertad enviándole a la cárcel. Conclusión: las leyes que permiten esos arrestos son injustas. El error se oculta bajo una forma de razonamiento en apariencia coherente manejando un concepto falso de libertad. El sofisma, paralogismo, o falacia es siempre un argumento que siendo erróneo parece concluir la verdad. Por eso en cualquier sofisma concurren dos elementos esenciales: una verdad aparente que sirve de trampa a los incautos; y un error oculto que nos lleva a deducir una conclusión falsa a partir de algo verdadero.
            5. Actitudes que favorecen el recurso a los sofismas
            Los argumentos sirven para corroborar la verdad de una conclusión a la que eventualmente hemos llegado por diversos caminos. Pero con frecuencia no alcanzamos nuestro objetivo de forma satisfactoria porque los argumentos están mal construidos. Si, por ejemplo, uno se empeña en convencer a otro para que vote a un determinado partido político argumentando que sólo esta agrupación gobernará de forma justa y honrada cuando llegue al poder, lo más probable es que esté perdiendo el tiempo. La base de la argumentación es emocional y no racional. La desilusión está servida ya que en política la opción óptima no existe, sólo existe lo menos malo frente a lo peor. Pero otras veces, y esto es lo que me interesa destacar aquí en función de los sofismas, hay gente que emplea argumentos aparentemente deslumbrantes con el fin de engañar, distraer o acallar al adversario. Es entonces cuando hablamos propiamente de sofismas o falacias.
            Falacia es la traducción castellana del latín fallatia, que significa engaño y es, a su vez, la traducción latina del término griego sofisma. Los sofismas o falacias son razonamientos incorrectos pero psicológicamente persuasivos. O sea, formas de razonar que parecen correctas pero que, cuando las analizamos nos percatamos de que son falsas. Nuestro lenguaje común está infectado de este tipo de razonamientos falsos a pesar de su apariencia atractiva. De ahí la conveniencia de tenerlos en cuenta para prevenirnos contra la desilusión y el engaño. Dicho esto, me parece importante destacar el hecho de que el recurso a los sofismas no ocurre por casualidad. Muchas veces son la consecuencia lógica de actitudes personales que conviene tener en cuenta como son las tres siguientes
            La actitud hostil frente a la racionalidad
            Tal ocurre cuando nos negamos de antemano a escuchar aquellos argumentos o razones que pudieran llevarnos a modificar nuestras propias opiniones o puntos de vista personales, a los que estamos aferrados y que por nada del mundo estamos dispuestos a renunciar. Las razones (más bien sinrazones) pueden ser de orden exclusivamente emocional, por bajo índice de inteligencia o por intereses ajenos a la razonabilidad. Esto lleva derechamente a disfrazar la realidad con argucias, ambigüedades y preguntas impertinentes. O lo que es peor. Hay quienes el desacuerdo con sus opiniones o puntos de vista lo interpretan como un ataque o descalificación de sus personas dando lugar a valoraciones y comentarios fuera de razón. De no optar por callar, la discusión puede envenenar las relaciones personales y degenerar en afirmaciones y reflexiones sofísticas falaces antes de dar el brazo a torcer. Hay gente que trata de afirmar su personalidad llevando siempre la contraria a todo el mundo, aunque sea haciendo razonamientos falsos y absurdos. Son esos de los que coloquialmente se dice que nunca están dispuestos a dar su brazo a torcer. Desde esa actitud no paran mientes en usar toda suerte de argucias dialécticas para mantenerse en sus trece. 
            Eludir el problema en lugar de abordarlo
            Este fenómeno es muy frecuente. En lugar de ir “directamente al grano” se hacen rodeos introduciendo otras cuestiones para distraer la atención, o simplemente para esquivar el bulto de la responsabilidad. La joven embarazada llegó con su pareja para tomar consejo y asumir sus responsabilidades de cara a su futuro y el de su hijo. Pero el padre de la criatura consiguió bloquear el tema de sus responsabilidades con un arsenal de cuestiones en extremo pintorescas y ajenas por completo al motivo que nos había convocado. Mi experiencia profesional es una cantera de casos en los que se esquiva la realidad marchándose por los cerros de Úbeda. Es una actitud nefasta en la vida corriente que sólo da lugar a discursos y sinrazones que al final se pagan caros. Con la realidad no se juega. Los problemas deben ser afrontándolos con todo su realismo sin eludirlos, si realmente queremos encontrar para ellos una solución. Hay gente muy experta en echar balones fuera con argumentaciones falsas pero deslumbrantes cuando algo no les interesa.
            Los olvidos y las confusiones
            Nuestra memoria sensitiva es muy frágil y limitada. También nuestra memoria intelectual. A parte de que la dotación natural de cada uno de nosotros varía mucho, con el curso del tiempo la memoria se va debilitando alarmantemente. Con la edad vamos perdiendo la capacidad de ver, oír y recordar. Cuando utilizamos tópicos como “si mal no recuerdo”, “creo recordar”, “si la memoria no me falla”, estamos reconociendo prácticamente que existe una pérdida natural de la memoria, tanto sensitiva como intelectiva. El olvido total de unas cosas y el recuerdo parcial de otras da lugar a juicios y valoraciones deficientes y engañosas como cuando hacemos generalizaciones indebidas. Sobre todo confundiendo lo accidental o secundario con lo importante o esencial de las cosas y de los acontecimientos. Los olvidos nos llevan a la confusión de lo esencial con lo accidental, de la regla general con las excepciones, del todo con la parte o viceversa, lo absoluto y lo relativo de las cosas. Los olvidos pueden producirse por el deterioro natural de nuestras facultades, pero también como recurso manipulador deliberado como cuando se aplica la técnica del silenciamiento. Pero vengamos ya más en concreto al recuento de algunos de los sofismas o falacias en los que la gente incurre con más frecuencia.
            6. Sofismas o falacias más frecuentes
            Juicios y valoraciones basados sólo en las apariencias
            La esencia de las cosas es lo que ellas son en sí mismas, y los accidentes aquello que las particulariza con aspectos sobreañadidos o sobrevenidos. Por ejemplo, el color de un automóvil, la estatura de una persona, la belleza física de una mujer y todo lo que es susceptible de ser adjetivable. Pero, como reza el refrán: “aunque el mono se vista de seda mono se queda”. Nuestra percepción superficial de las cosas no cambia su ser. En la cultura contemporánea denominada “cultura de la imagen” bajo el influjo de medios de comunicación masiva como la televisión, el cine e internet, el riesgo de juzgar las cosas y a las personas por su apariencia externa, y no por lo que realmente son, es constante, prepotente y alarmante, y nos lleva derechamente a hacer valoraciones precipitadas basadas en aspectos pintorescos o contingentes.     Cuando se dice, por ejemplo, que los vascos son violentos, los gallegos desconfiados, los catalanes peseteros y egoístas o los andaluces mentirosos, etc., en realidad se está definiendo a todos ellos por rasgos accidentales, que pueden ser reales en determinadas personas, pero nunca esenciales a éstas ni atribuibles a todas.
             Qué duda cabe, es otro ejemplo, de que hay muchos políticos corruptos, tribunales de justicia injustos y médicos que privan de la vida a ciertos pacientes. Pero de esta triste realidad no puede concluirse que todos los políticos son necesariamente unos golfos, que todos los jueces sean corruptos y los médicos asesinos. Unas veces las apariencias son buenas y la realidad mala. Otras, en cambio, las apariencias son malas y la realidad buena. De ahí la conveniencia de razonar las cosas antes de juzgarlas convencidos de que las apariencias engañan. Usando bien la razón evitaremos engañarnos a nosotros mismos y a los demás confundiendo lo accidental con lo esencial y lo que es importante con lo transitorio, accidental y efímero. En los ejemplos anteriores, además de ser víctimas de las apariencias, se aprecia inmediatamente una generalización absolutamente inadmisible de lo particular a lo universal, que no tiene cabida en un discurso racional bien hecho de acuerdo con las leyes más elementales de la Lógica.

            Las afirmaciones gratuitas
            Me refiero a esas afirmaciones gloriosas que a veces se hacen sin fundamentarlas en razones objetivas. Son muy propensas a esta forma de hablar las personas autoritarias y aquellas otras que, a falta de razones, presionan con los sentimientos. “Lo dijo Blas, punto redondo”. Quien dice Blas dice “el jefe” o simplemente: “lo digo yo y basta”. Hay muchas personas constituidas en autoridad que consideran normal sentirse excusadas de razonar sus decisiones. Incluso llegan más lejos creyendo que la autoridad no debe pedir disculpas de sus errores. Cuando alguien les pide explicaciones de algo presuntamente mal hecho son capaces de mentir descaradamente como bellacos antes que razonar sus decisiones o puntos de vista, sobre todo cuando temen tener que dar explicaciones por sus eventuales errores cometidos.  
            Las afirmaciones gratuitas son frecuentes también entre personas de dotación intelectual baja, que tratan de suplir con la voluntad lo que les falta de inteligencia. Suelen ser personas “tercas” y peligrosamente voluntariosas, las cuales anteponen la voluntad y los sentimientos al uso de la razón. Las afirmaciones gratuitas o faltas de fundamento racional son el pan nuestro de cada día en el prensa, en los editoriales y columnas de opinión así como en los debates y tertulias mediáticos en los que el objetivo principal es la propaganda, la publicidad y el espectáculo, prevaleciendo los criterios comerciales y políticos sobre la razón y la verdad. El hacer afirmaciones sin aportar razones conduce a la imposición de puntos de vista carentes de fundamento racional y es la antesala del abuso de la buena fe de nuestros interlocutores. Lo razonable es que cuando afirmamos seriamente una cosa lo hagamos apoyando nuestras afirmaciones en razones o motivos suficientes. Por lo mismo, cuando no estamos seguros de la solvencia de nuestros argumentos, lo razonable y honesto  es callar en lugar de engañar al prójimo con nuestras apreciaciones subjetivas o intereses personales.
            Deducción de conclusiones impertinentes
            Tal falacia tiene lugar cuando un razonamiento, que se supone dirigido a establecer una conclusión determinada sobre un aspecto concreto, es usado para probar una conclusión diferente. Un ejemplo. Se discute en el Parlamento la aprobación de una ley concreta sobre la clonación de embriones humanos como material básico de células madre con fines terapéuticos. Un orador pide la palabra y hace un discurso patético sobre el progreso de las ciencias biomédicas y sus potenciales beneficios para la humanidad, concluyendo que tal ley debe ser aprobada. Este discurso resulta impertinente, o lógicamente inatingente, porque de lo que se trata no es de aprobar una ley sobre la importancia del progreso científico sino de una ley concreta con unas características determinadas. Ni su desaprobación pone en duda la importancia del progreso científico ni su aprobación puede depender del mismo sino de las razones particulares que haya para aprobarla.
            Pero el orador logra así despertar una actitud de simpatía afectiva hacia su persona y su propuesta. Una vez logrado este apoyo afectivo, hace una transferencia de su actitud a la conclusión final. Pero tal conclusión no puede ser considerada como razonable y lógicamente pertinente. De la importancia del progreso científico no puede deducirse en nombre del uso correcto de la razón que la clonación de seres humanos, para ser destruidos después con fines de investigación o terapéuticos, deba ser aprobada. Otro ejemplo. Durante el proceso de un juicio el fiscal trata de probar que el acusado es culpable de asesinato. Para ello trata de demostrar que el asesinato es un delito horrible. Si de estas apreciaciones acerca de lo horrible del asesinato pretendiera inferir o deducir que el acusado es realmente culpable de tal delito, y el juez sentenciara impresionado por esos argumentos, tendría lugar la falacia de conclusión impertinente. Y es que, por muy horroroso que sea el crimen de homicidio, de ahí no se puede deducir que tal o cual persona sea un homicida. En el fondo de estas falacias legislativas y jurídicas está el fenómeno de las presiones sobre legisladores y jueces, sobre todo políticas y financieras. Pocas cosas hay que trastornen tanto el uso de la razón en la vida ordinaria como el poder, el dinero y las pasiones humanas.
            El recurso a la fuerza y apelación al miedo
            Consiste en apelar a la fuerza, en lugar de dar razones, para establecer una verdad o inducir una determinada forma de conducta. Es un recurso frecuente de las personas e instituciones que carecen de argumentos razonables y poseen alguna autoridad. Las amenazas pueden ser explícitas o veladas. Por ejemplo, la amenaza pública de aplicar sanciones económicas a un país o la declaración de guerra. Otras veces se hacen insinuaciones veladas. La vida política es la fuente más escandalosa de estas formas de argumentar mediante el recurso a la fuerza. De hecho, la declaración de guerra es el paso inmediato a la pérdida del uso de la razón. En las negociaciones con delincuentes y terroristas éstos argumentan siempre con amenazas verbales veladas y la pistola sobre la mesa. Los partidos políticos tratan de persuadir a sus militantes para que respeten la disciplina del partido y voten a favor de sus programas de acción bajo la amenaza de ser expulsados, aunque esto suponga votar en contra de su conciencia. Es obvio que en estos casos el factor decisivo de sus decisiones no es la fuerza de la razón sino la fuerza bruta. Durante las campañas electorales el recurso al miedo para ganar votos suele ser muy efectivo. ¡O nosotros o la calamidad y el desastre! ¡O nosotros o el demonio de nuestros opositores! ¡O nosotros o la vuelta a las dictaduras del pasado! Desde esta actitud se arman los argumentos persuasivos de forma que psicológicamente el votante se vea en la obligación moral de votar a favor del mejor manipulador de masas y el menos recomendable en nombre de la razón.
            El caso más extremo e irracional de recurso a la fuerza lo tenemos en los grupos terroristas cuyos razonamientos apenas se distinguen de los anuncios de extorsión, las amenazas de muerte y los disparos en la nuca de quien no se somete a sus sinrazones. En la vida privada las formas de presionar a otras personas mediante el recurso a las amenazas veladas, que afectan directamente a la sensibilidad condicionando el uso de la razón, son innumerables y pocas personas podrán decir que están libres de éllas. Aquello de que “quien bien te quiere te hará llorar” responde a la pretensión de quienes tratan de justificar sus formas habitualmente poco razonables de tratar a los demás ejerciendo la nefasta pedagogía del miedo, que nada tiene que ver con la conveniencia de ser razonablemente ordenados y disciplinados en la vida.
            El argumento “ad hominem” ofensivo y circunstancial
            Me refiero a aquellos argumentos que van dirigidos contra las personas más que contra sus opiniones. Esta forma de argumentar resulta ofensiva porque en lugar de tratar de cuestionar la verdad de lo que se afirma, por considerar que las razones en las que está apoyada no son razonablemente válidas, se ataca directamente a la persona que hace la afirmación. En filosofía, por ejemplo, hay sistemas filosóficos falsos por falta de cimentación suficiente en la realidad, lo  cual no obsta para que podamos encontrar en ellos verdades de apuño. El que un edificio (en este caso un sistema filosófico) esté mal construido y resulte inhabitable no obsta para que dentro de él haya muebles (verdades) de gran valor. No se puede negar el valor de estos muebles porque el edificio en su conjunto esté mal construido y amenace hundirse. De modo análogo no es razonable ni justo rechazar la verdad de una afirmación porque salga de boca de una persona poco o nada honrada. Una prostituta, por ejemplo, puede decir cosas estupendas sobre el amor como un médico puede ser un desastre como persona y al mismo tiempo un profesional más responsable que otros que gozan de buena reputación personal. Otra cosa es que “dime con quien andas y te diré quién eres”. Si una persona lleva una vida poco honrada, en principio es menos de fiar que otra que lo es en igualdad de circunstancias. Pero de ahí no se sigue que el rechazo eventual de un argumento haya de hacerse prescindiendo de la objetividad de las razones aducidas atacando al autor para ponerlo fuera de combate. Francis Bacon, por ejemplo, fue depuesto de su cargo de canciller por deshonestidad. Pero sería absurdo y falaz deducir por esto que su filosofía debe ser proscrita. Los regímenes comunistas han sido probablemente los más crueles y falsos de la historia. Sin embargo ello no significa que entre los marxistas no haya habido gente que ha dicho y hecho cosas estupendas. Los cristianos han sido criticados y hasta perseguidos desde sus orígenes hasta nuestros días. Igualmente los judíos y musulmanes. Pues bien, sería ridículo pensar que de estas denominaciones religiosas no puede salir nada bueno.
            Los prejuicios contra las personas y las instituciones nos llevan fácilmente a rechazar verdades comunes a todos que brotan del uso corecto de la razón. No. El recurso al ataque personal para descalificar una opinión dejando al lado las razones en que se apoya es una actitud irracional, cobarde y casi siempre ofensiva. No vale eso de desviar la atención del asunto que se discute hacia la persona del adversario o sus circunstancias personales desventajosas. Los políticos suelen ser maestros en el arte de la descalificación personal en los Parlamentos y durante las campañas electorales. Las campañas de desprestigio del adversario forman parte de su praxis habitual. Otras veces el argumento “ad hominem” o de ataque a la persona se utiliza aprovechando una circunstancia particular. Ocurre, por ejemplo, cuando en un debate público se reprocha al contrincante de no respetar los principios de su partido político o de su condición profesional. Así, un comunista, en vez de responder a las razones de su interlocutor cristiano, acusa a éste de no tener en cuenta la doctrina social de la Iglesia y le da consejos para que sea coherente con los principios del cristianismo. O a la inversa, un democristiano reprocha al comunista de no ser coherente con los principios del marxismo. Se producen así discursos ridículos con los que se trata de descalificar moralmente al adversario sin entrar en la discusión auténtica de las razones objetivas en las que deberían centrar su atención. Este tipo de argumentos de descalificación moral del adversario no ofrece fundamento racional para la verdad de sus conclusiones ya que están dirigidos solamente a conquistar el asentimiento de algún oponente a causa de especiales circunstancias vinculadas con él. Esta forma de argumentación ad hominem es lo mismo que acusar de incurrir en una contradicción al adversario entre sus creencias o convicciones y su vida práctica. En todo caso, ni de la ofensa personal directa a nuestro interlocutor ni de la presunta incoherencia de sus convicciones o creencias podemos deducir la presunta falsedad de sus razones. Lo contrario da lugar a la falacia o engaño respecto de los argumentos de este jaez.
            A veces oímos decir: “Es un sinvergüenza y como tal no puede tener una opinión fiable”. O “es un exagerado”, “se pone muy nervioso”, “es muy conservador o izquierdista”. O es  afín a tal o cual grupo político o religioso. En todos estos casos la estrategia consiste en descalificar de entrada al contrincante como persona para excusar sus razones antes incluso de hablar. Qué duda cabe de que muchas veces nuestros interlocutores no son como personas todo lo honrados y emocionalmente equilibrados que fuera deseable. Pero dentro de ciertos límites esas mismas personas pueden tener momentos de lucidez y ser capaces de hacer juicios más certeros y razonables que otras personas más honradas, pero más torpes de inteligencia. La descalificación personal nunca puede ser considerada como una fuente de verdad. Pensar lo contrario puede llevarnos a situaciones de irracionalidad inconfesables. De ahí la necesidad de aprender el arte de criticar las opiniones ajenas respetando siempre a las personas que opinan, incluso cuando sus opiniones  sean equivocadas  y razonablemente inaceptables.
            En relación con el engaño de la argumentación “ad hominem”, o del ataque personal, se encuentra el recurso dialéctico: “Y tú también”. Este sofisma consiste en rechazar  un razonamiento reprochando al contrincante de hacer o defender lo mismo que condena. O bien de no practicar lo que aconseja hacer a otros. Es la filosofía dialéctica del “médico, cúrate a ti mismo”. Porque, ¿cómo voy a seguir las recomendaciones del médico para dejar de fumar cuando él mismo fuma como un carretero? “Es más fácil predicar que dar trigo”. O “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; “ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio”. Expresiones como estas tienen un uso legítimo y otro engañoso. Todo es cuestión de saberlas manejar correctamente. Es correcto el uso del “tú también” cuando se utiliza claramente con el fin de rechazar la autoridad moral de una persona que pretende indebidamente influir sobre nosotros. La autoridad moral consiste en ser consecuentes con lo que aconsejamos a los demás predicando con el ejemplo lo que decimos con las palabras. En el fondo, de lo que se trata es de condenar la hipocresía de quienes no practican las virtudes que exigen a los demás. Es, por tanto, un mecanismo de defensa personal.
            En las situaciones dudosas, porque no hay razones convincentes o argumentos sólidos, recurrimos a los consejos de personas fiables por su coherencia y honestidad moral, la cual es incompatible con la hipocresía de quienes nos acusan de los defectos que ellos mismos comparten. No hay nada más intolerable, decía Cicerón, que alguien, que es incapaz de rendir cuentas de su vida, exija cuenta de sus vidas a los demás. El rechazo de la autoridad moral de una persona es legítimo y muchas veces necesario. La única condición es que se rechace su autoridad moral y no a su persona. Pero pongamos las cosas en su sitio y reconozcamos que el rechazo de la autoridad moral de una persona, tal como queda descrita, no justifica el rechazo sin más de sus razonamientos sin conocerlos y analizarlos. Otras veces el “tú también” se utiliza, no para descalificar la autoridad moral de las personas o de las instituciones, sino para excusar una determinada conducta. Tal sería el caso, por ejemplo, del que no deja de fumar simplemente porque el médico tampoco deja de fumar. Cuando el médico aconseja profesionalmente a un paciente no fumar no lo hace para respaldar su autoridad moral sino por razones médicas objetivas. Cuando tal sucede, el eludir los consejos del facultativo porque éste es incoherente en las cosas de su vida particular, es un sofisma. Igualmente es un autoengaño reducir la cantidad de sal en las comidas cuando el médico aconseja eliminarla por completo. El ataque personal a las personas y el “tapar la boca” dialécticamente a nuestros interlocutores nunca es fuente de verdad y siempre causa de disgustos y engaños.

            Argumento por la ignorancia
            Se comete esta falacia cuando se pretende sostener que una proposición es verdadera simplemente porque todavía no se ha demostrado su falsedad. O que es falsa porque no se ha demostrado su verdad. Esta falacia se comete muy frecuentemente tratándose de asuntos o fenómenos en los que no hay pruebas claras y definitivas en pro ni en contra. Hay muchas personas que están convencidas de verdades profundas de las que no renunciarían por nada del mundo y, sin embargo, carecen de capacidad expresiva suficiente para hacerlas valer con razones y argumentos lógicamente convincentes. Sería una simpleza, por ejemplo, pensar que, porque un niño sea incapaz de demostrar jurídicamente que tal mujer es su madre, el niño es huérfano de madre. Lo más escandaloso en este sentido tiene lugar en el campo jurídico. Si el nacimiento de un niño no está oficialmente registrado, para efectos legales es considerado como si no existiera. O bien este otro caso de la denominada “presunción de inocencia”. Puede ocurrir que la defensa del acusado haga ver al juez que su protegido es inocente siendo realmente culpable. Cuando esto ocurre es obvio que el juez ha sido engañado y ha sentenciado basado en la ignorancia. El hecho mismo de que después se demuestre la falsedad de la argumentación que dio lugar a la sentencia demuestra que el juez fue víctima del argumento por ignorancia. Los procesos judiciales son una mina de falacias y contra-falacias que pocos se atreven a denunciar. ¿Por qué será?
            Los argumentos piadosos
            El argumento “ad misericordiam”  tiene lugar cuando se apela a la piedad para conseguir que se acepte una determinada conclusión. Por ejemplo, cuando el abogado defensor en el tribunal de justicia deja a un lado los hechos que atañen al caso para obtener la absolución de su cliente, despertando sentimientos de compasión en el juez y los miembros del jurado. Un ejemplo históricamente célebre a este respecto se encuentra descrito en la Apología de Platón. El relato pretende ser una apología de la defensa que Sócrates hizo de sí mismo ante los jueces que le condenaron a muerte. Es una pieza maestra del género que no me resisto a reproducir. “Quizá haya alguno entre vosotros que pueda experimentar resentimiento hacia mi al recordar que él mismo, en una ocasión similar y hasta, quizás menos grave, rogó y suplicó a los jueces con muchas lágrimas y llevó ante el tribunal a sus hijos, para mover a compasión, junto con toda una hueste de sus parientes y amigos. Yo, en cambio, aunque corra peligro mi vida, no haré nada de esto. El contraste puede aparecer en su mente, predisponiéndolo en contra de mí e instarlo a depositar su voto con ira, debido a su disgusto conmigo por esta causa. Si hay alguna persona así entre vosotros –observad que no afirmo que la haya, pero si la hay- podría responderle razonablemente de esta manera: Querido amigo, yo soy un hombre y, como los otros hombres, una criatura de carne y sangre, y no de madera o piedra como dice Homero. Y tengo también familia. Sí, y tres hijos. ¡Oh atenienses!, tres en número, uno casi un hombre y dos aún pequeños. Sin embargo, no traeré a ninguno de ellos ante vosotros para que os pidan mi absolución”.
            La argumentación de este discurso de autodefensa apelando a la misericordia es realmente de antología. Lo que ocurre es que la objetividad o falsedad del crimen de imputación no es deducible de las razones humanitarias alegadas, tanto a favor como en contra del acusado. De ahí el engaño a que pueden inducir estas formas de argumentar. Sin ir tan lejos, otro ejemplo patético de esta naturaleza fue el discurso de despedida y autodefensa del Presidente Nixon cuando hacía memoria de su padre tras el escándalo de Watergate que le obligó a dimitir como Presidente de los Estados Unidos. Los argumentos de llamado a la piedad pueden tener sentido humanitario cuando se trata de poner freno a los potenciales abusos de la justicia. Pero resultan ridículos y falsarios cuando se utilizan para conseguir objetivos injustos o inhumanos. Por ejemplo, cuando el abogado defensor del joven que ha asesinado a sus padres pide que su protegido sea absuelto alegando que se ha quedado huérfano. O cuando se pide que los terroristas sean encarcelados en lugares donde puedan recibir visitas más fácilmente y ser atendidos por sus familiares. O simplemente se pide su absolución para evitar sufrimiento a sus padres. El argumento sentimental es un arma de doble filo que lo mismo conduce al ridículo que a la sinrazón. Por la vía sentimental se consigue eficazmente persuadir pero no convencer ya que en el fondo hay siempre un engaño disfrazado de humanidad.

            El sofisma populista
            Es otra falacia o engaño que consiste en hacer un llamado  emocional “al pueblo” o  público en general con el fin de conseguir su respaldo a favor de conclusiones no asentadas en razonamientos objetivos válidos. Se basa en la supuesta autoridad del pueblo, de una mayoría social o simplemente del auditorio que tenemos delante en una sala de conferencias. Se apela a esa supuesta autoridad como si la verdad de un argumento dependiera del número de personas que la apoyan. Es aquello de: “no es posible que tantos se equivoquen o no tengan razón”. El pueblo tiene razón aunque no la tenga. Se conoce también como la falacia del carro de la banda, por alusión al carro de los músicos en los festejos electorales al que se encaraman los entusiastas del ganador. Es lo mismo que “subirse al carro del vencedor”. En esta cuestión se supone arbitrariamente que una afirmación o proposición es aceptada como cierta por el mero hecho de ser aceptada por muchos o todos.
            Es obvio que, tratándose de meras opiniones o gustos, el argumento de la mayoría puede ser aceptable, aunque no necesariamente verdadero. La trampa está en deducir que algo es verdad, no en función de las razones aducidas sino del número estadístico de personas que opinan. El asunto es grave cuando se intenta probar mediante el peso de la opinión mayoritaria cosas que por su naturaleza no son opinables. Por ejemplo, matar a un ser inocente en el seno de su madre, mediante prácticas abortivas legalmente protegidas, no es una conducta cuya aceptación haya de depender de una opinión pública mayoritaria a su favor o en contra. La vida humana inocente no es un valor negociable. La opinión pública como tal no es fuente de verdad sino expresión de opiniones, voluntades y sentimientos. Pero no necesariamente de razones. Basta hacer un estudio psicológico serio sobre cualquier mitin político o campaña de propaganda o publicidad. Las estadísticas, por tanto, incluso las mejor hechas y objetivas, sólo sirven como orientación para conocer lo que un determinado número de personas siente y opina, pero no pueden ser consideradas como fuente de verdad en sentido propio. Más bien son fuentes de engaño.
            Y lo mismo puede decirse del recurso terco a la tradición y a la práctica común. “Siempre se ha hecho así” o “todo el mundo hace lo mismo”, luego tiene que ser verdadero o bueno. Esta forma de pensar y de argumentar conduce con frecuencia al simplismo y al ridículo. Muchas veces ocurre que, precisamente porque algo siempre se hizo así o porque todo el mundo hace lo mismo, la razón deduce que estamos equivocados y que hay que cambiar de tercio para no seguir en el error. Hay muchas tradiciones y costumbres que, analizadas con objetividad, no son más que malas costumbres que, al no haber sido corregidas a tiempo, terminaron convirtiéndose en venerables tradiciones. El recurso discursivo a ellas es una fuente constante de sofísticos y falsos argumentos. Con frecuencia la falacia populista consiste en el intento de ganar el asentimiento popular para una conclusión despertando las pasiones y el entusiasmo de la multitud. Es el argumento específico utilizado en las campañas de publicidad comercial y propaganda política.           
            El argumento “ad verecundiam” o de apelación a la autoridad      
            Consiste en la evocación de respeto que siente la gente hacia las personas famosas para conseguir la aprobación de una propuesta o conclusión. Es obvio que en casos dudosos o de poca claridad es razonable invocar la autoridad de personas competentes en la materia. Pero lo que no es admisible es confundir los hechos objetivos y las razones con el prestigio de las personas. Por ejemplo, es una falacia o engaño concluir que una conclusión filosófica es verdadera porque está avalada por Aristóteles. La autoridad de Aristóteles en filosofía es debida al valor objetivo de sus conclusiones y no al revés. Por tanto, lo que hay que buscar y criticar son esas razones sin tratar de imponerlas a los demás apelando a la autoridad del Estagirita. Si la conclusión es verdadera lo será por las razones en que está sostenida y no porque lo diga Aristóteles o cualquiera otro personaje célebre en el campo de la filosofía. Este tipo de falacia la encontramos indefectiblemente entre las técnicas de publicidad y propaganda. Hay una campaña electoral, por ejemplo, y para conseguir votos a favor de una determinada opción política, se reclutan celebridades conocidas por las masas a través de los medios de comunicación para entrevistarlas sobre el cielo y la tierra. Es obvio que el éxito de una bella y popular bailarina, por ejemplo, o de un deportista en el éxtasis del éxito no es un título que garantice mucha competencia para hablar de temas importantes ajenos a su profesión. Sin embargo, el impacto emocional de estos y otros personajes populares en las masas es tal que son escuchados aunque sean mudos. Pero es un engaño utilizar a estas personas como reclamo sentimental de apoyo o rechazo de conclusiones o proyectos desprovistos de razones objetivas válidas en nombre de la razón. 
            La falsa causa y la confusión causal
             A veces se toma como causa de un efecto algo que no es su causa real. Aparece un incendio en el monte y nos preguntamos por la causa del mismo. ¿Intencionado o fortuito? ¿Lo prendieron pirómanos profesionales, turistas, ganaderos o alguno de los bomberos? Mientras se averigua la verdadera causa del incendio cabe atribuirlo a causas o personas  que realmente no lo causaron. Pero puede ocurrir, y a veces sucede, que conociendo la causa del incendio o de un acto criminal cualquiera, se atribuya falsamente la responsabilidad del mismo a personas inocentes o a causas falsas. De esto saben mucho los jueces y expertos en criminología. Es todo un arte descifrar las falacias de testigos falsos y declaraciones de delincuentes destinadas a atribuir a otros la causalidad de sus crímenes.
            La falacia de confusión causal tiene lugar siempre que pedimos a una causa que produzca consecuencias o efectos que no le corresponden. Por ejemplo, no puede atribuirse a la religión el progreso o retroceso de las matemáticas por la simple razón de que no es esa su misión o razón de ser. Como la metafísica no tiene por objeto propio enseñar matemáticas o música. Uno puede ser un gran metafísico y no saber tocar el piano o pintar un cuadro. Igualmente se puede ser un gran matemático e ignorante en cuestiones metafísicas. Menos aún corresponde a la religión el progreso de las ciencias. La metafísica y la religión tienen unos objetivos y las ciencias otros. Si en algún caso cupiera establecer alguna relación causal entre el progreso o retraso de las ciencias y la religión o la metafísica, la responsabilidad sería de las personas y no de la religión como tal o de la reflexión metafísica. Este tipo de confusión causal y, por tanto de discursos falaces y engañosos, son el pan nuestro de cada día entre gente culta e intelectual. Otras veces se confunde la mera sucesión temporal con un vínculo causal. Es un problema de lógica inductiva. Si alguien dijera, por ejemplo, que después de la dictadura comunista en Rusia vino la democracia, y que por ello la democracia fue la causa de la caída del comunismo ruso, estaría incurriendo en la falacia de la confusión causal. Mil personas pueden desfilar una detrás de otra sin que exista entre ellas ninguna relación de padres a hijos. La sucesión en el tiempo, en efecto, no significa necesariamente relación de causalidad real.
            Las preguntas complejas
            Se comete la falacia de la pregunta compleja cuando, no percibiéndose la pluralidad de preguntas, se exige una respuesta única a la pregunta compleja como si fuera simple. Si uno pregunta a otro si ha acabado ya con sus malos hábitos o de pegar a su mujer, estas preguntas suponen que se ha dado ya respuesta a una pregunta anterior, que ni siquiera ha sido formulada. La primera, en efecto, supone que se ha respondido afirmativamente a la pregunta no formulada: ¿Tenía Ud. anteriormente malos hábitos? La segunda supone haber respondido también afirmativamente a la pregunta no formulada: ¿Ha pegado Ud. alguna vez a su mujer?  En ambos casos, si se contesta con un simple o no, ello tiene el efecto de ratificar o confirmar la respuesta implícita a la pregunta no formulada. Ahí está la trampa.
            Las preguntas de este tipo no admiten un simple sí o no como respuesta válida ya que son preguntas complejas en las que, de hecho, hay varias preguntas entrelazadas que han de ser respondidas por separado. Este tipo de falacia es muy frecuente en los tribunales de justicia. Por ejemplo, cuando los abogados plantean preguntas complejas a los testigos para confundirlos o incluso acusarlos. ¿Dónde ocultó Ud. las pruebas? Esta pregunta supone otra no formulada: ¿Ocultó Ud. las pruebas? ¿Qué hizo con el dinero robado? Esta pregunta supone esta otra no formulada: “¿Robó Ud. el dinero? Responder sí o no sin más a la pregunta compleja, y no a cada pregunta por separado, equivale a caer directamente en la trampa del interlocutor. Lo mismo ocurre en los Parlamentos cuando se entrecruzan las preguntas entre el Gobierno y los Parlamentarios, o de los Parlamentarios entre sí. El sofisma y la falacia de las preguntas complejas es parte del arte oratorio parlamentario. Los más diestros, además de responder con rapidez e ingeniosidad a los argumentos sofísticos del adversario, saben dividir hábilmente las preguntas complejas para responder a cada una de ellas por separado evitando el sí o no global.
            Pero la trampa de estas preguntas se encuentra como el gusano en el interior de la manzana en las preguntas que a veces son sometidas a votación general o referéndum. ¿Está Ud. por el socialismo y el progreso?, sí o no. En realidad son dos preguntas que requieren respuesta por separado para no caer en la trampa. Asociar el progreso humano al socialismo es una simpleza demagójica imperdonable ya que se puede estar a favor del progreso sin militar en el socialismo. Y uno puede votar a favor del socialismo y ser un retrógrado solemne en asuntos fundamentales de la vida. Cuando se propuso a votación el primer proyecto de Constitución europea en el 2004 se hizo en clave de pregunta completa sin tener en cuenta que uno podía estar de acuerdo con unos aspectos y en total desacuerdo con otros fundamentales. Por ejemplo, el voto global favorable equivalía a aceptar la fundamentación del texto en una concepción de los derechos humanos realmente deprimente. Paradójicamente, ni los que votaron a favor ni los que votaron en contra lo hicieron pensando en la parte consagrada a los derechos humanos. Lo cual pone de manifiesto hasta qué punto los motivos políticos suplantaron al uso de la razón de los votantes. Siempre que se propone a votación una conclusión o propuesta en forma de pregunta compleja, tal como queda descrita, hay una trampa o falacia política que es preciso denunciar a tiempo antes de comprometer nuestro voto.
            Todas estas falacias de atingencia o engaños solapados en la formulación de argumentos, conclusiones o propuestas científicas, comerciales, políticas o religiosas están denunciadas en el dicho popular: “Esto no viene a cuento”. La mayor parte de la gente desconoce por completo la existencia de los estudios realizados sobre estas formas de engaño, pero, por sentido común y experiencia de la vida, la gente los “huele” y reacciona defensivamente con expresiones inequívocas como: “No sabría decir por qué, pero esto no me convence”. “No lo veo claro”. “Ya me lo pensaré”. “Fíate de nadie”. “Demasiado bello para ser verdadero”. Como te descuides “te meten gato por liebre”. O simplemente, ¡Ojo!, que “estos lo mismo planchan un huevo que fríen una corbata”. Se intuye que las razones aducidas son falsas o  “no vienen a cuento”.  Pero hay  también otro tipo de falacias y engaños basados en la ambigüedad del lenguaje y falta de claridad. En los razonamientos y discursos se utilizan palabras o frases cuyos significados oscilan y cambian sutilmente en el curso del razonamiento falseándolo. Recordemos algunos más llamativos.
             El uso de términos equívocos
            Ejemplo clásico de razonamiento equívoco: “El fin de una cosa es su perfección. La muerte es el fin de la vida. Luego la muerte es la perfección de la vida”. ¿Por qué este razonamiento es falaz o engañoso? Porque se confunden dos sentidos diferentes de la palabra fin. Me explico.  Muchas de las palabras que usamos, por no decir la mayoría, tienen más de un significado literal. Por ejemplo, la palabra “vino” lo mismo puede significar el fruto de la uva que la acción de llegada en el pasado. El término “pico” lo mismo podemos usarlo para designar la herramienta que lleva ese nombre que la boca de un ave. Así pues, si, en lugar de distinguir y precisar claramente el significado en que usamos las palabras, las usamos mezclando sus diferentes significados, el equívoco y desconcierto resulta inevitable. Por supuesto que ambos significados del término fin son legítimos. Pero hay que utilizarlos sin confundirlos como en el ejemplo anterior. Por supuesto que el objetivo de una cosa es su perfección y que la muerte es el último acontecimiento de la vida. Pero la conclusión de que la muerte es la perfección de la vida no se deduce de estas premisas. Por lo tanto la conclusión del razonamiento es falsa.
            Otro tipo de equívoco muy frecuente está relacionado con el uso de términos relativos que tienen significados diferentes en contextos también diferentes. Así, por ejemplo, cuando hablamos de un hombre alto y de un edificio alto estamos hablando de la altura en dos contextos de realidad distintos. Un hombre se dice alto por relación a otros hombres y un edificio es alto por relación a otros edificios. Los argumentos en los que no se manejan correctamente los términos relativos suelen resultar pueriles y ridículos si se los toma en serio. Otra cosa es cuando se trata  de construir razonamientos en clave de humor y entretenimiento. Sería pueril y ridículo tomar en serio los razonamientos de Jaimito en los que el juego con los términos equívocos es el secreto de la hilaridad. En razonamientos a lo “Jaimito” cabría razonar así: “Un elefante es un animal; por lo tanto, un elefante pequeño es un animal pequeño”. El argumento es ridículo porque el término “pequeño” es relativo y un elefante, por pequeño que sea, es grande por relación a otros animales.
            Cuenta el humorista que fue un baturro a Sevilla a visitar a un amigo. Llegado a casa el amigo le recibió con gran alegría e inmediatamente ordenó a la señora del servicio: “Elenita, sirva Ud. al señor un “pocito” de chocolate”. El baturro, al oir “un pocito de chocolate”, pensando que un pocito, por chico que sea, siempre será grande, replicó sin vacilar: “Oiga, por favor, tal vez un “pocito” sea demasiado. Yo con un cubo tengo bastante”. El uso del término relativo “pocito” produjo el equívoco dando lugar a la conclusión en clave de humor que pretendía ofrecernos el humorista. El uso de los equívocos es indispensable para el género humorístico. Pero hay que saber cuando hablamos en clave de humor o queremos realmente decir verdades en serio. Si decimos, por ejemplo, que los sexos no son iguales y que, por tanto, los derechos no pueden ser iguales, estamos confundiendo la igualdad biológica con la jurídica. En realidad, del hecho de que biológicamente los sexos no sean iguales no puede deducirse que ante la ley no lo sean. Otro razonamiento falso por el uso de términos equívocos podía ser este: “Quien ocasiona una herida grave a otra persona es un delincuente. Es así que los cirujanos del corazón ocasionan heridas graves a sus pacientes. Luego los cirujanos de corazón deberían ir todos a la cárcel por delincuentes”. A nadie con dos dedos de frente se le oculta que en este razonamiento se confunde la acción de matar o hacer daño a otro con la intervención quirúrgica realizada con el único y verdadero propósito de lograr la curación de los enfermos y salvarles la vida. La misma falacia o engaño tiene lugar cuando se confunde la responsabilidad jurídica, en la que se presupone la inocencia del acusado hasta que se demuestre lo contrario en los tribunales de justicia, con la responsabilidad política, que se basa exclusivamente en la confianza de los ciudadanos expresada mediante los votos. El perder la confianza de los votantes no significa necesariamente haber incurrido en la delincuencia aunque no se excluya. Si ésta existe o se sospecha, tendrá que ser demostrada.
            Otras veces la falacia o engaño de los argumentos estriba en el uso torpe y descuidado de las palabras. Es lo que se denomina ambigüedad por anfibología. Por ejemplo: “Pedro dijo a su hijo que tenía mal aspecto”. Esta afirmación es ambigua o anfibológica porque no queda claro si el que tiene mal aspecto es el padre o el hijo. Para aclararlo no queda otro remedio que tener en cuenta el contexto. Pero a veces esta ambigüedad es deliberada. Tal ocurre habitualmente en los titulares de la prensa. Hay periodistas que no reparan en caer en el ridículo con tal de ofrecer un título sensacional y atractivo. Por ejemplo: “Un granjero se saltó la tapa de los sesos con una pistola después de haberse despedido afectuosamente de su familia”. O este otro: “Una prostituta acusó a su cliente de violarla”. No, por favor. El despedirse uno afectuosamente de su familia o el violar a una prostituta son expresiones que no se pueden utilizar razonablemente sin matizar el uso polisémico de las mismas. Que un “cliente” sea acusado de violar a una prostituta puede valer como chiste. Igualmente habrá que saber distinguir entre la ternura o afecto de un matón y de una persona normal. Es muy importante en la vida tener sentido del humor manejando los diversos significados de las palabras, pero de tal forma que nuestros interlocutores puedan saber en cada caso si estamos hablando en broma o en serio.
            Uso enfático de las palabras
            Cuando hablamos es normal que recalquemos palabras y expresiones cambiando el tono de voz, retardando la pronunciación o acompañando las palabras con gestos corporales. Hay gente que habla siendo muy parca en gestos. Otras, en cambio, dicen más con los gestos corporales que con las palabras. ¡Gesticulan mucho¡ Cuando escribimos, el énfasis solemos hacerlo mediante el subrayado, las letras cursivas o el uso de mayúsculas o negrillas. El problema de fondo consiste en que, al enfatizar una palabra o una frase, podemos cambiar el significado de las mismas generando ambigüedad, falacias y engaños. Si yo digo, por ejemplo, que  “no debemos hablar mal de nuestros amigos”, cualquiera entiende lo que quiero decir si lee la frase sin enfatizar ninguna de las palabras. Pero si se hace la lectura poniendo el acento en las palabras destacadas con negrillas, alguien podría sacar la conclusión de que somos libres para hablar mal de cualquiera otra persona que no sea nuestro amigo. O bien que no hemos de hacer mal a nuestros amigos pero sí, si llega el caso, a los que no lo son. Lo cual es una barbaridad. El énfasis en la palabras y en las frases cambia el significado de las mismas y en la medida en que esto ocurre hay que tener mucho cuidado para no enfatizar indebidamente confundiendo a nuestros interlocutores, que podrían deducir conclusiones falsas. El manejo del énfasis en nuestros discursos  orales o escritos es un arte que hay que aprender para evitar las falacias y los engaños. El recurso excesivo al énfasis puede resultar hasta molesto. En el mejor de los casos nos arriesgamos a que nos tilden de exagerados, si no obsesivos e impositivos, en la manifestación de nuestros puntos de vista. El recurso al énfasis sobra cuando ofrecemos razones sólidas en apoyo de nuestras convicciones. 
            Los reduccionismos simplistas
            El reduccionismo científico equivale a simplificar los problemas, descomponiéndolos en sus partes más simples mediante la eliminación de lo accesorio, con el fin de entender más pronto y mejor la esencia de las cosas y de los acontecimientos. Pero, hablando de falacias y sofismas, el reduccionismo tiene un significado peyorativo equivalente a simplismo. Cuando decimos que un argumento es simplista lo estamos tildando de ingenuo porque tenemos la impresión de que, por el afán de convencernos de algo, se pone el énfasis en algún aspecto muy concreto que no refleja realmente la esencia del problema. Los historiadores marxistas, por ejemplo, tenían el gravísimo defecto de explicar la historia de la humanidad desde el punto de vista exclusivamente materialista, lo que les llevaba a falsear la historia silenciando deliberadamente épocas históricas importantes, o reduciendo su importancia a cero para poner en la picota la ideología marxista. Desde Heráclito hasta Hegel construían un puente que les permitía simplificar la historia del pensamiento olvidando o menospreciando de un golpe un montón de siglos para llegar antes al marxismo como epicentro de la historia. Fue un reduccionismo realmente falsificador de la verdad histórica y un insulto a la inteligencia.
            La mejor respuesta a los diversos tipos de reduccionismo en clave simplista es la realidad del pluralismo social y cultural existentes. Somos reduccionistas o simplistas siempre que hacemos afirmaciones ingenuas o pueriles simplificando excesivamente lo que es complejo para llevar a los demás a nuestro campo. Decir, por ejemplo, que las dictaduras son la causa de todos los males sociales y que la democracia es la única solución de todos ellos es un reduccionismo o simpleza, que conduce indefectiblemente a la desilusión y el engaño. La realidad es que, en todos los sectores de la vida, ni las cosas son tan complicadas como les parecen a unos ni tan simples o sencillas como pueden parecerles a otros. Hay gente que disfruta convirtiendo los problemas fáciles en difíciles y los difíciles en imposibles de resolver. Son esas personas que denominamos coloquialmente “complicadas”. Otras, por el contrario, tienen la solución de todo en la punta de la lengua aplicando la regla del menor esfuerzo y pasando por alto aspectos importantes del problema. Son esas otras que confidencialmente tildamos de “simplistas”. Como Jaimito, siempre tienen una respuesta simple y convincente para todo. En efecto, en la solución de los problemas hay que aprender a reducir distancias para llegar lo antes posible a la esencia de los mismos y de sus soluciones. Este es el reduccionismo científico. Pero sin caer en el reduccionismo simplista ni la omisión insultante de datos y hechos.

             Falacias de falso dilema
             Tienen lugar siempre que empleamos términos en disyuntiva que no son ciertos, exhaustivos o excluyentes. Las disyuntivas incompletas incurren en el error del olvido de otras alternativas. Dos ejemplos clásicos famosos de dilema falso porque los términos del dilema no son exhaustivos. “El que se casa lo hace con mujer guapa o fea. Si es guapa es causa de celos. Y si es fea causa desagrado. Luego, para evitar estos inconvenientes, mejor es no casarse”. Es obvio que son muchas las mujeres que caben entre estos dos extremos. Pero es igualmente obvio que no son todas. Mujeres hay bellísimas que nada tienen que ver con los celos, y feas que son la felicidad de quien se casa con ellas. La enumeración, pues, resulta incompleta y ahí está la trampa. Otro ejemplo. Según una leyenda, el obispo de Alejandría pidió permiso para utilizar los libros de la célebre biblioteca, que habían sido incautados desde la invasión musulmana, y el califa Omar respondió: “Si los libros están de acuerdo con la doctrina del Corán, son inútiles. Y si tienen algo en contra, deben ser destruidos”. La trampa de esta respuesta tan ingeniosa está en que se omite otra alternativa o término medio entre los extremos del dilema. Los libros no decían lo mismo que el Corán, pero tampoco hablaban en contra. Con lo cual el argumento dilemático se convierte automáticamente en un dilema falso.
            Otras veces ocurre que los términos del dilema no son incompatibles. Por ejemplo. Un jefe de Gobierno empieza a tener dificultades para seguir gobernando y pide el voto de confianza a los parlamentarios en estos términos: “O el Parlamento ratifica su confianza en mi gestión para seguir progresando, o presento la dimisión con todas las consecuencias negativas para la nación”. Obviamente estamos ante un falso dilema ya que los términos del mismo no son incompatibles. El Parlamento puede negarle su confianza para gobernar y seguir progresando con otro jefe del Ejecutivo con resultados más positivos para la nación. Por eso, en cualquier actividad social y en circunstancias normales, cuando un jefe se considera indispensable y amenaza con dimitir, lo mejor que puede hacerse es tomarle por la palabra y preparar su relevo. Los cementerios están llenos de hombres y mujeres que se consideraron indispensables.
            Falacia de la composición y división
            La primera consiste en atribuir a un conjunto cosas o propiedades que solamente son ciertas en las partes. Como si dijéramos: “Todos los componentes son buenos o malos, luego el conjunto ha de ser bueno o malo”. Todos los miembros de la orquesta son excelentes, luego el concierto será excelente. La deducción es completamente falaz y engañosa ya que el éxito del concierto depende de muchos factores independientes de la profesionalidad de los músicos en particular. Lo que se predica de las partes no siempre puede predicarse del todo. Una antología de frases no hace un buen libro. El cloro y el sodio, componentes de la sal, por separado son tóxicos. Y, sin embargo, la sal como tal es necesaria para la vida. Otro ejemplo: “La Iglesia es la Iglesia de los pobres, luego la Iglesia es o tiene que ser pobre”. Esta afirmación, tomada literalmente como suena, es una falacia. Del hecho de que los miembros de la Iglesia por separado y en igualdad de circunstancias deban ayudar preferentemente a las personas que más lo necesitan no significa que la Iglesia como institución sea ni deba ser pobre. Es una conclusión improcedente porque se aplica al todo lo que es exclusivo de las partes y, además, porque es imposible ayudar a los pobres con la pobreza. Nadie puede dar lo que no tiene. Pero puede darse también el caso opuesto. A veces atribuimos a las partes propiedades que corresponden al todo. Por ejemplo, no es correcto deducir que una mujer tiene unos ojos preciosos porque como persona es un encanto. Ni del hecho de tener los ojos bellos se puede deducir que es una mujer encantadora (falacia de composición), ni por el hecho de ser una mujer adorable se puede deducir que sus ojos sean bellos. Habrá que ver lo uno y lo otro por separado.


            La falacia del dominó o pendiente resbaladiza
            Consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras o incluso improbables. Ejemplo: “Hay que despenalizar las leyes represivas del aborto porque, de lo contrario, las mujeres que deseen abortar se verán obligadas a hacerlo en el extranjero, con lo cual nuestro país será tildado de antiprogresista al tiempo que estaríamos propiciando los abortos ilegales y clandestinos con todos los riesgos que ello representa para la salud de las mujeres y su repercusión indirecta en la economía nacional”. En esta argumentación nos encontramos ante una cadena de inferencias (A causa B, B causa C, etc), que culminan en un final casi tenebroso. Primero se da por supuesto lo que hay que probar, a saber, que la provocación legal del aborto es una opción humana más aceptable que su represión legal. Y sobre esta base falsa se establece después una concatenación causal sin más fundamento que el miedo infundado, con el fin de conseguir la aprobación de la propuesta legal. En las campañas electorales somos aleccionados generosamente por los líderes políticos sobre las terroríficas consecuencias que se producirían si llegaran a gobernar los contrarios. Este sofisma suele ir asociado a los argumentos “ad hominem” o ataques personales. Al final de sus enfervorizados discursos y larga falacia de la pendiente resbaladiza, terminan pidiendo el voto favorable de forma anticipadamente victoriosa o patética, según los casos. Unas veces concluyen afirmando que van a ganar las elecciones y otras advirtiendo de las terribles e inexorables consecuencias que se seguirían si llegara al poder el adversario. Para la fabricación de estas falacias los líderes políticos cuentan con la profesionalidad de sus asesores de imagen y expertos en demagogia. Todos los argumentos “tremendistas” conducen al engaño de la falacia de la pendiente resbaladiza.
            La falacia de “los balones fuera”.
             Consiste esencialmente en eludir el asunto ignorándolo. Ocurre cuando alguien saca la discusión de su terreno o se empeña en probar lo que nadie discute. Un caso pintoresco es el del estudiante que le toca por sorteo hablar en el examen de la lección 5 y habla de la 2 que ha estudiado mejor. Yo, personalmente, cuando algunas personas me interpelan con preguntas impertinentes suelo recurrir al chiste oportuno para distraer su atención y derivar hacia otra cuestión. Otras veces no nos interesa entrar en un debate sobre la licitud de un determinado proyecto que está sobre la mesa. Para ello desviamos la atención hacia la utilidad del mismo y que nadie discute. En un Congreso de Bioética un equipo de expertos expuso con toda precisión y detalles las técnicas de reproducción humana de laboratorio que ellos estaban utilizando. Quedé impresionado de la habilidad dialéctica con la que “tiraban balones fuera” obviando las preguntas comprometedoras que recibieron acerca de la legitimidad ética de las diversas tecnologías que estaban aplicando. Hay gente realmente habilísima en el arte de desviar las cuestiones hacia lo inofensivo, o que no interesa, para soslayar el trato directo y responsable de los problemas reales de la vida. 
            La ley del embudo o del caso especial
            Esta falacia consiste en rechazar la aplicación de una regla apelando a excepciones infundadas. Es la popularmente denominada “ley del embudo” (para mí lo ancho y para ti lo estrecho) para justificar excepciones o alegar privilegios injustificados. La falacia o engaño consiste en reclamar una excepción no justificada de la regla. Es un recurso muy frecuente entre los políticos. La ley es la ley para todos con excepciones por todos reconocidas. Pero siempre hay alguien que se considera excepcional para exigir más excepciones y privilegios. Un caso escandaloso lo tenemos con los nacionalismos violentos, insaciables en sus exigencias y reclamo de presuntos derechos históricos desprovistos de fundamento racional. Terminada la Segunda Guerra Mundial había un pacto entre las potencias vencedoras de favorecer la libertad de expresión pública siempre y cuando no se hicieran críticas negativas relevantes contra la Unión Soviética. Durante mucho tiempo la ONU y la CE vienen reconociendo a los árabes el ejercicio de todas las libertades sin obligación de reciprocidad en sus respectivos países. El asunto de la libertad religiosa y del trato a las mujeres es realmente escandaloso. El reclamo de excepciones a la ley como derecho al privilegio es una trampa basada en razones falsas o  insuficientes. 
            El sofisma patético
            Me refiero a todos los medios de persuasión mediante los cuales se pretende sostener un punto de vista provocando y manipulando las emociones de las personas. En lugar de convencer con razones se provocan los sentimientos con argumentos emocionales. ¡Si tu padre levantara la cabeza! ¡Termino de salir de la cárcel y mi madre está llorando! Un drogata pedía ayuda: “No hay alguien que tenga corazón? “Lo siento, replicó uno, yo soy cardíaco”. Pero los timos de la estampita y los alegatos sentimentales de los delincuentes no son especialmente preocupantes. Con una vez que hayamos caído en la trampa aprendemos. Más preocupantes son los patéticos discursos de los demagogos políticos durante las campañas electorales. No es que sea malo apelar a los sentimientos. Pero cuando esto se hace suplantando a las razones es malísimo. No es ilícito exhortar y tratar de persuadir. En ocasiones es un deber. Lo inaceptable y falaz es exhortar y persuadir para inducir a acciones o formas de conducta contrarias a la razón. Los grandes tiranos fueron siempre maestros en el arte de persuadir mediante el recurso al miedo, a la lealtad y a las pistas falsas. El sofisma patético reviste un peligro particular cuando se disfraza de piedad humana o religiosa. ¡Ay, si te viera tu madre! ¡No hagas eso que es pecado! Toda nuestra vida está impregnada de patetismo y tremendismo con perjuicio del uso sereno de la razón.
            La falacia del silencio
            Consiste en considerar que algo no es cierto porque no existen datos suficientes para sostenerlo. Datos que podemos buscar y que los hemos buscado sin éxito. Por ejemplo: “Si El Cojo X fuera terrorista figuraría en los archivos de la policía. Es así que no figura en los archivos de la policía. Luego, no es terrorista. La falacia o engaño de esta argumentación salta a la vista. Es falso que un terrorista, por el mero hecho de serlo, se inscriba automáticamente en el registro policial. Desgraciadamente hay muchos terroristas sueltos. Unos que lo son pero todavía no han sido acusados, y otros que lo son y han sido liberados de la prisión. Del mero desconocimiento de las cosas o de las personas no podemos deducir que tales no existen. Hay un nivel de la realidad que no depende para nada de nuestro conocimiento. Tal sería el caso de la existencia de terroristas que todavía no han sido identificados. Es más, no podrían ser identificados si previamente no existieran. Suele decirse que “aquello de lo que no se habla es como si no existiera”. Es un engaño. La mayor parte de la humanidad a lo largo de la historia se ha muerto de una enfermedad por ellos y por sus médicos desconocida. Si uno tiene cáncer, el cáncer es una realidad por más que lo desconozca o se haga a la idea de que no lo tiene. La realidad no puede ser acallada con nuestro silencio cognitivo. Lo contrario es un engaño. Es la falacia del silencio. ¿Ojos que no ven, corazón que no siente? Mentira. Una cosa es que sea conveniente mirar para otra parte para no ver cosas que no merecen ser vistas, y otra cosa muy distinta es creer que porque las silenciemos no existen o dejan de existir.      
            La falacia genética
            Consiste en valorar las cosas en la actualidad teniendo sólo en cuenta el origen o su desarrollo. ¿Cómo es posible que tal o cual médico goce de tanto éxito con sus pacientes cuando le hemos conocido de estudiante con dificultades para sacar adelante la carrera? ¿Qué importancia puede tener el pensamiento filosófico de Francisco Suárez cuando sabemos que no superó satisfactoriamente la prueba de inteligencia para ingresar en la Compañía de Jesús? ¿Qué valor filosófico pueden tener los libros de Xavier Zuburi cuando ya el ginecólogo que asistió a su madre durante el parto pronosticó que, si sobrevivía, el recién nacido iba para tonto? O  “de padres gatos, hijos michos”. Dos señoras que esperaban a sus respectivos hijos a la puerta del colegio cambiaban impresiones sobre el progreso de sus niños en los estudios. ¿Qué tal lleva su hijo los estudios? A lo que la interpelada respondió: “mi hijo no es muy inteligente, pero, como eso se hereda del padre “. Humor aparte, la realidad es esta: “Genio y figura hasta la sepultura”. Lo cual quiere decir que lo normal es que cuando algo o alguien tienen precedentes negativos, estos suelen consolidarse con el tiempo. Hay insuficiencias genéticas, intelectuales, culturales y emocionales que desgraciadamente nos acompañan hasta la sepultura. Pero es igualmente cierto que el tiempo es una medicina estupenda que cura muchos males. Los niños crecen y se hacen adultos, y con el esfuerzo y la experiencia pueden llegar a superar a sus maestros. La vida nos curte a todos de tal manera que la personalidad se va desarrollando y perfeccionando. Y si no surgen circunstancias adversas importantes, una persona de origen pobre o débil puede alcanzar con el tiempo cuotas de inteligencia y competencia impensables. Es verdad que hay ricos que lo son porque han robado mucho. Pero los hay también que siendo muy pobres han llegado a la riqueza a fuerza de honradez e inteligencia. Es verdad que hay políticos que sin saber hacer la o con un canuto alcanzan las cumbres del poder, y así nos va después. Es bien sabido que el ascenso a los cargos políticos tiene lugar más por la confianza que por la inteligencia. Pero es igualmente cierto que hay políticos que llegan al poder desde la mediocridad y terminan haciéndolo mejor que otros que llegaron desde la competencia. La falacia o engaño consiste en dudar en el presente de la competencia de las personas teniendo sólo en consideración su origen y su pasado. Hay personas que no evolucionan nunca enquistándose en su pasado pobre o desventurado. Otras evolucionan a peor. Pero las hay que evolucionan espectacularmente a mejor. Esta es la realidad de la vida que es falseada cuando juzgamos de forma implacable en el presente a las personas teniendo sólo en cuenta sus orígenes y errores del pasado olvidando la terapia del tiempo.  
            La falacia por el recurso a la ignorancia
            Es el argumento que se apoya en la incapacidad de responder a una demanda por parte del interlocutor. Por ejemplo, cuando alguien es acusado falsamente ante los tribunales de justicia de haber cometido un crimen y el abogado defensor es incapaz de convencer al juez de que la acusación es falsa. A veces hay certeza moral del crimen y legalmente no se puede demostrar. Otras veces no existe crimen desde el punto de vista legal pero sí lo hay desde el punto de vista moral. La sabiduría popular lo tiene claro: “El que hace la ley hace la trampa”. Hay leyes que se crean en base a trucos lingüísticos y ambigüedades para que todo sea posible, incluso el que el justo sea condenado y absuelto el culpable. En los debates parlamentarios y en los medios de comunicación la falacia o engaño por el recurso a la ignorancia es tan habitual que la gente lo tiene asumido como cosa normal y legítima. Los espectadores esperan con ansiedad la respuesta rápida a las acusaciones pero y la dificultad en ofrecer una respuesta satisfactoria rápida y brillante es interpretada casi siempre como falta de razón. Contra este engaño conviene recordar que la verdad de una proposición o de un argumento no depende de la capacidad dialéctica del interlocutor para responder sino de su conformidad con la realidad. No en vano las verdades más importantes sobre la vida y los primeros principios del conocimiento son indemostrables. Su verdad o conformidad con la realidad no depende de nuestra capacidad perceptiva o demostrativa de los mismos. El no poder o no saber responder con palabras apropiadas a un argumento falso no convierte a éste en verdadero, lo blanco en negro o lo negro en blanco.
            La falacia del montón
            Es famoso el ejemplo atribuido por Diógenes Laercio a Eubulides de Mileto. “Dos granos de trigo son montón de trigo?: No. ¿Y añadiendo otro grano?: Tampoco. ¿Y añadiendo otro?: Tampoco. Luego, mientras se añada uno a uno,  nunca habrá montón”. O bien: “Si a quien no es calvo se le arranca un pelo, no queda calvo; si se le quita otro, tampoco; y así, pelo a pelo, nunca será calvo”. La falacia o sofisma está en asumir que pequeñas diferencias en una serie continua de sucesos son irrelevantes. O bien que posiciones extremas, conectadas por pequeñas diferencias intermedias, son la misma cosa porque no podemos establecer un límite objetivo para el cambio. La falacia o engaño consiste en afirmar que no existen diferencias entre los extremos. O que, si existen, cualquier límite que pretendamos establecer será arbitrario.  Ahora bien, por más que en ocasiones resulte difícil establecer esas diferencias o establecer límites dentro de un proceso evolutivo, existen diferencias relevantes y es posible establecer límites entre las diversas etapas de dicho proceso. Sería ridículo decir que no hay viejos, ricos, pobres, vida, muerte, adolescencia  o juventud, etc. etc. porque no podamos establecer unos límites matemáticos entre esos extremos. No siempre sabemos con exactitud en qué punto o momento se producen las diferencias, dónde se encuentra el umbral de la nueva cualidad, pero sí podemos apreciar que es una cualidad nueva y que algo ha cambiado. Existen umbrales mínimos que permiten regular nuestras conductas en base a esos cambios reales. ¿Dónde está el umbral de riqueza y de la pobreza, de la persona madura y anciana, de la adolescencia y de la juventud, de los tontos y los listos, de los buenos y los mejores, malos y peores, entre la vida y la muerte? No siempre es fácil determinarlo con exactitud. Pero sería cuando menos sospechoso no saber distinguir un grano de trigo de un montón de trigo chico, mediano o grande. O a un calvo del que tiene una gran melena, a un tonto de un inteligente, o a un vivo de un muerto. Existen diferencias grandes y pequeñas entre los extremos así como momentos iniciales y culminantes en cualquier proceso de continuidad. El no ver o negar esta realidad conduce derechamente a la formulación de argumentos falaces y pueriles.
            La falacia del muñeco de paja
            En la falacia del “muñeco de paja” o del espantapájaros se ataca la tesis o propuesta del interlocutor deformándola previamente con el fin de debilitar su posición y poder atacarla después con ventaja. Los políticos son maestros en el arte de deformar los argumentos del adversario político y de la estrategia del desgaste. “Su Gobierno envió tropas a Irak en misión de guerra. Mi Gobierno las envía a Afganistán en misión de paz”. “Nosotros queremos construir un puente hacia el futuro y Uds. hacia el pasado”. “Su partido no cree en la democracia ni en el progreso”. Los principios en los que se inspira la acción política de los contrincantes son desprestigiados para después poner fuera de juego electoralmente a sus representantes. En los argumentos personales o “ad hominem” se va directamente a por la cabeza del líder. En los argumentos del “muñeco de paja”, en cambio, se atribuyen al adversario todas las sinrazones y desastres que llevarían a la ruina al país deformando sus razonamientos dándoles la vuelta en su contra. En el fondo se está criticando una realidad compleja como si fuera simple, o manifiestamente falsa o inexistente.
            El procedimiento suele ser mediante el recurso a la exageración para deformar los argumentos contrarios. Por ejemplo, lo que  uno afirma como probable o verosímil, el adversario lo entiende como seguro o indudable. Otras veces se recurre a las generalizaciones injustificadas. Donde se dice algunos se traduce todos. Y donde se dice algunas veces se interpreta como si se hubiera dicho siempre. Así de sencillo. Para arruinar la posición del adversario político nada más eficaz que citar frases fuera de contexto, descubrir intenciones ocultas donde no existen y exagerar las cosas relativas al adversario de forma que no se parezcan en nada a la realidad. Ante maestros en el arte del desprestigio moral del adversario político los electores tienen pocas defensas y a los más sensatos y avisados sólo les queda como opción ejercer el derecho al “pataleo” y a la expresión pública de su indignación. 
            No se sigue
            Hay veces que los razonamientos son tan tontos que no se sabe qué admirar más, si la ingenuidad y falta de reflexión de quienes los formulan o la ingeniosidad chistosa, si es que no queremos ponernos a llorar. El médico pide una radiografía pulmonar a un paciente fumador y, a la vista de la misma, le aconseja que deje de fumar urgentemente si no quiere dejar su domicilio para ser instalado rápidamente en el cementerio. A lo que el paciente responde: “Bueno, de algo hay que morir”. Obviamente esta conclusión no se deduce de las premisas. Está claro que de algo tenemos que morir. Pero de ahí no se sigue que tenga que ser en un plazo breve de tiempo por no dejar de fumar. En este caso, como en infinidad de otros, el argumento sentimental, motivado por la dificultad o imposibilidad de abandonar los malos hábitos adquiridos, suplanta al uso de la razón convirtiéndose en una fuente inagotable de razonamientos absurdos y de infelicidad. Es inútil y peligroso empeñarnos en dar coces contra el aguijón buscando en la vida “los tres pies al gato”. Los gatos normales tienen cuatro patas. Igualmente hemos de evitar deducir conclusiones de premisas en las que no están incluidas. No busquemos agua en fuentes secas. 
            Petición de principio
            Consiste en argumentar suponiendo como verdadero aquello que se debe demostrar. Con lo cual se expresa la idea de que la garantía de una demostración no puede apoyarse en la conclusión. Las cosas no se prueban por sí mismas y por ello necesitamos hacer razonamientos en los cuales lo que sirve de fundamento debe ser más claro y conocido que lo que se quiere probar. La falacia o engaño surge siempre que damos como cierto y seguro aquello mismo que justamente es preciso demostrar. La policía comunista, por ejemplo, arrestaba a un ciudadano por un “quítame de ahí esas pajas” y automáticamente era condenado como “enemigo del pueblo”. Para los tribunales de justicia comunistas (por llamarlos de alguna manera) ser arrestados por la policía y ser “enemigos del pueblo” era prácticamente lo mismo expresado con palabras diferentes. Con lo cual nunca se sabía si el acusado era o no un delincuente que debiera rendir cuentas ante la justicia. Se daba por supuesto que por el hecho mismo de ser arrestado por la policía era un malhechor y los jueces procedían en consecuencia mediante un proceso en el cual lo único que hacían era exigir que el detenido confesara que realmente era un malhechor.
            Si decimos que el opio produce sueño porque es soporífico y que es soporífico porque induce al sueño, estamos diciendo lo mismo con palabras distintas quedándonos sin saber realmente por qué el opio es soporífero o induce al sueño. Incurrimos, demás, en lo que se denomina “círculo vicioso”. En la petición de principio se da por supuesto que el interlocutor aceptará como evidente una proposición no demostrada. Esto ocurre con frecuencia en los discursos religiosos y políticos. Por ejemplo, cuando un cristiano habla de la divinidad de Cristo a un auditorio que ni siquiera cree en Dios. Los oyentes quedarían estupefactos porque, para ellos, no tiene sentido hablar de la divinidad de nadie sin saber antes si Dios existe. Otro ejemplo. Si un científico dice: “Dios no existe, porque el universo no tiene causa”, el razonamiento resulta falso ya que da por supuesto lo que hay que probar, a saber, que el universo no ha sido causado. Igualmente, si un filósofo plantea el problema de la existencia de Dios y concluye: “Dios existe, porque es un ser perfecto en sí mismo”, incurre en la misma falacia o engaño ya que no tiene sentido lógico afirmar algo de Dios sin saber antes si existe. Una vez más se da por sabido con otras palabras aquello que hay que demostrar. La publicidad comercial y la propaganda política son un campo minado de sofismas afines a la petición de principio. Se nos venden como buenos productos propuestas o ideas cuya calidad sólo conocemos demasiado tarde después de haberlos pagado o votado. 
            La pista falsa
            Consiste en despistar o distraer la atención del oponente o del auditorio de forma que éste centre su atención en algún asunto colateral y así hacer pasar desapercibida la debilidad o falta de fundamento de la propia proposición. La pista falsa no es lo mismo que “cambiar de tercio” pasando a discutir de otra cosa. El público se daría pronto cuenta de la “huída” y no se produciría el engaño. La pista falsa decimos que ha de ser colateral porque ha de estar de alguna manera relacionada con el problema que está sobre la mesa. Durante un debate televisivo, por ejemplo, yo tenía a mi lado a la pareja que recababa el apoyo público para realizar una maniobra de biotecnología reproductiva a todas luces inmoral. Yo expuse mis razones en contra pero eran sistemáticamente ninguneadas tratando de distraerme con preguntas y comentarios afines a la cuestión con el fin de que el público se olvidara de las verdaderas razones de mi oposición. Obviamente, el objetivo de disimular la debilidad de nuestros argumentos, distrayendo o despistando al interlocutor o a la audiencia, se consigue con gran eficacia por la vía sentimental. El público no suele implicarse en las verdaderas razones de los debates, pero pone toda la carne en el asador cuando se toca el palillo de sus sentimientos y emociones. Si, por ejemplo, de lo que se trata es de producir, natural o artificialmente, un embrión humano para usarlo con fines “terapéuticos”, los promotores de estas prácticas lograrán más fácilmente su objetivo despistando a sus opositores con incisos sentimentales que aduciendo razones realmente válidas. De esta forma los tramposos simulan estar al lado de lo grande y bueno y los incautos son tildados de insensibles al dolor ajeno. ¿Es que a Ud. no le importa el progreso científico o la salud de los demás? Ante estos ataques al sentimiento no es de extrañar que hasta el amor propio y las lágrimas terminen suplantando a las razones. Con lo cual el engaño resulta aún más  humillante. 
            Confusión de los deseos vehementes con la realidad
            Tiene dos modalidades interesantes. La primera consiste en el engaño al que suele conducir el considerar sólo y exclusivamente las posibilidades favorables de una alternativa despreciando otras posibles. La falacia se produce al pensar que, por el mero hecho de que las cosas pueden salir bien, saldrán bien con toda seguridad. Es la falacia del cuento de La lechera. Construimos argumentos basados en una serie de relaciones causa-efecto para concluir en un final feliz. Pero mientras vamos absortos en nuestra ensoñación tropezamos, caemos y se quiebra el cántaro desparramándose la leche por el suelo. Y así, todo nuestro gozo en un pozo.          En las campañas políticas tienen lugar casi siempre los dos extremos de la misma falacia. El primero equivale al sofisma de la corriente resbaladiza. Ya desde el primer momento del discurso se enfatizan tanto las presuntas consecuencias catastrofistas, que inevitablemente se seguirán de votar al opositor, que sería una temeridad imperdonable votar a su favor. El segundo extremo consiste en mostrar un resultado final altamente positivo pero incierto. De lo que se trata ahora es de ofrecer un panorama atractivo que distraiga de la falta de razones realmente objetivas y poderosas para reclamar el voto favorable. Pero esto mismo puede hacerse en clave de pendiente resbaladiza o del cuento de La lechera. A un candidato político, por ejemplo, se le puede promocionar enumerando las presuntas consecuencias negativas que se seguirían para la ciudad o el Estado de no ser elegido. O bien ensalzando las maravillas que con toda seguridad se producirán en beneficio de todos en caso de serle otorgado el voto de confianza para gobernar. En esto los asesores de imagen y directores de las campañas tienen la última palabra sobre qué alternativa puede resultar más eficaz en cada caso. El sofisma o engaño está en dar por seguro sólo lo bueno que deseamos o lo malo que no queremos. Lo que ocurre es que en la vida real las cosas funcionan de otra forma menos simplista. La mera posibilidad de que una cosa salga bien no excluye la posibilidad de que salga mal, y viceversa. Igualmente, el mero hecho de desear algo intensamente no significa que lo deseado sea una realidad. Cuando confundimos nuestros deseos con la realidad deseada es porque o no usamos bien la razón, o la tenemos peligrosamente perturbada.
            De lo dicho a lo largo de este capítulo se deduce hasta qué punto los sofismas o falacias son razonamientos tramposos que es preciso detectar y evitar. Nos siguen por todas partes como los “virus” en los quirófanos. Hay que conocerlos y aprender a inmunizarnos contra ellos. Unas veces basta un poco de sentido común y de observación para descubrir y dar muerte al “bicho”. Pero otras veces es muy difícil y requiere mucho adiestramiento ya que hay argumentos falsos muy brillantes que pueden deslumbrarnos. De ahí la conveniencia de conocerlos bien y aprender a manejar el lenguaje. En este sentido resulta de todo punto indispensable el conocimiento y manejo de los géneros literarios utilizados en los diversos campos de las ciencias del arte, de la cultura en general y del lenguaje coloquial ordinario.

            7. El metalenguaje
            Los sofismas son como zarzas en el camino que nos acompañan a todas partes con el peligro de llegar a nuestro destino, si no malheridos, ciertamente cosidos de rasguños y desfigurados. En este contexto me parece muy oportuno dedicar unas palabras al metalenguaje  para aprender a manejar el lenguaje de forma que sirva para mejorar nuestras relaciones coloquiales. Se trata de un lenguaje que codifica las ideas de forma distinta que el lenguaje natural y científico. De hecho, es un lenguaje escondido o latente en el lenguaje natural. Un ejemplo de la vida real. El viajero llega con su coche a una gasolinera. El funcionario, que se encuentra leyendo tranquilamente el periódico, le vio llegar pero siguió su lectura exasperando al viajero, que viajaba con prisa. Cuando el empleado terminó de leer la prensa dobló el periódico y le preguntó: ¿Qué desea, señor? Y el viajero, malhumorado, le contestó irónicamente: ¡gasolina! En realidad, el verdadero significado de la pregunta del empleado de la gasolinera es un reproche que hace a su cliente por haber llegado en el momento justo en que le obligaba a interrumpir su lectura de la prensa. El metalenguaje está relacionado con los sofismas y el uso de segundas intenciones tanto en el lenguaje coloquial como de la publicidad. Tomemos como ejemplo algunos de los reclamos de venta de pisos, formulados por Allan Paese/Garner.
            “Comprar ya. Ocasión única” = Tenemos problemas para vender. “Interesante”= Feo. “Espacio bien aprovechado”= Muy pequeño. “Estilo rural”= Frío y desangelado. “Con muchas posibilidades de desarrollo”= Zona subdesarrollada. “Bien situado”= Ubicación en un lugar cualquiera. “En zona buena y tranquila”= Lejos de comercios y escuelas. “Fachada soleada”=  Orientada hacia poniente. “Transporte a la puerta”=  Parada de autobuses a dos metros de la entrada. “Muchos rasgos originales”= Servicios higiénicos en el corral. “Ideal para hacer reformas con mucha imaginación”= Puesta al día costosísima.
            Es obvio que si alguien desea comprar un piso y no traduce correctamente el significado de estos anuncios o de otros similares, lo más probable es que termine desilusionado con la sensación de haber sido engañado. Cuando se dice: “Esto hay que leerlo entre líneas” estamos reconociendo que no sólo hay que tener en cuenta lo que dice materialmente un texto sino también, y a veces sobre todo, lo que el autor del mismo ha querido sugerirnos. Lo mismo ocurre en la conversación oral. ¡Cuántas veces formulamos y recibimos preguntas de sondeo! En las consultas profesionales, en las que está en juego la intimidad de las personas, con frecuencia el éxito de nuestra respuesta está en “adivinar” lo que realmente quieren decir nuestros clientes mediante gestos y preguntas de sondeo. El error está servido cuando respondemos al significado literal de las preguntas y no a lo que realmente nos están preguntando.
            ¿Por qué el metalenguaje hablado y cómo aprender a manejarlo con éxito? Muchas veces la mala convivencia de las personas y la falta de amigos tienen su origen a un defecto de comunicación verbal por no saber manejar el metalenguaje. Tomemos como punto de partida de este discurso el diálogo entre dos desconocidos. Lo normal es comenzar con un aséptico “¿cómo está Ud”?, que suscita automáticamente un “bien ¿y Ud.?”. O simplemente: “Encantado de conocerle”. Estas y otras expresiones análogas forman parte de un ritual de cortesía que ponemos automáticamente en marcha. Al final del encuentro podemos concluir con un “encantado de haberle conocido”, que lo mismo puede ser una confesión sincera que el deseo elegante de perderlo de vista. El metalenguaje lo utilizamos constantemente sin darnos cuenta y juega un papel decisivo en el éxito o fracaso de nuestras relaciones personales y sociales. De ahí la conveniencia de aprender a detectarlo y descodificarlo con acierto para evitar malos entendidos, discusiones violentas, rechazos y sufrimiento moral. Veamos algunos ejemplos prácticos que corroboran esta afirmación.
             Las preguntas irritantes
            Hay personas cuya conversación resulta cuando menos desagradable por el uso constante de palabras y expresiones insidiosas. Por ejemplo, “como Ud. sabe mejor que yo”; “Ud. que es una persona inteligente”; “Cómo diría yo, una especie de… bueno, Ud. me comprende”. ¿“Sabe Ud.”? Para pedir algo dan vueltas y rodeos hasta que nos obligan a gritar: “Por favor, aclárese de una vez y dígame qué ha ocurrido o qué quiere de mí”. A veces se trata de personas buenísimas pero insoportables. Otras veces son personas manifiestamente insidiosas y ladinas. Lo peor es cuando, tanto unas como otras, toman la ofensiva de la conversación haciéndonos una cascada de preguntas impertinentes de carácter personal. Por ejemplo: “De dónde vienes y a dónde vas”. Si les informamos de que un amigo común se encuentra gravemente enfermo de cáncer, se apresurarán a preguntar “dónde tiene el cáncer”. Si decimos que hemos estado recientemente de viaje en el extranjero nos preguntarán si conocemos tal o cual país o cuántos idiomas hablamos. Y no digamos que estamos jubilados porque la pregunta inevitable la tienen en la punta de la lengua: ¿“Y qué haces ahora”?
             Estas y tantas otras preguntas parecidas, que se usan en la vida diaria de forma rutinaria, tienen una respuesta común “ad hominem” tan sencilla y fácil de formular como esta: ¡“Y a ti o a Ud. qué le importa”!. ¡Métase en sus asuntos! Son preguntas irritantes debidas, en el mejor de los casos, a la ingenuidad, la incultura y siempre a la falta de reflexión. Pero muchas veces son preguntas deliberadamente insidiosas y emocionalmente desestabilizadoras. Este tipo de preguntas es muy corriente en lo debates políticos y en las entrevistas periodísticas sensacionalistas. No favorecen la buena convivencia ni el progreso en la verdad. De ahí la conveniencia de poner la razón por delante para no caer en la trampa de las insidias o de las impertinencias. Las insidias encuentran el terreno abonado en las frases y expresiones adulatorias. La adulación es un tipo de  metalenguaje muy peligroso.
            Palabras con carga emocional
            Toda palabra pronunciada tiene alguna carga emocional. Nadie, por ejemplo, dice padre, madre, hijo, calma o tranquilidad sin poner en juego alguna dosis de emoción de buena o mala calidad. Pero cuando, hablando del metalenguaje, nos referimos a la carga emocional de las palabras nos estamos refiriendo a la intensidad afectiva que ponemos en unas por relación a otras. Por ejemplo, el término mujer sin más es un sonido desprovisto en sí mismo de emoción. Esa palabra suelta lo mismo la puede articular un loro que reproducir una cinta grabada sin carga emocional ninguna. Pero si un caballero se presenta en sociedad y dice: “esta es mi mujer o mi esposa”, es obvio que se ha producido una carga emocional. No es lo mismo decir “el jefe” que “mi jefe”. El jefe puede significar un cualquiera ante el cual no manifestamos ni simpatía ni antipatía. Cuando termina su mandato se elije a otro y asunto terminado. Pero “mi jefe” lleva carga emocional explícita, favorable o desfavorable. No sería insólito oír decir algo como esto: “Mi Jefe, que es una gran persona, o un impresentable…” En cualquier caso se destaca la carga de emotividad inherente. No es lo mismo decir “mi país pasa por un mal momento” que “mi patria está en grave peligro”. En el primer caso no hay una implicación afectiva propiamente dicha. En el fondo lo que se quiere decir es que, si el País va mal, no es por culpa nuestra sino de los gobernantes. En el segundo caso se deja entrever que tenemos el deber de implicarnos poniendo todo lo que esté de nuestra parte para obviar el peligro. La patria es el lugar concreto donde hemos nacido y se ha fraguado lo mejor de nuestra personalidad. De ahí la relación afectiva hacia ese lugar geográfico y nuestro interés por que las cosas funcionen bien. Y si un trabajador abandona una empresa para cambiarse a otra es obvio que esa decisión no tiene la misma carga emotiva que si abandona a su esposa y sus hijos para irse con otra mujer.
            El énfasis de las palabras
            Las frases cambian de sentido según que se enfatice una palabra u otra. Por ejemplo: “Yo tengo que aceptar este puesto de trabajo que se me ofrece”. Traducción: Es necesario que yo antes que nadie otro lo acepte“. Es necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: No me queda otra alternativa. “Es necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: Debo aceptarlo sin hacer críticas ni rechazarlo. “Es necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: Este puesto de trabajo y no otro. “Es necesario que yo acepte este puesto de trabajo”. Traducción: No me gusta. Lo desprecio. Un ejemplo clásico de metalenguaje por acentuación es el siguiente. ¿Cuántos animales de cada especie introdujo Moisés en el Arca? Lo más probable es que mucha gente, después de breve reflexión, responda que dos, cuando la respuesta correcta es: ninguno. El acento ha producido un despiste importante olvidando que hay una falsedad. En efecto, el protagonista del relato bíblico en cuestión no es Moisés sino Noé. El acento en una determinada palabra o expresión puede llevarnos a una respuesta falsa. Esta técnica falaz del énfasis o acento de palabras o expresiones se utiliza habitualmente en las entrevistas periodísticas cuando el entrevistador trata de llevar el agua a su molino y formula las preguntas al entrevistado forzándole a contestar en un sentido u otro. Los sofismas son expresiones del metalenguaje que se pueden manejar insidiosamente o sin malicia manipulando a nuestros interlocutores. Hay personas que, en su afán de ser corteses y respetuosas, hacen preguntas o formulan proposiciones que en el fondo son formas inconscientes de manipulación.
            Uso de clichés o expresiones manidas
            Son palabras o expresiones prefabricadas que se utilizan por falta de imaginación, pereza mental o mala costumbre. Unas veces sirven para justificar afirmaciones irrelevantes o carentes de interés. Expresiones como: “si no recuerdo mal”; “antes de que se me olvide”; “a propósito de lo que acabas de decir”; “bueno, en cierto modo…”; “hasta cierto punto, claro está”; “siempre mejorando lo presente”; “no será para tanto”; “nosotros los de a pié”; “hay un vacío legal de poder” son una forma manifiesta de restar interés por lo que dicen los demás. Se comprende que las personas de baja cultura o “cursis” se vean obligadas al uso de frases de repertorio.
            Pero hay otras que tienen la mala costumbre de ningunear lo que dicen los demás interrumpiendo constantemente su discurso con observaciones críticas, preguntas impertinentes o inesperadas. O dando consejos que nadie les ha pedido como si estuvieran obligados a ello. Los periodistas suelen ser maestros en el uso de frases hechas y tópicos comunes como los militares y eclesiásticos en el acoso al interlocutor con aclaraciones críticas y consejos moralizantes inoportunos. Pero no siempre el uso de estas expresiones tienen como objeto restar importancia a lo que dicen los demás. A veces esas meta-expresiones son utilizadas para destacar la importancia de lo que con ellas se quiere decir. Verdaderamente, dice el padre al hijo, has obtenido unas calificaciones óptimas y tendremos que celebrarlo. Pero, ya que hablabas ayer de vacaciones, conviene que sepas que este año no iremos a la playa. Obviamente, “ya que hablabas de vacaciones” en este caso no es para restar importancia al tema sino todo lo contrario. La conversación con personas que hablan un lenguaje de repertorio suele resultar pobre y hasta desagradable. Para que una conversación o intercambio de comunicación con otras personas resulte amena e interesante hay que tener imaginación para evitar los tópicos comunes hablando con personalidad propia y no desestimar sistemáticamente lo que dicen los demás, aunque ello no sea de nuestro interés o agrado. Es mejor hablar claro y con respeto a las personas que jugar al gato y el ratón a ver si adivinamos lo que nos estamos diciendo. No es un arte fácil pero vale la pena aprender a manejarlo. 

            Las metapalabras
            No son frases o expresiones sino palabras sueltas con las que se trata de velar la verdad o de inducirnos a error. Por ejemplo, cuando alguien comienza su discurso con palabras como estas: “Sinceramente”, “por mi honor”, es obvio que durante el discurso va a ser menos sincero y honesto de lo que promete. La audiencia lo “huele” sin devanarse demasiado los sesos. Y no olvidemos a los que tratan de reforzar sus puntos de vista mediante el recurso al juramento. “Te lo juro por mi madre”, o “te doy mi palabra de honor”. Quienes así se expresan nos inducen a pensar con fundamento que mienten. Otras veces el orador empieza su discurso prometiendo que será “breve”. Lo más frecuente es que, salvo honrosas excepciones, el discurso será largo y aburrido. En ocasiones las metapalabras son un arma eficaz para forzar a nuestro interlocutor a que esté de acuerdo con nosotros haciendo suyos nuestros puntos de vista. “Los políticos son todos unos mentirosos, ¿no es así?”. Hay personas que sistemáticamente tienen la costumbre de terminar su discurso interpelando al interlocutor con expresiones como estas: ¿“Verdad que sí?”; “supongo que estará Ud. de acuerdo conmigo”; “¿ha visto Ud. tal cosa u oído lo que ha dicho fulano o menganita? Pues ¡ya me dirá usted”! Son formas de forzar al interlocutor a pronunciarse a favor de un determinado punto de vista con un simple o no. Nos encontramos ante el sofisma de la falsa disyuntiva.
            Estamos en el despacho y entra un agente comercial. Buenos días, ¿es Ud. el prof. Koch? Sí, en qué puedo ayudarle. ¿Puedo robarle sólo dos minutos de su tiempo? El prof. Koch se percata de que el visitante es un agente de negocios que se dispone a sacar de la cartera un fardo de información comercial sobre un determinado producto. Al cabo de un cuarto de hora el prof. Koch se disculpa diciendo que los alumnos le están esperando en el aula. Sólo dos minutos, tal como se ponían las cosas, podían haberse convertido en una hora si el prof. Koch no corta por lo sano. El adverbio solamente puede utilizarse con otros significados meta-lingüísticos. Por ejemplo, para atenuar la potencial culpabilidad de la que uno puede ser acusado ante los tribunales. El acusado es inculpado por el fiscal de robar en una granja. A lo que el acusado responde: “solamente he robado una gallina en caso de extrema necesidad”. Robar en una granja puede significar haber cometido muchos y graves crímenes mientras que robar solamente una gallina por extrema necesidad cambia por completo el estado de la cuestión. Otras veces el solamente encubre un engaño u otra significación. En tiempo de las rebajas comerciales podemos encontrar u oír anuncios como este: “Sólo por 29,99 euros”. Es una forma de sugerir a los clientes que el producto es muy barato para que nos decidamos a comprarlo. Sería largo el análisis de las metapalabras de un idioma.  

            Expresiones manipuladoras y egolátricas
            El metalenguaje manipulador consiste en llevar al interlocutor a nuestro terreno para allí imponerle nuestros propios puntos de vista. He tratado este tema ampliamente en diversas ocasiones y las consideraciones siguientes sirven de complemento a lo dicho más arriba sobre la manipulación en los medios de comunicación social como impedimento para el correcto uso de la razón. Expresiones como “no cree Ud”; “no le parece que”; “acaso no es verdad que” son formas de forzar al interlocutor a dar una respuesta afirmativa incondicional. Y más aún cuando se toca la vena sentimental o sentimientos de piedad. Los protagonistas de campañas  públicas a favor de los pobres y necesitados de todo tipo corren siempre el riesgo de utilizar argumentos manipulatorios para persuadir a la gente a que sea generosa. Esto ocurre cuando los líderes de las campañas se embarcan en sus discursos en la vía sentimental en lugar de razonar con argumentos objetivamente fiables sus peticiones de ayuda. De ahí que puedan darse timos y engaños escandalosos. Lo mismo que en el “timo de la estampita”, el engaño en las campañas públicas de beneficencia radica en la manipulación de los sentimientos de las personas con frases emotivas e imágenes sensacionalistas y hasta falsas. Sin llegar a estos extremos, hay expresiones manipuladoras que se aceptan normalmente en la conversación ordinaria. Por ejemplo. “Como Ud, sabe mejor que yo”; “sin ningún lugar  a duda”; “Ud. que es una persona inteligente”, y tantas otras, con frecuencia no son más que formas de manipular al interlocutor forzándole a aceptar puntos de vista con los que en el fondo no se está de acuerdo. Siempre que tratamos de convencer a otros de algo por la fuerza de la persuasión y de los sentimientos, y no de forma libre y respetuosa mediante razones objetivas y desinteresadas, estamos incurriendo en alguna forma de manipulación metalingüística. El metalenguaje se presta, además, a las mil maravillas para la diseminación de rumores y noticias falsas.
            Hay también expresiones metalingüísticas egolátricas. “Según mi humilde parecer”. “Un servidor piensa que”. Esta forma de expresarse en público puede obedecer a una formación religiosa apocada y timorata poco o nada recomendable. En efecto, hay personas que se expresan de esta forma obedeciendo a consignas pedagógicas piadosas inofensivas. Pero no siempre es así. Bajo la capa de humildad se oculta con frecuencia un culto al yo y una autosuficiencia detestable. Se cumple aquello de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Detrás de las apariencias externas de falsa humildad y de los amaneramientos sociales se ocultan muchas veces el orgullo y la autosuficiencia más repelentes. Cuando a un potentado económico, por ejemplo, se le pide ayuda para resolver un problema puntual de miseria humana y responde: “He hecho ya todo lo que estaba de mi parte para resolver este problema”, a lo mejor es verdad. Pero cabe también que todo lo que hizo se redujera a dar una orden a otra persona para que resolviera el problema mientras él hacía un viaje de placer. En tal caso el significado metalingüístico de su respuesta podía ser este: soy rico, los pobres dependen de mí y mis subordinados cumplen  órdenes por la cuenta que les tiene.  
            Metalenguaje popular
            Me refiero a las frases de ritual más frecuentes en los actos de sociedad como pueden ser, bodas, funerales, conferencias etc. “No me he pasado hablando, verdad? El significado real podía ser este: sé que he hablado demasiado, pero Ud. diga que no, que he estado a la altura de las circunstancias. O esta otra: ¿“He dicho algo inconveniente o que debiera haber callado?”. El que hace esta pregunta está convencido de que ha dicho algo que no debía pero pide al interlocutor una respuesta negativa. Hay personas que en los pésames  por los difuntos prometen la luna a los familiares en caso de que tuvieran necesidad de ella. Sería una ingenuidad tomar esas promesas en serio. Expresiones como “era muy joven todavía”, en realidad es una forma de confesar que nos sentimos aludidos. La muerte de este “joven” de  setenta años representa un aviso para los que ya han cumplido los sesenta y nueve. En la tienda el dueño me hablaba de su próxima jubilación como de algo absolutamente indeseable con frases y gestos muy explícitos. Al final entendí que me estaba hablando del miedo que tenía a morirse pensando en su hermano que había fallecido poco después de la jubilación. Cuando hablamos de “los mayores” o de “la tercera edad”, en realidad estamos burlando la realidad de nuestra propia vejez. “Ud. es mayor, no viejo”. Cuando un interlocutor nos habla así es porque no quiere reconocer su propia edad ya alejada de la juventud. Al final de las conferencias es frecuente oír comentarios de este jaez sobre el conferenciante: “Se ve que está bien informado”; “Tiene mucha facilidad de palabra”; “es una persona muy dinámica”; “tiene mucha capacidad de síntesis”; “Estuvo interesante”; “se ve que es una persona dialogante”. Y, como estas, otras muchas expresiones cuyo significado real es que el conferenciante no ha dicho nada realmente importante, o que ha perdido su tiempo hablando a un público que no ha entendido el contenido de la conferencia. Es lo mismo que cuando nos dicen: “Ud. ya sabe que mi casa es suya y que está siempre invitado a comer”. Es una forma de decirnos que, sin previa invitación, nuestra visita será siempre inoportuna y molesta.
            Metalenguaje político y de los negocios
            La política es siempre un campo abonado para el metalenguaje. El uso del metalenguaje en política consiste en construir un muro impenetrable de palabras difíciles de entender causando la impresión de que el político es una persona hábil e inteligente. Las entrevistas mediáticas a los políticos son un laboratorio impresionante de metalenguaje. En los regímenes autoritarios y dictatoriales los políticos suelen responder a las preguntas de los informadores con desprecio total hacia los profesionales de la información, sin excluir las amenazas implícitas cuando les hacen preguntas comprometedoras. En los regímenes democráticos, en cambio, lo más frecuente en el lenguaje político consiste en echar hábilmente balones fuera y mentir por las estrellas, si ello fuere menester. Hasta el extremo de que a veces se tiene la impresión de que, a fuerza de mentir, terminan creyéndose ellos mismos sus propias mentiras. El humorista se pregunta: ¿“Qué diferencia hay entre un diplomático y un político”?. Respuesta: “El diplomático dice lo que no piensa y el político no piensa lo que dice”. En efecto, los discursos y escritos políticos son como campos minados de sofismas y trucos metalingüísticos y hay que leerlos entre líneas para que no exploten en nuestras manos.
            Lo mismo cabe decir tratándose de negocios. A nivel personal los líderes comerciales suelen incurrir en autosuficiencia y egolatría. Cuando hablan los ricos la razón calla. “Los negocios son los negocios” significa que en nombre de la rentabilidad económica los agentes de la productividad pueden permitirse el lujo de hacer y pensar lo que quieran. Las personas y los capitales son o no son productivos. El que produce y paga, manda. Los demás son considerados como seres inútiles, parásitos o indeseables. Cuenta el humorista que un investigador famoso, pero que era tartamudo, comenzó su conferencia ante el gran público con estas palabras: “Señoras y señores. No tengan Uds. en cuenta lo que quiero decir sino lo que digo, porque mese empalabran los trabucos”. Con el metalenguaje ocurre lo contrario. Hay que poner más atención a lo que nos quieren decir los que lo usan que a lo que dicen. Nuestros interlocutores en este caso no son tartamudos sino gente que articula muy bien sus insidias y engaños sofísticos. Para que esto quede más claro vale la pena terminar este asunto del metalenguaje con unos ejemplos más tomados de la vida ordinaria.
            Pregunta: ¿Qué opina Ud. de las últimas elecciones? Metarespuestas: “Hemos obtenido mejor resultado que en las elecciones precedentes”; “Hemos conseguido un avance notable con el voto femenino”; “Hemos actuado con mayor corrección democrática que ninguno otro partido”. “Haremos una oposición constructiva”. Traducción: Hemos perdido las elecciones Pregunta: “Qué te parece mi nuevo apartamento? Metarespuestas: “Se nota que está habitado”; “Te sientes como en casa”; “¡Qué colores más interesantes!”; “Me encanta porque no soporto el orden exagerado”; “Te vienen ganas de descalzarte, ponerte cómodo y descansar”. Traducción: Es un cochitril, una pocilga. Pregunta: “Como Presidente del Gobierno de la Nación, qué medidas va Ud. a tomar respecto a los problemas que le han sido presentados? Metarespuesta: “He seguido con mucho interés las sugerencias que me han presentado Uds. y las he anotado minuciosamente”; “En la primera ocasión que se presente presentaré todos estos problemas al Consejo de Ministros”; “Le aseguro que, a partir de este momento, estos problemas tendrán prioridad”. “Me ocuparé de ellos lo más pronto posible”. Traducción: No voy a tomar ninguna medida. Pregunta: ¿“Qué impresión te causó el novio de mi hija”: Metarespuestas: “Sinceramente bien”; “Parece trabajador”; “Parece un hombre bien intencionado”; “Va vestido a la última moda”; “Es la primera vez que le veo y no tengo nada en contra de él”; “Dicen que vuelve locas a las mujeres”. Traducción: Es un impresentable. Pregunta: ¿“Le molesta a Ud. que fume”?.Traducción: Ya sé que le molesta, pero me da igual. Me apetece y voy a fumarme un cigarrillo. Metaproposición: “Sinceramente la encuetro a Ud. más delgada que la última vez que nos vimos”. Traducción: Está Ud. muy gruesa. Metaproposición: “La conferencia se desarrolló con normalidad, se trataron asuntos interesantes y terminó con un diálogo franco”. Traducción: Fue una pérdida de tiempo. No te perdiste nada con tu ausencia.
            Pero no sólo hay metarespuestas a preguntas normales. También hay metarespuestas a metaproposiciones. Por ejemplo: Metaproposiciones: “Siento que tal vez he dicho algo inoportuno. No sabía que el Sr. Ramírez es vecino de Ud”. Metarespuestas: “Todo está en regla. No hablemos más de este asunto”. “No tenía Ud. por qué saberlo”. “No se sienta Ud. mal por esta causa”. “Estoy seguro de que el Sr. Ramírez no se ha dado cuenta”. Traducción: Es Ud. un imprudente sin tacto ni modales adecuados. Metaproposición: “En nombre de los Sindicatos dispensen las molestias que pueda causar nuestra huelga”. “Tráfico cortado por obras. Perdonen las molestias”. Traducción: Nos da igual que la huelga cause molestias al público si nosotros conseguimos nuestros objetivos. Es igual que haya o no problemas de tráfico. Lo importante es que nuestros proyectos urbanísticos estén acabados para las próximas elecciones.
            Metaproposición: “Un día tiene que venir Ud. a cenar en mi casa”. Traducción: Venga a mi casa sólo y cuando sea invitado. No venga a mi casa sin previa invitación. Metaproposición: “Iremos a cenar en un restaurante japonés. Espero que le guste la comida japonesa”. Traducción: Le será servido un menú japonés indiferentemente de que le guste o no. Metaproposición: “Por favor, no se preocupe por mi”. Traducción: No se moleste, estoy acostumbrado a que me traten como a un “Don nadie”. Metaproposición: “Todos estamos implicados en este asunto”. Traducción: Si fracasamos repartiremos las responsabilidades. Pero si triunfamos, el mérito y los honores serán míos. Metapregunta: ¿“Tuviste muchos problemas para aparcar el coche?”.Traducción: “¿Por qué llegas tan tarde a casa? Metaproposición: “La calidad de los servicios de este hotel  son tan buenos como hace quice años”. Traducción: La calidad de los servicios de este hotel no ha mejorado nada durante los últimos quince años.
            8. Géneros literarios y falsificación de la realidad
            Terminamos de hablar de los sofismas y del metalenguaje para tomar conciencia de las trampas y engaños en que podemos caer cuando hablamos con o/a los demás. Son trucos que impiden entendernos correctamente mediante el lenguaje hablado. Ahora vamos a recordar brevemente los géneros literarios escritos. Me refiero a las múltiples formas de escribir en las que está en juego nuestro compromiso con la realidad y la verdad sobre lo que escribimos. No es lo mismo, por ejemplo, describir una rosa con lenguaje poético en un soneto que mediante el lenguaje científico de laboratorio. El género literario es una forma de escribir con características propias, que el escritor utiliza con alguna intención personal o por alguna causa concreta. El autor del libro bíblico conocido como El Apocalipsis, por ejemplo, tuvo sus buenas razones para escribirlo en clave apocalíptica forzado por la falta de libertad de expresión y el estado de represión política de los destinatarios del libro cuando éste fue escrito. Los géneros literarios han sido estudiados exhaustivamente por los literatos así como por los expertos en estudios bíblicos y los resultados de esos estudios están al alcance de cualquiera que tenga un mínimo interés por conocerlos. Para nuestro propósito baste recordar algunos datos informativos para fijar la atención en su necesidad sin olvidar el riesgo de falsear la realidad cuando no se los utiliza con maestría.   
            Por lo general, los expertos de la retórica clásica clasificaban los géneros literarios (no científicos o históricos) atendiendo a su contenido, en tres grupos importantes, a saber: lírico, épico y dramático. El primero, para expresar sentimientos y pensamientos con predominio de la subjetividad del escritor. Su forma literaria específica de expresión es el verso y la prosa poética. El segundo relata sucesos reales o imaginarios que le han ocurrido al poeta o a otra persona. El relato épico pretende ser objetivo por más que su forma de expresión fuera siempre el verso. El género dramático es el tipo de género que se usa en el teatro. Por medio del dialogo entre los actores el autor plantea conflictos diversos. Puede estar escrito en verso o en prosa pero su finalidad específica es la representación ante el público. Los expertos presentan análisis minuciosos de estos géneros literarios acompañados de infinidad de subgéneros pero sin perder de vista las notas esenciales a todos ellos y que termino de recordar.
            La Biblia es un referente antológico de géneros literarios que  muchas veces resultan desconcertantes. En lugar de ayudar a entender lo que se nos quiere decir con ellos se tiene la impresión de que nos lo quieren ocultar. La lectura del Apocalipsis, por ejemplo, puede pasar por momentos de absoluta decepción. Hay momentos en los que un no experto pudiera estar tentado a pensar que no se trata de un libro serio sino de una falta de respeto al lector que busca verdad y claridad. Sin embargo, tras el estudio en profundidad del libro, no es difícil percatarnos de que esa forma de escribir fue una opción realista y sabia por parte del autor del libro para hacer llegar con garantías su mensaje a los destinatarios. Pero para llegar a esta conclusión hay que emplearse a fondo con la cabeza dejando a un lado el impacto de las primeras impresiones nacidas de la emotividad. Lo dicho de los géneros literarios bíblicos es válido, salvadas las diferencias, para cualquier otro género literario extra-bíblico. 
            Actualmente resulta difícil hablar de géneros literarios en el contexto de la mentalidad modernista y posmoderna, debido a que no existen características formales reconocidas como en el pasado para determinar qué obras pertenecen a un determinado género. La novela, por ejemplo, admite muchos discursos en su concepto sin que se exija unidad o coherencia en la acción de acuerdo con los cánones clásicos. El concepto de novela, piensan algunos, es muy amplio y ambiguo, por lo que no existe un elemento formal común que permita decir esto es novela y lo otro no. No obstante, veremos que también esta convicción es más un sofisma que una realidad.
            Por lo que se refiere al género narrativo cabe hablar de una narrativa de la modernidad y otra de la posmodernidad. La primera tiene muchos tonos y significados. Como dicen los expertos, es polifónica y multi-semántica. Y, sobre todo, rompe con el tratamiento cronológico de hechos concatenados. Además, tiene una estructura fragmentaria ya que cada frase o cada fragmento puede ser autónomo. En las narraciones puede o no haber momentos culminantes en absoluto. Es una narrativa anárquica con relación a la narrativa clásica reglamentada. La narrativa posmoderna juega con técnicas narrativas diversas y es intertextual en el sentido de que una sola narración abarca varios discursos. Por otra parte es fluctuante ya que varía entre la parodia, el juego de espejos y lo canónico o normativo.
            Antes se seguir adelante me parece interesante recordar lo siguiente. La novela, cuyo reconocimiento epistemológico y social es impresionante, no gozó de estatuto propio como tal género hasta mediados del siglo XX. Más exactamente hasta después 1934 cuando M. Mijailovish  diferenció la novela de la prosa novelesca y de la poesía lírica. Hasta entonces los críticos consideraron que la novela carecía del estilo poético y por ello se le había negado cualquier significación artística para sólo tratarla como un documento.  Actualmente nadie pone en cuestión que el género novela constituye un arte. Pero, sobre todo, a nadie se le oculta el poder de fascinación que ejercen las novelas y la repercusión que ello tiene en la economía de mercado. Basta entrar en cualquier librería importante para darnos cuenta del volumen de producción novelesca existente. Sobre todo cuando las novelas son convertidas en imágenes visuales a través del cine y la televisión. El éxito de las telenovelas es una prueba evidente del grado de fascinación que ejerce este género literario en las masas con los riesgos que esto lleva consigo para el uso de la razón. Está en juego el falseamiento de la realidad y la correcta percepción racional de la misma. Pero vayamos por partes porque el asunto es grave.
       9. Necesidad de las imágenes y conflicto con la realidad

            La naturaleza humana está configurada de tal forma que las imágenes son imprescindibles para conocer la realidad y comunicarla a nuestros semejantes. Necesitamos elaborar imágenes para conocer la realidad, para for­mar nuestros juicios de valor y para transmitir nuestros pensamien­tos, sentimientos y deseos a los demás. Siempre que nos referimos a símbolos, signos, semejanzas, ana­logías, simulacros, arte, fotografía, conceptos, ideas, opiniones, pa­receres, lenguaje y comunicación humana, estamos elaborando o tra­tando de comunicar algún tipo de imagen. Dada nuestra condición humana, el acceso cognoscitivo a la realidad y el ejercicio de la co­municación interpersonal y social resultan prácticamente imposibles sin la mediación de algún tipo de imagen.
            El conflicto realidad-ficción en el plano objetivo, y verdad-en­gaño en el cognoscitivo, resulta inevitable ya que está en juego nuestra actitud frente al principio de realidad, lo que lleva consigo un problema fundamental que podíamos formular así: ¿Hasta qué punto es razonable y lícito embarcarnos en el mundo de las imágenes alejándonos de la realidad? Por su propia naturaleza, las imágenes son representación figurativa y no reproducción o espejo objetivo de la realidad. Insisto, necesitamos de ellas para expresarnos como del aire para respirar. Pero al mismo tiempo nos alejan de la realidad. Toda imagen es una representación figurada pero no la realidad. Una fotografía, por ejemplo, es una representación figurada pero no la realidad objetiva de la persona o cosa fotografiada.
            El mundo de las imágenes es un lenguaje con muchas ventajas sobre el lenguaje oral, pero sólo a condición de que su elaboración en el ámbito de la imaginación, de la fantasía y de los sentimientos pase rigurosamente por el filtro de la razón. Para cruzar el Atlánti­co lo mejor es lanzamos al espacio en una  magnífica aeronave. Pero sería una temeridad pretender permanecer en el aire desconectados de los controladores aéreos, que se encuentran en tierra, o pretender fu­gamos alegremente de la tierra para vivir en otro planeta por nuestra propia cuenta y riesgo en las actuales circunstancias. ¿Hasta dónde es razonable desconectar la imaginación, la fantasía y los sentimientos de los rigurosos controles terrenos de la razón, para lanzamos a un mundo de vivencias exclusivamente ima­ginarias, fantásticas y emocionales? ¿Acaso la historia personal de muchos artistas y profesionales fanáticos de la imagen no es sufi­cientemente elocuente? Todas las locuras humanas están relacionadas con el abuso de la razón o la falta del uso adecuado de la misma.
            10. Novela pura, novela histórica e historia novelada
            Si preguntamos a un niño de tres años qué es un cuento lo más probable es que no sepa responder. Pero si le contamos uno interesante, casi con toda seguridad nos va a pedir que le contemos otro. Sabe perfectamente lo que es un cuento, aunque no sepa definirlo, y lo distingue al instante de cualquiera otro relato. Pues bien, una novela es cualquier narración en prosa más extensa que un cuento, con una trama más o menos complicada en la que intervienen personajes y ambientes bien definidos con lo que se crea un mundo autónomo e imaginario. El término novela procede del italiano novella, y éste del latín nova, que significa literalmente noticia. Una novela, pues, es algo novedoso susceptible de ser noticia. Los expertos dicen que el término novella en italiano comenzó a utilizarse después para nombrar los relatos de ficción con una extensión entre el cuento y el romance. Se han estudiado hasta la hartura todas las características de la novela como género literario, pero a nosotros sólo interesa destacar lo que es esencial y común a cualquier tipo de novela, desde las antiguas novelas de caballería, descalificadas por Cervantes en El Quijote, hasta la moderna novela policíaca o de ciencia ficción, pasando por la novela “progre”, posmoderna y violenta. 
            La razón de hablar aquí con preferencia de la novela es porque se trata de un género literario en auge, el cual se presta más que otros para introducirnos en el mundo de la imaginación y de la fantasía alejándonos del principio de realidad. La novela es un género literario maravilloso pero sólo útil y aconsejable para la vida si se lo maneja con maestría. La razón en que apoyo esta afirmación es obvia. La novela pura, o pura novela, si es que ésta es posible, se realiza en el terreno de la pura ficción. Es fruto de la fantasía sin fundamento sólido en la realidad extra-imaginaria. Otras veces la novela pretende ser histórica. En cuyo caso el novelista trata de explicar o criticar hechos reales que han acontecido en una trama novelesca. Y está la historia novelada en la que el escritor quiere contarnos la historia de forma imaginaria lo que le obliga a falsear la realidad de la misma. Para destacar  la importancia de la novela como género literario y la necesidad de estar vigilantes para no engañarnos alejándonos peligrosamente de la realidad en aras de la imaginación y la fantasía, me parece útil recordar algunos títulos de obras maestras en su género. Unas breves reflexiones sobre su naturaleza, intencionalidad y contenido objetivo pueden ser suficientes para darnos cuenta  de la necesidad de no claudicar del uso de la razón ante el imperio de la imaginación y del mundo ficción.
1) Realismo apocalíptico

            Hablando de los géneros literarios es obligado tener en cuenta el género apocalíptico. Aparentemente, resulta difícil imaginar un libro más alejado de la realidad y comprometido con la imaginación y la fantasía que El Apocalipsis. Su lectura puede resultar a muchos desesperante. Parece como si el autor tuviera particular interés en oscurecer lo que es claro y ennegrecer lo que es oscuro con tal de que el lector no entienda en absoluto lo que está leyendo. Es como si estuviéramos leyendo un sueño absurdo que produce pesadillas. Es un escrito tachonado de símbolos que ni los expertos han logrado todavía descifrar satisfactoriamente. Por supuesto que los estudiosos del lenguaje han encontrado siempre en este libro una mina de sugerencias y trucos literarios. A pesar de todo, y esto es lo importante, este libro, contra todas las apariencias, es un libro realista que no se pierde en la imaginación. Esta afirmación puede resultar chocante pero no así si se tienen en cuenta las reflexiones que hacemos a continuación.
            A nadie se le oculta que la novela, la poesía y el teatro (incluso la música) han sido con frecuencia una trinchera ideal para burlar abiertamente la falta de libertad de expresión pública. Todos los movimientos revolucionarios, indeseables unos y ejemplares otros, contaron con poetas y artistas que mediante el recurso a las imágenes literarias fueron socavando las resistencias de muchos tiranos. Pues bien, para descifrar el objetivo realista del autor del libro bíblico del Apocalipsis, basta tener en cuenta el contexto políticamente represivo en que se encontraban sus destinatarios así como la urdimbre de su mensaje por relación al Antiguo Testamento. Los expertos no han llegado a desvelar todo el entramado histórico-literario del texto en cuestión pero sí disponemos de datos suficientes para sostener la tesis de su realismo. Históricamente se sabe que el Apocalipsis fue escrito cuando las persecuciones romanas contra los cristianos se hicieron más cruentas, sobre todo en tiempos de Domiciano. Este, como algunos otros emperadores, exigió que sus estatuas fueran adoradas en todo el territorio imperial., cosa que los cristianos se negaron a hacer por motivos religiosos. Los Césares se autoproclamaban ‘Señor de Señores’, además de ‘hijos de Dios’, títulos que los cristianos reservaban exclusivamente para Jesucristo. Pues bien, el Apocalipsis fue escrito en ese contexto histórico por lo que abundan en él referencias múltiples a estas persecuciones y a los consejos que el autor daba a sus lectores cristianos para que se mantuvieran firmes en la fe y soportaran las calamidades de la persecución poniendo la esperanza final de la nueva Jerusalén.
            La clave histórica para descubrir el contenido realista del libro del Apocalipsis, según Prévost; podía ser esta: Persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón, destrucción del templo de Jerusalén por los romanos y expulsión de los judíos del territorio de Palestina ((70-73). A partir del año 73 se incrementaron los conflictos entre judíos y cristianos y hacia el año 90 fue escrito el Apocalipsis siendo Domiciano emperador de Roma. Domiciano impuso por la fuerza a los cristianos el culto al emperador, los cuales, como no podía ser de otra manera, se negaron a ello  provocando así el recrudecimiento de las medidas imperiales contra ellos.
            Con estos datos ya tenemos una de las claves para descifrar el carácter realista del texto en cuestión. El género literario apocalíptico de este libro no se justifica por el deseo de escapar de la realidad hacia el terreno incontrolado de la imaginación sino todo lo contrario. La represión política y falta de libertad de expresión obligó al autor a expresarse así convencido de que sus destinatarios sabrían aplicar las imágenes correctamente a la vida real. No se trata,  pues, de un libro fantasioso y fuera de la realidad sino de un libro realista en el que el autor elige el género literario que le permite comunicar unas creencias y convicciones a sus destinatarios sometidos a persecución y desposeídos del derecho a la libertad de expresión. Por otra parte, los expertos han logrado ya descifrar el significado real de algunas de las imágenes utilizadas, con lo cual se confirma el realismo del género apocalíptico utilizado por el autor del Apocalipsis. Babilonia, por ejemplo, significa Roma con todo su poder político. La primera fiera es el imperio romano y la segunda, el culto al emperador. El caballo blanco significa al  Cristo verdadero que murió por nosotros en la Cruz y con el que pretenden identificarse los falsos predicadores confundiendo y engañando a la gente. El caballo rojo, que aparece matando hombres y llevándose la paz de la tierra, simboliza la guerra. El caballo negro simboliza la hambruna. El pálido, la peste y así sucesivamente.
            Los analistas del lenguaje utilizado en la redacción del Apocalipsis encuentran muchas dificultades para hallar la clave simbólica de cada imagen pero todos están de acuerdo en el realismo de su mensaje. Después de un corto período de expansión, siempre difícil pero estimulante, los cristianos entraron en conflicto directo con Roma. El año 64 Nerón desencadenó la primera persecución contra ellos en la que fueron asesinados los dos líderes más importantes, Pedro y Pablo. Domiciano (81-96) fue un verdadero tirano con la pretensión de hacerse tratar como dios hasta reclamar culto público. Muchos de los cristianos que se rebelaron contra tanta estupidez  fueron dados en pasto a las fieras. En tal situación interviene el autor del Apocalipsis para denunciar la represión tiránica y levantar el ánimo de los cristianos. Pero la falta de libertad de expresión le obligó a lanzar su mensaje de esperanza haciendo uso, como ya se había hecho en circunstancias análogas en el Antiguo Testamento, del lenguaje y estilo apocalíptico. Un lenguaje para nosotros desconcertante pero que en aquel momento histórico a nadie le pillaba de sorpresa por ser un lenguaje conocido. La realidad era que los cristianos estaban políticamente condenados a desaparecer frente a lo cual había que buscar la manera de hablar de Cristo y de su Iglesia burlando el status de represión decretado contra ella. Y esa fórmula práctica se encontró en el lenguaje apocalíptico. He hecho estas consideraciones para reivindicar el realismo del Apocalipsis a pesar de que su estilo pudiera dar a entender que se trata de una huida de la realidad. Lo cual no significa que me agrade este género literario. En efecto, no seré yo quien lo utilice, a menos que me vea en la desgracia de tener que hablar bajo el yugo de la tiranía o de la falta de libertad para usar la razón.
            2) Realismo quijotesco.
            D. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) escribió una de las novelas más bellas de la historia universal: Don Quijote de la Mancha. Como novela cabe pensar que se trata de un libro ficción y lo es. Pero me llamó siempre la atención el realismo de su mensaje central. La primera lectura de esta obra magistral suele causar en los lectores poco avisados la sensación de que que se trata de un libro ingenioso para divertimiento y recreación de la imaginación. Tanto Sancho como D. Quijote hacen reir con sus extravagancias y donaires. La segunda lectura suscita la reflexión y durante la tercera el lector descubre la seriedad y realismo del autor. D. Quijote se arruina económicamente y pierde la cabeza comprando y leyendo novelas de caballería. La razón de la sin razón, es decir, la imaginación, se convierte en el motor de su vida tratando de reproducir fielmente las escenas más irracionales y descabelladas descritas en aquellos libros salidos de la “loca de la casa” que es la imaginación activada sin el debido control de la razón. La vida de D. Quijote y de Sancho Panza es presentada con humor y dramatismo. Pero hay un momento de la trama en el que el lector ya no sabe si Sancho, símbolo de la realidad, ha perdido el norte y se ha marchado psicológicamente por los cerros de Úbeda de la imaginación alocada de D. Quijote. Más aún, cuando D. Quijote vuelve a la cordura y al mundo de lo real, se tiene la impresión de que los de su entorno quedan sorprendidos después de haberse acostumbrado a sus locuras y sinrazones. Y es que también a ser locos nos acostumbramos y la cordura termina resultando sospechosa.
            Cuenta el fabulista que, como consecuencia de un naufragio, unos tripulantes hicieron tierra en una isla donde todos sus habitantes eran jorobados. Al percatarse los nativos de la isla de que los náufragos no eran chepudos, se mofaron de ellos como si fueran seres anormales. La locura también es contagiosa y corremos el riesgo de que, a fuerza de vivir con locos y dar rienda suelta a nuestra imaginación, la locura termine pareciéndonos lo normal y el uso de la razón y la cordura algo extraño y divertido e incluso motivo de marginación social. En este sentido llama la atención hasta qué extremo el autor de esta gran novela no pierde en ningún momento de su relato el sentido de la realidad. Cuando una persona o un proyecto cualquiera nos parecen exagerados o demasiado fantasiosos, los calificamos de “quijotescos”, es decir, irreales. Sin embargo, El Quijote es una novela maestra de realismo vital. Sólo es cuestión de saber descifrarlo. D. Miguel de Cervantes no se hizo ilusiones. La lectura indiscriminada de novelas caballerescas puede poner en peligro el uso de la razón sacándonos del mundo de la realidad para sumergirnos en el mundo de la imaginación y de la fantasía. Por otra parte, sabemos por experiencia que la pérdida del uso de la razón es la enfermedad  más temible, entre otras cosas, porque tiene difícil si no imposible curación satisfactoria.
            D. Quijote, por el contrario, es presentado en la novela como un caso ejemplar y consolador. Pierde la razón hasta extremos altamente preocupantes, pero, al final la recupera reintegrándose al mundo de la realidad. Miguel de Cervantes ofrece aquí una lección magistral de realismo y optimismo. Ante todo, “no perder nunca los estribos”, “la cabeza”, que es lo mismo que decir  “no perder el uso de la razón” consumiendo ansiosamente paja literaria acarreada en los campos de la imaginación y de la fantasía. Pero mientras hay vida hay esperanza. El optimismo cervantismo es tal que, aún en los casos más extremos, como el de D. Quijote, nos invita a pensar que  nunca es tarde  para recuperar la cordura y volver al redil de la realidad y uso de la razón. Cabe preguntarnos si D. Miguel sería hoy día tan optimista como en su tiempo, cuando los libros extravagantes de caballería se llaman televisión, cine o Internet.


     3) Realismo camiliano.
           
            El siglo XX pasó a la historia como el siglo de las dos guerras mundiales más horribles de todos los tiempos y, al mismo tiempo, de los avances científicos más prometedores. Las dos guerras fueron el resultado del uso más perverso de la razón que pudiera imaginarse encarnado en las ideologías nazi y marxista. Entre ambos extremos hubo y sigue habiendo uso perverso de la razón en los fundamentalismos religiosos y el nuevo capitalismo democrático. Pero no es mi propósito demostrar la objetividad y alcance de estas afirmaciones sino situar en el tiempo un género de novela crítica que, lejos de llevarnos fuera de la realidad, describe con humor, respeto y gusto estético una situación grotesca creada en Italia y otros países al final de la segunda guerra mundial. La desgracia consistió en que la derrota militar del nazismo se llevó a cabo con la colaboración de los regímenes comunistas, que también habían sido amenazados por los nazis. Los comunistas aprovecharon esta circunstancia de covencedores para imponer a lo bestia su propia tiranía en los países en los que conservaron la hegemonía y, en la medida de lo posible, también donde ellos no gobernaban. Así las cosas, uno de los países donde los covencedores comunistas estuvieron a punto de hacerse totalmente con el poder tuvo lugar en Italia.
            En ese contexto surgieron situaciones muy peculiares, sobre todo en localidades pequeñas, donde todo el mundo se conocía, relacionadas con la convivencia ciudadana entre personas que habían combatido en bandos opuestos, y que ahora estaban condenadas a convivir como buenos ciudadanos en tiempo de paz. El periodista y novelista Giovanni Guareschi (1908-1968) aprovechó esta circunstancia para escribir los relatos de su famoso D. Camilo, una novela crítica, divertida, imaginativa y magistral por su manera de usar la imaginación sin perder el sentido de la realidad. Los dos personajes centrales, Pepone, el alcalde comunista, y D. Camilo, el cura párroco del pueblo, son presentados cómo los personajes centrales. Peppone representa toda la irracionalidad y brutalidad del comunismo y sus detestables proyectos. D. Camilo es presentado como el cura castizo, voluntarioso e insensato, pero de buen fondo. En realidad, lo mismo Pepone que D. Camilo son presentados como hombres de buenas intenciones. De ahí, que, después, y a pesar de sus brutales discusiones y peleas, ese fondo bueno aparece siempre. Lo único que les falataba a los dos era el uso de la razón.  D. Camilo y Pepone discuten, se insultan y hasta se dan de puñetazos. Hacían cualquier cosa menos razonar. En la mayoría de los casos conflictivos presentados en estos relatos novelescos ninguno de los dos tiene razón. El único que razona es Guareschi, que expresa sus propios puntos de vista mediante la voz del Cristo del Altar Mayor.
            D. Camilo es una novela deliciosa en la que la imaginación vuela como un lindo pajarillo de un árbol a otro sin perder de vista la tierra que pisa y la realidad de las personas con las que trata. Es una obra maestra del humorismo y de la sátira más acertada de la absurda  y ridícula confrontación entre marxistas y cristianos al término de la segunda guerra mundial. En la novela hay mucha imaginación y humor. Pero el autor ha introducido deliberadamente la voz de la razón en las intervenciones de Cristo, que son de hecho, las razones críticas de Guareschi frente a las sinrazones y brutalidades de Pepone y D. Camilo y sus secuaces.  Nos encontramos ante un caso de novela crítica de una situación histórica en la que se describe una realidad de forma novelada bajo el control de la razón. De ahí que su lectura pueda resultar amena y al mismo tiempo útil. 
4)  Realismo orweliano
           
            En la línea de la novela crítica de D. Camilo me parece interesante recordar La rebelión en la granja” de George Orwell. (1903-1950). Pensada en 1937, fue terminada en 1943 y en 1944 fue rechazada por cuatro editores. ¿Por qué? Recordemos primero el entramado de la pequeña novela y después comprenderemos mejor el por qué de ese rechazo. Los animales de la granja del Sr. Jones, después de oír el discurso nocturno subversivo de un venerable cerdo, se sublevaron contra sus dueños humanos y los expulsaron de la granja. Al principio de la nueva situación todo parecía “coser y cantar” a las órdenes de dos cerdos excepcionales (Snowball y Napoleón), los cuales, a su vez, no estaban nunca de acuerdo en nada de lo que se hacía y se discutía. Si el uno decía blanco el otro decía negro. Si Snowball creía que había que sembrar cebada, Napoleón opinaba que había que sembrar nabos. Y así en todo. La rivalidad entre estos dos líderes cerdos terminó con la satanización del uno por el otro el cual se hizo con el poder y no dudó en degollar a los animales de la granja que osaron presentar la más mínima oposición a sus órdenes. A causa de estas rivalidades internas y de los contactos inevitables con sus enemigos los hombres, la revolución de los animales de la granja fracasó. Algunos se aliaron con los amos de las granjas humanas vecinas y así quedó traicionada la identidad de la “granja animal” y su ideal de derrocamiento de sus enemigos los hombres.
            La razón por la que se impuso la censura contra esta obra, según el testimonio de un alto funcionario del Ministerio de información británico, fue la siguiente. “Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista. Pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa. Sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos. Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos”.
            Así de claro. Al terminar la segunda guerra mundial incluso en Gran Bretaña se impuso la censura contra cualquier opinión que pudiera disgustar a los comunistas, y Orwell se refugió en la fábula para escribir una crítica pura y dura contra el comunismo estalinista vigente en la antigua Unión Soviética. ¿Novela? Sí. Pero para describir en clave de fábula la terrible realidad histórica que fue el régimen comunista a las órdenes de un tirano como Estalin. Por extensión, la novela es aplicable a todos los sistemas políticos despóticos e irracionales contemporáneos. Cualquiera que haya conocido de cerca la realidad de la antigua Unión Soviética y de sus satélites identificará fácilmente en esta novela a sus líderes más importantes y formas irracionales de gobernar encarnados en los cerdos, perros y demás animales de la granja. Igualmente se describen las famosas “purgas” estalinistas y las corrupciones vergonzantes del sistema. Nos encontramos ante una novela por la forma de hablar y el uso de las imágenes literarias. Pero, de hecho, describe una realidad histórica que no podía ser denunciada de otra forma sin incurrir en sanciones severas. De ahí su  realismo travestido de imaginación. 
            5) Falsificación novelada de la realidad histórica
            Con el paso del tiempo estas novelas realistas corren el riesgo de no ser comprendidas por los lectores que no conocieron aquellas situaciones descritas en el pasado, con lo cual pierden su interés como relatos realistas. Últimamente se han puesto de moda otros géneros literarios en los que se trata de contar la historia falseándola deliberadamente mediante el recurso a la novela. Un caso digno de mención, por la repercusión mundial que ha tenido, es la obra de Dan Brown “El Código da Vinci”. Tan pronto tuve la obra en mis manos me sorprendieron inmediatamente varias cosas. Primera, la falta de índice. Segunda, la aparición de signos masónicos y apelación a presuntos secretos y documentos ocultos sólo conocidos por el autor de la novela. La falta de índice de materias en un libro, aunque se trate de una novela, puede interpretarse como falta de ideas claras por parte del autor. Pero también como una falta de respeto hacia los lectores. Por otra parte, la aparición de signos masónicos y la explotación del “secretismo” es una invitación a la sospecha más que a la confianza. Una reacción inmediata comprensible podría ser la de no perder tiempo ni dinero con la adquisición y lectura de la obra. El autor de la novela asegura que la teoría y las afirmaciones formales que aparecen en su libro están basadas en estudios históricos competentes. Con lo cual quiere hacer pasar su novela como un documento histórico y no como un texto de ciencia ficción. Sin embargo, no existe ningún historiador serio conocido que avale con sus investigaciones esta pretensión de Dan  Brown. Björn Are Davidsen/Öivind Benestard (Da Vinci Decoded) son contundentes en la desautorización de esta novela como presunto documento a favor de la verdad histórica. No me resisto a recordar las líneas vertebrales de su crítica.
             Sobre el Priorato de Sión. La novela está montada en torno a la organización secreta denominada “Priorato de Sión” y los documentos que supuestamente esconde esta organización. Pues bien, la afirmación formal de que esta sociedad secreta es real y que fue fundada en 1099 es absolutamente falsa. El Priorato, en efecto, no existió hasta que  Pierre Plantard lo estableció como organización en 1956, y en 1960 creó un mito sobre sí mismo en calidad de Gran Maestre de dicho Priorato. Luego elaboró una serie de documentos falsos sobre “El santo Grial”, que Dan Brown utiliza. El fraude de esta falsificación de documentos salió a la luz en 1980 cuando Placard confesó el engaño ante la policía. Vale la pena recordar su crítica.
             Documentos secretos. En El Código da Vinci puede leerse que “en 1975 y en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelle, Victor Hugo y Leonardo da Vinci.”. Efectivamente, Plantard y sus amigos elaboraron esos documentos falsos, los depositaron en los archivos de la Biblioteca Nacional y reconocieron el engaño y el fraude. Lo del Priorato de Sión es fruto de la imaginación de Plantard y lo mismo el contenido de esos documentos secretos. Por lo tanto, ni existió tal institución, fuera de la imaginación de Plantard, ni existieron históricamente esos documentos tan presuntamente protegidos en los que se dicen cosas que nada tienen que ver con la realidad histórica en relación con el Santo Grial, o las relaciones entre Jesús y María Magdalena. Estas presuntas historias son producto exclusivo de la imaginación de Plantard y los suyos con fines poco honestos.
            ¿Que la divinidad de Cristo es un asunto dilucidado por votación en el concilio de Nicea?  La realidad histórica es que Jesús fue tratado como Hijo de Dios desde el principio de la historia de la Iglesia y el concilio de Nicea (325) simplemente ratificó lo que era un hecho histórico consumado. Discutir este hecho equivale a una pérdida de tiempo inútil. Por lo demás es absolutamente falso y fruto de la imaginación de Dan Brown que el emperador Constantino financiara la redacción de una nueva Biblia para manipular su contenido. Jamás se le ocurrió a ningún experto en la materia sostener tal afirmación, ni siquiera como hipótesis de trabajo. Resulta igualmente sospecha la afirmación de que los evangelios agnósticos sean más fiables que los cuatro canónicos de la Biblia, los cuales fueron escritos cuando aún vivía gente de la generación de Jesús. Por otra parte, la lectura que Brown hace en su novela de estos documentos falsea abierta y descaradamente su contenido.
              Sobre María Magdalena. Los personajes principales de El Código Da Vinci afirman que el plan de Jesús era casarse con María Magdalena y tener hijos con ella; que Jesús nombró a María Magdalena como la líder de la Iglesia y como una diosa; que  ella sería el icono de la “divinidad femenina” en la adoración y la teología cristiana y que el acto sexual es un elemento central de la enseñan­za de Jesús. La unión física con la mujer sería, según Él, el único medio a través del cual el varón puede llegar a la plenitud espiritual y alcanzar el conocimiento de lo divino. Y lo que es más. Según El Código Da Vinci, Jesús no fue capaz de organizar su secta basada en el sexo antes de que lo crucificaran; María Magdalena estaba em­barazada de Jesús y tuvo que emigrar a Francia, donde nació la niña Sara, cuyos descendientes se casaron después con la familia real francesa y que el Priorato de Sión es el guardián de miles de documentos secre­tos. Esos documentos prueban los verdaderos planes de Jesús y el rol de María Magdalena como líder de la Iglesia y como diosa. La Iglesia habría escondido todos estos secretos sobre María Magdalena durante 2000 años. Si Dan Brown dejara claro que todas estas afirmaciones solemnes son fruto de la fantasía para escribir su novela/ficción, nadie podría reprocharle el derecho a hacerlo. Lo grave es que se tiene la impresión de que su novela es una excusa para hacer tales afirmaciones como si se tratase de verdades históricas que se han ocultado a lo largo de la historia. Pero la realidad es que no hay evidencias históricas ni ninguna fuente que respalde la información que aparece en esta novela, que es pura especulación y producto de la imaginación calenturienta del novelista. Tanto más cuanto que, como queda dicho, ni siquiera existe ese Priorato de Sión que se supone que debía ser el guardián de esos secretos.
            Sobre Leonardo Da Vinci. El artista habría aceptado cientos de lucrativos encargos del Vaticano al tiempo que incorporaba símbolos ocultos en sus pinturas que no tenían nada que ver con el cristianismo. Una vez más se produce el engaño por falta de base histórica. Según Davidsen/Benestad, es históricamente falso que Da Vinci recibiera tantos encargos del Vaticano y que fuera un rebelde contra la Iglesia. Como es falso que puso el nombre a la Mona Lisa basándose  en los nombres de dos dioses egipcios cuando la realidad es que tal nombre le fue impuesto 31 años después de la muerte del pintor. Por otra parte, el Priorato de Sión no existía, con lo cual mal podía conocer Leonardo da Vinci los secretos custodiados por el Priorato y de los que habla Brown. Por lo mismo, los códigos y símbolos que Dan Brown descubre en el arte de Da Vinci son puro fruto de su imaginación. Oskar Skarsaune, historiador de la Iglesia y experto en las teorías latentes en la novela de Brown, interrogado por un periodista, respondió sin vacilar: “Ninguna de las afirmaciones que Dan Brown hace en relación con la Historia de los inicios de la Iglesia y con su Historia Medieval es cierta. Ninguna”.

            11. El manejo racional del lenguaje novelado

            Insisto una vez más en que no es posible la percepción de la realidad y la comunicación humana sin la ayuda de imágenes o representaciones figuradas de la misma. Pero precisamente por ello tenemos que cuidar de que ellas, las imágenes, sean elaboradas y utilizadas de tal forma que no nos saquen de la realidad para sumergirnos en un mundo imaginario y engañoso. La novela, por su propia naturaleza, es ficción y como tal, un mecanismo evasivo de la realidad. Por lo tanto, en el caso de que utilicemos ese género literario, por sentido común y en nombre de la razón, cabe hacer las siguientes observaciones relacionadas con los modelos a los que termino de hacer referencia.
             Como principio general, pienso que cuando se escribe cualquier tipo de novela se debe hacer de tal forma que en ningún momento el lector confunda el mundo real con el mundo ficción. Los buenos y buenas novelistas se distinguen de los malos, entre otras cosas, porque nunca pervierten el orden de la realidad, de tal forma que los lectores se sienten gratificados con la lectura de sus novelas pero nunca confundidos o engañados. El lector de una buena novela sabe en todo momento en qué punto de la realidad o del mundo ficción se encuentra. Es posible que durante la lectura puedan surgir dudas, pero al final de la misma todas las dudas al respecto quedan aclaradas. El lector cierra la novela y vuelve al mundo de la realidad con la misma naturalidad y gozo que después de haber jugado una partida de ajedrez se recogen las fichas y asunto terminado. O terminamos de ver una buena película y salimos satisfechos de la sala de cine a la realidad de la calle. Las buenas novelas devuelven al lector a la realidad en lugar de dejar su imaginación convertida en un nido de pájaros locos. Si, además, el recurso al género novelesco ha sido forzado por situaciones puntuales de falta de libertad de expresión para denunciar injusticias o defender derechos, por mucho que la novela nos parezca irreal y fruto de la fantasía, al final nos devuelve a la realidad cruda de la vida. En este sentido los casos arriba mencionados son realmente ejemplares.
            El autor del Apocalipsis, por ejemplo, por más que su lenguaje nos pueda parecer a nosotros ininteligible y desconcertante por la artillería imaginaria utilizada, contiene una tesis sobre Cristo y la Iglesia que no podía explicar con lenguaje corriente a sus destinatarios por la falta de libertad de expresión vigente bajo un régimen político represivo. Sus destinatarios no fueron engañados sino informados de la única manera que era posible en aquellas circunstancias lamentables. En cualquier caso, lo ideal es que nunca sea necesario tener que recurrir al género apocalíptico. No es un género literario que favorezca al uso de la razón y la comprensión deseable entre personas y en situaciones normales.
            Tratándose de novelas históricas, los buenos autores delimitan con maestría lo que se ha de tomar como históricamente verdadero y lo que es fruto de su imaginación creativa. De todos modos el riesgo de que el lector se pierda y no sepa dónde termina lo real de su relato y empieza  lo ficticio o fruto de su imaginación es constante. Hay autores que son incapaces de escribir un relato histórico sin inventar situaciones o acontecimientos que nunca tuvieron lugar. Cuando se les pregunta por tal o cual personaje en acción responden con una sonrisa o simplemente confiesan que les pareció oportuno introducirlos por razones literarias. Yo tuve un profesor que tenía este “vicio” de novelar la realidad. Le encargaron que escribiera una biografía y la escribió literariamente tan bien que los lectores la tomaron en gran parte por novela. Luego publicó un libro histórico, como testigo de excepción de la segunda guerra mundial con el mismo estilo novelado. Este género literario no ayuda a clarificar las cosas y, por lo mismo, nos aleja de la realidad. Por lo mismo, huelga decir que en nombre del uso de la razón no es un género aconsejable en la medida en que no se facilita al lector la posibilidad de discernir entre lo que se relata como realidad y como ficción.
            Este defecto, en cambio, no tiene lugar en El Quijote. La primera impresión de esta obra genial puede ser de humor. Hay quienes la leen como divertimiento. ¡Y vive Dios que hay en ella relatos divertidos! Pero a medida que se entra en materia con su lectura pronto nos damos cuenta de que se trata de una obra llena de sabiduría de la vida real expresada con imaginación y buen gusto estético. Y todo ello para persuadirnos a no perder el uso de la razón leyendo libros que nos alejan de la realidad. D. Miguel de Cervantes escribió su gran novela para decirnos que no huyamos de la realidad. Y lo que es más admirable. Si hemos tenido la desgracia de contaminar nuestra mente con imágenes falsas de la realidad, cabe siempre pensar que, mientras hay vida hay esperanza. D. Quijote, el personaje central de la gran novela, perdió el uso de la razón pero al final de su vida volvió a la razón y la cordura. Un mensaje consolador transmitido en una novela realmente “ejemplar”, porque no sólo no nos aleja de la realidad sino que nos acerca más a ella de una manera grata y divertida. Lo mismo cabe decir de Giovanni Guareschi y George Orwell. Cualquiera que haya conocido la situación de la “Europa libre” al final de la segunda guerra mundial leerá Don Camilo con verdadera fruición sin engañarse en ningún momento. El alcalde Peppone y el cura párroco D. Camilo son presentados de forma exagerada y hasta ridícula en muchos casos, pero nunca de forma que el lector pierda el sentido de la estúpida realidad social y política de fondo que motivó la novela. El lector pronto se da cuenta de que la voz imaginaria de Cristo desde el crucifijo de la iglesia parroquial es la voz de la razón del propio Guareschi. Nos encontramos ante una novela crítica de signo político en un contexto de libertad de expresión. No hay en ella confusión entre lo real e imaginario y, por lo mismo, puede ser considerada como una obra maestra en su género.
            El contexto real e histórico de “La rebelión en la granja” de Orwell fue distinto. Ahora nos encontramos ante una completa fábula en la que el autor se refugia para denunciar el despotismo del comunismo estalinista en un momento en el que tal denuncia podía dar lugar a una represión imprevisible. Tiene el gran mérito de describir en clave de novela una realidad política y social de forma breve y realista. Cualquiera que haya conocido la estructura y los métodos del régimen comunista soviético verá reflejada en la novela aquella triste realidad. En “La rebelión en la granja” no hay lugar para el divertimiento o la hilaridad. La realidad que de forma fabulada se describe es tan cruda que no deja lugar ni al humor ni al divertimiento. Es una realidad triste. El inconveniente de este tipo de novelas no es que nos alejen de la realidad sino que, con el paso del tiempo, las personas que no conocieron aquellas situaciones o contextos políticos y sociales encuentran dificultad para entender su verdadero significado. Los lectores necesitan tener una preparación histórica específica. Nos pasa como con el estilo apocalíptico. Los destinatarios inmediatos de estos libros los entendieron sin dificultad mientras que las generaciones posteriores necesitan estudiarlos para descifrar su contenido realista. Por lo que se refiere al “Código da Vinci” de Dan Brown el juicio en nombre de la razón ha de ser totalmente negativo. En este caso el autor se ha servido del género novelesco para falsear deliberadamente la realidad histórica. No sólo esta novela aleja al lector de la realidad sino que el autor pretende con ella presentar como realidad histórica lo que sólo es fruto de su imaginación. Ahora bien, el falseamiento deliberado de la realidad histórica constituye una deshonestidad intelectual y uso perverso de la razón. De ahí que la lectura de este tipo de novelas sea siempre desaconsejable.

            12. El uso de la razón en Aristóteles y Tomás de Aquino

            Hablando de la Lógica y del uso de la razón resulta obligado  hacer algunas aclaraciones sobre la aportación de Aristóteles de Estagira (384-322) y Tomás de Aquino (12251274). Aristóteles fue un filósofo de pies a cabeza que usó la inteligencia convencido de que del buen uso que hagamos de ella depende nuestra felicidad personal y social. En una de sus obras dejó escrito que la ansiada y escasa felicidad que es posible alcanzar en este mundo pasa por el uso acertado de la inteligencia como facultad esencialmente constitutiva de la naturaleza humana. Con esta convicción no dudó en definir al hombre como ser racional y nos legó los primeros escritos serios de la historia sobre las cuestiones fundamentales que se estudian en la disciplina filosófica conocida como la Lógica. La sola mención de este término nos hace pensar inmediatamente en los escritos de Aristóteles como piedra angular de todos los tratados de Lógica racional producidos hasta nuestros días.
            Los dos grandes logros aristotélicos en esta materia son la afirmación del uso correcto de la razón como condición indispensable para encontrar la verdad última de todas las cosas, y su vinculación con la realidad evitando el conceptualismo vacío y el uso de la inteligencia como puro medio de entretenimiento haciendo malabarismos conceptuales. La Lógica moderna conocida bajo la denominación de “Lógica simbólica o matemática”, en sus aspectos positivos no es más que el desarrollo coherente de la Lógica aristotélica. Y en sus aspectos negativos, una interpretación desafortunada de la misma, como veremos a continuación. Como consecuencia del enfoque realista aristotélico, el uso de la razón bien entendido nos abre las puertas para acercarnos lo más posible a todos los ámbitos de la realidad, incluidas las realidades transcendentales. En cualquier caso Aristóteles es un filósofo puro que se alumbra en la vida con la sola linterna de la razón alimentada con el combustible de la experiencia vital y el sentido común. Esta es, creo yo, la gran aportación del Estagirita como referente universal del uso de la razón. 
            Por lo que se refiere a Tomás de Aquino me parece oportuno destacar lo siguiente. Primero, no es un filósofo, como Aristóteles, sino un teólogo que usa la razón para ordenar y explicar intelectualmente las realidades contenidas y transmitidas en los misterios del cristianismo. Para ello se sirvió magistralmente de la inteligencia construyendo un sistema de pensamiento en el que son tenidos en cuenta todos los órdenes de la realidad. Por otra parte, tanto en Aristóteles como en Tomás de Aquino la clave metodológica de su forma de razonar sobre los diversos órdenes de la realidad es la analogía.  
            El proyecto técnico más cumplido de establecer un orden jerárquico racional de las realidades o niveles del ser universal en la antigüedad es debido a Aristóteles. Me refiero a los famosos predicamentos. Sistematización que resultaría ininteligible y arbitraria de no ser vista a través del prisma de la analogía. Lo que es un todo respecto de sí mismo es parte respecto de los demás. Lo que en un determinado nivel es genérico a otro nivel es específico, y así sucesivamente se van describiendo los diversos niveles de la realidad teniendo en cuenta lo que es múltiple, lo común y lo diverso, lo que une y lo que separa, lo que permanece y lo que cambia. O sea, la unidad y la pluralidad.
            El acto por antonomasia de la razón humana consiste en la operación intelectual mediante la cual el intelecto es capaz de conocer las relaciones de unas cosas con otras, sea de las partes respecto del todo, sea respecto de sus fines respectivos. A esta operación la llama Tomás de Aquino ordenar, que no es otra cosa que poner científicamente cada cosa en su sitio para después poderlas analizar y conocer como realmente son. Las cosas, como las personas, cuando están fuera de lugar, además de estorbar, están expuestas a ser pasadas por alto cuando no atropelladas. Para evitar esa tragedia intelectual, Tomás de Aquino ordena la realidad universal distinguiendo metodológicamente varios niveles u órdenes presididos por la realidad ontológica del ser analógicamente entendido.
            Así, dice él, existe un ordo o nivel de realidades que no es creación o producto de la razón humana sino que la razón se lo encuentra ya hecho. Es algo que la inteligencia considera, estudia, conoce y eventualmente transforma, pero que no crea o produce. Todos los nacidos, por ejemplo, nos hemos encontrado con un mundo de cosas que ya estaban ahí, y de las cuales muchas seguirán estando después de habernos muerto. Muchos muertos, si levantaran la cabeza, quedarían sorprendidos ante las novedades que han tenido lugar durante los últimos cien años.
Pero igualmente constatarían que hay cosas que siguen siendo las mismas sin cambios notables más allá del desgaste normal de la existencia. Son todas esas realidades que hemos descubierto durante la vida y de las que después tuvimos que despedirnos dejándolas dónde estaban y como estaban. Ahí están, por ejemplo, las grandes cordilleras o los monumentos históricos seculares que contemplan impasibles nuestra movediza existencia humana. Ahí estaban cuando nacimos y ahí se quedan cuando morimos como mudos observadores del acaecer humano.
            Hay realidades que han precedido a nuestra existencia humana de tal forma que nosotros no tuvimos arte ni parte en su origen. Es el orden de las realidades objetivas cuya producción no puede ser ontológicamente atribuida a la razón humana de nadie. Para bien o para mal están ahí y no nos queda otra alternativa racional que tenerlas en cuenta para conocerlas y saber cómo hemos de comportarnos frente a ellas. En este nivel existencial la realidad es la medida de la inteligencia, la cual trata de conformarse a ella dando lugar al concepto de verdad en su sentido más radical y universal.
            Existe también otro nivel de realidades, que, por el contrario, es producto exclusivo de la razón humana en el ejercicio de sus actos específicos y propios. La razón, por ejemplo, crea el mundo del lenguaje y de las leyes más aptas para expresar y comunicar los sentimientos y las ideas. Son las realidades producidas por la razón en el ejercicio de sus funciones. En el caso presente ocurre lo contrario. La inteligencia es la medida de las cosas. La muerte, por ejemplo, es una realidad natural que está ahí condicionando toda nuestra vida, pero nosotros podemos modificar el sentido y significación de las palabras y de nuestros medios de expresión. Podemos eliminar un idioma y crear otro. Es el mundo del lenguaje, de la conceptualización y de la comunicación humana, de la creatividad científica y de las diversas técnicas de comunicación desde el lenguaje natural hasta las modernas técnicas de comunicación social. La bioética, por ejemplo, es una ciencia joven creada por el hombre como lo son la televisión o internet en el orden de las comunicaciones sociales.
            El tercer nivel de realidades señalado por Tomás de Aquino se refiere al de las realidades éticas, es decir, al de las acciones propiamente humanas, las cuales son tales sólo cuando el hombre obra con libertad suficiente de acuerdo con la naturaleza racional y las  perspectivas de su destino final. Cuando en las acciones de la voluntad falta orden entre ellas, es decir, razonabilidad suficiente desviándose de su propio fin, tales acciones pierden automáticamente la categoría de humanas. Cuando esto no ocurre el nivel de las realidades éticas queda reducido al de las vegetativas o brutales. En el orden de las realidades éticas la iniciativa procede de la voluntad en armonía con el fin último estimulador de toda acción humana. La categoría humana de estas acciones tiene lugar en el acuerdo o convergencia de la voluntad y el fin último de toda acción realmente humana. Es el conocido orden ético, moral y jurídico.
            Tomás de Aquino habla también de un cuarto nivel de realidades, que en parte son creación de la razón. Es el mundo del arte y de la tecnología. Digo en parte, porque la razón trabaja desde dentro, pero con materiales dados sobre los que interviene transformándolos en realidades nuevas. El arquitecto, por ejemplo, trabaja en su mente con materiales dados con los que crea otra realidad, la cual, al ser materializada en un edificio habitable se convierte en una realidad dada para los futuros inquilinos. De acuerdo con estos hechos de tan sencilla comprensión, Tomás de Aquino diseña después una planificación de las ciencias indicando sus pistas y sus objetos. Pero todo ello ha de ser visto a través del prisma de la analogía. Ello nos permite saber exactamente en qué nivel de realidades nos encontramos para no confundir unos niveles con otros con la correspondiente confusión que se produciría en nuestros juicios de valor.
            Lo que es verdad en física pura puede ser una falsedad a nivel metafísico. La teoría atómica, por ejemplo, en física es correcta y falsa en metafísica. Una acción estéticamente bella puede ser detestable en el orden ético y viceversa. Mucha de la incomprensión existente entre los diversos grupos humanos actuales es debida no tanto al lenguaje en sí mismo, como algunos piensan, cuanto al indebido uso unívoco o equívoco que de él se hace y de los conceptos más fundamentales. Al faltar el sentido de la analogía podemos estar diciendo y deseando todos lo mismo sin llegar jamás a entendemos.
            Esta admirable perspectiva metodológica de la analogía la encontramos ya en el comienzo del comentario de Tomás de Aquino a la Ética a Nicómaco, y la Suma Teológica toda ella es un ejemplo práctico del uso de la analogía como metodología teológica. Allí se presupone un quinto orden de realidades, cual es el clásicamente conocido por “ordo supranaturalis”, cuyo estudio no corresponde a la filosofía, sino a la ciencia teológica, en la que el correcto uso de la analogía es  más necesario si cabe que en filosofía. Tanto el modelo racional aristotélico en el campo de la reflexión filosófica como el tomasiano en el de la reflexión teológica han sido utilizados por muchos desafortunadamente como aval de los diversos racionalismos o abusos de la razón. En relación con el modelo racional tomasiano cabe hacer las siguientes consideraciones.
                       
             13. Modos equivocados de leer e interpretar a  Tomás de  Aquino

            Con frecuencia los peores enemigos de un gran maestro son sus discípulos más incondicionales. Los errores de interpretación de Tomás de Aquino por parte de sus más fieles seguidores pueden reducirse a las siguientes formas de leer e interpretar sus escritos.
            Como una segunda Biblia.
            Tratándose de la Biblia suponemos que en cualquiera de sus textos auténticos hay algún mensaje relacionado con la revelación divina. Con frecuencia tal mensaje no es claro y hay que hacer exégesis de los mismos hasta conseguir nuestro objetivo, muchas veces inalcanzable o sólo modestamente logrado. De lo que no se duda es que el mensaje está allí aunque expresado de forma ininteligible para nosotros.
            Muchos, apoyados en las recomendaciones del Magisterio de la Iglesia para que se estudie y siga a Sto.Tomás en las cuestiones más polémicas, han leído la Suma Teológica como una segunda Biblia tratando de descubrir y explicar el pensamiento del Aquinate como si se tratara de una revelación divina frente a la cual sólo cabe la sumisión religiosa de la mente y del sentimiento. El razonamiento implícito y operativo podía formularse así: El pensamiento de Sto. Tomás, como el de la Biblia, debe ser conocido, religiosamente asumido, propagado con entusiasmo y defendido contra sus adversarios. Ni más ni menos que lo que hay que hacer con el Evangelio. Por consiguiente, en los casos difíciles o dudosos habrá que buscar explicaciones para justificar la postura del Aquinate convencidos de que él siempre tiene razón.
            Durante muchos años, sobre todo desde la restauración del tomismo por León XIII, la Suma Teológica fue el manual básico de los estudiantes de teología en la mayoría de las Universidades y Facultades de teología de la Iglesia, y muchos de los profesores hacían sus exposiciones académicas siguiendo materialmente el texto de la Suma con el criterio antes descrito. De hecho, las obras de muchos teólogos tomistas clásicos no son otra cosa que comentarios más o menos literales o libres a la Suma cuando impartían sus clases.
            En casos extremos la lectura del texto de la Suma Teológica llegó a suplantar prácticamente la lectura directa de los textos bíblicos en las aulas de teología. Lo que dio lugar a la aparición de un cuerpo de teología racional paralelo a otro de teología bíblica. Con lo cual, y por increíble que parezca, la obra de Sto. Tomás terminó siendo considerada por muchos académicos como una fuente de teología del mismo rango que la Biblia. 
            Como un catecismo
            Había profesores que daban por supuesto que todo lo que dice Sto. Tomás es verdad aunque no se entienda. Al menos esta era la impresión que causaban. Así pues, el estudiante debía leer y memorizar fielmente lo que dice Tomás de Aquino sin exigir explicaciones o comentarios críticos. Su pensamiento sería para aprenderlo y no para discutirlo. Es una lectura obediente y acrítica. En caso de duda, la respuesta era como al niño que pedía explicaciones sobre las verdades del catecismo: maestros tiene la Iglesia que lo sabrán explicar. O cuando seas mayor lo entenderás. Desde esta actitud no cabía otra alternativa que la de decir amén a todo lo que diga el maestro o Doctor común de la Iglesia.
            Así las cosas, los profesores de teología mejor considerados eran aquellos que memorizaban y repetían con fidelidad material el texto de Sto. Tomás. Por lo general los profesores no corregían a Sto.Tomás sino que trataban de exponer e interpretar fielmente sus enseñanzas y defenderlas frente a quienes osaran ponerlas en duda o negarlas. De ahí que las clases de teología degeneraran muchas veces en luchas dialécticas de escuelas en lugar de progresar en la presentación razonada y actualizada del mensaje cristiano de salvación, que es lo que Sto. Tomás trató de hacer en su tiempo. Paradójicamente, en muchas aulas de teología el estudio y la defensa del pensamiento de Sto.Tomás cobraron un protagonismo más relevante que el conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura.
            Algo incomprensible si tenemos en cuenta que la reflexión teológica que lleva a cabo con mayor o menor acierto el Aquinate supone ya que el profesor y el alumno conocen de antemano a fondo la Sagrada Escritura. De hecho, él escribió la Suma para ser estudiada después de dos años previos monográficos de estudios directos sobre el texto de la Biblia. En su brevísimo prólogo a la Suma Teológica confiesa que lo único que pretendió fue escribir un modesto manual académico de teología bien estructurado para que sus alumnos no perdieran el tiempo en las aulas con disquisiciones tediosas e inútiles. Cualquier cosa menos escribir un catecismo para ser aprendido de memoria de generación en generación como algunos insensatamente han pretendido. Una cosa es que Tomás de Aquino sea un pensador y un teólogo excepcional, que merece ser conocido antes que muchos otros, y otra cosa es que su pensamiento haya de servir para todo y para todos.

            En clave piadosa
            Tomás de Aquino no sólo es divus Thomas, o el Angélico. Es, por encima de todo, “El Santo”. “Como muy bien dice el santo”... Todas estas expresiones reflejan la actitud de quienes consideran que lo que dice Sto. Tomás ha de ser aceptado de forma cultual. Se da culto al pensamiento del Santo. Por lo mismo hay que estudiarlo con devoción y defenderlo con ardor contra sus “adversarios”.
            Quienes cometieron este error olvidaron que la santidad puede darse en una persona sin autoridad científica ninguna. Igualmente, un pensador puede alcanzar gran autoridad científica y llevar una vida ética desastrosa. Ni la santidad es de por sí una garantía de ciencia ni la ciencia lo es de la santidad. Una persona puede ser santa y analfabeta, científicamente una eminencia y en su conducta personal un desastre. La santidad no es un aval de todo lo que uno dice ni la ciencia de lo que debemos ser. Sto. Tomás es un caso antológico de armonía de estos extremos pero ello no autoriza a exagerar ninguno de ellos. Si alguien quiere admirar la santidad del Aquinate está en su derecho de hacerlo. Pero tal derecho no autoriza a deducir automáticamente su autoridad intelectual de su santidad. Tampoco su santidad de su autoridad intelectual.
            El respeto y veneración del discípulo hacia su maestro es comparable al de un buen hijo con sus buenos padres. Tal veneración no implica la aprobación de sus defectos y eventuales equivocaciones. Lo mismo cabe decir de los buenos discípulos de Sto. Tomás. El pensamiento de Tomás de Aquino pierde todo su valor desde el momento en que se lo convierte en un fetiche religioso al que hay que tributar culto o veneración. Él mismo protestaría contra esta forma de tratar sus magistrales enseñanzas.
            Como algo impuesto y no  como algo sabiamente recomendado.
            La obra de Sto. Tomás en su conjunto es una joya de la inteligencia humana y como tal ha de ser considerada. En el esfuerzo por conocerlo nunca se pierde el tiempo. Pero, como todas las cosas buenas, cuando son impuestas, también el estudio de Sto.Tomás puede ser objeto de rechazo por la simple razón psicológica de ser impuesto de forma autoritaria en lugar de recomendarlo por su valor objetivo.
            Históricamente se han cometido errores en este punto pero ello no debería ser motivo para dejarnos llevar por el sentimiento perdiendo la oportunidad de conocer una de las formas más sanas y fecundas de pensar sobre los asuntos más trascendentales de la existencia humana. Es muy conveniente estudiar a  Sto. Tomás, sobre todo en los centros teológicos, pero no en clave autoritaria, o piadosa, sino como maestro de la inteligencia humana y con sentido crítico. Ni como una segunda Biblia, ni como un catecismo sino como una de las obras más lúcidas de la inteligencia humana aplicada a todos los problemas trascendentales de la existencia en torno a Dios, la vida, el hombre y el mundo. De lo contrario se corre el riesgo de desfigurar su pensamiento y de provocar una reacción de rechazo.
            Desde el período de restauración del pensamiento tomista por parte de León XIII hasta el concilio Vaticano II la balanza se inclinó en muchos casos hacía la imposición autoritaria. Con Pablo VI y Juan Pablo II se puso de nuevo de relieve la conveniencia de la educación tomista de la inteligencia, pero como una recomendación sincera y honesta, basada en razones objetivas, y nunca más como una imposición autoritaria. En fin de cuentas, ni siquiera la Biblia fue necesaria aunque sí muy conveniente. De hecho Cristo no escribió ningún libro de teología. De modo análogo cabe decir que se puede ser un gran pensador y un cristiano ejemplar sin conocer para nada los escritos de Sto.Tomás. Pero esto no invalida la encarecida recomendación de sus escritos principales como obra de una de las cabezas intelectuales mejor armadas de  Occidente. Esta es la cuestión. No se trata de seguir estudiando a Tomás de Aquino por razones nostálgicas o sentimentales. Se trata de aprender de Tomás de Aquino el arte de usar correctamente la razón en lo cual nos jugamos el sentido de la vida y nuestra felicidad.

            14. Aclaraciones sobre la Lógica matemática

     Llegados a este momento de nuestro discurso es obligado hacer una mención y valoración crítica de la denominada “Lógica matemática o simbólica”. Los razonamientos formulados en cualquier idioma con frecuencia son difíciles de evaluar ya que el lenguaje natural está intoxicado de sofismas, ambigüedades, diversidad de intenciones, metáforas, imágenes y toda suerte de manipulaciones. Aún cuando conocemos los mecanismos para detectar estas intoxicaciones subsiste siempre el problema de determinar la validez o invalidez de nuestros razonamientos. Para obviar este escollo surgió el lenguaje simbólico artificial al cual puedan traducirse los enunciados y los razonamientos del lenguaje natural. El propio Aristóteles utilizó ya abreviaturas para facilitar esta labor y en los tratados de Lógica clásica se consolidó un sistema simbólico de letras aplicado a los enunciados, razonamientos simples y complejos.
     En principio cabía pensar que de esta forma se podrían obviar los inconvenientes de la imprecisión y acortar el proceso de los razonamientos. Tan sencillo como reducir proposiciones y razonamientos a simples letras del alfabeto para jugar después con ellas de una manera precisa, lógica y coherente. Fue algo parecido a la sustitución de los números romanos (I, II, XXIII…) por los arábigos (1, 2, 2 3…). Es obvio que en la realización de cálculos resulta más fácil trabajar con la numeración arábiga que con la romana. Pues bien, la Lógica matemática o simbólica, se tomó tan en serio la sustitución de las proposiciones y de los razonamientos naturales por palabras y símbolos que olvidó casi por completo la referencia a la realidad. Para comprender el alcance de esta afirmación basta recordar algunos datos de su breve pero intensa historia reciente.
     El uso de los símbolos al estilo aristotélico fue imitado por los estoicos y los escolásticos medievales. Pero, según los historiadores, el primer proyecto de cálculo lógico de esta naturaleza es atribuido a Raimundo LLull (1235-1315) en su célebre Ars magna, donde se propuso crear simbólicamente mediante letras, círculos, triángulos y otras figuras un instrumento capaz de encontrar todas las conclusiones posibles de premisas dadas de una manera prácticamente mecánica. Sin embargo, se piensa que el verdadero promotor de este proyecto con la perspectiva actual es debido a Wilhelm Leibniz (1646-1716). Leibniz constató cómo los matemáticos resolvían los problemas de los cálculos matemáticos sin discusiones mientras que los filósofos se encontraban enfrentados siempre con eternas polémicas. Así las cosas, lanzó la idea de transformar los razonamientos lógicos en un “cálculo raciocinador” en el cual a cada idea debía corresponder un signo representativo, de tal forma que combinando estos signos resultara una especie de idioma universal en el cual fuera posible expresar todos los conceptos complejos con sus conclusiones correspondientes. De esta forma, opinaba Leibniz, se evitarían las ambigüedades del lenguaje común y del discurso filosófico al tiempo que se eliminarían los errores de todos los razonamientos como simples errores de cálculo matemático. Como puede apreciarse, en esta sugerencia está ya prevista la reducción del discurso filosófico a fórmulas matemáticas.
     Pero la construcción efectiva de una Lógica matemática o simbólica tuvo lugar en el siglo XIX con George Boole (1815-1864), Augusto Morgan (1806-1871), Gottlob Frege (1848-1924) y José Peano (1858-1932). Con la particularidad de que estos expertos no pretendieron, como Leibniz, crear un instrumento para el lenguaje común o filosófico, sino en concreto para las matemáticas. La lógica simbólica, por tanto, era concebida por estos autores como una construcción rigurosamente lógica de las matemáticas. De ahí que terminara hablándose de lógica matemática en lugar de lógica simbólica. Entre 1910 y 1913 aparecieron los tres volúmenes de Bertrand Russell (1872-1970) y Alfred North Whitehead (1861-1947): Principia matemática, que se convirtió en una de las obras del género más importantes hasta nuestros días. Su desarrollo prodigioso se ha llevado a efecto en el ámbito de la lógica de las proposiciones, de los predicados y de la lógica de clases. Destacando que fue esta, la lógica de clases, la que primero y más se desarrolló.
     En efecto, una vez decididos a traducir la Lógica a fórmulas matemáticas, lo primero que hicieron fue considerar los términos universales como clases, grupos o conjunto de objetos de acuerdo con una definición o regla de formación como, por ejemplo, los números naturales, primos o cuadrados. Todo ello con vistas a sustituir la Lógica aristotélica de los términos, que considera principalmente la comprensión de éstos, por una Lógica de clases en la cual centrar la atención en la extensión de los términos dando lugar a una especie de álgebra abstracta. Algo así como la teoría de los conjuntos matemáticos o el álgebra de las matrices. En consecuencia, se definieron los primeros conceptos lógico-matemáticos. Luego siguió la enunciación de las leyes lógicas que deben regular las relaciones entre los elementos y las clases mediante operaciones que no siempre equivalen a las de las operaciones numéricas. En el álgebra de los números, por ejemplo, un producto es nulo si uno de los factores es nulo. En el álgebra de las clases, en cambio, el producto puede ser nulo incluso cuando ninguna de las clases es nula. Basta que ninguna clase tenga elementos comunes con otras clases. Total que se terminaron implantando las ecuaciones lógicas. Luego se desarrollaron ampliamente la lógica de las proposiciones, de los predicados y de los axiomas.
     Como era de esperar, la lucha entre la Lógica clásica y la Lógica matemática o simbólica no tardó en desatarse. Quienes dispongan de tiempo y humor  pueden entretenerse leyendo los impresionantes tratados de lógica matemática tachonados de letras y símbolos convencionales con sus fórmulas, que hacen pensar en una sopa de letras y palabras. Mi opinión sobre este asunto es la siguiente.  Es obvio, como hemos observado más arriba, que el lenguaje común, y más el lenguaje filosófico y científico, está intoxicado de sofismas, géneros literarios, imágenes y toda clase de ambigüedades que impiden la precisión y exactitud de nuestros discursos, y es comprensible que se busquen soluciones para resolver este problema. Pero la pretensión de reducir el lenguaje humano a fórmulas matemáticas, además de imposible, puede resultar no menos ridículo que la pretensión de reducir los idiomas a poesía. Dada la grandeza de nuestra condición humana y la riqueza de lo real, el lenguaje humano es incapaz de expresar en su totalidad y de forma perfecta toda esa riqueza de contenidos. Por lo mismo, pretender hacerlo con precisión matemática equivale a empobrecer nuestra percepción y expresión humana de la realidad. La lógica matemática o simbólica ha contribuido mucho al desprestigio actual de la razón filosófica. No menos que los conceptualistas y nominalistas de todos los tiempos, y la razón es fácil de comprender.
     La Lógica simbólica, en efecto, se dedica a hacer malabarismos con los signos abstrayendo por completo de la realidad o contenido objetivo de los conceptos, de las proposiciones y de las conclusiones. Es la Lógica formal clásica sin referencia a la realidad, reducida a fórmulas matemáticas cuya entidad no va más allá de los puros entes de razón sin consistencia en la vida real. En Lógica clásica se estudia esta dimensión subjetiva de los conceptos y de su organización racional. Pero cuando se la aplica al discurso normal  y a  la reflexión filosófica o científica, jamás se prescinde de su referencia a la realidad. Cuando tal referencia o conformación con la realidad no existe, los conceptos, las proposiciones y los razonamientos resultan automáticamente falsos y carentes de interés cuando no dañinos. La Lógica simbólica o matemática de la que hemos hablado, por relación a la Lógica clásica de cuño aristotélico, puede ser comparada en su conjunto a un estupendo libro moderno de contabilidad. Me explico.
            Mientras que en la Lógica clásica no tiene sentido perder el tiempo redactando un informe económico sin capital contable y efectivo, lo propio de la Lógica matemática es enseñarnos a redactar ese informe abstrayendo de si hay o no capital básico o dinero en efectivo. Basta quererlo hacer y disponer de tiempo e imaginación. Uno se imagina que tiene un patrimonio X, unos ingresos anuales A y gastos B, y redacta el libro en todos los pormenores imaginables con un saldo anual C.  Según la Lógica clásica, en cambio, un informe económico no tiene sentido ninguno si lo que se dice en él no se corresponde con la existencia real del patrimonio y la contabilidad bancaria. Siguiendo la comparación, cabe añadir que, por su propia naturaleza, la Lógica matemática  aplicada al lenguaje ordinario o al filosófico, no cotiza en la bolsa de la realidad. Sus libros de cuentas son imaginarios y sólo autorizan a poseer y firmar cheques en blanco. Una vez más el uso de la razón es defraudado en su compromiso natural con la realidad.
            La experiencia de la vida nos enseña, antes de ser filósofos, teólogos o científicos de profesión, que no basta ser lógicos y coherentes con nosotros mismos y con nuestras ideas. Hay que ser también objetivos y verídicos. No basta la coherencia lógica y formalista. Hay que ser realistas y de ahí la utilidad del estudio de la Lógica clásica actualizada con preferencia a la Lógica matemática o simbólica. Dicho lo cual, y habida cuenta de las dificultades connaturales ya mencionas que hay que afrontar, cabe recordar los consejos prácticos siguientes.

            15. Consejos prácticos para razonar bien

            Razonar bien es una habilidad que se aprende con la experiencia de la vida, el estudio de la Lógica y la puesta en práctica de algunas normas elementales al alcance de todos. Razonar bien no es cosa fácil pero los consejos que siguen pueden ayudar mucho a superar las dificultades congénitas y culturales existentes.

            1) EVITAR LA PRECIPITACIÓN PENSANDO ANTES DE HABLAR LO QUE SE VA    A DECIR
          Hay personas que hablan precipitadamente sin pensar bien antes lo que dicen. Como consecuencia de esto se encuentran luego en la necesidad de hacer rectificaciones y de pedir disculpas por lo que han dicho o han dejado de decir. La precipitación es mala consejera. Tan mala como la inhibición y el miedo a hablar. Lo sabio y prudente consiste en hablar con conocimiento de causa en el momento oportuno y con las menos palabras posibles. El mucho hablar no favorece la corrección de nuestros discursos si estos no van precedidos de información sólida y reflexión. La experiencia de la vida enseña que la falta de reflexión previa antes de hablar suele ser causa de muchos disgustos y equivocaciones que podían haberse evitado. La sabiduría popular a este respecto es elocuente. Quien dice lo que no debe (por precipitación  o falta de reflexión) oye lo que no quiere.

                      2) NO EMOCIONARSE DEMASIADO
          Tanto matan las alegrías como las penas. Esto significa que las emociones fuertes nos privan de la serenidad necesaria para afrontar los problemas de la vida. De ahí que los sentimientos suelen ser malos consejeros. No en vano se dice que del corazón salen los problemas y de la cabeza las soluciones. Para afrontar las situaciones fuertes de la vida con acierto hay que acostumbrarse a enfriar las emociones y poner a pleno rendimiento la razón. Una persona enamorada, por ejemplo, u ofendida, no se encuentra en condiciones emocionales adecuadas para tomar ciertas decisiones que afectan directamente a esos sentimientos. Cuando estamos eufóricos vemos las mismas cosas de forma diferente que cuando estamos deprimidos. Los psicólogos se las ven y se las desean para equilibrar estos extremos en sus pacientes. Los grandes problemas de la vida se resuelven mejor con un poco de sangre fría que con mucho calor emocional. Se dirá que es difícil mantener esa sangre fría en los momentos más calientes de la vida. Es difícil, ciertamente, pero por eso mismo hay que concienciarse de ello y ejercitarse en filtrar los sentimientos en la razón antes de que sea demasiado tarde.

            3) NO OBSESIONARSE POR ENCONTRAR INMEDIATAMENTE LA SOLUCIÓN        A LOS PROBLEMAS
            Por supuesto que hay problemas que requieren solución urgente. El piloto aéreo que se encuentra en vuelo con un problema técnico imprevisto tiene que actuar con la mayor rapidez posible para evitar el desastre. La víctima de un bestial atentado terrorista no puede esperar mucho tiempo para ser socorrida. Nuestra vida es muchas veces un rosario de urgencias. Pero estas decisiones rápidas, para que sean tomadas con acierto, suponen mucho tiempo de preparación y entrenamiento previo para actuar oportuna y correctamente en las situaciones de emergencia. Ahora bien, hay gente acelerada que ante los problemas que surgen sin urgencias tienden a precipitarse tomando decisiones que luego han de retractar. Por ejemplo, casarse o no casarse, casarse sin otro motivo que el estar enamorados de una u otra persona, optar por una u otra profesión, tener un hijo, cambiar de trabajo. Son decisiones importantes que requieren un tiempo prudencial para no ser tomadas a la ligera y cometer errores sin marcha atrás. Los sentimientos suelen ser malos consejeros, pero cuando se convierten en obsesión son altamente peligrosos porque nos hacen perder la necesaria libertad para actuar con serenidad y corrección.

                     4) PROCEDER DE LO CONOCIDO A LO DESCONOCIDO Y DE            LO                                        FÁCIL A LO DIFÍCIL
            Aunque este principio parece obvio, en la vida práctica se tiene muy poco en cuenta. Ocurre un accidente mortal de tráfico y muere un joven conductor. Pues bien, en lugar de empezar investigando la causa inmediata del accidente, la madre de la joven víctima lanza un grito de protesta al cielo preguntando a Dios por qué ha permitido la muerte de su hijo. Ya antes de conocer la causa del accidente imputa emocionalmente a Dios la responsabilidad del mismo. Obviamente, y con toda razón, esa pregunta no tiene respuesta. En vez de empezar formulando preguntas que no tienen respuesta, lo razonable en este caso es que la madre exprese amorosamente su dolor materno por el hijo fallecido y espere los resultados finales de la investigación en curso sobre la causa inmediata del accidente. Imaginemos que el resultado de la investigación es que el joven había salido de una fiesta a las cuatro de la mañana con una considerable dosis de alcohol en el cuerpo conduciendo su coche a 130 kilómetros por hora. Si estos datos son objetivos, ya tenemos el punto de partida que facilitará el conocimiento de otras circunstancias concomitantes del accidente antes de atribuir responsabilices a nadie, y menos a Dios. Por ejemplo, que el coche había pasado una revisión técnica y no habían advertido fallos importantes en el motor. O que se cruzó un borracho y el joven conductor hizo una maniobra de emergencia para evitar embestirlo y, como con secuencia, se salió de la calzada. Y así sucesivamente, de lo inmediato y más fácil se van descubriendo las causas y concausas del accidente hasta poder formular un juicio certero y justo sobre las responsabilidades del mismo. Una vez que todo esto ha quedado claro, tiene pleno sentido reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la responsabilidad de conducir un vehículo a las cuatro de la mañana después de una animada fiesta nocturna y tantas cosas más. En este contexto se comprende que la madre se dirija a Dios, pero no para culparle del accidente, sino para presentarle su dolor y suplicar la fuerza moral necesaria para afrontar con dignidad la muerte de su hijo. Es sólo un ejemplo para ilustrar la razonabilidad de proceder con éxito de lo más fácil y conocido a lo más difícil y desconocido.
                      Por otra parte, hay personas que parecen disfrutar creando problemas donde no los hay haciendo que las cosas fáciles resulten difíciles y la difíciles, imposibles. En el lenguaje común se dice que son personas “enrevesadas”. Son los conferenciantes, profesores y escritores los cuales piensan que, si hablan con claridad, sus oyentes los van tomar por superficiales o poco profundos. Por el contrario, si hablan utilizando cultismos, circunloquios y términos exóticos para oscurecer sus discursos, estos serán calificados de profundos. Estas personas confunden el uso de la razón con la pedantería. Pero aún fuera del contexto académico hay personas tan “enrevesadas” que resulta muy difícil mantener con ellas una conversación fluida y razonable. Todo lo ven dudoso, complicado y prácticamente sin solución. Basta que encendamos la pequeña linterna de la razón para aportar un poco de luz para que algunos se apresuren a apagarla con sutílísimos argumentos. Estas personas causan la impresión de que las razones, la claridad y las cosas fáciles les molestan y se apresuran a complicarlo todo. Ese afán de complicar las cosas en lugar de aclararlas es justamente el proceso opuesto al buen uso de la razón, que nos protege tanto contra las ilusiones como del pesimismo poniéndonos en el lugar que nos corresponde en el mundo de lo real.

                    

                     5) APRENDER A ANALOGAR Y USAR LOS GÉNEROS LITERARIOS
            Hay que aprender a situar primero las partes en el todo, tratando de lograr una visión global, para después afirmar los intereses del todo sin negar los intereses de las partes y viceversa. El resultado final será un razonamiento integral en el que ambas dimensiones son tenidas en cuenta. Así pues, las exigencias del bien común no pueden imponerse suprimiendo los derechos inalienables de las personas. Pero tampoco es razonable afirmar los derechos inalienables de las personas particulares a costa de los bienes que son comunes a todos. Por ejemplo, el poder pasear libremente por la calle y hablar con quien nos plazca es un bien común que ha de ser respetado y protegido por las autoridades públicas. Pero cualquier persona normal y con uso de razón comprende que si cada uno va por la vía pública “como si la calle fuera suya”, atropellando al que se le pone por delante o insultando, la libertad de estas personas debe ser reducida a sus justos límites. En el lenguaje corriente se dice que la libertad de cada uno termina allí donde empieza la libertad de los demás.
            El asunto de la analogía para el correcto uso de la razón es muy serio y lo he tratado con detención en diversas ocasiones. De todos modos, recordemos ya que expresiones como: “O yo o nadie”, “o todos o ninguno” etc. se oyen con frecuencia en la vida ordinaria y son temerosas porque con ellas se está sugiriendo la imposición absolutista del todo contra las partes, o de las partes contra el todo. Lo cual suele traducirse en política como represión de las libertades personales o desorden y anarquismo social. Cualquier cosa menos optar por lo justo y razonable entre esos extremos indeseables. De ahí la posibilidad de evitar estos extremos sin necesidad de ser expertos conociendo, si es posible, y manejando la Lógica racional. Pero no es necesario llegar a tanto. Basta dejarnos llevar por el sentido común aprendiendo a utilizar correctamente las comparaciones, los ejemplos ilustrativos, las exageraciones e hipérboles, las generalizaciones y los matices cuando hablamos. Si oímos decir, por ejemplo, que “todos los políticos son iguales”, a saber, sedientos de poder, mentirosos, ladrones o sinvergüenzas, la réplica del sentido común no se hace esperar. Pronto algún interlocutor matizará: “hombre, también hay políticos buenos”; “no hay que exagerar” y así sucesivamente. Por el contrario, si alguien se entusiasma cantando las glorias de tal o cual candidato político, o despellejando a su contrincante, también la voz del sentido común nos sale al encuentro para que no nos hagamos ilusiones ni seamos pesimistas. El sentido común y la experiencia de la vida nos ponen en la realidad, según la cual, cualquier candidato político puede resultar tan malo y mejor que su predecesor. Nadie es tan malo como piensan sus enemigos ni tan bueno como piensan sus amigos. Razonar analogando significa poner cada cosa en su sitio en todos los órdenes de la vida sin destruir ninguna.

            6) NO CONFUNDIR LA VERDAD OBJETIVA CON LA MERA CORRECCIÓN LÓGICA DEL DISCURSO
                      La coherencia entre lo que uno piensa o siente y su forma de comportarse en la vida es uno de los factores psicológicos que más influyen en el éxito de los charlatanes, de los tiranos y de toda suerte de demagogos. Todos, por lo general, sentimos alguna admiración hacia aquellos que tratan de llevar a la práctica de forma rigurosa y sistemática lo que piensan, aunque nos parezca que están equivocados. Por el contrario, sentimos indignación y rechazo incontenible hacia los hipócritas, aunque tengan razón, precisamente porque hacen gala de la verdad que proclaman con las palabras pero que niegan al mismo tiempo con sus hechos. De ahí la facilidad con la cual los tiranos y demagogos embaucan momentáneamente a la gente pero son aborrecidos tan pronto se descubre que no son coherentes sino hipócritas y falsos.
                      Los discursos de estos personajes son a veces piezas maestras desde el punto de vista gramatical y literario. No en vano suelen disponer de buenos expertos en la materia. En efecto, un argumento puede ser formulado con perfecta corrección gramatical y de acuerdo con las normas más rigurosas de la Lógica racional y ser falso por su contenido. La coherencia lógica no garantiza la verdad de lo que decimos. En el lenguaje común se expresa esto mismo con frases como estas: “habla muy bien pero no dice nada”; “habla muy bien pero no me convence”; “sí, está muy bien lo que Ud. dice pero no me interesa su propuesta”. Otras veces se dice que fulano o mengano habla o escribe muy bien y a continuación se añade un silencio descalificador. Es una forma elegante de decir que eso tan bien dicho o escrito no es verdad por más que lo parezca. No basta hablar o escribir bien. Hay que decir algo verdadero, o por lo menos no engañar, para no traicionar al uso de la razón y ponernos fuera de la realidad.
                      Los razonamientos gramatical y lógicamente correctos con contenido falso son como los fascinantes billetes falsos de 500 euros en el mercado. Hay que aprender a detectarlos para ponerlos fuera de circulación. Para terminar este rosario de consejos prácticos para usar bien la razón cabe añadir que cualquier razonamiento que esté fundamentado en la falta de respeto a la vida humana o con el cual se pretenda justificar su eventual destrucción, nos pone automáticamente fuera del uso correcto de la razón y, por lo mismo, debe ser revisado y rectificado. Cualquier razonamiento contrario a la vida humana es por su propia naturaleza falso, aunque esté lógica y gramaticalmente bien formulado. La coherencia lógica por sí misma no es garantía de pensamiento razonable y verdadero. Ahora bien, entre estos criterios prácticos para acertar en el uso de la razón hay que destacar la analogía como método propio y específico de la inteligencia humana.

                                              CONCLUSIÓN
         
            De lo dicho hasta aquí cabe concluir que, de acuerdo con los postulados del buen uso de la razón, los científicos deben estar abiertos a la reflexión filosófica sin limitarse a descuartizar y analizar la materia; los filósofos deben estar abiertos a la transcendencia sin perderse en disquisiciones teóricas meramente conceptuales e ideologías, y los teólogos deben aprender a reflexionar correctamente sobre los datos de la fe desde la razón filosófica y científica. Todos tenemos necesidad de aprender a razonar correctamente para encontrar el sentido a la existencia humana. Contra los abusos de la ciencia, de la razón y de la fe (cienticismo, racionalismo, fideísmo) cabe siempre la alternativa de la razonabilidad en nuestras formas de sentir, creer, pensar, y comportarnos como seres libres y responsables ante la vida. Y, por supuesto, sin perder nunca el sentido común entendido como olfato natural para discernir entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo sin dejarnos engañar por falsos razonamientos intoxicados por los virus contaminantes del lenguaje y de las pasiones humanas. 

            De acuerdo con la experiencia más castiza de la vida, para llevar una vida feliz no basta sentir sino que  hay que rumiar los sentimientos y las emociones con el pensamiento. Tampoco basta pensar sino que hay que digerir lo pensado razonando. Pero tampoco basta razonar. Hay que digerir los pensamientos razonando correctamente. Por último, no basta razonar bien. A las buenas razones hay que añadir la salsa del amor. Es cierto que se puede vivir en este mundo sin usar la razón, usándola incorrectamente y hasta de forma perversa. Igualmente se puede vivir sin amar maltratando y hasta odiando a nuestros semejantes. Por desgracia mucha gente ha vivido y vive así. Pero es prácticamente imposible ser felices y vivir esperanzados al margen del buen uso de la razón  y  del amor. Los buenos razonamientos son indispensables pero no suficientes para hacer felices a las personas. Sin la salsa del amor: la inteligencia nos hace perversos y la justicia implacables; la riqueza nos hace avaros y la pobreza orgullosos y vengativos; la diplomacia nos hace hipócritas y la política drogatas del poder y egoístas; el éxito nos hace arrogantes y estúpidos y la belleza ridículos; la autoridad nos hace tiranos y las leyes y el trabajo esclavos; la oración nos hace introvertidos, la religión nos hace fanáticos y el sufrimiento, aunque sea pequeño, se convierte en tortura.      

No hay comentarios:

Publicar un comentario